Fernando Núñez de la Garza / De manera disparatada, una parte de la derecha mexicana insiste en que Morena es un partido comunista. Sin embargo, lo que resulta cierto es que una parte considerable de los liderazgos del partido en el poder tiene una idiosincrasia comunista. Y esa idiosincrasia es la que explica la deriva autocrática en el país bajo el morenismo.
Que Pablo Gómez encabece la llamada Comisión Presidencial para la Reforma Electoral no resulta extraño. Si algo se le reconoce al político septuagenario mexicano es su consistencia política, al haber militado siempre en la izquierda mexicana. No obstante haber pugnado por la apertura del sistema político mexicano y haber sido uno de sus beneficiarios, con numerosos puestos políticos, también es cierto que Pablo Gómez militó en el antiguo Partido Comunista Mexicano (PCM) y, posteriormente, en el Partido Socialista Unificado de México (PSUM). Bajo Morena, casi medio siglo después, es el mensajero de una reforma cuyo propósito es cerrar las puertas a la pluralidad política. ¿Es mero oportunismo político o también vemos residuos de su viejo comunismo?
El comunismo fue el último gran proyecto de la Ilustración. Sus moldes idiosincráticos comenzaron a formarse a principios del siglo diecinueve con los escritos de Thomas Paine, uno de los padres de la izquierda política moderna. Para Paine —un inglés que acabaría por ser uno de los principales intelectuales de la Revolución Americana— los regímenes europeos estaban tan profundamente corroídos que necesitaban ser reemplazados en su totalidad. Ninguna ley emanada de ellos podía ser legítima, por lo que resultaba imprescindible redactar un nuevo ordenamiento jurídico desde la raíz. Inevitablemente, todo aquel que oponía resistencia albergaba motivos oscuros. “Tenemos el poder de empezar el mundo de nuevo”, declaró en 1776. Ese era, en esencia, el proyecto comunista: desconocer el pasado y derribar todo para construirlo de nuevo.
El fundador del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y expresidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, propuso un “cambio de régimen” en México. Si la Constitución establece que somos “una República representativa, democrática, laica y federal”, queda claro a estas alturas que el cambio propuesto era para lograr un sistema no representativo —ahí tenemos la sobrerrepresentación del 20% en el Congreso de la Unión—, autocrático —ahí tenemos la captura del Poder Judicial, la desaparición de numerosos organismos autónomos, y la próxima contrarreforma electoral— y centralista —la concentración del poder en la presidencia de la República no se veía desde el viejo régimen priista—. Formalmente no se promulgó una nueva Constitución, aunque sí materialmente: desde 2018, se han reformado 106 artículos, lo que representa casi el 70% de nuestro documento (El Universal, 17 de diciembre de 2025). Más aún, la destrucción institucional, que incluyó el Seguro Popular y la Policía Federal, fue y continúa siendo mayúscula. Porque nada bueno podía venir del panismo ni del priismo. Porque todo era corrupción. Porque había que comenzar todo de nuevo.
“El gobierno, incluso en su mejor estado, no es más que un mal necesario; en su peor estado, un mal intolerable”, declaró Pain. La Cuatroté tomó el sistema por dentro para cerrarles las puertas del poder a todos aquellos que piensan distinto. Eso, junto con la incompetencia y las injurias, más temprano que tarde, se volverá intolerable.
OPINIÓN FRENTE A LA REVISIÓN DEL T-MEC EN 2026
El documento analiza la revisión del T-MEC 2026 como una oportunidad estratégica para fortalecer la certidumbre jurídica, corregir fricciones operativas y consolidar la competitividad de Norteamérica. OPINIÓN FRENTE A LA REVISIÓN DEL TMEC 2026 OPINIÓN FRENTE A LA REVISIÓN DEL TMEC 2026 .pdf948 KBdownload-circle
El documento analiza la revisión del T-MEC 2026 como una oportunidad estratégica para fortalecer la certidumbre jurídica, corregir fricciones operativas y consolidar la competitividad de Norteamérica.
¿Primera revisión o fin del T-MEC? Opciones para México y Canadá
Participantes: Dr. Manuel García y Griego: Profesor-investigador del Departamento de Historia, Universidad de Nuevo México. Dra. Paola Suárez Ávila: Senior Fellow de la UER de Mexicanos en el Exterior, COMEXI. Dra. Mariana Aparicio Ramírez: Profesora del Centro de Relaciones Internacionales, FCPyS-UNAM. Moderación: Dra. Valeria Marina Valle: Académica del Departamento de Estudios Internacionales, Universidad Iberoamericana. Puntos clave del análisis: Escenarios para la revisión del tratado.
Participantes:
Dr. Manuel García y Griego: Profesor-investigador del Departamento de Historia, Universidad de Nuevo México.
