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Los desafíos de Meade

Written by Jorge Chabat on .

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El Universal 

El nombramiento de José Antonio Meade como secretario de Relaciones Exteriores ha generado más preguntas que certezas. Para quienes estudian la política exterior de México, Meade es todo un enigma. Más allá de los planteamientos generales que éste hizo en su toma de posesión —tales como que en política exterior serían respetados los principios constitucionales y que México es unánimemente reconocido y respetado gracias a una diplomacia seria y profesional—, la verdad es que no ha soltado prenda sobre qué rumbo imprimirá a la política exterior. Algunos especulan que, dada su formación de economista la política exterior será sólo un apéndice de la política económica, lo cual para los sectores tradicionales de la avenida Juárez es una herejía. Incluso quienes ven como inevitable la economización de la política exterior, recuerdan la gestión de Luis Ernesto Derbez, con formación de economista, quien, por no ser diplomático de carrera, fue acusado por esos sectores de falta de sensibilidad frente a la tradición histórica de la política exterior. Sin embargo, dentro del servicio exterior hay también a quienes no les parece mala la idea de que el secretario sea alguien externo a la SRE. El argumento es muy simple: si es alguien que viene de fuera, no va a tener acumuladas simpatías y animadversiones dentro del personal diplomático que se puedan traducir en venganzas contra los enemigos o en promociones arbitrarias para los cuates. Esto es, hay quienes creen que Meade puede ser un árbitro más justo a la hora de repartir puestos y embajadas que alguien de dentro.

 

Ciertamente, Meade no tiene una tarea fácil por delante. Además del tema de a quién designa o ratifica para qué puesto y para qué representación o quién es ascendido al rango de embajador —lo cual no es un asunto menor para quienes han invertido décadas de su vida en el servicio exterior— tendrá que decidir qué tipo de política exterior va a instrumentar. Y en este punto, aunque parezca que las líneas ya están en la Constitución, lo cierto es que el margen de maniobra es amplísimo. Se puede optar por la política del avestruz, como la que hacían los gobiernos del viejo PRI y como la que hizo en buena medida el propio gobierno de Calderón, la cual se caracterizaba por una total aversión al conflicto y que llevó a la Cancillería a hacerse de la vista gorda frente abusos en otros países. Pero también se puede optar por una política exterior que plantee mayores definiciones, lo cual evidentemente nos llevará a externar diferencias con gobiernos que afectan intereses mexicanos; como el de Hugo Chávez en Venezuela, que expropió compañías mexicanas o con aquellos que violan sistemáticamente derechos humanos. El fondo de la discusión es si queremos tener la política exterior del "chico más popular de la cuadra", quien en aras de no pelearse con nadie se hace cómplice de abusos y tolera incluso que afecten sus propios intereses, o estamos dispuestos a tener una dosis de conflicto con algunos países cuando ello sea necesario. Es entendible la tradición pacifista de la política exterior, que refleja la debilidad del país frente al exterior y una cultura que internamente ha privilegiado la negociación política por sobre la aplicación de la ley. Sin embargo, el ser amigo de todos los países nos lleva inevitablemente a ser amigo de buenos gobiernos pero también de gobiernos impresentables. Y ello tiene un costo a la larga.

El reto no es menor para el nuevo canciller: tendrá que conciliar los intereses materiales del país con la defensa de principios universales que también son necesarios para que México sea admitido como interlocutor de la comunidad de países civilizados. En otras palabras, tendrá que conciliar la promoción del desarrollo económico, algo que conoce bien, con posiciones firmes en el tema de la democracia y los derechos humanos, lo cual en ocasiones puede entrar en conflicto con dicho desarrollo. En el pasado esta dicotomía se resolvía fácilmente con la Doctrina Estrada, que equivalía a decir: no oigo, no veo, no hablo. Esto, ya no se puede hacer la actualidad. México tendrá que ver, oír y hablar. Y para eso va a necesitar algo más que los principios tradicionales de política exterior que inventó el régimen revolucionario y que una parte del servicio exterior mexicano sigue recitando como catecismo.

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