Asociados en la prensa

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También es cultural

Escrito por Víctor Espinoza el .

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Meses atrás el presidente Enrique Peña Nieto definía el fenómeno de la corrupción en México como un problema cultural. Eso provocó un aluvión de críticas pues, se sostenía, el origen de la corrupción era estructural o consustancial al sistema político y económico. Efectivamente, la mayoría de las grandes fortunas de este país no se hubieran gestado sin el amparo de los gobiernos o ámbitos gubernamentales. Incluso una de las interpretaciones señala que la corrupción en México es una forma de acumulación de capital.

Lo cierto es que la corrupción en nuestro país también es cultural. La tenemos interiorizada ya que es parte de la forma cotidiana de accionar. Todavía más, cuando se tiene conciencia de ella, la conclusión es que no hay de otra si se quiere que funcionen las cosas, o se destrabe un asunto o se resuelva un problema legal o administrativo. “Así son las cosas”, se dice con toda tranquilidad. 

La corrupción no es exclusiva de los ámbitos gubernamentales eso lo sabemos, pero por la forma como ha funcionado el sector público desde la postrevolución se generalizó. Me refiero a que se convirtió en un ámbito de transferencia de recursos hacia todos los sectores sociales, incluyendo al sector privado. Al amparo del gobierno se han amasado las grandes fortunas en nuestro país. Una pareja indisoluble de la corrupción ha sido la impunidad y a su lado la opacidad, la falta de transparencia. Todo es posible, los corruptos se salen siempre con la suya. Funcionarios que roban, ejercen los presupuestos de manera discrecional y no informan nada, esa es la práctica más común, a pesar de las leyes, instituciones que se crean para evitarlo, acciones y demandas de la sociedad civil. Nada importa.

Dos ejemplos recientes: el Sistema Nacional Anticorrupción contempló la formación de un Comité de Participación Ciudadana que justamente tiene por objeto el “diseño, promoción y evaluación de políticas públicas de combate a la corrupción”, integrado por 5 ciudadanos de reconocida trayectoria profesional y ética. Pues bien, reconocimos en la lista de candidatos a integrar dicho órgano colegiado a dos tipos con larga cola que les pisen; dos personajes siniestros de Baja California que hicieron de la discrecionalidad y la corrupción un “estilo personal de gobernar”. Está tan interiorizada la corrupción, que sin duda para ellos el “sacrificarse” por sus instituciones de educación les mereció el enriquecimiento y el uso de toda la infraestructura a su servicio. Tan natural para ellos debe ser la corrupción que en su atrevimiento por ser miembros del comité ciudadano no les quedó duda que eran candidatos idóneos.

Otro asunto relacionado con el Sistema Nacional Anticorrupción es el nombramiento del Fiscal Anticorrupción. Pues bien, dos de los aspirantes a ocupar el cargo tuvieron que declinar pues el Senado encontró ‘similitudes” en los ensayos presentados como requisitos. Se trata de Braulio Robles Zúñiga y Angélica Palacios Zárate; no se supo bien a bien quién plagió a quién, pero parece inconcebible que siendo aspirantes a fungir como fiscales se atrevieran a tamaño disparate. Pero lo dicho, para ellos sus actos ilegales no son actos de corrupción. Es parte de su forma de concebir el servicio público, también es un fenómeno cultural.

Y ante esto la pregunta es cómo desmontar un sistema político que funciona merced a la corrupción: o se transparenta el uso de los recursos públicos y se castiga a quienes hacen uso discrecional de los mismos, los funcionarios responden por sus actos, quienes son los encargados de nombrarlos asumen por eso mismo una corresponsabilidad, los contralores internos dejan de estar al servicio de los titulares de las dependencias y otras medidas urgentes como transparencia en licitaciones, uso de plazas, disminución de viáticos para mandos superiores, desaparición del seguro de separación individualizado, y un largo etcétera; las cosas comenzarían a cambiar. Pero en un sistema donde la mayoría de la clase política y empresarial están metidos en el negocio de medrar con los recursos públicos, ¿quién se atreverá a dar el primer paso?