Dra. Paola Suárez Ávila: Senior Fellow de la UER de Mexicanos en el Exterior, COMEXI.
Dra. Mariana Aparicio Ramírez: Profesora del Centro de Relaciones Internacionales, FCPyS-UNAM.
Moderación:
Dra. Valeria Marina Valle: Académica del Departamento de Estudios Internacionales, Universidad Iberoamericana.
Puntos clave del análisis:
Escenarios para la revisión del tratado.
Relación trilateral México-Estados Unidos-Canadá.
Impacto en la política exterior y economía regional.
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Electricidad, vehículo de la integración regional
José María Valenzuela / Durante décadas, para México y gran parte del continente, la integración energética significó hacer que el petróleo y el gas fluyeran más rápido y en mayor volumen. Se construyeron gasoductos, oleoductos y se firmaron tratados pensando en los combustibles fósiles. Pero hoy, el panorama más prometedor –y urgente– para unir a la región tiene un nombre distinto: electricidad. No solo porque América Latina ya es la región con la matriz eléctrica más limpia del mundo, sino
José María Valenzuela
/ Durante décadas, para México y gran parte del continente, la integración energética significó hacer que el petróleo y el gas fluyeran más rápido y en mayor volumen. Se construyeron gasoductos, oleoductos y se firmaron tratados pensando en los combustibles fósiles. Pero hoy, el panorama más prometedor –y urgente– para unir a la región tiene un nombre distinto: electricidad.
No solo porque América Latina ya es la región con la matriz eléctrica más limpia del mundo, sino porque la demanda está a punto de dispararse. Según la Organización Latinoamericana de Energía (OLADE), hacia 2050 el continente necesitará tanta electricidad adicional como la que hoy consumen México y Brasil juntos. En Centroamérica, por ejemplo, la demanda se cuadruplicará. Mientras, naciones como Chile y Argentina podrían superar el 90% de generación renovable en solo 25 años.
Detrás de este salto están tres formas de demanda. Primero, la electrificación del transporte: cada auto, autobús y camión que cambia de gasolina a electricidad. Segundo, el auge de los centros de datos, gigantes que consumen energía a escala industrial. Y tercero, la combinación de los motores tradicional: el crecimiento del poder de compra y de la industria manufacturera regional. Más industrias, más fábricas y millones de hogares con mayores ingresos están conectando más aparatos, maquinaria y sistemas, presionando la red como nunca antes.
Esta no es solo una cuestión técnica; es una carrera por la competitividad. En un mundo donde las empresas buscan reducir su huella de carbono y asegurar suministros estables, tener electricidad limpia y abundante es un imán para la inversión. Si no actuamos con visión regional, el aumento desordenado de la demanda –desde los data centers hasta las nuevas fábricas– podría presionar precios y afectar a hogares e industrias.
La región ya tiene experiencias valiosas. Centroamérica lleva la delantera con una red eléctrica troncal que interconecta a casi todos sus países y un mercado que permite equilibrar la oferta y la demanda entre naciones. Este modelo ha demostrado que facilita integrar más energías renovables y responder con agilidad a los picos de consumo. El reto es que proyectos así son costosos y arriesgados, por lo que requieren el compromiso de las grandes economías latinoamericanas y la participación de la banca multilateral.
Pero hay otra oportunidad para la que existen pocos antecedentes –como en materia de vacunas,– de integración comercial inteligente. Hoy, las empresas públicas dominan las redes de transmisión y distribución en gran parte de la región. En países como México, Uruguay u Honduras son totalmente estatales; en Brasil, Colombia o Argentina operan bajo esquemas público-privados. Esto abre una oportunidad concreta: coordinar las compras públicas de equipos y tecnología, con el objetivo de fomentar proveedurí intraregional y el desarrollo de cadenasde valor de mayor valor agregado.
Las oportunidades están más allá de las tecnologías de generación, en las que ha habido muy pocos avances en manufactura (con la excepción de Brasil). Un estudio reciente de la CEPAL señala que, en esta década, la inversión en redes será entre dos y tres veces mayor que la de parques solares y eólicos. La transición energética nos obliga a repensar no solo de dónde viene la electricidad, sino cómo actuar en un momento de disrupción de las expectativas sobre cadenas de proveduría globales, para incrementar la cacidad productiva en América Latina. No se trata solo de tender cables entre fronteras, sino de crear mecanismos de gobernanza, compras coordinadas y cadenas de valor compartidas.
América Latina tiene la generación más limpia, el sol y el viento a favor, y una demanda que crece. Lo que nos falta es conectar ese potencial disperso, aún a pesar de los profundos clivajes políticos en la región.
