Construir el peligro, después gobernar en su nombre
Carmen Lilia Cervantes Bello / ¿Qué necesita un gobierno para convencer a una sociedad de aceptar medidas que, en otras circunstancias, se considerarían inadmisibles? Un enemigo. Donald Trump lo encontró en las personas migrantes. Durante años, ha construido un relato en el que la migración aparece asociada con invasión, criminalidad y pérdida de control. La eficacia de esta narrativa no depende de explicar las causas de la movilidad humana ni de ofrecer alternativas a un fenómeno complejo. Ra
Carmen Lilia Cervantes Bello
/ ¿Qué necesita un gobierno para convencer a una sociedad de aceptar medidas que, en otras circunstancias, se considerarían inadmisibles? Un enemigo.
Donald Trump lo encontró en las personas migrantes. Durante años, ha construido un relato en el que la migración aparece asociada con invasión, criminalidad y pérdida de control. La eficacia de esta narrativa no depende de explicar las causas de la movilidad humana ni de ofrecer alternativas a un fenómeno complejo. Radica en mantener viva una sensación de amenaza que le permita presentarse como el único líder capaz de salvar a una nación en decadencia.
Sin embargo, los enemigos políticos no surgen de la nada: hay que construirlos. Y las palabras son fundamentales para ello. Trump ha sido especialmente hábil para utilizarlas en un entorno donde las emociones pesan más que los hechos. Las redes sociales y la industria de la desinformación le ofrecen un terreno ideal para alimentar una cultura del miedo. Vincular una y otra vez a las personas migrantes con el terrorismo, el crimen organizado o la inseguridad transforma la manera en que se interpreta la realidad.
Esta reinterpretación, sin duda, tiene consecuencias. Cuando una sociedad se siente amenazada, cambia también lo que está dispuesta a aceptar para protegerse. Redadas, personas esposadas, infancias enjauladas y deportaciones masivas aparecen una y otra vez ante nuestra mirada, hasta correr el riesgo de convertirse en lugares comunes. No hace falta aprobar cada una de estas escenas. Basta con que dejen de sorprender.
La política de Trump puede fracasar ante la complejidad migratoria, pero aun así ser eficaz para proyectar la imagen de un gobierno que tiene el control y conseguir apoyo electoral. Primero construye el peligro, después gobierna en su nombre. El muro fronterizo es uno de los ejemplos más evidentes de esta lógica. No logra frenar la migración, pero para muchos estadounidenses representa una promesa de seguridad. Lo mismo ocurre con las detenciones y las deportaciones masivas, que funcionan como demostraciones públicas de castigo.
Para que esta forma de gobernar siga funcionando, el miedo no puede agotarse. Siempre puede aparecer una nueva caravana, una crisis en la frontera o una imagen de caos convertida en espectáculo mediático para confirmar que la amenaza sigue latente. Y mientras la atención permanece puesta sobre el “enemigo”, la desigualdad, el deterioro económico o la incapacidad de los gobiernos para responder al descontento social dejan de ocupar el centro de la discusión.
Lo que está en juego, entonces, va mucho más allá de la política migratoria. La democracia se debilita cuando se normaliza que los derechos de las personas migrantes sean vulnerados simplemente porque han sido señaladas como la causa del deterioro nacional. En ese contexto, incluso la solidaridad empieza a resquebrajarse. Una persona puede conmoverse al ver a un niño separado de sus padres y, al mismo tiempo, sentir que el dolor de las familias migrantes compite con sus propias preocupaciones. Ahí está una de las trampas más eficaces de estas narrativas: hacer que el sufrimiento ajeno parezca incompatible con el propio.
Sin embargo, romper esa lógica exige algo más que desmentir noticias falsas. Implica cuestionar quién define al enemigo, qué gana al hacerlo y por qué ciertas explicaciones resultan tan cómodas cuando una sociedad atraviesa momentos de incertidumbre. No se trata de negar los desafíos que acompañan a la migración, sino de impedir que sean utilizados para justificar el rechazo y la deshumanización.
Transformar estas narrativas nos invita a recuperar algo que se ha ido perdiendo en el camino: la posibilidad de mirar a quienes migran como personas y no únicamente como símbolos de amenaza. Porque detrás de cada imagen en la frontera hay historias y proyectos de vida que rara vez caben en los discursos políticos.
Reconocerlo no exige idealizar la migración ni ignorar los desafíos que la rodean. Exige algo mucho más sencillo y, quizá por eso, más difícil: reconocer plenamente la humanidad del otro. Porque cuando una sociedad deja de ver personas y empieza a ver enemigos, pone en riesgo la vida de quienes migran e incluso la calidad de su propia democracia.