 

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El Final de la Campaña del Presidente Donald Trump

Escrito por Luis Estrada el .

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En su sexta semana como presidente de Estados Unidos, Donald Trump enfrentará a la realidad, en vivo por televisión. La noche del martes 28 de febrero, el Presidente Trump dirigirá un mensaje a la nación frente a la sesión conjunta de la Cámara de Representantes y el Senado de Estados Unidos (ambos de mayoría del Partido Republicano), en el que se espera detalle sus políticas de gobierno. Posterior al mensaje presidencial, legisladores Demócratas darán respuestas en español y en inglés.

Las contradicciones y las mentiras del Presidente Donald Trump han sido evidentes durante sus primeros 40 días. El diario Washington Post destaca que 140 afirmaciones de Trump desde que inició su administración son falsas: 37 en comentarios públicos, 34 en Twitter (el medio preferido por el Presidente), 24 en entrevistas, 24 en discursos preparados, 18 durante su única conferencia de prensa, dos en otro formato y una en Facebook. No ha pasado un solo día en el que el Presidente Trump no haya dicho algo falso que sea controvertido por los medios de comunicación estadounidenses, reacción que la Casa Blanca ha denominado “noticias falsas”. El sitio Politifact clasifica a Trump como el político en activo que más miente. Si bien la deficiente asesoría del equipo del Presidente provoca que no sea exacto en sus afirmaciones, la polémica que genera domina el espacio noticioso. Cualquier corrección puede ser atendida al día siguiente, en un nuevo ciclo noticioso, con una conferencia de prensa del vocero de la Casa Blanca.  

La controversia ha ocupado el vacío en la opinión pública que ha dejado el lento o nulo avance de la administración del Presidente Donald Trump. El diario New York Times ha definido 14 de los 20 eventos políticos más importantes de la administración Trump como “trascendentes” pero “anormales”, incluyendo prohibir la entrada a viajeros de siete países, afirmar que hubo fraude en la elección presidencial, los diversos conflictos de interés protagonizados por su equipo, el decreto sobre la inmediata construcción del muro en la frontera con México y el despido del asesor de seguridad nacional por violar la ley al establecer contactos con el gobierno ruso durante la transición. Los medios de comunicación que han sido categorizados por el Presidente Trump como noticias falsas, han registrado audiencias récord: tanto los canales de noticias, incluyendo CNN o los programas de comedia, incluyendo Saturday Night Live, se han beneficiado de la polémica noticiosa que genera la administración Trump.

Tal parece que la campaña aún no ha terminado para Donald Trump. En sus mensajes, el Presidente no solo recuerda que venció en las elecciones a Hillary Clinton, sino que enfatiza sus promesas de campaña, incluyendo que construirá un muro en la frontera con México, que derrotará al Estado Islámico y que eliminará y reemplazará la política de seguridad social, conocida como Obamacare, todo ello sin detalles concretos que definan su alcance o su momento de inicio. Mantener el discurso de campaña ha permitido que el equipo del Presidente Trump gane tiempo para entender cómo funciona el gobierno, y ajuste las expectativas generadas durante la campaña, mismas que no se percibe que serían cumplidas en su totalidad, en buena medida gracias a la oposición que ha encontrado entre legisladores del Partido Republicano.

En las próximas horas se definirá si la agenda que prevalezca será la del Presidente Donald Trump o la del Partido Republicano en el Congreso. Paul Ryan y Mitch McConnell, líderes de las mayorías del Partido Republicano en la Cámara de Representantes y en el Senado, respectivamente, han acompañado a Trump en lo general, sin cuestionarlo aún sobre la falta de detalle de sus propuestas. Sin embargo, la “luna de miel” entre el Partido Republicano en el Congreso y el Presidente Trump ha llegado a su fin: ambos se necesitan para legislar las promesas de campaña y para conservar el poder, lo que quizá se presente como algo inconveniente para los legisladores conservadores que buscan mantenerse en la política a pesar de que su presidente es impopular, de acuerdo con todas las encuestas de aprobación. Para 169 de los 238 legisladores del Partido Republicano en la Cámara de Representantes (71 por ciento), es la primera vez que cohabitan con un Presidente de su partido, y el futuro de su carrera política depende de cómo evaluarán a Donald Trump en la elección intermedia de 2018. Se conocen los elementos del mensaje del presidente Trump a su electorado. Pronto conoceremos los mensajes de los legisladores Republicanos a sus propios electores. Ya algunos legisladores Republicanos han experimentado las dificultades de defender las políticas del Presidente Trump en reuniones con sus electores.

