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Después de la firma: El acuerdo modernizado entre México y la Unión Europea
Roberto Cabral Durán / México y la Unión Europea son socios económicos fundamentales. Europa es nuestro tercer socio comercial y segundo mayor inversionista extranjero. Sin embargo, recibe apenas el 3.6% de nuestras exportaciones, una cifra que debería hacernos pensar en todo lo que todavía podemos hacer. Después de diez años de negociaciones y más de veinticinco años del acuerdo original, finalmente se firmó su modernización. Es una buena noticia. Pero sería un error celebrarla demasiado pro
Roberto Cabral Durán
/ México y la Unión Europea son socios económicos fundamentales. Europa es nuestro tercer socio comercial y segundo mayor inversionista extranjero. Sin embargo, recibe apenas el 3.6% de nuestras exportaciones, una cifra que debería hacernos pensar en todo lo que todavía podemos hacer.
Después de diez años de negociaciones y más de veinticinco años del acuerdo original, finalmente se firmó su modernización. Es una buena noticia. Pero sería un error celebrarla demasiado pronto, ya que un acuerdo comercial vale, al final, por lo que hacemos con él. Ahí empieza la parte difícil.
México aprendió durante décadas, con razón, a mirar hacia el norte. Nuestra integración con Estados Unidos y Canadá es una de nuestras mayores fortalezas y seguirá siéndolo, pero diversificar no significa darle la espalda a Norteamérica; significa ganar opciones y México necesita, con urgencia, más opciones.
Europa debería ser una de ellas, no solamente para exportar más tequila, autopartes o productos agroindustriales. La oportunidad verdaderamente interesante está en el capital europeo y en lo que puede significar para la modernización de la industria mexicana.
Europa enfrenta decisiones difíciles sobre su futuro. Necesita crecer, recuperar competitividad y encontrar dónde invertir para seguir siendo relevante en un mundo cada vez más disputado. Necesita socios estables y confiables. Una Europa que busca autonomía estratégica no puede darse el lujo de mirar únicamente hacia dentro y, en ese escenario, México debería levantar la mano.
El capital europeo puede ayudar a desarrollar infraestructura, energía, manufactura avanzada y nuevas capacidades industriales. México, a cambio, ofrece escala, talento, una plataforma industrial probada y una posición difícil de replicar entre América del Norte y el resto del mundo.
Pero nada de esto ocurrirá por inercia. México debe dejar de pensar que firmar acuerdos equivale a aprovecharlos. Las empresas mexicanas tienen que atreverse a cruzar el Atlántico, conocer ese mercado y competir en él. De igual forma, México debe ofrecer razones concretas para que una empresa europea decida invertir aquí y no en otro país.
Ese es el verdadero potencial del acuerdo modernizado: no comerciar un poco más de lo mismo, sino utilizarlo para construir capacidades que hoy todavía no tenemos. La firma abre una puerta, toca cruzarla. La oportunidad histórica no está en haber modernizado el acuerdo. Está en que México entienda su magnitud y decida utilizarlo.

El daño de lo apolítico: la cuenta pendiente con las infancias en México
Marcelo García Suástegui / La presidenta Sheinbaum presentó un decreto para que las plataformas digitales sean espacios seguros para niñas, niños y adolescentes. En él se plantea que las plataformas deberán retirar contenido que promueva violencia, abuso sexual, suicidio o trastornos alimenticios y reportarlo a las autoridades. La mayoría de la gente que leyó esa noticia probablemente la pasó por alto. Suena técnico, lejano, cosa de gobierno. Ahí es donde está el problema. Tengo 26 años. En es
Marcelo García Suástegui
/ La presidenta Sheinbaum presentó un decreto para que las plataformas digitales sean espacios seguros para niñas, niños y adolescentes. En él se plantea que las plataformas deberán retirar contenido que promueva violencia, abuso sexual, suicidio o trastornos alimenticios y reportarlo a las autoridades. La mayoría de la gente que leyó esa noticia probablemente la pasó por alto. Suena técnico, lejano, cosa de gobierno. Ahí es donde está el problema.
Tengo 26 años. En este momento no estoy pensando en tener hijos, pero me asusta el mundo al que podrían llegar. No es un mundo en abstracto, sino al concreto; el que ya existe hoy en México, que ningún decreto resuelve por sí solo.
El problema de las plataformas no está solo en el contenido. TikTok, Instagram y YouTube retienen a los adolescentes porque hacer que dejarlo sea difícil forma parte de su diseño: scroll infinito, autoplay, algoritmos que aprenden tus puntos de quiebre, notificaciones que simulan ansiedad social si no respondes. Un decreto que depende de la "voluntad de las plataformas" no afecta ese mecanismo.
Encima del diseño adictivo está el contenido: influencers que enseñan que la dominancia es masculinidad, que los estándares de belleza imposibles son aspiracionales, que la identidad vale lo que valen tus seguidores. Ninguno de ellos tiene responsabilidad legal por lo que le pasa al adolescente que los consume durante cuatro horas al día. Las plataformas tampoco.
Los números son contundentes. Según el análisis de UNICEF México 2026, 14 millones de niños viven en pobreza. La tasa de violencia sexual contra menores se duplicó entre 2018 y 2023. Los niños y adolescentes desaparecidos aumentaron en un 30.3% entre 2023 y 2024. La inversión pública destinada a la infancia cayó del 26.5% al 15.8% del gasto social. Cada uno de esos números empeoró el año pasado.
"Proteger a los niños" lleva años siendo una de las frases más rentables en política. Se usa para repudiar libros, películas y series, para vetar leyes de identidad de género, para ganar ciclos de noticias e hilar una conversación falaz. Rara vez aparece cuando hay que financiar trabajadoras sociales, mantener líneas de crisis abiertas o legislar la responsabilidad de una plataforma que recomienda contenido violento a un adolescente a las dos de la mañana.
El decreto de esta semana es un primer paso real. Tiene intención legítima y, si se convierte en legislación con dientes, podría cambiar algo. Pero hoy le falta lo esencial: sanciones para plataformas que no cumplan y un mandato que obligue a rediseñar la experiencia de usuario para menores; cambiar el mecanismo que los engancha, no solo retirar el contenido que genera más quejas.
La pregunta que nadie hace en los ciclos de noticias sobre decretos y plataformas es quién, en México, cuida a los niños en serio. La respuesta incómoda es que como sociedad hemos decidido no mirarlo de frente.
Ese es el daño de lo apolítico: no que las infancias en México no te importen, sino que nos hemos acostumbrado a que “proteger a los niños” sea una frase y no una política. En esa distancia viven y mueren millones de ellos.
Posdata: No me sorprende que los mexicanos estemos dejando de tener hijos. Y no, no es solo por el “woke”; es porque no sabemos si al país le importan lo suficiente las infancias para que crezcan libres y seguros.

Council of Councils
Héctor Cárdenas / Héctor Cárdenas, presidente de COMEXI, habla en entrevista con Leonardo Curzio sobre el *Council of Councils*, un encuentro que se realiza dos veces al año y reúne a think tanks de distintas partes del mundo para analizar la coyuntura internacional y los retos del multilateralismo. Este año, COMEXI es anfitrión de esta conferencia, que promueve el diálogo y el intercambio de perspectivas sobre los principales desafíos globales.
Héctor Cárdenas
/ Héctor Cárdenas, presidente de COMEXI, habla en entrevista con Leonardo Curzio sobre el *Council of Councils*, un encuentro que se realiza dos veces al año y reúne a think tanks de distintas partes del mundo para analizar la coyuntura internacional y los retos del multilateralismo. Este año, COMEXI es anfitrión de esta conferencia, que promueve el diálogo y el intercambio de perspectivas sobre los principales desafíos globales.
México y las elecciones de noviembre en Estados Unidos: ¿a qué apostar?
Rodolfo Padilla-Torres / El próximo 3 de noviembre, Estados Unidos renovará los 435 escaños de su Cámara de Representantes y alrededor de un tercio del Senado. Es un proceso enteramente interno y así conviene tratarlo. Sin embargo, pocas elecciones ajenas se sienten tan cercanas en México, y vale la pena explicar por qué. Nuestra relación con el vecino del norte no es un expediente más de política exterior, sino el marco cotidiano en el que viven millones de personas, alrededor de 40 millones
Rodolfo Padilla-Torres
/ El próximo 3 de noviembre, Estados Unidos renovará los 435 escaños de su Cámara de Representantes y alrededor de un tercio del Senado. Es un proceso enteramente interno y así conviene tratarlo. Sin embargo, pocas elecciones ajenas se sienten tan cercanas en México, y vale la pena explicar por qué.
Nuestra relación con el vecino del norte no es un expediente más de política exterior, sino el marco cotidiano en el que viven millones de personas, alrededor de 40 millones de origen mexicano. Comercio, seguridad, agua, energía y familias en ambos lados de una frontera de más de tres mil kilómetros. Cuando en EUA cambia la aritmética legislativa, en México se requieren importantes conversaciones.
Si bien el proceso electoral en Estados Unidos suele generar debate en nuestro país, y no en pocas ocasiones preocupación, es importante entender que durante las temporadas electorales los temas más relevantes tienden a politizarse. La migración y la seguridad, que en la práctica son fenómenos compartidos y complejos, se reducen a consignas de campaña. Eso genera ruido, y a veces el ruido se confunde con la política real. En este caso conviene mirar más a fondo: independientemente de los procesos electorales propios de las democracias, ambas naciones se mantienen operando una maquinaria de cooperación que rara vez llega a los titulares.
Un ejemplo lo ilustra. En agosto se celebró la 40.ª Conferencia Internacional para el Control de Drogas, organizada por Argentina y la DEA, con delegaciones de más de cien países. Ahí el titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana expuso los resultados de la estrategia mexicana y planteó una fórmula que vale la pena subrayar: responsabilidad compartida, reciprocidad, confianza mutua y pleno respeto. La agencia antidrogas estadounidense lo describió públicamente como un socio de confianza.
Detrás del gesto hay algo más sustantivo: información que fluye con mayor rapidez y contacto cotidiano entre autoridades. Eso es cooperación operativa; cuando se sostiene en el tiempo y sobre principios explícitos, se vuelve cooperación estratégica. Y no aparece en ninguna boleta electoral.
El T-MEC, por su parte, entra en un ciclo de revisiones anuales: menos certeza de largo plazo y más necesidad de trabajo técnico y paciente. Justo lo contrario de lo que produce una campaña.
De ahí mi convicción. La mejor estrategia frente a noviembre no consiste en apostar por un resultado, sino en ser un socio confiable, profesional y orientado a resultados, con interlocutores en ambos partidos y en los estados, no sólo en Washington D. C.
El 4 de noviembre amaneceremos con el mismo mapa. La geografía no se vota.

Desafíos en el campo del desarme y la no proliferación en Naciones Unidas
María Angélica Arce Mora / El pasado 22 de septiembre inició el 81 perIodo de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York. En la primera semana de labores participaron representantes de los 193 Estados miembros de la ONU en el debate general para señalar sus prioridades y propuestas enfocadas en los desafíos actuales en los tres pilares de la organización: paz y seguridad internacionales, cooperación internacional y respeto de los derechos humanos. Los Jefes de Estado y de
María Angélica Arce Mora
/ El pasado 22 de septiembre inició el 81 perIodo de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York. En la primera semana de labores participaron representantes de los 193 Estados miembros de la ONU en el debate general para señalar sus prioridades y propuestas enfocadas en los desafíos actuales en los tres pilares de la organización: paz y seguridad internacionales, cooperación internacional y respeto de los derechos humanos.
Los Jefes de Estado y de Gobierno que hicieron uso de la palabra se centraron, entre otros temas, en la necesidad de continuar con el proceso de reforma de las Naciones Unidas para fortalecer al sistema multilateral, incluida la revisión de la composición y métodos de trabajo del Consejo de Seguridad, para superar los obstáculos que impiden llegar a soluciones acordadas en los conflictos en Gaza, Ucrania, Sudán, y disminuir las tensiones derivadas de enfrentamientos bélicos en otras regiones del mundo.
Sin embargo, fueron pocos los oradores que mencionaron la necesidad de llevar a cabo acciones para avanzar el proceso del desarme y fortalecer al régimen internacional de no proliferación de armas de destrucción en masa, a pesar de la fabricación y empleo de nuevos armamentos con tecnología industrial de última generación.
Según datos de SIPRI (2025), existen aproximadamente 12, 240 armas nucleares, pero la falta de transparencia en los arsenales de Estados que no son Parte del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) como Israel, Corea del Norte, India y Pakistán dificulta tener una precisión más clara. La amenaza a la sobrevivencia de la raza humana se ve aumentada por el enfrentamiento entre Estados Unidos, Israel e Irán debido al desarrollo del programa nuclear de éste último. Esta situación se ve agravada por la falta de cooperación del gobierno iraní con el Organismo Internacional de Energía Atómica para la supervisión de las actividades realizadas a fin de no contravenir los compromisos adquiridos como un Estado no poseedor de armas nucleares cuando ratificó el TNP.
Una vez más, los Estados miembros de la ONU, en el seno de la Primera Comisión que es el foro de la Asamblea General donde se negocian y aprueban resoluciones sobre temas de desarme y seguridad internacional, inician sus trabajos esta semana para hacer frente a los desafíos derivados de la carrera armamentista que también abarca al espacio ultraterrestre, al espacio marítimo y a las tecnologías digitales con aplicaciones de la inteligencia artificial en el campo militar.
Las doctrinas de defensa y seguridad nacional de las principales potencias, así como las rivalidades geopolíticas de distintos bloques de poder son factores principales en la falta de voluntad política para llegar a acuerdos globales. Un ejemplo son las resoluciones sobre armas nucleares que cada año son aprobadas en su mayoría mediante una votación ante la imposibilidad de generar un consenso.
Frente a la falta de interés de Estados Unidos, Rusia y China, entre otros, para avanzar el proceso de desarme y no proliferación, se espera que potencias medias como México, Nueva Zelandia, Noruega, Canadá, Suecia, Indonesia y Sudáfrica continúen con esfuerzos conjuntos para llegar a un mundo libre de armas nucleares, y disuadir a otros Estados a desarrollar o adquirir este tipo de armamento.
Desde esta perspectiva, se espera que México amplíe, a través de negociaciones en Naciones Unidas, el apoyo a la resolución que presentó por primera vez hace un año sobre los Posibles riesgos de la integración de la inteligencia artificial en los sistemas de mando, control y comunicaciones de las armas nucleares. Este documento fue adoptado en 2025 como la resolución 80/23, con 118 votos a favor (México incluido), 9 en contra (Argentina, Burundi, República Centroafricana, Corea del Norte, Francia, Israel, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos) y 44 abstenciones (China incluida).
Esta resolución exige que mientras se llega al desarme nuclear, se mantengan el control y supervisión humanos para evitar que la inteligencia artificial inicie de forma autónoma decisiones sobre el empleo de armas nucleares. El seguimiento a los debates sobre este tema en los trabajos de la Primera Comisión durante el mes de octubre permitirá conocer los avances o retrocesos en el campo del desarme y la no proliferación.
México necesita hacer su propio cálculo sobre China
Héctor Cárdenas / ¡China, China, China! El país está en boca de todos, tanto de sus admiradores, como de sus rivales, socios y detractores. Es, para unos, sinónimo de oportunidad al tiempo que para otros representa una amenaza. Para América Latina se ha convertido en un socio clave. En buena parte de Sudamérica dejó hace tiempo de ser un socio emergente. Es el principal socio comercial de Brasil, Chile y Uruguay, y ocupa un lugar central en las relaciones económicas de otros países de la región
Héctor Cárdenas
/ ¡China, China, China! El país está en boca de todos, tanto de sus admiradores, como de sus rivales, socios y detractores. Es, para unos, sinónimo de oportunidad al tiempo que para otros representa una amenaza. Para América Latina se ha convertido en un socio clave. En buena parte de Sudamérica dejó hace tiempo de ser un socio emergente. Es el principal socio comercial de Brasil, Chile y Uruguay, y ocupa un lugar central en las relaciones económicas de otros países de la región. En Brasil, 28% de las exportaciones se dirigieron a China en 2024; en Chile, China concentró 33% del comercio de bienes en 2025; y en Uruguay absorbió 26% de las exportaciones. ¿Y para México, qué representa China?
Esta columna inaugura una nueva etapa de colaboración entre COMEXI y EL UNIVERSAL para explorar algunos de los grandes temas internacionales que afectan a México. En ésta participarán asociados de COMEXI e integrantes de nuestro Programa de Jóvenes COMEXI. El propósito es acercar al público discusiones que con demasiada frecuencia quedan confinadas a círculos especializados: explicar qué está cambiando en el mundo, por qué importa para México y qué margen tiene nuestro país para influir en esos cambios. La relación con China ofrece un buen punto de partida.
La presencia china en América Latina ya rebasa ampliamente el muy significativo comercio de materias primas. Empresas del país asiático participan en energía, construcción, infraestructura de transporte, telecomunicaciones, vehículos eléctricos, almacenamiento de energía y manufactura avanzada. China sigue muy por detrás de Estados Unidos como fuente de inversión extranjera directa en la región: en 2024, Estados Unidos representó 38% de la IED recibida por América Latina y el Caribe y China apenas 2%. Pero, como señala la CEPAL, esas cifras subestiman la presencia económica china: una parte importante de su participación en la región adopta la forma de contratos de construcción, concesiones, financiamiento de infraestructura o inversiones canalizadas a través de terceros países, modalidades que no siempre aparecen como IED en la balanza de pagos.
La conversación regional, sin embargo, está entrando en una etapa nueva. Muchos países latinoamericanos quieren conservar y ampliar sus vínculos con China, pero esperan obtener mucho más de ellos. Quieren que las inversiones desarrollen proveedores locales, generen capacidades tecnológicas y de ingeniería, formen talento y produzcan beneficios más visibles para las comunidades donde operan. En minerales críticos, por ejemplo, existe un interés creciente en procesar y refinar localmente en lugar de limitarse a exportar la materia prima. En ciencia y tecnología, la aspiración es pasar de la compra de equipos a proyectos conjuntos, intercambios académicos y desarrollo de conocimiento.
Ese reclamo no debe interpretarse como un distanciamiento de China. Es, más bien, una señal de madurez de la relación y del cambio paulatino del rol de China en la economía global. El país ha pasado de ser una economía emergente para convertirse en la segunda economía del mundo, no sólo por el volumen de lo que produce, sino por la creciente sofisticación y liderazgo tecnológico. A medida que China asume un papel destacado como líder económico y político global, aumenta también la exigencia de sus socios de que la relación contribuya más claramente al desarrollo local.
Todo esto ocurre mientras se intensifica la competencia entre Estados Unidos y China. Washington observa con creciente atención – por no decir preocupación – la participación china en infraestructura estratégica, telecomunicaciones, puertos, minerales críticos y cadenas tecnológicas. La propia administración Trump ha denominado su política hemisférica un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe y su Estrategia de Seguridad Nacional plantea explícitamente recuperar la preeminencia estadounidense en el hemisferio y limitar el control de activos estratégicos por competidores extrarregionales – entiéndase, China.
Para México, la cuestión es especialmente compleja. Ningún otro país latinoamericano está tan profundamente integrado a la economía estadounidense. Las cadenas de producción, la inversión, la logística y las empresas de ambos países constituyen una realidad económica norteamericana determinante para las economías de México, Estados Unidos y Canadá. Pero China tampoco es ya una relación que México pueda considerar marginal. Más de una quinta parte de nuestras importaciones de mercancías provienen de China y gran parte de ellas son maquinaria, componentes y bienes intermedios utilizados por la propia industria mexicana. China compite con la manufactura nacional y también contribuye a su competitividad.
Esto combinación de geopolítica y realidades económicas profundamente arraigadas crea lo que podríamos llamar un triángulo de hierro entre Estados Unidos, China y México que estructura y limita las relaciones entre los tres países. El riesgo está en que su geometría sea definida desde Washington o Beijing. México no puede formular su relación con China como si Estados Unidos no existiera; la integración norteamericana es demasiado profunda y valiosa. Pero tampoco puede limitar su estrategia a traducir automáticamente las preferencias estadounidenses en política mexicana. La rivalidad entre ambas potencias abarca ya semiconductores, inteligencia artificial, baterías, automóviles eléctricos, telecomunicaciones, datos, minerales críticos e inversión; todas ellas áreas prioritarias para México.
México necesita, por tanto, hacer su propio cálculo. ¿Qué inversiones chinas conviene atraer? ¿En qué sectores existen oportunidades reales de aprendizaje tecnológico? ¿Dónde deben establecerse salvaguardas por razones de seguridad económica? ¿Qué actividades pueden poner en riesgo nuestra integración con América del Norte? ¿Qué deberíamos pedir a cambio de un acceso mayor al mercado mexicano? Las respuestas no pueden surgir de una presunción general a favor o en contra de China. Requieren entender con mucha mayor precisión qué fortalece las capacidades mexicanas y qué puede debilitarlas.
En los próximos días COMEXI publicará Las claves de la estrategia de México ante China, un análisis con propuestas concretas que busca contribuir a esa discusión. El estudio forma parte de un trabajo más amplio que COMEXI ha realizado desde su fundación, hace 25 años: identificar el interés nacional mexicano ante los grandes cambios internacionales y traducir ese análisis en propuestas concretas de política pública.
Ese mismo propósito anima esta nueva etapa de colaboración con EL UNIVERSAL. Queremos ampliar la conversación sobre política exterior, incorporar las voces de distintas generaciones de COMEXI y mostrar que los asuntos internacionales no ocurren en un espacio distante de la vida nacional. Afectan nuestra prosperidad, nuestra seguridad y nuestras posibilidades de desarrollo. México también puede contribuir a moldearlos. Para hacerlo, primero necesita entenderlos y decidir con claridad qué intereses quiere defender.
Participación en El Universal.

Ucrania, la agonía de una guerra Segunda parte: los actores del desenlace
Rubén Beltrán / En la primera parte de este artículo planteé la erosión como un fenómeno transversal que explica el estado actual de la guerra en Ucrania: el desgaste progresivo, no siempre visible, que afecta la economía, la sociedad, el respaldo político y la capacidad de sostener un esfuerzo bélico a lo largo de una línea de tiempo. Identifiqué ahí la erosión latente y la erosión reconocida, así como un umbral a partir del cual el desgaste deja de ser tolerable para quien lo sufre. https:/
Rubén Beltrán
/ En la primera parte de este artículo planteé la erosión como un fenómeno transversal que explica el estado actual de la guerra en Ucrania: el desgaste progresivo, no siempre visible, que afecta la economía, la sociedad, el respaldo político y la capacidad de sostener un esfuerzo bélico a lo largo de una línea de tiempo. Identifiqué ahí la erosión latente y la erosión reconocida, así como un umbral a partir del cual el desgaste deja de ser tolerable para quien lo sufre.
EU e Irán en la ONU: discurso y hechos
David Hernández López / El debate general de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (AGONU) constituye, por excelencia, el escenario donde los liderazgos mundiales exponen intereses, metas y posturas sobre los dilemas de la coyuntura internacional. En su 81 periodo de sesiones, celebrado del 18 al 28 de septiembre de 2026, las participaciones se concentraron, entre otras cosas, en asuntos como el desarrollo de la Inteligencia Artificial, Ucrania, Gaza y la confrontación
David Hernández López
/ El debate general de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (AGONU) constituye, por excelencia, el escenario donde los liderazgos mundiales exponen intereses, metas y posturas sobre los dilemas de la coyuntura internacional.
En su 81 periodo de sesiones, celebrado del 18 al 28 de septiembre de 2026, las participaciones se concentraron, entre otras cosas, en asuntos como el desarrollo de la Inteligencia Artificial, Ucrania, Gaza y la confrontación directa entre Estados Unidos e Irán. Todo lo expuesto en este espacio pasa por un minucioso análisis mediático y político. En esta ocasión el contraste entre los mensajes pronunciados y la realidad de los acontecimientos resulta considerable y, por fortuna, favorable.
Durante su intervención en la AGONU, el presidente de Estados Unidos adoptó una postura directa e incluso bélica. Entre otras cosas, confirmó que evaluaba dos caminos sobre Irán, atacar o darle la oportunidad de reconstruirse. Pese a tales advertencias, matizó su postura al proyectar un acuerdo luego de la celebración de las elecciones intermedias de noviembre en su país.
Asimismo, el presidente de Irán asumió una posición similar, y acusó a Estados Unidos e Israel de ser provocar inestabilidad internacional y calificó sus ataques como ilegales por estar dirigidos contra la población civil y la infraestructura iranies. Cabe señalar que, de acuerdo con The New York Times, la participación del mandatario iraní resulta ser histórica, pues ningún país en conflicto activo con Estados Unidos había comparecido en persona en la AGONU.
Esta confrontación verbal, podría proyectar que las posiciones de ambos países mantienen con pocas posibilidades alcanzar una resolución al conflicto. No obstante, contrastan con la realidad política. Mientras las declaraciones públicas sugerían un endurecimiento de las posiciones, de manera paralela, los canales diplomáticos registraron señales en un sentido contario.
El 22 de septiembre, dos funcionarios de alto nivel de Estados Unidos sostuvieron un encuentro indirecto de tres horas en Nueva York con el ministro de Asuntos Exteriores de Irán mediante la intermediación de representantes cataríes. Este acercamiento representó la primera gestión formal desde la ruptura del Memorando de Entendimiento suscrito en junio, el cual colapsó semanas después a raíz de nuevos ataques militares.
Lejos del tono bélico de los discursos oficiales, las partes reconocieron la importancia del encuentro. El ministro iraní definió la sesión como productiva y confirmó la continuidad en el flujo de notas oficiales. El secretario de Estado estadounidense describió el acercamiento como positivo y significativo, en tanto que el presidente de Estados Unidos reconoció una reunión muy buena.
Incluso, en ese marco, Irán presentó una propuesta de siete días que retoma postulados del acuerdo previo. Dicho esquema contempla, bajo condiciones precisas, la reapertura del estrecho de Ormuz hacia el término de ese plazo, con la meta de restablecer las negociaciones formales. Aunque finalmente no fue aceptada, supone otra muestra del interés por finalizar con el conflicto actual.
Para Estados Unidos la prolongación del estado de guerra supone un desgaste militar considerable, además de repercusiones económicas por la alteración del tránsito energético mundial y el descontento del electorado inconforme por el nuevo frente bélico previo a las votaciones de noviembre. Para el gobierno iraní, el cese del fuego resulta indispensable frente al daño sobre su infraestructura estratégica, el sufrimiento de la sociedad civil y el aislamiento comercial.
En suma, la urgencia compartida de detener el enfrentamiento se impone sobre los mensajes de los mandatarios de los dos países. Aunque la AGONU permanece como un referente ineludible del debate internacional, este caso muestra que los discursos de las y los jefes de Estado y de Gobierno en algunas ocasiones pueden no ser compatibles del todo con la realidad.
En ciertos momentos, buscan impactar en el electorado base o en demostrar al rival una cara muchos menos amable que en privado. Fuera de la tribuna, la necesidad recíproca de alcanzar un entendimiento guía la actuación y posiciones reales. Concluir la guerra constituye un objetivo en común de ambos países, más allá de la disonancia de sus respectivos discursos en la AGONU.
Participación en: El Sol de México
https://oem.com.mx/elsoldemexico/analisis/eu-e-iran-en-la-onu-discurso-y-hechos-32396202
T-MEC o BRICS: México no tiene que elegir
Antonio Reyes-González / Este mes, en Nueva Delhi, Xi Jinping, Narendra Modi y Vladimir Putin posaron tomados de la mano. Dos meses antes, Washington se negó a extender el T-MEC por otros 16 años y lo dejó sujeto a revisiones anuales. México debería leer ambas escenas juntas. Una muestra un mundo que busca nuevos centros de poder; la otra recuerda quién todavía puede detener camiones, inversiones y empleos al norte del Río Bravo. El T-MEC y los BRICS no son alternativas equivalentes. El prime
Antonio Reyes-González
/ Este mes, en Nueva Delhi, Xi Jinping, Narendra Modi y Vladimir Putin posaron tomados de la mano. Dos meses antes, Washington se negó a extender el T-MEC por otros 16 años y lo dejó sujeto a revisiones anuales. México debería leer ambas escenas juntas. Una muestra un mundo que busca nuevos centros de poder; la otra recuerda quién todavía puede detener camiones, inversiones y empleos al norte del Río Bravo.
El T-MEC y los BRICS no son alternativas equivalentes. El primero organiza cadenas productivas que cruzan la frontera todos los días. Más de 81% de las exportaciones mexicanas termina en Estados Unidos. Los BRICS, en cambio, son un foro político y económico, sin tratado comercial común y con intereses que a menudo chocan. México no puede mudarse de una geografía a otra. Sí puede evitar que su geografía decida toda su política exterior.
En 2024 advertí que la ampliación de los BRICS podía dar mayor voz a países relegados, pero también diluir las decisiones del grupo y ampliar la influencia china. La cumbre de Nueva Delhi este año confirmó ambas tendencias. India consiguió una declaración conjunta pese a las diferencias entre Irán y Emiratos Árabes Unidos. China, mientras tanto, marcó buena parte de la agenda económica y propuso una zona BRICS de inteligencia artificial de código abierto.
La moneda común puede esperar. El bloque trabaja ahora en algo menos vistoso y bastante más útil: pagos transfronterizos más rápidos y operaciones en monedas nacionales. También busca ampliar el financiamiento del Nuevo Banco de Desarrollo. Son avances modestos, pero concretos. BRICS empieza a colocar tuberías debajo de su discurso sobre un mundo multipolar.
Para México, la oportunidad no está en solicitar una membresía. Está en usar esas nuevas conexiones para ampliar mercados, financiamiento y conocimiento. Dicho sin diplomacia: diversificar no es importar más productos chinos. Es conseguir que empresas mexicanas vendan en India o Brasil y que la cooperación extranjera deje laboratorios, infraestructura y personal capacitado en el país.
El reciente acuerdo científico entre México y China será una prueba. Ambos gobiernos acordaron colaborar en inteligencia artificial, supercómputo, robótica, electromovilidad y formación de investigadores. La coincidencia con la agenda tecnológica de BRICS difícilmente pasará inadvertida en Washington, que ya exige reglas de origen más estrictas para impedir que China utilice a México como puerta trasera al mercado estadounidense.
Como sostuve al analizar la posición latinoamericana frente a los gigantes de la inteligencia artificial, la ciencia puede cruzar fronteras que la geopolítica levanta. Pero el valor de esa cooperación dependerá de lo que quede de este lado. Me refiero a los investigadores mexicanos con acceso al cómputo, propiedad intelectual compartida, protección de datos y libertad para trabajar con más de un proveedor. Ensamblar servidores mientras otros controlan los chips, los modelos y la nube no es soberanía tecnológica.
México debe conservar al T-MEC como centro de su estrategia económica. También necesita relaciones más densas con Brasil, India, China y otras economías emergentes. Esa combinación exige reglas claras en sectores sensibles y cooperación abierta en investigación civil. La autonomía no consiste en mantener la misma distancia entre Washington y Pekín. Consiste en tener más de una puerta y conservar las llaves.

Escenario electoral en Brasil
José Ignacio Piña / El Embajador José Ignacio Piña analiza el escenario electoral en Brasil y señala que se perfila una contienda reñida y polarizada. Destaca que, en los últimos 20 años, ningún candidato ha logrado obtener la victoria en primera vuelta, por lo que se prevé una segunda ronda. Asimismo, resalta la solidez de las instituciones electorales brasileñas y el uso de urnas electrónicas, que permiten agilizar el conteo y la difusión de los resultados.
José Ignacio Piña
/ El Embajador José Ignacio Piña analiza el escenario electoral en Brasil y señala que se perfila una contienda reñida y polarizada. Destaca que, en los últimos 20 años, ningún candidato ha logrado obtener la victoria en primera vuelta, por lo que se prevé una segunda ronda. Asimismo, resalta la solidez de las instituciones electorales brasileñas y el uso de urnas electrónicas, que permiten agilizar el conteo y la difusión de los resultados.
Hacia un nuevo espacio geopolítico euroasiático
Rodrigo Labardini / En Eurasia gradualmente surge un espacio estratégico que vincula Asia Central, el Mar Caspio y el Cáucaso. Deriva de creciente interdependencia impulsada por transporte, energía, inversiones, seguridad y nuevas instituciones de cooperación. Del C5 al C6 Particularmente significativa fue la incorporación de Azerbaiyán al mecanismo consultivo de los cinco Estados centroasiáticos. La reunión de Cholpon-Ata en Kirguistán (31JUL2026) consolidó una fórmula política (C5+1 o C6) y
Rodrigo Labardini
/ En Eurasia gradualmente surge un espacio estratégico que vincula Asia Central, el Mar Caspio y el Cáucaso. Deriva de creciente interdependencia impulsada por transporte, energía, inversiones, seguridad y nuevas instituciones de cooperación.
Del C5 al C6
Particularmente significativa fue la incorporación de Azerbaiyán al mecanismo consultivo de los cinco Estados centroasiáticos. La reunión de Cholpon-Ata en Kirguistán (31JUL2026) consolidó una fórmula política (C5+1 o C6) y el surgimiento de la “Región del Gran Caspio” o “Cauc-Asia” para explicar la creciente integración funcional entre Cáucaso y Asia Central. El Caspio no es más separación geográfica; comienza a operar como vínculo.
La infraestructura material de transformación es el Corredor Medio o Trans-Caspian International Transport Route. Asia Central (Kazakhstán, Kirguistán, Tajikistán, Turkmenistán y Uzbekistán) junto con Azerbaiyán buscan diversificar lazos comerciales y no depender de rutas septentrionales (rusas). Uzbekistán ejemplifica mediante proyectos relacionados con Poti, Anaklia, Aktau, Turkmenbashi, Bakú, Nakchiván y TRIPP. De seguir progresando, Asia Central podría evolucionar de una condición landlocked (sin acceso a mares) hacia una posición land-linked (vinculados por tierra). China tampoco pierde, pues sigue enviando mercancías a Europa.
No obstante, los proyectos nacionales aún compiten entre sí y carecen de suficiente coordinación regional. Mayor infraestructura no significa automáticamente mayor integración política—pero pueden evidenciar un diálogo constante que fructifique.
Azerbaiyán ocupa una posición central dentro de esta nueva arquitectura como nodo articulador. Bakú conecta redes centroasiáticas con Georgia, Türkiye y, finalmente, los mercados europeos. Su acercamiento a Asia Central y su relación con Uzbekistán demuestra que la cooperación trasciende actualmente los vínculos culturales y lingüísticos. Incluye inversiones, industria, transporte, energía renovable, coordinación institucional y proyectos conjuntos de conectividad. En paralelo, su cooperación con Kazakhstán profundiza conexiones energéticas y logísticas transcaspianas. El resultado previsible será un eje Bakú-Astana-Tashkent con creciente relevancia regional—aún lejos de una alianza trilateral institucionalizada.
Georgia continúa siendo indispensable para la salida occidental del Corredor Medio mediante su infraestructura ferroviaria y portuaria. Su puerto de Anaklia reforzará considerablemente esto, en especial mediante inversiones vinculadas a actores asiáticos y centroasiáticos. No obstante, la polarización política georgiana y sus complejas relaciones con Rusia y Occidente introducen incertidumbre estratégica. Armenia podría adquirir igualmente una nueva función geoeconómica si normalizara con Azerbaiyán y la eventual implementación de TRIPP. Una conexión Azerbaiyán-Armenia-Nakchiván-Türkiye modificaría significativamente la geografía del transporte regional.
El mundo reacciona. Moscú parece acercarse a Yereván, pero no hay quien le crea y Yereván diversifica progresivamente sus relaciones exteriores. Estos procesos no significan la desaparición de Rusia como potencia regional. Lo que ha disminuido es su anterior exclusividad estructural sobre determinadas conexiones políticas, económicas y logísticas euroasiáticas. China, Türkiye, la Unión Europea y EUA ofrecen crecientes alternativas de inversión, comercio y cooperación. Otros actores, incluida Corea del Sur, profundizan su presencia.
El Caspio: conectividad, seguridad y medio ambiente
La importancia estratégica del Caspio aumenta a la par que crecen sus vulnerabilidades. La guerra ruso-ucraniana ha producido efectos sobre infraestructura energética y marítima vinculada al Caspio (ataques a plataformas petroleras rusas, naves rusas bajo sanciones y al oleoducto ruso-kazajo Caspian Pipeline Consortium). El Caspio ya no puede analizarse exclusivamente mediante energía, delimitación marítima o cooperación ambiental. Su seguridad está crecientemente vinculada con conflictos desarrollados fuera de la propia región.
El desecamiento del Mar Caspio y el descenso de su nivel amenazan puertos, navegación, infraestructura, pesca y ecosistemas. Surge así una paradoja fundamental: el valor geopolítico del Caspio aumenta precisamente cuando su estabilidad ambiental disminuye.
Estamos frente a una transformación regional con un espacio geopolítico emergente (La Región del Gran Caspio) y una nueva geografía estratégica (Cauc-Asia). El C6 es su incipiente expresión política, con el Corredor Medio como su infraestructura principal. Aún no existe un bloque regional integrado, sino un sistema regional transcaspiano caracterizado por creciente interdependencia estratégica sin integración supranacional.

La ONU y el arte de hablarle al mundo
Programa de Jóvenes, PJ COMEXI Yu Chen / La Asamblea General de este año eligió una consigna casi provocadora: restaurar la confianza entre los Estados en un mundo tan lastimado y fragmentado. Lo es porque llega a un salón donde cada gobierno se presenta con su propia versión de la verdad. António Guterres, en su último debate general como secretario general, habló de guerras, desigualdad, clima e inteligencia artificial. Después comenzó el desfile de líderes, cada uno dispuesto a salvar al m
Programa de Jóvenes, PJ COMEXI
Yu Chen
/ La Asamblea General de este año eligió una consigna casi provocadora: restaurar la confianza entre los Estados en un mundo tan lastimado y fragmentado. Lo es porque llega a un salón donde cada gobierno se presenta con su propia versión de la verdad. António Guterres, en su último debate general como secretario general, habló de guerras, desigualdad, clima e inteligencia artificial. Después comenzó el desfile de líderes, cada uno dispuesto a salvar al mundo siempre que la solución no altere sus prioridades.
Trump llevó al podio sus amenazas contra Irán y su defensa de la soberanía estadounidense, mientras Lula reclamó superar la parálisis del Consejo de Seguridad. Zelenski volvió a pedir protección para Ucrania, y Mahmoud Abbas tuvo que dirigirse a la Asamblea mediante un mensaje grabado, después de que Estados Unidos negara los visados a la delegación palestina. Una sala abierta a casi todas las voces, donde incluso la posibilidad de hablar puede convertirse en disputa.
Los países africanos reclamaron un asiento permanente en el Consejo de Seguridad. Tienen razón al preguntar por qué un continente entero debe seguir esperando permiso para participar en decisiones que le afectan, mientras cinco potencias conservan un veto capaz de detenerlas. Los pequeños Estados insulares insistieron en la urgencia climática, ya que, para ellos, el aumento del mar no es un tema que pueda posponerse.
La Asamblea permite ver las prioridades de cada gobierno, aunque esa transparencia no siempre sea tranquilizadora, considerando que todos invocan el derecho internacional; las diferencias aparecen cuando hay que aplicarlo a un aliado, renunciar a una ventaja o aceptar que la seguridad ajena importa tanto como la propia. La retórica del bien común convive sin vergüenza con el cálculo nacional, y los discursos encuentran salida más rápido que las personas atrapadas en las guerras.
¿Sigue vigente la ONU? Sí, porque ninguna potencia puede resolver por sí sola los conflictos, la crisis climática o las reglas de la inteligencia artificial, y porque prescindir de un foro común no haría más generosos a sus miembros. Pero su relevancia ya no puede medirse por la cantidad de líderes que ocupan el podio, sino que debe ser por lo que estén dispuestos a hacer cuando regresen a sus capitales, lejos de las cámaras y de los aplausos.
La ONU sigue siendo necesaria, pero ningún discurso puede devolverle la credibilidad que sus miembros le niegan con sus actos. Cuando se apaguen las cámaras de Nueva York, ¿estarán dispuestos a defender para otros las mismas reglas que exigen para sí mismos para encontrar el bien común y la paz para la humanidad?

Asamblea General de la ONU
Aribel Contreras / Señala que la reciente edición de la Asamblea General de la ONU estuvo marcada por los posicionamientos de distintos líderes respecto a las guerras y conflictos activos, el llamado de África a contar con representación en el Consejo de Seguridad, la sucesión de António Guterres y el desdibujamiento de América Latina.
Aribel Contreras
/ Señala que la reciente edición de la Asamblea General de la ONU estuvo marcada por los posicionamientos de distintos líderes respecto a las guerras y conflictos activos, el llamado de África a contar con representación en el Consejo de Seguridad, la sucesión de António Guterres y el desdibujamiento de América Latina.
El Plan México y la empresa que nadie ve: las PYMES ante la revisión anual del TMEC
Diego A. Sánchez-Labrador / Pensemos en una empresa familiar mediana en cualquier corredor industrial del país. Puede fabricar envases para la agroindustria, componentes electrónicos, insumos químicos o prendas para una marca que exporta. Durante años su relación con el comercio exterior fue mayormente indirecta: vendía a un cliente que exportaba, y era ese cliente quien se ocupaba de las reglas de origen. Hoy esa empresa está en el centro de dos negociaciones simultáneas. La primera es la que
Diego A. Sánchez-Labrador
/ Pensemos en una empresa familiar mediana en cualquier corredor industrial del país. Puede fabricar envases para la agroindustria, componentes electrónicos, insumos químicos o prendas para una marca que exporta. Durante años su relación con el comercio exterior fue mayormente indirecta: vendía a un cliente que exportaba, y era ese cliente quien se ocupaba de las reglas de origen. Hoy esa empresa está en el centro de dos negociaciones simultáneas.
La primera es la que México sostiene consigo mismo. El Plan México se propone que al menos la mitad del contenido de lo que compra el gobierno federal sea de origen nacional, elevar en 15 % el contenido nacional en cadenas globales de valor y ampliar el acceso a financiamiento de las PYMES. Para esa empresa, el Plan México es una oportunidad concreta de crecer: sustituir insumos que hoy se importan, venderle al Estado y acceder a crédito y a estímulos a la inversión.
La segunda ocurre en la mesa trilateral. El 1 de julio, la revisión conjunta del artículo 34.7 del TMEC concluyó sin que las Partes confirmaran la prórroga del tratado; el acuerdo sigue vigente hasta 2036, pero sujeto a revisiones anuales, con una negociación orientada hacia reglas de origen más estrictas y mayor contenido estadounidense en sectores clave.
Ambas agendas llegan a la misma planta con una exigencia común. El cliente exportador, que certifica el origen conforme al articulado del Tratado vigente y responde ante una verificación del mismo, debe demostrar que cada mercancía cumple la regla del capítulo 4, sea un cambio de clasificación arancelaria o un valor de contenido regional. Para lograrlo pedirá a toda la cadena de suministro (sus proveedores) expedientes de origen, trazabilidad de insumos y evidencia de cumplimiento laboral conforme al capítulo 23. Son requisitos que presuponen un gobierno corporativo que muchas empresas familiares todavía no tienen, y esa misma carencia es la que le cierra el acceso al crédito y a los beneficios que el Plan México busca otorgar.
Por eso el Plan México se ejecutará en la medida en que cada actor asuma la parte que le corresponde. Al gobierno le toca coordinar sus instrumentos con el capítulo 25 del TMEC, dedicado a las PYMES, hasta ahora poco aprovechado, y vincular el financiamiento a la institucionalización de las empresas. La banca puede reconocer el cumplimiento documentado como un criterio de crédito, y las grandes exportadoras tienen más que ganar acompañando a sus proveedores nacionales que sustituyéndolos ante el primer requerimiento. Quienes asesoramos a empresas tenemos la tarea de traducir las reglas del tratado en procesos que una empresa mediana pueda sostener. La propia PYME, por su parte, encontrará en el orden documental su mejor carta comercial. Si esas piezas se alinean, la revisión anual del TMEC dejará de leerse como amenaza y las PYMES podrán demostrar, con papeles en regla, que lo que produce está hecho en México y aprovechar realmente el Plan México.

