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Gabinete ampliado: tres mujeres, 22 hombres

Written by Cecilia Soto on .

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cecilia soto

Excélsior 

Veinticuatro horas después de haber firmado el Pacto por México, el presidente Peña Nieto entregó el reconocimiento a la Mujer del Año, que este 2012 recayó con toda justicia en la magistrada del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, TEPJF, María del Carmen Alanís, quien dio un discurso memorable en el que calificó a la democracia mexicana como incompleta y excluyente, "una democracia a medias", precisamente por las malas cuentas que entrega a las mujeres, es decir, a la mayoría de los habitantes de este país. La magistrada fue la responsable de elaborar la sentencia del TEPJF que obligó a los partidos a cumplir con las cuotas de género, de incluir a no menos de 40% de mujeres en las listas de candidaturas a la Cámara de Diputados y a la de Senadores, lo que permitió el mayor porcentaje de legisladoras en la historia de nuestro país.

 

El Presidente quiso transmitir un mensaje valioso al asistir y prometer en su discurso que "la mujer estará en el centro de la política social, educativa, económica y de justicia". Pero por más que prometa, por más que quiera, por más que lo intente, si las mujeres no están en los puestos de responsabilidad en los que se toman las decisiones, poco se logrará. Y el mejor ejemplo es el Pacto mismo: aparte de algunos compromisos como el del Seguro que beneficia a las mujeres cabeza de familia, no hay una sólo mención a la importancia de la equidad de género, a la necesidad de medidas transversales y a la importancia de instalar mecanismos que permitan que más y mejores mujeres asciendan a puestos de responsabilidad en los distintos niveles de gobierno. No hay un solo compromiso para reparar la discriminación y la exclusión del mayor conjunto de habitantes de este país. Y para colmo: si no hubiera sido por la oportuna renuncia de Pedro Joaquín Coldwell, que dio lugar al efímero ascenso de Cristina Díaz a la presidencia del PRI, el acto de la firma del Pacto hubiera sido uno situado visualmente hace 30 años, sólo hombres y sus aburridos trajes oscuros.

¿Por qué en el Pacto, que ha sido descrito como la hoja de ruta, del actual gobierno en sentido amplio, se excluyó a las mujeres, a la sociedad civil, a la política ambiental? ¿Recibieron instrucciones presidenciales los redactores del Pacto para excluirnos? ¿Santiago Creel, Carlos Navarrete y Miguel Osorio Chong, importantes redactores de los compromisos, conspiraron para sacarnos? Por supuesto que no. Simplemente operó la inercia que hace que se reproduzca la discriminación y la exclusión: no estábamos en su visor y no había ninguna que alegara, debatiera, se peleara, alzara la mano y la voz, etcétera.

Es esa inercia que resulta de una cultura milenaria, de hábitos de generaciones (las más de las veces transmitidos por las mujeres al educar a sus hijos), la que buscan trastocar y transformar medidas de discriminación positiva como las cuotas de género. Esa inercia se expresa, por ejemplo, en redes de colegas de trabajo y de confianza laboral. Por lo general, los políticos hombres tienen más colegas de trabajo hombres y más políticos y amigos hombres en los que confiar. A la hora de llegar al poder, recurren por inercia, no necesariamente como exclusión deliberada, a estas redes de amistad, confianza, pactos y favores. Por ello tenemos gabinetes como el actual con un raquítico 12% de mujeres, un retroceso notable.

Por ello no comparto la tesis, repetida por el presidente Peña Nieto precisamente en el evento de la Mujer del Año, de que el país está sobrediagnosticado y que ya se conoce a ciencia cierta qué hacer. Resulta más bien que algunos han comprado las tesis de los think tanks globales, los han trasladado a México y los formadores de opinión las han adoptado porque es fashion. La prueba de que más bien hay diagnósticos incompletos, francamente sesgados o equivocados, es que apenas la semana pasada el INEGI dio un elemento nuevo al diagnóstico de nuestra economía: seis de cada diez trabajadores están en la economía informal, probablemente con una mayoría de mujeres. Hay mucho por aprender, conocer y diagnosticar: sobre los mecanismos que reproducen la desigualdad de género y la económica, sobre los procesos que alientan la violencia con variedades absolutamente locales, sobre los incentivos a la informalidad.

La debilidad en las políticas transversales de género se manifiesta en estadísticas y hechos lamentables: el embarazo adolescente ha aumentado en vez de retroceder, el cáncer de mama ha aumentado de 14.9 a 16.9 por cada 100 mil mujeres, a pesar de la gran visibilidad que ha adquirido la campaña para prevenirlo; entre los pobres hay un millón más de mujeres. La violencia ha segado la vida de mujeres heroínas como María Santos Gorostieta, ex presidente municipal de Tiquicheo, o las cuatro mujeres, dos ingenieras, dos amas de casa, asesinadas hace dos días cerca de Cuauhtémoc, Chihuahua, después de ser levantadas por un narcoretén, por no mencionar la estadística de violencia en los hogares, recogida por el INEGI, que afecta a casi la mitad de mujeres casadas o unidas.

La iniciativa queda en manos del Poder Legislativo, con récord de mujeres legisladoras y en las organizaciones no gubernamentales. En el Poder Ejecutivo oigo palabras bonitas que salen de gargantas masculinas. Permítanme permanecer escéptica. Nos vemos en Twitter: @ceciliasotog

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