Se espera que el Presidente Donald Trump explique en su mensaje al Congreso no solo por qué y para qué busca incrementar 10 por ciento el ya elevado presupuesto militar (equivale a un tercio del gasto mundial en defensa y al de los 14 países que más gastan después de Estados Unidos), sino especialmente de dónde obtendría los recursos. Las expectativas del mensaje del Presidente Trump también incluyen conocer la propuesta de reforma fiscal, la ruta de creación de empleos mediante el incremento en el gasto en infraestructura y, sobre todo, el anuncio del rechazo de la política de seguridad social y el nuevo plan que la reemplace. Si bien el presupuesto estará listo hasta mayo, el proyecto inicial debería quedar listo en un par de semanas. La credibilidad de las promesas de campaña del Presidente Trump será puesta a prueba con el presupuesto aprobado por el Congreso.

El margen de maniobra del Presidente Trump y su equipo para posponer la puesta a prueba de las promesas de campaña con la realidad se reduce diariamente. Mientras tanto, la Casa Blanca señala a la prensa liberal como “la enemiga del pueblo”, puesto que es la única forma de darle espacio competitivo a la prensa conservadora que se ha quedado rezagada en el debate de la evidencia científica. No obstante, la guerra de Trump contra la prensa tiene un impacto cada vez más marginal, e incluso se ha vuelto benéfico para los propios medios, que utilizan a la presidencia estadounidense como el principal origen del incremento de sus audiencias. Desacreditar a la que quizá sea la prensa más libre y poderosa del mundo no es una estrategia que genere un equilibrio favorable al Presidente Trump en el mediano y largo plazos.

En México se debe seguir el mensaje de Donald Trump ante el Congreso estadounidense con cautela y a detalle, tomando en cuenta las reacciones de diversos actores políticos, puesto que las palabras del Presidente se pondrán a prueba ante las decisiones de las mayorías legislativas. La campaña del Presidente Trump está llegando a su fin y, con ello, el peso de sus declaraciones se ajustará más rápida y frecuentemente con la realidad.

Twitter: @luisestrada_ 

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Impresiones

Escrito por Luis Rubio el .

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Dos meses de observar al gobierno de Trump comienzan a arrojar un perfil de posibilidades. Grande en retórica, el candidato Trump fue específico solo en algunos clichés, dejando siempre la impresión de que iba a revolucionar al mundo. Su punto de partida era un rechazo a lo existente, combinado con una promesa de utopía y redención para los suyos. Nunca más, afirmó en su discurso de toma de posesión, habría una carnicería como la que había caracterizado a su país en las décadas anteriores. La maravilla de prometer algo imposible de cumplirse es que no es necesario alcanzarlo para satisfacer a la base dura. Al mismo tiempo, las promesas son insuficientes para cambiar la realidad.

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2018

Escrito por Luis Rubio el .

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El 2018 llegó temprano gracias a Peña y a Trump, una combinación que resulta letal para las expectativas, miedos, ánimos y, sobre todo, el futuro, porque parece allanar el camino, de manera inexorable, para la presidencia de López Obrador. Esta aparente causalidad se ve reflejada en las encuestas, mismas que el propio AMLO ha procurado convertir, con enorme habilidad, en una profecía que se auto cumple. ¿Será así de fácil?