Ucrania, la agonía de una guerra Primera parte: la teoría de la erosión
Rubén Beltrán / La guerra en Ucrania está herida de muerte y su agonía está siendo muy larga. Kiev y Moscú saben que esta guerra tan prolongada no será ganada por la vía militar. Sin embargo, el conflicto se resiste a morir: en septiembre de 2026 se cumplieron 4 años y medio de una guerra que continuará, al menos, durante buena parte de 2027, y tal vez más allá. Desde la perspectiva rusa, esta guerra puede verse como un conflicto con Occidente originado por la expansión de la Organización del
Rubén Beltrán
/ La guerra en Ucrania está herida de muerte y su agonía está siendo muy larga. Kiev y Moscú saben que esta guerra tan prolongada no será ganada por la vía militar. Sin embargo, el conflicto se resiste a morir: en septiembre de 2026 se cumplieron 4 años y medio de una guerra que continuará, al menos, durante buena parte de 2027, y tal vez más allá.
Desde la perspectiva rusa, esta guerra puede verse como un conflicto con Occidente originado por la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia el este; para Ucrania, representa la continuación del proceso violento que llevó a la anexión de Crimea en 2014, y Europa la observa con la certidumbre de que Rusia no se detendrá en Ucrania. Para la mayoría del Sur global, este conflicto se percibe como una guerra lejana cuyas repercusiones se ven lejanas. Sin embargo, el mundo se equivoca.
Esta es una guerra que comenzó con una invasión que atentó contra la soberanía y la integridad territorial de un país; México y muchos países en todo el mundo conocen este tipo de agresiones. Nuestra historia nos obliga a condenar la agresión, pero, además, esta guerra está desarrollando una peligrosa tendencia a aglutinar y contaminar conflictos. La guerra en Ucrania tiene el potencial de desencadenar una hecatombe mundial.
La guerra a nuestro alcance
Todo cambió. Por empatía y solidaridad, por temor o por curiosidad histórica, observamos esta guerra con una profundidad inédita que hoy está a nuestro alcance. De observadores comunes pasamos a ser “expertos” en análisis táctico: veíamos todo, o eso pensábamos.
Comencé a escribir sobre esta guerra antes de que las negociaciones y las amenazas quedaran reducidas a gestos retóricos e intercambios estériles que, tras su fracaso, dieron paso a la invasión a gran escala de Rusia en febrero de 2022. Hacia finales de 2021, mis apuntes ya daban cuenta de la acumulación masiva de tropas y tanques rusos en la frontera con Ucrania desde el último cuatrimestre de ese año. No era yo: éramos miles los observadores.
Toda guerra trae consigo una andanada de información y contrargumentos de las partes involucradas. Esta guerra trajo consigo el destape y la vulgarización de la inteligencia de código abierto. Fotografías satelitales que antes eran material de estudio de analistas de inteligencia aparecieron reproducidas en diarios y noticieros; mapas e imágenes que otrora habrían sido considerados sensibles salieron del dominio de instituciones como el Instituto para el Estudio de la Guerra o el Instituto Real de Servicios Unidos y llegaron al consumidor ordinario. Éramos una multitud.
A los pocos meses de iniciada la guerra, comencé la construcción de un repositorio de documentos, artículos, reportes y ensayos provenientes de las más diversas fuentes. Lo titulé “Guerra y fatiga”; hoy contiene cerca de quinientos documentos agrupados en quince volúmenes cronológicos.
Ya en 2023 me percaté de que gran parte de lo que consideraba signos de fatiga iba más allá del desgaste bélico o del agotamiento de recursos estratégicos. Era algo más orgánico, que englobaba a la economía, la sociedad, las instituciones, el gobierno y los partidos políticos. Ese fenómeno también afectaba las posibilidades, los deseos o las capacidades de los países aliados para suministrar durante años apoyo financiero, material y equipo de guerra a su protegido.
¿Cómo no van a tener un impacto en gobernantes y gobernados la acogida de millones de refugiados ucranianos y la erogación de más de 220 000 millones de euros en ayuda durante 5 años? La fatiga, el desgaste y la disponibilidad para renovar recursos económicos y humanos, medidos en función de una línea de tiempo inevitable, se convierten en indicadores de erosión.
Consideremos por un momento la erosión
La erosión es un fenómeno transversal que puede apreciarse a lo largo de una línea de tiempo y que proporciona indicadores del deterioro progresivo al que están sometidos los elementos que dan vitalidad a un grupo de países, una alianza militar o un país en lo individual. Estos elementos inciden en su economía y su sociedad, así como en sus limitantes demográficas, su respaldo político, su capacidad de innovación y su resiliencia, y terminan por restringir su capacidad operativa en los conflictos en los que se involucran.
Los líderes políticos llevan un control del gasto militar y de los avances y retrocesos en el frente, pero no siempre son conscientes del proceso de erosión, que no se revierte con meras decisiones políticas. Algún líder ha terminado irremediablemente en un búnker o asesinado por una multitud porque ignoró el impacto de un proceso erosivo que no se gestó en semanas y cuyos signos quizá ignoró durante años.
La guerra que ya no puede ganarse
La afirmación de que la guerra no será ganada por la vía militar no significa que Rusia esté derrotada. Tampoco significa que Ucrania haya alcanzado una victoria. Captó mi atención la expresión utilizada por un analista de Euronews: “Rusia no puede ganar esta guerra, pero tampoco la va a perder”.
Hoy, la relación entre las capacidades disponibles y los objetivos que ambos actores se trazaron ha comenzado a distanciarse de tal manera que una victoria militar decisiva parece cada vez menos compatible con el curso real de la guerra. La diferencia entre los objetivos de guerra y el estado de la guerra es fundamental.
Durante los primeros meses de la invasión, la asimetría aparente hacía posible imaginar que una de las partes podría obtener una victoria militar capaz de modificar sustancialmente la situación. Rusia apostó precisamente por ello, y su valoración de la asimetría de fuerzas llevó a la conclusión de que esta debía conducir a una victoria contundente en un plazo breve. Ello no ocurrió. La invasión encontró una resistencia que Rusia había calculado mal, y el error no fue solamente militar: fue, antes que nada, un error de inteligencia, porque no bastaba con conocer cuántos tanques y soldados tenía el enemigo; había que medir cuánto estaba dispuesto a resistir.
La oportunidad que trae la inteligencia
El filósofo polaco Alfred Korzybski desarrolló un aforismo que, en su parte medular, “el mapa no es el territorio”, debería convertirse en el principio rector de cualquier apreciación de inteligencia que preceda a una decisión de calibre geoestratégico.
Una frontera puede aparecer débilmente defendida y, sin embargo, detrás de ella puede encontrarse una sociedad dispuesta a resistir. Un ejército puede parecer inferior en números y ser capaz de compensar esa inferioridad mediante innovación, adaptación y voluntad política. Ese mismo país puede ser evaluado por su peso militar, pero a esa potencia debe agregarse el valor estratégico del apoyo de sus vecinos y aliados. La inteligencia que no consigue observar esas variables, o las menosprecia, construye un mapa equivocado, y un mapa equivocado conduce a un plan de guerra equivocado.
Paso a mezclar peras con manzanas. Un líder pudo haber llegado al poder gracias al impulso de haber sido una estrella de Hollywood, como Ronald Reagan, o un exitoso actor de televisión, como Volodimir Zelenski, y, no obstante, desarrollar un alter ego como Jefe de Estado. Un país puede tener menos recursos y, no obstante, convertir su desventaja material en una ventaja temporal si consigue que el agresor consuma sus propias capacidades a mayor velocidad de la prevista, como Irán, desarrollar la capacidad de innovar para contratacar, como Ucrania, o contar con el apoyo de aliados poderosos capaces de suministrar recursos materiales, financieros y de inteligencia para resistir el embate del agresor e incluso nivelar el teatro de guerra; sí, otra vez, Ucrania.
Esta guerra trajo consigo el destape y la vulgarización de la inteligencia de código abierto.
Rusia tuvo, además, un segundo problema: la valoración de sus propias capacidades. La victoria no podía producirse mediante lo que parecía un mero desfile de blindados hacia la capital, ni podía sojuzgarse a Ucrania únicamente mediante la evidencia numérica de la superioridad rusa. El cálculo inicial falló, y cuando un ataque diseñado para obtener una victoria rápida fracasa, se abre una ventana particularmente importante para la negociación. Esa ventana puede ser breve. Rusia debió haber negociado la paz en la primavera de 2022. Todo parece indicar que no tendrá un mejor acuerdo que el que pudo arrancar de Ucrania en ese momento. Las ciudades de Bucha y Bakhmut, así como la sobrevaloración de sus propias capacidades se lo impidieron.
El tiempo no solo ha pasado; también ha cambiado la naturaleza del conflicto. Hoy, la innovación y la inteligencia militar desplegadas por Ucrania, con el auxilio de Europa y Estados Unidos, han creado una situación de tablas que parece definitiva. La erosión militar, política, económica y social que enfrenta Rusia está detrás de ese estancamiento, que no se refiere solo a un frente inmóvil. Hoy existe un segundo frente, uno más profundo: el de los drones.
El segundo frente
La guerra que comenzó con grandes columnas blindadas ha convertido el campo de batalla en un espacio mucho más difícil de atravesar. La descripción que en agosto de 2026 hizo Dara Massicot, tras visitar Ucrania, resulta reveladora: ambos lados se encuentran altamente calibrados entre sí. Aunque no describió un estancamiento generalizado, sí utilizó la palabra stalemate para referirse a la maniobra blindada, porque los tanques ya no pueden emplearse como antes.
El ambiente se ha vuelto demasiado complejo por la saturación de drones y municiones FPV. El resultado es una combinación de guerra posicional y guerra de desgaste. La llamada zona de destrucción (kill zone) se ha ampliado; Massicot la describió con un radio de entre 20 y 30 kilómetros a partir de la línea de contacto. Moverse es difícil. Reabastecer las posiciones es muy complejo. “Rusia intenta ataques todos los días y experimenta con asaltos mecanizados mayores, pero cuando concentra fuerzas, esas concentraciones pueden ser detectadas y atacadas”, relata la investigadora.
La guerra se hace más lenta precisamente porque la tecnología permite ver y atacar con mayor rapidez. Es una paradoja que revive el desgaste de la guerra de posiciones de la Primera Guerra Mundial. En esta guerra, el frente se congela mientras el conflicto armado se profundiza. Hay un frente visible, que se mide en kilómetros, y otro profundo, que da cuenta de los drones, los interceptores, los misiles, la infraestructura energética, las capacidades industriales, la población disponible, el tiempo y la voluntad política. La erosión de las capacidades reales podría imaginarse como un barro espeso que inmoviliza a los ejércitos, mientras la voluntad política y social de resistir abre paso al ingenio. Eso es lo que la experiencia ucraniana permite observar.
De la fatiga a la erosión
Durante mucho tiempo llamé fatiga a aquello que observaba: muertos, éxodo, destrucción, agotamiento, recursos consumidos, economías sometidas al esfuerzo de guerra. Pero esa palabra resultó insuficiente. La fatiga puede ser temporal. La erosión es un proceso: acumulativo, multidimensional y, con frecuencia, imperceptible.
Un ejército puede seguir combatiendo mientras pierde capacidad para regenerar sus fuerzas. Una economía puede crecer mientras su estructura productiva se orienta progresivamente hacia las necesidades militares. Un gobierno puede mantener el control mientras disminuye su capacidad para corregir errores. La erosión no es una derrota, ni una crisis, ni el colapso ni una negociación. Puede contribuir a cualquiera de esos resultados, pero no es ninguno de ellos.
La erosión aparece cuando presiones de distinto tipo se superponen, se refuerzan y reducen progresivamente la capacidad de adaptación del actor afectado. Una pérdida militar aislada no constituye necesariamente erosión; tampoco lo son una sanción o una caída de los ingresos fiscales. Lo que interesa es la acumulación: si esos daños comienzan a alterar de forma persistente la relación entre objetivos, recursos y tiempo disponible.
Por eso, la erosión debe observarse como un proceso transversal, capaz de afectar simultáneamente la demografía, la economía, las finanzas públicas, la capacidad militar, la calidad institucional, la cohesión social, la legitimidad política y la credibilidad internacional. Ninguna de estas dimensiones evoluciona necesariamente al mismo ritmo. Un Estado puede preservar su capacidad militar mientras pierde población; sostener una economía de guerra mientras reduce su inversión civil; mantener la estabilidad política mientras disminuye su margen de maniobra diplomático.
Por eso, la erosión no puede inferirse de un solo indicador ni medirse como una línea descendente. Hay erosiones que coexisten con fortalecimientos: una guerra puede destruir infraestructura y, simultáneamente, acelerar la innovación militar. Esta es precisamente una de las dificultades del concepto.
Erosión latente
Una primera categoría es la de la erosión latente: el deterioro objetivo que todavía no ha sido reconocido plenamente por quienes dirigen un actor político, por sus élites o por sus observadores externos. Durante esta fase, los indicadores visibles de poder pueden conservarse: un Estado puede mantener un ejército operativo, una economía puede incluso crecer por efecto del gasto militar y un gobierno puede exhibir estabilidad. Pero, debajo de esas apariencias, pueden estar deteriorándose el capital humano, la productividad civil o las instituciones. También una economía en crecimiento puede estar acumulando peligrosos desequilibrios en indicadores básicos, como el PIB, el déficit fiscal y la deuda pública.
La importancia de esta categoría radica en distinguir entre continuidad formal y viabilidad sustantiva. Que una estructura política siga funcionando no demuestra que conserve intacta su capacidad de recuperación. La erosión latente no es una predicción de colapso: es una advertencia metodológica.
Rusia ofrece un caso particularmente interesante. Su escala territorial, económica y demográfica, la centralización de su sistema político y la reorientación de recursos hacia la defensa le han proporcionado instrumentos para absorber costos que Ucrania no posee en la misma medida. Eso debe ser reconocido: la erosión no equivale a incapacidad inmediata. Un actor puede experimentar deterioros estructurales y, al mismo tiempo, aumentar temporalmente su producción militar o mantener una apariencia de estabilidad. Confundir erosión con inminencia de colapso sería uno de los principales errores que la propia teoría debe evitar.
Resulta ilustrativo observar las cifras del presupuesto ruso destinado a la guerra. El Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo estimó que el gasto militar ruso alcanzó alrededor de 16 billones de rublos en 2025, unos 205 000 millones de dólares, cerca de 40% del gasto anual total. El proyecto de presupuesto para 2026 contempló inicialmente una reducción, pero la realidad de la guerra obligó a un ajuste que lo llevó a 180 billones de rublos, 244 000 millones, entre 46% y 50% del gasto total, un incremento neto de unos 50 000 millones de dólares respecto de 2025. Las estimaciones del presupuesto para 2027 lo colocan nuevamente en torno a 40% del gasto público total.
La trampa de la economía de guerra
Conforme a lo señalado por el Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad, Rusia habría entrado en una suerte de camino sin retorno: el gasto militar, al dirigirse a mantener el aparato de guerra, junto con salarios y compensaciones, sostiene el PIB. Si Moscú decidiera hacer recortes drásticos al presupuesto de guerra en 2027, la economía rusa entraría de inmediato en una profunda recesión estructural.
Estos datos no prueban que Rusia se encuentre próxima a un umbral de colapso. Indican la escala de la reasignación de recursos. La pregunta relevante no es si Rusia puede continuar la guerra en el corto plazo, sino si la prolongación de ese esfuerzo altera progresivamente la relación entre sus objetivos estratégicos y las capacidades que podrá sostener en el futuro. Rusia puede estar, en suma, en una situación de erosión latente. La opacidad de los datos y la centralización del poder exigen prudencia. No autorizan pronósticos de derrumbe, pero tampoco permiten equiparar continuidad operativa con sostenibilidad estructural.
Erosión reconocida
La erosión reconocida aparece cuando las élites políticas, militares, económicas o sociales admiten que determinados recursos o fuentes de legitimidad se encuentran bajo presión. El reconocimiento puede adoptar distintas formas: ajustes de objetivos, reformas, movilizaciones adicionales o intentos de negociación. Pero reconocer la erosión no implica necesariamente corregirla. Rusia intentó iniciar una corrección presupuestaria en su proyecto de 2026; la inercia del gasto militar y el estado de la guerra dieron al traste con ese intento.
Aquí aparece una de las cuestiones centrales de la guerra. La percepción del dirigente no necesariamente coincide con la realidad del sistema que dirige, sobre todo en sistemas de poder altamente concentrados, donde la centralización permite tomar decisiones rápidas, pero también limita la circulación de información. Esta situación no es exclusiva de las autocracias: también puede presentarse en democracias, donde distintos grupos sociales asignan pesos completamente diferentes a un mismo costo.
La erosión, por tanto, tiene una dimensión objetiva y otra perceptiva, y la distancia entre ambas puede ser decisiva.
El umbral erosivo
El umbral erosivo se alcanza cuando los daños acumulados modifican significativamente la viabilidad futura de un actor. No es un punto de colapso ni una línea que pueda establecerse con exactitud matemática. Es el momento a partir del cual recuperar las capacidades anteriores exige costos extraordinarios, plazos prolongados y condiciones políticas difíciles de reconstruir.
Una sociedad puede sobrevivir al umbral erosivo. Un Estado puede preservarse. Lo que ya no puede suponerse es el retorno automático a la situación previa. Las fechas de la victoria y de la derrota tienen caducidad: una estrategia puede haber sido viable en 2022 y dejar de serlo en 2026. La erosión modifica el valor del tiempo. El tiempo no es neutral: puede trabajar a favor de un actor, en contra de otro o, simultáneamente, en direcciones distintas.
Sobreextensión erosiva
La sobreextensión erosiva se produce cuando los objetivos estratégicos de un actor exceden las capacidades que conserva tras un proceso acumulado de deterioro. Es una desconexión creciente entre fines y medios: se vuelve erosiva cuando su prosecución obliga al actor a consumir recursos esenciales más rápido de lo que puede regenerarlos.
No se mide por la magnitud de la meta, sino por la relación entre la meta y los recursos disponibles para sostenerla. En la guerra en Ucrania, esta relación puede observarse en ambos lados. Rusia conserva recursos muy superiores en determinados ámbitos, pero eso no significa que todos sus objetivos sean igualmente sostenibles. El análisis no puede limitarse a preguntar quién tiene más; debe preguntar quién puede regenerar aquello que consume y, sobre todo, quién está dispuesto a cambiar sus objetivos cuando cambian sus capacidades.
La asimetría perceptiva
La asimetría perceptiva de la erosión constituye quizá el mecanismo que mejor explica por qué actores sometidos a presiones semejantes adoptan conductas radicalmente distintas. Es la distancia entre el deterioro objetivo que experimenta un actor y la importancia política que le atribuye. Un sistema político que penaliza la crítica puede impedir que los datos adversos se conviertan en reconocimiento político. Un sistema democrático puede disponer de información abundante y, sin embargo, distribuirla entre grupos que la interpretan de manera diferente. Aquí vuelve a aparecer el problema de inteligencia: no basta con conocer los datos, hay que entender el territorio que representan.
Ucrania: erosión y resiliencia
Ucrania ofrece el ejemplo más directo de erosión material en un conflicto prolongado. La destrucción de vivienda e infraestructura, las pérdidas humanas, el desplazamiento de población y la presión sobre las finanzas públicas constituyen factores acumulativos que afectan su capacidad futura de recuperación.
Pero Ucrania también muestra la otra cara del proceso: la erosión no elimina necesariamente la resiliencia. La destrucción puede estimular la innovación y la presión puede acelerar la adaptación. La guerra de drones es la manifestación más visible de ello: Kiev ha desarrollado la capacidad de atacar en profundidad el territorio ruso y convertir la infraestructura logística en un nuevo espacio de combate.
El caso de Wildberries es significativo. A principios de agosto de 2026, Ucrania realizó un ataque con más de seiscientos drones contra dieciséis regiones rusas, con impactos en Saratov, Engels y Samara. Una estimación de Data Insight citada por Forbes Rusia calculaba que entre 17% y 22% de la superficie logística total de la empresa había resultado dañada. Kiev sostiene que esos depósitos son utilizados para adquirir componentes de drones; Zelenski defendió la campaña como una forma de devolver la guerra a Rusia.
Como sucede comúnmente con los conflictos prolongados, la guerra de desgaste dejó atrás, desde hace tiempo, los blancos estrictamente militares como único objetivo. La capacidad ucraniana de realizar ataques en profundidad busca ahora dañar la economía rusa en sectores estratégicos y sembrar una sensación de dolor y temor entre su población. No es una simetría de capacidades, sino de vulnerabilidades: la parte que no puede derrotar militarmente a la otra puede intentar elevar el costo de continuar la guerra hasta modificar su cálculo.
Rusia: erosión y adaptación
Rusia no está derrotada. Decirlo sería confundir la existencia de un proceso erosivo con un desenlace que todavía no conocemos. Rusia ha demostrado una capacidad de adaptación considerable: la economía de guerra, la movilización industrial y la centralización política permiten absorber costos que, en otro sistema, generarían respuestas políticas más inmediatas.
La pregunta es cuánto puede durar esa adaptación y cuál será su costo. El crecimiento generado por el esfuerzo militar puede ocultar parte de la erosión: los indicadores inmediatos muestran actividad mientras la estructura profunda pierde capacidad de recuperación. Andrew S. Weiss, en la conversación publicada por el Fondo Carnegie para la Paz Internacional en agosto de 2026, advertía sobre la tendencia occidental a recurrir al determinismo económico cuando faltan otras herramientas: “No se puede suponer que (Vladimir) Putin abre por la mañana un periódico financiero y decide la guerra en función de los mercados”. El sistema ruso tiene oportunidades para redistribuir recursos internos, y eso debe tomarse en serio. Pero la capacidad de continuar una guerra no equivale a la capacidad de alcanzar los objetivos para los cuales se inició.
El problema de la información dentro de Rusia
Massicot señalaba que parte del problema para comprender la persistencia de la estrategia rusa radica en la información que llega hasta Putin: si un dirigente recibe la impresión de que sus fuerzas están a cuatro kilómetros de una ciudad fortificada cuando, en realidad, están a quince, las decisiones que adopta pueden ser radicalmente diferentes. La información falsa puede sostener una estrategia que los hechos ya no sostienen. El sistema puede estar experimentando erosión y la información puede mostrarla, pero, si el sistema de decisión no la reconoce, la erosión permanece latente y el actor puede seguir consumiendo recursos en una estrategia que ya no produce resultados.
Esta es la razón por la que el análisis de la erosión debe incorporar la inteligencia: no solo para conocer las posiciones enemigas, sino para conocer la distancia entre la realidad y la percepción de quienes toman las decisiones. Incluyamos también a la inteligencia humana, que se convierte en un factor fundamental para detectar, desde dentro, decisiones, tendencias y vulnerabilidades.
La vida útil de una guerra
Toda guerra tiene una fecha de caducidad. El problema es que no la conocemos. Puede continuar después de que sus objetivos originales hayan dejado de ser alcanzables, porque ningún dirigente encuentra políticamente posible reconocerlo o porque cada actor espera que algo cambie: en el campo de batalla, en Washington, en Europa; una crisis del adversario, un invierno duro, una fractura interna, una sucesión.
La guerra puede sobrevivir a la razón original que la hizo posible. Esta es la agonía. No es todavía la muerte. Es la prolongación de una vida que ya no tiene las mismas condiciones de existencia.
Carnegie: no hay final a la vista
La conversación de Carnegie de agosto de 2026, sostenida por Aaron David Miller con Massicot y Weiss, aporta una fotografía útil de esta agonía. Massicot, quien apenas regresaba de una visita a Ucrania, no veía en un horizonte de 6 meses ningún elemento capaz de resolver el problema central del campo de batalla: los rusos atacan todos los días y experimentan con asaltos mecanizados mayores, pero, en cuanto concentran fuerzas, estas son detectadas y neutralizadas.
Weiss describía, al mismo tiempo, un cambio importante: Rusia está fuera de balance como consecuencia de los ataques ucranianos contra su logística y contra su infraestructura energética e industrial. Putin ha creado, en palabras de Weiss, un problema estratégico para sí mismo: una Ucrania que continuará expandiéndose e innovando y frente a la cual Rusia tendrá que responder durante largo tiempo; un avispero para el que el Kremlin carece de solución porque la victoria total quedó fuera de la mesa.
Esta guerra no solo involucra a Kiev y Moscú; la libran, también, quienes la financian, quienes la arman y quienes la observan y aprenden de ella.
Lo que todo ello dibuja, coincidían ambos analistas, es una guerra más prolongada. No hay indicios de que Putin esté dispuesto a replegar sus ambiciones; es más probable que apueste a que su aparente, y tal vez sobrevalorada, cercanía con Donald Trump le permita presionar a Zelenski, o a que algo, en algún momento, incline la balanza a su favor. Massicot añadió un matiz importante: el sufrimiento de la guerra no se reparte por igual dentro de Rusia. En Crimea, la campaña de ataques de alcance intermedio ha comenzado a producir escasez real de alimentos, agua y electricidad para la población civil, mientras el aparato militar asegura primero sus propias necesidades. Ese dolor todavía no llega hasta Moscú, en buena medida porque la cadena de mando sigue reportando hacia arriba una versión de la guerra más favorable que la que ocurre en el terreno. El pueblo ruso, recordaba Weiss, no vota, y la estrategia del Kremlin ha consistido en mantenerlo atomizado políticamente y pasivo. No hay, hasta ahora, grietas visibles de movilización política amplia, y menos aún una fractura entre las élites.
La erosión no es el estancamiento mutuamente doloroso
La literatura sobre resolución de conflictos ha prestado considerable atención al momento en que los contendientes concluyen que continuar la guerra resulta más costoso que negociar. I. William Zartman llamó a esa situación estancamiento mutuamente doloroso (mutually hurting stalemate, MHS). El concepto no se refiere simplemente a una guerra costosa, sino a un estancamiento doloroso que las partes reconocen como tal y en el que existe una salida política aceptable. Es un punto de inflexión.
La teoría de la erosión, propongo, analiza otra cosa: el proceso que puede conducir hasta ese momento. La erosión estudia trayectorias; el MHS estudia decisiones. La erosión analiza transformaciones; el MHS estudia puntos de inflexión. La erosión observa lo que ocurre dentro de los actores antes de que estos reconozcan, si alguna vez lo hacen, que la continuación de la guerra ya no mejora su posición.
Por eso, la erosión no remplaza a Zartman; lo complementa. Una guerra puede ser extraordinariamente costosa y no producir un MHS. Las partes pueden estar erosionándose y, sin embargo, creer que el tiempo juega a su favor. Eso parece estar ocurriendo en Ucrania. Rusia puede calcular que el tiempo, su superioridad relativa de recursos o la fatiga de los apoyos occidentales terminarán mejorando su posición. Ucrania puede considerar que una negociación sin garantías de seguridad adecuadas implica un costo existencial superior al de continuar la resistencia. Ambos pueden estar sometidos a procesos erosivos significativos y, sin embargo, no converger hacia un estancamiento mutuamente reconocido como doloroso. La erosión no conduce inevitablemente a una negociación.
Rusia y Ucrania acusan los síntomas de una erosión que no ha llegado a ser causal de un desenlace precipitado. Los límites funcionales de esta guerra, aunque desgastados, no se recuperan con decretos, amenazas, discursos o golpes quirúrgicos. Nadie ganará la guerra. Alguien tendrá una mejor posición para negociar.
Esta guerra no solo involucra a Kiev y Moscú; la libran, también, quienes la financian, quienes la arman y quienes la observan y aprenden de ella. Esta guerra la libra también la opinión pública y las élites de ambos países, que empiezan a hacer sus propias cuentas.
¿Cómo termina algo que ya no puede ganarse? ¿Quiénes deciden, o intentan decidir, el desenlace? Eso lo trataremos de responder en una segunda parte.

Construir el peligro, después gobernar en su nombre
Carmen Lilia Cervantes Bello / ¿Qué necesita un gobierno para convencer a una sociedad de aceptar medidas que, en otras circunstancias, se considerarían inadmisibles? Un enemigo. Donald Trump lo encontró en las personas migrantes. Durante años, ha construido un relato en el que la migración aparece asociada con invasión, criminalidad y pérdida de control. La eficacia de esta narrativa no depende de explicar las causas de la movilidad humana ni de ofrecer alternativas a un fenómeno complejo. Ra
Carmen Lilia Cervantes Bello
/ ¿Qué necesita un gobierno para convencer a una sociedad de aceptar medidas que, en otras circunstancias, se considerarían inadmisibles? Un enemigo.
Donald Trump lo encontró en las personas migrantes. Durante años, ha construido un relato en el que la migración aparece asociada con invasión, criminalidad y pérdida de control. La eficacia de esta narrativa no depende de explicar las causas de la movilidad humana ni de ofrecer alternativas a un fenómeno complejo. Radica en mantener viva una sensación de amenaza que le permita presentarse como el único líder capaz de salvar a una nación en decadencia.
Sin embargo, los enemigos políticos no surgen de la nada: hay que construirlos. Y las palabras son fundamentales para ello. Trump ha sido especialmente hábil para utilizarlas en un entorno donde las emociones pesan más que los hechos. Las redes sociales y la industria de la desinformación le ofrecen un terreno ideal para alimentar una cultura del miedo. Vincular una y otra vez a las personas migrantes con el terrorismo, el crimen organizado o la inseguridad transforma la manera en que se interpreta la realidad.
Esta reinterpretación, sin duda, tiene consecuencias. Cuando una sociedad se siente amenazada, cambia también lo que está dispuesta a aceptar para protegerse. Redadas, personas esposadas, infancias enjauladas y deportaciones masivas aparecen una y otra vez ante nuestra mirada, hasta correr el riesgo de convertirse en lugares comunes. No hace falta aprobar cada una de estas escenas. Basta con que dejen de sorprender.
La política de Trump puede fracasar ante la complejidad migratoria, pero aun así ser eficaz para proyectar la imagen de un gobierno que tiene el control y conseguir apoyo electoral. Primero construye el peligro, después gobierna en su nombre. El muro fronterizo es uno de los ejemplos más evidentes de esta lógica. No logra frenar la migración, pero para muchos estadounidenses representa una promesa de seguridad. Lo mismo ocurre con las detenciones y las deportaciones masivas, que funcionan como demostraciones públicas de castigo.
Para que esta forma de gobernar siga funcionando, el miedo no puede agotarse. Siempre puede aparecer una nueva caravana, una crisis en la frontera o una imagen de caos convertida en espectáculo mediático para confirmar que la amenaza sigue latente. Y mientras la atención permanece puesta sobre el “enemigo”, la desigualdad, el deterioro económico o la incapacidad de los gobiernos para responder al descontento social dejan de ocupar el centro de la discusión.
Lo que está en juego, entonces, va mucho más allá de la política migratoria. La democracia se debilita cuando se normaliza que los derechos de las personas migrantes sean vulnerados simplemente porque han sido señaladas como la causa del deterioro nacional. En ese contexto, incluso la solidaridad empieza a resquebrajarse. Una persona puede conmoverse al ver a un niño separado de sus padres y, al mismo tiempo, sentir que el dolor de las familias migrantes compite con sus propias preocupaciones. Ahí está una de las trampas más eficaces de estas narrativas: hacer que el sufrimiento ajeno parezca incompatible con el propio.
Sin embargo, romper esa lógica exige algo más que desmentir noticias falsas. Implica cuestionar quién define al enemigo, qué gana al hacerlo y por qué ciertas explicaciones resultan tan cómodas cuando una sociedad atraviesa momentos de incertidumbre. No se trata de negar los desafíos que acompañan a la migración, sino de impedir que sean utilizados para justificar el rechazo y la deshumanización.
Transformar estas narrativas nos invita a recuperar algo que se ha ido perdiendo en el camino: la posibilidad de mirar a quienes migran como personas y no únicamente como símbolos de amenaza. Porque detrás de cada imagen en la frontera hay historias y proyectos de vida que rara vez caben en los discursos políticos.
Reconocerlo no exige idealizar la migración ni ignorar los desafíos que la rodean. Exige algo mucho más sencillo y, quizá por eso, más difícil: reconocer plenamente la humanidad del otro. Porque cuando una sociedad deja de ver personas y empieza a ver enemigos, pone en riesgo la vida de quienes migran e incluso la calidad de su propia democracia.

El Patrimonio Mundial en un mundo en guerra
Diego Gómez Pickering / En unos días más se cumplirán tres años del fatídico ataque de Hamás contra Israel y del inicio de una desproporcionada respuesta por parte de Tel Aviv contra la población civil palestina tanto en Gaza como en Cisjordania, investigada por la Corte Internacional de Justicia como presunto genocidio. En marzo, si la situación sigue su curso, en un mundo que resulta cada vez más imprevisible, la guerra iniciada por Rusia tras la invasión a Ucrania de 2022 entrará en su sext
Diego Gómez Pickering
/ En unos días más se cumplirán tres años del fatídico ataque de Hamás contra Israel y del inicio de una desproporcionada respuesta por parte de Tel Aviv contra la población civil palestina tanto en Gaza como en Cisjordania, investigada por la Corte Internacional de Justicia como presunto genocidio. En marzo, si la situación sigue su curso, en un mundo que resulta cada vez más imprevisible, la guerra iniciada por Rusia tras la invasión a Ucrania de 2022 entrará en su sexto año y el conflicto civil sudanés, en el que están involucrados muchos más países de los que públicamente se reconoce, cumplirá casi un lustro de devastar a la nación africana y de llevar a su población al borde de la inanición.
Un escenario de constante confrontación que se replica en otros rincones del orbe y en el cual tanto el derecho internacional como las convenciones y normas que lo rigen son cada vez más vulnerados, sin que medie nada, hasta el momento, para evitarlo. Las consecuencias de esta barbarie legal son múltiples y afectan a todos por igual, de Estados grandes y poderosos a naciones pequeñas e indefensas. El incumplimiento de las convenciones y normas internacionales que con tanto esfuerzo tejió la diplomacia al final de las guerras mundiales del siglo pasado para garantizar un futuro de paz y convivencia, amenazan el presente de toda la humanidad, incluido nuestro patrimonio compartido.
La Convención de 1954 para la Protección de los Bienes Culturales en caso de Conflicto Armado de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), establece que “la conservación del patrimonio cultural presenta una gran importancia para todos los pueblos del mundo” y requiere de protección internacional, pues su daño implica un menoscabo para toda la humanidad. Un menoscabo que, sin embargo, en fecha reciente, atestiguamos en todos los frentes con impotencia: los budas del siglo V labrados sobre las montañas afganas de Bamiyán, el puente medieval construido por los otomanos en Mostar, los tesoros arqueológicos de la antigua Palmira romana, la ciudad fenicia de Tiro, el enramado de callejuelas del centro histórico de Mosul, el palacio persa de Golestán, las milenarias oliveras de las colinas y valles jerosolimitanos. La vulnerabilidad del Patrimonio Mundial es más evidente que nunca en la historia contemporánea, y frente a ello en América Latina no podemos ni debemos quedarnos de brazos cruzados.
El pasado mes de julio en la ciudad surcoreana de Busan en ocasión de la 48ª sesión del Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO se adoptó la decisión de incorporar a la lista del Patrimonio Mundial la red de castillos del Monte Amel en el sur del Líbano y el sitio arqueológico de Sebastia-Samaria en la provincia palestina de Naplusa, siguiendo el protocolo de emergencia de la organización establecido para casos como los del Líbano, Ucrania y Palestina, el cual permite la incorporación de forma inmediata a la lista de sitios patrimoniales amenazados por conflictos bélicos, a fin de blindar su protección internacional.
Como el país del continente americano con mayor número de sitios inscritos en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, México posee una posición privilegiada para erigirse como paladín del sistema legal que a través de las Convenciones en la materia aboga por la inalienabilidad de sitios patrimoniales durante los conflictos armados. Como países fundacionales de la UNESCO, el resto de las naciones latinoamericanas deben jugar un papel en la protección del orden jurídico de la organización y en la lucha contra la impunidad de los Estados que la vulneran. Frente a la elección del próximo o la próxima Secretario o Secretaria General de Naciones Unidas es más necesario que nunca que alcemos la voz para preservar el sistema que dio vida a la organización y que se erige como la única y más efectiva barrera frente a la barbarie.

La carrera por la ONU
Miguel Ruíz Cabañas / En entrevista con Leonardo Curzio, Miguel Ruiz Cabañas analiza el proceso para elegir a la próxima persona que presidirá la Secretaría General de la ONU. Destaca que, hasta el momento, ninguna candidatura ha logrado el consenso necesario y que, de cara al plazo del 10 de diciembre, aún podría haber nuevas postulaciones. También aborda la expectativa de que el cargo sea ocupado por una mujer latinoamericana.
Miguel Ruíz Cabañas
/ En entrevista con Leonardo Curzio, Miguel Ruiz Cabañas analiza el proceso para elegir a la próxima persona que presidirá la Secretaría General de la ONU. Destaca que, hasta el momento, ninguna candidatura ha logrado el consenso necesario y que, de cara al plazo del 10 de diciembre, aún podría haber nuevas postulaciones. También aborda la expectativa de que el cargo sea ocupado por una mujer latinoamericana.
El daño de lo apolítico: ¿quién decide si mereces votar?
Marcelo García Suástegui / Hay una frase que escucho constantemente y que me parece una de las más peligrosas del vocabulario cotidiano: “a mí la política no me interesa”. Se dice con orgullo, como si fuera una forma de madurez o de sensatez. Pero no ser político es, en sí mismo, una postura política. Y sus consecuencias las pagamos todos, aunque no lo sepamos. Déjame explicarte algo que está pasando hoy mismo en México. En 2027, hay elecciones donde se eligen 17 gubernaturas, dos mil 478 ayu
Marcelo García Suástegui
/ Hay una frase que escucho constantemente y que me parece una de las más peligrosas del vocabulario cotidiano: “a mí la política no me interesa”. Se dice con orgullo, como si fuera una forma de madurez o de sensatez. Pero no ser político es, en sí mismo, una postura política. Y sus consecuencias las pagamos todos, aunque no lo sepamos.
Déjame explicarte algo que está pasando hoy mismo en México.
En 2027, hay elecciones donde se eligen 17 gubernaturas, dos mil 478 ayuntamientos, congresos locales y los 500 diputados federales. Según la Constitución, el voto es “universal, libre, secreto, directo, personal e intransferible”. Sin embargo, durante el último mes, algunos influencers afirmaron en esos típicos podcasts controversiales que “no todos deberían votar”, planteando que el acceso al sufragio debería condicionarse a aprobar un examen de conocimientos cívicos ante el INE. A los pocos días, un afiliado del PAN fue más lejos: propuso el voto por casa, es decir, que un integrante del núcleo familiar, generalmente el jefe del hogar, emita un solo sufragio en representación de todos los demás. En la práctica, el esposo vota. La esposa, no. Claro, las declaraciones se volvieron virales. En cuestión de días, miles de personas en redes sociales debatían si el sufragio universal era realmente una buena idea.
Eso no es una discusión filosófica inocente. Es propaganda, y hay que llamarla por su nombre.
Ambas propuestas son clasistas y machistas. La primera asume que hay ciudadanos que “merecen” decidir y otros que no, una lógica que históricamente se ha utilizado para excluir a los pobres, a las comunidades indígenas, a las mujeres, a cualquiera que el poder de turno considerara “no apto”. La segunda simplemente le quita el voto a la mitad de la población adulta del país con una sonrisa y el lenguaje de “fortalecer a la familia”. No son ideas nuevas ni valientes. Son las mismas que el Porfiriato utilizó para justificar que “el pueblo no estaba listo para la democracia”, y que los sectores más conservadores de Estados Unidos promueven hoy bajo el nombre de “Family Voting”. Han pasado más de cien años y aquí estamos de nuevo, con mejores cámaras y más seguidores.
Lo más preocupante no es que un influencer o un diputado hayan dicho algo regresivo. Lo preocupante es el mecanismo. Estas ideas no llegan como propuestas formales de ley, donde podrían ser debatidas, rechazadas o exhibidas con toda su crudeza. Llegan disfrazadas de preguntas incómodas que alguien “tenía que hacer”. Llegan con el lenguaje de la reflexión crítica para sonar valientes y contracorriente. Y funcionan precisamente porque cuando uno ha decidido que la política no le compete, un video de cinco minutos con datos a medias puede parecer una revelación. La discusión deja de ser cómo fortalecer la democracia para convertirse en quién merece ejercerla. Eso ya es una victoria para quienes buscan mover la frontera de lo aceptable.
Es exactamente la misma estrategia que la derecha critica de Morena: populismo de manual. El “ellos” son los ignorantes que votan mal. El “nosotros” somos los que sabemos. La lógica exige construir un enemigo interior, alguien que no merece pertenecer a la conversación, porque sin ese enemigo el argumento se derrumba. Y el resultado, sin importar de qué lado del espectro venga, es siempre el mismo: una narrativa que erosiona instituciones, polariza a la sociedad y no propone absolutamente nada concreto para mejorar la vida de nadie.
El sufragio universal no es un derecho porque la gente siempre vote perfectamente informada. Es un derecho porque ningún ser humano debería tener el poder de decidir si otro merece influir en el mundo en el que vive. Esa conquista le costó a este país décadas de lucha, fraudes electorales y sangre. No es una pregunta interesante para el debate. Es un piso mínimo de la democracia, no un privilegio negociable.
Todo este mecanismo, la propaganda disfrazada de reflexión, el enemigo construido, las instituciones erosionadas desde adentro, funciona porque hay un espacio vacío donde deberían estar ciudadanos informados. Ese espacio lo crea la apatía. Cuando decides que la política no va contigo, no desapareces del juego. Solo dejas de tener voz en él. Y en ese vacío entran quienes sí hablan, con micrófonos grandes y argumentos simples, a moldear lo que se considera sentido común. El daño no está en que existan estas opiniones. El daño está en que una persona que no ha pensado en política desde la última elección las escucha, asiente y las repite.
La pregunta no es si la política te interesa. La pregunta es si te importa quién decide por ti cuando tú no lo haces.

Cómo si la arena fuese piedra: gobernar la IA antes de que nos gobierne a nosotros
Alejandro Ramos Cardoso / La desinformación no es un fenómeno nuevo. Lo que ha cambiado radicalmente es su escala. Las plataformas digitales han multiplicado el alcance, la velocidad y la precisión con que actores estatales y no estatales intentan manipular la opinión pública. En un entorno informativo marcado por la erosión de la confianza en los medios de comunicación tradicionales, cambios en los patrones de consumo de noticias y una sobrecarga informativa que dificulta discernir entre infor
Alejandro Ramos Cardoso
/ La desinformación no es un fenómeno nuevo. Lo que ha cambiado radicalmente es su escala. Las plataformas digitales han multiplicado el alcance, la velocidad y la precisión con que actores estatales y no estatales intentan manipular la opinión pública. En un entorno informativo marcado por la erosión de la confianza en los medios de comunicación tradicionales, cambios en los patrones de consumo de noticias y una sobrecarga informativa que dificulta discernir entre información genuina y falsa, el terreno para el engaño y la manipulación es particularmente fértil.
La inteligencia artificial (IA) y su uso malicioso añaden una nueva dimensión. La capacidad de producir, en cuestión de segundos y a costos mínimos, textos, imágenes, audios y videos de creciente sofisticación permite generar contenidos engañosos hechos a la medida, y a una escala hasta hace poco inconcebible. La IA generativa ha reducido drásticamente las barreras de acceso a capacidades que antaño requerían recursos técnicos, financieros y humanos considerables.
El reto, por tanto, no es solo combatir la desinformación, sino además preservar las condiciones que permitan distinguir entre información fidedigna y contenido fabricado, sin que ello socave la libertad de expresión. Esto obliga a preguntarse cómo podemos gobernar una tecnología cuyo desarrollo avanza más rápido que nuestra capacidad de acción colectiva.
Ante este fenómeno, la respuesta internacional comienza a tomar forma: la UNESCO, la ONU, la OCDE, y foros multilaterales como el G7 y el G20, entre otros, han avanzado en principios y marcos orientados a conciliar innovación, derechos humanos, democracia y uso responsable y ético de las tecnologías emergentes. Pero ello dista mucho aún de una gobernanza efectiva.
Entre los desafíos que enfrenta la gobernanza de la IA están la fragmentación regulatoria y la disparidad de enfoques: desde el modelo europeo, basado en riesgos y más restrictivo, hasta el estadunidense, más flexible y orientado al mercado; el avance tecnológico, que supera la capacidad regulatoria de los gobiernos; la brecha digital, que afecta sobre todo a las economías en desarrollo y genera nuevas dependencias tecnológicas, y la ausencia de mecanismos efectivos de fiscalización. Otro reto es garantizar una participación sustantiva del “Sur global” en la definición de las reglas de gobernanza. A ello se suma una de las asignaturas pendientes más sensibles: regular el uso de IA en la industria militar.
Avanzar requerirá, por tanto, algo más que reproducir declaraciones de buenas intenciones. Se necesitan mecanismos de cooperación que faciliten la armonización regulatoria; refuercen la transparencia y trazabilidad de los contenidos creados con IA; definan responsabilidades para el desarrollo y uso de esta tecnología, y reduzcan las brechas de capacidades. En suma, se trata de construir marcos que minimicen los riesgos y los efectos perniciosos de la IA y que, a la vez, garanticen el respeto a la dignidad humana, la inclusión y la protección de los derechos humanos.
Ante el cambio constante y vertiginoso que supone la revolución tecnológica, gobernar la IA exige lidiar con la incertidumbre sin que esta se traduzca en parálisis: construir como si la arena fuese piedra. Gobernar la IA antes de que sus efectos terminen por gobernar nuestras sociedades es quizá el gran desafío político y democrático de nuestra era.

La autopsia de la independencia en Ucrania
Aribel Contreras / Del fin de la Guerra Fría a la Segunda Guerra Fría 3.0 hay un país que ha visto y vivido de todo desde las entrañas: Ucrania. De formar parte de la entonces Unión Soviética y lograr su independencia de dicho país pasó a ser agredido brutalmente por la actual Federación de Rusia. De tener lazos históricos y familiares entre ambas fronteras, Ucrania ha sido presa de intereses geopolíticos y geoeconómicos. De ser simbolizada con la hoz, el martillo y la estrella roja con borde a
Aribel Contreras
/ Del fin de la Guerra Fría a la Segunda Guerra Fría 3.0 hay un país que ha visto y vivido de todo desde las entrañas: Ucrania. De formar parte de la entonces Unión Soviética y lograr su independencia de dicho país pasó a ser agredido brutalmente por la actual Federación de Rusia. De tener lazos históricos y familiares entre ambas fronteras, Ucrania ha sido presa de intereses geopolíticos y geoeconómicos. De ser simbolizada con la hoz, el martillo y la estrella roja con borde amarillo sobre fondo rojo evolucionó al tridente amarillo en fondo azul. De los colores rojo y amarillo del pasado, floreció al azul con amarillo en su presente y su futuro.
https://www.eleconomista.com.mx/opinion/autopsia-independencia-ucrania-20260904-831908.html
El dilema de México entre Washington y La Habana
Omar Alejandro Loera / El dilema de México entre Washington y La Habana no nació con Donald Trump. Desde la Guerra Fría, Cuba pone a prueba cuánto margen puede conservar México frente a Estados Unidos. Cuando Washington promovió el aislamiento continental de la isla, México no apoyó su exclusión de la OEA y mantuvo relaciones diplomáticas con La Habana. No fue una ruptura con Estados Unidos, sino una diferencia gestionada dentro de una relación profundamente asimétrica. La tensión resurgió en
Omar Alejandro Loera
/ El dilema de México entre Washington y La Habana no nació con Donald Trump. Desde la Guerra Fría, Cuba pone a prueba cuánto margen puede conservar México frente a Estados Unidos.
Cuando Washington promovió el aislamiento continental de la isla, México no apoyó su exclusión de la OEA y mantuvo relaciones diplomáticas con La Habana. No fue una ruptura con Estados Unidos, sino una diferencia gestionada dentro de una relación profundamente asimétrica. La tensión resurgió en 1996 con la Ley Helms-Burton, que buscó castigar a empresas de otros países que hicieran negocios con Cuba. México respondió con una ley para impedir que esas disposiciones se aplicaran en territorio nacional. La posibilidad de que la relación con La Habana produjera costos económicos o políticos en la frontera norte tampoco es nueva.
Lo novedoso en la era de Trump es la forma en que la presión es aplicada. Los aranceles, la migración, la seguridad y la revisión del T-MEC pueden convertirse en fichas de un frente de negociación comprehensivo y amplio. La amenaza de imponer gravámenes a los países que suministraran petróleo a Cuba —aunque después fuera retirada— actualizó un dilema histórico en un contexto de integración económica mucho más profundo.
Una sanción comercial así no afectaría solo las exportaciones mexicanas. Un arancel motivado por Cuba podría encarecer productos, retrasar inversiones y afectar empleos en el bloque norteamericano. También contaminaría la revisión del T-MEC con una disputa ajena a sus reglas. La integración aumenta la vulnerabilidad de México, pero también el costo de coerción para Washington.
México enfrenta una falsa disyuntiva: permitir que Estados Unidos determine su relación con Cuba o convertir cada gesto hacia La Habana en una manifestación de soberanía nacional. Ninguna opción es genuinamente autónoma, sino que responde a una falsa dicotomía que ha secuestrado la política exterior de México durante décadas. La autonomía estratégica consiste en decidir por cuenta propia, con objetivos claros y una evaluación cándida de los beneficios y los costos de las implicaciones de una política de Estado.
El dilema también tiene una dimensión interna. Para el gobierno mexicano, la defensa de Cuba cohesiona a sus bases nacionalistas y valida sus licencias revolucionarias al presentarse como campeón de los principios de soberanía y no intervención. Para la oposición, los envíos de petróleo y los acuerdos de cooperación permiten denunciar opacidad, desperdicio de recursos o respaldo a un régimen autoritario. Cuba se convierte así en una herramienta de identidad y cálculo electoral. Cuando la política exterior busca movilizar simpatizantes o desacreditar adversarios, queda menos espacio para evaluar qué conviene al país y da cabida a que sea tratado como producto de consumo interno en lugar de una política de Estado.
México tiene razones propias para mantener canales diplomáticos, oponerse al aislamiento económico y prestar ayuda humanitaria a Cuba. Sin embargo, defender esta posición no exige justificar al régimen cubano. México debe hablar con la misma claridad sobre el embargo y sobre la falta de libertades, los presos políticos y las restricciones a la participación ciudadana. Si invoca principios frente a Washington, pero calla ante La Habana, la posición mexicana parecerá ideológica, no autónoma.
También hace falta transparencia. La cooperación energética, sanitaria o financiera debe explicar públicamente sus montos, condiciones y beneficios. La opacidad debilita una política defendible por razones humanitarias y permite que cualquier cuestionamiento se reduzca a una batalla entre afiliaciones ideológicas.
Frente al transaccionalismo de Trump, México necesita firmeza sin estridencia. Debe rechazar que el comercio, la migración o el T-MEC se utilicen para dictar su relación con terceros países, pero también evitar gestos simbólicos que eleven el conflicto sin ayudar a los cubanos. La diplomacia discreta, la coordinación regional y la defensa de reglas comunes ofrecen más margen que la confrontación retórica.
El objetivo no es guardar la misma distancia frente a Washington y La Habana. Estados Unidos es el principal socio económico de México y un vecino inevitable; Cuba representa una relación histórica y una prueba de consistencia diplomática. El verdadero dilema no es elegir entre dos capitales, sino decidir si México actuará mediante reflejos ideológicos o conforme a una estrategia propia. Una política madura puede cooperar estrechamente con Estados Unidos, rechazar presiones indebidas, ayudar al pueblo cubano y exigir libertades a su gobierno. La autonomía en este sentido se evalúa por la capacidad de defender intereses y principios mexicanos, incluso cuando exige decir verdades incómodas a estos dos destinatarios de su política exterior.
Participación en El Sol de México

Europa apuesta de nuevo por la energía nuclear
Alicia Gutiérrez González / La energía nuclear en la Unión Europea está incluida entre las actividades sostenibles para lograr una economía climáticamente neutra con cero emisiones netas de gases de efecto invernadero para 2050. La energía nuclear dio un giro de 180 grados y se incluyó en ese rubro tras la invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero de 2024, ya que los Estados miembros compraban gas y petróleo de Rusia a precios muy asequibles. Debido a los compromisos de la Unión Europea con l
Alicia Gutiérrez González
/ La energía nuclear en la Unión Europea está incluida entre las actividades sostenibles para lograr una economía climáticamente neutra con cero emisiones netas de gases de efecto invernadero para 2050. La energía nuclear dio un giro de 180 grados y se incluyó en ese rubro tras la invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero de 2024, ya que los Estados miembros compraban gas y petróleo de Rusia a precios muy asequibles.
Debido a los compromisos de la Unión Europea con la comunidad internacional, se acordó reducir las emisiones en un 55 % para 2030 y en un 90 % para 2040, con respecto a los niveles de 1990. Esto solamente se puede lograr incluyendo la energía nuclear, ya que no emite gases de efecto invernadero, reduce las emisiones de carbono en el corto plazo, es estable 24/7, es asequible y limpia, y contribuye a alcanzar los objetivos estratégicos de competitividad industrial y descarbonización, así como de seguridad y de autonomía energética.
En marzo de 2026, la Comisión Europea emitió un comunicado sobre la estrategia para el desarrollo y el despliegue de reactores modulares pequeños en Europa y señaló que pueden convertirse en grandes proyectos de desarrollo industrial para Europa, ya que su combinación con fuentes de energía renovable facilita el equilibrio de la carga de la red eléctrica en áreas como la industria química, la calefacción urbana, los centros de datos. Sin embargo, esto requiere un compromiso colectivo y una acción coordinada por parte de las instituciones, los Estados miembros, la industria y las organizaciones de investigación. Se busca que los reactores modulares pequeños estén en operación a principios de 2030 y se integren a la red eléctrica para que sirvan de respaldo a la energía eólica y solar.
El debate es intenso y las posiciones en la Unión Europea siguen siendo distintas entre el bloque que apuesta por la energía nuclear, liderado por Francia (67 %), Eslovaquia (61 %) y Hungría (42 %), y el de Austria y Alemania, preocupadas por la seguridad de las plantas y el almacenamiento de largo plazo de los residuos y desechos radioactivos.
Actualmente, la energía nuclear representa entre el 22 % y el 23 % de la producción total y está activa en doce de los veintisiete Estados miembros de la Unión Europea. Sin embargo, hay que recordar que los Estados miembros pueden decidir qué tipo de energía quieren utilizar, por lo que el futuro de la energía nuclear, al final, dependerá de ellos.
¿Cuánto ha cambiado el T-MEC el trabajo en México? Visto desde las trabajadoras
Angélica Moreno / Una de las principales innovaciones del T-MEC en 2020 fue el Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida (MLRR). Una característica es que solo se aplica en México a trabajadores mexicanos, a exclusión del sector de agricultura. En pocas palabras, si en una instalación cubierta se niegan derechos de libertad sindical o negociación colectiva, el caso puede escalar hasta tener consecuencias comerciales. La implementación de este mecanismo se considera un paso hacia una agenda más prog
Angélica Moreno
/ Una de las principales innovaciones del T-MEC en 2020 fue el Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida (MLRR). Una característica es que solo se aplica en México a trabajadores mexicanos, a exclusión del sector de agricultura. En pocas palabras, si en una instalación cubierta se niegan derechos de libertad sindical o negociación colectiva, el caso puede escalar hasta tener consecuencias comerciales. La implementación de este mecanismo se considera un paso hacia una agenda más progresiva en la región, pues las condiciones de trabajo en México dejaron de ser sólo un asunto interno y se volvieron parte de la integración económica de Norteamérica.
Desde la creación del TLCAN se incluyeron aspectos de derechos humanos, haciéndolo de los primeros tratados modernos en hacerlo. Ese cambio hizo espacio en la mesa para temas que durante años parecían ajenos al comercio, como el género. Canadá, de la mano de Chrystia Freeland y la agenda de política exterior feminista de Trudeau, intentó incluir un capítulo específico durante la negociación y no lo consiguió. En cambio, en el capítulo 23, el artículo 23.9 incorporó compromisos frente a la discriminación por sexo, embarazo, acoso sexual, responsabilidades de cuidado y discriminación salarial. El simple uso de estas palabras dentro del tratado representó una herramienta para las trabajadoras, principalmente en industrias de sectores prioritarios como lo son la industria automotriz, minería, manufactura, etc. Quienes han analizado esta inclusión desde una perspectiva de género señalan que un capítulo dedicado exclusivamente a las mujeres no se traduce a mejores resultados. Laura Macdonald resume esta discusión al explicar que incorporar estas disposiciones dentro de un capítulo laboral puede ser más útil para las trabajadoras, ya que al vincular el género con derechos laborales y mecanismos de cumplimiento, se evita limitarlo a compromisos de cooperación o al impulso del emprendimiento femenino.
¿Qué tiene que ver el MLRR con género?
El T-MEC reconoce la discriminación de género dentro de su agenda laboral, pero el MLRR, sólo puede activarse por hechos sindicales, pero si revisamos con atención algunos casos, quienes estaban promoviendo los sindicatos eran mujeres. De los 48 casos registrados, al menos una docena fueron promovidos por sindicatos mexicanos encabezados por mujeres, entre ellos la Liga Sindical Obrera Mexicana, SINTTIA y SNITIS.
Esto no convierte al MLRR en un mecanismo de género, pero conviene recordar que los derechos laborales no se ejercen de la misma manera para todas las personas. Tal vez puede comenzar como una extensión de aplicación a discriminación por género en organización sindical y, más adelante, considerar el diseño de un mecanismo exclusivo de género, debido a la inmensa cantidad de situaciones que pueden surgir y requerir un panel especializado.
Así como el T-MEC llegó con una reforma laboral en 2019, para los próximos años puede incluir más cláusulas de género, sin ser un capítulo aparte. Integrar a más mujeres en la fuerza laboral representa un gran beneficio para el crecimiento y desarrollo económico del país, y la mejor forma de integrarse es que haya un respaldo. El T-MEC ha cambiado parte del trabajo en México. Elevó los estándares y volvió ciertos derechos laborales un asunto regional. Visto desde las trabajadoras, la discusión no tendría que ser si el T-MEC necesita un capítulo separado para las mujeres, sino cómo fortalecer las herramientas que ya existen.

La certeza jurídica y el cauce disponible
Diego A. Sánchez-Labrador / La certeza jurídica se confunde a menudo con la inmutabilidad de las normas. Las normas cambian siempre, y un sistema que no admitiera cambio sería inservible. Lo que la certeza supone es algo más modesto y difícil: que una empresa pueda anticipar, con un margen razonable de error, las consecuencias jurídicas de una decisión que toma hoy y que producirá efectos durante los próximos diez años. Ese margen es lo que permite comprometer capital. En los últimos seis m
Diego A. Sánchez-Labrador
/ La certeza jurídica se confunde a menudo con la inmutabilidad de las normas. Las normas cambian siempre, y un sistema que no admitiera cambio sería inservible.
Lo que la certeza supone es algo más modesto y difícil: que una empresa pueda anticipar, con un margen razonable de error, las consecuencias jurídicas de una decisión que toma hoy y que producirá efectos durante los próximos diez años. Ese margen es lo que permite comprometer capital.
En los últimos seis meses ocurrió en Estados Unidos una secuencia que muestra con inusual claridad dónde reside ese margen. El 20 de febrero de 2026, por seis votos contra tres, la Suprema Corte resolvió que la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional no faculta al presidente para imponer aranceles. La facultad de establecer derechos y contribuciones corresponde al Congreso conforme al artículo I de la Constitución, y regular la importación no equivale a gravarla. Cayeron con ello los aranceles recíprocos y los vinculados al combate al tráfico de estupefacientes.
La voluntad política no cambió ese día. Cambió el cauce. Esa misma fecha se emitió una proclamación con fundamento en la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974 que impuso un recargo temporal del 10% sobre la mayoría de las importaciones, vigente desde el 24 de febrero. La Sección 122 tiene un límite estricto: 150 días, y su prórroga exige un acto del Congreso. El plazo se cumplió el 24 de julio y la autoridad expiró. Ese mismo día entró un arancel del 10% con fundamento distinto —la Sección 301, en la vertiente de trabajo forzoso—, que mantuvo la exención para los productos que cumplen el T-MEC. La misma tasa, tres fundamentos jurídicos en cinco meses.
De ahí se desprende algo que conviene retener. La voluntad política fija el objetivo. El cauce jurídico disponible determina el alcance, el plazo y el procedimiento con que puede alcanzarse. Cada vía trae consigo sus propios requisitos: determinaciones administrativas, audiencias públicas, límites temporales, posibilidad de revisión judicial. Para una empresa, la diferencia entre un arancel que expira por ministerio de ley y uno que subsiste mientras una investigación permanezca abierta no es una sutileza académica. Es la variable que decide si conviene absorber un costo o rediseñar una cadena de suministro.
El T-MEC se lee mejor desde esa misma clave. El 1 de julio de 2026 la Comisión de Libre Comercio se reunió para cumplir con el artículo 34.7. México y Canadá confirmaron su intención de extender el acuerdo por dieciséis años más; Estados Unidos no lo hizo. Al faltar la confirmación unánime se activó el régimen de revisiones anuales previsto en el propio texto, que puede prolongarse hasta 2036. El tratado sigue plenamente vigente y todas sus disposiciones conservan eficacia. Lo que se acortó fue el horizonte: de dieciséis años a doce meses renovables.
Conviene distinguir dos planos que la conversación pública mezcla. El tratado gobierna el acceso preferencial. Los gravámenes que hoy pesan sobre las empresas mexicanas —acero, aluminio y sector automotriz bajo la Sección 232; trabajo forzoso y la determinación pendiente sobre sobrecapacidad manufacturera bajo la Sección 301— provienen del derecho interno estadounidense. México los ha planteado en la mesa bilateral y la cuarta ronda está prevista para septiembre, de modo que se negocian junto con el tratado. Pero su modificación depende de una decisión unilateral tomada por un cauce con procedimiento propio, no del cumplimiento de una obligación convencional. Negociar el tratado y negociar esas medidas no son la misma operación, aunque ocurran en la misma sala.
Para las empresas esto se traduce en tareas concretas. Según la Secretaría de Economía, alrededor del 85% de las exportaciones mexicanas entra a Estados Unidos sin arancel cuando cumple las reglas de origen; Moody’s estima que cerca del 80% de las importaciones estadounidenses provenientes de México y Canadá satisface las disposiciones del acuerdo. Esas cifras describen el acceso. No describen la estabilidad. Lo que se modificó es la intensidad de la verificación, y el origen debe poder acreditarse en cualquier momento: trazabilidad de insumos, certificados de proveedores de segundo y tercer nivel, registros capaces de resistir una auditoría practicada años después de la operación.
En el plano contractual, la mayoría de los instrumentos plurianuales se redactó bajo el supuesto de un marco estable y guarda silencio sobre quién absorbe un arancel impuesto con posterioridad a la firma. Ese silencio se resuelve en litigio, y llega cuando la evidencia documental ya no puede construirse. Las cláusulas que hoy importan son las de ajuste por medidas gubernamentales sobrevenidas, revisión de precio con umbrales definidos y no discrecionales, obligaciones de información y auditoría hacia la proveeduría, y una elección de foro coherente con el lugar donde el conflicto se producirá.
Queda una franja que ningún contrato repara. Moody’s anticipa que el tratado sobrevivirá acompañado de entendimientos bilaterales paralelos y concesiones sectoriales, y advierte que la incertidumbre prolongada modera el gasto de capital aun cuando algunos aranceles desaparezcan más tarde. La inversión en México muestra debilidad desde 2024. Ninguna cláusula corrige una decisión que simplemente no se toma.
El trabajo jurídico se ha desplazado en consecuencia a una consejería estratégica multidisciplinaria. Durante buena parte de las últimas tres décadas, asesorar en comercio exterior consistió en interpretar correctamente un marco que se daba por estable. Hoy, ya no basta una asesoría en comercio exterior sino consejería estratégica en desarrollo y protección de negocios desde un enfoque jurídico. Consiste en identificar, para cada medida, por qué cauce se dictó, qué límites trae ese cauce y qué puede construirse dentro de él. Por tanto, la certeza jurídica dejó de ser algo que se recibe: se produce, con método y con anticipación, o no existe.

T-MEC: La carta que estamos regalando
David Gallegos Rubio / Hace treinta años Estados Unidos decidió enfocarse en el cerebro (tecnología, servicios, finanzas) y hacer de China sus brazos, la fábrica del mundo. China aceptó, pero aprovechó para invertir en universidades, patentes, gigantes comerciales y tecnológicos. Le creció un cerebro propio. Hoy compite en el terreno que Washington creía suyo, y los aranceles de Trump son la reacción de un país asustado que intenta recuperar la industria que él mismo regaló. Washington reordenó
David Gallegos Rubio
/ Hace treinta años Estados Unidos decidió enfocarse en el cerebro (tecnología, servicios, finanzas) y hacer de China sus brazos, la fábrica del mundo. China aceptó, pero aprovechó para invertir en universidades, patentes, gigantes comerciales y tecnológicos. Le creció un cerebro propio. Hoy compite en el terreno que Washington creía suyo, y los aranceles de Trump son la reacción de un país asustado que intenta recuperar la industria que él mismo regaló. Washington reordenó toda su estrategia de seguridad alrededor de la prioridad de contener a China. En el terreno militar tomó forma con la "disuasión por negación" de Elbridge Colby, pensada para impedir que China domine el Pacífico; y con la "doctrina Donroe" quiere sacar a China del "Hemisferio Occidental".
En medio de todo esto, el T-MEC funciona como parte de esta estrategia. El gobierno estadounidense quiere que México sea ahora "el tapón" que impida la entrada de productos chinos a su mercado. Y tiene razones para preocuparse. Por dar un ejemplo, maquiladoras de Tijuana traen piezas de Asia, las ensamblan y distribuyen los productos finales a lo largo de EEUU. Solamente el año pasado alcanzamos una cifra récord histórica de 133,270 millones de dólares en importación de productos chinos.
¿Y nosotros qué hemos hecho? Presentamos cifras récord de decomisos de fentanilo y tenemos los niveles más bajos de migración (desplegando la Guardia Nacional). En lo comercial, México asumió su papel de tapón y desde enero subió aranceles a más de 1,400 productos de países sin tratado, incluyendo China. Cedimos a todo y, aún así, Trump mantuvo los aranceles al acero, al aluminio y a los autos por la Sección 232, y el 24 de julio sumó otro, de la Sección 301, que alcanzó al 15% de exportaciones que no cumplen las reglas de origen.
No solo eso. Tras la revisión conjunta del 1 de julio, Estados Unidos no aceptó extender el tratado dieciséis años más. El tratado sigue vivo con revisiones anuales hasta 2036 y 85% de nuestras exportaciones conserva arancel cero si cumple las reglas de origen. Pero la Sección 232 continúa y por eso, a pesar de ser el principal socio comercial de EEUU, nuestros autos pagan 25% mientras que los de Corea, Japón o la UE pagan 15%.
Sí cerramos la puerta a China, usémoslo como nuestra carta más grande en la mesa para eliminar los aranceles de las Secciones 232 y 301 o renovar el tratado hasta 2042.
Hay al menos tres cosas que México puede hacer.
1) Recuperar a la Sheinbaum estadista. Al inicio de su gobierno negociaba con Trump y conseguía resultados; hoy entrega a mexicanos, sin el debido proceso, mientras se envuelve en la bandera por funcionarios con presuntos nexos inconfesables.
2) Tejer nuevas alianzas. Necesitamos una estrategia coordinada entre nuestros consulados y las cámaras de comercio locales en los estados que más dependen de nosotros (Texas, California, Michigan, Ohio, Illinois) para mostrarles cuántos empleos y cuánta producción pierden de su lado si se golpea nuestra economía. Así presionan a sus gobernadores y al Congreso a nuestro favor.
3) Seguir diversificando. El acuerdo modernizado con la Unión Europea y nuestra presencia en el Tratado Transpacífico (CPTPP) son la puerta para depender menos de un solo mercado.
No podemos mudarnos del vecindario que nos tocó, pero sí llegar a la mesa con la fuerza para que el vecino del norte nos trate con la dignidad que merecemos. El balón está de nuestro lado.
Participación en El Economista

Cuba: la revolución fallida
Carlos M. López Portillo Maltos / Hace 28 años recorrí Cuba junto con mi padre. De aquel viaje conservo muchas imágenes, pero ninguna tan clara como la noche en que escuchamos a Silvio Rodríguez y Luis Eduardo Aute en el Teatro Karl Marx. La Habana parecía un museo viviente: automóviles de los años cincuenta, fachadas que respiraban otra época y una sociedad que, pese a las carencias, todavía transmitía una sensación de “esperanza”. Todo parecía congelado en el tiempo; el sistema, al parecer, a
Carlos M. López Portillo Maltos
/ Hace 28 años recorrí Cuba junto con mi padre. De aquel viaje conservo muchas imágenes, pero ninguna tan clara como la noche en que escuchamos a Silvio Rodríguez y Luis Eduardo Aute en el Teatro Karl Marx. La Habana parecía un museo viviente: automóviles de los años cincuenta, fachadas que respiraban otra época y una sociedad que, pese a las carencias, todavía transmitía una sensación de “esperanza”. Todo parecía congelado en el tiempo; el sistema, al parecer, aún sobrevivía.
Tres décadas después, la pregunta resulta inevitable: ¿qué fue lo que pasó con Cuba?
Sería un enfoque parcial atribuir toda la responsabilidad al embargo estadounidense. Ha sido un factor determinante durante décadas y ha limitado seriamente el acceso de la isla a financiamiento, inversión y comercio. Pero también sería ingenuo ignorar que buena parte de la tragedia cubana nació desde dentro. Ningún embargo explica por sí solo la ausencia de productividad, la asfixia de la iniciativa privada, la centralización absoluta de las decisiones económicas ni la incapacidad del Estado para corregir sus propios errores.
Un pensador cubano que conocí en aquella ocasión resumía esa contradicción con una frase contundente: "Fidel hablaba de comunismo, pero firmaba sus documentos con Montblanc." En pocas palabras, retrata el problema esencial de muchos proyectos revolucionarios: el sacrificio siempre fue para la población; los privilegios, para quienes ejercían el poder.
Durante décadas, el modelo sobrevivió gracias a subsidios externos. Primero fue la Unión Soviética; después, la Venezuela de Chávez y Maduro. Cuando ambos soportes desaparecieron o se debilitaron, quedó al descubierto una economía incapaz de sostenerse por sí misma.
Las cifras son contundentes. La economía cubana acumula cinco años consecutivos de contracción o estancamiento y todavía permanece alrededor de 10% por debajo de su tamaño en 2019. Sectores como la agricultura y la industria han perdido más de la mitad de su capacidad productiva; la manufactura continúa en retroceso y el ingreso de divisas ha caído drásticamente.
El deterioro cotidiano resulta todavía más dramático. Los apagones de hasta veinte horas diarias se han convertido en parte de la normalidad en numerosas provincias; la escasez de alimentos y medicamentos obligó incluso al gobierno a solicitar apoyo alimentario internacional, mientras que cientos de miles de cubanos han abandonado la isla en la mayor ola migratoria de su historia reciente. Entre 2021 y 2023, la población disminuyó cerca de un 10%, principalmente por la emigración. Cuando una nación exporta más talento que productos, pierde más población que inversión y ofrece a sus jóvenes como principal proyecto de vida la emigración, el fracaso ya no admite eufemismos.
La historia de Cuba no debería utilizarse para alimentar trincheras ideológicas, sino para recordar que ningún modelo político está por encima de la realidad. Las ideas pueden inspirar revoluciones; la economía, en cambio, exige resultados. Cuando el poder sustituye la libertad por el control, el mercado por la miseria y la crítica por el silencio, las consecuencias terminan pagándolas millones de personas.
Las ideologías radicales suelen enamorar por sus promesas, pero con demasiada frecuencia terminan justificando el sufrimiento en nombre de un futuro que nunca llega. Cuba es quizá el ejemplo más doloroso de esa contradicción. Una revolución que prometía dignidad terminó administrando escasez; un proyecto que hablaba de igualdad produjo privilegios; un sueño de justicia concluyó en resignación.
Las revoluciones pueden cambiar gobiernos. Lo verdaderamente difícil es construir un país donde la libertad y la prosperidad caminen de la mano.