Participación en El Economista
Davos y el costo de no adaptarse
Andrea Navarro de la Rosa / En el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) celebrado recientemente en Davos, Suiza, el mensaje fue consistente entre líderes económicos, empresas tecnológicas, organismos multilaterales y gobiernos: el mundo ha entrado en una nueva fase de quiebre estructural. Las economías están siendo rediseñadas por la tecnología, la ciencia y una presión social que avanza más rápido que nuestra capacidad de adaptación colectiva. No se trata de una transición g
Andrea Navarro de la Rosa
/ En el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) celebrado recientemente en Davos, Suiza, el mensaje fue consistente entre líderes económicos, empresas tecnológicas, organismos multilaterales y gobiernos: el mundo ha entrado en una nueva fase de quiebre estructural.
Las economías están siendo rediseñadas por la tecnología, la ciencia y una presión social que avanza más rápido que nuestra capacidad de adaptación colectiva.
No se trata de una transición gradual, sino de un cambio profundo que redefine cómo trabajamos, cómo aprendemos y cómo se construye la prosperidad. El costo de no adaptarse será especialmente alto para las economías emergentes, y América Latina se encuentra en una posición particularmente vulnerable.
Desde el propio WEF, el diagnóstico es claro y medible. El Global Risks Report 2025 advierte que 52% de los expertos anticipa un escenario global inestable en los próximos dos años, mientras que 62% proyecta una década turbulenta o tormentosa. A ello se suma un entorno geopolítico frágil, donde los conflictos armados entre Estados y la erosión de la confianza pública asociada a la desinformación y al aumento de brechas socioeconómicas figuran entre los principales riesgos para el crecimiento económico.
En ese contexto, Davos colocó una pregunta crítica en el centro del debate… ¿Estamos formando a las personas que esta nueva economía necesita para sostener productividad, bienestar y cohesión social?
Para las juventudes en América Latina, el desafío se expresa con claridad en tres ejes.
1. Los trabajos del futuro.
De acuerdo con el Future of Jobs Report 2025 del WEF, hacia 2030 se crearán alrededor de 170 millones de empleos, pero también se desplazarán 92 millones. Aunque el saldo parece positivo, tendrá un impacto profundamente desigual. Además, 39% de las habilidades clave requeridas en el mercado laboral cambiará antes de que termine la década. Los sectores asociados a datos, tecnología, transición energética, ciberseguridad, logística avanzada, salud digital y economía verde crecen más rápido que la capacidad de los sistemas educativos para formar talento compatible. Es decir, el problema ya no es solo la falta de empleo, sino la escasez de habilidades adecuadas.
2. Educación que no se adapta: rezago estructural.
En Davos se subrayó que los sistemas educativos tradicionales siguen formando profesionistas para economías que ya no existen. La economía del conocimiento exige formación permanente, pensamiento crítico, ética y comprensión del impacto social de la tecnología. Sin embargo, en América Latina persisten modelos educativos y laborales rígidos, poco compatibles con la innovación, la movilidad y la interdisciplina que demanda la ciencia contemporánea; lo que sin duda limitará la empleabilidad individual y reducirá la capacidad de los países para absorber los grandes choques tecnológicos y demográficos que, incluso, ya están sucediendo en la región.
3. El costo del rezago.
Organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), señalan que, en los resultados de la prueba educativa PISA 2022, América Latina y el Caribe se ubicó por debajo de la media global en lectura, matemáticas y ciencias, con una brecha equivalente a cinco años de escolaridad frente a los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Mientras que el Banco Mundial advierte que 4 de cada 5 niñas y niños en la región no comprenden un texto sencillo.
Lo anterior evidencia el claro rezago educativo en la región, que tiene un impacto económico directo en la productividad laboral, afectando el crecimiento, la sostenibilidad fiscal y la capacidad de financiar sistemas de salud y protección social desde los gobiernos.
Es indiscutible que la inacción global y regional tendrá un costo económico y social sin precedentes. Pero para América Latina, invertir en educación alineada al futuro del trabajo puede significar la mejor estrategia económica y de salud pública que permita asegurar el bienestar y la calidad de vida de las presentes y futuras generaciones.
Para lograrlo, es urgente tomarse en serio la digitalización, fortalecer la educación superior y el posgrado, impulsar trayectorias híbridas entre ciencia, tecnología y humanidades, y construir alianzas reales entre gobiernos, empresas y academia.
Davos no habló del futuro como una promesa, sino como una advertencia. Para América Latina y el Caribe aún hay esperanza. El reto es si la región tendrá la voluntad política y social para virar a tiempo, evitando que las nuevas generaciones paguen el costo de un sistema que ya no responde a lo que el mundo necesita.
Participación en El Sol de México