Parafraseando a H. L. Mencken, “para cada problema hay una solución simple, clara y equivocada” y ésta no es la excepción. El argumento a favor de AMLO se sustenta en cinco elementos: primero, ‘ya probamos al PRI, ya probamos al PAN, ya volvió el PRI y sigue sin funcionar.” Segundo, sólo él, un nacionalista de cepa, nos puede defender de Trump; tercero, no hay candidatos creíbles en los otros partidos; cuarto, así lo dicen las encuestas; y, finalmente, le toca. El comportamiento “presidencial” del candidato contribuye a esta fotografía.

Las encuestas dicen muchas cosas pero, a quince meses de las elecciones, son poco relevantes, máxime cuando los indecisos son, con mucho, el mayor bloque del electorado. Con un solo candidato en el panorama, las encuestas de este momento favorecen todos los prejuicios y sirven para manipular la discusión pública.

El argumento en contra del PRI radica en que este gobierno ha sido un fracaso, la popularidad del presidente hace imposible que surja un sucesor de sus filas, la corrupción ahoga al país y a todos sus potenciales candidatos y en que, a pesar de su promesa de ser un gobierno eficaz, luego de las reformas no ha dado una. Si lo anterior no fuese suficiente, en su obsesión por preservarse en el poder, el gobierno ha politizado todas sus acciones, al grado de cometer suicidio en las elecciones de junio pasado y posponer la actualización de los precios de la gasolina. En consecuencia, dice el mantra político, no hay forma que un priista pudiera ganar.

El argumento en contra del PAN reside en que sus pleitos internos lo anulan, que no existe un candidato carismático capaz de entusiasmar a la ciudadanía y, sobre todo, que ha probado ser -históricamente- un gran partido de oposición, pero uno incapaz de gobernar con efectividad.

En suma, parecería que son innecesarias las elecciones del año próximo porque se trata de un hecho consumado. Yo me pregunto si esto es de verdad tan obvio. Más allá de los evidentes avatares de cualquier contienda -los aciertos y los errores, la suerte y la mala suerte, las circunstancias económicas, y el humor de los votantes a la hora de votar- a mí me parece que es el PRI quien determinará el resultado de la elección y no AMLO.

En primer lugar, las contiendas de más de dos candidatos y una sola vuelta electoral siempre acaban siendo de dos, casi una ley de hierro de la política. En este sentido, la interrogante clave es si la contienda acabará siendo entre PRI y Morena o entre Morena y el PAN. Ceteris paribus, parece evidente que AMLO va a ser el “elefante en el salón,” el candidato a vencer.

En segundo lugar, la característica medular del momento actual es la fragmentación del electorado. En principio, hoy todos los partidos pueden ganar pues, en contraste con el pasado, el electorado ya no tiene lealtades permanentes. En adición a ello, la aparición de los independientes -uno o muchos- como candidatos a la presidencia sin partido, agrega tanto a la dispersión del voto como a su fragmentación. Tengo certeza que ninguno de los potenciales candidatos independientes puede ganar, pero todos compiten por el mismo segmento del electorado, típicamente las clases medias urbanas, justo la población que AMLO requiere para ganar más allá de su base dura en el centro del país y algunas otras localidades como Guerrero y Michoacán. Es decir, casi cada voto que va a un independiente es un voto menos para AMLO.

A lo anterior se agrega el PRD o, por lo menos, Miguel Ángel Mancera, que por más que esté tratando de construir una coalición multicolor, la medida de su éxito residiría en darle viabilidad al PRD más que ganar la presidencia. Esa candidatura divide al voto de la izquierda.

La consecuencia de todo esto es que el próximo presidente probablemente será electo con menos de 30% del voto.

En tercer lugar, con un umbral de triunfo tan bajo, la pregunta crucial es cómo votarán los priistas pues, a pesar de su impopularidad, siguen comandando el mayor voto duro del país. Algunos colocan ese voto duro en alrededor del 26% del electorado, cifra no muy distante de la necesaria para ganar la elección. Sin embargo, como se pudo observar en 2006, los priistas no votan de manera automática y garantizada: Roberto Madrazo apenas logró poco más de la mitad del voto duro de su partido en aquel momento.