Más allá del encuentro entre Trump y Zelenski. La guerra de Ucrania en una nueva fase estratégica
Rubén Beltrán / La invasión de Rusia a Ucrania constituye una clara violación de la soberanía y la integridad territorial de ese país, así como una transgresión al Derecho Internacional. Las causales que Rusia ha esgrimido históricamente son del todo conocidas, pero no constituyen un factor que legitime la guerra. Los espacios para dirimir esas disputas no son los que determinan las armas. Rusia no está sola en esa tendencia: la acompañan Estados Unidos, Israel y otros países. El unilateralism
Rubén Beltrán
/ La invasión de Rusia a Ucrania constituye una clara violación de la soberanía y la integridad territorial de ese país, así como una transgresión al Derecho Internacional. Las causales que Rusia ha esgrimido históricamente son del todo conocidas, pero no constituyen un factor que legitime la guerra. Los espacios para dirimir esas disputas no son los que determinan las armas. Rusia no está sola en esa tendencia: la acompañan Estados Unidos, Israel y otros países. El unilateralismo de las potencias es el cáncer que puede llevarnos a la conflagración final.
No existe en las siguientes líneas más que el ánimo analítico que, desde el realismo, busca desmenuzar un momento de nuestra actualidad y extraer conclusiones del mismo.
El nuevo encuentro entre el presidente estadounidenses Donald Trump y su homólogo ucraniano Volodímir Zelenski en la Casa Blanca, celebrado el 28 de julio de 2026, atrajo la atención internacional, dominada por un ambiente de especulaciones no exento de una carga de morbo. La tristemente célebre reunión del 28 de febrero de 2025 entre ambos mandatarios proyecta una larga y ominosa sombra que condiciona cualquier escenario cada vez que el Presidente ucraniano visita Washington. El protocolo de ese día concedió un respiro al líder ucraniano: esta vez no hubo una conferencia de prensa en el Despacho Oval que pudiera convertirse en el presagio de un nuevo pelotón de fusilamiento público. Kiev tendrá algo más que agradecer al recientemente fallecido senador Lindsey Graham. Sus honores fúnebres obligaron a breves reuniones en privado.
Después de varios meses marcados por una serie de exitosas operaciones ucranianas de ataque en profundidad contra objetivos militares y energéticos rusos situados a cientos de kilómetros del frente, la reunión pareció reflejar un cambio significativo en el ambiente político de Washington. La disposición expresada por Trump en Ankara para considerar el otorgamiento de licencias que permitan la producción de misiles interceptores Patriot en Ucrania, aunada al creciente respaldo bipartidista en el Congreso estadounidense para endurecer las sanciones contra Moscú, alimentó la percepción de que Kiev había recuperado tanto la iniciativa militar como el impulso político.
No resulta difícil comprender esa interpretación. Por primera vez en muchos meses, Ucrania parecía estar moldeando los acontecimientos, en lugar de limitarse a reaccionar ante ellos. Sus ataques con drones de largo alcance evidenciaron una notable capacidad para imponer costos estratégicos en el interior del territorio ruso, mientras que la desaceleración de los avances terrestres de Moscú sugería que el equilibrio militar comenzaba a modificarse. En ese contexto, un Zelenski más seguro, aunque, supongo, protegido por una sana dosis de escepticismo respecto del resultado final de su visita, llegó a Washington con un ánimo renovado: no como el dirigente de un país que luchaba únicamente por sobrevivir, sino como el representante de unas fuerzas armadas capaces de innovar, adaptarse y sorprender, desde el punto de vista operacional, a su adversario.
Sin embargo, la realidad estratégica rara vez coincide plenamente con las apariencias políticas. El verdadero significado del encuentro entre Trump y Zelenski no puede evaluarse de manera aislada. Durante esos mismos días se produjo una serie de acontecimientos que trasciende ampliamente el ámbito de la política estadounidense. Diversos informes revelaron la reducción de los inventarios estadounidenses de misiles interceptores y otras municiones de precisión de largo alcance; Rusia intensificó su campaña de ataques aéreos contra ciudades ucranianas; Polonia volvió a experimentar los riesgos derivados de la proximidad del conflicto al territorio de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); aparecieron indicios de una participación china más activa en el suministro de armamento a Irán, y una fábrica de drones perteneciente a una empresa estadounidense establecida en Kiev fue destruida por un misil ruso.
Considerado de manera aislada, cada uno de estos hechos podría interpretarse como un episodio más dentro de un entorno internacional crecientemente complejo. Analizados en conjunto, sin embargo, parecen apuntar a un fenómeno de mayor alcance. Todo indica que la guerra en Ucrania está dejando de ser un conflicto predominantemente europeo, respaldado por actores externos, para convertirse paulatinamente en uno de los escenarios de una confrontación estratégica mucho más amplia, en la que convergen Europa Oriental, el Medio Oriente, el Indo-Pacífico, la industria occidental de defensa y la rivalidad entre las principales potencias del sistema internacional.
Resulta todavía prematuro afirmar que esta convergencia sea definitiva. La historia ofrece ejemplos de guerras que generan momentos de aceleración y convergencia aparentes que posteriormente se diluyen sin modificar de manera sustancial las tendencias de fondo. No obstante, los acontecimientos recientes obligan a formular una pregunta distinta de la que dominaba el debate hace apenas unos meses. La cuestión ya no consiste únicamente en determinar si Ucrania ha logrado obtener un grado significativo de iniciativa militar o si Washington ha adoptado una actitud más favorable hacia Kiev. La interrogante esencial consiste en establecer si nos encontramos ante los primeros indicios de una nueva fase estratégica, en la que las decisiones políticas, las capacidades industriales, la innovación militar y los conflictos regionales comienzan a interactuar de manera mucho más estrecha que en el pasado.
La distinción no es menor. El impulso político y la capacidad estratégica evolucionan a ritmos diferentes. Una reunión presidencial, una declaración pública o una exitosa operación militar pueden modificar las percepciones en cuestión de días. En cambio, la movilización industrial, la ampliación de la producción de armamento, la formación de personal especializado y la adaptación de las cadenas logísticas son procesos que requieren años. A lo largo de la historia, numerosos líderes políticos han confundido el impulso político del momento con una ventaja estratégica duradera, solo para descubrir posteriormente que el equilibrio real de poder apenas había cambiado y que estaba lejos de traducirse en victorias sostenibles en el frente. La incursión ucraniana en Kursk, entre agosto de 2024 y abril de 2025, constituye un claro ejemplo. Hoy, el nuevo frente profundo abierto por Kiev configura una realidad que ha alterado profundamente la ecuación del combate.
Desde esta perspectiva, los acontecimientos que rodearon el encuentro entre Trump y Zelenski deben analizarse no solo como un episodio diplomático de gran visibilidad, sino como manifestaciones de tendencias estructurales más profundas. Los recientes éxitos militares de Ucrania son indiscutibles y no deben minimizarse. Por su parte, más allá de sus evidentes limitaciones estructurales, Rusia continúa demostrando una significativa capacidad para absorber reveses operacionales sin abandonar sus objetivos estratégicos. Entretanto, pese al optimismo que ha traído el aparente cambio de la marea, el entorno internacional se ha vuelto más complejo, más interdependiente y, probablemente, mucho más demandante para que el apoyo occidental a Ucrania se mantenga como un esfuerzo sostenido y coherente con la nueva realidad estratégica del conflicto.
Comprender estas dinámicas paralelas exige mirar más allá del encuentro celebrado en la Casa Blanca. La cuestión esencial no radica solo en si el presidente Trump ha adoptado una posición más favorable hacia Ucrania, ni siquiera en si la mantendrá. Más importante aún es determinar si el entorno estratégico dentro del cual deberán actuar tanto Washington como Kiev ha comenzado a transformarse de manera más profunda, hasta el punto de que el futuro del conflicto dependa menos del simbolismo diplomático que de factores como la capacidad industrial, la adaptación militar y la creciente interrelación entre escenarios estratégicos que hasta hace poco se analizaban por separado. Hoy tenemos una primera respuesta: Trump ha vuelto a recular y no habrá licencias para que Ucrania fabrique misiles interceptores Patriot. Sin embargo, la relación entre Trump y Zelenski está lejos de haber regresado al punto en que se encontraba en febrero de 2025.
La corta vida de un renovado impulso político tras Washington
A primera vista, la narrativa política que siguió al encuentro entre los presidentes Trump y Zelenski resultaba convincente. La visita tuvo lugar después de una de las etapas más exitosas de las operaciones ucranianas de ataque en profundidad desde el inicio de la invasión rusa a gran escala. Las fuerzas ucranianas demostraron una capacidad creciente para alcanzar objetivos estratégicos situados a gran distancia del frente, incluidas instalaciones energéticas, centros logísticos e infraestructura militar localizados a más de mil kilómetros del territorio bajo control de Kiev. Tales operaciones no solo impusieron costos económicos apreciables a Rusia, sino que también cuestionaron la percepción, largamente aceptada, de que la profundidad estratégica de su territorio constituía una protección efectiva frente a ataques sostenidos. Los estrategas rusos confrontan una nueva realidad: la guerra del futuro superará cualquier intento de relocalizar la industria militar, incluso más allá de los Urales.
Éxitos militares de esta naturaleza trascienden inevitablemente el ámbito estrictamente operacional. Influyen en los cálculos de los aliados, modifican las percepciones de los parlamentos, afectan las expectativas de la opinión pública e inciden en la disposición de los gobiernos para mantener o ampliar su respaldo político y militar. En Washington, donde el apoyo a Ucrania ha debido competir con otras prioridades estratégicas de alcance mundial, las recientes operaciones ucranianas han brindado nuevos argumentos a quienes sostienen que la asistencia occidental continúa generando rendimientos estratégicos tangibles. Simultáneamente, ha surgido una nueva narrativa: la marea ha cambiado; la victoria es posible, sostienen unos; una negociación más justa es hoy viable, afirma el bando realista.
En ese contexto, el anuncio del presidente Trump durante la cumbre de la OTAN celebrada en Turquía, relativo a la disposición de Estados Unidos para autorizar la producción bajo licencia de misiles interceptores Patriot en territorio ucraniano, reforzó la impresión de que Washington estaba dispuesto a inaugurar una nueva etapa de cooperación. Aun cuando permanecían sin resolver importantes cuestiones técnicas, industriales y contractuales, el significado político del anuncio era evidente. Tras varios meses marcados por la incertidumbre respecto de la orientación de la política estadounidense hacia Kiev, la Casa Blanca parecía contemplar la posibilidad de una asociación industrial más profunda, en lugar de limitarse a transferir, claro, previo pago, armamento procedente de sus propias existencias.
La evolución del debate político estadounidense contribuyó igualmente a fortalecer esa percepción. Diversas iniciativas bipartidistas orientadas a endurecer el régimen de sanciones contra Rusia evidenciaban que la resistencia frente a Moscú seguía contando con apoyos significativos en ambos partidos, pese a las diferencias existentes sobre el alcance y la duración del compromiso estadounidense. Paralelamente, algunas figuras influyentes dentro de sectores ultraconservadores, tradicionalmente escépticos o incluso opuestos al apoyo a Ucrania, comenzaron a matizar sus posiciones tras conocer de primera mano la evolución del conflicto.
Considerados en conjunto, estos elementos parecían indicar que Ucrania había recuperado un margen político en Washington que pocos habrían considerado posible apenas unos meses antes. Ese margen, debo anotar, debería materializarse en hechos concretos; sin ellos, el impulso político es mera retórica.
No obstante, conviene distinguir cuidadosamente entre impulso político y transformación estratégica. En ese sentido, se puede decir que los límites del impulso político son la capacidad industrial y la restricción de los inventarios de misiles.
La hipótesis de un renovado impulso político generado durante la visita del presidente Zelenski a Washington descansaba sobre un supuesto fundamental: que un mayor respaldo político terminaría traduciéndose en un incremento efectivo de las capacidades militares de Ucrania. Sin embargo, los acontecimientos recientes sugieren que esa relación pronto comenzaría a verse condicionada por factores que la mera expresión de voluntad política, por sí sola, no puede resolver.
Además, la principal limitación ya no parece residir exclusivamente en la disposición de los gobiernos occidentales para apoyar a Kiev. Comienza a radicar, cada vez más, en la capacidad industrial. El apoyo militar de Occidente a Ucrania ha dado saltos cuantitativos y cualitativos. En 2022, la primera oferta de ayuda alemana se limitaba a poner a disposición de Kiev 5000 cascos para su ejército. Hoy, la ayuda europea es mayoritaria y el apoyo financiero y militar de Occidente, en su conjunto, se acerca a los 300 000 millones de euros.
Durante buena parte de la guerra, el debate sobre la asistencia militar occidental estuvo dominado por decisiones eminentemente políticas: autorizar o no el envío de sistemas de armas cada vez más sofisticados, flexibilizar las restricciones sobre su empleo o ampliar el respaldo financiero a Ucrania. Esas discusiones fueron, sin duda, decisivas. No obstante, conforme el conflicto se prolonga, tienden a ocultar una realidad mucho más elemental: ningún sistema de armas puede transferirse si ya no existe en cantidades suficientes, ni la producción industrial puede multiplicarse de manera inmediata por el simple hecho de que así lo decidan los responsables políticos.
Hoy, diversos informes de fuentes abiertas sobre la reducción significativa de los inventarios estadounidenses de misiles interceptores ilustran con particular claridad esta nueva realidad estratégica. En concreto, dichos informes señalan que las existencias de misiles Patriot se han reducido en dos terceras partes a partir de la guerra con Irán.
En general, las estimaciones relativas a la disminución de las existencias de misiles Patriot, THAAD, SM-3, SM-6, JASSM, Tomahawk y otras municiones guiadas de alta precisión no deben interpretarse únicamente como datos logísticos o presupuestales. Constituyen indicadores de naturaleza estratégica. La capacidad de disuasión contemporánea depende no solo de la sofisticación tecnológica de los sistemas de armas, sino también de la confianza en que estos se encuentran disponibles en cantidades suficientes para sostener operaciones simultáneas en diversos teatros.
Esta consideración adquiere especial relevancia por una razón frecuentemente soslayada. La reducción de los inventarios estadounidenses no obedece de manera determinante al apoyo brindado a Ucrania. Más aún, la mayor parte del consumo reciente responde a las operaciones desarrolladas por Estados Unidos en el Medio Oriente, donde los sistemas interceptores han sido empleados intensamente para proteger a las fuerzas estadounidenses y a sus aliados regionales frente a sucesivas oleadas de misiles balísticos y drones iraníes.

La erosión del liderazgo de Rusia en su histórica zona de influencia
Bruno Balvanera / Las guerras no solo se pierden en el campo de batalla. La derrota más profunda llega después, cuando los aliados dejan de creer que merece la pena permanecer al lado de quien fuera su líder histórico. Eso es precisamente lo que está ocurriendo hoy en el espacio postsoviético de Europa Oriental, Cáucaso y Asia Central. Durante décadas, Rusia construyó su influencia sobre una premisa aparentemente incuestionable: Moscú era el garante de la seguridad de las antiguas repúblicas
Bruno Balvanera
/ Las guerras no solo se pierden en el campo de batalla. La derrota más profunda llega después, cuando los aliados dejan de creer que merece la pena permanecer al lado de quien fuera su líder histórico. Eso es precisamente lo que está ocurriendo hoy en el espacio postsoviético de Europa Oriental, Cáucaso y Asia Central.
Durante décadas, Rusia construyó su influencia sobre una premisa aparentemente incuestionable: Moscú era el garante de la seguridad de las antiguas repúblicas soviéticas. Armenia fue uno de los ejemplos más claros. Bases militares rusas, pertenencia a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) y una estrecha dependencia económica convertían al país en uno de los socios más incondicionales, dependientes y leales al Kremlin.
Sin embargo, la guerra de Nagorno Karabaj ha cambiado esa percepción de forma irreversible.
Cuando Azerbaiyán recuperó militarmente el control del enclave, Armenia esperaba que Rusia cumpliera el papel que durante años había prometido desempeñar. La ayuda nunca llegó. Moscú, absorbido por la guerra en Ucrania y decidido a no enfrentarse directamente con Bakú, permaneció prácticamente al margen mientras más de cien mil armenios abandonaban Nagorno Karabaj y dejaban atrás su anhelo territorial.
Para Ereván, el mensaje fue devastador: la alianza con Rusia ya no garantizaba la supervivencia nacional.
Desde entonces, el Gobierno de Pashinyan ha acelerado un acercamiento que hace apenas unos años habría parecido impensable. La Unión Europea y Estados Unidos han pasado de ser actores secundarios para convertirse en socios estratégicos cada vez más relevantes. No porque Occidente ofrezca garantías absolutas, sino porque Rusia ha dejado de ofrecerlas.
Armenia sigue necesitando mantener relaciones con Moscú. Su dependencia energética y comercial continúa siendo fundamental y la geografía no puede modificarse. Pero la confianza, una vez perdida, rara vez se recupera.
Lo verdaderamente significativo es que Armenia no representa un caso aislado.
Kazajistán, probablemente el socio más importante de Rusia en Asia Central, también lleva varios años marcando distancias con el Kremlin. El presidente Tokayev se ha negado a reconocer las anexiones rusas de territorios ucranianos, ha defendido el principio de integridad territorial y ha intensificado las relaciones con la Unión Europea, Estados Unidos, Turquía y China. Recientemente exhortó públicamente a Putin a cesar las hostilidades y buscar la paz con Ucrania.
No se trata de una ruptura con Rusia. Sería una interpretación simplista. Se trata de algo mucho más profundo: una política exterior basada en la diversificación. Astaná ha comprendido que depender exclusivamente de una potencia representa hoy un riesgo estratégico demasiado elevado.
La misma lógica comienza a observarse en otros países de la antigua Unión Soviética. Moldavia acelera su integración europea; Azerbaiyán defiende su tradicional política de neutralidad apoyada en sus extensos recursos energéticos. Uzbekistán desarrolla una diplomacia cada vez más autónoma. Todos buscan ampliar su margen de maniobra en un mundo donde el equilibrio de poder cambia rápidamente.
Paradójicamente, la guerra de Ucrania, concebida por el Kremlin para reforzar su influencia regional, está produciendo el efecto contrario. La combinación entre el enorme coste económico y social del conflicto y la incapacidad para proteger a un aliado histórico como Armenia ha sembrado dudas donde antes existían certezas.
Rusia seguirá siendo un país de referencia en Eurasia. Su peso geográfico, militar y energético continuará condicionando las decisiones de sus vecinos durante muchos años. Pero el monopolio político que ejerció sobre buena parte del espacio postsoviético se ha resquebrajado en favor de una diversificación de relaciones con China, Turquía, países del golfo, Europa y EUA.
*Integrante de la UER sobre Mediterráneo Oriental, Cáucaso y Asia Central

Gobernar desde el miedo o vivir desde la alegría
Anna Karla Uribe Escalante / El domingo 19 de julio terminó el Mundial 2026 de futbol. La cifra final: 20 mil millones de visualizaciones de video en todas sus plataformas y casi siete millones de espectadores en los estadios. Es decir, por un mes cerca de 30 millones de personas dirigieron su atención hacia el mismo lugar; sin embargo, los mundiales son mucho más interesantes cuando terminan, porque una vez que se apagan los reflectores aparece una pregunta incómoda: ¿qué nos dice todo esto
Anna Karla Uribe Escalante
/ El domingo 19 de julio terminó el Mundial 2026 de futbol. La cifra final: 20 mil millones de visualizaciones de video en todas sus plataformas y casi siete millones de espectadores en los estadios.
Es decir, por un mes cerca de 30 millones de personas dirigieron su atención hacia el mismo lugar; sin embargo, los mundiales son mucho más interesantes cuando terminan, porque una vez que se apagan los reflectores aparece una pregunta incómoda: ¿qué nos dice todo esto sobre la forma en que construimos nuestras sociedades?
Tendemos a pensar que el futbol es únicamente entretenimiento. Sin embargo, basta observar lo que ocurrió durante las últimas semanas para descubrir que también funciona como un espejo. En él aparecen reflejadas nuestras esperanzas, prejuicios, anhelos colectivos y miedos. El Mundial no inventó el racismo, la xenofobia ni el clasismo que vimos circular en redes sociales, tampoco creó la solidaridad, la alegría o la capacidad de emocionarnos junto a personas que jamás habíamos visto. Lo que hizo fue amplificar todo aquello que ya existía.
Y quizá sea precisamente ahí donde se encuentra una de las lecciones políticas más importantes de nuestro tiempo. Vivimos en sociedades que parecen cada vez más organizadas alrededor del miedo. Miedo a quien piensa diferente, a quien viene de otro país, a quien tiene otra religión, otra orientación sexual, otro color de piel o simplemente otra manera de entender el mundo.
El miedo se ha convertido en uno de los recursos políticos más rentables del siglo XXI, y no es una casualidad porque simplifica realidades complejas. Convierte problemas estructurales en relatos fáciles de consumir. Siempre ofrece culpables perfectamente identificables. Si algo no funciona, la responsabilidad recae en “los otros”: los migrantes, los pobres, las minorías, los extranjeros o cualquier grupo que pueda transformarse en amenaza.
Gobernar desde el miedo tiene una enorme ventaja para quienes ejercen el poder: evita que hagamos preguntas difíciles. Mientras discutimos entre nosotros, dejamos de preguntarnos por qué persisten las desigualdades, quién se beneficia de ellas o por qué ciertas formas de exclusión siguen reproduciéndose generación tras generación.
El problema es que el miedo poco a poco reduce nuestra capacidad de imaginar futuros compartidos, nos convence de que la competencia es más importante que la cooperación y que la desconfianza es más segura que la solidaridad.
Las plataformas digitales han aprendido perfectamente esta lógica. Hoy no siempre triunfa el contenido más verdadero o más útil, con frecuencia es el que provoca más indignación. Mientras más enojo genera una publicación, más interacción produce y más tiempo permanecemos frente a la pantalla. Y mientras estamos ahí, más rentables nos volvemos, porque el conflicto se ha convertido en un modelo de negocio.
Frente a ello, hablar de alegría quizá sea una de las discusiones más urgentes de nuestro tiempo. No me refiero a una alegría superficial, diseñada para ignorar los problemas o fingir que todo está bien, hablo de la alegría entendida como decisión colectiva, como la capacidad de construir comunidad incluso en contextos difíciles.
Los momentos más memorables del Mundial no fueron únicamente los goles o las ceremonias espectaculares, fueron también las historias de cooperación, pertenencia y encuentro que aparecieron a lo largo del torneo. Vimos a Shakira compartiendo escenario con los Ghetto Kids de Uganda, unos niños que crecieron en contextos de pobreza extrema y que encontraron en el arte una posibilidad para cambiar su historia. Verlos bailar frente a millones de personas fue un recordatorio de que el deporte también puede abrir espacios donde normalmente no los hay. A ello se suma que Burna Boy, la estrella nigeriana y ganador del Grammy, se ha vuelto viral al cantar junto a Shakira la canción oficial del Mundial 2026: “Dai Dai”, lo cual lleva al afrobeat al mundo.
Por eso vale la pena preguntarnos qué tipo de sociedades queremos construir ¿queremos comunidades organizadas alrededor de enemigos permanentes o comunidades capaces de imaginar proyectos comunes? ¿queremos ciudadanos movilizados por el resentimiento o por la posibilidad de transformar su realidad? ¿queremos gobernar desde el miedo o aprender a vivir desde la alegría?
La diferencia es más importante de lo que parece. Una sociedad gobernada por el miedo levanta muros y ve peligro en todas partes, una que apuesta por la alegría construye puentes encuentra su fuerza en la cooperación y no ignora los problemas, pero tampoco permite que éstos definan completamente su horizonte y sus historias.
Quizá por eso la pregunta más relevante que dejó el Mundial 2026 no tiene que ver con quién levantó la Copa, si le íbamos a España o a Argentina, tiene que ver con el tipo de emociones que moldean nuestra vida pública. Porque las emociones también organizan sociedades, distribuyen poder y determinan qué futuro consideramos posible.
Y hoy, cuando la indignación parece dominar la conversación pública, defender la alegría puede convertirse en un acto profundamente político y urgente. No porque resuelva mágicamente nuestros problemas, sino porque la historia demuestra que las sociedades avanzan cuando son capaces de imaginar algo mejor. Y para imaginar un futuro distinto hace falta algo que el miedo nunca podrá ofrecer: esperanza. Construyamos la gozosa rebeldía de la alegría.

Reikiavik y Bruselas: ¿vuelve la ampliación europea?
Carlos Rodrigo Peña Vega / El 29 de agosto, el pueblo islandés está llamado a las urnas para decidir si reanudar las negociaciones con Bruselas sobre una eventual adhesión a la Unión Europea, las cuales fueron suspendidas en 2013, o si continuar con la relación actual en el marco del Espacio Económico Europeo y el Espacio Schengen. En aquel momento, diversos factores internos, principalmente económicos, frenaron el proceso. Hoy, al igual que en otros países, el gobierno islandés considera nec
Carlos Rodrigo Peña Vega
/ El 29 de agosto, el pueblo islandés está llamado a las urnas para decidir si reanudar las negociaciones con Bruselas sobre una eventual adhesión a la Unión Europea, las cuales fueron suspendidas en 2013, o si continuar con la relación actual en el marco del Espacio Económico Europeo y el Espacio Schengen.
En aquel momento, diversos factores internos, principalmente económicos, frenaron el proceso. Hoy, al igual que en otros países, el gobierno islandés considera necesario reevaluar la situación, pero ahora por razones externas, contradiciendo la tendencia histórica.
En este caso la propuesta responde en parte de los cambios más recientes en la relación con Estados Unidos, específicamente las amenazas por tomar el control de la vecina Groenlandia y las declaraciones de Billy Long, nominado a embajador en Islandia que en enero “bromeó” con que el país se convertiría en el estado 52 de la unión americana. Así, la volatilidad de la política exterior de Washington ha obligado a Reikiavik a replantearse la relación con sus vecinos europeos, y este no es un caso aislado.
Ahora bien, para Bruselas, este reavivado interés por la integración con el bloque debe aprovecharse al máximo sin importar la decisión que tome el electorado islandés. En la década pasada, la ampliación pasó de ser uno de los grandes proyectos de prosperidad económica y estabilidad de la Unión a un tema secundario al fondo de la lista de prioridades.
Hoy, tanto la situación con Rusia como el giro en la postura estadounidense están convenciendo cada vez más a los mismos gobiernos europeos de que la ampliación debe volver a la agenda pero ahora por motivos políticos, no sin antes aceptar los retos, principalmente institucionales, que representaría.
De este modo, Montenegro, Ucrania y Moldavia han logrado recientemente avances importantes en sus procesos de adhesión, mientras que, en el caso específico de Islandia, de ganar el sí en la votación, su camino sería significativamente más sencillo y corto que el resto por el elevado nivel de integración que ya de por sí existe entre ambas partes.
Con este panorama, desde la perspectiva económica, una eventual ampliación traería un mercado más grande, inversiones potenciales y mayor integración de las cadenas de suministro. Para socios como México, esto se traduciría en un mayor alcance de las exportaciones bajo el nuevo Acuerdo Global Modernizado, más oportunidades de inversión en el país, y una alternativa de diversificación frente a Estados Unidos y China.
Así pues los beneficios económicos, una vez sorteados los eventuales retos, serían innegables; no obstante, las implicaciones más importantes serían sin duda las del ámbito político: una tendencia favorable a la ampliación, desde el exterior, significaría que Bruselas está logrando consolidarse como un actor cuyo principal atractivo es la seguridad económica, jurídica y política, mientras que desde el interior significaría que los estados miembros están aceptando que en este momento los beneficios estratégicos de crecer superan a los costos que pudiera tener.
Desde México el referéndum en Islandia parece algo lejano y que poco nos debería importar, sin embargo, las implicaciones de un posible sí van más allá de lo obvio. Hoy en día, fortalecer y consolidar alianzas con socios confiables en estos tiempos de incertidumbre debería ser una prioridad táctica, y una Europa más grande y unida reforzaría la idea de que, como país, esa firma del 22 de mayo fue un paso en la dirección correcta.

El nearshoring se juega en la energía
Andrea Navarro / Durante años, México ha explicado su atractivo industrial a partir de la cercanía con Estados Unidos, los costos de producción y el acceso preferencial del TMEC. Esa fórmula permitió consolidar a nuestro país como una gran plataforma manufacturera, pero el nuevo ciclo de competencia geoeconómica está cambiando las reglas del juego. Hoy, el sector empresarial también debe preguntarse si tendrá electricidad suficiente, cuánto costará operar y qué tan limpia será la energía que so
Andrea Navarro
/ Durante años, México ha explicado su atractivo industrial a partir de la cercanía con Estados Unidos, los costos de producción y el acceso preferencial del TMEC. Esa fórmula permitió consolidar a nuestro país como una gran plataforma manufacturera, pero el nuevo ciclo de competencia geoeconómica está cambiando las reglas del juego. Hoy, el sector empresarial también debe preguntarse si tendrá electricidad suficiente, cuánto costará operar y qué tan limpia será la energía que sostenga su producción.
La relocalización industrial hacia México (nearshoring) puede atraer nuevas inversiones, pero no garantiza por sí sola que el país avance hacia una industria más sofisticada. Para que este proceso se traduzca en una transformación productiva más profunda, México necesita electricidad suficiente y confiable, disponibilidad de agua, personal calificado y empresas nacionales capaces de integrarse a las nuevas cadenas de suministro. De lo contrario, podría sumar plantas y exportaciones sin aumentar de manera significativa el contenido nacional, la transferencia de conocimiento ni el valor agregado que permanece en el país.
La transición energética forma parte de esta competencia industrial y ha ganado una relevancia creciente tanto en el discurso como en las decisiones de inversión. La huella de carbono, la confiabilidad de la red y el origen de la electricidad ya influyen en costos, contratos y acceso a mercados. En ese contexto, IRENA reportó que las energías renovables concentraron 85.6% de la nueva capacidad eléctrica instalada en el mundo durante 2025.
México cuenta con abundantes recursos solares y eólicos, experiencia manufacturera y una posición estratégica dentro de América del Norte. Sin embargo, esa fortaleza convive con una infraestructura que necesita crecer al ritmo de la demanda. La capacidad de generación, transmisión y almacenamiento será determinante para sostener sectores como la electromovilidad, los semiconductores y los centros de datos, cuya expansión requiere un suministro eléctrico constante y competitivo.
La urgencia aumenta cuando se incorpora el cambio climático. La Agencia Internacional de la Energía ha documentado que las olas de calor y la baja generación hidroeléctrica provocaron tensiones de suministro en México durante los periodos de mayor consumo. El mismo calentamiento que eleva la demanda puede reducir la capacidad del sistema para responder, de modo que la seguridad climática termina definiendo también la viabilidad de la política industrial.
La revisión del TMEC ocurre precisamente en este punto. México, Estados Unidos y Canadá discuten cómo preservar la competitividad regional en medio de cadenas de suministro más frágiles y una competencia tecnológica cada vez más intensa. Nuestro país debería llegar a ese proceso con una agenda que combine infraestructura, certidumbre regulatoria, cooperación trilateral y desarrollo de capacidades propias. Al Estado le corresponde planear y garantizar la confiabilidad del sistema, mientras la inversión pública y privada amplía la generación, moderniza las redes e incorpora almacenamiento.
El nearshoring será una ventaja duradera únicamente si México convierte la energía en parte de su política industrial. Y aunque la cercanía con el mercado estadounidense seguirá siendo valiosa, definitivamente será insuficiente para competir en una economía que exige mayor resiliencia, menor huella de carbono y más conocimiento.

Soberanía bajo presión
Andrea Rosas Guzmán / No hace falta que Washington dicte por escrito la agenda mexicana para que quede claro cómo quiere ordenarla. México y Estados Unidos vuelven a la mesa en septiembre para revisar el T-MEC, con una asimetría que no está en el tratado: el acceso al mercado estadounidense se negocia con resultados de seguridad. El precedente se fijó en febrero de 2025, cuando México evitó un arancel de 25% con 10 mil elementos de la Guardia Nacional en la frontera norte. El 1 de julio, Wash
Andrea Rosas Guzmán
/ No hace falta que Washington dicte por escrito la agenda mexicana para que quede claro cómo quiere ordenarla. México y Estados Unidos vuelven a la mesa en septiembre para revisar el T-MEC, con una asimetría que no está en el tratado: el acceso al mercado estadounidense se negocia con resultados de seguridad. El precedente se fijó en febrero de 2025, cuando México evitó un arancel de 25% con 10 mil elementos de la Guardia Nacional en la frontera norte.
El 1 de julio, Washington rechazó renovarlo automáticamente y abrió revisiones anuales hasta 2036: su certidumbre es ahora periódica y, por tanto, negociable. Esta semana, ambas presiones se cruzaron. El 27 de julio, el asesor de la Casa Blanca Stephen Miller afirmó desde el Pentágono que el sistema judicial mexicano "no funciona" por los cárteles; al día siguiente, Trump abordó el tratado en Fox News: "México y Canadá nos necesitan; nosotros no los necesitamos a ellos".
Esa incertidumbre ya se paga. Con más del 80% de las exportaciones mexicanas colocadas en ese mercado, ceder es comprensible. Pero aunque la inversión extranjera directa marcó récord en el primer trimestre, nueve de cada diez dólares fueron reinversión de empresas ya instaladas: el capital nuevo apenas representó 7 de cada 100, menos de la mitad de su promedio histórico. Nadie compromete capital a diez años si la negociación se reabre cada doce meses.
El costo no es solo económico. Las agendas nacionales quedan condicionadas a ese enfoque: la migración se mide por cuántas personas dejaron de llegar al país vecino, 90% menos según la Cancillería; el comercio, por cuánto contiene México el narcotráfico; y la seguridad, por decomisos y extradiciones. Protección, medio ambiente y desarrollo pierden espacio, no por ser menos urgentes, sino por ser menos redituables.
El problema no es cooperar, sino que la cooperación se mida con un solo criterio: el de Washington. La soberanía no se pierde solo cuando otro país interviene en el territorio, también cuando decide qué se atiende primero. Una "cooperación sin subordinación" exige agendas diferenciadas y compromisos equivalentes, no una sola mesa donde todo quede subordinado al interés de Trump por securitizar la relación. Sin reciprocidad medible, la responsabilidad compartida se vuelve unilateral: uno acata la orden, el otro decide si eso basta.

El discurso del agua: por una narrativa global
Ingrid Hernández / El lenguaje y la voz políglota del agua lleva un discurso que conecta saberes, que conoce de escasez, de desafíos globales y de un derecho. Existe el discurso económico, el político, el ambiental, el corporativo, el humanitario y el de la participación de las mujeres en la toma de decisiones. Y en conjunto, el discurso en la agenda global. En el mes de marzo del año 2006, se llevó a cabo en la ciudad de México el IV Foro Mundial del Agua cuyo lema fue “Acciones locales para
Ingrid Hernández
/ El lenguaje y la voz políglota del agua lleva un discurso que conecta saberes, que conoce de escasez, de desafíos globales y de un derecho. Existe el discurso económico, el político, el ambiental, el corporativo, el humanitario y el de la participación de las mujeres en la toma de decisiones. Y en conjunto, el discurso en la agenda global.
En el mes de marzo del año 2006, se llevó a cabo en la ciudad de México el IV Foro Mundial del Agua cuyo lema fue “Acciones locales para un reto global”. Se desplegó una estrategia de comunicación global que cubría cinco temáticas y un discurso potente. Promover mejores prácticas, la gobernanza y el intercambio de conocimiento construía la narrativa global del agua. Veinte años después, en el año 2026, se llevará a cabo en los Emiratos Árabes Unidos, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Agua: mejorar la gobernanza mundial y dar mayor visibilidad a las cuestiones relacionadas con el agua en la agenda internacional será la línea por seguir. Por tanto, el discurso, en concordancia y empatía con el año 2006, deberá ser potente a nivel global en donde la narrativa construya y no fragmente.
Desde esta perspectiva global, el discurso del agua tiene la responsabilidad de tejer el entendimiento de los temas, de los sucesos, de afianzar memorias y saberes comunitarios. Promover una gobernanza equitativa y sostenible para garantizar el agua como un derecho humano se logra mediante las acciones conjuntas y el mensaje: ¿cómo se plantea, ¿cómo se construye y cómo se transmite? Inclusive cómo se transita.
El agua busca su soberanía, se apega a su memoria. La participación de las mujeres en la construcción de su memoria y la cartografía discursiva se perfila como un eje de influencia en la promoción de una cultura del agua que debe integrarse y entenderse desde un pasado y en un presente para prever un futuro más sostenible. Es muy claro que el agua requiere de formas más innovadoras de representación discursiva para vincular temas de relevancia como la seguridad alimentaria, el impacto del cambio climático, la geopolítica y los conflictos, así como la reducción de la brecha de género. Leer y traducir la voz del agua de una manera distinta que nos lleve a promover la cultura del agua, a articular las nuevas memorias y ¿por qué no? a entender el mundo desde un discurso distinto.
Y al final ¿por qué importa el discurso global del agua?
Importa porque un discurso desarrollado desde una articulación firme y transparente genera conciencia y promueve acciones claras a partir de una narrativa que si construye y no fragmenta. Visualizar y reconocer el discurso del agua en la agenda global a partir de foros, de congresos, desde la academia, nos lleva a repensar nuestra posición en la esfera global de participación por el lenguaje del agua.

México y Suiza: un reloj haciendo tic-tac
Aribel Contreras / El pasado 17 de junio tuve el honor de asistir al Día de Suiza en la Residencia Oficial de dicho país en México en el marco de los 80 años de las relaciones diplomáticas entre ambas naciones. En dicho evento, el aún embajador Pietro Piffaretti anunció que próximamente concluía su misión en México y anticipó la visita del presidente de la Confederación Suiza a México. En días pasados transcurrió está pertinente visita, donde uno de los temas abordados en Palacio Nacional fue
Aribel Contreras
/ El pasado 17 de junio tuve el honor de asistir al Día de Suiza en la Residencia Oficial de dicho país en México en el marco de los 80 años de las relaciones diplomáticas entre ambas naciones. En dicho evento, el aún embajador Pietro Piffaretti anunció que próximamente concluía su misión en México y anticipó la visita del presidente de la Confederación Suiza a México.
En días pasados transcurrió está pertinente visita, donde uno de los temas abordados en Palacio Nacional fue la importancia de la actualización del Tratado de Libre Comercio entre nuestro país y la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC) conformada por Suiza, Noruega, Islandia y Liechtenstein. Dentro de estos últimos cuatro países, Suiza es el principal socio de México, alcanzando un intercambio comercial bilateral durante el año 2024 de 4 mil 800 millones de dólares. De hecho, se ha convertido en el sexto mayor inversionista en nuestro país, alcanzando un monto de 2,050 millones de dólares durante el año pasado. Además, cuenta con una presencia corporativa de más de 400 empresas establecidas en diferentes partes del territorio nacional, generando más de 55 mil empleos directos.
Pero esto no es casualidad; es trabajo, confianza y muchas herramientas de diplomacia económica a lo largo de ocho décadas. No ha sido inmediato; es el resultado de muchos botones accionados en el ámbito político, comercial y de cooperación. No solo se trata de voltear a ver las manecillas de los relojes suizos. Esto se construyó con un primer “perno” desde la apertura del primer consulado suizo en México en 1827. Se continuó con la colocación de una “manecilla diplomática” cuando México inauguró su primer consulado en Europa occidental justo en Ginebra, en 1875. Después se agregó el “extensible político” al formalizar las relaciones diplomáticas en 1946, en tiempos de la Guerra Fría. Transcurrieron varias décadas y la “correa comercial” se agregó finalmente en el año 2000 con la firma del Tratado de Libre Comercio entre México y la AELC.
Hemos visto cómo para Suiza, México es un socio clave al ser su segundo socio comercial más importante de América Latina (después de Brasil), por lo que en el año 2014 se agregó “movimiento” al crear el Swiss Business Hub (que forma parte de la Embajada de Suiza en México) y tiene como objetivo apoyar a la pequeña y mediana empresa de Suiza y Liechtenstein que busque desarrollar actividades comerciales en México y, al mismo tiempo, informa a las empresas mexicanas sobre los beneficios que ofrece Suiza como destino estratégico para hacer negocios e inversiones. Actualmente, el Swiss Business Hub representa también a Switzerland-Global Enterprise (organización oficial suiza encargada de la promoción de exportaciones e inversiones) y tiene como líder al Mtro. Rubén Araiza, quien ha realizado una labor extraordinaria al frente del mismo, ya que su capacidad de negocios, los diferentes idiomas que habla y su capital intelectual, le ha permitido a Suiza tener una persona clave que hace que el “motor” de negocios nunca pare.
En 2016 se incorporó la “manecilla pequeña” al fundar la Cámara Suizo-Mexicana de Comercio e Industria en la Ciudad de México, la cual actualmente alberga 66 empresas. Tres años más tarde se puso la “manecilla grande” al crear el diálogo bilateral en el ámbito de derechos humanos lo cual puso sobre la mesa, la importancia de este tema para ambos países. Este año el “triángulo de orientación” de esta relación bilateral celebra sus 80 años de amalgamar una agenda fructífera y para el año 2027 se celebrará el bicentenario del primer consulado suizo en nuestro país. Sin embargo, falta la “corona” de este reloj diplomático-comercial. Y esta se pudiera insertar cuando se defina un cronograma para modernizar el tratado comercial entre nuestro país y la AELC. Nuevas disciplinas se han integrado en la vida cotidiana como: el comercio digital, la propiedad intelectual, la inteligencia artificial, las cadenas de suministro vistas como un tema de seguridad nacional, entre otros temas. Por lo que la dinámica bilateral debe ser analizada bajo la lupa de que las manecillas de un reloj solo avanzan correctamente si se da el mantenimiento y el cuidado adecuado. En esta relación con tan buenos resultados se requiere aún aceitar la “caja del reloj” ante los desafíos geopolíticos con implicaciones geoeconómicas. No olvidemos que dependiendo con el “cristal” que se analicen los acontecimientos internacionales, deben ser las decisiones asertivas para enfrentarlos. Voces diplomáticas voltean a ver a México con una urgencia de diversificarse y ante un escenario de un nuevo desorden global 2.0 (como lo he bautizado desde este año) es impensable no fortalecer el “engranaje” de inversiones, negocios, turismo, educación, entre muchas otras esferas.
Suiza es referente en temas de innovación, sustentabilidad, farmacéuticas, educación dual, etc. México cuenta con recursos naturales excepcionales, una capacidad de integración en cadenas globales de valor en sectores manufactureros como el automotriz, y acceso a dos océanos. Por lo que ambos países pueden ser vistos como economías complementarias y que no compiten entre sí en otros mercados.
Hoy en día las nuevas dimensiones de la agenda global exigen que los socios confiables -aunque distantes geográficamente- busquen los espacios para intensificar la relación y no se esperen hasta que el reloj deje de hacer “tic-tac”.

La redefinición de la Unión Europea en medio de la incertidumbre
Berenice González / La realidad internacional actual ha traído consigo inestabilidad, dinámicas complejas, la crisis del multilateralismo, luchas por el poder y el auge de nuevas potencias. Estas características condicionan la manera en la que los Estados se relacionan entre sí, definen sus intereses en materia económica, de seguridad y geopolítica, y plantean sus estrategias para consolidarse como actores con influencia en el diseño y en el funcionamiento del sistema internacional. En este con
Berenice González
/ La realidad internacional actual ha traído consigo inestabilidad, dinámicas complejas, la crisis del multilateralismo, luchas por el poder y el auge de nuevas potencias. Estas características condicionan la manera en la que los Estados se relacionan entre sí, definen sus intereses en materia económica, de seguridad y geopolítica, y plantean sus estrategias para consolidarse como actores con influencia en el diseño y en el funcionamiento del sistema internacional. En este contexto, la Unión Europea (UE)debe adaptarse a estos cambios para responder y mantenerse relevante ante las exigencias de un entorno cada vez más competitivo.
Si bien la UE continúa constituyendo un bloque regional importante, es innegable que en la coyuntura contemporánea se enfrenta a numerosasproblemáticas que ponen en tela de juicio su capacidad para gestionar los retos que se le presentan. Entre ellos es posible identificar el regreso de Donald Trump al Poder Ejecutivo de los Estados Unidos de América, el ascenso de China y de la India como potencias emergentes, la invasión rusa a Ucrania, el conflicto entre Palestina e Israel, las guerras comerciales y las crisis migratorias. Por lo tanto, los aspectos mencionados abren la interrogantesobre qué papel e importancia tiene la Unión en el escenario internacional contemporáneo.
Para poder tener una respuesta, es fundamental tener en consideración el argumento de Steinberg, quien señala que las relaciones internacionales han tenido un drástico cambio, en comparación con aquellas de las últimas decadas del siglo XX, en donde predominaba la cooperación y la Unión Europea estaba, hasta cierto punto, protegida. La nueva configuración obliga a que la UE emprenda medidaspara accionar sin tener que depender de ningún otro país. Con la doctrina “America First” promovida por el presidente Trump, la relación que históricamente fue estrecha con EE. UU., actualmente está debilitada. Por lo tanto, el bloque europeo se encuentra en una encrucijada que le hace repensar sus estrategias y el tipo de relación que busca mantener con Estados Unidos y otros países, en un contexto permeado por la desconfianza y la incertidumbre.
Entonces, es posible identificar que el papel actual de la UE en el escenario internacional es el de un actor que, a pesar de sus fracturas internas, sigue manteniéndose como un referente en materia comercial, de cooperación y de promoción de valores como la democracia, la libertad y la igualdad. Sin embargo, para conservar y mejorar su posición, está condicionada a llevar a cabo modificaciones internascon la finalidad de proyectar más fuerza para consolidarse como una potencia estratégica.
En conclusión, el papel de la Unión Europea depende de las estrategias que el bloque emprenda para fomentar la unidad en su interior, para impulsar la relación con otros Estados y para crear estrategias viables y duraderas para navegar las condiciones en las que se desarrollan las relaciones internacionales actualmente. A pesar de que sea innegable que la UE continúa teniendo peso en la configuración del panorama global, es pertinente señalar que el bloque tiene que diseñar estrategias para mantener sus fortalezas e impulsar nuevas acciones más apegadas a las características y demandas del escenario internacional contemporáneo.

Viviendo entre potencias
Ana Valeria Becerril / La geografía obliga a los países a desarrollar ciertas habilidades; algunas de estas se traducen en influencia, otras en resistencia. Vivir entre potencias no enseña la misma lección a todos. Türkiye y Georgia representan ambas caras de una misma realidad. Una realidad que no se trata solo de construir alianzas, sino de entender cuándo acercarse, cuándo tomar distancia y cómo preservar un espacio propio. Türkiye parece sentirse cómoda en la ambigüedad. Su ubicación la c
Ana Valeria Becerril
/ La geografía obliga a los países a desarrollar ciertas habilidades; algunas de estas se traducen en influencia, otras en resistencia.
Vivir entre potencias no enseña la misma lección a todos. Türkiye y Georgia representan ambas caras de una misma realidad. Una realidad que no se trata solo de construir alianzas, sino de entender cuándo acercarse, cuándo tomar distancia y cómo preservar un espacio propio.
Türkiye parece sentirse cómoda en la ambigüedad. Su ubicación la coloca en la intersección entre Europa, Asia y el Mediterráneo Oriental. No es casualidad que un día pueda hablar con Moscú y recibir a líderes europeos al siguiente; o formar parte de la OTAN y mantener una postura firme en defensa de Palestina. Entendiendo su entorno, Türkiye ha construido parte de su influencia a partir de la capacidad de dialogar con distintos actores y mantener abiertas varias puertas al mismo tiempo. Contradictorio para algunos, sí, pero Ankara parece haber entendido que su valor agregado radica precisamente en eso: en no pertenecer por completo a un solo espacio.
A diferencia de Türkiye, la posición geográfica de Georgia no le ha permitido moverse con el mismo margen de libertad. El país ha tenido que navegar el difícil y pesado equilibrio de convivir con un vecino mucho más poderoso mientras se intenta consolidar un proyecto europeo. Pero precisamente esa condición la ha llevado a desarrollar otra habilidad: la capacidad de mantener un rumbo propio incluso cuando las condiciones externas intentan definirlo. Conservar espacio para respirar y defender su autonomía es también una forma de poder.
Mientras muchos países apenas están aprendiendo a navegar un mundo más fragmentado, Türkiye y Georgia llevan décadas haciéndolo. Quizá por eso vale la pena observar a quienes nunca dejaron de vivir bajo esta lógica. Sus historias y luchas nos recuerdan que un mapa no es solamente un mapa, es también un archivo y resultado de procesos históricos, desafíos, decisiones y experiencias que sigue moldeando la forma en que los países entienden su lugar en el mundo.
Al final, los países que viven entre potencias saben que la estabilidad rara vez es permanente y que las decisiones pocas veces ocurren en escenarios ideales. Cada cambio en el equilibrio internacional modifica las oportunidades disponibles, pero también abre nuevos espacios de adaptación. Así que quizá esa sea la lección más grande de quienes han vivido durante años entre gigantes, que no siempre se trata de controlar el entorno, sino de aprender a moverse dentro de él sin perder la capacidad de decidir hacia dónde ir.

El Poder Mineral Estratégico
Magdalena Alcocer Vega / ¿Qué tienen en común un automóvil eléctrico, un teléfono celular, un panel solar y un dron? Que todos dependen de minerales que hasta hace poco parecían asuntos de estudio de geólogos o de empresas mineras. Hoy, el acceso de los países al litio, el cobre, el grafito, el níquel, cobalto y las tierras raras definen su posición y supervivencia en un mundo en franca transformación. Las tierras raras son un grupo de 17 elementos químicos con propiedades magnéticas y electrón
Magdalena Alcocer Vega
/ ¿Qué tienen en común un automóvil eléctrico, un teléfono celular, un panel solar y un dron? Que todos dependen de minerales que hasta hace poco parecían asuntos de estudio de geólogos o de empresas mineras. Hoy, el acceso de los países al litio, el cobre, el grafito, el níquel, cobalto y las tierras raras definen su posición y supervivencia en un mundo en franca transformación. Las tierras raras son un grupo de 17 elementos químicos con propiedades magnéticas y electrónicas únicas para fabricar tecnologías de alto rendimiento. Estos minerales constituyen piezas centrales de la economía y la seguridad internacional.
En el siglo XX, el poder mundial giró alrededor del petróleo y en estos años la competencia se desplaza hacia componentes imprescindibles para fabricar baterías, semiconductores, redes eléctricas y sistemas de defensa. Sin embargo, el verdadero poder no reside en poseer los yacimientos. La ventaja se encuentra en el control de toda la cadena, es decir, en la exploración, la extracción, la refinación, el procesamiento, la fabricación de componentes y el desarrollo tecnológico. Un país puede tener minerales y seguir dependiendo del exterior si carece de infraestructura y capacidad industrial.
China hizo una lectura clave hace décadas, ya que invirtió en refinación, manufactura e investigación y, hoy se ubica con una posición de poder en la refinación de estos minerales a nivel mundial. Ahora, los Estados Unidos, la Unión Europea y otras potencias, buscan reducir estas vulnerabilidades y asegurar proveedores confiables.
Los países del G7 acordaron recientemente disminuir la dependencia de un solo proveedor de minerales críticos y fortalecer las cadenas de suministro y, al mismo tiempo, China impuso restricciones a la exportación de determinadas tierras raras colocando una presión internacional muy significativa.
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) destacó el mes pasado que el comercio de minerales críticos está dejando de responder exclusivamente a criterios económicos, ya que los países utilizan controles de exportación, subsidios, restricciones comerciales y políticas industriales, para proteger recursos considerados esenciales para su seguridad y competitividad.
Los minerales críticos se han convertido en instrumentos de política exterior al restringir su venta o procesamiento, para presionar industrias enteras. Las nuevas estrategias de presión pasan por subsidios, controles de exportación y acuerdos de reservas estratégicas. México firmó a principios de este año con los Estados Unidos, un Plan de Acción sobre minerales críticos para fortalecer la relación bilateral, asegurar cadenas de suministro e impulsar el desarrollo de materiales indispensables para diversas industrias.
Para México, representa una oportunidad, sin embargo, el reto se encuentra en atraer inversión para procesar los minerales, impulsar la investigación nacional, formar especialistas y desarrollar proveedores nacionales. La minería puede generar empleo y crecimiento, pero provocar al mismo tiempo una presión sustancial en los recursos hídricos y medioambientales.
El control de los minerales otorga una ventaja decisiva en la nueva competencia geopolítica y pasa por conocer, transformar, innovar y negociar. México debe establecer una ruta crítica para construir tecnología industrial, formar capital humano altamente especializado, generar investigación científica y conocimiento, o quedarse como proveedor de recursos.

Lo que la Copa Mundial 2026 se llevó
Aribel Contreras / Del escenario futbolero a la politización de la Copa Mundial 2026. Así fue como, incluso antes del 11 de junio —día de la inauguración—, comenzó una edición más del evento deportivo más esperado a nivel internacional. Recordemos que la Copa Mundial 2026 no es un evento deportivo cualquiera. Es un espacio donde convergen la política, las alianzas internacionales, el derecho deportivo, la economía, la diplomacia, el marketing deportivo y muchas otras disciplinas. Esta edición
Aribel Contreras
/ Del escenario futbolero a la politización de la Copa Mundial 2026. Así fue como, incluso antes del 11 de junio —día de la inauguración—, comenzó una edición más del evento deportivo más esperado a nivel internacional.
Recordemos que la Copa Mundial 2026 no es un evento deportivo cualquiera. Es un espacio donde convergen la política, las alianzas internacionales, el derecho deportivo, la economía, la diplomacia, el marketing deportivo y muchas otras disciplinas. Esta edición se caracterizó por celebrarse, por primera vez, en tres países, desarrollarse en medio de dos guerras de gran relevancia y disputarse bajo una agenda cuyo balón estuvo cargado de geopolítica.
En ediciones anteriores habíamos visto a la diplomacia deportiva meter goles. En esta ocasión, la FIFA fue más visible por este evento que la propia ONU frente a los conflictos bélicos. Sin embargo, también sufrió un profundo desgaste en su imagen al ponerse de rodillas cuando el presidente Gianni Infantino creó un supuesto premio por la paz para entregárselo al inquilino de la Casa Blanca. El reconocimiento llegó en un momento en el que se buscaba congraciarse con él, tras el fracaso de su aspiración al Premio Nobel de la Paz, y tenderle una alfombra roja futbolera. Más tarde, la eliminación de una tarjeta roja a un jugador de la selección de Estados Unidos para que pudiera disputar el partido contra Bélgica provocó fuertes críticas hacia la FIFA.
El presidente de Estados Unidos actuó como si presidiera el Comité de Árbitros de la FIFA al influir, de facto, en qué selecciones podían ingresar y competir en su país. Esto ocurrió por el tema de las visas, las amenazas de redadas del ICE y, principalmente, por el caso de la selección de Irán. Hubo voces que incluso propusieron que no participara y que su lugar fuera ocupado por la selección de Italia. Ante ello, la diplomacia deportiva iraní se concentró en resolver el problema y, en lugar de establecer su base de operaciones en Arizona, tuvo que instalarla en Tijuana para trasladarse desde allí a sus partidos en Estados Unidos. La guerra pareció trasladarse del campo militar al terreno de juego. Las reglas de la cancha también parecieron jugar bajo la lógica de la geopolítica global.
Este Mundial pasará a la historia más por las barreras y los límites que impuso que por la derrama económica que generó. Una sucesión de penaltis diplomáticos ensombreció el mayor evento deportivo internacional. Del balón a la geopolítica; del silbatazo a las medidas extremas de seguridad; de las gradas a las expresiones sociales marcadas por confrontaciones y rivalidades geopolíticas: así transcurrió esta edición de la Copa Mundial 2026. La Copa de Oro dejó de simbolizar únicamente el triunfo deportivo para convertirse, según esta lectura, en el brindis de unos cuantos que celebraron intereses personales previamente definidos.
Y, por si fuera poco, no debe olvidarse el caso empresarial que quiso jugar fuera de lugar y que atrapó la atención de las redes sociales. Se trató del jersey de edición especial alusivo a la selección mexicana. Adidas fungió como portero y la empresa Someone Somewhere como delantero, tras acordar que las prendas fueran bordadas a mano por una comunidad de Naupan, Puebla. Sin embargo, diversos señalamientos apuntaron a que ese trabajo se realizó bajo condiciones laborales presuntamente violatorias de la Ley Federal del Trabajo y de convenios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de los que México forma parte. Por ello, el escándalo corporativo probablemente continuará aun después del Mundial.
La polarización político-social fue uno de los temas que más acaparó los titulares de los medios de comunicación, tanto dentro como fuera de la cancha. Las expresiones fueron diversas: desde portar la bandera de un país o exhibir pancartas hasta mostrar tarjetas amarillas o rojas simbólicas a empresas patrocinadoras o al gobierno anfitrión por asuntos de política interna o internacional.
El Mundial se llevó la ilusión de millones de aficionados por sus selecciones, la confianza en la gobernanza del futbol y la percepción de transparencia en muchos de los partidos disputados. Además de la basura acumulada en los estadios y de las playeras que permanecieron sin vender, quedaron sentimientos encontrados. Quien conquistó el corazón de los aficionados y de las redes sociales fue la selección de México, por avanzar con entrega y determinación. También destacó la selección de Noruega, considerada la revelación de la Copa Mundial 2026, pues, como dijo uno de sus jugadores, “pusimos a Noruega en el mapa”, mientras que su peculiar porra, remando en las tribunas, dio un sello distintivo a sus encuentros.
Por todo ello, esta historia va mucho más allá de la expresión coloquial “lo que el viento se llevó”, en alusión a la célebre película. Lo que el Mundial se llevó fue la confianza de muchos en la neutralidad de la FIFA y en la legitimidad del triunfo del equipo campeón. Quedará la duda de si ganó únicamente por sus propios méritos o también por lo que terminó dictando el árbitro global de la Copa Mundial 2026.

