La ONU y el arte de hablarle al mundo
Programa de Jóvenes, PJ COMEXI Yu Chen / La Asamblea General de este año eligió una consigna casi provocadora: restaurar la confianza entre los Estados en un mundo tan lastimado y fragmentado. Lo es porque llega a un salón donde cada gobierno se presenta con su propia versión de la verdad. António Guterres, en su último debate general como secretario general, habló de guerras, desigualdad, clima e inteligencia artificial. Después comenzó el desfile de líderes, cada uno dispuesto a salvar al m
Programa de Jóvenes, PJ COMEXI
Yu Chen
/ La Asamblea General de este año eligió una consigna casi provocadora: restaurar la confianza entre los Estados en un mundo tan lastimado y fragmentado. Lo es porque llega a un salón donde cada gobierno se presenta con su propia versión de la verdad. António Guterres, en su último debate general como secretario general, habló de guerras, desigualdad, clima e inteligencia artificial. Después comenzó el desfile de líderes, cada uno dispuesto a salvar al mundo siempre que la solución no altere sus prioridades.
Trump llevó al podio sus amenazas contra Irán y su defensa de la soberanía estadounidense, mientras Lula reclamó superar la parálisis del Consejo de Seguridad. Zelenski volvió a pedir protección para Ucrania, y Mahmoud Abbas tuvo que dirigirse a la Asamblea mediante un mensaje grabado, después de que Estados Unidos negara los visados a la delegación palestina. Una sala abierta a casi todas las voces, donde incluso la posibilidad de hablar puede convertirse en disputa.
Los países africanos reclamaron un asiento permanente en el Consejo de Seguridad. Tienen razón al preguntar por qué un continente entero debe seguir esperando permiso para participar en decisiones que le afectan, mientras cinco potencias conservan un veto capaz de detenerlas. Los pequeños Estados insulares insistieron en la urgencia climática, ya que, para ellos, el aumento del mar no es un tema que pueda posponerse.
La Asamblea permite ver las prioridades de cada gobierno, aunque esa transparencia no siempre sea tranquilizadora, considerando que todos invocan el derecho internacional; las diferencias aparecen cuando hay que aplicarlo a un aliado, renunciar a una ventaja o aceptar que la seguridad ajena importa tanto como la propia. La retórica del bien común convive sin vergüenza con el cálculo nacional, y los discursos encuentran salida más rápido que las personas atrapadas en las guerras.
¿Sigue vigente la ONU? Sí, porque ninguna potencia puede resolver por sí sola los conflictos, la crisis climática o las reglas de la inteligencia artificial, y porque prescindir de un foro común no haría más generosos a sus miembros. Pero su relevancia ya no puede medirse por la cantidad de líderes que ocupan el podio, sino que debe ser por lo que estén dispuestos a hacer cuando regresen a sus capitales, lejos de las cámaras y de los aplausos.
La ONU sigue siendo necesaria, pero ningún discurso puede devolverle la credibilidad que sus miembros le niegan con sus actos. Cuando se apaguen las cámaras de Nueva York, ¿estarán dispuestos a defender para otros las mismas reglas que exigen para sí mismos para encontrar el bien común y la paz para la humanidad?