Por lo tanto, mi lectura de la realidad política del momento me dice que el PRI podría ganar la elección si postula a un candidato capaz de llevar al 100% de su militancia el día de la elección. Me parece que sólo hay dos o tres priistas que podrían lograr esa faena. Así, de ser correcto mi análisis, la elección está en manos del PRI y no de AMLO. Todo dependerá del candidato que sea postulado y su capacidad para lograr que todos los priistas asistan el día de los comicios.

Twitter: @lrubiof

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Otro ángulo

Escrito por Luis Rubio el .

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Quizá el peor terremoto que haya desatado Trump para México no resida en sus ataques e insultos, sino en haber reabierto el dilema -ya histórico- sobre el desarrollo mexicano. Por segunda vez en cuatro décadas, la dirección de la economía mexicana -y del país en su conjunto- parece estar en disputa. Lo extraño es que, en esta ocasión, el embate no proviene, principalmente, de México, sino del “ancla” de certidumbre en que, desde los ochenta, se había convertido Estados Unidos.

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Peor ¿imposible?

Escrito por Luis Rubio el .

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El deterioro es lento pero seguro. Las dificultades se apilan y las expectativas empeoran. La imagen del gobierno empobrece de manera sistemática sin que nadie sea capaz de revertirla. Los partidos y pre candidatos intentan sacar raja del árbol caído, sin preocuparse por las implicaciones de su actuar, igual el PAN que el PRD, Morena o la colección de independientes: cada quien para su santo. Súbitamente sale el sol: Trump parece liberar a todos de sus penas porque ofrece la oportunidad de un problema -o enemigo- común. La unidad adquiere una dimensión cósmica: todos somos migrantes, todos somos patriotas, todos somos buenos. Todos, menos la dura realidad.

Los tiempos difíciles reclaman unidad y, en eso, el llamado del presidente es impecable. Pero un llamado no resuelve años de desdén ni deslegitima la convocatoria de López Obrador a sumar fuerzas. La falsedad -intemperante y distante- de los llamados a la unidad resulta evidente para una ciudadanía cauta por experiencia, que distingue lo honesto de lo interesado. A nadie importa la espada de Damocles que pende sobre la cabeza de México, sino la disputa por la sucesión y la vanidad del instante. Por si faltaran pruebas, ni los convocantes a la marcha del pasado domingo pudieron ponerse de acuerdo sobre el objetivo.

El problema de las convocatorias a la unidad es que no entusiasman a nadie cuando son contra algo: la población quiere respuestas y soluciones, no condenas gratuitas; en todo caso, unidad a favor de algo mejor. Los migrantes que viven atemorizados en Estados Unidos y sus familias en México no quieren marchas y protestas: quizá se sumen a una convocatoria por la transformación del país pero no está dispuestos a perder ni un minuto en un ejercicio ficticio de unidad. Peor cuando el presidente intenta subirse al carro para atajar su propia impopularidad que, no sobra decir, evidencia lo obvio: por más que Trump represente una enorme amenaza al statu quo, el mexicano común y corriente está mucho más enojado con el gobierno; no por casualidad innumerables organizaciones que se sumaron a la convocatoria de la marcha al final optaron por salirse. Nadie quiere ser parte de un barco que naufraga: eso incluye al gobierno actual y a muchos de quienes vieron en sus reformas alguna posibilidad.

Por casi medio siglo, los mexicanos hemos vivido a la espera de una transformación que permita romper con los amarres que anclan al país en el pasado. En todas esas décadas, hubo muchos intentos por reformar aspectos de la vida económica y política del país, pero ninguno pretendió sentar las bases para un futuro distinto, para entrar de lleno al siglo XXI. Las reformas económicas crearon espacios de excepción que nos han dado un extraordinario alivio, pero no una solución integral; las reformas político-electorales procuraron apaciguar a las diversas oposiciones, incorporándolas en el sistema priista de privilegios. Los migrantes buscaron empleo fuera porque aquí no hay oportunidades.