El largo malestar del orden internacional
Alejandra López de Alba / "Hay fechas que tranquilizan porque ordenan el caos y ofrecen la ilusión de una ruptura nítida. Decir que la erosión del llamado “orden internacional basado en reglas” comenzó con Donald Trump, con la invasión rusa de Ucrania, con el ascenso de China, con la anexión de Crimea o con el regreso de la competencia entre grandes potencias permite imaginar una edad dorada anterior: un tiempo en que las reglas eran claras, las instituciones funcionaban y la fuerza estaba razo
Alejandra López de Alba
/ "Hay fechas que tranquilizan porque ordenan el caos y ofrecen la ilusión de una ruptura nítida. Decir que la erosión del llamado “orden internacional basado en reglas” comenzó con Donald Trump, con la invasión rusa de Ucrania, con el ascenso de China, con la anexión de Crimea o con el regreso de la competencia entre grandes potencias permite imaginar una edad dorada anterior: un tiempo en que las reglas eran claras, las instituciones funcionaban y la fuerza estaba razonablemente contenida por el Derecho Internacional.
Esa forma de narrar la crisis tiene una virtud política: identifica culpables recientes y convierte un proceso histórico en un acontecimiento reconocible. Pero tiene un defecto analítico mayor, pues confunde el síntoma con el origen, el episodio con la enfermedad, la malaise acumulada durante décadas con el parte médico de última hora.
Los analistas suelen buscar el momento definitorio —la invasión, el arancel, el veto, la guerra, el líder disruptivo— como si allí se hubiera firmado el acta de defunción de un orden que, en realidad, lleva mucho tiempo enfermo y todavía no termina de morir. Parafraseando a Mark Twain, las noticias de su muerte han sido muy exageradas; lo que conviene explicar no es un fallecimiento súbito, sino una larga agonía administrada bajo el lenguaje de la legalidad, la estabilidad y las reglas.
Una lectura más incómoda, pero más útil para para potencias medias, como México, es que la erosión no comenzó cuando el orden unipolar empezó a ser desafiado, sino cuando pareció haber triunfado sin contrapeso. La corrosión empezó en el momento mismo de la victoria occidental en la Guerra Fría: cuando la caída de la Unión Soviética dejó a Estados Unidos en una posición de predominio militar, financiero, institucional e ideológico sin precedente moderno; cuando el “fin de la Historia” fue leído no solo como provocación filosófica, sino como clima de época, y cuando el “momento unipolar” dejó de describir una distribución excepcional del poder para convertirse en una autorización tácita de conducción mundial.
El orden comenzó a erosionarse no por falta de poder estadounidense, sino por su exceso. No lo hizo por ausencia de una potencia garante, sino por la dificultad de esa potencia para distinguir entre regla universal, preferencia estratégica, interpretación jurídica e intuición moral propia. La paradoja posterior a 1991 es que el mundo más institucionalizado luego de la Guerra Fría fue también un mundo en el que la potencia central se habituó a reinterpretar mandatos, seleccionar crisis, estirar conceptos, castigar desviaciones y presentar decisiones discrecionales como exigencias naturales del orden. Esa sobrextensión fue militar, jurídica, económica y moral. No siempre fue cínica; muchas veces se formuló en el lenguaje de la protección, la democracia, la paz y los derechos humanos. Precisamente por eso fue tan eficaz. Y precisamente por eso dejó una huella tan profunda.
Esta reflexión no busca atacar a Estados Unidos ni absolver, por contraste, a quienes hoy desafían su primacía mediante invasiones, coerción, anexiones territoriales, represión interna, autoritarismo o nuevas esferas de influencia. Otros actores no quedan moralmente purificados porque Washington haya aplicado reglas de forma selectiva. Pero tampoco se entiende el presente si la crisis del orden internacional se reduce a la conducta de esos revisionismos y la reacción estadounidense. Para países como México, leer la crisis solo como coyuntura —Trump, Ucrania, China, migración, aranceles— empobrece la agencia. Leerla históricamente permite advertir que el problema no es únicamente la excentricidad de un líder o la brutalidad de una coyuntura, sino el desenlace de un proceso largo de expansión, desgaste y reacción.
Qué orden, qué reglas
El punto de partida debe ser una distinción conceptual. El orden internacional basado en reglas no es exactamente lo mismo que el Derecho Internacional. Este tiene fuentes, procedimientos, tratados, costumbres, tribunales, principios y una carta constitutiva: la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En ella, la prohibición del uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de los Estados ocupa un lugar central, salvo las excepciones reconocidas de autorización del Consejo de Seguridad o legítima defensa.
En cambio, el orden basado en reglas designa algo más específico: la arquitectura política, institucional y estratégica posterior a la Guerra Fría, construida sobre el andamiaje de 1945, pero administrada principalmente por Estados Unidos y sus aliados bajo principios liberales. Ese orden incorporó democracia representativa, economía abierta, libre comercio, instituciones multilaterales, derechos humanos, seguridad colectiva selectiva, alianzas militares occidentales y condicionalidad económica como parte de una misma gramática de legitimidad. No es idéntico a la ONU ni al Derecho Internacional; fue una lectura liberal-hegemónica de ese orden jurídico, organizada alrededor de la primacía estadounidense.
Esa precisión importa porque el orden basado en reglas ha funcionado con frecuencia como una fórmula política más elástica que el Derecho Internacional. A veces designa el sistema multilateral de posguerra; a veces, el conjunto de instituciones liberales lideradas por Occidente, y a veces, una idea general de conducta aceptable definida por quienes tienen capacidad de sancionar la desviación.
Esto no significa que la ONU sea ajena a las “reglas reales”. Al contrario: la Carta de las Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad, la prohibición del uso de la fuerza, la legítima defensa y los tratados multilaterales forman el núcleo jurídico del orden de posguerra. Pero reconocer esa centralidad no obliga a idealizar su práctica. Desde la década de 1990, la ONU operó muchas veces bajo una selectividad identificable en función de las preferencias, los límites y las prioridades de las grandes potencias, especialmente de Estados Unidos durante el momento unipolar. El Consejo de Seguridad no fue, ni es, un tribunal imparcial de la legalidad internacional; fue un espacio político atravesado por jerarquías de poder.
Propongo llamar order creep (expansión gradual del orden) al proceso paulatino por el cual un orden internacional es distorsionado desde dentro mediante pequeñas excepciones, reinterpretaciones, ampliaciones de mandato y usos selectivos de sus propias reglas. No implica el abandono explícito del orden, sino su desplazamiento acumulativo: el actor que se presenta como garante del sistema conserva el lenguaje de la legalidad, la estabilidad y las reglas, pero modifica, en la práctica, los límites de lo permitido, lo excepcional y lo legítimo.
En el caso del orden liberal posterior a la Guerra Fría, la expansión gradual del orden designa la erosión incremental del orden por parte de su principal custodio. Bajo condiciones de unipolaridad, Estados Unidos no destruyó abiertamente el orden que ayudó a crear; más bien, comenzó a estirar sus reglas, excepciones e instituciones en nombre de su defensa. El resultado no fue un colapso inmediato del orden liberal, sino una mutación progresiva: de un sistema presentado como universal, multilateral y normativamente limitado hacia uno más discrecional, jerárquico y dependiente de la interpretación del poder dominante.
La clave conceptual está en que la expansión gradual del orden no es “declive” en sentido clásico. No describe simplemente que el orden se debilite porque otros actores lo desafían desde fuera. Describe algo más incómodo: la autodeformación del orden por parte de quienes dicen protegerlo. Es la erosión del orden bajo la apariencia de su defensa. Es la conversión gradual de un orden basado en reglas en un orden basado en excepciones administradas por el hegemón.
Ese proceso tiene varias dimensiones. La primera es jurídica: mandatos originalmente acotados se reinterpretan hasta permitir acciones que no estaban claramente autorizadas. La segunda es militar-institucional: alianzas defensivas se transforman en instrumentos expedicionarios. La tercera es moral-humanitaria: conceptos como protección de civiles, Responsabilidad de Proteger (R2P) o promoción democrática se desplazan hacia cambio de régimen o ingeniería política. La cuarta es económica: la liberalización y la condicionalidad se presentan como técnica neutral, aun cuando alteran equilibrios sociales internos. La quinta es normativa: los derechos humanos se invocan como universales frente a adversarios, pero se relativizan frente a aliados o frente a la potencia central. En conjunto, estas dimensiones no destruyen el orden de golpe; lo transforman desde dentro. Un sexta, relevante para Latinoamérica, es hemisférica: la influencia estadounidense deja de nombrarse, pero sobrevive como expectativa naturalizada de deferencia.
Los Balcanes: la excepción humanitaria y la mutación de la OTAN
La primera gran fisura apareció en los Balcanes. La desintegración violenta de Yugoslavia enfrentó a Europa y a Estados Unidos con atrocidades reales: limpieza étnica, desplazamientos masivos, campos de detención y fracaso de la diplomacia preventiva. En Bosnia, la ONU estableció “zonas seguras”, entre ellas Srebrenica, y el Consejo de Seguridad autorizó medidas para protegerlas. Pero la promesa de protección se derrumbó en julio de 1995, cuando miles de hombres y niños bosniacos musulmanes fueron asesinados en Srebrenica. El caso quedó como símbolo de una comunidad internacional capaz de proclamar principios sin voluntad suficiente para defenderlos.
Pero al hablar de Bosnia, Kosovo y Serbia conviene precisar qué actor ejecutó buena parte de la coerción. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) no es una instancia universal del Derecho Internacional ni un órgano equivalente a las Naciones Unidas. Es una alianza político-militar regional, diseñada originalmente como mecanismo de defensa colectiva entre sus miembros. El artículo 5 de la OTAN establece que un ataque armado contra uno o más aliados será considerado un ataque contra todos; el artículo 7 reconoce, además, que el tratado no altera la responsabilidad primordial del Consejo de Seguridad en el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales. Ese diseño importa porque las operaciones en Bosnia y Kosovo no respondieron a un ataque contra un Estado miembro de la alianza, sino a conflictos en territorios de Estados no miembros.
En Bosnia, la actuación de la OTAN estuvo vinculada a resoluciones del Consejo de Seguridad y al mandato de las Naciones Unidas. No fue, por tanto, equivalente a Kosovo. Pero aun allí fue extraterritorial respecto del diseño defensivo original de la alianza. La OTAN se convirtió en brazo ejecutor de coerción internacional en un conflicto externo a su membresía, anticipando una mutación más amplia: de alianza defensiva a instrumento expedicionario de administración del orden. Este punto no niega la urgencia humanitaria ni las atrocidades cometidas por fuerzas serbobosnias; identifica otra cosa: una transformación institucional en la que una alianza regional, sostenida materialmente por Estados Unidos, comenzó a operar como mecanismo de imposición extraterritorial de seguridad.
Kosovo llevó esa mutación más lejos. En 1999, la OTAN lanzó la Operación Fuerza Aliada. La campaña aérea duró 78 días y no contó con autorización explícita del Consejo de Seguridad bajo el capítulo VII de la Carta. Kosovo no era un Estado independiente ni miembro de la OTAN; Serbia/Yugoslavia tampoco pertenecía a la alianza. En el propio Consejo de Seguridad hubo objeciones a la legalidad de los ataques. En 2000, la Comisión Independiente Internacional sobre Kosovo formuló después la frase que condensó el dilema: la intervención fue “ilegal pero legítima”.
Esa fórmula no resolvió el problema; lo institucionalizó. Si una coalición liderada por la potencia predominante podía actuar fuera de las reglas establecidas porque se atribuía una legitimidad superior, entonces la regla dejaba de operar como regla común y pasaba a depender de quién tenía poder para definir la excepción. Bosnia mostró una intervención extraterritorial canalizada por el sistema de la ONU, mientras que Kosovo mostró una sin autorización expresa de ese sistema. Juntas revelaron que, desde el inicio del momento unipolar, legalidad multilateral, legitimidad moral y capacidad militar empezaron a desacoplarse.
La discusión actual sobre la OTAN refuerza retrospectivamente este punto. La alianza suele presentarse como comunidad de valores y defensa colectiva, pero su credibilidad material ha dependido de forma desproporcionada de Estados Unidos. Cuando Trump condiciona la protección estadounidense al gasto europeo en defensa, no solo expresa una preferencia presupuestaria, sino que desnuda la dependencia política de una arquitectura atlántica que descansa sobre una correlación de poder. La alianza no flota sobre reglas impersonales; reposa en una distribución concreta de capacidades, voluntad y mando.
Ruanda: la selectividad por omisión
Ruanda reveló la otra cara de la misma selectividad. En 1994, mientras se desarrollaba el genocidio, la comunidad internacional no intervino con la rapidez ni la fuerza necesarias. El Consejo de Seguridad redujo la misión de la ONU en el terreno cuando la violencia ya escalaba, y los Estados con capacidad de actuar evitaron asumir costos políticos y militares. La Resolución 912 ajustó y redujo el mandato de la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas para Ruanda en abril de 1994; informes posteriores de la ONU documentaron fallas graves de la organización y de sus Estados miembros.
Ruanda es el ejemplo más devastador de la selectividad por omisión. El problema fue que los Estados con capacidad de actuar no quisieron pagar el costo de hacerlo. La regla humanitaria existía como aspiración moral; lo que no existió fue voluntad política para aplicarla cuando el interés estratégico parecía bajo y el costo político-militar alto.
La comparación entre Kosovo y Ruanda resulta indispensable. En Kosovo, la legalidad fue rebasada en nombre de la urgencia humanitaria; en Ruanda, la legalidad, el procedimiento y la prudencia institucional sirvieron de coartada para no actuar. La regla formal era la misma: soberanía, prohibición del uso de la fuerza y responsabilidad colectiva frente a atrocidades masivas. La práctica, sin embargo, dependió de geografía, interés estratégico, visibilidad mediática, costo militar y jerarquías políticas no siempre confesadas. Esa doble experiencia produjo el terreno moral sobre el cual nacería la R2P.
Derechos humanos, Responsabilidad de Proteger y justicia selectiva
La R2P surgió como respuesta a Ruanda y Srebrenica. Su intuición básica era poderosa: la soberanía no podía entenderse solo como escudo del Estado frente al exterior; implicaba una responsabilidad hacia la población. Si un Estado no quería o no podía proteger a su población frente a genocidio, crímenes de guerra, limpieza étnica o crímenes de lesa humanidad, la comunidad internacional debía asumir una responsabilidad subsidiaria. En 2005, los Estados miembros de las Naciones Unidas aceptaron una versión acotada del principio, subrayando que la acción colectiva debía realizarse por medio del Consejo de Seguridad y conforme a la Carta de la ONU.
El problema no estaba necesariamente en el principio. Nadie debería defender una soberanía entendida como licencia para exterminar. El problema estaba en el contexto de poder en que ese principio iba a ser interpretado. En un mundo unipolar, la línea entre proteger civiles, castigar gobiernos, rediseñar regímenes y ordenar regiones podía volverse borrosa. La R2P nació como intento de disciplinar la intervención; en la práctica, corría el riesgo de convertirse en gramática moral de la intervención.
La misma tensión atravesó el orden internacional de los derechos humanos. La era posterior a la Guerra Fría produjo una expansión normativa importante: tribunales penales internacionales para Ruanda y la antigua Yugoslavia, mayor centralidad del Derecho Internacional Humanitario, operaciones de paz con componentes de protección civil, discurso mundial contra la impunidad y, más tarde, R2P. Ese giro no debe descartarse porque fue una respuesta a atrocidades reales. Pero el universalismo quedó atrapado en una aplicación selectiva. En teoría, los derechos humanos son universales; en la práctica, los mecanismos para protegerlos han dependido de jerarquías políticas, alianzas estratégicas, visibilidad mediática y costos militares. Por ejemplo, Magnus Lundgren y Mark Klamberg muestran que la atención del Consejo de Seguridad a conflictos armados no se explica solo por la gravedad humanitaria, sino también por intereses y divergencias entre miembros permanentes.
La justicia penal internacional ofrece otro ejemplo. Estados Unidos apoyó o toleró algunos procesos internacionales cuando afectaban a adversarios o a contextos donde su exposición era limitada, pero rechazó someterse plenamente a los mismos mecanismos. Washington no es Estado parte de la Corte Penal Internacional; la Ley de Protección de Miembros de las Fuerzas Armadas Estadounidenses de 2002 restringió la cooperación con la Corte y buscó proteger a funcionarios y militares estadounidenses frente a posibles procesos. En 2025, la Casa Blanca emitió una orden ejecutiva para imponer sanciones contra la Corte por acciones dirigidas contra Estados Unidos, Israel y otros aliados.
La consecuencia es corrosiva. Cuando los derechos humanos se invocan como universales frente a adversarios, pero se relativizan frente a aliados o frente a la potencia central, dejan de funcionar como regla común y pasan a ser percibidos como instrumento de jerarquía. Esto no invalida los derechos humanos. Al contrario, muestra por qué deben defenderse con mayor consistencia. La lección no debería ser abandonar el lenguaje de derechos, sino rescatarlo de la selectividad geopolítica.
Irak: la guerra preventiva como fractura de confianza
La segunda guerra de Irak llevó esta lógica a su punto más destructivo. Después de los atentados del 11-S, el gobierno de George W. Bush reformuló la seguridad nacional estadounidense en términos de prevención, cambio de régimen y expansión democrática. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2002 defendió una posición más activa frente a amenazas emergentes y presentó la libertad política y económica como camino universal hacia la paz. En su segundo discurso de toma de posesión, Bush afirmó que la política de Estados Unidos consistiría en apoyar movimientos e instituciones democráticas en toda nación y cultura, con el objetivo último de terminar con la tiranía en el mundo.
Irak mostró el peligro de confundir intención declarada con legitimidad internacional. La invasión de 2003 no contó con autorización explícita del Consejo de Seguridad. Antes de la guerra, los inspectores de la ONU no habían encontrado evidencia concluyente de programas activos de armas de destrucción masiva; después, el Informe Duelfer tampoco confirmó la premisa central de la invasión. En 2004, el Secretario General de la ONU, Kofi Annan, afirmó que la guerra no había sido conforme con la Carta de las Naciones Unidas y que, desde ese punto de vista, era ilegal.
Irak no fue solo un error de inteligencia ni solo una guerra mal planeada; fue una fractura de confianza. Para buena parte del mundo, confirmó que la potencia garante podía reinterpretar amenazas, invocar resoluciones previas, actuar sin autorización clara y después narrar la intervención como parte de una misión democrática. La guerra derrocó a Saddam Hussein, pero no produjo una victoria en el sentido político profundo del término. Si victoria significa construir un orden legítimo, estable, pacífico y compatible con las reglas invocadas para justificar la acción, Irak fue un fracaso monumental.
El daño no se limitó al caso concreto. Cada excepción mal resuelta se convierte en precedente político, aunque no sea precedente jurídico. Otros actores aprenden no necesariamente el derecho, sino la técnica de la justificación: invocar amenaza preventiva, denunciar dobles raseros, apropiarse del lenguaje de seguridad y reinterpretar la legalidad según conveniencia. La erosión no consiste en que las reglas desaparezcan, sino en que pierdan reciprocidad.
Libia: cuando proteger civiles terminó pareciendo cambio de régimen
Libia fue el caso en que la R2P quedó atrapada en la desconfianza acumulada. En 2011, el Consejo de Seguridad aprobó la Resolución 1973, que autorizó “todas las medidas necesarias” para proteger civiles, estableció una zona de exclusión aérea y reforzó el embargo de armas. La intervención de la OTAN se presentó como operación para proteger a la población civil frente a las fuerzas de Muamar el Gadafi. El resultado político fue el colapso del régimen y la fragmentación del Estado libio. Reportes posteriores concluyeron que la intervención descansó en supuestos problemáticos, que se subestimaron las consecuencias políticas de la caída de Gadafi y que la comunidad internacional hizo demasiado poco para estabilizar el país tras la intervención.
Libia dejó una lección devastadora para el sistema. Para quienes apoyaban la intervención, fue un caso en que se evitó una masacre inminente. Para otros actores, fue la prueba de que una autorización limitada para proteger civiles podía transformarse en cambio de régimen. Esa percepción importó más que cualquier defensa jurídica posterior, porque el orden internacional vive también de confianza interpretativa. Si los miembros permanentes del Consejo de Seguridad creen que las autorizaciones humanitarias serán tensadas hasta producir resultados políticos no pactados, bloquearán futuras autorizaciones. Así, una intervención justificada en nombre de la responsabilidad colectiva terminó debilitando la posibilidad de acción colectiva futura.
La parálisis actual del Consejo de Seguridad debe entenderse en esa genealogía. No es simplemente prueba de que el orden basado en reglas se debilitó recientemente; es el reflejo institucional de una confrontación creciente dentro de un sistema cuyas promesas universales ya habían sido dañadas por la selectividad de origen. Conforme algunos observaron la manera en que Estados Unidos y sus aliados utilizaron, estiraron o rodearon el sistema multilateral, aprendieron también la fórmula: invocar soberanía, bloquear mandatos, usar el veto, denunciar dobles raseros y defender esferas de interés propias. La tragedia es que esa politización no empezó cuando otros actores empezaron a desafiar a Washington; empezó cuando Estados Unidos pudo aplicar reglas, excepciones y principios de manera selectiva sin enfrentar contrapesos equivalentes.
Latinoamérica: la Doctrina Monroe sin decir su nombre
Latinoamérica vivió el momento unipolar desde otro registro. No fue el escenario principal de las intervenciones humanitarias posteriores a la Guerra Fría, pero sí el laboratorio de democratización, condicionalidad económica, disciplinamiento financiero y administración hemisférica. La región salió de dictaduras, guerras civiles y crisis de deuda con una promesa: democracia representativa, apertura comercial, privatización, disciplina fiscal, autonomía de bancos centrales, integración a mercados mundiales y reinserción financiera. Algunas reformas respondían a problemas reales; otras fueron presentadas como ruta casi única hacia la modernidad.
El llamado Consenso de Washington no fue una conspiración secreta, sino una convergencia de diagnósticos y prescripciones. John Williamson acuñó el término para describir un conjunto de políticas que, según su lectura, eran compartidas en Washington respecto de Latinoamérica. Estudios posteriores han evaluado ese legado con mayor distancia: algunas reformas estabilizaron variables macroeconómicas, pero los resultados en crecimiento sostenido, equidad, legitimidad social y fortaleza institucional quedaron por debajo de las expectativas de sus promotores.
Aquí la advertencia de Roland Paris resulta útil, aunque provenga del estudio de operaciones de paz. La liberalización no es neutral cuando llega antes que la capacidad institucional. En sociedades con Estados débiles, sistemas judiciales frágiles, desigualdad extrema, estructuras fiscales regresivas, élites concentradas y ciudadanía desconfiada, abrir mercados y acelerar competencia política puede producir resultados muy distintos a los esperados. Puede generar modernización, sí; pero también captura regulatoria, privatización de rentas, informalidad, precarización, frustración democrática y terreno fértil para economías ilícitas. En 2004, Paris propuso “institucionalización antes que liberalización” para advertir que democratización y mercantilización pueden ser transformaciones turbulentas cuando se introducen antes de capacidades institucionales robustas.
La pregunta decisiva no es si el mundo posterior a la hegemonía estadounidense tendrá orden, sino qué tipo de orden será y bajo qué reglas se organizará.
No se trata de decir que el Consenso de Washington causó por sí solo la violencia criminal, la desigualdad, la corrupción o el desencanto democrático que golpean a Latinoamérica. Sería simplista. Se trata de reconocer que la adopción —a veces voluntaria, a veces bajo presión— de formas de gobierno y mercado sin suficiente construcción institucional contribuyó a crear condiciones de vulnerabilidad. La democracia llegó muchas veces como procedimiento electoral; el mercado, como disciplina externa, y el Estado, como aparato reducido antes de volverse eficaz.
El sistema interamericano refleja esa tensión. Tras la Guerra Fría, la Organización de los Estados Americanos desarrolló mecanismos de defensa colectiva de la democracia. La Resolución 1080 de 1991 y la Carta Democrática Interamericana de 2001 expresaron la idea de que la democracia representativa era condición del orden hemisférico. En principio, fue un avance histórico: Latinoamérica, marcada por golpes militares y dictaduras, establecía que la ruptura democrática no era un asunto puramente interno. Pero el diseño tenía una fragilidad de origen. La defensa de la democracia operaba en un hemisferio donde la asimetría con Estados Unidos era abrumadora y donde la memoria de intervención seguía viva. Cuando la democracia se definía desde Washington o se asociaba con preferencias económicas específicas, el mecanismo perdía neutralidad (y nada de esto se expresa en detrimento a las luchas político-sociales reales de la región).
En este contexto, la Doctrina Monroe nunca desapareció del todo. Dejó de nombrarse en el registro diplomático cotidiano, pero siguió operando como gramática profunda. La doctrina original, formulada en 1823, advertía a las potencias europeas contra la intervención en el hemisferio occidental y consolidaba la idea de una esfera de interés estadounidense. El Corolario Roosevelt explicitó después la posibilidad de que Estados Unidos ejerciera un “poder policial internacional” en casos que juzgara flagrantes. Después de la Guerra Fría, el lenguaje cambió: ya no se hablaba necesariamente de tutela civilizatoria ni de exclusión de potencias europeas; se hablaba de democracia, drogas, mercados, corrupción, seguridad, gobernanza, migración y estabilidad financiera. Pero la premisa seguía siendo parecida: el hemisferio era un espacio donde el orden estadounidense se asumía como intérprete natural del orden aceptable.
Lo más problemático no era que se invocara abiertamente la Doctrina Monroe, sino que ya no hacía falta invocarla. Funcionaba como sentido común. Latinoamérica debía democratizarse de cierto modo, abrirse de cierto modo, combatir el narcotráfico de cierto modo, administrar la migración de cierto modo y alinearse geopolíticamente de cierto modo. Si un gobierno se desviaba, la respuesta podía ir desde presión diplomática y condicionalidad financiera hasta sanciones, aislamiento, certificaciones unilaterales o apoyo selectivo a actores internos. La esfera de influencia no desapareció; se tecnificó. Y al tecnificarse se volvió más difícil de discutir, porque ya no se presentaba como dominación sino como normalidad.
Monroe y China: la hegemonía imperfecta
La persistencia del espíritu Monroe plantea una aparente contradicción: si Estados Unidos mantuvo una expectativa de deferencia hemisférica, ¿cómo se explica el avance de China en Latinoamérica? Una posible respuesta es que la hegemonía estadounidense fue real, pero no omnipotente. Funcionó como régimen de disciplinamiento político y estratégico, no como control absoluto de todos los flujos económicos. Washington conservó capacidad de presión en asuntos considerados vitales —seguridad, drogas, migración, alineamientos diplomáticos, crisis políticas, sanciones, financiamiento multilateral—, pero, al mismo tiempo, promovió una globalización abierta que permitió a la región diversificar comercio, inversión y financiamiento.
La paradoja es que el propio orden de mercado impulsado desde Washington abrió canales que China utilizó de manera más consistente que Estados Unidos en varios terrenos. Mientras Washington priorizaba el Medio Oriente, la guerra contra el terrorismo, la seguridad fronteriza, la condicionalidad democrática y la disciplina macroeconómica, Beijing ofrecía demanda de materias primas, financiamiento para infraestructura, inversión en energía y minería, comercio creciente y un discurso de no intervención atractivo para gobiernos latinoamericanos cansados de tutelas externas.
El avance chino, por tanto, no demuestra que la Doctrina Monroe haya desaparecido. Muestra que la versión posterior a la Guerra Fría de esa doctrina fue selectiva, tecnocrática y, en ocasiones, distraída. Estados Unidos siguió esperando deferencia hemisférica en asuntos políticos y estratégicos, pero no pudo impedir que la región respondiera a incentivos económicos mundiales. China llenó vacíos de financiamiento, demanda e infraestructura que Washington no quiso o no pudo ocupar por estar ocupado en otros asuntos, subrayando que las limitaciones de capacidades fueron también constantes durante el al auge del orden basado en reglas.
Sin embargo, la diversificación no equivale automáticamente a autonomía. Las exportaciones latinoamericanas hacia China se han concentrado con frecuencia en materias primas —soya, cobre, hierro, petróleo y otros recursos—, mientras las importaciones desde China incorporan mayor contenido manufacturero y tecnológico. La presencia china amplía márgenes de maniobra, pero también puede reproducir reprimarización, dependencia financiera, vulnerabilidad logística y exposición en infraestructura estratégica. Desde 2020, estudiosos apuntaron que la creciente rivalidad entre China y Estados Unidos ha reactivado en Washington una lógica de “Monroe 2.0” frente a la presencia china en la región.
La tarea latinoamericana no es sustituir subordinación a Washington por dependencia frente a Beijing; es convertir la competencia entre potencias en capacidad negociadora propia. Esto exige instituciones estatales capaces de evaluar proyectos, regular sectores estratégicos, evitar capturas, diversificar socios, coordinar posiciones regionales y defender márgenes de autonomía sin caer en neutralismos retóricos ni alineamientos automáticos.
Trump como síntoma, no como origen
Trump debe leerse menos como anomalía absoluta que como versión superlativa de un proceso largo. No inventó la selectividad, la coerción económica, el unilateralismo ni la idea de que Estados Unidos tiene prerrogativas especiales en su hemisferio. Lo que hizo fue reducir los eufemismos. Donde antes se hablaba de liderazgo, habló de transacción. Donde antes se hablaba de orden liberal, habló de ventaja nacional. Donde antes se insinuaba una esfera de influencia, la nombró con crudeza.
Ya en su segundo mandato, con la política comercial de “Estados Unidos primero”; en abril de 2025 anunció aranceles recíprocos como instrumento de presión económica. Estas medidas no fueron una ruptura total con el pasado, sino la intensificación de una lógica de convertir bienes públicos internacionales —comercio abierto, alianzas, seguridad, instituciones— en instrumentos explícitos de negociación unilateral.
Ese mismo patrón se observa en la OTAN. Durante décadas fue presentada como comunidad de seguridad occidental, alianza de valores y estructura defensiva compartida. Sin embargo, cuando Trump condiciona la protección estadounidense al gasto europeo, queda al descubierto no solo su estilo, sino la dependencia material de la arquitectura atlántica respecto de Estados Unidos y posible víctima de excepciones cada vez más estridentes. El artificio aparece desnudo: la alianza no flota sobre reglas impersonales, sino sobre una correlación de poder.
La hegemonía, cuando se siente segura, administra; cuando se siente amenazada por la multipolarización, exige, castiga y cobra. Por eso Trump parece tan disruptivo: no porque haya inventado la pulsión unilateral, sino porque la ejerce en un mundo donde ya no puede disfrazarse tan fácilmente de universalidad. La política exterior trumpista no destruye un orden perfectamente imparcial; revela la fragilidad de un orden que durante décadas dependió de que la potencia central presentara sus preferencias como reglas comunes.
Multipolaridad sin romanticismo
La multipolaridad actual no debe leerse como accidente ni como simple sustitución de una hegemonía por otra. El mundo no se volvió multipolar solo porque China creciera, Rusia resistiera su degradación, la India aumentara su peso u otros actores diversificara alianzas. También se volvió multipolar porque la legitimidad del momento unipolar se desgastó desde dentro. El poder concentrado tiende a producir dos efectos simultáneos: sobrextensión del centro y aprendizaje defensivo de los demás. La multipolaridad actual es resultado de capacidades materiales nuevas, pero también reacción acumulada frente a la selectividad del orden anterior.
En esa discusión, la idea de Amitav Acharya sobre un mundo “multiplex” ayuda a evitar una lectura demasiado estrecha del cambio internacional: el fin del predominio estadounidense no implica necesariamente hegemonía china ni caos absoluto, sino una arquitectura más plural, regionalizada y superpuesta, con múltiples centros de autoridad y arreglos institucionales coexistentes. Pero esa pluralización no garantiza por sí misma un orden más justo. Puede abrir espacios de autonomía, pero también producir fragmentación, competencia normativa, nuevas dependencias y nuevas lógicas de “esferas de influencia” alternativas. La cuestión no es solo describir el mundo que emerge, sino entender por qué el viejo orden perdió autoridad.
Esta distinción es crucial para potencias medias. Si se interpreta la multipolarización solo como oportunidad para remplazar a Washington por Beijing, Moscú u otro centro de poder, reproducirá la misma lógica de subordinación bajo otro lenguaje. Si, en cambio, entiende que la crisis del orden estadounidense se debe tanto a la redistribución del poder como a la erosión de su legitimidad normativa, podrá formular una estrategia más sofisticada: diversificar vínculos, fortalecer capacidades estatales, defender reglas recíprocas, evitar alineamientos automáticos y convertir la competencia entre potencias en margen de negociación propio.
Esto no significa que la multipolaridad garantice justicia. Puede producir equilibrio, pero también fragmentación; pluralismo, pero también nuevos bloques; autonomía, pero también cinismo. El error sería remplazar obediencia automática a Washington por fascinación acrítica con cualquier poder que lo desafíe. La crítica del momento unipolar no debe convertirse en indulgencia frente a la agresión rusa, la coerción china, la represión interna de regímenes autoritarios o la instrumentalización de la soberanía para encubrir abusos.
Para México y Latinoamérica, la conclusión estratégica no puede ser el rechazo automático a Estados Unidos, pues seguirá siendo vecino, socio, mercado, fuente de inversión, potencia militar, actor migratorio y realidad geográfica. Tampoco puede ser la resignación. Necesita una doctrina de agencia: defender el Derecho Internacional con más consistencia que las grandes potencias; rechazar tanto la intervención selectiva como la soberanía usada para encubrir atrocidades; reconstruir mecanismos regionales menos dependientes de la polarización ideológica; diversificar relaciones económicas sin caer en nuevas dependencias; fortalecer capacidades estatales antes de aceptar recetas de apertura o seguridad, y convertir su peso colectivo en capacidad negociadora.
México, en particular, debe entender que su margen no depende solo de reaccionar al último arancel, al último exabrupto o a la última amenaza. Depende de comprender la profundidad histórica del proceso. La presión estadounidense actual no es únicamente el temperamento de un presidente; es la expresión de una potencia que recurre a instrumentos explícitos de coerción, aunque los estilos presidenciales varíen conforme a la coyuntura.
Defender reglas que obliguen también al poderoso
La defensa de un orden verdaderamente basado en reglas exige abandonar la nostalgia por la década de 1990. Aquel no fue simplemente un periodo de estabilidad liberal; fue también el laboratorio de muchas distorsiones actuales. Allí se normalizó la idea de que algunas guerras podían ser ilegales pero legítimas; que algunas sociedades podían ser democratizadas desde fuera; que algunos mercados debían abrirse antes de que existieran instituciones capaces de regularlos; que algunas regiones pertenecían de manera natural a la administración estratégica de una potencia, y que algunas violaciones del Derecho Internacional eran amenazas al orden y otras, costos inevitables de preservarlo.
El orden basado en reglas no empezó a erosionarse cuando otros actores aprendieron a bloquear, desafiar o manipular sus mecanismos. Empezó a corroerse cuando, tras la Guerra Fría, la potencia vencedora pudo aplicar reglas, excepciones y principios de manera selectiva sin enfrentar contrapesos equivalentes. La ONU siguió siendo el núcleo jurídico del sistema, pero su funcionamiento reflejó la distribución desigual del poder. La OTAN siguió presentándose como alianza defensiva, pero actuó cada vez más como instrumento extraterritorial de administración coercitiva del orden. Los derechos humanos siguieron siendo principios universales, pero su protección dependió con demasiada frecuencia de quién era la víctima, quién era el perpetrador y qué intereses estaban en juego.
Esa es, precisamente, la lógica de la expansión gradual del orden: la erosión del orden bajo la apariencia de su defensa. No se trata de una ruptura frontal ni de un abandono explícito de las reglas, sino de una deformación progresiva de sus límites. El lenguaje permanece: legalidad, estabilidad, democracia, derechos, seguridad, responsabilidad. Lo que cambia es la práctica: las excepciones se acumulan, los mandatos se expanden, las instituciones se instrumentalizan y la interpretación del poder dominante termina sustituyendo la reciprocidad de la regla. Así, un orden presentado como universal, multilateral y normativamente limitado puede transformarse gradualmente en un orden jerárquico, discrecional y administrado por quien tiene mayor capacidad de definir qué cuenta como amenaza, qué cuenta como urgencia y qué cuenta como legitimidad.
La expansión gradual del orden permite entender por qué la crisis actual no puede reducirse al ascenso de potencias revisionistas ni al estilo de un presidente. Trump no inventó la extralimitación; la desinhibió. China y Rusia no descubrieron por sí solas la utilidad de invocar soberanía, veto, dobles raseros o zonas de influencia; aprendieron también de un sistema en el que las reglas fueron aplicadas de manera selectiva desde el centro. La multipolarización contemporánea, por tanto, no es solo el resultado de una redistribución material del poder. Es también la reacción acumulada ante un orden cuya legitimidad fue desgastada desde dentro por quienes afirmaban custodiarlo.
Reconocer esta genealogía no absuelve a los revisionistas actuales ni justifica invasiones, anexiones, autoritarismos o nuevas esferas de dominación. Más bien permite defender mejor las reglas que todavía importan. Una regla solo sobrevive si obliga también al poderoso; de lo contrario, deja de ser regla y se convierte en privilegio. Y un orden que convierte sus excepciones en método termina produciendo aquello que decía querer evitar: desconfianza, bloqueo institucional, competencia geopolítica y búsqueda de alternativas fuera del marco que alguna vez se presentó como común.
La pregunta decisiva no es si el mundo posterior a la hegemonía estadounidense tendrá orden, sino qué tipo de orden será y bajo qué reglas se organizará. Esa pregunta no puede responderse desde la nostalgia por el momento unipolar ni desde la ilusión de que toda alternativa a Washington es emancipadora. Debe responderse desde la construcción de capacidades propias: instituciones más fuertes, diplomacias más profesionales, coordinación regional menos ideologizada, diversificación económica prudente y defensa consistente del derecho internacional.
La tarea no es escoger amo. Es aprender a negociar en un mundo donde ningún poder debe confundirse con la regla, y donde ninguna promesa de orden —ni la liberal, ni la revisionista ni la multipolar— debe aceptarse sin instituciones, con mecanismos propios y capaces de convertir margen en agencia. Nombrar la expansión gradual del orden ayuda a entender que lo que vivimos no es solo una coyuntura, ni tampoco el colapso instantáneo que tantos diagnósticos anuncian cada vez que encuentran un acontecimiento suficientemente dramático para convertirlo en símbolo. Trump, Ucrania, Gaza, Taiwán, los aranceles, la parálisis del Consejo de Seguridad o el ascenso de China pueden ser hitos de una crisis, pero no son por sí solos su origen ni necesariamente su desenlace. El error está en escoger un evento y declararlo el fin definitivo de un orden que lleva décadas mostrando síntomas de agotamiento, pero que aún estructura instituciones, alianzas, mercados, dependencias y vocabularios de legitimidad. Por eso, la pregunta no es cuándo murió el orden basado en reglas, sino quién ha tenido poder para declarar sus excepciones, quién ha pagado sus costos y quién será capaz de construir reglas que obliguen también al fuerte. Solo entonces las potencias medias dejarán de reaccionar a los síntomas —el último exabrupto, la última guerra, el último arancel— y podrán actuar sobre la enfermedad de fondo: un sistema que decía ser universal, pero que demasiadas veces funcionó como privilegio.

¿Qué se sabe de la siguiente cabeza de la ONU?
Fernando de la Mora y Juan Pablo Camarena / La Organización de las Naciones Unidas (ONU) se encuentra en proceso de elegir a la próxima persona que ocupará la Secretaría General. Tras 10 años en el cargo, António Guterres concluirá su mandato el 31 de diciembre de 2026 y entregará a su sucesor (o sucesora) una institución con serios desafíos por delante. Quien resulte electo enfrentará una crisis de legitimidad, un déficit de confianza y un rezago financiero que exigen un liderazgo firme, pragm
Fernando de la Mora y Juan Pablo Camarena
/ La Organización de las Naciones Unidas (ONU) se encuentra en proceso de elegir a la próxima persona que ocupará la Secretaría General. Tras 10 años en el cargo, António Guterres concluirá su mandato el 31 de diciembre de 2026 y entregará a su sucesor (o sucesora) una institución con serios desafíos por delante. Quien resulte electo enfrentará una crisis de legitimidad, un déficit de confianza y un rezago financiero que exigen un liderazgo firme, pragmático y creativo.
El proceso de elección
Hasta hoy, seis perfiles compiten por el cargo. Aunque deberán obtener el respaldo de la mayoría de la Asamblea General, el verdadero desafío consiste en superar el filtro previo del Consejo de Seguridad, que debe recomendar formalmente la candidatura. Las implicaciones son profundas: los miembros permanentes del Consejo tienen la facultad de vetar a cualquier aspirante que no se ajuste a su visión sobre el futuro de la ONU o que consideren excesivamente cercano a los intereses de otra potencia con derecho de veto.
Para esta elección en particular, se anticipa que la persona electa provenga de Latinoamérica, en apego al principio de rotación geográfica, una práctica consolidada, aunque no formalmente establecida en las reglas de la Organización. Asimismo, ha cobrado fuerza la posibilidad de que, por primera vez, una mujer ocupe la Secretaría General. Sin embargo, esta no es una posición consensuada. Mientras China, Francia y el Reino Unido se han mostrado favorables a esa posibilidad, Estados Unidos y Rusia sostienen que la designación debe recaer en la candidatura más sólida, independientemente de su género.
Los perfiles de los candidatos
La chilena Michelle Bachelet fue propuesta originalmente por Brasil, México y su propio país. Su candidatura es una de las más sólidas, respaldada tanto por el apoyo de las dos mayores potencias latinoamericanas como por una amplia trayectoria política y multilateral. Además de haber sido Presidenta de Chile en dos ocasiones, fue Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y directora ejecutiva de ONU Mujeres.
Aunque el nuevo gobierno chileno decidió retirar su respaldo, Brasil y México mantienen su apoyo a Bachelet, quien encarna una visión progresista de la izquierda latinoamericana y cuenta con una reconocida experiencia en materia de gobernanza internacional.
Pero en esta contienda, cualquier antecedente puede ser tanto una fortaleza como una vulnerabilidad. En octubre de 2025, antes de anunciar formalmente su candidatura, Bachelet fue recibida en Beijing por el Ministro de Relaciones Exteriores. Tras el encuentro, la Cancillería china emitió un comunicado inusual en el que la describió como “una estadista de renombre mundial y una vieja amiga del pueblo chino”, entre otros elogios. Este aparente respaldo se reiteró durante una visita reciente a China, lo que despertó interrogantes entre algunos analistas, ya que uno de los últimos actos de Bachelet como Alta Comisionada para los Derechos Humanos fue la publicación de un controvertido informe sobre la situación en Xinjiang, un tema especialmente sensible para Beijing.
Su candidatura tampoco ha encontrado el mismo nivel de receptividad en Washington. El representante estadounidense ante la ONU, Mike Waltz, ha expresado reservas sobre su postulación. Entre otras críticas, señaló que Bachelet evitó calificar como genocidio las acciones de China contra la minoría uigur y cuestionó su defensa del acceso al aborto como un derecho humano. Dado que estas objeciones provienen de un miembro permanente del Consejo de Seguridad, no puede descartarse que se anticipe un eventual veto a su candidatura.
Otra de las mujeres latinoamericanas con una sólida trayectoria es la costarricense Rebeca Grynspan. Hasta hace poco fungió como Secretaria General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. Desde esa posición encabezó los esfuerzos de la ONU para mitigar los efectos humanitarios de la guerra entre Rusia y Ucrania, al facilitar la Iniciativa de Granos del Mar Negro, que permitió reanudar la exportación de 33 millones de toneladas de cereales desde puertos ucranianos y contribuyó a evitar una crisis alimentaria mundial.
Su capacidad para dialogar con todas las partes, incluso en un contexto de conflicto armado, le ganó el respeto de numerosos Estados miembros. Además, se ha desempeñado como Secretaria General Adjunta de las Naciones Unidas, Directora Regional para América Latina y el Caribe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y Vicepresidenta de Costa Rica.
Quien resulte electo enfrentará una crisis de legitimidad, un déficit de confianza y un rezago financiero que exigen un liderazgo firme, pragmático y creativo.
Grynspan cuenta con el respaldo de su propio país, a diferencia de Bachelet. Aunque no es un requisito formal, se trata de una ventaja política relevante. Otro punto a su favor es que ha sido la única candidata que ocupaba un cargo dentro de la ONU en acatar la solicitud de la Asamblea General de separarse temporalmente de sus funciones durante la campaña. Esta decisión fue interpretada como una muestra de respeto a la voluntad de los Estados miembros y de compromiso con la rendición de cuentas, una cualidad esencial para quien aspire a encabezar la Organización.
Rompiendo con la expectativa de que la próxima Secretaría General recaiga en una mujer, Argentina presentó la candidatura de Rafael Grossi. El actual Director General del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) cuenta con una amplia trayectoria diplomática y experiencia en organismos vinculados a la seguridad internacional y el desarme, entre ellos el propio OIEA y la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas.
Respaldado por el gobierno de Javier Milei, Grossi es percibido como una candidatura asociada a los sectores más conservadores de la región y potencialmente más cercana a Estados Unidos. Su experiencia técnica y su perfil en materia de no proliferación nuclear podrían resultar atractivos para varios miembros permanentes del Consejo de Seguridad.
A diferencia de Grynspan, Grossi se mantiene en su cargo al frente del OIEA. Ha argumentado que la naturaleza de sus responsabilidades y las exigencias de su puesto hacen inviable una separación temporal. Un eventual éxito de su candidatura dependerá, en buena medida, de su capacidad para proyectar liderazgo en momentos de crisis. En ese sentido, ha logrado navegar escenarios complejos relacionados tanto con la invasión rusa de Ucrania como con el avance del programa nuclear iraní.
La candidatura más accidentada hasta la fecha ha sido la de Macky Sall, quien gobernó Senegal durante 12 años y fue postulado por Burundi. Cuando anunció su candidatura, Burundi intentó aprovechar su posición como presidente de la Unión Africana para presentarla como una candidatura respaldada por el continente. No fue así. Por ello, propuso a los miembros de la Unión avalarla mediante un “procedimiento de silencio”. Es decir, la candidatura sería considerada africana siempre que ningún Estado miembro expresara objeciones. Sin embargo, varios países del bloque se opusieron de inmediato. A pesar de ello, Burundi mantuvo su apoyo a Sall, aunque únicamente a título nacional.
No hay una fecha límite para la presentación de candidaturas. Por ello, no sorprendió que, meses después de que surgieran las primeras postulaciones, la ecuatoriana María Fernanda Espinosa fuera nominada por Antigua y Barbuda, mientras que la embajadora Carolyn Rodrigues-Birkett fue postulada por Guyana.
Espinosa es una figura ampliamente reconocida en los círculos multilaterales. Fue la primera mujer latinoamericana en presidir la Asamblea General de las Naciones Unidas y se desempeñó como Ministra de Relaciones Exteriores y Ministra de Defensa de Ecuador. Por su parte, Rodrigues-Birkett es la actual Representante Permanente de Guyana ante la ONU y, anteriormente, ocupó los cargos de Ministra de Relaciones Exteriores y Ministra de Asuntos Amerindios de su país.
Los diálogos interactivos de la Asamblea General: un vistazo al futuro
Con el propósito de renovar los procesos de la Organización, los Estados miembros acordaron que esta fuera la elección de secretario general más transparente e incluyente en la historia de la ONU. Para ello, establecieron diálogos interactivos convocados por la presidencia de la Asamblea General, en los que las personas candidatas se someten a audiencias públicas y responden preguntas de los Estados miembros y de organizaciones de la sociedad civil sobre sus prioridades y propuestas para la institución.
Aunque este mecanismo no es jurídicamente vinculante, ha contribuido a incrementar el interés en las candidaturas, fortalecer el escrutinio público y promover una mayor transparencia en el proceso de selección.
Durante las audiencias públicas, que se extendieron por cerca de 3 horas para cada candidatura, los Estados miembros y los representantes de la sociedad civil buscaron esclarecer una cuestión fundamental: ¿cuál es la visión de cada aspirante para el futuro de la Organización y cómo utilizaría el cargo para hacerla realidad? Las respuestas dejaron en evidencia que las diferencias entre las candidaturas no son meramente de estilo o trayectoria, sino que reflejan concepciones distintas sobre las prioridades y el papel de la ONU.
Por un lado, Bachelet y Grynspan coincidieron en la necesidad de atender la crisis de legitimidad que enfrenta la institución y de profundizar el actual proceso de reformas bajo los principios de eficacia, modernización y transparencia. Sin embargo, al examinar sus propuestas con mayor detalle, emergen diferencias relevantes. Bachelet otorgó mayor peso a la preservación del sistema internacional basado en instituciones, al proponer la renovación de la autoridad moral de la ONU, una mayor presencia sobre el terreno y una reforma del Consejo de Seguridad. Grynspan, en cambio, puso el acento en el papel de la Secretaría General como instancia de liderazgo y gestión, subrayando que cualquier transformación sustantiva requiere del respaldo y la voluntad política de los Estados miembros.
Una visión distinta sobre el futuro de la ONU puede apreciarse en las propuestas de Grossi y Sall. Grossi centró buena parte de su intervención en la agenda de desarrollo y aprovechó el espacio para destacar sus logros en materia de gestión y liderazgo al frente del OIEA. Sall, por su parte, puso el énfasis en la interrelación entre desarrollo y paz. Subrayó la importancia de las operaciones de mantenimiento de la paz, el uso de la diplomacia preventiva para evitar nuevos conflictos y la necesidad de fortalecer la cooperación con las instituciones de Bretton Woods y el sector privado para impulsar esta agenda.
A pesar de su tardía postulación, Espinosa sí tuvo la oportunidad de participar en el diálogo interactivo. Ahí presentó una visión distinta a las anteriores, comenzando por una concepción del desarrollo impulsada desde la soberanía nacional y no desde Nueva York. También defendió que los resultados de la ONU deben medirse por el número de vidas salvadas y abogó por poner fin a los diagnósticos excesivos. En materia de seguridad, afirmó que priorizaría la diplomacia preventiva mediante los buenos oficios de la organización para facilitar la gestión de conflictos y avanzar en discusiones clave, como la reforma del Consejo de Seguridad.
Las diferencias entre las candidaturas son profundas, desde sus afinidades ideológicas y la relación que mantienen con algunos miembros permanentes del Consejo de Seguridad hasta la visión con la que conducirían la Organización. Sin embargo, conviene recordar que la elección requiere el consenso de los cinco miembros permanentes y que no hay una fecha límite para la presentación de candidaturas. Por ello, no resulta descabellado considerar que la persona que finalmente obtenga el cargo aún no haya sido postulada y que emerja como una opción capaz de conciliar los intereses de las grandes potencias antes de la votación de la Asamblea General prevista para antes de noviembre.

La Política Exterior Feminista: una apuesta necesaria en tiempos de incertidumbre
Giorgiana Martínezgarnelo y Calvo /En un contexto internacional marcado por conflictos armados, crisis humanitarias, retrocesos democráticos ycrecientes desigualdades, la igualdad de género ha dejado deser una cuestión exclusivamente social para convertirse en un elemento estratégico de la gobernanza global. La V Conferencia Ministerial de Política Exterior Feminista: Construyendo Paz y Democracia, celebrada en Madrid,reflejó esta nueva visión al situar la igualdad como un componente esencial p
Giorgiana Martínezgarnelo y Calvo
/En un contexto internacional marcado por conflictos armados, crisis humanitarias, retrocesos democráticos ycrecientes desigualdades, la igualdad de género ha dejado deser una cuestión exclusivamente social para convertirse en un elemento estratégico de la gobernanza global. La V Conferencia Ministerial de Política Exterior Feminista: Construyendo Paz y Democracia, celebrada en Madrid,reflejó esta nueva visión al situar la igualdad como un componente esencial para la paz, la democracia y el desarrollo sostenible.
España asumió un papel de liderazgo al reunir a gobiernos, organismos internacionales, representantes parlamentarios yorganizaciones de la sociedad civil con un objetivo común:impulsar una política exterior que incorpore de formatransversal la perspectiva de género. El mensaje fue claro: nopuede construirse un orden internacional estable mientraspersistan desigualdades estructurales que afectan a la mitad de la población.
Uno de los momentos más destacados de la Conferencia fue el espacio brindado a las organizaciones feministas a través del Foro de la Sociedad Civil, donde pusieron de relieve cómo las guerras, las crisis económicas, el cambio climático y los desplazamientos forzados afectan de manera desproporcionada a las mujeres y las niñas. Paradójicamente, quienes desempeñan un papel decisivo en la protección y reconstrucción de las comunidades siguen siendo, en muchoscasos, quienes reciben menos apoyo financiero por parte de sus países y de la arquitectura internacional.
La adopción de la Declaración Política de Madrid, suscrita por veintiocho países, constituye un avance relevante al traducir principios en compromisos concretos, como integrarla igualdad de género en la acción exterior, fortalecer laparticipación de las mujeres en la toma de decisiones, prevenir la violencia y aumentar la financiación para combatir la desigualdad y la feminización de la pobreza.
Sin embargo, el verdadero reto comienza tras la firma de estos acuerdos. La experiencia demuestra que numerosas declaraciones internacionales terminan perdiendo fuerza como consecuencia de una financiación insuficiente, la discontinuidad de los compromisos institucionales y la debilidad de los mecanismos de evaluación y seguimiento. El éxito de esta Declaración dependerá de la capacidad de los Estados para traducir sus acuerdos en políticas públicas medibles y sostenibles.
La Conferencia de Madrid aporta también una idea fundamental: la igualdad de género no solo responde a unaexigencia de justicia y de derechos humanos, sino queconstituye una herramienta para fortalecer la democracia, prevenir conflictos y mejorar la eficacia de la cooperación internacional. En un mundo cada vez más complejo, la Política Exterior Feminista representa una oportunidad paraconstruir sociedades más inclusivas y resilientes.
El desafío ahora es que el compromiso político se traduzca en acciones concretas capaces de generar un impacto real y duradero.

Ankara: reuniones que alejan
Emiliano Polo / Hace un año, en la cumbre de La Haya, la estrategia de los líderes de la OTAN fue mantener la reunión corta y apostar por la adulación: colmar de elogios a Donald Trump y regalarle la promesa de destinar el 5% del PIB a defensa para 2035. Esta semana, en la cumbre de Ankara, la alianza intenta algo distinto: reducir los elogios y disminuir la tensión con EU a partir de entregas y resultados. Los europeos han anunciado más de 40 mil millones de dólares en programas antidrones, l
Emiliano Polo
/ Hace un año, en la cumbre de La Haya, la estrategia de los líderes de la OTAN fue mantener la reunión corta y apostar por la adulación: colmar de elogios a Donald Trump y regalarle la promesa de destinar el 5% del PIB a defensa para 2035.
Esta semana, en la cumbre de Ankara, la alianza intenta algo distinto: reducir los elogios y disminuir la tensión con EU a partir de entregas y resultados. Los europeos han anunciado más de 40 mil millones de dólares en programas antidrones, la compra de diez aviones suecos de vigilancia para reemplazar parte de la flota, nuevos aviones de transporte y un programa que reúne a nueve países para producir una munición común.
La sede de la cumbre fue incómoda para el resto de Europa. En los días previos, la policía turca detuvo a periodistas y opositores en redadas; organizaciones de derechos humanos contabilizan miles de detenidos desde la primavera. Por su parte, Trump fue recibido con afecto y ceremonia por Tayyip Erdogan, y no tardó en recordar a la prensa que estaba profundamente decepcionado de la OTAN y que acudió, en buena medida, solo porque el anfitrión era su amigo. Erdogan, al frente del segundo ejército más grande de la alianza, entiende la ventaja que tiene con EU por su posición geográfica, cercana a los conflictos en Medio Oriente y Ucrania.
En cuestión de horas, Turquía logró que Trump prometiera levantar las sanciones impuestas después de que el país compró defensas antiaéreas rusas: “No queremos sancionar a nuestros amigos”. Además, anunció el regreso de Turquía al programa de aviones F-35, una venta que Israel ha cabildeado para bloquear. Como corresponde con la administración Trump, las cumbres de la OTAN se convierten en un escenario para las genuflexiones contraproducentes y el intercambio de favores.
Las concesiones, como ya debería quedar claro, no han logrado que Trump valore la alianza o mantenga acuerdo alguno más allá del par de días que dura la cumbre, esta o cualquier otra. Apenas en abril reducía a la alianza a un “tigre de papel” y, con la inauguración de la cumbre de Ankara, recordó su disgusto con los europeos por haber negado el espacio aéreo y las bases para lanzar los ataques estadounidense-israelíes contra Irán en febrero.
A la pregunta sobre si más tropas estadounidenses saldrán de Europa, más allá del retiro de 5 mil efectivos de Alemania que ya conduce Pete Hegseth, respondió apenas: “Ya veremos”. Insistió, además, en que EU, y no Dinamarca, debería controlar Groenlandia, minimizando que su amenaza llevó el año pasado a la crisis más grave de la alianza. Y todo lo anterior, apenas un año después de que los aliados confiaban en que el aumento del gasto militar les ganaría la buena voluntad de la administración Trump.
Por su parte, y equiparando fragilidad con importancia, Marco Rubio ha defendido la reunión como la más importante en la historia de la OTAN. MAGA justifica los ataques a la alianza bajo la supuesta “transferencia de la carga”, pero, dado que la OTAN lleva 80 años organizada en torno al poder estadounidense, la verdadera pregunta no es si Europa gasta más, sino cómo y cuándo podrá organizar su defensa sin EU en el centro.
Lamentablemente, la respuesta de Europa continúa insistiendo en las reverencias del secretario general Mark Rutte, quien, por ejemplo, bautizó la inversión en rearme como “el Billón de Trump” para presumirle que Europa y Canadá ya invierten cerca del 4% del PIB, apenas un año después de la promesa de alcanzar el 5% para 2035. Además, pasó el martes exhibiendo contratos que, en sus palabras, se extienden “desde Arkansas hasta Ankara”, incluidas compras europeas a Northrop Grumman de drones estadounidenses, para que siempre quede claro que la prioridad es que a la industria de EU le vaya bien.
La segunda respuesta de Europa es más trascendente. En junio, Ucrania firmó un contrato por 2 mil 500 millones de dólares para la adquisición de 16 cazas suecos, financiado mediante el Préstamo de Apoyo a Ucrania de la Unión Europea. Se trata del primer equipo de combate comprado para Kiev sin participación estadounidense. Empresas europeas ya fabrican, en suelo alemán, drones de diseño ucraniano y Zelensky ha insistido en que, entre sus prioridades, está adquirir licencias de producción: el derecho a fabricar, no solo a recibir. Por lo pronto, Ucrania ha logrado invertir la vieja pregunta: de cómo puede ayudar la OTAN a Ucrania, a qué puede enseñarle Ucrania a la OTAN.
Europa intenta cambiar de tema: de lo que EU le debe a Europa a lo que Europa puede construir. Por lo pronto, se verá como una alianza que aprende a tratar el poder estadounidense como algo que renta mientras acumula patrimonio propio.

Europa y México: más allá de la representación política
Dení García / En días pasados, la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que México se encuentra por encima de Europa en materia de paridad política y representación de mujeres en la función pública. Si bien los datos sobre participación femenina en congresos, gabinetes y espacios de decisión muestran avances históricos que durante décadas parecían impensables, reducir la discusión a una comparación numérica resulta insuficiente. La presencia de más mujeres en el poder no necesariamente implic
Dení García
/ En días pasados, la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que México se encuentra por encima de Europa en materia de paridad política y representación de mujeres en la función pública.
Si bien los datos sobre participación femenina en congresos, gabinetes y espacios de decisión muestran avances históricos que durante décadas parecían impensables, reducir la discusión a una comparación numérica resulta insuficiente.
La presencia de más mujeres en el poder no necesariamente implica una transformación estructural de las condiciones que siguen reproduciendo desigualdad, violencia y exclusión para millones de mexicanas.
La paridad es, sin duda, un avance democrático indispensable. Sin embargo, no resuelve por sí misma los problemas de fondo: la ausencia de una agenda prioritaria sólida, transversal y sostenida con perspectiva de género que impulse políticas públicas capaces de modificar las condiciones materiales de desigualdad. La igualdad sustantiva —es decir, aquella que busca garantizar no solo igualdad jurídica, sino igualdad real en oportunidades, derechos, acceso y condiciones de vida— sigue siendo una deuda pendiente.
Tener más mujeres ocupando cargos públicos no garantiza automáticamente gobiernos comprometidos con los derechos de las mujeres, ni iniciativas eficaces para combatir la violencia, la brecha salarial, la precarización laboral o la carga desproporcionada de cuidados.
En la práctica, la vida de las mujeres no está siendo beneficiada porque estas mujeres estén en los cargos públicos. Comparar a México con países como Suecia o España únicamente desde la cantidad de mujeres en cargos públicos ignora dimensiones mucho más profundas del desarrollo democrático y la igualdad.
En Europa, principalmente en Suecia, existe un sistema de cuidados que brinda una licencia parental, con 480 días de licencia pagada para la pareja, 90 días forzosos para cada uno y 300 días más flexibles para que el padre o la madre realicen labores de cuidado. En México, las licencias de paternidad son solo de 5 días para el padre, mientras que la madre, además de recuperarse del parto, sigue atendiendo las labores del hogar y tiene una licencia de 84 días.
Mientras que en España está legalizada la licencia por dolor menstrual severo pagado por la seguridad social, en México ni siquiera existen productos gratuitos para una menstruación digna. Mientras que en Francia y Reino Unido existe una estricta revisión de cesáreas innecesarias y controles de bienestar maternos, en México, según datos de la ENDIREH 2021, el 31 % de las mujeres que han dado a luz han sido víctimas de violencia obstétrica.
La lista podría ser más grande, pero quizás el factor principal que distingue a los países de la Unión Europea es que su principal enfoque no está en la violencia mortal sistemática hacia las mujeres. En 2025, en España hubo 49 decesos de mujeres a manos de sus parejas; en Reino Unido, un aproximado de 80 al año; en Suecia, 25. En México, 5 mil mujeres fueron asesinadas ese mismo año: más de 10 mujeres cada día. De ellas, solo 597 casos fueron tipificados como feminicidio y solo 2 de cada 10 tienen un seguimiento puntual.
La igualdad sustantiva implica modificar estructuras históricas de poder, no solamente redistribuir espacios políticos. México ha avanzado en representación, pero aún está lejos de convertir esa presencia en cambios estructurales y sostenibles para las mujeres. Cantidad no es calidad. Oportunidad política no es capacidad institucional. Y representatividad no necesariamente significa transformación real. Celebrar la paridad sin reconocer sus límites puede convertirse en un ejercicio de triunfalismo político que invisibiliza las enormes tareas pendientes para construir un país verdaderamente igualitario.

La nueva desigualdad: de la brecha digital a la brecha cognitiva
Conrrado Navarrete / Durante años, México discutió la desigualdad digital desde el acceso: quién tenía internet y quién no. Hoy esa discusión se ha quedado corta. La nueva desigualdad ya no está únicamente en la conexión, sino en la capacidad de comprender, cuestionar y reflexionar la información que consumimos todos los días. Porque actualmente el problema no es que la gente no tenga información. El problema es que gran parte de la sociedad ya no sabe qué hacer con ella. Vivimos hiperconecta
Conrrado Navarrete
/ Durante años, México discutió la desigualdad digital desde el acceso: quién tenía internet y quién no. Hoy esa discusión se ha quedado corta. La nueva desigualdad ya no está únicamente en la conexión, sino en la capacidad de comprender, cuestionar y reflexionar la información que consumimos todos los días.
Porque actualmente el problema no es que la gente no tenga información. El problema es que gran parte de la sociedad ya no sabe qué hacer con ella.
Vivimos hiperconectados, pero cada vez somos menos autocríticos.
El internet y las redes sociales dejaron de ser solo espacios de entretenimiento; hoy moldean percepciones y emociones sin que lo notemos. Muchas veces creemos que las decisiones son completamente nuestras, cuando en realidad fueron empujadas por tendencias, campañas digitales o contenidos diseñados específicamente para captar atención y generar reacción. Nos acostumbramos a consumir contenido rápido, titulares amarillistas y opiniones empaquetadas en videos de 30 segundos.
Y eso es grave.
En México, millones de personas toman decisiones basadas en desinformación, contenido manipulado o narrativas simplificadas. Desde qué comprar hasta por quién votar. El algoritmo ya no solo recomienda música o series; también influye en nuestra visión del mundo. Podemos decir que nos están diciendo qué pensar y que decidir.
La falta de pensamiento crítico está convirtiéndose en una crisis silenciosa. Según el INEGI, más del 90% de los usuarios de internet en México utilizan redes sociales, pero diversos estudios muestran que la capacidad de verificar información o identificar noticias falsas sigue siendo baja, especialmente entre jóvenes expuestos a sobreinformación constante.
La consecuencia es evidente: personas que leen únicamente encabezados, comparten información sin verificar y construyen opiniones desde la emoción inmediata, no desde la reflexión.
Durante años se creyó que ampliar la cobertura digital resolvería la desigualdad de acceso. Pero hoy vemos que dos personas pueden tener el mismo acceso a internet y vivir realidades completamente distintas: una utiliza la tecnología para aprender, investigar y cuestionar; otra queda atrapada en un consumo pasivo de información superficial.
Ahí nace la brecha cognitiva.
Y la inteligencia artificial está acelerando aún más este fenómeno. Herramientas como ChatGPT pueden potenciar el aprendizaje, pero también pueden profundizar la dependencia intelectual si se usan sin criterio. Muchos estudiantes ya no investigan ni analizan; simplemente piden respuestas inmediatas.
Estamos formando generaciones acostumbradas a obtener resultados rápidos, pero no necesariamente a pensar.
En una sociedad saturada de estímulos, detenerse a reflexionar parece ir contra la lógica del mundo digital. Los algoritmos premian la velocidad, la polarización y el impacto emocional. Pensar críticamente requiere exactamente lo contrario: tiempo, duda y análisis.
Por eso la nueva desigualdad será mucho más peligrosa que la falta de acceso a internet. Porque una sociedad que pierde la capacidad de cuestionar también pierde la capacidad de decidir libremente.
Y cuando dejamos de reflexionar, alguien más empieza a pensar y decidir por nosotros.

Avances en el proceso de reforma de Naciones Unidas
María Angélica Arce Mora / Hace unos días se dio a conocer el informe del Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Gutérres, sobre los avances registrados en el proceso de reforma conocido como Iniciativa UN80 iniciado en marzo de 2025, siguiendo el camino trazado por la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y el Pacto para el Futuro. Las reuniones periódicas de negociación entre los 193 Estados miembros sobre las medidas que deberán adoptarse para reformar a la ONU son una evidencia
María Angélica Arce Mora
/ Hace unos días se dio a conocer el informe del Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Gutérres, sobre los avances registrados en el proceso de reforma conocido como Iniciativa UN80 iniciado en marzo de 2025, siguiendo el camino trazado por la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y el Pacto para el Futuro. Las reuniones periódicas de negociación entre los 193 Estados miembros sobre las medidas que deberán adoptarse para reformar a la ONU son una evidencia de la voluntad política de la gran mayoría para apoyar al multilateralismo y al funcionamiento de la organización basado en sus tres pilares principales: paz y seguridad internacional, cooperación internacional para el desarrollo y derechos humanos.
Las dificultades derivadas de las tensiones geopolíticas entre los principales actores en el ámbito internacional, la reducción de los recursos presupuestales para la ejecución de los mandatos otorgados a la ONU y las decisiones unilaterales que afectan el cumplimiento de las normas del Derecho Internacional son elementos que han contribuido, entre otros, a un incremento de las necesidades de financiamiento para atender las urgentes peticiones de asistencia humanitaria a poblaciones afectadas por situaciones de conflicto, y a la búsqueda de soluciones alternas para hacer frente a la disminución del 23% en asistencia internacional registrada entre 2024 y 2025.
No obstante lo anterior, en el citado informe se presentan los avances en lo que se conoce como “flujos de trabajo” que abarcan tres rubros principales de cuestiones por atender: en primer lugar, las acciones tomadas por el Secretario General para reducir y eliminar la fragmentación y duplicación de funciones, procesos y actividades, con un mejor uso de los recursos humanos y financieros disponibles. Resalta la reducción del 21% del personal de la ONU en el presupuesto adoptado para 2026. El objetivo es contar con un sistema más coherente, más útil y mejor preparado para cumplir con los mandatos aprobados por la membresía.
En segundo lugar se encuentran los cuatro mil mandatos activos, derivados de resoluciones y decisiones adoptadas por la Asamblea General, el Consejo de Seguridad o el Consejo Económico y Social, entre otros órganos principales, de un total de aproximadamente cuarenta mil adoptadas desde 1945, según datos del informe citado.
Para avanzar en este rubro, se tiene presente lo acordado en la Asamblea General, el 31 de marzo pasado, con la resolución A/RES/80/251 (adoptada con 168 votos a favor, incluido México; ninguna abstención; y 4 votos en contra de Belarús, Corea del Norte, Nicaragua y Rusia) que incluye un examen de los mandatos nuevos y renovados respecto a su duración y financiamiento. Además, se pide el apoyo del Secretariado de Naciones Unidas para la realización de exámenes colectivos de la aplicación de los mandatos, así como mejorar las funciones del Registro de Mandatos para facilitar la adopción de decisiones durante el ciclo de vida de los mismos. En este orden de ideas, es crucial la labor del Grupo de Trabajo Ad Hoc (abierto a toda la membresía) sobre el Examen de la Aplicación de los Mandatos cuyas funciones concluirán el 30 de abril de 2027.
Por último, en el tercer rubro se abordan los cambios estructurales para hacer un uso más eficiente de los recursos presupuestales asignados a labores de asistencia humanitaria. El informe del Secretario General menciona que se han iniciado nuevas acciones de coordinación y concentración de esfuerzos en cinco áreas afectadas por situaciones de conflicto: Afganistán, Haití, los territorios ocupados de Palestina, Somalia y Sudán. Se espera la eliminación de duplicaciones, un mejor uso de las cadenas de suministro para atender a las poblaciones afectadas, aumentar la coordinación y eficiencia entre las diferentes agencias del sistema de Naciones Unidas, así como reducir la fragmentación en el uso de bases de datos.
Quedan temas importantes por discutir entre los Estados miembros tales como el funcionamiento de las operaciones de mantenimiento de la paz, la fusión de órganos, agencias o programas con temas en común (igualdad de género, derechos de la mujer, niñas y jóvenes, entre otros), las funciones de los Coordinadores Residentes de la ONU en diversos países, así como las plataformas digitales para tener acceso a las bases de datos del sistema de agencias de Naciones Unidas. Estas negociaciones continuarán durante el presente año y se espera que antes del inicio de funciones del nuevo/a Secretario/a General de la ONU se vuelva a informar a los Estados miembros sobre los avances en este proceso de reforma tan necesario para el fortalecimiento del sistema multilateral.

La África que no nos contaron
Anna Karla Uribe Escalante / Durante décadas, Occidente aprendió a imaginar África como una postal. La sabana infinita, el atardecer naranja, los animales majestuosos y una mujer blanca que descubre su destino en un paisaje que nunca termina de pertenecerle. Memorias de África, primero novela de Karen Blixen y después película de Sydney Pollack, no inventó esa mirada, pero la volvió inolvidable. La película consolidó una forma de ver al continente como escenario de una historia europea. África
Anna Karla Uribe Escalante
/ Durante décadas, Occidente aprendió a imaginar África como una postal. La sabana infinita, el atardecer naranja, los animales majestuosos y una mujer blanca que descubre su destino en un paisaje que nunca termina de pertenecerle. Memorias de África, primero novela de Karen Blixen y después película de Sydney Pollack, no inventó esa mirada, pero la volvió inolvidable.
La película consolidó una forma de ver al continente como escenario de una historia europea. África aparecía bella, inmensa, disponible, muda. Esa mirada todavía pesa cuando se reduce al continente a pobreza, guerra, selva, hambre, tribus, enfermedad o ayuda humanitaria. Duele cuando se habla de África como si fuera un país y no un sistema de mundos con más de mil 500 millones de habitantes.
Por eso importa volver a África después del 25 de mayo, Día de África. La fecha recuerda la fundación, en Addis Abeba, de la Organización para la Unidad Africana en 1963, antecedente de la actual Unión Africana integrada por 55 Estados miembros. Aquel acto condensó una exigencia profunda; África debía dejar de ser repartida, administrada y narrada desde fuera. Debía recuperar el derecho a decirse a sí misma. El escritor Alex Perry lo formula con crudeza en La gran grieta. El despertar de África, al advertir que defender África ha terminado demasiadas veces en hablar por África y decidir cuáles son sus intereses.
Ese reclamo sigue abierto. En la Conferencia de Berlín de 1884 y 1885, las potencias europeas trazaron buena parte del mapa africano sin presencia africana. Primero se dibujó la frontera y después se obligó a los pueblos a vivir dentro de ella. Europa no solo controló territorio. También controló espacio, lenguaje, memoria y mirada. Nombró a África como atraso para justificar el saqueo. Inventó jerarquías raciales para convertir cuerpos en mercancía. Hizo de la palabra “negro” una categoría útil para borrar pueblos, lenguas, culturas e historias.
Chimamanda Ngozi Adichie lo ha explicado al hablar del peligro de la historia única. El problema del estereotipo no siempre es que sea falso, sino que está incompleto. África tiene pobreza, guerras y crisis humanitarias. Negarlo sería irresponsable. Pero África no es solo eso. También es el continente más joven del planeta. Cerca de 60% de su población tiene menos de 25 años. Para 2050, podría alcanzar 2 mil 500 millones de habitantes. Esa juventud no es una amenaza demográfica. Es una potencia humana, cultural, laboral y política.
La África que no nos contaron también es Lagos, Nairobi, Johannesburgo, Dakar, Kigali y Accra. Es innovación tecnológica, telemedicina, Inteligencia Artificial aplicada a problemas concretos, emprendimiento popular y creatividad como supervivencia. Es Nollywood, una de las industrias cinematográficas más grandes del mundo por volumen de producción. Es Afrobeat, Amapiano, literatura, moda, ciencia, diseño, agricultura, diásporas, memoria y futuro.
También es clave para la transición energética. En su territorio se concentran minerales estratégicos como cobalto, litio, manganeso, uranio, coltán y grafito natural, indispensables para baterías, tecnologías digitales y energías renovables. Además, posee tierra cultivable, biodiversidad y ecosistemas fundamentales para la estabilidad climática global. La pregunta ya no es si África importa. La pregunta es quién decidirá sobre esa importancia. Sus pueblos o los viejos y nuevos poderes que vuelven a verla como botín.
Desde México, mirar África no debería ser un gesto distante. Nuestra América conoce bien esa historia. También hemos vivido el mapa impuesto, el extractivismo, el racismo, la deuda, la promesa incumplida del desarrollo y la costumbre de que otros nos expliquen quiénes somos. Por eso, hablar de África desde el sur no puede repetir la lástima del norte. Tiene que ser un acto de reconocimiento político.
África no pide caridad. Pide agencia. No pide ser salvada. Exige ser escuchada. No es una postal de sufrimiento ni una reserva de recursos para la comodidad de otros. Es pensamiento, juventud, literatura, cine, música, ciencia, emprendimiento, memoria y disputa geopolítica. También es una advertencia para el mundo. No habrá transición energética justa si se reproduce el colonialismo con paneles solares, autos eléctricos y lenguaje verde.
Durante siglos se preguntó qué haría el mundo con África. La pregunta correcta es otra. Qué hará el mundo cuando África hable con voz propia. Desde México, desde Nuestra América, la respuesta debería ser clara. Escuchar, aprender y caminar de sur a sur.

Las rutas (in)visibles que perpetúan el oro ilícito
Fernanda Ríos Herrera / El oro ilícito se ha consolidado como pilar financiero del crimen organizado transnacional en América Latina, superando incluso a mercados tradicionales como el narcotráfico y el tráfico de personas. Detrás de esta economía criminal existe un componente menos visible pero igualmente importante: el tráfico de insumos químicos esenciales para la extracción del oro, en particular el mercurio. Este fenómeno responde a varios factores. La concentración importante de depósit
Fernanda Ríos Herrera
/ El oro ilícito se ha consolidado como pilar financiero del crimen organizado transnacional en América Latina, superando incluso a mercados tradicionales como el narcotráfico y el tráfico de personas. Detrás de esta economía criminal existe un componente menos visible pero igualmente importante: el tráfico de insumos químicos esenciales para la extracción del oro, en particular el mercurio.
Este fenómeno responde a varios factores. La concentración importante de depósitos del mineral, aunado con el alza sostenida de su precio, impulsada por la incertidumbre geopolítica ha incrementado su atractivo. A ello se suma el endurecimiento de las políticas contra la migración irregular y las drogas, lo que ha llevado a organizaciones criminales a diversificar sus fuentes de ingreso hacia actividades con altos rendimientos y menor riesgo relativos. En este contexto, el oro ilícito se ha posicionado como una alternativa estratégica, impulsado por el suministro de mercurio y cianuro.
El mercurio ocupa un lugar central en la minería artesanal y de pequeña escala, donde permite separar el oro de otros sedimentos. Esta dependencia ha generado un mercado ilícito lucrativo en torno a su producción y contrabando. A pesar de mecanismos internacionales como la Convención de Minamata de 2013, la demanda de mercurio ha crecido junto con la expansión de la minería ilícita de oro.
Los carteles mexicanos han identificado el control de precursores químicos como una oportunidad clave. Históricamente, México ha sido uno de los principales productores y proveedores de mercurio a nivel global. En años recientes, esta posición ha sido explotada por organizaciones criminales para consolidar su presencia en zonas de extracción y rutas de contrabando. El Cartel Jalisco Nueva Generación ha logrado controlar algunas de las principales minas de mercurio, mientras que el Cártel de Sinaloa ha expandido su influencia hacia el comercio de otros insumos como el cianuro, usado en operaciones de mayor escala.
El destino y uso principal de estos químicos es la minería ilícita en Sudamérica, especialmente en la Amazonia. El uso de mercurio en la minería ilícita de oro genera graves impactos: contaminación en ríos y suelo y riesgos para la salud humana, particularmente para comunidades indígenas y poblaciones cercanas a zonas mineras. Además, estas actividades intensifican la deforestación, la ocupación ilegal de territorios y la proliferación de economías criminales asociadas como el lavado de dinero, explotación sexual y abuso sistemático.
El tráfico de mercurio no es un fenómeno aislado, sino un componente esencial del crimen organizado en América Latina. La capacidad de los cárteles para integrarse a este mercado refleja no solo su adaptabilidad, sino su creciente internacionalización. No basta con combatir la minería ilícita en el sitio de extracción, sino también intervenir los mercados de los precursores que sostienen estas actividades.

La democracia que ya no emociona
José Antonio Reyes / Hay algo extraño ocurriendo en América Latina. Todo parece indicar que la democracia sigue viva, pero cada vez más gente la mira con el cansancio con el que se mira una fila interminable en una oficina pública, bajo un foco parpadeante y un ventilador que apenas mueve el aire. Nadie necesariamente quiere destruirla. Simplemente dejaron de esperar demasiado de ella. El nuevo Informe del PNUD (2026), Democracias bajo presión: Reimaginar los futuros de la democracia y el des
José Antonio Reyes
/ Hay algo extraño ocurriendo en América Latina. Todo parece indicar que la democracia sigue viva, pero cada vez más gente la mira con el cansancio con el que se mira una fila interminable en una oficina pública, bajo un foco parpadeante y un ventilador que apenas mueve el aire. Nadie necesariamente quiere destruirla. Simplemente dejaron de esperar demasiado de ella.
El nuevo Informe del PNUD (2026), Democracias bajo presión: Reimaginar los futuros de la democracia y el desarrollo en América Latina y el Caribe describe esa sensación con bastante claridad. América Latina sigue siendo la región en desarrollo más democrática del mundo, pero también una región profundamente frustrada con el funcionamiento de sus instituciones. Más del 70% de las personas percibe que los gobiernos responden a intereses particulares y no al ciudadano común. La democracia permanece, sí, pero muchas veces como un cascarón fatigado que organiza elecciones mientras pierde capacidad para resolver la vida cotidiana.
Y en esa grieta aparece algo peligroso. Ahora que medio planeta empieza a hablar en clave de Mundial, quizá la metáfora futbolera viene sola: nos estamos acostumbrando a políticos que juegan con las reglas democráticas como quien juega fútbol callejero, moviendo la portería cuando el partido no les favorece. El fenómeno no es exclusivo de América Latina. Estados Unidos normalizó durante años un lenguaje político que antes habría escandalizado incluso a sectores conservadores. Rusia convirtió el cinismo en método de gobierno. China ofrece al mundo una mezcla incómoda de eficiencia tecnológica y control político que seduce a gobiernos cansados de la lentitud democrática. Poco a poco, la idea de que “las democracias son demasiado torpes para resolver problemas” empieza a sonar razonable para mucha gente.
Ese clima global también se siente en México. Se escucha en conversaciones de sobremesa que terminan tensas antes del café, en grupos familiares de WhatsApp donde cualquier discusión política acaba pareciendo una pequeña guerra civil doméstica, y en esa irritación permanente que invade redes sociales de madrugada, cuando alguien todavía sigue peleándose con desconocidos a las dos de la mañana. El informe del PNUD identifica precisamente esas presiones: polarización, desinformación digital, debilitamiento de partidos, desconfianza institucional y expansión del crimen organizado. El problema es que ninguno de esos fenómenos llega solo. Se mezclan, se alimentan y terminan desgastando la capacidad de las democracias para procesar el conflicto sin romperse.
México ocupa una posición peculiar dentro de ese tablero. Mientras buena parte de América Latina alterna entre gobiernos atrapados en crisis permanentes, presidentes desaforados o sistemas políticos que sobreviven apenas administrando desgaste, el país todavía conserva algo cada vez menos frecuente en la región: legitimidad electoral, peso geopolítico y margen de maniobra frente a presiones externas. En medio del ruido continental, resulta llamativo que un gobierno identificado con posiciones de izquierda haya logrado navegar las embestidas de Washington con más pragmatismo que ruptura, evitando tanto la subordinación automática como la confrontación estéril. Pero ese equilibrio depende de una estabilidad que no necesariamente está garantizada para siempre.
Y ahí aparece la contradicción incómoda. Mientras México gana relevancia internacional y es observado con cautela desde Washington, Pekín o Bruselas, hacia dentro se ha instalado una disputa constante sobre la legitimidad del propio proyecto político. Los programas sociales son quizá el mejor ejemplo. Para millones representan una red mínima de dignidad: el dinero para medicamentos, la transferencia que evita que el refrigerador quede vacío el día 25 del mes. Para otros son mecanismos clientelares diseñados para concentrar poder político. Y quizá el problema más mexicano de todos es que intentar decir que ambas percepciones pueden convivir suele bastar para que alguien quiera aventarte una silla virtual en cualquier plataforma de redes sociales.
El problema es que la región lleva años atrapada en discusiones binarias. Democracia o autoritarismo. Mercado o Estado. Pueblo o élite. El informe insiste en algo más útil: la democracia no sobrevive sola. Necesita resultados concretos. Necesita seguridad, movilidad social, instituciones funcionales y un Estado capaz de hacer cumplir reglas incluso donde mandan economías cooptadas por elites o por criminales, o por elites criminales. Cuando eso falla, la gente empieza a aceptar soluciones rápidas, aunque vengan envueltas en discursos agresivos o líderes que desprecian límites institucionales.
Y aquí aparece una de las preguntas más delicadas para México. ¿Puede construirse un Estado más fuerte sin caer en tentaciones hipercentralizadoras? Porque América Latina tiene memoria. Sabe cómo empiezan algunos proyectos políticos que prometen eficacia absoluta. Empiezan arreglando carreteras, disciplinando burocracias y hablando en nombre del pueblo. Después vienen los ataques a órganos autónomos, la presión sobre la prensa y la idea de que disentir es casi una traición moral.
El informe del PNUD propone renovar la democracia, no reemplazarla. Suena obvio, pero no lo es. Renovarla implica reconstruir confianza en partidos políticos que hoy parecen marcas vacías; regular ecosistemas digitales que convierten la mentira en espectáculo rentable; reducir desigualdades que vuelven abstracta cualquier conversación sobre libertades; y recuperar la capacidad del Estado para garantizar seguridad sin militarizar indefinidamente la vida pública.
¿Puede México hacerlo? Tal vez parcialmente. Tiene capacidades institucionales más robustas que muchos vecinos y una posición económica estratégica difícil de ignorar. Pero también carga con un desgaste social profundo. Basta recorrer ciertas carreteras del país al anochecer para entender que hay regiones donde el Estado aparece solo en campañas electorales o retenes militares.
Quizá la gran advertencia del informe es otra: las democracias no suelen morir de golpe. Se vacían lentamente. Primero dejan de entusiasmar. Luego dejan de resolver. Después la gente empieza a pensar que cualquier cosa podría funcionar mejor, especialmente en un mundo donde la discordia política, el desprecio por las instituciones y la promesa del “hombre fuerte” se exportan con la misma facilidad que las series de Netflix. Y cuando eso ocurre, incluso las sociedades más democráticas pueden terminar extrañando aquello que dejaron deteriorarse entre gritos, memes y cansancio.

El encargo más difícil del planeta
Fernando de la Mora Salcedo / El periodo de António Guterres como secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) culminará a finales de este año. Michelle Bachelet, Rebeca Grynspan, Ma. Fernanda Espinosa, Mariano Grossi y Macky Sall se encuentran en la contienda para encabezar la ONU en medio de la peor crisis en su historia. En primera instancia, enfrenta una crisis de liquidez ante la falta de pagos de sus mayores contribuyentes. Se trata de una reducción en el presupuest
Fernando de la Mora Salcedo
/ El periodo de António Guterres como secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) culminará a finales de este año. Michelle Bachelet, Rebeca Grynspan, Ma. Fernanda Espinosa, Mariano Grossi y Macky Sall se encuentran en la contienda para encabezar la ONU en medio de la peor crisis en su historia.
En primera instancia, enfrenta una crisis de liquidez ante la falta de pagos de sus mayores contribuyentes. Se trata de una reducción en el presupuesto regular de 7.1%. La ONU ya ha eliminado 2,900 puestos y ha trasladado al menos a otros 700 de Nueva York y Ginebra a sedes con menores costos, como Nairobi. Los recortes se dan al tiempo que la ONU es llamada a instrumentar más de 40 mil proyectos mandatados.
A su vez, quien lidere el secretariado dará la cara ante una crisis de legitimidad. La conflictividad ha aumentado en el mundo, mientras que el Consejo de Seguridad, órgano garante de la paz y seguridad internacionales, permanece dividido y —en casos apremiantes— paralizado por las tensiones geopolíticas. Esta situación alimenta la incertidumbre en torno al orden internacional basado en reglas, al registrarse una mayor inversión en capacidades militares, en detrimento de la asistencia humanitaria y el apoyo al desarrollo.
Los pasados 20 y 21 de abril, las entonces cuatro personas aspirantes al puesto participaron en una de las entrevistas de trabajo más difíciles del mundo. Ante los 193 Estados miembros de la Asamblea General y una nutrida participación de sociedad civil, expusieron sus visiones y contestaron preguntas sobre sus proyectos. En todos los casos, reconocieron que el reto por delante es mayúsculo.
Más allá de generar simpatías entre los 193 miembros de la Asamblea General, la persona candidata tiene que obtener la no objeción de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Es decir, hay que entusiasmar a 188 capitales, pero no tanto como para incomodar o cruzar alguna línea roja de las otras 5, resultando en un veto a su candidatura.
El proceso se vislumbra complejo, y lo es. Pero el verdadero reto para la persona encargada del secretariado comenzará cuando asuma funciones en enero. La ONU no es una empresa donde el CEO pueda tomar decisiones y dar dirección estratégica libremente. En todo momento debe contar con el apoyo de los Estados miembros para poder materializar los proyectos más grandes. La labor comienza por ganarse la confianza. Y la confianza se gana a pulso, con resultados.
Quien encabece la ONU deberá tener una presencia constante en el terreno. Habrá de relacionarse con todos los actores en un número creciente de conflictos. Incluso cuando haya una parálisis en el Consejo de Seguridad, su trabajo sine qua non será asegurar un diálogo permanente y fluido. A su vez, tendrá que fungir como recaudador de fondos y exigir el pago de las cuotas a los Estados miembros. Será quizás, la primera persona titular de la ONU que opere bajo un esquema de austeridad republicana.
Si algo quedó claro de los diálogos interactivos celebrados el mes pasado, es que todas y todos los candidatos reconocen la magnitud del reto por delante. Quien ocupe la secretaría general de la ONU tendrá una enorme responsabilidad —no solo de hacer más con menos— sino de demostrar, por la vía de los hechos, que el multilateralismo y la solución pacífica de las controversias son la mejor vía para atender los desafíos comunes.

La política migratoria de Donald Trump
Manuel Garcia y Griego / La política migratoria de Donald Trump durante su segundo periodo de gobierno puede criticarse desde muchos ángulos por ser exagerada, violenta, cruel, y autoritaria. No obstante, debemos reconocer que la Casa Blanca ha logrado algunos de sus objetivos. Se han detenido los cruces por la frontera con México. Se ha provocado un gran terror entre migrantes en muchas ciudades y, así, alentado el regreso de miles de migrantes por cuenta propia a sus países de origen. Est
Manuel Garcia y Griego
/ La política migratoria de Donald Trump durante su segundo periodo de gobierno puede criticarse desde muchos ángulos por ser exagerada, violenta, cruel, y autoritaria.
No obstante, debemos reconocer que la Casa Blanca ha logrado algunos de sus objetivos. Se han detenido los cruces por la frontera con México. Se ha provocado un gran terror entre migrantes en muchas ciudades y, así, alentado el regreso de miles de migrantes por cuenta propia a sus países de origen.
Esto reduce el costo de detenerlos y expulsarlos. Se ha reducido a cero el flujo neto de inmigrantes. Pero antes que celebren estos resultados, los encargados de esta política de la Casa Blanca y del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) deben analizar las consecuencias económicas y políticas del mediano plazo.
Empecemos por las consecuencias económicas. Las deportaciones se vendieron en la campaña presidencial de 2024 apoyándose en dos supuestos falsos. Un supuesto afirmaba que por cada migrante deportado habría un nuevo empleo para un norteamericano. El segundo, que los extranjeros expulsados de Estados Unidos serían aquellos que hubiesen cometido delitos mayores. La creación de nuevos empleos ocupados por norteamericanos ha sido casi cero. La gran mayoría de las expulsiones ha sido de personas no criminales que llevaban bastante tiempo residiendo en sus comunidades, con todo lo que eso implica en términos de relaciones familiares y amigos vecinos.
Como resultado de la expulsión, de la detención o del regreso por cuenta propia de un sinnúmero de migrantes, algunos sectores –la agricultura, ciertos servicios, la construcción– han enfrentado serios problemas por falta de mano de obra. Por ello, algunos agricultores buscan el aumento de visas para trabajadores temporales. Han clausurado negocios de servicios en ciudades donde predominan trabajadores inmigrantes: por ejemplo, la tiendita de la esquina y el restaurante local. Las demoras y los costos de construcción han aumentado.
En gran parte, Trump ganó su reelección por la mayor proporción de votantes latinos convencidos que un hombre de negocios en el poder mejoraría las condiciones económicas y que las prometidas deportaciones afectarían a criminales, no a sus parientes ni a sus amigos vecinos. Esos votantes han cambiado de opinión, tanto por las medidas arancelarias de Trump que han elevado el costo de mercancías importadas, como por las violentas operaciones de deportación de migrantes sin antecedentes criminales. Por ello, los candidatos del partido demócrata cobran nueva vida en el sur de Texas. La muerte a balazos de dos norteamericanos por agentes del ICE en Minnesota despertó una fuerte reacción del público norteamericano. El resultado ha sido la jubilación del agente de la Border Patrol a cargo de la operación y el despido el mes pasado de la responsable del Departamento de Seguridad Nacional. El tema de la migración, que le había favorecido electoralmente en 2024, se ha convertido en lastre político para el partido republicano en 2026.
Trump y sus asesores se han dado cuenta que se les pasó la mano. Siguen las campañas de deportación, ahora sin invitar a reporteros para celebrar la noticia. Pero esto ha generado otro problema político inesperado. Los votantes republicanos MAGA (Make America Great Again), se acostumbraron a hacer la equivalencia entre deportaciones con mucha atención política en los medios de comunicación y el efectivo control de migración. Sospechosos de todo, algunos votantes MAGA protestan que Trump está dando marcha atrás. Presionan para regresar a la política migratoria anterior, y de no lograrse, señalan una menor participación en las elecciones de noviembre.
Como se observa, no es sencillo el tema de la política migratoria en Estados Unidos, incluso para el partido republicano. La política de alta violencia y amplia publicidad parecía asegurarle a Trump y a su partido el apoyo entusiasta de una facción importante de su partido. Pero esa política le ha costado cierto apoyo entre los nuevos votantes, latinos y otros. Y el intento de aminorar esfuerzos, pensando en el electorado general, complica el apoyo de algunos republicanos. La política migratoria de Trump, aparte de otras medidas poco populares, puede costarle al partido republicano, en las próximas elecciones de medio término, la actual mayoría que tiene en los escaños del congreso federal.
https://oem.com.mx/elsoldemexico/analisis/la-politica-migratoria-de-donald-trump-30068312
La NEM y la telesecundaria: miradas actuales
Fernando Abrego / El proyecto de la Nueva Escuela Mexicana (NEM) ha pasado ya el sexenio de prueba desde que el gobierno cuatroteista de López Obrador lo implementó, es más, ya tiene un período de vida extra con lo que va del gobierno de la presidenta Sheinbaum; sin embargo, las dudas de la aplicación de este modelo educativo siguen más vigentes que nunca, al menos en la telesecundaria. La mayoría de las escuelas telesecundarias del Valle de México han ido implementado a la NEM como el eje re
Fernando Abrego
/ El proyecto de la Nueva Escuela Mexicana (NEM) ha pasado ya el sexenio de prueba desde que el gobierno cuatroteista de López Obrador lo implementó, es más, ya tiene un período de vida extra con lo que va del gobierno de la presidenta Sheinbaum; sin embargo, las dudas de la aplicación de este modelo educativo siguen más vigentes que nunca, al menos en la telesecundaria.
La mayoría de las escuelas telesecundarias del Valle de México han ido implementado a la NEM como el eje rector del intento pedagógico y social que los gobiernos morenistas sugieren y que buscan poner a la comunidad al centro del aprendizaje. Empero, el problema viene cuando los actores involucrados en el modelo educativo no concretan los requerimientos y, lo que es peor, ni siquiera se mantienen en comunicación directa por la falta de interés de quienes les representan.
No me gustaría decir que no existe voluntad para hacer funcionar el modelo porque yo mismo formo parte de esos esfuerzos, pero sí es imperante subrayar que los intentos por concretarle no son suficientes aún, sobre todo porque, desde el magisterio, padecemos las ocurrencias de las autoridades educativas que, en la perspectiva de quien escribe estas líneas y de muchos que se lo han expresado directamente en las aulas y escuelas, no buscan la concreción de una política educativa funcional sino la aprobación de una política pública muy general que les mantenga donde están. Me explico.
En el Valle de México, los profesores, tenemos una fuerte carga de trabajo porque, además de ocuparse en las aulas todos los días con los rezagos académicos y pedagógicos presentados por el alumnado, se debe trabajar –al vapor– con las llamadas convocatorias, que son obligatorias, que se envían a las escuelas donde se pretende paliar y coadyuvar con el mejoramiento a los problemas sociales que se viven día a día debido a la descomposición social que el gobierno no ha sabido resolver desde hace décadas, donde, además, los responsables no solo son los que gobiernan hoy, sino los de ayer y antier también.
Ahora, no todo es malo pues las convocatorias para demostrar que en las telesecundarias se cuida el agua, se siembran árboles, se aman a los animales, se sabe inglés, se dibuja, se baila, se canta, se pinta y se escribe como marcan los cánones enviados desde la ONU a través de los fallidos Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS´s), además se ha creado algo que en este modelo se le conoce como Proyecto Integrador Comunitario (PIC) que tiene como objetivo coadyuvar al mejoramiento social y cultural de las comunidades, claro, aprovechando lo dicho en líneas anteriores con respecto a tener a la comunidad al centro del aprendizaje.
El PIC tiene la cualidad de ser diseñado y trabajado por los docentes de cada escuela de manera cuidadosa tomando en cuenta el diagnóstico real de las mismas, sin demeritar los argumentos de las autoridades educativas que hablan, proponen y ¡hasta evalúan! sin haber ido nunca a vivir una jornada escolar completa y real en un día cualquiera de un centro educativo.
En ese orden de ideas, la autonomía de las escuelas telesecundarias cobra relevancia pues la experiencia obtenida a partir de los años y años de trabajo de los docentes que conocen la realidad de la comunidad donde se labora ayuda a crear, planear y aplicar un proyecto que tiene muchas posibilidades de ser benéfico para los alumnos, en particular, y la comunidad, en general, lo cual ayudará, en caso de que se obtengan los resultados esperados, a concretar el proyecto educativo nacional cuatroteista.
El PIC está cuidadosamente pensado para diseñarse y trabajarse en cinco etapas a lo largo del ciclo escolar, desde la semana de inicio hasta la presentación final de actividades antes del fin de cursos, sin embargo, como todo proyecto, no se encuentra libre de modificaciones ni de errores que van surgiendo a través de su puesta en marcha.
El problema principal radica en que no existen espacios suficientes, dentro de la jornada laboral, para que los directivos y los docentes analicen su avance y verifiquen que lo planeado está funcionando. La visión es analizar el PIC a final de ciclo escolar y, entonces, evaluar su pertinencia. Una vez más, se trabaja sin avances verdaderos y solo para tapar hoyos que alguien más destapó por alguna ocurrencia que viene desde arriba.
¿Y los resultados? Lo más triste es que, al final, el ciclo de vida del modelo educativo y del propio PIC no dependerá de la libertad para evaluarles desde las aulas, las escuelas o las comunidades que, por cierto, son las tres etapas del propio PIC, ni de la mejora o posibles adecuaciones que se haga por parte de todos los involucrados a lo largo del ciclo escolar, sino de la continuidad política de nuestros gobernantes y de su clientelismo en el que participamos docentes, autoridades y padres y madres de familia.
Entonces, aunque los esfuerzos son evidentes en el modelo de telesecundaria y en la política educativa de la NEM, estos no serán medibles, comprobables y remediables si no existen dos escenarios paralelos que a continuación describo con la certeza de que no se van a cumplir por una u otra razón que no corresponden a quien escribe ni a quien lee estas líneas: a) que se regrese a la vida un órgano como el extinto INEE, como ya lo han dicho muchas voces como el propio Eduardo Backhoff y otros tantos ex miembros del mismo, para que evalúe y mida con neutralidad la política educativa nacional y b) que nuestro sistema educativo nacional sea un órgano descentralizado para que su actuar no dependa, como ya lo hace, de los caprichos políticos de quienes nos ha gobernado, nos gobiernan y nos gobernarán.
Mientras, el PIC será interrumpido en las telesecundarias del Estado de México para organizar un mundialito de futbol en cada escuela, claro, aprovechando que nuestro flamante secretario de Educación tuvo la ocurrencia de “convocarlo” con motivo de la copa mundial de futbol que se celebrará este verano en nuestro país. Luego, algo nuevo se les ocurrirá. Veremos.

Soberanía tecnológica en la era de la IA ¿Qué significa para LATAM?
Daniela Rojas Arroyo / Pocos conceptos han conquistado tan rápido la agenda tecnológica global como el de soberanía en la inteligencia artificial (IA). Aparece en planes nacionales, cumbres diplomáticas, foros internacionales y documentos de política pública con una frecuencia que sugiere consenso. Sin embargo, aunque para muchos gobiernos se ha convertido en un asunto de Estado, sigue sin existir acuerdo sobre qué significa realmente. El problema es que, pese a su popularidad, sigue siendo un
Daniela Rojas Arroyo
/ Pocos conceptos han conquistado tan rápido la agenda tecnológica global como el de soberanía en la inteligencia artificial (IA). Aparece en planes nacionales, cumbres diplomáticas, foros internacionales y documentos de política pública con una frecuencia que sugiere consenso. Sin embargo, aunque para muchos gobiernos se ha convertido en un asunto de Estado, sigue sin existir acuerdo sobre qué significa realmente.
El problema es que, pese a su popularidad, sigue siendo un concepto ambiguo. Suena muy bien en el discurso político, pero rara vez queda claro qué implica en la práctica. Parte de esta narrativa responde a una preocupación legítima sobre la creciente dependencia a un número reducido de proveedores, concentrados además en unos pocos países, y a la necesidad de reducir riesgos (ya bien documentados) sobre el desarrollo y uso de estos sistemas. Entonces, cuando hablamos de soberanía de la IA ¿de qué hablamos exactamente? ¿De desarrollar todas las capas de un sistema dentro del propio país? ¿De tener capacidad regulatoria y de gobernanza? ¿O simplemente de reducir la dependencia tecnológica de terceros?
Ante la falta de consenso cada país lo interpreta a su manera. En América Latina tenemos ejemplos ilustrativos. Chile le ha apostado al desarrollo de un modelo de lenguaje regional con “Latam-GPT”. La iniciativa busca construir una infraestructura capaz de reflejar las realidades, identidades y diversidades culturales de la región. Aunque es verdad que difícilmente competirá en escala o adopción con modelos globales como lo son ChatGPT, Claude o Deepseek, no hay que quitarle el crédito. Este tipo de iniciativas no solo buscan competir, buscan participar, desarrollar capacidades locales y reclamar un lugar dentro de la cadena de valor y de las conversaciones globales sobre IA.
Brasil, por su parte, se ha enfocado en la capacidad institucional y regulatoria. Su propuesta de regulación de IA guarda similitudes con el modelo de la Unión Europea, aunque incorpora diferencias importantes, particularmente en materia de flexibilidad, que reflejan un intento por equilibrar supervisión e innovación sin frenar la adopción tecnológica.
México parece avanzar en una dirección distinta, aunque complementaria. El reciente Plan Nacional de Inteligencia Artificial de la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones incorpora la soberanía tecnológica como uno de sus pilares estratégicos y la define como la capacidad de comprender, adoptar, auditar y orientar sistemas de IA. Más que apostar por una autosuficiencia tecnológica absoluta, el enfoque mexicano apunta hacia la construcción de capacidades de supervisión, adaptación y control sobre infraestructuras consideradas críticas.
A pesar de sus diferencias, estos enfoques presentan el mismo dilema de fondo: ¿cómo construir márgenes reales de autonomía en un ecosistema tecnológico profundamente interdependiente?
Ese es precisamente el reto estratégico que enfrenta la región. No se trata solo de decidir qué modelo adoptar, tampoco se trata de adoptar un concepto de autosuficiencia absoluta (siendo una meta poco realista) sino tener la capacidad de mantener cierto margen de control y toma de decisiones sobre el despliegue, uso y adopción de infraestructuras críticas de IA.
Dicho lo anterior, la soberanía en IA no se gana con un plan en papel, ni tampoco con narrativas vacías. Se construye en cada decisión sobre qué se regula, qué se financia, qué se audita y con quién se negocia. LATAM lleva décadas llegando tarde a las grandes transformaciones tecnológicas. Hoy todavía puede exigir un lugar en la mesa, pero para eso tendrá que entender que la soberanía tecnológica no consiste en hacerlo todo solo, sino en tener la capacidad de decidir sobre aquello de lo que inevitablemente dependemos.

La ONU y el reto de mediar la paz
Juan Ascencio Moctezuma / La ONU, como institución, enfrenta grandes retos para conservar su relevancia como actor clave en la prevención, manejo y resolución de conflictos. El contexto actual se caracteriza por la multiplicación de conflictos armados y por la proliferación de mecanismos de mediación con niveles diferenciados de relevancia política y efectividad. La acotación de la ONU “como institución” es clave. No se trata de una idea abstracta, sino de una estructura burocrática liderada
Juan Ascencio Moctezuma
/ La ONU, como institución, enfrenta grandes retos para conservar su relevancia como actor clave en la prevención, manejo y resolución de conflictos. El contexto actual se caracteriza por la multiplicación de conflictos armados y por la proliferación de mecanismos de mediación con niveles diferenciados de relevancia política y efectividad.
La acotación de la ONU “como institución” es clave. No se trata de una idea abstracta, sino de una estructura burocrática liderada por el Secretario General, en la que destaca el Departamento de Asuntos Políticos y Construcción de la Paz, que incluye a la Unidad de Apoyo a la Mediación.
Estas instancias realizan análisis de conflictos, alerta temprana y asesoría técnica a mediadores -generalmente enviados especiales- nombrados por el Secretario General o el Consejo de Seguridad. Sin embargo, su alcance está condicionado por el respaldo político y financiero de los Estados miembros.
En paralelo, se ha consolidado un verdadero “mercado de resolución de conflictos”, saturado y competitivo. Actores como Estados Unidos o coaliciones ad hoc intervienen con motivaciones claras y herramientas de presión directa. Sus procesos suelen ser rápidos y visibles, pero también responden a intereses geopolíticos específicos. El activismo de Washington en distintos conflictos ilustra esta lógica: capacidad de presión, acuerdos transaccionales y prioridad a resultados inmediatos.
A ello se suma el auge del mini-multilateralismo, es decir, coaliciones flexibles que operan fuera de marcos institucionales tradicionales. Estas fórmulas responden a la necesidad de rapidez y control político, pero también fragmentan los esfuerzos globales de mediación.
Frente a este panorama, la ONU enfrenta un problema estructural de recursos. Su financiamiento combina un presupuesto regular limitado con contribuciones voluntarias que sostienen buena parte de sus actividades de mediación. El fondo flexible destinado a estas tareas ronda los 30 a 40 millones de dólares anuales, con déficits cercanos al 30 por ciento. A esto se suman retrasos en el pago de cuotas y presiones políticas para reducir el gasto, que han derivado incluso en problemas de liquidez y recortes operativos.
El resultado es una paradoja: cuanto más complejos y numerosos son los conflictos, mayor es la demanda de la ONU, pero menor es el respaldo político y financiero que recibe para actuar. Se le exige resolver, pero no se le dota de las herramientas necesarias.
En este contexto, la relevancia de la ONU no radica en competir con mediadores estatales en poder político. Su ventaja comparativa es diseñar la arquitectura de la paz. Más que protagonizar iniciativas que acaparan reflectores, la ONU opera en el terreno menos visible pero decisivo: estructuración de procesos de negociación, redacción de acuerdos, diseño de arreglos de seguridad, apoyo constitucional e inclusión de actores marginados.
Es ahí donde su contribución resulta insustituible. La ONU no necesariamente cierra acuerdos, pero sí ayuda a que estos funcionen, se implementen y sobrevivan en el tiempo. En un entorno dominado por soluciones transaccionales, su capacidad técnica aporta sostenibilidad institucional.
La mediación internacional parece evolucionar hacia un modelo dual: los Estados negocian los términos políticos del acuerdo, mientras la ONU diseña su viabilidad. Este reparto de funciones no implica irrelevancia, sino reconfiguración.
De cara al futuro, el liderazgo de la Secretaria o Secretario General será determinante. Más que buscar protagonismo, deberá articular una división del trabajo clara con los Estados miembros y posicionar a la ONU como actor central en aquellos procesos donde se requiere neutralidad, legitimidad y capacidad técnica.
La ONU, como institución, no es irrelevante para la paz. Pero sigue atrapada en una brecha cada vez más difícil de sostener: se le exige más de lo que se le permite hacer. La próxima renovación de liderazgo abre una oportunidad real para romper esta inercia. De lo contrario, la comunidad internacional seguirá alimentando la paradoja de contar con una institución sobresaturada de demandas y expectativas, pero privada de los medios necesarios para cumplirlas.

Después de Bogotá: ¿puede la CELAC construir un futuro común?
Anna Karla Uribe / En la secuencia final de El gran dictador (1940), Charles Chaplin lanza una advertencia que hoy tiene una vigencia absoluta: "Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad". En un escenario global bajo el peso de conflictos armados y la erosión de las instituciones multilaterales, la integración regional ya no es un gesto diplomático; es la estrategia política para enfrentar la incertidumbre. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Cari
Anna Karla Uribe
/ En la secuencia final de El gran dictador (1940), Charles Chaplin lanza una advertencia que hoy tiene una vigencia absoluta: "Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad". En un escenario global bajo el peso de conflictos armados y la erosión de las instituciones multilaterales, la integración regional ya no es un gesto diplomático; es la estrategia política para enfrentar la incertidumbre.
La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) nació de la herencia del proyecto bolivariano de una Patria Grande. Es el espacio para que Nuestra América articule una voz propia ante los desafíos globales. Sin embargo, esa voz hoy es débil. Las derechas radicales ganan votantes y demuestran que el miedo comunica con más eficacia que la unión. Así se explica el desgaste de foros donde la fobia ideológica entre mandatarios bloquea acuerdos mínimos. La región requiere urgencias horizontales, como la infancia o una educación mínima común; temas con la fuerza para sentar a un neofascista y a un poblado indígena en la misma mesa por pura necesidad estratégica.
Pero esa mesa de diálogo es inútil si la ciudadanía ni siquiera sabe que existe. Aquí aparece el síntoma más grave: la desconexión con la calle. La X Cumbre de la CELAC, celebrada en marzo en Bogotá, fue un evento invisible para las mayorías. Su transmisión oficial apenas tuvo 3,572 visualizaciones en YouTube, cifra dramática frente a los más de 120 millones de personas que sintonizaron el Super Bowl. No es una comparación frívola; es la prueba de que la ciudadanía no percibe un impacto de estos foros en su cotidianidad. Sin una pedagogía que traduzca la integración al lenguaje cotidiano, la CELAC será un espacio sin sentido.
A pesar de esto, hubo destellos de lo posible. El foro CELAC-África y el mensaje de China sobre el futuro compartido recordaron que el poder se desplaza hacia el Sur Global. Gustavo Petro fue enfático: necesitamos una identidad propia ante el mundo, o seremos un eco de las narrativas de Washington. La representación de Santa Lucía aportó la pieza clave: enfrentamos una dependencia cognitiva silenciosa. Cuando sistemas externos definen qué conocimiento es válido, también dictan los marcos de nuestra acción. Validar el conocimiento en nuestros propios términos es el único camino hacia un futuro que sea, de verdad, nuestro.
La ausencia de los jefes de Estado en Bogotá es una señal de alerta: la integración no es prioridad en las agendas reales de poder. Sostener la unión en tiempos de guerra es un acto político radical. Es hora de un frente como Zona de Paz ante los profetas del rencor que incendian la convivencia con muros y exclusiones. Chaplin pedía mirar hacia arriba para encontrar la esperanza. El llamado hoy es el mismo. Si la palabra colectiva no recupera su peso frente al misil, el destino de la región quedará en manos de quienes redactan la historia en un idioma ajeno. La utopía de la unidad no es un sueño; es el único escudo contra la barbarie que acecha.

¡Georgia: librando una batalla silenciosa!
Bruno Balvanera / Georgia, la joya del Cáucaso del sur localizada estratégicamente en la ruta de la seda entre Europa y Asia, es el país de la ex Unión Soviética que a su disolución fue el más rápido en crear alianzas estratégicas tanto con Europa como con los Estados Unidos. ¡Georgia: librando una batalla silenciosa! - El Sol de México | Noticias, Deportes, Gossip, ColumnasEntérate de las noticias nacionales e internacionales que están cambiando al mundo; deportes, espectáculos, política, cul
Bruno Balvanera
/ Georgia, la joya del Cáucaso del sur localizada estratégicamente en la ruta de la seda entre Europa y Asia, es el país de la ex Unión Soviética que a su disolución fue el más rápido en crear alianzas estratégicas tanto con Europa como con los Estados Unidos.

México insiste en las reformas de la ONU
Juan Pablo Camarena / Históricamente, México ha defendido la existencia de un sistema internacional basado en reglas e instituciones que garanticen paz, seguridad y desarrollo en el mundo. Por ello, no es sorpresa que, mientras la Organización de las Naciones Unidas atraviesa su proceso de reformas más profundo desde su fundación, México esté en la batalla por el futuro de la organización. México insiste en las reformas de la ONUEste proceso surgió por la crisis financiera causada por la suspe
Juan Pablo Camarena
/ Históricamente, México ha defendido la existencia de un sistema internacional basado en reglas e instituciones que garanticen paz, seguridad y desarrollo en el mundo. Por ello, no es sorpresa que, mientras la Organización de las Naciones Unidas atraviesa su proceso de reformas más profundo desde su fundación, México esté en la batalla por el futuro de la organización.