Décadas dedicadas a atender la crisis del momento: puros parches y remiendos, trapitos que ayudan pero no resuelven. Bastaron unos cuantos twits de Trump para desenmascarar a todo el país, evidenciando no sólo nuestras carencias, sino nuestras vulnerabilidades. Frente a eso, envolverse en la bandera acaba siendo no más que un acto de vanidad, un mero berrinche.

El hastío que vive la población no es producto de la casualidad y no se resuelve, como pretende el candidato favorito de las encuestas, retornando a una era idílica y simple. La invitación a un "nuevo proyecto" de nación es muy llamativa (y sin duda atrae a muchos empresarios desesperados), pero choca con la realidad del mundo en que vivimos. Precedentes hay muchos, desde Perón hasta Chávez, que no sólo destruyeron lo existente, sino que para siempre minaron el futuro de sus naciones. Muchos, comenzando por Trump, Xi y Putin, pretenden recrear su antigua grandeza pero nada, excepto una destrucción total de la vida moderna y las comunicaciones que la caracterizan, podrá cambiar el reino de la opinión pública, las redes sociales y la globalización de las expectativas.

El país ciertamente tiene que cambiar; la pregunta es hacia dónde y cómo. Los llamados a la unidad no son sino llamaradas nostálgicas o interesadas de quienes se benefician del viejo orden y pretenden preservarlo, por lo que ni parpadean con invitaciones nacionalistas y patrioteras. El nacionalismo, escribió Orwell, es “hambre política atemperada por un auto-engaño.”

Trump nos ha sacado de la zona de confort y nos obliga a optar: damos un paso firme al siglo XXI o aceptamos que el deterioro continúe. De lo que no hay duda es que, sin alteración de las tendencias, el único camino posible es hacia abajo y todos los que abandonan el barco -unos porque no ven opciones, otros porque creen que sumándose temprano pueden sacar raja doble- no hacen sino acelerar el paso. Quien crea que las cosas no se pueden poner peor -antes de las elecciones y después- desconoce la historia, desde la revolución rusa en adelante, para no hablar del pasado remoto.

Mucho más útil sería la unidad de personas e intereses disímbolos para construir el futuro, que un palco privilegiado en el Titanic.

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Modernización y continuismo

Escrito por Víctor Espinoza el .

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En un trabajo clásico publicado hace casi 50 años, el historiador norteamericano John Womack Jr., escribió: “Este es un libro acerca de unos campesinos que no querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una revolución” (Zapata y la revolución mexicana, Siglo XXI Ed., 1969). Esa entrada magistral es el resumen de su monumental obra que con una precisión deslumbrante describe lo que ha sido la modernidad mexicana desde inicios del siglo XX hasta nuestros días: cambiar, para que todo siga igual.

Las reformas mexicanas han servido para controlar el cambio; más bien, se hacen de manera recurrente para que no se transformen de fondo las estructuras sociales. Somos un país de reformas; la Constitución es uno de los documentos más reformados: 700 cambios a 114 de los 136 artículos. Y el sistema político y económico esencialmente sigue siendo el mismo. Las élites económicas y políticas se han fusionado y han decidido que la continuidad sin rupturas es lo mejor….para sus intereses.

El sistema de ciencia y tecnología no responde a las necesidades y problemas crecientes de la sociedad. Por eso se decidió impulsar bajo este sexenio cambios que condujeran a que realmente funcionara como un sistema, aprovechando las potencialidades de cada uno de los centros públicos de investigación que lo integran. El objetivo es trabajar en redes, crear sinergias, para enfrentar en grupo los grandes retos nacionales.

No se trata sólo de crear grupos de investigación, sino que sean arropados por grupos de centros de investigación cuya misión y objetivos temáticos sean compartidos; a ello se le llama “coordinaciones”; los 26 Centros Públicos de Investigación (CPI’s)  agrupados en cinco coordinaciones. Esta es la base de la reestructuración anunciada. Sin embargo, ese cambio requiere de nuevos liderazgos en la conducción de los centros, capaces de innovar, de contar con el apoyo de sus comunidades, que sólo será posible si la confianza proviene de incorporar a los planes y programas de trabajo los intereses de los investigadores y personal de apoyo y administrativo. Nuevos liderazgos basados en la transparencia, la honestidad y un decidido combate a la corrupción.