Desafíos institucionales de la población afroestadounidense Retroceso en las políticas de equidad racial y erosión institucional
Jonathan Grabinsky / De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales Desde su llegada al poder en enero de 2025, el ejecutivo federal estadounidense ha emprendido un desmantelamiento sistemático de la arquitectura institucional democrática. La velocidad y la profundidad de estos cambios sugieren que, aun si en los próximos años se produjeran alternancias políticas, el daño podría ser irreversible. En el frente cultural, la ofensiva ha sido particularmente fero
Jonathan Grabinsky
/ De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales
Desde su llegada al poder en enero de 2025, el ejecutivo federal estadounidense ha emprendido un desmantelamiento sistemático de la arquitectura institucional democrática. La velocidad y la profundidad de estos cambios sugieren que, aun si en los próximos años se produjeran alternancias políticas, el daño podría ser irreversible. En el frente cultural, la ofensiva ha sido particularmente feroz: bajo la bandera de combatir la llamada “cultura woke” —un término tan estirado por sus críticos que ha quedado vacío de contenido— se han erosionado las iniciativas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) y diversas protecciones legales fundamentales para la población afroestadounidense, establecidas durante el gobierno de Lyndon B. Johnson y posteriormente reforzadas y ampliadas por gobiernos sucesivos. Se trata, en conjunto, de un retroceso profundo frente a décadas de avances orientados a desmontar la segregación racial, inscrita de manera estructural en el tejido social estadounidense desde su fundación.
La exclusión social y sus efectos en las comunidades afroestadounidenses
El racismo contra las poblaciones afroestadounidenses se entretejió durante siglos en las estructuras sociales y políticas del país. Como señala Annette Gordon-Reed en Foreign Affairs (vol., 97 núm. 1), la Constitución de 1787 contabilizó a las personas esclavizadas como tres quintas partes para efectos de representación en la Cámara de Representantes y postergó la discusión sobre la abolición del comercio de esclavos hasta 1808. Si bien las Enmiendas Constitucionales de la Reconstrucción, tras la Guerra Civil, abolieron formalmente la esclavitud y prohibieron la discriminación en el voto, la falta de mecanismos efectivos permitió la consolidación de la segregación durante la era Jim Crow. El bloqueo en el Congreso frenó los avances durante décadas, hasta la aprobación de las grandes leyes de derechos civiles durante el mandato de Johnson en la década de 1960, como documenta Robert Caro en Master of the Senate (2003). En paralelo, como ilustra Richard Rothstein en The Color of Law (2017), la segregación racial ha sido un factor angular en el desarrollo urbano a nivel nacional desde la Guerra Civil, codificada en el propio código genético de las ciudades mediante políticas públicas como la vivienda segregada y la zonificación excluyente.
Los efectos de este aparato de segregación se manifiestan en múltiples dimensiones. Un estudio de 2019 del Laboratorio de Oportunidades de la Universidad de Harvard analiza datos de casi toda la población entre 1989 y 2015, vinculando censos, impuestos y encuestas de hogares para seguir a 20 millones de niños nacidos entre 1978 y 1983. Los resultados muestran que en 99% de los barrios los niños afroestadounidenses tienen menores ingresos en la adultez que sus pares blancos, incluso cuando crecen en la misma calle, lo cual no se observa entre las niñas. Como ilustra la gráfica 1, esta desigualdad persiste por generaciones.
Gráfica 1: Ingresos de los hijos vs. ingresos de los padres, para hombres afroestadounidenses y blancos
Fuente: Chetty, R., Hendren, N, et al. Race and economic opportunity in the United States: An intergenerational perspective, Laboratorio de Oportunidades, 2018.
Nota: Las etiquetas de la figura se presentan en inglés para mantenerse fieles al artículo original. En la traducción al español, corresponden a lo siguiente: percentil promedio de ingreso individual de los hijos; percentiles de ingreso del hogar de los padres; blancos; negros, y hombres.
No obstante, aunque lejos de nivelar plenamente las oportunidades, se observan avances importantes en generaciones recientes. Un estudio posterior de 2024 del mismo Laboratorio de Oportunidades muestra que, entre quienes nacieron en 1992 y quienes nacieron en 1978, la diferencia en ingresos promedio entre hogares afroestadounidenses y blancos de bajos recursos se redujo 27%, de 12 994 a 9521 dólares. El estudio destaca que las mejoras en la movilidad económica están determinadas principalmente por las condiciones comunitarias —más que por características familiares individuales—, y subraya el papel central del capital social y de las interacciones comunitarias, incluidas las interraciales, en este proceso.
Dichas mejoras en las comunidades pueden vincularse con políticas con enfoque racial impulsadas en las últimas 3 décadas. Durante el gobierno de William Clinton, se reforzó la aplicación de normas antidiscriminatorias en programas federales, se redujeron las barreras al voto mediante la Ley Nacional de Registro de Votantes de 1993 y se implementó el programa de desegregación urbana Mudarse a la Oportunidad, con efectos positivos para las familias beneficiarias. Por su parte, durante el mandato de George W. Bush, aunque hubo retrocesos, como señala Goodwin Liu, la política educativa Que Ningún Niño se Quede Atrás impulsó avances al exigir la desagregación de datos por raza y la atención a las brechas en el desempeño académico entre las minorías y el alumnado en general. Aunque se opuso a la acción afirmativa en las admisiones, Bush instó a promover una mayor diversidad en la educación superior.
Con Barack Obama, como documenta Andra Gillespie, se incrementó el financiamiento de agencias clave en la lucha contra la discriminación laboral, y la División de Derechos Civiles del Departamento de Justicia amplió su personal. La promulgación de la Ley de Cuidado de Salud Asequible en 2009 resultó particularmente sensible a las vulnerabilidades de las personas afroestadounidenses, dado que cerca de 17% de ellas carecía de seguro médico en 2008. En 2014, Obama lanzó la iniciativa Hermanos Guardianes, orientada a mejorar las trayectorias de vida de jóvenes de minorías. Posteriormente, en 2021, el presidente Joseph R. Biden emitió la Orden Ejecutiva 13985 —Promoción de la Equidad Racial y Apoyo a las Comunidades Desatendidas a través del Gobierno Federal—, institucionalizando la incorporación de la equidad racial en la acción pública al exigir a las agencias federales que identifiquen y corrijan brechas en sus políticas y programas.
Los ataques contra el DEI
Avances de décadas en equidad de oportunidades se han revertido durante el actual gobierno de Donald Trump. Entre sus primeras medidas, se desmanteló la Orden Ejecutiva 13985 y eliminó iniciativas y criterios de DEI en el gobierno federal. Además, la mayoría conservadora en la Suprema Corte —consolidada durante su primer mandato— fue clave en el fallo de 2023 que prohibió la acción afirmativa en las admisiones universitarias. En este contexto, en 2025, el Departamento de Educación instruyó a las instituciones a evitar el uso indirecto de la raza y a no recurrir a terceros para eludir dichas prohibiciones, bajo el riesgo de perder el financiamiento federal. Asimismo, se anticipa una decisión que podría debilitar la sección 2 de la Ley de Derecho al Voto de 1965, revirtiendo décadas de jurisprudencia que han permitido considerar la raza en la delimitación de distritos para proteger la representación electoral de las poblaciones afroestadounidenses, históricamente vulnerada.
El racismo contra las poblaciones afroestadounidenses se entretejió durante siglos en las estructuras sociales y políticas del país.
Los efectos de las políticas lascivas en la educación superior ya resultan evidentes. Un estudio de 2026 de James S. Murphy, basado en más de 3000 instituciones, muestra que, tras la decisión de la Suprema Corte en 2023, la proporción de estudiantes afroestadounidenses de nuevo ingreso en centros selectivos disminuyó significativamente: 25.5% en las más selectivas (incluidas las Ivy League) y 16.3% en aquellas con tasas de admisión de hasta 25%. En paralelo, se observa un desplazamiento hacia instituciones menos selectivas —sin tasas de admisión—, donde la matrícula aumentó 14.2%. El Departamento de Educación también ha amenazado con recortar el financiamiento federal a varias universidades, algunas de las cuales han suscrito acuerdos —monetarios y no monetarios— con el gobierno federal.
Conclusión
En Estados Unidos, como señala Gordon-Reed, el racismo contra la población afroestadounidense se entretejió durante siglos en las estructuras sociales y políticas del país, configurando una sociedad basada en la segregación racial que comenzó a transformarse apenas en la década de 1960. Si bien desde entonces se han ampliado las oportunidades —especialmente en las últimas 3 décadas—, ese legado persiste y las brechas se manifiestan en casi todos los ámbitos.
Este reconocimiento histórico debería constituir el punto de partida para discutir los méritos de una política de DEI. Ello exige considerar tanto las posibles inequidades asociadas a políticas de acción afirmativa basadas en la raza como los riesgos de adoptar una retórica racial divisoria, así como explorar vías para avanzar en la desegregación urbana y ampliar el acceso a oportunidades sin que estas políticas se perciban como de “suma cero”, en las que el avance de unas poblaciones implique el retroceso de otras. Sin embargo, este tipo de análisis matizado dista mucho de la forma en que los ataques contra el DEI y la llamada “cultura woke” —conceptos elásticos, vaciados de contenido— han sido utilizados como herramientas políticas por el gobierno actual para promover una agenda que ignora e invisibiliza siglos de segregación racial y sus efectos acumulados sobre la distribución de oportunidades.
Participación en Foreign Affairs Latinoamérica

Cambio de era más allá de Alemania
En pocos países como en Alemania puede identificarse tan claramente un punto de inflexión política como el anunciado el 24 de febrero de 2022 por Olaf Scholz en su discurso sobre la Zeitenwende, (cambio de era), un día después de la invasión rusa a Ucrania. El entonces canciller --que no consiguió terminar su mandato conforme a lo establecido-- decretó ese cambio que su sucesor Friedrich Merz mantiene y profundiza. La transformación del país lo traslada de una “superpotencia del poder blando” o
En pocos países como en Alemania puede identificarse tan claramente un punto de inflexión política como el anunciado el 24 de febrero de 2022 por Olaf Scholz en su discurso sobre la Zeitenwende, (cambio de era), un día después de la invasión rusa a Ucrania. El entonces canciller --que no consiguió terminar su mandato conforme a lo establecido-- decretó ese cambio que su sucesor Friedrich Merz mantiene y profundiza. La transformación del país lo traslada de una “superpotencia del poder blando” o “potencia civil” a uno que privilegia el pragmatismo, con énfasis en la reactivación económica y fortalecimiento de sus capacidades militares.
El anuncio fue significativo, incluso más allá de sus fronteras, particularmente por lo que ha venido después: a la invasión rusa de Ucrania se han sumado factores que transforman a Alemania, al continente europeo (poniendo en juego a la Unión Europea) y al mundo en su conjunto. El segundo mandato de Donald Trump como presidente de Estados Unidos ha profundizado la incertidumbre. Las tensiones en la relación transatlántica, incluida la amenaza de anexión contra Groenlandia, han desestabilizado a Europa y reavivado el debate sobre su autonomía en materia de defensa, además de cuestionar la estabilidad e incluso continuidad de la OTAN.
Al ese escenario de por sí complejo se suma la desestabilización en Medio Oriente. La situación en Gaza, desencadenada por los ataques de Hamás en Israel en 2023; su consecuente escalada regional, y, desde este febrero, la decisión de Trump de intervenir en Irán sin el consenso con, apoyo de o aviso a sus socios transatlánticos ha generado diferencias evidentes entre los miembros de la UE, con consecuencias que se sufren globalmente. Alemania ha apostado por mantener una posición ambivalente: respaldo a sus aliados, insistiendo en la necesidad de evitar una escalada mayor y abogando por canales diplomáticos, pero buscando no romper su canal privilegiado con EE. UU. Entretanto, como el resto, se enfrenta a disrupciones en cadenas de suministro y la volatilidad de los precios energéticos. Todos estos factores han contribuido a la reconfiguración de rivalidades y alineamientos internacionales, al debilitamiento del multilateralismo y a la pérdida de la estabilidad y certidumbre que se atribuían al libre comercio.
Los últimos años han implicado cambios profundos en el sistema internacional que tendrán efectos duraderos. La Zeitenwende global no se gestó en febrero de 2022 ni fue decretada por Alemania, pero los cambios que vivimos no son --ni deben ser– ajenos a México. En el pasado, nuestro país ha sido capaz de marcar diferencias y defender su posición ante terceros. Eso no tiene que cambiar. Hacerlo exige un análisis fino y la formulación de estrategias y políticas de acercamiento con otros países que consideren las redefiniciones de nuestros socios más “naturales o históricos”.
Participación en El Economista

Noticias por todas partes
Yu Chen / Todos los días y a todas horas la información nos llega por todos lados, vivimos conectados a redes sociales como WhatsApp, TikTok, Instagram o X, y justo por eso estamos más expuestos que nunca a la desinformación, a esas noticias falsas que parecen ciertas pero que, si rascas un poco, descubriremos cuenta de que hay más fake news circulando en las redes de lo que pensamos. A este fenómeno se le llama falta de alfabetización mediática e informacional, un nombre larguísimo para algo
Yu Chen
/ Todos los días y a todas horas la información nos llega por todos lados, vivimos conectados a redes sociales como WhatsApp, TikTok, Instagram o X, y justo por eso estamos más expuestos que nunca a la desinformación, a esas noticias falsas que parecen ciertas pero que, si rascas un poco, descubriremos cuenta de que hay más fake news circulando en las redes de lo que pensamos.
A este fenómeno se le llama falta de alfabetización mediática e informacional, un nombre larguísimo para algo muy sencillo, que no sabemos distinguir lo real de lo falso en el mundo digital. Y no es culpa nuestra, porque nos enseñaron matemáticas, lengua, historia… pero nadie nos explicó cómo funciona un algoritmo, por qué una noticia se vuelve viral o cómo detectar una imagen hecha con inteligencia artificial.
Y ojo, que esto no es un problema menor, porque la desinformación ya no es solo que te creas que una celebridad ha fallecido, sino que ahora afecta a decisiones reales, tales como cuando una persona deja de vacunarse por las noticias falsas que circulan en cadenas de audio, ciudadanos que votan por algún político convencidos de datos falsos, o familias que pierden sus ahorros por una estafa bien contada en un grupo de Telegram.
Hablando de cifras, el impacto es enorme porque la desinformación le cuesta a la economía mundial casi 500 mil millones de dólares al año según la consultora Sopra Steria, y eso solo en pérdidas directas sin contar el daño social que genera.
Además, los deepfakes están empeorando todo porque cualquiera puede crear un discurso falso del presidente, una foto de una explosión que nunca ocurrió o un testimonio desgarrador de alguien que no existe. De hecho, Reporteros Sin Fronteras (RSF) documentó al menos cien periodistas víctimas de deepfakes en 27 países distintos entre diciembre de 2023 y diciembre de 2025.
Entonces, ¿Qué se debe hacer?
La solución no es volverse paranoico ni vivir con miedo, es aprender a dudar de forma inteligente, es como tener un radar interno que te avisa: “Oye, esto huele raro, mejor verificarlo antes de compartirlo”.
Hay trucos muy simples que se pueden aplicar:
- Revisar la fuente, ¿es un medio conocido? ¿tiene fecha? ¿el autor existe?
- Sospechar de los titulares muy fuertes o amarillistas, si algo te parece increíble quizá lo sea
- Buscar en Google una parte de la noticia entre comillas y verás si otros medios confiables la publicaron
- Fijarse en la calidad de la imagen, ¿tiene bordes raros? ¿las manos tienen seis dedos? eso delata mucho a la IA actual
- Por último, si no tiene certeza de si es verdad, mejor no compartir
En Finlandia, por ejemplo, llevan décadas enseñando a los niños a detectar las noticias falsas y les funciona porque son uno de los países europeos más resistentes a la desinformación, no porque sean más listos sino porque se les inculca la duda desde pequeños.
En el caso de México, se sigue pensando que esto es cosa de expertos o de periodistas, y no, la alfabetización mediática es tan básica hoy como aprender a leer y escribir, porque si no la enseñamos en colegios, institutos y también en casas se estará educando generaciones enteras que creerán cualquier cosa que vean en una pantalla.
En este orden de ideas, urge incorporar una asignatura, o al menos talleres o conferencias en las escuelas, sobre cómo funciona internet, qué son los algoritmos, por qué nos muestran ciertos contenidos y no otros, y cómo verificar la información. No es complicado ni requiere una reforma imposible; solo necesita voluntad política y entender que, hoy, saber navegar el mundo digital es tan básico como leer y escribir. Porque una sociedad que no sabe distinguir entre información y manipulación es también una sociedad más vulnerable.
Mientras tanto, se puede empezar por nosotros mismos, así que la próxima vez que le llegue un audio de alguna noticia escandalosa, una foto sospechosa o un mensaje que diga “comparte para que se sepa”, haz una pausa, respira y pregúntate: ¿esto es real? y si no lo sabes, no hay que compartirlo.
La alfabetización mediática e informacional no consiste solo en aprender a usar redes sociales o distinguir una noticia verdadera de una falsa. De acuerdo con la UNESCO, se trata de un conjunto de competencias y actitudes que permite a las personas acceder, evaluar, utilizar y también producir información de manera crítica y responsable, especialmente en entornos digitales. En otras palabras, no es un conocimiento accesorio, sino una habilidad básica para la vida contemporánea, porque ayuda a entender cómo circula la información, quién la produce, con qué intención y qué efectos puede tener en la sociedad.
Debe entenderse como una competencia ciudadana esencial, no limitada al consumo de noticias, sino orientada a formar personas capaces de pensar críticamente, contrastar fuentes y participar de manera responsable en la vida pública. En un entorno donde la desinformación circula con rapidez y los algoritmos condicionan buena parte de lo que vemos, esta formación deja de ser un complemento educativo y se convierte en una necesidad democrática.
Porque no se trata de no creer en nada, sino de creer mejor, ya que en la era digital la mejor defensa no es un antivirus, sino tu propio criterio.
Alguna vez, ¿usted compartió alguna noticia falsa?

Ucrania y el giro político en Hungría: un cambio real, con matices reales
José Joel Peña Llanes / La victoria de Péter Magyar en las elecciones parlamentarias del 12 de abril de 2026 no es un giro menor ni un simple cambio de tono: es una transformación política de primer orden. Con más de dos tercios del Parlamento bajo control del partido Tisza, Magyar obtiene una supermayoría que le permite gobernar sin coaliciones y, si lo considera necesario, modificar la propia Constitución húngara. La era Orbán, con todo lo que implicó para la política europea y para Ucrania e
José Joel Peña Llanes
/ La victoria de Péter Magyar en las elecciones parlamentarias del 12 de abril de 2026 no es un giro menor ni un simple cambio de tono: es una transformación política de primer orden. Con más de dos tercios del Parlamento bajo control del partido Tisza, Magyar obtiene una supermayoría que le permite gobernar sin coaliciones y, si lo considera necesario, modificar la propia Constitución húngara. La era Orbán, con todo lo que implicó para la política europea y para Ucrania en particular, ha sufrido una derrota contundente y ha entrado claramente en su fase final.
Para Ucrania, esto importa de manera directa. Durante años, Budapest fue uno de los principales focos de bloqueo dentro de la Unión Europea, con un gobierno dispuesto a utilizar el veto como instrumento de presión, frenar consensos sensibles y mantener vínculos incómodos con Moscú. Ese patrón ha quedado políticamente cuestionado y probablemente comenzará a revertirse. Magyar ha prometido una política exterior más alineada con la UE y la OTAN y ha planteado convocar un referéndum sobre el apoyo a la adhesión de Ucrania. Eso no elimina toda incertidumbre, pero sí revela una disposición política distinta a la de Orbán y un cambio claro en la atmósfera política europea.
Los matices, sin embargo, siguen siendo necesarios. El primero es institucional. Magyar tiene el mandato, pero los tiempos del gobierno no son los tiempos de la campaña. Aunque el resultado electoral ya modificó el panorama político, su llegada formal al poder no será inmediata, pues todavía depende de los tiempos parlamentarios y de la conformación del nuevo gobierno. Los efectos concretos en la política europea de Hungría no serán automáticos, aunque la dirección general del cambio parece ya definida.
El segundo es político-doméstico. La supermayoría es real, pero también lo es la heterogeneidad del respaldo que la hizo posible. Magyar logró articular un espectro amplio, cohesionado ante todo por el rechazo a Orbán. Mantener esa cohesión cuando haya que tomar decisiones sensibles, costosas o impopulares será un reto distinto al de la campaña. No todos los votantes de Tisza comparten el mismo grado de apertura hacia Ucrania ni necesariamente respaldarán sin reservas un acercamiento incondicional.
El tercer matiz es el referéndum. Que Magyar haya propuesto consultar a la ciudadanía sobre la adhesión de Ucrania a la UE es una señal de apertura democrática, pero también una admisión de que el resultado no será necesariamente el ideal. La opinión pública húngara ha estado expuesta durante años a una narrativa crítica hacia Kiev. Modificar esa percepción tomará más tiempo y ese factor social puede convertirse en un límite real para cualquier reposicionamiento estratégico.
Nada de esto invalida la magnitud del cambio. Lo ocurrido el 12 de abril es una de las mejores noticias que Ucrania ha recibido en mucho tiempo. El obstáculo más duro y consistente que enfrentaba en Bruselas ha comenzado a desvanecerse y, en su lugar, emerge un gobierno con incentivos concretos para normalizar su relación con Europa y reducir una fuente persistente de fricción interna.
La cautela sigue siendo válida, pero ha cambiado de signo. Ya no se trata de advertir contra un optimismo infundado, sino de reconocer un avance real y entender que traducirlo en resultados para Ucrania requerirá tiempo, gestión política y una sociedad húngara que también procese este giro a su propio ritmo.
La señal es positiva y, esta vez, también es sólida. Lo que falta no es confirmar el cambio, sino dar tiempo a que produzca efectos reales.

Deja vú: ¿futuro incierto? y T-MEC
Mariana Aparicio Ramírez / El T-MEC se someterá a la primera revisión a partir de julio de 2026, un componente novedoso en acuerdos de libre comercio, que se formalizó su incorporación en el artículo 34 sección 7. Aunque ya se ha iniciado la primera ronda formal de conversaciones entre Estados Unidos y México, lo que prima desde el inicio del segundo mandato del presidente Donald Trump -en materia de política comercial- es la incertidumbre y los efectos que ésta ha producido en las decisiones
Mariana Aparicio Ramírez
/ El T-MEC se someterá a la primera revisión a partir de julio de 2026, un componente novedoso en acuerdos de libre comercio, que se formalizó su incorporación en el artículo 34 sección 7.
Aunque ya se ha iniciado la primera ronda formal de conversaciones entre Estados Unidos y México, lo que prima desde el inicio del segundo mandato del presidente Donald Trump -en materia de política comercial- es la incertidumbre y los efectos que ésta ha producido en las decisiones de inversión y relocalización de la producción en los tres países.
Si en el pasado los acuerdos de libre comercio proporcionaban acceso seguro y estable al mercado de Estados Unidos; el día D la liberación de aranceles recíprocos -el 2 de abril de 2025-, la política comercial del taco y la estrategia de negociación de retirarse si no se cumplen las expectativas, al tiempo de presionar para obtener el mejor acuerdo posible hacen un efecto de deja vú en las negociaciones comerciales de Estados Unidos.
Históricamente, la política comercial no es solo un instrumento para acceder a mercados y facilitar negocios e inversiones para empresas estadounidense, también es uno de los diversos instrumentos de su política exterior. Determinar qué países se convierten o mantienen como socios comerciales es ante todo una decisión de política doméstica. Esta es la característica de los acuerdos recíprocos y los acuerdos marco negociados en este periodo; áreas de negociación futura, que permiten construir una tregua temporal arancelaria, con posibilidad de convertirse en acuerdos recíprocos definitivos.
Entonces si las potenciales ganancias comerciales no son suficientes para justificar este tipo de acuerdos, son los intereses políticos y geoestratégicos los que juegan un papel importante en determinar la probabilidad de acceso a su mercado, en gran medida incentivados por los vínculos en las alianzas políticas en diversos frentes. Solo lo que va de esta segunda administración -como lo establece el documento de la Oficina Comercial de Estados Unidos (USTR) Política Comercial de 2026 y Reporte Anual 2025 - diversos países han manifestado su interés en negociar ART- se han firmado acuerdos comerciales con Argentina, Bangladés, Camboya, El Salvador, Guatemala, Indonesia, Malasia y Taiwán, y se han anunciado acuerdos marco con Ecuador, India, Japón, Macedonia del Norte, Corea del Sur, Suiza y Liechtenstein, Tailandia y Vietnam.
A pesar de lo anterior, llevar a cabo la revisión del T-MEC ocupa un lugar especial dentro de las seis áreas fundamentales para seguir profundizando la estrategia de política comercial Estados Unidos primero en 2026, y que permea otras áreas relevantes de su política, como velar por la aplicación rigurosa de los ART, otros acuerdos comerciales y de las leyes comerciales; garantizar las cadenas de suministro y diversificarlas, sobre todo, en minerales y sectores críticos y, gestionar el comercio con China en aras de la reciprocidad y el equilibrio y reducir -como se ha logrado durante 2025- las importaciones chinas en las cadenas de suministro estadunidense, y es precisamente ahí donde México tienen un gran valor estratégico al convertirse en uno de los dos primeros socios comerciales.
Pero como en toda estrategia de negociación comercial, las partes pueden producir incertidumbre para obtener el mejor acuerdo posible; ejemplo de ello -que no será el único- fue la semana pasada, cuando el representante de (USTR), Jamieson Greer, en un evento en el Instituto Hudson, señaló que el presidente Trump no estaba contento con los resultados del T-MEC y añadió que no creía posible resolver todos los temas de revisión antes del 1 de julio. ¿Por qué importa? Porque de acuerdo con la legislación de la política comercial de Estados Unidos, el USTR debe informar al Congreso del país sus planes respecto al T-MEC y parece que no tenemos planes claros, deja vú de la incertidumbre, al menos en el discurso actual.
A tiempos convulsos, estrategia clara y escenarios posibles, lo único no incierto es que México se identifica como un socio prioritario, necesario para la estrategia de la política comercial de Estados Unidos y eso, hay que hacerlo patente en los próximos meses para tener otros años de acceso seguro y estable al mercado más importante para México, el de Estados Unidos.
Lo que diga el halcón
Emiliano Polo / En 2007, el psicólogo y ganador del premio Nobel de Economía por sus estudios sobre cómo las emociones influyen en la toma de decisiones, Daniel Kahneman, escribió en un artículo: “Los responsables de política exterior estadounidenses probablemente verían con gran escepticismo cualquier concesión hecha por el régimen de Teherán”. La fecha importa porque para 2007, las cosas pintaban mal en Medio Oriente. La invasión a Irak había ya colapsado en guerra civil. No poder explicar l
Emiliano Polo
/ En 2007, el psicólogo y ganador del premio Nobel de Economía por sus estudios sobre cómo las emociones influyen en la toma de decisiones, Daniel Kahneman, escribió en un artículo: “Los responsables de política exterior estadounidenses probablemente verían con gran escepticismo cualquier concesión hecha por el régimen de Teherán”.
La fecha importa porque para 2007, las cosas pintaban mal en Medio Oriente. La invasión a Irak había ya colapsado en guerra civil. No poder explicar los objetivos de la guerra, más el escándalo por el centro de tortura Abu Ghraib provocaron, pocos meses antes, que los Demócratas ganaran la elección intermedia por primera vez en 12 años y la renuncia del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. No obstante, e ignorando las recomendaciones y advertencias de la comisión bipartidista, Grupo de Estudio de Irak, en enero de 2007, el presidente Bush decide doblar las apuestas con la famosa escalada, o ‘the surge’, enviando más de 20 mil tropas.
Cuando Kahneman publica su artículo “Por qué los Halcones Ganan”, EU llevaba ya cinco años abogando por una guerra sobre tesis erróneas: no había armas de destrucción masiva, ni un vínculo de Sadam Hussein con Al-Qaeda, ni una sociedad que iba a recibir al ejército estadounidense con brazos abiertos. Ya se repetía la frase de Rumsfeld de 2002: "No puedo decirles si el uso de la fuerza en Irak hoy durará cinco días, cinco semanas o cinco meses, pero desde luego no va a durar más que eso."
El texto de Kahneman fue importante porque explicaba cómo y por qué los líderes privilegiaban las posturas de intervención militar (halcones) frente a las que abogaban por la negociación (palomas). Los sesgos sobre los que el autor advertía: aversión al riesgo, exceso de confianza, o errores de atribución, no eran abstracciones; constituían parte del optimismo de militares y políticos que atribuían la gravedad de la situación a todo menos a la intervención que ellos mismos habían creado.
Kahneman no argumentaba que en toda ocasión las posturas de los halcones fueran erróneas, sino solo por qué éstas tenían una recepción desproporcionada frente a las de las palomas y sus soluciones diplomáticas. Por ejemplo, el sesgo de exceso de confianza llevaba a los políticos a sobreestimar las probabilidades de éxito de la fuerza militar, mientras que el sesgo de atribución los hacía creer que la hostilidad del adversario era intrínseca, en vez de reactiva o contextual.
A pesar de que los trabajos de Kahneman tienen ya dos décadas, los sesgos también hacen creer que nuestras circunstancias se conforman por excepciones y hoy se desdeñan las advertencias sobre cómo estamos mal equipados para entender la conducta de nuestros adversarios: Las partes tienden a racionalizar su conducta como una reacción hacia acciones provocativas de la otra parte. El autor advertía particularmente cómo el sesgo de ‘ilusión de control’ conduce a exagerar nuestra influencia sobre los resultados que son importantes para nosotros; un sesgo que el psicólogo relaciona con las decisiones de iniciar las guerras posteriores a 9/11 al asumir que las victorias serían rápidas y sencillas.
Una historiadora escribió: “Estamos peleando una guerra en Asia por un objetivo que nadie puede definir (…) El control de la guerra y de la política que la perpetúa está en manos de un presidente que se ha encerrado en un rumbo fijo y que, ya sea por orgullo personal o por incapacidad para comprender lo que está ocurriendo, se niega a desviarse, ajustarse o cambiar de dirección." La frase es de 1978. La autora, Barabara Tuchman, hacía una crítica a la guerra de Vietnam.
Participación en El Economista

El laberinto en Ucrania
Ángel Jaramillo / La guerra de agresión de Rusia a Ucrania se encuentra en un momento crítico. En el frente diplomático las reuniones en Abu Dabi y Washington celebradas este mes se han convertido en verdaderos laboratorios de ingeniería militar y financiera. Al menos eso es lo que pretende Washington. Ciertamente no podemos culpar a la administración Trump de no experimentar con formas imaginativas de diplomacia. El gobierno de Estados Unidos ha puesto al 30 de junio como la fecha límite par
Ángel Jaramillo
/ La guerra de agresión de Rusia a Ucrania se encuentra en un momento crítico. En el frente diplomático las reuniones en Abu Dabi y Washington celebradas este mes se han convertido en verdaderos laboratorios de ingeniería militar y financiera. Al menos eso es lo que pretende Washington.
Ciertamente no podemos culpar a la administración Trump de no experimentar con formas imaginativas de diplomacia.
El gobierno de Estados Unidos ha puesto al 30 de junio como la fecha límite para lograr que Moscú y Kyiv logren un acuerdo, seguramente con la cabeza puesta en las elecciones intermedias a celebrarse en noviembre.
El proceso de negociaciones que inició a principios del año pasado ha tenido como principal obstáculo la renuencia de Putin para aceptar una salida a un conflicto que su gobierno inició.
En cuanto a los mecanismos que se han discutido se encuentran la puesta en marcha de un Fideicomiso de Reconstrucción. Se trata de un fondo gestionado por Estados Unidos y empresas privadas para reconstruir el Donbás, condicionado a que las empresas estadounidenses tengan prioridad en la explotación de litio y titanio en la región. Lo cual nos habla de que la prioridad del gobierno de Trump es la explotación de recursos naturales de Ucrania.
Otra propuesta en el mismo sentido es la instalación de un Cuerpo de Paz Empresarial. De acuerdo con este esquema la seguridad en las zonas en disputa no sería mantenida por ejércitos, sino por contratistas de seguridad privada financiados por Europa, reduciendo el riesgo de un choque directo entre la OTAN y Rusia. Sería curioso que los asesores de Trump no hayan leído los escritos de Maquiavelo sobre el gran inconveniente de contratar mercenarios en lugar de ejércitos regulares.
Habrá que destacar la inclusión en las negociaciones del tecnoempresario, Elon Musk, quien ha participado como asesor técnico y ha propuesto un sistema de monitoreo satelital para supervisar la zona desmilitarizada. La idea es que esto sustituya a los observadores de la ONU, algo que Rusia parece aprobar pero que Ucrania teme sea un sistema susceptible a posibles sabotajes.
Todo esto parece al mismo tiempo fantástico y extraordinario. El problema que enfrentan estas formulaciones es su carácter conjetural y quizás utópico si pensamos la realidad sobre el terreno.
A pesar de esas propuestas que parecen sacadas del libro más famoso de Trump - The Art of the Deal - hoy existen tres “líneas rojas” que impiden un acuerdo final:
Por un lado, el problema de lo que se conoce como la Cláusula de Retorno Automático o Snapback. Se trata de un sistema favorecido por el gobierno de Zelenski para que, en caso de que Rusia vuelve a atacar, las sanciones de Estados Unidos y el suministro de armas masivo se reactiven automáticamente. Putin, por supuesto, se niega absolutamente y más bien exige el levantamiento total y permanente de las sanciones como condición previa.
El segundo punto tiene que ver con la cuestión de la soberanía ucraniana. El plan de Trump propone que Ucrania mantenga la soberanía teórica sobre el Donbás, pero que Rusia tenga la administración civil y militar por 20 años. Zelenski sostiene que esto es una anexión encubierta y que es políticamente suicida aceptarlo ante su población.
Finalmente se encuentra el futuro estatus de la OTAN. Aunque Trump está dispuesto a sacrificar la entrada de Ucrania a la OTAN, el Congreso de Estados Unidos y los aliados del flanco este - como Polonia y los países Bálticos - están bloqueando cualquier acuerdo que no incluya una garantía de defensa robusta para Ucrania.
Mientras se concretan estos acuerdos, la guerra por Ucrania continúa, con su mensaje de la muerte.
Participación en El Sol de México

Participación de la mujer en la logística internacional: Innovación sobre ruedas
Estefanía Pérez Díaz / Hablar de logística internacional y autotransporte de carga aún sugiere, para muchas personas, una perspectiva masculina: camiones, carga pesada, patios de maniobras, largas jornadas en carretera e infraestructura deficiente. Sin embargo, esta percepción está quedando cada vez más rezagada. La participación de las mujeres en el sector logístico no sólo ha crecido, sino que está transformando la forma en que se piensa, se gestiona y se innova en una de las industrias más e
Estefanía Pérez Díaz
/ Hablar de logística internacional y autotransporte de carga aún sugiere, para muchas personas, una perspectiva masculina: camiones, carga pesada, patios de maniobras, largas jornadas en carretera e infraestructura deficiente. Sin embargo, esta percepción está quedando cada vez más rezagada. La participación de las mujeres en el sector logístico no sólo ha crecido, sino que está transformando la forma en que se piensa, se gestiona y se innova en una de las industrias más estratégicas para la economía global.
La participación de las mujeres no se limita a ocupar espacios históricamente negados, sino a redefinirlos. Han demostrado la capacidad para integrar, cambiar y mejorar procesos, gestionar riesgos y retos, coordinar equipos multidisciplinarios y adoptar nuevas tecnologías, estas son competencias clave en un entorno tan volátil donde la eficiencia y la adaptabilidad son esenciales.
En el autotransporte de carga, la presencia femenina representa también un cambio cultural profundo. Ya sea como operadoras, ejecutivas, ingenieras, directoras, emprendedoras o líderes, las mujeres están cuestionando prácticas tradicionales y promoviendo entornos laborales más seguros, colaborativos, dinámicos y profesionalizados. Esto es un gran paso: mejorar las condiciones laborales y la toma de decisiones impacta directamente en la productividad y la innovación del sector, teniendo beneficios para hombres y mujeres por igual.
Además, la innovación logística se ve fortalecida cuando existe diversidad en la toma de decisiones. Las mujeres suelen impulsar soluciones orientadas a la optimización de procesos, el uso inteligente de datos, la trazabilidad, la reducción de impactos ambientales, la integración de equipos y la gobernanza corporativa. No se trata de una diferencia biológica, sino de trayectorias y experiencias distintas que enriquecen la forma de resolver problemas complejos.
De acuerdo con cifras de la Secretaría de Economía (2025) en el primer trimestre del 2025, se tenía registrada solo el 1.78% de participación de mujeres conductoras, destacando como principales retos; barreras culturales y discriminación de género, falta de capacitación y acceso a oportunidades, seguridad y riesgos laborales en carretera, equilibrio entre vida personal y laboral, brecha salarial (mientras los hombres ganan promedio de 7,800 pesos al mes, las mujeres promedian 4440 pesos al mes), e infraestructura laboral no adecuada.
Reconocer el papel de la mujer en la logística internacional y el autotransporte de carga no es solo un acto de justicia social, sino una estrategia de competitividad. Apostar por su participación significa arriesgarse por un sector más moderno, resiliente e innovador. La logística del futuro, sin duda, también se conduce con liderazgo femenino. Implica una innovación social por buscar mejores esquemas de contratación, políticas organizacionales enfocadas en equidad de género, y ambientes laborales más diversos, que permitan la creatividad y generen seguridad para la resolución de problemas. Es una respuesta a la escasez de talento que atraviesa el sector.
Otro punto por destacar es que, gracias a la tecnología, el papel de la mujer en la logística internacional es fundamental. Permite mayor participación en áreas de planeación, análisis y coordinación internacional, así como reducir las dificultades físicas para maniobrar maquinaria o manejar unidades de carga pesada.
Finalmente, se puede concluir que la mujer viene a aportar al sector para impulsar mejoras en las condiciones laborales, reducir la brecha salarial y la desigualdad y promover un ambiente óptimo para que la industria pueda seguir innovando.
Participación en El Heraldo de México

IA y elecciones: el nuevo poder invisible
Fan Jua Rivas Maldonado / Hoy, las elecciones ya no se disputan únicamente en espacios tradicionales —plazas públicas, medios de comunicación, calles o incluso en las propias urnas—. También se libran en redes sociales, donde algoritmos y sistemas de inteligencia artificial influyen —muchas veces sin que lo advirtamos— en lo que pensamos y en cómo decidimos votar. Toda estrategia política busca conectar con las emociones. Sin embargo, con la inteligencia artificial, la escala y precisión de e
Fan Jua Rivas Maldonado
/ Hoy, las elecciones ya no se disputan únicamente en espacios tradicionales —plazas públicas, medios de comunicación, calles o incluso en las propias urnas—. También se libran en redes sociales, donde algoritmos y sistemas de inteligencia artificial influyen —muchas veces sin que lo advirtamos— en lo que pensamos y en cómo decidimos votar.
Toda estrategia política busca conectar con las emociones. Sin embargo, con la inteligencia artificial, la escala y precisión de esa influencia se han transformado. La pregunta es inevitable: ¿realmente decidimos libremente o alguien está incidiendo en lo que creemos?
La dimensión del fenómeno es clara. De acuerdo con la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), en 2025 más de 6,000 millones de personas tenían acceso a internet. Para millones, las redes sociales son su principal fuente de información, incluidos los temas políticos. Esto plantea una interrogante central: ¿qué tan confiable es lo que consumimos diariamente?
Aunque el uso de internet en elecciones no es nuevo, la pandemia consolidó a las redes sociales como eje de la comunicación política. La inteligencia artificial ha profundizado esta tendencia: hoy los mensajes son más atractivos, personalizados y persuasivos. Desde 2020, más de 90 elecciones presidenciales han ocurrido en este entorno digital intensivo.
La IA permite segmentar audiencias y comunicar con gran precisión, pero también abre la puerta a la manipulación, la desinformación y la polarización. No se trata solo de propaganda, sino de contenidos diseñados estratégicamente para influir en percepciones y decisiones.
México no es ajeno a este fenómeno. En las elecciones de 2024 coexistieron información verificada, campañas de desinformación, cuentas automatizadas y contenidos manipulados. La línea entre lo auténtico y lo fabricado es cada vez más difusa.
El riesgo es claro: si se debilita la confianza en la información, también se erosiona la confianza en las elecciones. Y sin confianza, la democracia pierde sustento.
La regulación avanza, pero la tecnología lo hace a mayor velocidad. Por ello, el desafío no es solo normativo, sino también ciudadano.
Hoy, ejercer la ciudadanía implica algo más que votar: exige cuestionar, verificar y asumir una postura crítica frente a la información.
La inteligencia artificial no es, por sí misma, ni buena ni mala; es una herramienta poderosa cuyo impacto dependerá del uso que se le dé.
La pregunta de fondo permanece y es ineludible: ¿estamos decidiendo en los procesos electorales con información verificada que nos permite elegir a los mejores perfiles y fortalecer nuestra democracia, o estamos aprendiendo a votar en un entorno cada vez más moldeado —y sofisticado— por la influencia de las redes sociales y la inteligencia artificial?
Participación en La Silla Rota

El sistema que trasciende a "El Mencho"
Florencia Mercado / La muerte de “El Mencho” es, sin duda, un evento de alto impacto. En México, la neutralización de liderazgos criminales ha sido durante años una de las principales apuestas de política de seguridad. La llamada estrategia kingpin parte de una lógica intuitiva: si se elimina a la cabeza de una organización, esta debería debilitarse o desaparecer y, en el (muy) corto plazo, esto suele cumplirse. El problema es lo que ocurre después. Si algo ha mostrado la experiencia en México
Florencia Mercado
/ La muerte de “El Mencho” es, sin duda, un evento de alto impacto. En México, la neutralización de liderazgos criminales ha sido durante años una de las principales apuestas de política de seguridad. La llamada estrategia kingpin parte de una lógica intuitiva: si se elimina a la cabeza de una organización, esta debería debilitarse o desaparecer y, en el (muy) corto plazo, esto suele cumplirse.
El problema es lo que ocurre después. Si algo ha mostrado la experiencia en México es que descabezar organizaciones sin desmantelar sus estructuras sostiene y reproduce ciclos de captura, violencia y atomización. Abre procesos de reacomodo con disputas internas, fragmentación territorial o, en algunos casos, reconfiguración bajo nuevas formas más flexibles y difíciles de contener.
El propio CJNG es resultado de esa dinámica. Su crecimiento se dio en un entorno marcado por la captura o muerte de líderes rivales, que generaron vacíos de poder que la organización supo aprovechar, consolidando con el tiempo un modelo basado en la diversificación de actividades ilícitas y una rápida acumulación de poder territorial y financiero. Es decir, la estrategia diseñada para debilitar a los cárteles ha terminado por facilitar su expansión. Y desde hace décadas, esta misma estrategia ha sido motor para seguir reproduciendo exactamente el tipo de violencia que busca contener.
Esto desplaza el foco analítico: la pregunta no es si habrá un reemplazo, sino quién ocupará ese espacio y bajo qué lógica de violencia. El problema no es únicamente quién lidera una organización, sino la estructura que permite que estas surjan, crezcan y se reproduzcan. Dentro de sistemas y entornos donde convergen una alta demanda internacional de drogas, flujos transfronterizos de armas, economías locales con alta informalidad y una persistente debilidad institucional.
Los escenarios posibles no son nuevos. Puede haber fragmentación interna y disputas por control territorial; intentos de expansión de grupos rivales; o una sucesión interna que mantenga la cohesión. Ninguno de estos escenarios de adaptación implica, por sí mismo, una reducción automática de la violencia. De hecho, los periodos de transición suelen ser los más inestables.
La estrategia kingpin genera impactos visibles y políticamente rentables pero sus efectos estructurales son limitados si no se acompañan de intervenciones sobre redes financieras, circuitos de lavado, así como políticas orientadas a reducir desigualdades, fortalecer el acceso a derechos y reconstruir capacidades institucionales.
La muerte de un líder puede cerrar una etapa. Pero no cambia, por sí sola, el sistema que hizo posible su ascenso en un mercado ilícito rentable y altamente dinámico.
Participación en El Economista

Excancilleres de México: entre la urgencia y la estrategia
Héctor Cárdenas Suárez / En el marco del 25 aniversario del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI), convocamos a un ejercicio poco común pero profundamente necesario: sentar en una misma mesa a quienes, en distintos momentos, han sido responsables de conducir la política exterior de México. Reunimos a cinco ex-Cancilleres de México de distintos períodos: Bernardo Sepúlveda Amor, José Ángel Gurría, Jorge G. Castañeda, Patricia Espinosa y Claudia Ruiz Massieu. El valor de este enc
Héctor Cárdenas Suárez
/ En el marco del 25 aniversario del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI), convocamos a un ejercicio poco común pero profundamente necesario: sentar en una misma mesa a quienes, en distintos momentos, han sido responsables de conducir la política exterior de México.
Reunimos a cinco ex-Cancilleres de México de distintos períodos: Bernardo Sepúlveda Amor, José Ángel Gurría, Jorge G. Castañeda, Patricia Espinosa y Claudia Ruiz Massieu.
El valor de este encuentro no radicó únicamente en la experiencia acumulada de sus participantes, sino en la posibilidad de observar, en perspectiva, la evolución del pensamiento estratégico de México frente al mundo. Lo que surgió no fue una narrativa uniforme, sino un conjunto de coincidencias, matices y tensiones que reflejan con claridad los dilemas estructurales que enfrenta el país.
El primero de ellos es conceptual, pero profundamente práctico: la relación entre principios e intereses. México ha construido, a lo largo de décadas, una política exterior anclada en principios que le han permitido navegar un sistema internacional marcado por asimetrías de poder. Sin embargo, la discusión dejó claro que estos principios no operan en el vacío. Su aplicación exige interpretación, y en ocasiones, decisiones difíciles cuando entran en tensión entre sí o con intereses concretos del Estado.
El segundo gran tema fue el diagnóstico sobre la posición actual de México en el mundo. Aquí hubo una preocupación compartida: una percepción de menor presencia, menor iniciativa y menor peso en espacios multilaterales. Pero este diagnóstico no fue simplista. También hubo un reconocimiento explícito del contexto extraordinariamente complejo en el que opera el gobierno actual: una relación particularmente exigente con Estados Unidos, presiones crecientes en migración y seguridad, y un entorno internacional cada vez más volátil.
Este matiz es importante. La política exterior no se diseña en el vacío, sino bajo restricciones reales.
Sin embargo, incluso considerando estas restricciones, el debate llegó a una conclusión central: México necesita recuperar la capacidad estratégica.
La relación con Estados Unidos seguirá siendo la prioridad estructural. Negarlo sería desconocer la realidad geográfica, económica y política del país. Pero asumir esta prioridad no implica renunciar a la dependencia. Por el contrario, una política activa de diversificación —hacia Europa, América Latina, Asia y otros socios afines— puede fortalecer la posición negociadora de México frente a su principal socio.
En este contexto, uno de los temas más relevantes fue el de las herramientas. La política exterior no es solo discurso ni posicionamiento; es, sobre todo, capacidad de ejecución.
Aquí el diagnóstico fue claro: la Cancillería ha perdido capacidades, tanto en recursos como en peso político. La política exterior requiere una institución capaz de coordinar al Estado en su conjunto, de anticipar escenarios y de articular estrategias de largo plazo. Sin ello, el país queda condenado a reaccionar, no a incidir.
La red consular ofrece un buen ejemplo de este dilema. México ha utilizado intensamente sus consulados para proteger a sus ciudadanos en el exterior, particularmente en Estados Unidos, en un entorno cada vez más adverso. Este esfuerzo ha sido no solo necesario, sino eficaz.
Pero esa misma roja tiene un potencial mucho mayor. Puede ser —y en muchos casos debería ser— una herramienta de inteligencia política y económica, de construcción de alianzas a nivel estatal y local, y de promoción activa de los intereses de México. La transición de una red reactiva a una red también proactiva es una de las tareas pendientes más evidentes.
El fortalecimiento del Servicio Exterior, la recuperación de capacidades analíticas y la articulación de una estrategia de Estado son, en este sentido, condiciones indispensables.
Finalmente, el encuentro dejó una reflexión más amplia: el mundo está cambiando. El orden basado en reglas que México supo aprovechar está siendo reemplazado, en parte, por dinámicas de poder más crudas. En este nuevo entorno, la pasividad tiene costos más altos.
México sigue siendo una potencia media. Tiene los recursos, la posición geográfica y el peso económico para ser un actor relevante. La pregunta no es si puede serlo, sino si está dispuesto a actuar como tal.
A 25 años de su fundación, COMEXI reafirma su vocación como espacio de reflexión estratégica. Pero más allá de este aniversario, la conversación deja una lección clara: la política exterior no puede ser improvisada ni reactivada. Requiere visión, capacidades y, sobre todo, una noción compartida de interés nacional.
Ese es, quizás, el desafío más importante hacia adelante.

MAGA y la 4T: Los migrantes no encajan en la retórica de dos gobiernos populistas
Xavier Medina Vidal / En el 2024 fueron elegidos Claudia Sheinbaum y Donald Trump como presidentes de dos países que comparten una historia bastante complicada. La intranquilidad efectiva entre México y EE.UU. extiende desde la Invasión Norteamericana y la plantación de la bandera estadounidense en Palacio Nacional, actos que inauguraron a la relación binacional con violencia, hasta la actual dinámica de tensión en temas de seguridad, narcotráfico y comercio binacional. A medida que las re
Xavier Medina Vidal
/ En el 2024 fueron elegidos Claudia Sheinbaum y Donald Trump como presidentes de dos países que comparten una historia bastante complicada. La intranquilidad efectiva entre México y EE.UU. extiende desde la Invasión Norteamericana y la plantación de la bandera estadounidense en Palacio Nacional, actos que inauguraron a la relación binacional con violencia, hasta la actual dinámica de tensión en temas de seguridad, narcotráfico y comercio binacional.
A medida que las relaciones se han degenerado en años recientes, ambos mandatarios también han fomentado las divisiones políticas y sociales en sus países. ¿Será posible que las retóricas populistas de Trump y la derecha sintetizado como “MAGA” (Make America Great Again – Hacer que Estados Unidos vuelva a tener grandeza) y su contraparte mexicana de Sheinbaum y la izquierda conocido como la 4T sean los motores que nos llevarán a una mejor relación binacional?
Desde que lanzó su primera campaña para presidente declarando que los migrantes mexicanos son unos asesinos y violadores,pero se imaginó que entre ellos tal vez hay gente buena, Donald Trump ha buscado posicionarse como el mandatario estadounidense más condescendiente hacia México. Pronto, y desde entonces ha buscado apelar a lo peor de la ideología conservadora en su país, fenómeno que lo llevó a dos triunfos electorales. Siempre y cuando su base de apoyo ha rehuido sus responsabilidades por la violencia y la drogadicción en su país, este tipo de retórica le ha servido. El proteccionismo de “America First” (Primero Estados Unidos), al parecer no discrimina entre países socios o enemigos, pero golpea la relación México-EE. UU. de manera contundente, arrebatando décadas de avances y éxitos en el tema del libre comercio en América del Norte. Sin embargo, su llamamiento populista en contra de México y los mexicanos migrantes ha sido un ingrediente importante de sus campañas.
Pese a sus respectivos esfuerzos de dividir sus respectivas sociedades, solo Trump, con su retórica populista y xenofóbica, ha logrado mover la opinión pública de los estadounidenses en contra de México. Según datos de Pew Research, desde el 2017 durante el su primer mandato hasta el 2024, el porcentaje de estadounidenses con una opinión favorable de México ha bajado de 65% a 37%. Estos datos demuestran que México y los mexicanos siguen siendo un chivo expiatorio confiable para los norteamericanos. El hilo conductor de las numerosasdeclaraciones absurdas de Trump, sin olvidar menciones y posturas frente a los cárteles, el muro, o un vertedero de drogas y delincuencia, etc., es la indignación populista que promete que solo con sacar a los “de afuera” del país, se resuelven los problemas más críticos en el país.
En el caso de la 4T de López Obrador y la presidenta Sheinbaum, la polarización generada por varios elementos populistas del movimiento se ha convertido en arma para defender los intereses de Morena y la consolidación del poder. Cuando Trump ataca a México, los mexicanos y los migrantes, o amenaza con imponer aranceles, se activa la defensa de la soberanía mexicana. Sin embargo, los migrantes no suelen aparecer en los grandes discursos sobre la soberanía nacional. A la presidenta Sheinbaum se le viene más fácil canalizar la atención en arengas tratando de los buenos contra los malos o del pueblo contra la élite. Es cierto que en el caso de las políticas gobernando la migración en Estados Unidos, los estadounidenses son los soberanos. No obstante, si Sheinbaum y la 4T fueran verdaderamente incluyentes en defensa de la soberanía, estarían empleando al derecho internacional paradefender a sus paisanos agraviados en EE. UU. Este tipo de defensa no existe en la retórica populista de la 4T. En cambio, mientras que se grita desde Palacio Nacional que los migrantes mexicanos in EE. UU. son “héroes y heroínas de la patria” se susurra que ha habido grandes reducciones significativas a los presupuestos de la red consular bajo gobiernos de la 4T. Sólo en el 2025 el Gobierno de México redujo este presupuesto por 49%en nombre de la austeridad republicana, justo cuando la necesidad de protección para los connacionales en EE. UU. crecieron ante grandes campañas de redadas y deportaciones ordenadas por el gobierno de Trump. Así es como la 4T trata a sus héroes y heroínas.
Desgraciadamente, este patrón de conducta común señala una especie de unidad latente, un frente unido en contra de los migrantes mexicanos radicando en EE. UU. Así que la únicaesperanza para resguardar la dignidad de los mexicanos vive dentro de la nación de mexicanos radicados en ambos países. Son los ciudadanos mexicanos y mexicoamericanos promedio, aglutinados con una gran medida de coordinación encabezadapor la sociedad civil, quienes nos llevarán a un futuro más cooperativo y apegado para el beneficio de todos.

Es tiempo de una mujer al mando de la ONU
Yanerit Morgan / Vivimos momentos inéditos en el mundo, en el que los valores y principios bajo los que se fundaron las Naciones Unidas están bajo ataque. Como nunca en la historia se había presentado una crisis del multilateralismo como la actual. La ONU ha sido relegada de la escena global por las grandes potencias que han elegido las guerras, la violencia y la escalada de los conflictos para una reconfiguración del poder por la fuerza. La Organización ha emprendido un proceso de reforma qu
Yanerit Morgan
/ Vivimos momentos inéditos en el mundo, en el que los valores y principios bajo los que se fundaron las Naciones Unidas están bajo ataque. Como nunca en la historia se había presentado una crisis del multilateralismo como la actual.
La ONU ha sido relegada de la escena global por las grandes potencias que han elegido las guerras, la violencia y la escalada de los conflictos para una reconfiguración del poder por la fuerza.
La Organización ha emprendido un proceso de reforma que busca resolver su profunda crisis de legitimidad y modificar una estructura anquilosada creada hace 80 años en un mundo que ya no es el de hoy.
Una de las muestras de los rezagos que enfrenta la Organización es el nunca haber contado con una mujer como secretaria general.
No es posible entender que un organismo que ha promovido la igualdad de género en el mundo, poniendo al centro la importancia del liderazgo de las mujeres como un tema esencial para el avance de las sociedades, no haya podido designar en 80 años a una mujer al más alto cargo de la Organización.
En 2016 cuando se dio la elección del actual secretario general, la designación de una mujer era un clamor generalizado y una posibilidad real al presentarse siete mujeres, todas ellas excelentes candidatas para el puesto. Las posibilidades se esfumaron frente a la barrera que implica el anquilosado sistema de elección que da la última palabra a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia) para presentar la candidatura a la Asamblea General donde participan los 193 Estados miembros cuya función ha estado limitada a avalar la propuesta del Consejo.
Diez años después, cuando corresponde elegir a una nueva persona para ocupar este puesto, varias organizaciones y países se han pronunciado sobre la importancia de nombrar a una mujer al mando de la Organización, que conforme a la práctica de rotación regional correspondería a América Latina y el Caribe.
Más allá de una cuestión de justicia histórica, la complejidad del escenario internacional demanda en la próxima secretaría general un modelo de liderazgo diferente, innovador, incluyente y con una mirada suficientemente amplia para crear puentes y modificar las dinámicas de la guerra y la violencia, patrones comunes de las prácticas machistas en toda su extensión.
Hasta el momento, se cuenta con dos excelentes candidatas de la región: la expresidenta Michelle Bachelet presentada por su país Chile, por Brasil y México y la exvicepresidenta de Costa Rica, Rebeca Grysnpan. Ambas cuentan con destacadas trayectorias para poder ejercer el cargo en estos momentos tan complejos para el mundo.
En estos próximos meses vendrá un proceso de consideración de las y los candidatos que se presenten para el alto puesto. A contrapelo de las expectativas, esperemos que la razón sea la moneda de cambio en esta decisión tan trascendental para la Organización.