Tal como ha sido la historia de este país, la administración de la ciencia y la tecnología no es ajena al proceso de impulsar reformas y planes de modernización pero se ha mantenido omisa a impulsar nuevos liderazgos que permitan su ejecución; el resultado son cambios cosméticos, discursivos que no permiten la transformación que el momento exige. En algunos de los centros el problema no es de falta de recursos, pese a las disminuciones que se ha sufrido en el rubro del desarrollo científico en general, sí lo es la mala distribución de los mismos y la corrupción solapada administración tras administración. 

En algunas de las instituciones se ha apostado por los eventos de relumbrón y los gastos de publicidad para dar la idea de que todo es color de rosa. Con ello los indicadores utilizados para evaluar a los centros se cubren y se les pone estrellita a quienes cobran al frente de las mismas. Las autoridades centrales sólo hablan con quienes les cuentan lo maravilloso que son los CPI’s, todo es perfecto y maravilloso en el mundo de los indicadores. Somos los “mejores del mundo mundial”.

Buena cara y dilapidación de recursos hacia el exterior. Hacia el interior, falta de apoyos para la investigación y uso discrecional de los mismos a través de proyectos y viajes para quien se alinee. No hay pluviales en nuestras instituciones; ante pequeñas tormentas todo se inunda, el barco empieza a hacer agua y el día menos pensado se vendrá a pique. Lo dicho, este es un país de reformas para que nada cambie. Quien es innovador es tachado de subversivo. ¿Hay algún resquicio por donde se cuele la esperanza? Es el sistema político, carajo.

 

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Trump el invencible

Escrito por Ana Paula Ordorica el .

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Donald Trump parece de esos juguetes inflables que cuando se les golpea rebotan y vuelven a quedar de pie. Siempre. Resulta casi increíble que un candidato que ha sido expuesto como un acosador sexual, misógino, que admira al presidente de Rusia, Vladimir Putin —con todo el bagaje histórico que esto acarrea—, que presume ser más listo por evadir el pago de impuestos y que tiene una larga lista de otros odios: musulmanes, discapacitados… siga de pie y en empate técnico en las encuestas electorales.

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Nuevo jefe de Estado

Escrito por Luis Rubio el .

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En su extraordinaria crónica sobre el gobierno de Menem en Argentina, El Octavo Círculo, Cerrutti y Ciancaglini relatan el siguiente intercambio: “’¿Los menús son siempre iguales?’ preguntó el asistente de Menem al chef de la casa presidencial argentina. ‘Los menús cambian, los presidentes cambian. Lo que nunca cambia son los invitados a cenar’ respondió el cocinero presidencial”. Así parece ser nuestra historia. Cambia el contexto pero lo esencial siempre queda: se aprueban ambiciosas legislaciones, pero sin el menor ánimo de que se modifique la realidad. El costo de eso está a la vista.

La primera ola reformadora, en los ochenta, buscaba formas de dinamizar la economía para logar elevadas -y sostenibles- tasas de crecimiento (esos que desaparecieron desde el inicio de los setenta), pero sin alterar el statu quo político, o sea, sin poner riesgo los negocios, intereses y fuentes de poder de la todavía entonces llamada “familia revolucionaria.” Esa lógica procreó reformas incompletas, incapaces de lograr los objetivos propuestos. El resultado fue mejorías parciales pero no la prometida transformación. El descrédito de la clase política fue ganado a pulso

Treinta años después, la racionalidad del gobierno actual en sus reformas no fue muy distinta. Las nuevas reformas, algunas -sobre todo la de energía- son de enorme trascendencia y potencial; sin embargo, siguen siendo propuestas concebidas para mejorar la economía sin alterar la forma en que se deciden las cosas y, por lo tanto, sin poder conferirle certeza y predictibilidad a la ciudadanía y a los agentes económicos. Es esa dicotomía la que fue exhibida por Trump en estos meses.