China hacia 2030: XV Plan Quinquenal
Ricardo Daniel Delgado Muñoz / China busca consolidar su soberanía y seguridad sistémica con la reciente publicación de su “XV Plan Quinquenal” que define los objetivos económicos y sociales del país hacia el año 2030. El XV Esquema de Planificación para el Desarrollo Económico y Social de la República Popular China (2026-2030) fue aprobado formalmente el 12 de marzo de 2026 por la Asamblea Popular Nacional (APN) durante las “Dos Sesiones”. Las “Dos Sesiones” representan el evento político más
Ricardo Daniel Delgado Muñoz
/ China busca consolidar su soberanía y seguridad sistémica con la reciente publicación de su “XV Plan Quinquenal” que define los objetivos económicos y sociales del país hacia el año 2030.
El XV Esquema de Planificación para el Desarrollo Económico y Social de la República Popular China (2026-2030) fue aprobado formalmente el 12 de marzo de 2026 por la Asamblea Popular Nacional (APN) durante las “Dos Sesiones”. Las “Dos Sesiones” representan el evento político más importante del año, ya que es donde se aprueban y comunican las decisiones estratégicas para marcar el rumbo de la nación. Su nombre se debe a la congregación paralela de los principales órganos políticos: la APN y el Comité Nacional de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (CCPPCh). Ambos órganos se encuentran en su 14° mandato que dura cinco años.
Este año, tanto la APN como la CCPPCh, celebraron su Cuarta sesión durante la primera quincena de marzo. Históricamente, la Cuarta sesión es la más relevante en términos socioeconómicos, ya que es el momento en el cual se aprueba el “plan quinquenal”. China comenzó a utilizar este instrumento desde 1953 para planificar centralmente su economía con una visión a largo plazo. En 2006 cambió la denominación de “plan” a “esquema de planificación”, reflejando que el documento es un marco general y no un ordenamiento estricto.
El XV Esquema de Planificación establece como objetivo en los próximos años un ritmo de crecimiento anual del Producto Interno Bruto (PIB) del 5%. A su vez, se procurará alcanzar un PIB per cápita de 20,000 dólares, a fin de estar en el grupo de las economías “medianamente desarrolladas”.
Ahora bien, para lograr estos objetivos se tiene contemplado expandir la demanda interna y aumentar la autonomía industrial. El primer punto es uno de los ámbitos centrales del nuevo modelo económico chino que se ha estado impulsando desde la década pasada. Tal paradigma anhela un crecimiento sustentado en factores endógenos, en vez de exógenos (inversión extranjera y exportaciones) como lo ha sido desde las reformas económicas de 1978.
En cuanto a la autonomía industrial, se desean desarrollar nuevas fuerzas productivas para lograr la autosuficiencia tecnológica, al mantener el crecimiento en gasto de investigación y desarrollo en 7% cada año. La principal prioridad son las industrias del futuro como la computación cuántica, la red 6G, la Inteligencia Artificial (IA), la biología sintética y la energía de fusión nuclear.
Asimismo, se desean acelerar las siguientes industrias para que China tenga dominio en ellas: drones de carga, vehículos de hidrógeno, semiconductores de gama alta, robótica avanzada y equipamiento aeroespacial. Cabe mencionar que la directriz nacional también blindará las industrias tradicionales para modernizarlas y que sigan contribuyendo al crecimiento económico, por ejemplo, la petroquímica o la manufactura de equipo pesado.
Por otra parte, la seguridad nacional deja de ser un componente complementario a los objetivos económicos y se convierte en el principal medio para garantizarlos. En este sentido, es una prioridad que el desarrollo económico no se vea mermado por disrupciones a las cadenas de suministro.
En el área de los semiconductores, se pretende que para 2030 el 75% de los componentes críticos sean de origen nacional. Con el mismo propósito, los modelos de IA se diseñan con tecnología exclusivamente china y el uso del yuan digital en las transacciones comerciales internacionales de China es cada vez más frecuente. De igual manera, la transición verde, además de la protección ambiental, persigue la reducción de la dependencia al petróleo importado, situación que se encrudece por la turbulencia geopolítica en Medio Oriente.
En resumen, el plan actual aspira a una China que sea soberana sobre sus diferentes campos de desarrollo y así tener liderazgo internacional en ellos. El pasado esquema de planificación tenía una naturaleza más de resistencia a los choques externos como la guerra comercial con Estados Unidos o la pandemia de COVID-19. En tal momento, se impulsó una estrategia de circulación dual (双循环 shuāng xúnhuán) para que el crecimiento estuviera sostenido tanto por el consumo interno como por el apoyo externo.
Si bien la meta de crecimiento (5%) es la más baja desde 1991, es probable que sea suficiente para alcanzar los objetivos de Beijing en el espectro económico, inclusive en el PIB per cápita. Para ello, también deberá atender importantes desafíos como estimular el gasto real de los hogares, el envejecimiento de la población, la desigualdad en servicios públicos básicos, la alta tasa de deuda pública y el aislamiento de las cadenas globales de suministro.
Participación en El Sol de México

La guerra en Irán: riesgos en Eurasia
La guerra en Irán: riesgos en Eurasia / La estabilidad en Eurasia—Cáucaso, Mar Caspio y Asia Central—depende en gran medida del equilibrio geopolítico en el Medio Oriente, el Golfo Pérsico, la relación entre las grandes potencias y el factor Israel. Desde la Guerra Fría, y, en particular tras la recomposición regional con la victoria de Azerbaiyán sobre Armenia en la guerra de 2020, el Cáucaso y Asia Central se han convertido en espacios clave para conectividad euroasiática, integrando redes
La guerra en Irán: riesgos en Eurasia
/ La estabilidad en Eurasia—Cáucaso, Mar Caspio y Asia Central—depende en gran medida del equilibrio geopolítico en el Medio Oriente, el Golfo Pérsico, la relación entre las grandes potencias y el factor Israel. Desde la Guerra Fría, y, en particular tras la recomposición regional con la victoria de Azerbaiyán sobre Armenia en la guerra de 2020, el Cáucaso y Asia Central se han convertido en espacios clave para conectividad euroasiática, integrando redes de transporte, oleoductos y gasoductos que conectan recursos del Mar Caspio con mercados europeos y asiáticos.
Irán tiene una posición geográfica crucial entre Golfo Pérsico, Cáucaso y Asia Central y si deseara y actuara en consistencia constituiria un nodo estratégico en múltiples proyectos de infraestructura regional, como el Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC) que busca conectar India, Irán, Rusia y Europa con ferroviarias y marítimas. Inestabilidad en Irán afectará directamente estos corredores.
Riesgo importante es posible interrupción de flujos energéticos desde el Caspio hacia Europa y Asia. La vulnerabilidad de sus infraestructuras es evidente. No debe descartarse mayor patrullaje naval y ejercicios militares en el Caspio, elevando el riesgo de incidentes entre fuerzas armadas de Rusia, Irán y otros Estados costeros del Caspio.
La infraestructura de transporte en Eurasia se ha convertido en elemento central de geopolítica regional. Proyectos como el Middle Corridor—que conecta China con Europa a través del Caspio, el Cáucaso y Turquía—han ganado importancia en últimos años como alternativa a rutas tradicionales dominadas por Rusia. El conflicto en Irán podría afectar estas rutas. El Banco Mundial estima que conflictos regionales aumentan costos comerciales en más del 20% por seguridad y disrupciones logísticas. Un riesgo para la región es posible redireccionamiento de flujos comerciales hacia rutas alternativas—como ocurrió en el Siglo XV—generando presiones a infraestructura existente en Cáucaso y Asia Central. Países como Azerbaiyán, Georgia y Kazajistán enfrentarían desafíos para gestionar tránsito comercial.
Igual pueden incrementar rivalidades geopolíticas. Rusia, Turquía y China mantienen intereses estratégicos en Cáucaso y Asia Central—enfrentados con presencia estadounidense y europea—y cualquier conflicto cercano influirá en sus políticas regionales. Conflictos en Medio Oriente suelen provocar reconfiguraciones en equilibrios de poder regionales debido a la participación indirecta de potencias externas—Rusia, EUA, China y Unión Europea. La—hasta ahora—creciente presencia turca en la región turca podría verse disminuida.
Otro riesgo es posible aumento de flujos migratorios y crisis humanitarias. La guerra en Irán provocaría desplazamientos hacia Cáucaso y Asia Central, especialmente hacia Azerbaiyán—debido a vínculos étnicos—, Turkmenistán o Armenia, con posible desestabilización.
Un importante riesgo—para Irán—es que tras la Guerra de los 12 Días (13-24JUN2025), cuando Irán lanzó 550 misiles balísticos y más de 1,000 drones con mínimos daños en Israel, evidenció su aparente limitada capacidad de golpe. Y ahora con ataques a varios países de la región, incluidos Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Arabia Saudita, Azerbaiyán, Turquía y el Estrecho de Ormuz, podría aislarse diplomáticamente y nadie crea en su pretendida coraza militar.
Participación en El Economista

India al frente de la Inteligencia Artificial: Cumbre IA Nueva Delhi
Ricardo Daniel Delgado Muñoz / India está buscando ser un referente en materia de gobernanza global de la Inteligencia Artificial y en 2026 se perfila para ello al ser sede de la Cumbre de la Inteligencia Artificial (IA) y coordinar una de las declaraciones con mayor consenso internacional. La Cumbre de Impacto de la Inteligencia Artificial (CIIA) se celebró en Nueva Delhi del 16 al 20 de febrero de 2026. En total, congregó a cerca de 500,000 personas. De delegaciones extranjeras, participaron
Ricardo Daniel Delgado Muñoz
/ India está buscando ser un referente en materia de gobernanza global de la Inteligencia Artificial y en 2026 se perfila para ello al ser sede de la Cumbre de la Inteligencia Artificial (IA) y coordinar una de las declaraciones con mayor consenso internacional.
La Cumbre de Impacto de la Inteligencia Artificial (CIIA) se celebró en Nueva Delhi del 16 al 20 de febrero de 2026. En total, congregó a cerca de 500,000 personas. De delegaciones extranjeras, participaron 118 países (siendo México uno de ellos), incluyendo 20 Jefes de Gobierno (resaltando las delegaciones de los presidentes Emmanuel Macron y Lula da Silva) y 59 Ministros(as) de Estado. Igualmente, más de 100 directores ejecutivos de empresas globales asistieron. De otros sectores, destaca la participación de Naciones Unidas, fundaciones tecnológicas y startups.
Durante sus 5 días de trabajo hubo más de 500 sesiones y paneles en torno a tres sutras (pilares) fundamentales (Personas, Planeta y Progreso) y siete grupos de trabajo temáticos (chakras). Se presentaron tecnologías para mejorar los sistemas agrícolas, de salubridad y de justicia utilizando la IA. Por otra parte, secompartieron compromisos de inversión por un valor de 250 mil millones de dólares para centros de datos (Google construirá su nuevo hub de IA en India).
De iniciativas, se anunció el Año de Innovación India-Francia 2026 y que India se une a la propuesta estadounidense de asegurar la cadena de suministro de semiconductores conocida como “Pax Silica”. A su vez, India expuso sus servicios autónomos en la nube masiva (IndiaAI Cloud) y modelos de IA soberanos y multilenguaje(Servam AI y BharatGen) que también se podrán exportar a otras latitudes.
El resultado más tangible de la Cumbre fue la Declaración de Nueva Delhi que tuvo el respaldo de 89 países, incluyendo a países antagónicos en la materia como China, Estados Unidos y Rusia. Este texto resalta por estar más enfocado en la “democratización y desarrollo” de la inteligencia artificial que en temas de “seguridad” que tradicionalmente han sido parte de la agenda sobre la gobernanza de la IA.
Si bien la CIIA logró emitir una declaración con un mayor consenso, comparada a otras Cumbres de IA (RU, 2023; Corea, 2024; Francia, 2025), el documento no es vinculante y se restringea sólo incluir principios y marcos de acción generales, omitiendo asuntos críticos como el desplazamiento laboral por la IA, la propiedad intelectual, la huella de carbono de los centros de datos, entre otros. Del mismo modo, no todos los puntos de vista estuvieron presentes. En el ámbito gubernamental, no hubo representación de alto nivel por parte de China o de Corea. En el sector privado, faltaron los directivos de Meta, Apple, NVIDIA y Tesla, así como de empresas que no fueran de Estados Unidos como Alibaba, Aleph Alpha, Samsung o Cohere. Asimismo, hubo limitada participación de organizaciones internacionales de la sociedad civil.
No obstante, la capacidad de convocatoria de India y el desarrollo de modelos propios de innovación han colocado al país como punto de referencia en el debate de la gobernanza de la inteligencia artificial. Inclusive, hay analistas que consideran que Delhi puede ser una “tercera vía” frente a los esquemas impulsados por Washington y Beijing. Esta “tercera vía” promueve el uso de la IA como un bien público, especialmente para el Sur Global.
Participación en El Economista

De la soberanía digital a la soberanía tecnológica: México en la era de la IA
Alejandro Ibarra Pérez / Durante años, la conversación global giró en torno a la soberanía digital: cómo regular las tecnologías emergentes de forma ética. Pero el actual contexto geopolítico, marcado por el auge de la inteligencia artificial, ha desplazado ese debate. No se cuestiona si el desarrollo tecnológico ocurrirá, sino en manos de quién está el control de la infraestructura crítica que sostiene a gobiernos y economías. De ahí surge con fuerza la noción de soberanía tecnológica, un deba
Alejandro Ibarra Pérez
/ Durante años, la conversación global giró en torno a la soberanía digital: cómo regular las tecnologías emergentes de forma ética. Pero el actual contexto geopolítico, marcado por el auge de la inteligencia artificial, ha desplazado ese debate. No se cuestiona si el desarrollo tecnológico ocurrirá, sino en manos de quién está el control de la infraestructura crítica que sostiene a gobiernos y economías. De ahí surge con fuerza la noción de soberanía tecnológica, un debate más estructural que plantea riesgos directos para la autonomía de los Estados.
Esta preocupación la previó hace más de una década Tim Wu, reputado académico que acuñó el término de "neutralidad de la red". En su libro, The Master Switch, sostiene que las tecnologías suelen nacer abiertas, pero con el tiempo se concentran en pocas manos. Quien controla esos recursos termina teniendo el “botón maestro”: la capacidad de decidir las reglas del juego. La IA no parece ser la excepción.
El riesgo es latente. La visión de la postura de realpolitik adoptada por Estados Unidos, reiterada durante la última edición del Foro Económico Mundial (WEF), y su rivalidad con China, se ha extendido al ámbito digital. Esto ha empujado a los gobiernos europeos a regular con mayor fuerza a las empresas transnacionales sobre cuya infraestructura descansa gran parte de su actividad digital. La última Cumbre Digital Europea dejó claro el objetivo: reducir dependencias y recuperar soberanía.
En ese escenario, América Latina enfrenta un riesgo doble. Según un reciente reporte del WEF, la región depende en gran medida de servicios operados fuera de sus fronteras y arrastra brechas profundas de talento, infraestructura y coordinación. Aunque la adopción tecnológica avanza, la generación de valor sigue siendo limitada. Así, copiar el modelo europeo y apostar por una autonomía tecnológica total resulta costoso y poco realista. De ahí la necesidad de buscar modelos híbridos que fortalezcan capacidades estratégicas sin aislarse de la realidad global.
México ha optado por un enfoque singular. La creación de la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones reflejó la apuesta por centralizar capacidades tecnológicas del Estado y avanzar hacia mayor autonomía. A ello se suman los Principios de Chapultepec, que colocan el uso de la IA al servicio del bien público, el acceso a derechos y la responsabilidad social: que el “botón maestro” no esté siempre fuera del país.
Aun así, la soberanía tecnológica no se logra por decreto. Requiere contemplar una política industrial inteligente, inversión sostenida en talento y una gobernanza que brinde certeza jurídica para que el sector privado sume como aliado estratégico.
En la era de la IA, una visión tecnológica social y ética es indispensable (y debe celebrarse). Pero el dilema no es elegir entre soberanía o innovación, sino articular ambas, construyendo capacidades nacionales sin renunciar a una colaboración responsable con quienes hoy empujan la frontera tecnológica.
Participación en La Silla Rota

De PUTINización a TRUMPización en Ucrania
Aribel Contreras / Llantos al fondo de escenas que nos hacen llorar, sirenas que suenan sin parar, disparos de misiles y drones que se oyen cada vez más cerca, y una narrativa que rompe los tímpanos del derecho internacional... así han sido los últimos cuatro años de millones de ucranianos que no respiran paz, sino el humo del fuego que no cesa. Sí, se han cumplido cuatro años de las peores brutalidades que la humanidad haya atestiguado durante las últimas ocho décadas en la guerra de Rusia c
Aribel Contreras
/ Llantos al fondo de escenas que nos hacen llorar, sirenas que suenan sin parar, disparos de misiles y drones que se oyen cada vez más cerca, y una narrativa que rompe los tímpanos del derecho internacional... así han sido los últimos cuatro años de millones de ucranianos que no respiran paz, sino el humo del fuego que no cesa.
Sí, se han cumplido cuatro años de las peores brutalidades que la humanidad haya atestiguado durante las últimas ocho décadas en la guerra de Rusia contra Ucrania. Han sido mil cuatrocientos sesenta días de la invasión rusa sobre territorio ucraniano y ni Trump ni nadie ha frenado a Putin con sus ambiciones de regresar a hacer Rusia grande otra vez. El Make America Great Again se ha transformado en un Make Russia Great Again ante las ambiciones territoriales Putinistas de construir un nuevo imperio ruso basado en arsenal nuclear y conquista de territorio que alguna vez fue parte de la entonces Unión Soviética.
A lo largo de estos cuatro largos años he venido escribiendo desde “De la OTANización a la desPUTINización”, “La guerra en Ucrania: un cisne negro”, “Ucrania: entre el colonialismo de dos neopopulistas y neocolonialistas” hasta “Ucranianos al grito de guerra en la Cumbre del Futuro” y “¿Dos o diez años de guerra volcánica en Ucrania?”, entre otras reflexiones. Pero con el regreso de Trump a la Casa Blanca donde la comunidad internacional le creyó que acabaría con la guerra en Ucrania en tan solo 24 horas, hoy es momento de hablar de la PUTINización a la TRUMPización.
Ucrania se encuentra entre la espada y la pared. El Kremlin representa una espada filosa mientras que la Casa Blanca simboliza una pared y no precisamente blanca sino ensangrentada en el campo de batalla, pero también de la injusticia y la desvergüenza. Putin pasó de ser el gran paria internacional y el gran enemigo de Ucrania a invitado VIP de Trump en la Cumbre de Alaska celebrada el año pasado. Pero el deshielo de la diplomacia en Alaska no fue suficiente para un cese al fuego ni siquiera milimétrico.
Rondas de negociaciones en Turquía, Emiratos Árabes Unidos y Suiza se han dado cita, pero ninguna latitud geográfica parece ser suficiente para avanzar en el diálogo político que apunte a una paz. Acuerdos van y vienen a la misma velocidad que los vuelos del enviado especial Steve Witkoff y Jared Kushner a Moscú y a otras ciudades, así como de los drones rusos que atacan a Ucrania y sobrevuelan el espacio aéreo de diferentes países europeos.
Se dice que nadie está ganando la guerra, pero al final parece que quien lleva la delantera es el desgaste y la frustración. Miles de millones de dólares se esfuman al utilizarlos en un andamiaje de guerra que a veces parece tambalear y a veces apunta a recargarse. Exigencia de celebración de elecciones en un país en guerra, casos de corrupción, intercambio de soldados que se encontraban como rehenes y niños secuestrados han llenado los titulares internacionales. Sin embargo, ni Putin muestra señales de ceder para llegar a un acuerdo ni Trump desaprovecha un instante para ver cómo hacer negocios de la guerra, como el acuerdo que firmó Estados Unidos con Ucrania en materia de minerales críticos y tierras raras.
La PUTINización se centra en una guerra de interés personal para pasar a la historia como el presidente que le devolvió a Rusia no sólo el territorio que alguna vez fue ruso, sino como quien le regresó la dignidad y el status de que Rusia sea vista como un país hegemónico capaz de hablar y negociar al mismo nivel de iguales con Estados Unidos y con China.
La TRUMPización se enfoca a querer llegar a un acuerdo de paz por un deseo profundo de reconocimiento internacional a través del Premio Nobel de la Paz, no por un interés genuino del presidente de Estados Unidos. Pasar de la guerra a la paz como una gran posibilidad de hacer un jugoso negocio como el venderle armas a Europa para que Ucrania se defienda, pero a la vez no brindar garantías de seguridad a Ucrania es una hipocresía estridente.
Ucrania se encuentra en un laberinto donde es muy complejo encontrar la salida ya que entre la PUTINización y la TRUMPización es difícil distinguir quién es el aliado y quién es el enemigo.
Participación en El Sol de México
México más allá de Norteamérica: Abrir la agenda y sumar aliados
José Joel Peña Llanes / México vive una paradoja desde hace tres décadas. Su economía se expandió hacia América del Norte, pero su diplomacia aspira a mantener una presencia activa en América Latina y, cada vez más, fuera del continente. El resultado ha sido una dependencia difícil de corregir. Desde la entrada en vigor del TLCAN y hoy con el T-MEC, la integración con Estados Unidos –y, en menor medida, con Canadá– se volvió el eje del crecimiento exportador, sin que eso se traduzca automátic
José Joel Peña Llanes
/ México vive una paradoja desde hace tres décadas. Su economía se expandió hacia América del Norte, pero su diplomacia aspira a mantener una presencia activa en América Latina y, cada vez más, fuera del continente. El resultado ha sido una dependencia difícil de corregir. Desde la entrada en vigor del TLCAN y hoy con el T-MEC, la integración con Estados Unidos
–y, en menor medida, con Canadá– se volvió el eje del crecimiento exportador, sin que eso se traduzca automáticamente en diversificación comercial.
La red mexicana de acuerdos es amplia, pero tener tratados no equivale a exportar más a nuevos destinos. La concentración persiste porque pesan la geografía, las cadenas regionales de valor y la logística. Ese "anclaje" se vuelve un dilema político cuando Washington usa el comercio como amenaza. En el segundo mandato de Donald Trump, iniciado en enero de 2025, el mensaje ha sido claro: la revisión del T-MEC prevista para julio de 2026 será exigente y los aranceles han vuelto al centro de la negociación.
Para reducir riesgos asociados a las amenazas del presidente Trump, México ha cedido en temas sensibles y ha ajustado su política comercial con terceros. Un ejemplo es el aumento de aranceles a partir del 1 de enero de 2026 para productos provenientes de países con los que no se tiene un TLC impactando las importaciones asiáticas, incluidas las chinas (2.º origen de importaciones). Más allá del objetivo industrial y de protección del mercado interno, la medida envía un mensaje geopolítico: México busca evitar que se le continúe percibiendo como “puente” de mercancías chinas hacia el mercado estadounidense, pero tampoco desea abrir un frente con su vecino del norte. Beijing respondió con una investigación por posibles barreras comerciales y sostuvo que la revisión del T-MEC no debería condicionar la relación de México con terceros.
La clave es diversificar. No se trata solo de vender más, sino de construir opciones. Con los países del Consejo de Cooperación del Golfo hay margen para cooperación energética, financiamiento e innovación. La Unión Africana y la Zona de Libre Comercio Continental Africana abren una frontera de alianzas, inversión y conectividad. Y la Unión Europea sigue siendo un socio estratégico, y más ahora que se espera la firma de un acuerdo interino para adelantar la parte comercial mientras avanza la ratificación del Acuerdo Global modernizado.
El cambio de fondo es político. México necesita pasar de una política exterior ideologizada a una pragmática. Esto implica mantener valores, sí, pero priorizar resultados, gestionar riesgos y formar coaliciones variables por temas. Sobre todo, debe evitarse que la política exterior se convierta en una extensión del proyecto político interno que implica, entre otras cosas, la selección de socios por afinidad, porque eso reduce el margen de negociación y limita la construcción de alianzas estables y útiles.
En un entorno de presión e incertidumbre crecientes, abrir la agenda y sumar aliados no es un lujo, es margen de maniobra.
Participación en El Heraldo De México

Todos los caminos llevan a Türkiye
Juan Ascencio Moctezuma / En un sistema internacional marcado por la fragmentación, la competencia geopolítica y la búsqueda de nuevos equilibrios, la diplomacia multilateral se ha convertido en una herramienta clave para las potencias medias. Türkiye parece haber entendido bien esta lógica. En 2026, el país se colocará en el centro de la agenda global gracias a un intenso calendario de cumbres y foros internacionales en Ankara, Antalya y Estambul, que consolidan su proyección como uno de los a
Juan Ascencio Moctezuma
/ En un sistema internacional marcado por la fragmentación, la competencia geopolítica y la búsqueda de nuevos equilibrios, la diplomacia multilateral se ha convertido en una herramienta clave para las potencias medias. Türkiye parece haber entendido bien esta lógica. En 2026, el país se colocará en el centro de la agenda global gracias a un intenso calendario de cumbres y foros internacionales en Ankara, Antalya y Estambul, que consolidan su proyección como uno de los actores más influyentes de la actualidad.
La llamada diplomacia de cumbres es una herramienta importante para las potencias medias. Ser el anfitrión de eventos de alto nivel va más allá de los aspectos logísticos: es un rol que garantiza acceso a discusiones y negociaciones en las que el país puede promover sus intereses y contribuir a la construcción de consensos.
El calendario diplomático de Türkiye para 2026 incluye la Cumbre de la Unión Interparlamentaria Internacional (abril, Estambul); la Cumbre de Líderes de la OTAN (julio, Ankara); la Cumbre de Cambio Climático, COP31 (Antalya, noviembre) y la Cumbre de Líderes de la Organización de los Estados Túrquicos (último trimestre del año, con sede por definir).
A ello se suma el Foro de Diplomacia de Antalya, que se celebrará en abril. Este encuentro, comparable a la Conferencia de Seguridad de Múnich o el Foro Raisina de India, se ha consolidado como un espacio cada vez más relevante, cuya agenda refleja las prioridades de la política exterior turca y la visión de Ankara sobre los desafíos globales más apremiantes.
Hospedar cumbres y foros internacionales es también un ejercicio de poder suave. El papel de anfitrión dará a Türkiye margen para influir en la agenda de las discusiones, incidir en la redacción de declaraciones finales y acceder a conversaciones informales de alto nivel. Es un ejercicio de liderazgo a través de la hospitalidad y la capacidad de convocatoria.
Las cumbres de 2026 ofrecerán a Türkiye una oportunidad de afianzar su identidad como un constructor de acuerdos y un actor internacional responsable. Será especialmente relevante observar la construcción de consensos al interior de la OTAN en temas como la guerra en Ucrania, así como las negociaciones en la COP31 sobre energía y financiamiento para el cambio climático.
Estos encuentros también permitirán a Türkiye mostrar al mundo sus capacidades de organización, el profesionalismo de su servicio diplomático, la infraestructura de sus ciudades, sus atractivos turísticos -principalmente en el caso de Antalya- y su riqueza cultural. Una cumbre internacional es más que política, es una plataforma global de proyección de imagen.
Desde luego, hospedar cumbres es una inversión significativa. Türkiye deberá asumir costos importantes en materia de seguridad, infraestructura, traductores, tecnología y logística. Sin embargo, se trata de una apuesta estratégica orientada a consolidar una marca nacional que, en el mediano plazo, puede traducirse en mayor atracción de inversiones, turismo y capital político.
El intenso calendario de 2026 es el resultado de la confianza que Türkiye se ha ganado en el escenario internacional. Constituye, además, un ejemplo para otras potencias medias -como México- sobre la importancia de mantener una política exterior activa, una diplomacia profesional y un papel en el mundo que sea factor de orgullo nacional.
Türkiye se ha consolidado como uno de los centros más dinámicos de la política internacional contemporánea. Más allá del prestigio y la visibilidad, tendrá la oportunidad única de contribuir a la búsqueda de soluciones a los principales desafíos globales, que se enmarquen en el derecho internacional y que enfaticen el valor del multilateralismo. No queda más que desearle éxito en este ambicioso ejercicio diplomático.
Participación en El Economista:

México-Unión Europea: Del unilateralismo al transatlantiquismo
Aribel Contreras / En el año 2000 arrancó el Acuerdo de Asociación Económica, Coordinación Política y Cooperación (Acuerdo Global: AG) entre México y la Unión Europea (UE). El pilar comercial se separó y se conoce como TLCUEM pero al final la relación bilateral es integral. Sin embargo, las disciplinas comerciales se diversificaban, el mundo cambiaba y le geopolítica se reconfiguraba, por lo que era vital apostar por una modernización integral. Entre obstáculos comerciales y frenos políticos la
Aribel Contreras
/ En el año 2000 arrancó el Acuerdo de Asociación Económica, Coordinación Política y Cooperación (Acuerdo Global: AG) entre México y la Unión Europea (UE). El pilar comercial se separó y se conoce como TLCUEM pero al final la relación bilateral es integral. Sin embargo, las disciplinas comerciales se diversificaban, el mundo cambiaba y le geopolítica se reconfiguraba, por lo que era vital apostar por una modernización integral. Entre obstáculos comerciales y frenos políticos la modernización estuvo estancada pero el AG continuaba operando.
Participación en El Economista

Tiro de tres bandas
Carlos Manuel López-Portillo En el billar, el juego de carambola a tres bandas se practica en una mesa sin troneras. Para anotar un punto, la bola tiradora debe contactar a las otras dos bolas después de haber rebotado en tres o más bandas. No basta con precisión: se requiere cálculo, audacia y una sensibilidad casi artística para anticipar los rebotes. Cada tiro es, en realidad, una apuesta informada sobre el comportamiento de un sistema complejo. La política internacional funciona bajo esa
Carlos Manuel López-Portillo
En el billar, el juego de carambola a tres bandas se practica en una mesa sin troneras. Para anotar un punto, la bola tiradora debe contactar a las otras dos bolas después de haber rebotado en tres o más bandas.
No basta con precisión: se requiere cálculo, audacia y una sensibilidad casi artística para anticipar los rebotes. Cada tiro es, en realidad, una apuesta informada sobre el comportamiento de un sistema complejo.
La política internacional funciona bajo esa misma lógica, aunque en la actualidad parezca lo contrario. Los actores racionales no improvisan; miden trayectorias, calculan riesgos y aceptan que incluso las mejores jugadas pueden producir efectos no deseados. Cuando el contexto se vuelve más volátil y el uso de la fuerza deja de ser excepcional, el juego deja de ser meramente táctico y se transforma en una prueba de poder.
En 2026, bajo la segunda administración del presidente Donald Trump, Estados Unidos ha modificado de manera sustantiva su forma de jugar en Medio Oriente. A diferencia del enfoque de contención diplomática y equilibrio administrado que caracterizó a la era Obama, y del primer mandato de Trump centrado en sanciones y disuasión retórica, el segundo ciclo trumpista ha incorporado sin ambigüedades el uso recurrente de la fuerza y una presencia militar más visible como instrumentos normales de política exterior.
Los bombardeos selectivos, el refuerzo de bases, la presencia naval sostenida y la disposición explícita a escalar si se cruzan ciertas líneas rojas han redefinido el tablero. No se trata de una guerra declarada, pero tampoco de una mera estrategia de presión económica. Es una política de choque calculado: golpear lo suficiente para disuadir, sin quedar atrapado en un conflicto total que Estados Unidos no desea administrar a largo plazo.
La relación con Irán ilustra con claridad este nuevo equilibrio inestable. Teherán ha dejado de ser únicamente el objeto de sanciones o de negociaciones nucleares intermitentes para convertirse en el antagonista central de una arquitectura regional basada en la disuasión activa. Estados Unidos ya no apuesta a moderar a Irán mediante incentivos diplomáticos, sino a contenerlo mediante demostraciones periódicas de fuerza, mientras mantiene abiertos canales mínimos de negociación que eviten una escalada irreversible.
Irán, por su parte, responde con una lógica igualmente sofisticada. Avanza de manera gradual en su programa nuclear, endurece su retórica frente a Washington y continúa utilizando a sus aliados y milicias regionales como instrumentos de presión indirecta. El juego del policía bueno y el policía malo persiste, pero ahora se desarrolla en un entorno más militarizado, conflictivo socialmente y con márgenes de error cada vez más estrechos. No hay intención inmediata de guerra abierta, pero sí una disposición constante a probar los límites del adversario.
En este contexto, Israel se consolida como la pieza central de la estrategia estadounidense. Ya no es solo un aliado preferente, sino el principal ejecutor regional de la contención contra Irán. El respaldo de Washington es explícito y operativo, lo que le permite a Israel actuar con mayor libertad, aunque también lo expone a convertirse en el blanco prioritario de represalias directas e indirectas. Es la bisagra estratégica de Occidente, pero también el jugador que asume los mayores riesgos inmediatos.
Arabia Saudita continúa siendo un contrapeso indispensable, más por su rol económico y su ubicación estratégica que por su desempeño militar. A pesar de las dudas que han generado conflictos prolongados como en Yemen, Riad sigue siendo una pieza clave para sostener el equilibrio energético y político regional. Turquía, en paralelo, mantiene su ambigüedad estructural: coopera cuando le conviene, se distancia cuando puede y utiliza cada crisis para reforzar su autonomía estratégica. De ahí surge la posibilidad de una alianza entre ambos jugadores para contrarrestar a Israel; la intersección del poder económico saudita y el poder militar turco. No olvidemos que Turquía sigue con el claro objetivo de ser un jugador hegemónico en la región.
Lo que emerge de esta dinámica no es un Medio Oriente más estable, sino uno funcionalmente inestable. Desde la perspectiva de Washington, la fragmentación y la tensión controlada impiden la consolidación de una hegemonía regional capaz de desafiar intereses estadounidenses. La presencia militar reforzada no busca pacificar la región, sino gestionar el desorden de manera favorable, distribuyendo costos y manteniendo la iniciativa estratégica.
Dado los componentes religiosos y culturales de estos sistemas políticos, la administración estadounidense parece haber asumido que el orden regional debe ser contenido o influido a través de la fuerza, más que reformado o democratizado, como lo han demostrado las malas experiencias previas. La inestabilidad deja de ser un fracaso y se convierte en una herramienta. Estados Unidos interviene cuando es necesario, castiga cuando lo considera útil y se retira parcialmente cuando el costo de permanecer supera el beneficio.
El tiro, entonces, ya no es elegante ni silencioso, como en la carambola clásica. Es más duro, estridente, más visible y más riesgoso. Pero sigue siendo, en esencia, un tiro de tres bandas: fuerza militar, disuasión estratégica y negociación latente.
La mesa ha cambiado, las bandas son más estrechas y el margen de error es menor. El juego continúa.
Carlos es especialista en inteligencia, geopolítica y gestión de riesgos, con formación en Ciencias Políticas y estudios de posgrado en Responsabilidad Social, negociación y resolución de conflictos, y análisis de microexpresiones (Paul Ekman Group). Es socio fundador de Crisol Consulting y ha ocupado cargos directivos en Pinkerton y Stratfor-RANE, además de asesorar a la Presidencia de México. Analista y comentarista en diversos medios nacionales e internacionales, es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Panamericana.
Participación en El Sol de México

Electricidad, vehículo de la integración regional
José María Valenzuela / Durante décadas, para México y gran parte del continente, la integración energética significó hacer que el petróleo y el gas fluyeran más rápido y en mayor volumen. Se construyeron gasoductos, oleoductos y se firmaron tratados pensando en los combustibles fósiles. Pero hoy, el panorama más prometedor –y urgente– para unir a la región tiene un nombre distinto: electricidad. No solo porque América Latina ya es la región con la matriz eléctrica más limpia del mundo, sino
José María Valenzuela
/ Durante décadas, para México y gran parte del continente, la integración energética significó hacer que el petróleo y el gas fluyeran más rápido y en mayor volumen. Se construyeron gasoductos, oleoductos y se firmaron tratados pensando en los combustibles fósiles. Pero hoy, el panorama más prometedor –y urgente– para unir a la región tiene un nombre distinto: electricidad.
No solo porque América Latina ya es la región con la matriz eléctrica más limpia del mundo, sino porque la demanda está a punto de dispararse. Según la Organización Latinoamericana de Energía (OLADE), hacia 2050 el continente necesitará tanta electricidad adicional como la que hoy consumen México y Brasil juntos. En Centroamérica, por ejemplo, la demanda se cuadruplicará. Mientras, naciones como Chile y Argentina podrían superar el 90% de generación renovable en solo 25 años.
Detrás de este salto están tres formas de demanda. Primero, la electrificación del transporte: cada auto, autobús y camión que cambia de gasolina a electricidad. Segundo, el auge de los centros de datos, gigantes que consumen energía a escala industrial. Y tercero, la combinación de los motores tradicional: el crecimiento del poder de compra y de la industria manufacturera regional. Más industrias, más fábricas y millones de hogares con mayores ingresos están conectando más aparatos, maquinaria y sistemas, presionando la red como nunca antes.
Esta no es solo una cuestión técnica; es una carrera por la competitividad. En un mundo donde las empresas buscan reducir su huella de carbono y asegurar suministros estables, tener electricidad limpia y abundante es un imán para la inversión. Si no actuamos con visión regional, el aumento desordenado de la demanda –desde los data centers hasta las nuevas fábricas– podría presionar precios y afectar a hogares e industrias.
La región ya tiene experiencias valiosas. Centroamérica lleva la delantera con una red eléctrica troncal que interconecta a casi todos sus países y un mercado que permite equilibrar la oferta y la demanda entre naciones. Este modelo ha demostrado que facilita integrar más energías renovables y responder con agilidad a los picos de consumo. El reto es que proyectos así son costosos y arriesgados, por lo que requieren el compromiso de las grandes economías latinoamericanas y la participación de la banca multilateral.
Pero hay otra oportunidad para la que existen pocos antecedentes –como en materia de vacunas,– de integración comercial inteligente. Hoy, las empresas públicas dominan las redes de transmisión y distribución en gran parte de la región. En países como México, Uruguay u Honduras son totalmente estatales; en Brasil, Colombia o Argentina operan bajo esquemas público-privados. Esto abre una oportunidad concreta: coordinar las compras públicas de equipos y tecnología, con el objetivo de fomentar proveedurí intraregional y el desarrollo de cadenasde valor de mayor valor agregado.
Las oportunidades están más allá de las tecnologías de generación, en las que ha habido muy pocos avances en manufactura (con la excepción de Brasil). Un estudio reciente de la CEPAL señala que, en esta década, la inversión en redes será entre dos y tres veces mayor que la de parques solares y eólicos. La transición energética nos obliga a repensar no solo de dónde viene la electricidad, sino cómo actuar en un momento de disrupción de las expectativas sobre cadenas de proveduría globales, para incrementar la cacidad productiva en América Latina. No se trata solo de tender cables entre fronteras, sino de crear mecanismos de gobernanza, compras coordinadas y cadenas de valor compartidas.
América Latina tiene la generación más limpia, el sol y el viento a favor, y una demanda que crece. Lo que nos falta es conectar ese potencial disperso, aún a pesar de los profundos clivajes políticos en la región.
Participación en El Economista
Davos y el costo de no adaptarse
Andrea Navarro de la Rosa / En el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) celebrado recientemente en Davos, Suiza, el mensaje fue consistente entre líderes económicos, empresas tecnológicas, organismos multilaterales y gobiernos: el mundo ha entrado en una nueva fase de quiebre estructural. Las economías están siendo rediseñadas por la tecnología, la ciencia y una presión social que avanza más rápido que nuestra capacidad de adaptación colectiva. No se trata de una transición g
Andrea Navarro de la Rosa
/ En el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) celebrado recientemente en Davos, Suiza, el mensaje fue consistente entre líderes económicos, empresas tecnológicas, organismos multilaterales y gobiernos: el mundo ha entrado en una nueva fase de quiebre estructural.
Las economías están siendo rediseñadas por la tecnología, la ciencia y una presión social que avanza más rápido que nuestra capacidad de adaptación colectiva.
No se trata de una transición gradual, sino de un cambio profundo que redefine cómo trabajamos, cómo aprendemos y cómo se construye la prosperidad. El costo de no adaptarse será especialmente alto para las economías emergentes, y América Latina se encuentra en una posición particularmente vulnerable.
Desde el propio WEF, el diagnóstico es claro y medible. El Global Risks Report 2025 advierte que 52% de los expertos anticipa un escenario global inestable en los próximos dos años, mientras que 62% proyecta una década turbulenta o tormentosa. A ello se suma un entorno geopolítico frágil, donde los conflictos armados entre Estados y la erosión de la confianza pública asociada a la desinformación y al aumento de brechas socioeconómicas figuran entre los principales riesgos para el crecimiento económico.
En ese contexto, Davos colocó una pregunta crítica en el centro del debate… ¿Estamos formando a las personas que esta nueva economía necesita para sostener productividad, bienestar y cohesión social?
Para las juventudes en América Latina, el desafío se expresa con claridad en tres ejes.
1. Los trabajos del futuro.
De acuerdo con el Future of Jobs Report 2025 del WEF, hacia 2030 se crearán alrededor de 170 millones de empleos, pero también se desplazarán 92 millones. Aunque el saldo parece positivo, tendrá un impacto profundamente desigual. Además, 39% de las habilidades clave requeridas en el mercado laboral cambiará antes de que termine la década. Los sectores asociados a datos, tecnología, transición energética, ciberseguridad, logística avanzada, salud digital y economía verde crecen más rápido que la capacidad de los sistemas educativos para formar talento compatible. Es decir, el problema ya no es solo la falta de empleo, sino la escasez de habilidades adecuadas.
2. Educación que no se adapta: rezago estructural.
En Davos se subrayó que los sistemas educativos tradicionales siguen formando profesionistas para economías que ya no existen. La economía del conocimiento exige formación permanente, pensamiento crítico, ética y comprensión del impacto social de la tecnología. Sin embargo, en América Latina persisten modelos educativos y laborales rígidos, poco compatibles con la innovación, la movilidad y la interdisciplina que demanda la ciencia contemporánea; lo que sin duda limitará la empleabilidad individual y reducirá la capacidad de los países para absorber los grandes choques tecnológicos y demográficos que, incluso, ya están sucediendo en la región.
3. El costo del rezago.
Organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), señalan que, en los resultados de la prueba educativa PISA 2022, América Latina y el Caribe se ubicó por debajo de la media global en lectura, matemáticas y ciencias, con una brecha equivalente a cinco años de escolaridad frente a los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Mientras que el Banco Mundial advierte que 4 de cada 5 niñas y niños en la región no comprenden un texto sencillo.
Lo anterior evidencia el claro rezago educativo en la región, que tiene un impacto económico directo en la productividad laboral, afectando el crecimiento, la sostenibilidad fiscal y la capacidad de financiar sistemas de salud y protección social desde los gobiernos.
Es indiscutible que la inacción global y regional tendrá un costo económico y social sin precedentes. Pero para América Latina, invertir en educación alineada al futuro del trabajo puede significar la mejor estrategia económica y de salud pública que permita asegurar el bienestar y la calidad de vida de las presentes y futuras generaciones.
Para lograrlo, es urgente tomarse en serio la digitalización, fortalecer la educación superior y el posgrado, impulsar trayectorias híbridas entre ciencia, tecnología y humanidades, y construir alianzas reales entre gobiernos, empresas y academia.
Davos no habló del futuro como una promesa, sino como una advertencia. Para América Latina y el Caribe aún hay esperanza. El reto es si la región tendrá la voluntad política y social para virar a tiempo, evitando que las nuevas generaciones paguen el costo de un sistema que ya no responde a lo que el mundo necesita.
Participación en El Sol de México
La lucha contra el VIH ante la muerte de ONUSIDA
Giorgio Franyuti / En los próximos meses, los países se reunirán en Naciones Unidas para la penúltima Reunión de Alto Nivel sobre VIH antes de concluir con la Agenda 2030. En teoría, estos encuentros sirven para monitorear el avance y renovar compromisos, así como acelerar el camino hacia el fin del SIDA como amenaza de salud pública. Pero esta vez el contexto es distinto. Y es preocupante. Después de más de dos décadas de avances, la respuesta global al VIH atraviesa uno de sus momentos más
Giorgio Franyuti
/ En los próximos meses, los países se reunirán en Naciones Unidas para la penúltima Reunión de Alto Nivel sobre VIH antes de concluir con la Agenda 2030. En teoría, estos encuentros sirven para monitorear el avance y renovar compromisos, así como acelerar el camino hacia el fin del SIDA como amenaza de salud pública. Pero esta vez el contexto es distinto. Y es preocupante.
Después de más de dos décadas de avances, la respuesta global al VIH atraviesa uno de sus momentos más frágiles.
No se trata solo de cifras o metas internacionales. En el terreno, esto se traduce en clínicas que reducen servicios, programas comunitarios que desaparecen y pacientes que ya no tienen la misma certeza de acceso a tratamiento y/o prevención. Para millones de personas, la continuidad de la atención no es un tema político: es la diferencia entre vivir o morir.
Una gran parte del problema es financiero. Programas que han sido pilares de la respuesta global como PEPFAR (Plan de Emergencia del Presidente para hacer frente al SIDA por sus siglas en inglés), USAID, Fondo Mundial y otros mecanismos de cooperación internacional hoy enfrentan incertidumbre, recortes, reorientaciones o cierre total. Muchos países medianos y bajos ingresos dependen de estos fondos para sostener tratamiento antirretroviral, pruebas, prevención y acompañamiento comunitario. Cuando ese financiamiento tiembla, todo el sistema se vuelve vulnerable.
Al mismo tiempo, en el marco de la iniciativa UN80, están sobre la mesa propuestas que podrían transformar drásticamente el rol de ONUSIDA. En la práctica, esto ya se traduce en grandes reducciones de personal y de presencia en terreno, y existe la posibilidad de que su mandato actual, como programa especializado en la respuesta al VIH, se integre en otras oficinas de la ONU como la OMS y deje de existir como entidad autónoma hacia 2027.
Esto no es un ajuste administrativo menor: ONUSIDA ha sido la pieza central para coordinar la respuesta global al VIH, recolectar datos, exigir rendición de cuentas y mantener la visibilidad y voluntad política en la lucha contra el VIH/SIDA. Su desmantelamiento o absorción en estructuras más amplias corre el riesgo real de que las necesidades específicas de quienes viven con VIH sobre todo en regiones con epidemias dinámicas y desigualdades profundas se diluyan entre una agenda más amplia y competida, así mismo, ONUSIDA siempre ha puesto a las comunidades al frente de la respuesta contra el VIH, mientras que los mecanismos de participación activa de la sociedad civil organizada como la OMS son ampliamente burocráticos, restrictivos, sistemáticamente limitativos y obstaculizan la participación equitativa de las minorías y países de bajos ingresos dificultando que las voces de las personas viviendo con VIH se escuchen, se tomen en cuenta y sirvan para coaccionar soluciones intersectoriales.
Desde Medical Impact trabajamos en contextos de marginación y difícil acceso. Ahí es donde estas decisiones globales se sienten primero. Las poblaciones más afectadas: mujeres, jóvenes, comunidades clave son también las que menos margen tienen para absorber retrocesos. Cuando falla la prevención, aumenta la transmisión. Cuando se interrumpe el tratamiento, crece la mortalidad. Cuando se reduce el trabajo comunitario, la gente simplemente deja de llegar a los servicios.
La próxima reunión de alto nivel debería ser un último llamado de alerta, no una ceremonia diplomática más. El mundo aún puede controlar la epidemia, pero eso exige compromiso político real y financiamiento sostenido.
Retroceder ahora no sería solo un error estratégico. Sería una decisión con consecuencias y costo que se paga con vidas humanas.
Porque el VIH no desaparece cuando deja de ser prioridad. Solo se vuelve más silencioso y desigual.
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El Corolario Trump: seguridad hemisférica y migración de retorno en América Latina
Paola Suárez / Apenas en noviembre de 2025 se publicó el documento National Security Strategy of the United States of America, acompañado de un prólogo del actual presidente de los Estados Unidos. En él, en pocas palabras, se expone el significado del llamado “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe. Este corolario refuerza la intención de acentuar el dominio estadounidense en el hemisferio occidental y de protegerlo frente a los intereses de otros actores y países. De esta estrategia se despre
Paola Suárez
/ Apenas en noviembre de 2025 se publicó el documento National Security Strategy of the United States of America, acompañado de un prólogo del actual presidente de los Estados Unidos. En él, en pocas palabras, se expone el significado del llamado “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe. Este corolario refuerza la intención de acentuar el dominio estadounidense en el hemisferio occidental y de protegerlo frente a los intereses de otros actores y países.
De esta estrategia se desprenden dos líneas de acción: enlistar y expandir (Enlist and Expand). La primera coincide con un conjunto de medidas orientadas al control migratorio, que buscan recuperar las mejores prácticas y fortalecer alianzas clave, tanto para frenar la migración y el flujo de drogas ilícitas en toda América e inclusive más allá de sus fronteras, así como fortalecer la manufactura local y desarrollar las economías privadas locales, entre otras cosas.
La segunda acción es una estrategia de política exterior de Estados Unidos centrada en recuperar y consolidar su preeminencia en el Hemisferio Occidental. El enfoque principal es desplazar la influencia de potencias extranjeras (competidores no hemisféricos) mediante una combinación de presión económica, alianzas estratégicas y el fortalecimiento de la presencia comercial estadounidense.
Estas dos líneas de acción coinciden plenamente con las medidas aplicadas para la gestión fronteriza y migratoria durante el primer año de la administración de Donald Trump, iniciada el 20 de enero de 2025. Bajo el liderazgo de Marco Rubio como secretario de Estado, Estados Unidos ha impulsado una nueva forma de relacionarse con países no alineados al bloque occidental, como Cuba y Venezuela.
Esta reconfiguración diplomática se ha traducido en acciones concretas, entre ellas la devolución de migrantes y solicitantes de asilo provenientes de dichos países, así como la cancelación de permisos humanitarios para cubanos, haitianos, nicaragüenses y venezolanos. Estas medidas han implicado que terceros países cedan ante la presión estadounidense para aceptar deportaciones sin un proceso judicial previo, como ocurrió con los 252 venezolanos trasladados a El Salvador, donde fueron sometidos a procedimientos injustos en una cárcel de alta seguridad.
Con el inicio del segundo mandato de Donald Trump en enero de 2025, la deportación en cadena se convirtió en una estrategia central de control fronterizo. A través de decretos presidenciales, se establecieron mecanismos de devolución a países de origen o a terceros Estados como México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá. Esta configuración ha generado un flujo migratorio inverso que no solo tensa los lazos diplomáticos en el hemisferio, sino que desprotege a los solicitantes de asilo. La celeridad e imposición de estos acuerdos ponen en tela de juicio el principio de retorno seguro y ordenado, creando un entorno propicio para la impunidad y el maltrato sistemático de la población migrante.
El impacto en la vida de las personas migrantes sometidas a deportaciones no regularizadas —particularmente a través de redadas masivas— ha generado un creciente descontento hacia el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Esta agencia, fundada en 2001, ha sido objeto de un número cada vez mayor de protestas, a partir de enero de 2026, debido a actos violentos contra personas migrantes y contra quienes defienden sus derechos.
La deportación no regularizada en este contexto implica un riesgo aún mayor para las personas que se beneficiaron del programa Parole —particularmente cubanos, haitianos, nicaragüenses y venezolanos—, así como para quienes carecen de estatus legal o han sido señalados por alguna falta relacionada con la seguridad nacional de Estados Unidos. Estas deportaciones inmediatas eliminan la posibilidad de un debido proceso antes de la remoción y exponen a las personas a riesgos graves para su vida y seguridad al ser enviadas de vuelta a países de los que huyeron debido a la violencia o a la pobreza.
Participación en El Economista