Lo fundamental, eso que no hemos resuelto, tiene dos dinámicas. Por un lado, si bien el TLC es el principal motor de la economía mexicana y ha permitido lograr niveles de productividad, calidad y competitividad similares a los mejores del mundo, la parte de la economía que opera en esa lógica (en personas) sigue siendo relativamente pequeña. Buena parte de la economía mexicana, sobre todo la industrial, no se ha modernizado y eso implica que vive en un entorno de permanente incertidumbre y vulnerabilidad y, seguramente, es fuente de mucha de la desazón que aqueja a la sociedad. Aunque produce poco, esa parte de la industria es la que emplea a la abrumadora mayoría de la mano de obra e implica que innumerables familias mexicanas vivan en un entorno de permanente inseguridad.

Por otro lado, a un cuarto de siglo de la negociación del TLC, no hemos tenido la capacidad de crear las instituciones que pudieran satisfacer en México la función clave que el TLC representa para los inversionistas: una fuente de certidumbre y estabilidad para las empresas, pero también para la sociedad en su conjunto. Es decir, en lugar de convertir al TLC en una palanca para el desarrollo del país incorporando en su lógica a toda la sociedad, aislamos ese espacio de los vaivenes cotidianos. Ahora, en un entorno de enorme vulnerabilidad originada en el exterior, resulta evidente que no contamos con instituciones que sirvan de contrapeso al gobierno, causa de la enorme incertidumbre del momento actual.

Independientemente de la agenda de Trump, lo que nos distingue del resto de las naciones que han servido de blanco de sus incendiarias diatribas, es que somos extraordinariamente vulnerables, en forma incomparable a China, Alemania, Japón y otras naciones que también mantienen enormes flujos comerciales con nuestro vecino del norte. En lugar de haber construido una plataforma institucional de largo aliento, nos gobierna un sistema político creado por Porfirio Díaz en el siglo XIX y sólo institucionalizado por el PRI hace casi cien años (una “monarquía sexenal no hereditaria” en las palabras inmortales de Cosío Villegas). Ese sistema es disfuncional, favorece la corrupción, impide que quienes toman decisiones respondan por los resultados y mantiene en permanente tensión -y desconfianza- a la población.

Cambiaron las formas, cambiaron los presidentes y hasta los partidos -y, como con Menem, los menús- pero los comensales siguen siendo los mismos. Podría parecer un chiste, pero la historia de Menem y Argentina en realidad constituye una advertencia: es imposible preservar una realidad que se deteriora minuto a minuto sin ofrecerle salidas a la población. Dada la incertidumbre proveniente del norte, es de anticipar que no habrá inversión alguna hasta que no se aclare el panorama. La única forma de eliminar esa ausencia de certeza es construyendo un nuevo sistema político: un sistema efectivo de pesos y contrapesos modificaría la realidad del poder, eliminaría las facultades arbitrarias que hoy nos (des)gobiernan y cancelaría los riesgos que muchos mexicanos perciben para el 2018.

La alternativa consistiría en nombrar a don Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el autor de El Gatopardo, para jefe permanente del Estado. Si no otra cosa, con eso se lograría una congruencia cabal entre objetivos, procesos y resultados de nuestra realidad: se preservaría lo existente, pero aparentando grandes transformaciones. Que todo cambie para que todo siga igual. O peor.

Twitter: @lrubiof

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Después del 8 de noviembre, ¿qué?

Escrito por Universidad Anáhuac el .

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Al momento de escribir este artículo falta una semana para las elecciones estadunidenses del 8 de noviembre. Las cifras señalan que Hillary Clinton (47.5%) aventaja a Donald Trump (45%), según sondeos de RealClear Politics. El Presidente es elegido por voto indirecto, por lo que el ganador necesita 270 votos del Colegio Electoral y, según este mismo sondeo, Clinton cuenta con 263 y Trump con 164 (31/10).

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