Inmigración en España y equilibrio demográfico
Karen Berenice González López / El rápido envejecimiento poblacional en España es una realidad que necesita respuestas y enfoques multidisciplinares para su correcto tratamiento. Hacerle frente implica repensar la organización actual del Estado debido a que cada vez hay más registros de muertes que de nacimientos. Por lo tanto, vale la pena analizar a la inmigración como un aspecto que puede ayudar en el sostenimiento del Estado de bienestar español. La inmigración se ha presentado como un
Karen Berenice González López
/ El rápido envejecimiento poblacional en España es una realidad que necesita respuestas y enfoques multidisciplinares para su correcto tratamiento. Hacerle frente implica repensar la organización actual del Estado debido a que cada vez hay más registros de muertes que de nacimientos.
Por lo tanto, vale la pena analizar a la inmigración como un aspecto que puede ayudar en el sostenimiento del Estado de bienestar español.
La inmigración se ha presentado como un elemento fundamental para darle fuerza a las áreas que están mayoritariamente envejecidas y para reducir la tensión provocada por la poca de mano de obra joven y por el preocupante desequilibrio demográfico que está presente alrededor de todo el territorio español. De acuerdo con el Banco de España, el aporte de la población extranjera que vive en España se evidencia sobre todo en sectores como la construcción, la hostelería y los servicios domésticos.
Lo expuesto anteriormente demuestra el importante rol que tiene la inmigración para servir como motor para el mantenimiento de la economía del país. De hecho, según el centro de análisis Funcas, desde 2022 y hasta finales de 2024 la población extranjera viviendo en España cubrió el 40% de los trabajos disponibles, lo cual tuvo resultados favorables para el crecimiento del sector económico español. Por lo tanto, con los hechos abordados es posible entender a la inmigración como un elemento que tiene la capacidad de adaptarse a los drásticos cambios demográficos que ha atravesado España en los últimos años y, al mismo tiempo, generar respuestas ante las necesidades del país.
En este sentido, la llegada de extranjeros a España puede generar efectos positivos para áreas prioritarias a nivel nacional. Sin embargo, es importante mencionar que dichos beneficios pueden volverse más viables al estar acompañados de iniciativas que busquen el bienestar de todos los inmigrantes sin importar su país de procedencia ni estatus económico. Según datos arrojados por El Observatorio Social, los extranjeros que viven en España son un sector poblacional que atraviesa múltiples dificultades financieras y se enfrenta a diferentes tipos de brechas, como la laboral. Por esta razón, es necesario que se sumen esfuerzos para que su integración y protección pueda darse de manera exitosa.
En definitiva, la elevada esperanza de vida y las bajas tasas de natalidad en España son factores que afectan el mantenimiento del Estado de bienestar del país a largo plazo. No obstante, crear una agenda con prioridades bien definidas y planes de inclusión para los inmigrantes puede ayudar significativamente a equilibrar las implicaciones causadas por el creciente número de personas de la tercera edad en España.
Al considerar que en el territorio español hay una elevada cantidad de inmigrantes, resulta importante que se analice el papel de dicho sector poblacional como una vía de acción viable para hacerle frente a los desequilibrios provocados por el envejecimiento poblacional. Lograr este objetivo no podrá darse de forma inmediata, pero, para intentar contrarrestar sus efectos actuales, puede ser conveniente que el gobierno de España empiece por abordar las causas estructurales que han provocado que la natalidad haya tenido una caída drástica.
Por último, vale la pena reconocer que el potencial positivo de la inmigración no está libre de problemáticas sociales. Al considerar que la integración de los no nacionales es un aspecto que genera desafíos, es posible plantear que las dinámicas de convivencia en el país se ven afectadas. Por eso, al contemplar a la inmigración como un factor clave para el dinamismo en la economía española, no se debe ignorar la necesidad de promover procesos de cohesión que puedan mantenerse con el paso del tiempo.
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La fiebre por el Ártico y el orden internacional emergente
Rubén Beltrán y Alejandra López de Alba / El Ártico dejó de ser una periferia silenciosa. Hoy es el espacio donde confluyen el deterioro climático, la ambición estratégica y una disputa política que amenaza con profundizar el quiebre trasatlántico. El 22 de marzo de 2025, el hielo marino alcanzó el máximo anual más bajo desde que hay registros satelitales: 14.33 millones de kilómetros cuadrados, muy por debajo del promedio histórico. La Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA)
Rubén Beltrán y Alejandra López de Alba
/ El Ártico dejó de ser una periferia silenciosa. Hoy es el espacio donde confluyen el deterioro climático, la ambición estratégica y una disputa política que amenaza con profundizar el quiebre trasatlántico. El 22 de marzo de 2025, el hielo marino alcanzó el máximo anual más bajo desde que hay registros satelitales: 14.33 millones de kilómetros cuadrados, muy por debajo del promedio histórico. La Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) lo resumió sin eufemismos: el techo helado del hemisferio norte está dejando de cumplir su función de estabilizador climático. En 2023, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) advirtió que el calentamiento en el Ártico es más acelerado que en cualquier otra región, amplificando riesgos ambientales, económicos y políticos.
Ese deterioro físico abre oportunidades —y tentaciones—. Con menos hielo, se extienden las temporadas de navegación y se acortan distancias entre Asia y Europa. Pero la eficiencia logística convive con una vulnerabilidad mayor: infraestructuras escasas, ecosistemas frágiles y una gobernanza incapaz de contener rivalidades crecientes. El Ártico no solo se derrite; se vuelve disputable.
Soberanía y rutas marítimas
En ese contexto debe leerse el renovado interés de Donald Trump por Groenlandia. Lo que en otro momento pareció una excentricidad, hoy aparece como una pieza coherente —y profundamente inquietante— de una ambición geoestratégica mayor. De lo que se ha filtrado de las conversaciones entre Estados Unidos y Europa no se desprende que Washington busque, al menos de manera inmediata, más bases militares, acceso privilegiado a minerales específicos o la instalación de armas estratégicas en la isla. El núcleo del diferendo es otro: la soberanía.
Groenlandia no es relevante solo por lo que tiene, sino por dónde está. Para Estados Unidos, adquirir soberanía sobre la isla significaría alterar de manera sustantiva el mapa de colindancias en el Ártico. Hoy, la huella estadounidense en la región deriva casi exclusivamente de Alaska. Esa posición es relevante, pero limitada frente a las amplias proyecciones de Rusia, que cuenta con la mayor línea costera ártica y con reclamaciones consolidadas sobre extensas áreas del océano Ártico. La soberanía sobre Groenlandia permitiría a Washington proyectarse directamente hacia el corazón del Ártico, equilibrando —y disputando— esa ventaja rusa.
No es un detalle menor. En el derecho del mar, la posesión de territorios árticos amplía zonas económicas exclusivas, plataformas continentales y, con ello, derechos potenciales sobre recursos y rutas. Cambiar la soberanía de Groenlandia alteraría ese equilibrio sin necesidad de disparar un solo tiro. De ahí la gravedad del planteamiento.
A esto se suma la dimensión marítima. El deshielo hace cada vez más plausible la navegación regular por rutas árticas. Los pasos al este de Groenlandia —vinculados al Atlántico Norte y a los accesos entre Norteamérica y Europa— adquieren una relevancia estratégica creciente. No se trata solo de comercio: controlar, influir o condicionar esos corredores implica capacidad de presión económica y militar. En un mundo de cadenas de suministro tensionadas, los canales de navegación se vuelven instrumentos de poder.
Visto así, la pregunta sobre Groenlandia tiene una respuesta incómoda, pero clara. No son solo los minerales, ni las bases, ni siquiera el corto plazo; es el Ártico. Es la posibilidad de redefinir colindancias, de disputar la primacía rusa y de sentar un precedente sobre cómo se reconfiguran espacios estratégicos en el siglo XXI. “Es el Ártico, estúpido”, podría responder Trump si contestara con franqueza.
Riesgo de contagio normativo
El problema es el costo político de esa ambición. El diferendo golpea directamente a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). La alianza pierde cohesión cuando uno de sus miembros plantea, siquiera retóricamente, la modificación de la soberanía de un territorio ligado a otro aliado. Ganan, en cambio, las ambiciones extraterritoriales que alimentan narrativas similares en Beijing y Moscú. Rusia observa; China, sin colindancia directa con el Ártico, busca afanosamente una reivindicación que le permita reafirmarse como actor “casi ártico”. El silencio de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) no ayuda. Europa recibe, una vez más, un incentivo para cerrar filas, mientras la posibilidad de una guerra arancelaria aparece menos como causa y más como síntoma de un divorcio profundo.
Las consecuencias se proyectan más allá del Ártico. Pierde Ucrania, cuya causa se debilita cuando la soberanía se relativiza. Pierde Taiwán, porque el unilateralismo refuerza la lógica de los hechos consumados. Y pierde el orden multilateral, justo cuando más necesitaría reglas claras.
En este escenario, el Ártico se perfila como uno de los principales vectores del conflicto mundial que viene: no necesariamente una guerra abierta, pero sí una disputa sostenida por colindancias, rutas de navegación y legitimidad. A diferencia de otros teatros, aquí confluyen disuasión nuclear, fragilidad ambiental y rivalidad entre grandes potencias.
En el contexto de la moralidad occidental, la acción estadounidense en Venezuela recuerda, en el marco del multilateralismo y el Derecho Internacional, que ese tipo de acción deja a todos los países menos seguros porque erosiona la regla básica que evita que el planeta se convierta en la jungla anárquica de potencias que hace las pesadillas de los realistas más duros. Además, la captura de Nicolás Maduro y los ataques emprendidos para lograrla debilitan el Derecho Internacional —que costó décadas construir y ha estado bajo asedio en el último lustro—, precisamente por el riesgo de contagio normativo: lo que se tolera una vez se vuelve argumento para repetirse (nuevamente, habría que revisar la acumulación de efectos de los conflictos entre Rusia y Ucrania, y entre Israel y Palestina).
La discusión sobre Groenlandia no es un episodio aislado; es una señal. Y como toda señal temprana, merece ser leída con cuidado.
Si ese contagio llegara al Ártico, el daño sería doble: tocaría soberanía y, además, elevaría el riesgo nuclear. Porque el Ártico no es solo comercio y minería: es también un teatro de disuasión. El Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI) advirtió, en 2025, que una nueva carrera de armamentos nucleares se perfila mientras los regímenes de control se debilitan, y casi todos los Estados con armas nucleares modernizan sus arsenales. Y el propio Departamento de Defensa de Estados Unidos reconoce que el Ártico vive “cambios geofísicos y geopolíticos” rápidos que obligan a mejorar capacidades, presencia y cooperación con aliados. A esto se suma el acercamiento ruso-chino en la región, que el Pentágono señala como motivo de preocupación estratégica, en parte por infraestructura, energía y rutas marítimas (Reuters, 2024).
El problema es que la gobernanza ártica llega tarde. A diferencia del Antártico, donde el tratado congeló disputas y organizó la investigación científica, el Ártico combina jurisdicciones, intereses comerciales y competencia militar con una arquitectura más frágil. El Consejo Ártico —foro clave de cooperación— ha intentado recomponer rutinas de trabajo técnico tras las tensiones derivadas de la guerra en Ucrania, pero su reactivación gradual deja claro lo delicado del momento. Y, aun así, la región no está condenada al choque: el Acuerdo para Prevenir la Pesca No Reglamentada en Alta Mar en el Océano Ártico Central entró en vigor en 2021, como ejemplo de precaución multilateral antes de que llegue la depredación. Es una pista importante: cuando el mundo se lo propone, puede acordar “límites” antes de que el mercado o la rivalidad los impongan por la fuerza.
Una oportunidad para la política exterior mexicana
Ahí es donde México tiene una oportunidad que no depende de tener costa en el Ártico, para proponer una Zona Libre de Armas Nucleares en el Ártico (ZLANA). México es un actor con credenciales normativas en desarme y construcción de paz. El Tratado de Tlatelolco —primer acuerdo que estableció una zona libre de armas nucleares en una región densamente poblada— sigue siendo referencia mundial. La idea no es extravagante: es un instrumento previsto por la arquitectura internacional, que ayudaría a la seguridad internacional y fortalecería el papel de México como actor mundial proactivo y responsable.
La propuesta, en una primera fase, no necesita obsesionarse con la cartografía ni con una negociación imposible de la noche a la mañana. Lo que sí necesita es ambición moral con realismo estratégico: México podría impulsar una conversación formal —en la ONU y con Estados árticos— para explorar esta ZLANA. No para “desmilitarizar” el Norte, sino para reducir el terrible riesgo de que un incidente, una crisis de soberanía o una política de hechos consumados escale hacia el umbral nuclear en un ecosistema que es, simultáneamente ambientalmente frágil y estratégicamente deseado. En términos de diseño, el precedente de las zonas libres ofrece herramientas conocidas: compromisos regionales, protocolos para que los Estados con armas nucleares se obliguen a no amenazar ni usar armas nucleares contra la zona, y mecanismos de verificación. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), además, mantiene guías y experiencia sobre verificación y salvaguardias vinculadas a tratados de zonas libres, lo que daría credibilidad técnica a cualquier esquema.
¿Para qué serviría, en la práctica política, una iniciativa así? Primero, para reinstalar una línea roja clara en un entorno donde las líneas se borran. Si el mensaje geopolítico de Venezuela fue “el fuerte puede actuar”, el mensaje ártico debería ser el inverso: “hay ámbitos donde nadie puede jugar con fuego”. Segundo, para proteger el espacio de cooperación científica y ambiental que aún sobrevive. Las organizaciones indígenas, con estatus de participantes permanentes en el Consejo Ártico, han insistido en que el valor del foro es precisamente permitir cooperación pacífica e incorporar conocimiento indígena en decisiones. Tercero, para darle al multilateralismo una victoria concreta en tiempos de fatiga diplomática: una norma de contención nuclear es el tipo de logro que ordena incentivos incluso cuando las potencias desconfían entre sí.
La objeción típica es inmediata: “las potencias nucleares nunca aceptarán”. Pero la historia de las zonas libres enseña que el camino suele empezar por lo que parece improbable y avanza por capas. La clave es presentar el proyecto como una inversión de seguridad compartida, no como una derrota para nadie. De hecho, varias potencias ya conviven con zonas libres en otros continentes y han firmado protocolos de respeto. Y, en el Ártico, la contención nuclear puede alinearse con intereses que no son ideológicos: evitar accidentes, bajar costos de crisis, proteger infraestructura estratégica y sostener estabilidad en rutas y mercados que todos desean utilizar.
También hay un argumento de política exterior mexicana: el Ártico no es una agenda ajena a Norteamérica. La creciente centralidad del Norte en la defensa continental muestra que la seguridad regional se está reconfigurando; Canadá, por ejemplo, formalizó planes de inversión a 20 años por 38 600 millones de dólares canadienses para modernizar capacidades vinculadas al entorno polar. Y la promesa de las rutas árticas también tendrá un valor elevado para Norteamérica como región. México, firme en su prioridad norteamericana, gana si su vecindad estratégica se vuelve más predecible y menos propensa a crisis. Si el deshielo reconfigura rutas y competencia, México tiene incentivos para que ese reordenamiento ocurra con reglas, no con ultimatos.
Compuertas abiertas
La discusión sobre Groenlandia y la intervención en Venezuela dejan una advertencia: cuando se relativiza la soberanía, se abren compuertas. El Ártico es demasiado importante para dejarlo a esa deriva. México puede ofrecer algo escaso: una diplomacia capaz de hablar con el Norte sin perder legitimidad en el Sur, y capaz de poner sobre la mesa una idea de seguridad humana que no compite con la defensa legítima, sino con la escalada irracional. Proponer un Ártico libre de armas nucleares no resolverá por sí solo la rivalidad internacional, pero sí puede recortar el espacio donde un error se vuelve catástrofe. En un mundo que se calienta, reducir la probabilidad del peor incendio es una política exterior sensata.
México no es un espectador irrelevante. Como actor con tradición en desarme y construcción normativa, puede jugar una carta que otros no tienen. Y el llamado Sur global también tiene incentivos para hacerlo: el debilitamiento del Derecho Internacional rara vez se queda en el Norte. Cuando las reglas se erosionan arriba, el costo se paga abajo.
La discusión sobre Groenlandia no es un episodio aislado; es una señal. Y como toda señal temprana, merece ser leída con cuidado. El Ártico ya no es solo un termómetro del clima; es un barómetro del orden internacional. Ignorarlo sería un error estratégico. Disputarlo sin reglas, una irresponsabilidad histórica.
Participación en Foreign Affairs

¿En la recta final del Acuerdo Global modernizado México-Unión Europea?
José Joel Peña Llanes / Después de una década de negociaciones y de acuerdo con declaraciones oficiales, México y la Unión Europea (UE) están listos para firmar el Acuerdo Global modernizado, un instrumento jurídico que promete, entre otras cosas, transformar las relaciones comerciales entre ambos actores que ya tienen una trayectoria de intercambios importante. El acuerdo llega en un momento propicio porque, mientras el mundo se enfrenta a guerras comerciales y el proteccionismo gana terreno,
José Joel Peña Llanes
/ Después de una década de negociaciones y de acuerdo con declaraciones oficiales, México y la Unión Europea (UE) están listos para firmar el Acuerdo Global modernizado, un instrumento jurídico que promete, entre otras cosas, transformar las relaciones comerciales entre ambos actores que ya tienen una trayectoria de intercambios importante.
El acuerdo llega en un momento propicio porque, mientras el mundo se enfrenta a guerras comerciales y el proteccionismo gana terreno, ambos actores apuestan por diversificar, aunque sea ligeramente, sus mercados y fortalecer sus relaciones económicas más allá de sus socios tradicionales. ¿Qué gana México? Primero, se extiende la liberalización a casi todos los productos agropecuarios que ahora entrarán al mercado europeo. Segundo, las empresas europeas tendrán acceso a las licitaciones públicas mexicanas, lo que podría incentivar la inversión. Tercero, los productos agrícolas emblemáticos recibirán protección reforzada contra la imitación. Cuarto, las PyMEs mexicanas contarán con procedimientos simplificados para exportar a la UE. Finalmente, la UE garantizará el acceso justo a materias primas críticas.
Sin embargo, el Acuerdo enfrenta retos significativos. La UE insiste en estándares ambientales rigurosos que generan fricción, como sucede con el Mercosur. La política energética de México prioriza la energía estatal sobre las renovables y esto preocupa a Bruselas. Además, el gobierno mexicano deberá adaptar muchas regulaciones para alinearse con las normas europeas, lo que requiere capacidades institucionales aún en desarrollo. Las PyMEs necesitarán apoyo financiero y técnico para cumplir con los estándares que demanda el mercado europeo.
El panorama se complica por el contexto geopolítico. Los Estados Unidos impusieron aranceles a productos mexicanos, creando incertidumbre comercial. Aunque esto podría favorecer el acuerdo con la UE como vía de escape, también significa que México debe mantener buenas relaciones con EU mientras abre o refuerza nuevos mercados. Del lado mexicano, tiene sentido la diversificación, pero desde la perspectiva de ciertos sectores internos, el Acuerdo podría implicar la competencia con productores europeos más consolidados.
En la UE el proceso es más complicado. Aunque la parte comercial del Acuerdo sólo necesita la aprobación del Consejo y el Parlamento Europeo para entrar en vigor, la dimensión política y de cooperación requiere además unanimidad de los 27 parlamentos nacionales y de algunos parlamentos locales. Esto abre la puerta a vetos inesperados, especialmente de países escépticos sobre ciertos temas sensibles.
Pero ¿este acuerdo es bueno para México? La respuesta es matizada. Lo es para grandes empresas exportadoras y para la diversificación económica en un contexto de incertidumbre global. Pero también exige que México asuma compromisos serios y fortalezca sus instituciones para obtener beneficios tangibles. No es un regalo de la UE a México ni viceversa; es una apuesta mutua.
Se trata de una estrategia ganar-ganar, pero sólo si se implementa con seriedad y un compromiso político genuino más allá de la coyuntura.
Participación en El Heraldo de México

Renovada competencia geopolítica en el Cáucaso
Rodrigo Labardini / El Cáucaso inicia 2026 con transita de un “conflicto congelado” a una competencia geopolítica con un corredor comercial transcontinental. La influencia regional se desplaza de Moscú a Washington y Ankara. La estabilidad de Georgia y las elecciones armenias de junio presentan riesgos significativos. Resultado de la reunión en Washington de agosto de 2025, la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional (TRIPP) —buscando renacer al “Corredor Medio”— marginó a Rusia
Rodrigo Labardini
/ El Cáucaso inicia 2026 con transita de un “conflicto congelado” a una competencia geopolítica con un corredor comercial transcontinental. La influencia regional se desplaza de Moscú a Washington y Ankara. La estabilidad de Georgia y las elecciones armenias de junio presentan riesgos significativos.
Resultado de la reunión en Washington de agosto de 2025, la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional (TRIPP) —buscando renacer al “Corredor Medio”— marginó a Rusia y provocó indignación iraní. Presencia de la UE por 99 años en TRIPP, que con medianía pretende impulsar el comercio Este-Oeste, corre el riesgo de acción militar de Irán y sabotaje híbrido por Rusia.
Importante riesgo político son las elecciones armenias en junio. Serán prueba crítica para el primer ministro Pashinyan, cuya “Cuarta República” y sus compromisos post- Segunda Guerra de Karabakh con Azerbaiyán (eliminar referencias constitucionales al territorio azerbaiyano de Nagorno-Karabakh) han generado amplia oposición, incluyendo a la iglesia armenia y facciones nacionalistas, que califican las concesiones como traición a la identidad nacional. Toda irregularidad electoral e imposibilidad de un referéndum constitucional podría colapsar el proceso de paz y reanudar escaramuzas fronterizas. Pese al giro pro-occidental de Armenia , depende de energía rusa y la ruta comercial del Alto Lars. Moscú ha mostrado disposición a cierres fronterizos y aumentos del precio de energía como apariciones de influencia política. Rusia podría utilizarlos para influir en el electorado armenio o penalizar a Azerbaiyán por acercarse a Washington.
Georgia está sumida en crisis política tras las elecciones de 2024 y el aplazamiento de su adhesión a la UE hasta 2028. El partido “Sueño Georgiano” consolida poder, rompiendo con Bruselas. Para enero de 2026, EUA y el Reino Unido sancionaron a más de 200 funcionarios georgianos. El giro del gobierno hacia una “modernización autoritaria”—financiada progresivamente con capital chino para eludir las sanciones occidentales —ha generado un profundo cisma social, con manifestaciones al estilo Maidán en Tbilisi— peligro persistente para la estabilidad. Un “estado de protesta congelado” en Tbilisi podría derivar en enfrentamientos violentos.
Azerbaiyán requiere equilibrar su alianza estratégica con Washington con la necesidad de gestionar el descontento de Moscú. El derribo en 2024 de un avión azerbaiyano por sistemas rusos sigue siendo fuente de tensión.
La posición militar de Irán en el río Aras es de grave preocupación. Realizó ejercicios a gran escala en frontera con Armenia en 2025 con el objetivo explícito de disuadir al “eje turco” (Turquía y Azerbaiyán). La seguridad de la infraestructura energética es prioridad regional. Los oleoductos Bakú-Tbilisi-Ceyhan (BTC) y del Cáucaso Sur (SCP) son vulnerables a sabotaje y ataques asimétricos. En clima de alta tensión geopolítica, estas arterias energéticas son objetivos para cualquiera que busque ejercer presión económica sobre Europa y Turquía.
El presunto deterioro de la salud (necrosis pancreática) del líder checheno Ramzan Kadyrov a principios de 2026 representa la mayor amenaza para la seguridad en el sur de Rusia. Un vacío de poder en Grozni —sin aparente delfín— sumado a operaciones de inteligencia ucranianas y propaganda yihadista, amenaza con desestabilizar el desarrollo socioeconómico del Cáucaso. Abjasia y Osetia del Sur continúan anómalas, pero críticas. Una base rusa en la costa de Abjasia en 2025 incrementó la presencia naval rusa en el Mar Negro.
La arquitectura de seguridad liderada por Rusia fenecido en el Cáucaso. La disolución oficial del Grupo de Minsk de la OSCE en 2025 y la suspensión de la membresía de Armenia en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO) provocaron vacíos que EUA aborda. TRIPP y la “paz armada” entre Bakú y Ereván —con riesgos de escaramuzas por “corrección fronteriza”—pusieron fin a décadas de mediación rusa.
La incursión estadounidense enfrenta a la oposición rusa, pero igual de Irán y Turquía, quienes pese a su rivalidad son recelosos. Irán percibe a TRIPP como “tijera geopolítica” de 43 kilómetros diseñada para cortar sus rutas comerciales hacia Europa y Rusia. La actual inestabilidad interna en Teherán (con estimaciones de decenas de millas de muertos en días recientes) agravada por su conflicto con Israel en 2025 le vuelve propenso a escaladas en “zonas grises” en el Cáucaso.
El “ Corredor Medio ” (Ruta de Transporte Internacional Transcaspiana)—que evita a Rusia e Irán —es el principal escenario de competencia geopolítica.
En 2026 la infraestructura para la paz (ferrocarriles, oleoductos, cables de fibra óptica) se unirá a la región o fungirá como nueva fricción entre potencias.
Participación en El Sol de México

La policrisis y el fin de la certidumbre
Alejandra López de Alba Gómez / “La historia no se detiene por nadie.” La frase suena a consuelo, pero hoy funciona más como advertencia: estamos dejando atrás una época diseñada —política, económica e institucionalmente— para domesticar la incertidumbre. En el último cuarto de siglo, las sociedades y los Estados apostaron por un “orden basado en reglas” que prometía previsibilidad; no paz absoluta, porque la paz mundial siempre fue elusiva, pero sí una gramática compartida que redujera el marg
Alejandra López de Alba Gómez
/ “La historia no se detiene por nadie.” La frase suena a consuelo, pero hoy funciona más como advertencia: estamos dejando atrás una época diseñada —política, económica e institucionalmente— para domesticar la incertidumbre. En el último cuarto de siglo, las sociedades y los Estados apostaron por un “orden basado en reglas” que prometía previsibilidad; no paz absoluta, porque la paz mundial siempre fue elusiva, pero sí una gramática compartida que redujera el margen de sorpresa. Ese andamiaje se está desgastando. Y el desgaste no se expresa solo como crisis coyunturales —una guerra aquí, una intervención allá—, sino como una policrisis estructural: una reconfiguración profunda de las bases históricas sobre las que se construyó el mundo que dábamos por sentado.
La palabra “policrisis” se usa a menudo como sinónimo elegante de caos. Es un error. La policrisis no son muchos problemas acumulados; es la coexistencia de transformaciones que se retroalimentan y que, juntas, cambian el sistema completo. Por eso el vértigo contemporáneo no viene solo de “lo que pasa”, sino de la sensación de que ya no sabemos “cómo funciona” el mundo. Ese desajuste entre expectativas y oportunidades —una de las versiones de lo que la teoría social ha llamado privación relativa— es el combustible emocional de nuestro tiempo: el sentimiento de que “el sistema nos quedó a deber”, que las promesas de ascenso, seguridad y dignidad fueron aplazadas indefinidamente para mayorías cada vez más impacientes.
Cuatro tiempos a la vez
Parte del desconcierto proviene de que vivimos en cuatro bandas temporales simultáneas: 1) en la larga duración se mueven estructuras civilizatorias, como formas de producción, organización social, tecnologías generales, incluso ideas de autoridad y legitimidad; 2) en la mediana duración ocurre el relevo de hegemonías, como potencias que ceden capacidad de ordenar y otras que ganan margen para disputar; 3) en la corta duración operan los ciclos políticos, económicos y tecnológicos que se notan en elecciones, recesiones, auges de inversión o estallidos sociales, y 4) la inmediatez —producto histórico del avance tecnológico y de la ubicuidad mediática— comprime la experiencia, es decir, todo sucede “en vivo”, todo parece definitivo, todo exige reacción inmediata, aunque sus causas sean lentas y sus consecuencias aún más lentas.
La confusión aparece cuando intentamos explicar procesos de larga duración con lenguaje de coyuntura o cuando confundimos la espuma de la inmediatez con el oleaje profundo. Un enfrentamiento fronterizo o incluso una pandemia pueden ser eventos enormes, pero su relevancia histórica se mide con otra vara: si aceleran o revelan cambios estructurales que ya venían en marcha.
Ese es el marco para entender el periodo que va del fin de la Guerra Fría hasta hoy: una secuencia de golpes que no solo dañaron piezas del sistema, sino que erosionaron la fe en el sistema mismo. Tras la caída del muro de Berlín, con la disolución de la Unión Soviética y el ocaso del orden traído por la certeza de una tensión permanente y conocida, una serie de conflictos sacudieron al mundo que celebraba “el final de la historia”. De entre ellos destaca la guerra del Golfo, no solo porque fue la primera guerra del mundo posterior a la Guerra Fría, sino porque fue el laboratorio donde se volvió visible una nueva forma de hacer guerra: la de la información, la de las narrativas, la de las mentes. La imagen de periodistas embebidos en unidades operativas, transmitiendo en tiempo real, no fue solo un recurso mediático: fue una señal estratégica. A partir de ahí, todas las potencias —o quienes aspiraban a serlo— comenzaron a comprender una nueva dimensión de batalla: la esfera cognitiva, donde la percepción antecede a la decisión, y la decisión antecede a la acción.
El 11-S fracturó la sensación de invulnerabilidad de la superpotencia y dio paso a la “guerra contra el terrorismo”, una era de securitización mundial, expansión de aparatos de vigilancia y guerras prolongadas con resultados estratégicamente ambiguos. La invasión rusa a Georgia en 2008 —frecuentemente tratada como un episodio regional— fue en realidad otro aviso temprano: mostró que la fuerza podía reabrir fronteras políticas en el espacio postsoviético y anticipó el tipo de revisionismo que más tarde veríamos con mayor escala. La crisis financiera de 2008 no fue solo un colapso de mercados: fue un colapso de credibilidad. La narrativa de eficiencia y mérito que acompañó al capitalismo globalizado se vio contradicha por rescates, precarización y desigualdad. Después vinieron los síntomas sociales: Occupy Wall Street y su 99% vs. 1%; los chalecos amarillos en Francia; oleadas contra el poder establecido de distinta ideología; el ascenso de retóricas de agravio y pertenencia —MAGA (“Make America Great Again”), pero también Black Lives Matter— que, aunque divergentes, comparten un diagnóstico emocional: “esto no funciona para mí”.
En este punto suele decirse que “la democracia está muriendo”. La frase captura ansiedad, pero oscurece el fenómeno. Lo que vemos es más estructural: un desplazamiento en la forma en que las sociedades producen legitimidad, autoridad y obediencia. La democracia liberal —como combinación de representación, partidos, prensa, pesos y contrapesos, y un horizonte de progreso material— floreció y se amplió mientras funcionó relativamente bien, mientras pudo prometer movilidad social, construir clases medias y sostener un consenso mínimo sobre lo “normal”. Cuando el rendimiento de ese arreglo se estanca, la democracia no desaparece de inmediato; cambia de textura. Además, pierde capacidad de articular futuro y se vuelve, cada vez más, un procedimiento para administrar agravios presentes.
Ese cambio de textura es clave para entender por qué la erosión democrática no debe leerse como obituario, sino como síntoma de reacomodo de época. En transiciones históricas, las instituciones y formas no “mueren” porque sí: dejan de encajar con el tipo de sociedad, economía y ecología informativa que las rodea. Hoy, la economía precariza, la desigualdad se normaliza, la movilidad social se encoge y la identidad compite con el interés material como eje de la política. En ese entorno, el conflicto se intensifica y la democracia se vuelve campo de batalla donde se disputa qué cuenta como verdad, qué cuenta como pueblo y qué cuenta como pertenencia.
Estados Unidos: del arquitecto de reglas al actor de fuerza
La pérdida relativa de poder de Estados Unidos no es un derrumbe repentino; es un desgaste sostenido que se arrastra desde finales del siglo XX y que se acelera cuando el resto del mundo ya no concede legitimidad automática a reglas escritas desde Washington. El orden liberal se apoyaba en una promesa: apertura económica, expansión de derechos, instituciones multilaterales y democracia como horizonte. Esa promesa se ha agotado por dos vías. Primero, porque produjo ganadores y perdedores dentro de las sociedades, y los perdedores aprendieron a votar, protestar y bloquear. Segundo, porque el mismo sistema que decía universalizar reglas terminó viéndose como mecanismo de asimetrías: sanciones para unos, excepciones para otros; derechos humanos invocados selectivamente; mercados abiertos en el discurso y proteccionismo en la práctica.
En ese contexto, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 marca algo más que alternancia política: institucionaliza una lectura del mundo donde las reglas son instrumento, no marco; donde la certidumbre se sustituye por la ventaja, y donde la fuerza —económica, tecnológica, militar— vuelve a presentarse como fundamento último del orden. Es tentador reducir el fenómeno a personalidad o estilo, dejando de lado lo estructural. En sociedades saturadas de privación relativa, la promesa de “romper todo” deja de ser un escándalo y se convierte en oferta política; la destrucción de normas se vende como justicia correctiva.
La paradoja es que, al mismo tiempo que la superpotencia se muestra menos dispuesta a sostener el andamiaje multilateral, el mundo enfrenta problemas que solo pueden administrarse con coordinación: cadenas de suministro, pandemias, ciberseguridad, clima, migración. La pandemia fue un espejo brutal: evidenció capacidad científica, pero también un reflejo geopolítico primario —cada quien se salva a sí mismo— que debilitó la ilusión de comunidad internacional y aceleró el “sálvese quien pueda” como ética práctica.
China, Rusia y la India: multipolaridad sin manual y categorías mentales obsoletas
La policrisis también es un problema de percepción. Occidente tiende a pensar el poder con categorías creadas por Occidente: hegemonía, reglas, instituciones, democracia liberal como estándar. Pero el ascenso de China obliga a reconocer que el mundo puede ordenarse con lógicas distintas. Beijing es ya potencia económica y tecnológica, y la disputa por semiconductores e inteligencia artificial (IA) es, en realidad, disputa por la infraestructura del porvenir inmediato: quien controle esas plataformas controlará la productividad, la capacidad militar, la vigilancia y el ritmo de innovación. La pregunta no es solo si China remplazará a Estados Unidos, sino qué papel busca: ¿arquitecto alternativo de reglas, líder civilizatorio, o gran potencia pragmática que asegura márgenes sin cargar con costos de hegemonía? Incluso, ¿qué conceptos y categorías debemos utilizar para ponderar este futuro?
Rusia, por su parte, empuja explícitamente por un mundo multipolar en el que Estados Unidos ya no dicte las reglas del juego. La invasión a Ucrania —y la manera en que reconfiguró sanciones, gasto militar europeo, mercados energéticos y alineamientos— fue también un mensaje sistémico: el territorio como argumento sobre las fracturas en el “orden” establecido. Y, sin embargo, Moscú no ofrece un “modelo” de orden; ofrece una fuerza de fricción: puede impedir, complicar, castigar. Así puede lograr y mantener un lugar importante en la mesa. En un sistema fatigado, el actor que puede romper es tan relevante como el que puede construir.
La India añade otra capa: economía en crecimiento, ambición tecnológica y una base demográfica que ya rebasó a China, un dato con implicaciones de largo plazo para mercado laboral, consumo, poder militar potencial y proyección regional. Nueva Delhi podría ser uno de los grandes ganadores estructurales del reordenamiento, pero su papel internacional aún está en construcción: equilibra autonomía estratégica, rivalidad con China, relación con Estados Unidos y liderazgo del Sur global sin asumir costos de “policía” internacional.
La multipolaridad, así, no es un concierto armónico de potencias: es una redistribución de margen de maniobra. Y, crucialmente, no debemos asumir que “multipolaridad” significa lo mismo para todos: es muy probable que cada actor relevante (China, Estados Unidos, la India, Rusia, Europa o las potencias regionales) tenga una visión distinta —e incluso divergente— de qué implica y cómo debería verse ese arreglo. El resultado es un mundo más negociado, pero también más propenso al choque, porque la capacidad de imponer disciplina disminuye mientras aumentan las oportunidades de desafiar: incertidumbre sobre orden.
Clima, energía, tecnología y migración: las fuerzas transversales que vuelven todo más difícil
Hay fuerzas que no respetan fronteras y que están rediseñando la política mundial desde abajo. El cambio climático avanza más rápido que las respuestas políticas. Multiplica problemas: inflación alimentaria, desastres, estrés hídrico, presión fiscal y migraciones que ya no serán solo económicas o por violencia, sino por habitabilidad. Y, sin embargo, la acción climática pierde prioridad real cuando las potencias compiten por seguridad energética y ventaja industrial. La hipocresía energética no es moral; es estructural: el petróleo barato sigue siendo un factor central de alianzas y de estabilidad interna.
La guerra en Ucrania mostró esa tensión: sanciones, pero también rutas alternativas. China y la India se volvieron compradores cruciales de crudo ruso en distintos momentos. En un mundo de policrisis, la moralidad compite con la factura de energía.
La revolución tecnológica agrava el cuadro. La combinación de IA aplicada, automatización y control de semiconductores acelera la posibilidad de sustituir trabajo humano a escala, no solo en manufactura sino en servicios, logística, análisis e incluso tareas cognitivas. Esto tiene una implicación política explosiva: grandes porciones de población —ya vulnerables— pueden volverse “prescindibles” para la creación de valor, aumentando presión para programas asistencialistas justo cuando muchas pirámides demográficas se invierten y los Estados envejecen. La desigualdad deja de ser un subproducto incómodo y se convierte en motor de inestabilidad.
Pero hay una dimensión adicional, menos discutida y cada vez más influyente: los idearios de la élite tecnológica mundial. En torno a la élite empresarial del sector tecnológico (tech-bros), a ciertos círculos de capital de riesgo y a quienes controlan plataformas, infraestructura digital y narrativas de innovación, circula una visión del futuro que no es neutra. Suele mezclar promesas emancipadoras —eficiencia, progreso, “soluciones” tecnológicas— con un trasfondo marcadamente elitista: la idea de que el rumbo correcto lo define una minoría “capaz” y que las fricciones sociales son obstáculos a optimizar, más que comunidades a representar. En esa lógica, la desigualdad aparece como precio aceptable del avance, o incluso como filtro natural; la política se ve como estorbo y la democracia como un sistema demasiado lento para un mundo que debe acelerarse.
Esa mentalidad importa porque no se queda en discursos: influye en diseño de plataformas, en gobernanza algorítmica, en concentración de datos, en relaciones con Estados y, sobre todo, en la manera en que se concibe quién cuenta en la economía del mañana. Si la automatización vuelve prescindibles a millones y, al mismo tiempo, los idearios dominantes en el sector que produce esa automatización tienden a naturalizar la exclusión, la promesa de “prosperidad para todos” se vuelve más frágil. El resultado es una incompatibilidad creciente entre los aparentes reclamos de mayorías —ya de por sí excluidas— y los proyectos implícitos de una élite que imagina el futuro como un espacio de selectos, hiperproductivos y altamente conectados.
El reto estratégico, entonces, no es “predecir” el nuevo orden con exactitud —no podemos—, sino aprender a navegar la incertidumbre sin paralizarnos.
Aquí aparece una tensión y divergencia que puede moldear lo que venga: por un lado, sociedades que exigen dignidad, redistribución y protección ante el desplazamiento tecnológico; por el otro, una constelación de actores tecnológicos con recursos, influencia cultural y capacidad de “hacer mundo” por medio de infraestructura digital, muchas veces empujando por desregulación, excepción y poder privado. Esa fricción no es secundaria: puede traducirse en populismos antitecnología, en regulaciones abruptas, en capturas regulatorias silenciosas o en nuevos pactos sociales. En cualquier caso, añade otra capa a la policrisis, porque amplía el conflicto central de nuestro tiempo: quién decide las reglas —y para quién— en un orden que ya no logra producir certidumbre compartida.
La movilidad humana completa el triángulo. Migrar es histórico y natural, pero hoy choca con fronteras rígidas y discursos nativistas que se endurecen mientras las causas de migración se multiplican. La idea de Estado-nación —histórica, no eterna— se defiende con dureza precisamente cuando su capacidad de encausar flujos y economías se reduce.
Y, como telón de fondo, la polarización: política, por crisis de consensos; económica, por desigualdad persistente que se replica en casi todas las sociedades. La polarización no es ruido, es señal de que las viejas coaliciones sociales que sostenían el contrato político se están rompiendo.
Varios países ofrecen este espejo: el impulso mundial de “desmontar” instituciones como respuesta al agravio social. Más allá de simpatías partidistas, el punto estratégico es otro: cuando la estabilidad institucional deja de ser valor central, la incertidumbre se institucionaliza. Reglas menos claras, decisiones más centralizadas.
Pero incluso aquí conviene leer el fenómeno en clave de transición, no de tragedia lineal. No es un “apagón” repentino; es una recomposición del vínculo entre Estado y sociedad cuando cambian las condiciones materiales, informativas y demográficas. En un mundo de incertidumbre estructural, las mayorías demandan protección inmediata —seguridad, precio de la vida, empleo, pertenencia, inclusión—, y los sistemas representativos, diseñados para deliberar y procesar diferencias, quedan tensados. Eso empuja a soluciones de concentración de poder que prometen eficacia, aunque su costo sea la fragilización de contrapesos.
Esto conecta con una idea clave para entender el siglo XXI: la “necesidad de caos”. Una parte de la población apoya destruir el sistema establecido aun sin claridad sobre qué vendrá después, porque siente que el sistema “merece ser derribado”. Es un fenómeno que resuena con el brexit, Trump, los chalecos amarillos, los virajes a derechas extremas y múltiples expresiones de hartazgo internacional.
Gaza, Ucrania y el regreso del realismo, pero con un mundo distinto
Las guerras recientes —Ucrania y Gaza— se leen a menudo como eventos aislados, y ahí está el peligro intelectual. Son también síntomas del debilitamiento del “orden basado en reglas”: la dificultad de disuasión, la fragmentación diplomática, el uso instrumental del Derecho Internacional y la incapacidad de producir salidas estables. No es que las reglas hayan desaparecido; es que su capacidad de obligar se redujo y su legitimidad se volvió objeto de disputa.
En este escenario, muchos celebran un “regreso al realismo”: intereses, poder, zonas de influencia. Pero si concluimos que el futuro será una simple repetición del pasado, erramos. El tablero ya no es el de 1945 ni el de 1991. La diferencia decisiva es la multiplicación de actores no estatales —lícitos e ilícitos— con capacidad real de alterar resultados: plataformas tecnológicas, redes criminales trasnacionales, fondos, milicias, cadenas logísticas privadas, comunidades digitales capaces de movilizar o desestabilizar, y de la diversificación de los ámbitos de acción humana. En campos como el tecnológico, estos actores llevan ventaja sobre los Estados. El resultado podría ser, incluso, el inicio del fin del Estado-nación tal como lo conocimos: no porque desaparezca de un día para otro, sino porque su monopolio de soberanía efectiva se erosiona.
Vemos, además, un auge de nuevas formas de acción estratégica, como “la guerra híbrida”, no como sustituto de la guerra física —que persistirá por control de territorio y recursos tangibles—, sino como expansión natural hacia otros campos, especialmente el cognitivo. La batalla por las mentes, por la influencia convertida en acción, se ha vuelto notable. Y aquí aparece una paradoja central: si bien observamos el agotamiento de la democracia, también vemos el uso de mecanismos democráticos —elecciones, opinión pública, movilización de mayorías— como vehículo de erosión democrática. La influencia sobre mayorías alcanzadas por narrativas que cuestionan los marcos referenciales les ofrece una falsa sensación de comprensión y esperanza: comprensión, porque simplifica el mundo en relatos totales; esperanza, porque promete salvación vía exclusión, castigo o ruptura. Así, se logra la erosión más efectiva de la democracia porque se hace desde adentro, por medio de sus propios mecanismos.
Vale subrayar que esto también es histórico: cada gran cambio de periodo trae consigo una crisis de mediación. En los tiempos más recientes, cuando se transforma la tecnología de la comunicación —como ocurrió con la imprenta, la radio o la televisión— se reordenan los equilibrios de autoridad y la manera en que una sociedad decide qué es real. Hoy, la economía de la atención, las redes sociales, el contenido curado y la IA han alterado esa mediación a una escala inédita y con una velocidad que desborda a las instituciones. La democracia liberal se construyó sobre mediadores relativamente estables (partidos, sindicatos, prensa, academias, burocracias profesionales). Al debilitarse esos puentes, la legitimidad busca rutas alternativas: liderazgos directos, plebiscitarios, identidades duras, comunidades cerradas. No es “el fin” de la política democrática; es su metamorfosis bajo nuevas condiciones de comunicación y desigualdad.
Ese proceso, a su vez, alimenta dos dinámicas que se refuerzan. Primero, facilita a los elitistas —incluida parte de la élite tecnológica— el argumento de que solo minorías “capaces” deberían poder tomar decisiones, porque “las masas” serían demasiado manipulables o demasiado impulsivas. Segundo, produce una cámara de eco permanente en la que el “99%” se mantiene en tensión con el “1%”: no como metáfora política puntual, sino como estructura emocional que recircula la privación relativa y aumenta la presión sobre la idea de que “el sistema debe morir”.
Y aquí aparece la conexión más fina con la transición histórica: la erosión democrática no ocurre pese al “orden basado en reglas”, sino porque ese orden dependía del respaldo de un tipo de gobiernos nacionales y ciudadanía, y de un tipo de confianza social que hoy ya no se reproducen automáticamente. En la era liberal, la promesa era que reglas compartidas —dentro y entre Estados— generarían estabilidad y, con ella, prosperidad suficiente para sostener acuerdos (tanto así que países democráticos estuvieron dispuestos a ir a la guerra para asegurar que otros países se volvieran democráticos). Cuando la prosperidad se concentra, cuando la seguridad se vuelve desigual y cuando la información se convierte en un campo de batalla permanente, las reglas dejan de percibirse como garantías y empiezan a verse como candados: mecanismos que protegen a quienes “ya llegaron” y excluyen a quienes “siguen esperando”. En ese punto, la democracia liberal deja de ser el idioma incuestionado del futuro y se vuelve uno de varios dialectos disponibles para organizar la vida colectiva. Si se le agrega un alza cínica de la transaccionalidad, del poder entendido como derivado solamente de recursos, y no sustentado también en valores, tenemos la explosiva combinación del hoy.
Durante un tiempo, persistirá la idea de que, si logramos recomponer pactos internos —reducir la desigualdad, reconstruir la confianza y actualizar las instituciones a la nueva ecología informativa—, también podremos recuperar parte del “rumbo” colectivo, no como regreso intacto a un pasado, sino como rearticulación de una promesa mínima de convivencia bajo reglas compartidas. Lo decisivo es entender qué forma democrática —con qué mediaciones, qué límites al poder y qué nuevos equilibrios entre lo público y lo privado— puede emerger y sostener certidumbre en una época distinta. Las mentes y el espacio cognitivo ya han sido modificadas. La plasticidad cerebral —a punta de redes sociales, contenido curado, IA y economías de la atención— sembró la idea de un mundo diferente del actual, que para muchos no funciona ni cumple promesas. ¿Cuál es ese mundo? Todavía no lo sabemos. Hay miles de versiones posibles de ese nuevo mundo circulando al mismo tiempo, compitiendo por adhesión, identidad y acción. Y, en gran medida, estamos viviendo esa guerra por sentido que añade otro punto de incertidumbre a esta transición histórica.
Ahí aparece la intuición más incómoda de nuestra época: sabemos que el mundo del que venimos se está acabando, pero no tenemos forma de saber con certeza qué viene. La transición histórica no tiene manual. A diferencia de los siglos posteriores, nosotros no gozamos de retrospectiva. No podemos ver el “corte” que, dentro de 500 años, usarán para nombrar esta etapa. ¿Ya ocurrió? ¿Aún está por venir? ¿Se definirá por 2008, por 2014, por 2020, por 2022, por 2025? Nadie lo sabe. Y, sin embargo, el impulso de buscar patrones —la industria completa de gestión de riesgo, previsión, cumplimiento normativo, análisis— sigue vivo porque fue construido para cerrar la brecha de incertidumbre. Hoy intenta hacerlo con herramientas diseñadas para un mundo más estable.
No hay vuelta atrás: repensar la supervivencia
En tiempos históricos, la nostalgia es una trampa. No hay vuelta al orden liberal “clásico” como marco indiscutido. No significa que desaparezca por completo, pero lo que manda es la tendencia de redistribución del poder, agotamiento ideológico, competencia tecnológica, crisis climática, presión migratoria y polarización.
Eso obliga a replantear la estrategia, sobre todo para potencias medias y países que no dictan reglas, pero que sí pueden ampliar o reducir su vulnerabilidad. La primera tarea es pensar en dos horizontes al mismo tiempo: existencia inmediata y de largo plazo. En el corto plazo, se trata de resiliencia: blindar infraestructura, profesionalizar inteligencia y gestión de crisis, y sostener cohesión social mínima; en situación ideal, además, diversificar dependencias críticas (energía, alimentos, tecnología). En el largo plazo, se trata de apuestas: posicionarse en cadenas de valor del siglo XXI (semiconductores, IA aplicada, transición energética), construir autonomía estratégica sin autarquía, y diseñar políticas demográficas, educativas y de innovación que permitan navegar el remplazo tecnológico del trabajo y acomodar los movimientos naturales humanos naturales y creados por la presión de los tiempos.
La segunda tarea es intelectual: no confundir tácticas heredadas con diagnósticos correctos. Las zonas de influencia, por ejemplo, pueden reaparecer como práctica de poder; pero creer que explican todo conduce a errores, porque hoy compiten con redes, datos, plataformas y mercados que no obedecen fronteras.
La tercera tarea es política: sostener instituciones que produzcan previsibilidad sin caer en el fetiche institucional. Las instituciones importan no por ser “buenas” moralmente, sino porque reducen arbitrariedad y permiten coordinar expectativas. Cuando se destruyen, la incertidumbre no se elimina, se privatiza, se vuelve costo social y se paga con inestabilidad.
El mundo que viene —si es que “viene”, porque en realidad ya está aquí— no será necesariamente mejor ni peor; será distinto. Y ese es el punto central. Estamos entrando en una época donde la certidumbre deja de ser bien público garantizado por un centro hegemónico y se convierte en un recurso escaso que cada actor buscará producir para sí mismo, por la buena o por la mala. Eso reordena alianzas, economías y políticas nacionales. También reordena mentalidades.
Quizá el mensaje final sea el más difícil de aceptar: no se trata de esperar a que pase la tormenta para volver a lo de antes. Lo de antes era una fase histórica, y está terminando. El reto estratégico, entonces, no es “predecir” el nuevo orden con exactitud —no podemos—, sino aprender a navegar la incertidumbre sin paralizarnos, entendiendo que la policrisis no es una suma de crisis coyunturales, sino el cambio lento, pero sostenido, de la estructura total del mundo.
Participación en Foreign Affairs

El rumbo de la gobernanza internacional: el caso de Ucrania
Rosy Arlene Ramírez Uresti / El rumbo de la gobernanza internacional en 2026 se encuentra profundamente condicionado por la persistencia y transformación de la guerra entre Rusia y Ucrania, conflicto que ha dejado de ser únicamente un enfrentamiento militar regional para convertirse en un caso paradigmático de las tensiones estructurales que atraviesa el sistema internacional contemporáneo. A casi cuatro años del inicio de la invasión rusa a gran escala, Ucrania se sitúa en el centro de un entr
Rosy Arlene Ramírez Uresti
/ El rumbo de la gobernanza internacional en 2026 se encuentra profundamente condicionado por la persistencia y transformación de la guerra entre Rusia y Ucrania, conflicto que ha dejado de ser únicamente un enfrentamiento militar regional para convertirse en un caso paradigmático de las tensiones estructurales que atraviesa el sistema internacional contemporáneo. A casi cuatro años del inicio de la invasión rusa a gran escala, Ucrania se sitúa en el centro de un entramado de dinámicas geopolíticas, geoeconómicas y normativas que revelan tanto los límites como las mutaciones de la gobernanza global en un entorno marcado por la fragmentación del poder, la competencia estratégica y la erosión de consensos multilaterales.
Participación en La Silla Rota:

La promesa tecnológica frente a la emergencia
Andrea Rosas Guzmán / En México, la gestión de emergencias humanitarias se ha ido desplazando hacia una creciente confianza en la tecnología como herramienta para mejorar la prevención, la respuesta y la coordinación ante crisis que van desde desastres naturales hasta dinámicas humanitarias más complejas y prolongadas. Mecanismos como alertas tempranas, sistemas de información, plataformas digitales o el desarrollo de drones nacionales prometen rapidez y eficiencia en contextos en los que cada
Andrea Rosas Guzmán
/ En México, la gestión de emergencias humanitarias se ha ido desplazando hacia una creciente confianza en la tecnología como herramienta para mejorar la prevención, la respuesta y la coordinación ante crisis que van desde desastres naturales hasta dinámicas humanitarias más complejas y prolongadas. Mecanismos como alertas tempranas, sistemas de información, plataformas digitales o el desarrollo de drones nacionales prometen rapidez y eficiencia en contextos en los que cada minuto cuenta. Sin embargo, la pregunta clave no debería ser si la tecnología puede ayudar, sino cómo y bajo qué condiciones lo hace.
El nuevo sistema de alertas sísmicas en teléfonos móviles permite observar esa promesa de la innovación tecnológica en la gestión de emergencias, en particular como herramienta de prevención. Este tipo de soluciones muestra que la tecnología puede contribuir a la reducción de riesgos cuando se apoya en infraestructura operativa, coordinación institucional y una lógica clara de uso público. Al mismo tiempo, ese potencial se ve limitado por la ausencia de políticas públicas claras, de inversión sostenida y de mecanismos efectivos de rendición de cuentas. La tecnología, por sí sola, difícilmente puede sustituir una gestión integral de las emergencias humanitarias.
En muchas crisis en México —como sismos, fenómenos climáticos extremos o desplazamientos internos— la tecnología se implementa de forma fragmentada, sin marcos regulatorios sólidos ni protocolos claros para el uso de la información. Esto abre la puerta a riesgos importantes, especialmente en el manejo de datos personales y biométricos de poblaciones en situación de vulnerabilidad. La recopilación de información puede ser útil para coordinar ayuda, pero sin las garantías adecuadas también puede derivar en exclusión, vigilancia indebida o en usos secundarios de los datos sin consentimiento.
El problema no es la tecnología, sino la expectativa de que pueda compensar carencias históricas en infraestructura, capacidades institucionales y políticas de prevención. Cuando estos rezagos no se enfrentan, la innovación deja de ser una herramienta de protección y se vuelve un recurso cómodo: ordena datos, genera alertas y produce una sensación de control, sin modificar realmente las condiciones que generan la vulnerabilidad.
Dicho esto, la promesa tecnológica en la gestión de emergencias humanitarias sigue siendo real, pero incompleta. Para que la innovación cumpla su función social, debe ir acompañada de reglas claras, inversión sostenida, protección de datos y un enfoque que coloque a las personas por encima de la eficiencia administrativa. De lo contrario, la tecnología no solo deja de proteger, sino que también puede profundizar desigualdades y trasladar riesgos a quienes ya viven en condiciones de mayor precariedad.
Innovar en emergencias no significa solo digitalizar la respuesta, sino también reconocer que la tecnología necesita reglas, gobierno y responsabilidad para no amplificar los riesgos que promete reducir. De lo contrario, la promesa tecnológica corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de fragilidad, disfrazada de eficiencia y modernización.
Andrea Rosas Guzmán
Internacionalista con especialidad en Seguridad Internacional. Actualmente cursa la maestría en Desarrollo Internacional y Emergencias Humanitarias en la London School of Economics (LSE).
Participación en El Economista

Israel y la campaña contra la Agencia de Naciones Unidas para los Palestinos
Diego Gómez Pickering / El pasado 12 de enero las Fuerzas de Defensa del Estado de Israel irrumpieron en las instalaciones del centro de salud de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos en Oriente Próximo en Jerusalén Oriental -UNRWA por sus siglas en inglés-, amagando a sus empleados y funcionarios, ordenando el cese de sus operaciones durante 30 días y retirando la señalización que indica el estatus del predio como edificio en funciones de la Organización de las Naciones
Diego Gómez Pickering
/ El pasado 12 de enero las Fuerzas de Defensa del Estado de Israel irrumpieron en las instalaciones del centro de salud de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos en Oriente Próximo en Jerusalén Oriental -UNRWA por sus siglas en inglés-, amagando a sus empleados y funcionarios, ordenando el cese de sus operaciones durante 30 días y retirando la señalización que indica el estatus del predio como edificio en funciones de la Organización de las Naciones Unidas y por tanto inviolable de acuerdo con la Convención sobre Privilegios e Inmunidades de 1946. Una clara afrenta de Tel Aviv contra el derecho internacional y un paso más en su campaña contra UNRWA y su trabajo en Gaza y Cisjordania.
Las acciones del gobierno israelí causaron indignación ante los reiterados intentos por minar el mandato de la Agencia y provocaron la inmediata condena por parte de Antonio Guterres, Secretario General de la ONU.
El asalto a las instalaciones del centro de salud, que diariamente atiende a cientos de refugiados palestinos impedidos de recibir asistencia sanitaria en el Estado de Israel, se suma a la toma por parte de las autoridades israelíes del complejo operativo de UNRWA en el barrio de Sheikh Jarrah, en la parte ocupada de Jerusalén, y a la votación en el Knesset de una nueva ley que promulga el cese de la operaciones de UNRWA en el territorio del Estado de Israel y en los territorios ocupados por el mismo, ambos incidentes acaecidos en meses recientes y parte de una serie de ataques sostenidos contra empleados e instalaciones de la Agencia, sobre todo en Gaza, donde de acuerdo con estimaciones de Naciones Unidas un total de 126 funcionarios de UNRWA fueron asesinados y todas sus instalaciones bombardeadas en más de una ocasión por las fuerzas israelíes, fueran escuelas, centros de salud o de asistencia social.
«Las autoridades israelíes han seguido adoptando medidas incompatibles con sus obligaciones en virtud del derecho internacional. Estas medidas constituyen una afrenta a la inviolabilidad de las instalaciones de las Naciones Unidas y un obstáculo para la implementación del mandato otorgado por la Asamblea General a UNRWA para que continúe sus operaciones en los Territorios Ocupados, incluida Jerusalén Oriental. Como confirmó recientemente la Corte Internacional de Justicia, la Convención sobre Privilegios e Inmunidades de las Naciones Unidas prohíbe cualquier acción ejecutiva, administrativa, judicial o legislativa contra los bienes y activos de las Naciones Unidas. El Secretario General insta al Gobierno de Israel a que adopte medidas inmediatas que garanticen el mantenimiento de los servicios básicos en las instalaciones de la UNRWA», conminaba Antonio Guterres en un comunicado de prensa dado a conocer el pasado día 15 de enero.
La campaña israelí para minar la credibilidad y capacidad operativa de la agencia establecida en 1949, encargada de proveer asistencia humanitaria a cerca de 6 millones de refugiados palestinos y garante de su derecho al retorno, es sintomática del creciente desprecio por instituciones multilaterales que enarbolan gobiernos y regímenes antiliberales y etno-nacionalistas.
El reciente anuncio de Washington al respecto de su retirada de 66 organizaciones internacionales, entre las que se encuentran agencias del sistema de Naciones Unidas como ONU Mujeres o el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos ONU-Hábitat es otro ejemplo de ello. Vivimos un contexto cada vez más acuciante de abandono de la diplomacia en favor de la confrontación, lo que delata la imperiosa necesidad de fortalecer el sistema creado a la postre de la Segunda Guerra Mundial, ante la posibilidad de verlo colapsado como parte de la conformación del nuevo paradigma internacional.
La continuidad de la Organización de las Naciones Unidas y de las agencias que lo componen, incluida UNRWA, dependerá de un sesudo ejercicio de reforma, que traiga como resultado su consolidación y refrende la primacía del derecho internacional por encima de la belicosidad nacionalista. Un ejercicio en el que México debe a toda costa participar, so pena de sufrir las consecuencias al no hacerlo.
Participación el El Sol de México

Un año extraordinario y perturbador: la huella global del segundo Trump
Héctor Cárdenas / El primer año de la segunda administración de Donald Trump ha sido extraordinario en más de un sentido. Extraordinario por lo inusual de muchas de sus decisiones —a veces desconcertantes, a veces abiertamente provocadoras—, pero también porque en un periodo muy breve ha tenido efectos tangibles y profundos sobre el sistema internacional. Pocas administraciones recientes han alterado con tal rapidez las reglas, expectativas y equilibrios del orden global. En el plano geopolític
Héctor Cárdenas / El primer año de la segunda administración de Donald Trump ha sido extraordinario en más de un sentido. Extraordinario por lo inusual de muchas de sus decisiones —a veces desconcertantes, a veces abiertamente provocadoras—, pero también porque en un periodo muy breve ha tenido efectos tangibles y profundos sobre el sistema internacional. Pocas administraciones recientes han alterado con tal rapidez las reglas, expectativas y equilibrios del orden global.
En el plano geopolítico, el activismo ha sido notable. La mediación que condujo a un alto el fuego en Gaza, el debilitamiento de Irán como actor regional, la salida forzada del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela y el drástico recorte a la ayuda internacional al desarrollo han redefinido prioridades y jerarquías. Al mismo tiempo, la política económica y comercial de Washington ha sembrado dudas serias sobre la continuidad de un orden internacional basado en reglas, apertura y previsibilidad.
Sin embargo, disrupción no equivale a éxito. A un año de distancia, los resultados son ambiguos cuando no claramente problemáticos. El regreso del proteccionismo estadounidense ha afectado el desempeño de la economía global, elevando la incertidumbre, tensionando cadenas de suministro y debilitando la inversión. Varios de los problemas que Trump prometió resolver siguen abiertos. La guerra en Ucrania permanece empantanada, sin una estrategia creíble de salida, y el propio alto el fuego en Gaza deja más interrogantes que certezas sobre la estabilidad regional.
Un elemento central de este primer año ha sido el giro conceptual de la política exterior estadounidense. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 no se limita a una redistribución de cargas entre aliados, sino que marca un retorno explícito a la lógica de esferas de influencia, con ecos claros de la Doctrina Monroe, y a una lectura crecientemente civilizacional del orden mundial. Europa aparece menos como socio estratégico pleno y más como un actor culturalmente distante y estratégicamente prescindible. Este enfoque ha erosionado la relación transatlántica y ha reducido los espacios de cooperación con aliados tradicionales.
Este mismo enfoque ha mostrado límites evidentes en la relación con China. Los intentos de confrontación estratégica, aislamiento económico y contención de su proyección global no han logrado los resultados buscados. China exporta hoy menos a Estados Unidos, pero más al resto del mundo: a Europa, a América Latina y a Asia. Lejos de quedar aislada, ha diversificado mercados y profundizado su presencia en regiones clave, en parte aprovechando el repliegue estadounidense. Más aún, la política de Washington ha incentivado a países tradicionalmente cautelosos —como Canadá o India— a explorar vínculos más estrechos con Pekín, no por afinidad ideológica, sino por cálculo económico y estratégico.
Para México, este primer año ha sido particularmente complejo. La relación bilateral ha estado marcada por una presión constante, amenazas recurrentes de aranceles —algunos ya materializados en sectores como acero y aluminio— y exigencias más duras en materia de seguridad y combate al crimen organizado. En este contexto, el margen de maniobra del gobierno mexicano ha sido limitado.
Aun así, conviene subrayar que la estrategia adoptada ha permitido preservar elementos fundamentales de la relación. El TMEC se mantiene vigente, el comercio y la inversión bilateral continúan en niveles robustos y se ha evitado una confrontación directa que habría tenido costos económicos y políticos significativos. La presidenta Claudia Sheinbaum ha optado por una diplomacia prudente, paciente y de bajo perfil, orientada a administrar tensiones más que a escalar conflictos, en un entorno particularmente adverso y volátil.
Al cumplirse el primer año del segundo mandato de Trump, el balance internacional es inquietante. El mundo es hoy más fragmentado, más incierto y menos cooperativo. Estados Unidos sigue siendo una potencia central, pero ejerce su poder de manera más abrupta y menos estratégica. Para países como México, el reto es claro: proteger intereses vitales y sostener una relación económica indispensable, mientras se adapta a un vecino que ya no se concibe como garante del orden internacional, sino como un actor que privilegia su esfera de influencia, su identidad y sus intereses inmediatos, aun a costa de la estabilidad global.
Participación en El Sol de México
Cuando el comercio se vuelve geopolítica
Mónica Laborda / El Acuerdo Global Modernizado entre México y la Unión Europea suele evaluarse con métricas que pertenecen a otra época. Se insiste en que el comercio con Europa representa apenas alrededor del 7% del total mexicano, como si el sistema internacional siguiera regido por reglas estables y decisiones puramente económicas. Ese supuesto ya no existe. Hoy, el comercio es una extensión de la política de poder, y los acuerdos comerciales son instrumentos de posicionamiento estratégico.
Mónica Laborda / El Acuerdo Global Modernizado entre México y la Unión Europea suele evaluarse con métricas que pertenecen a otra época. Se insiste en que el comercio con Europa representa apenas alrededor del 7% del total mexicano, como si el sistema internacional siguiera regido por reglas estables y decisiones puramente económicas.
Ese supuesto ya no existe. Hoy, el comercio es una extensión de la política de poder, y los acuerdos comerciales son instrumentos de posicionamiento estratégico.
El contexto global es decisivo. La fragmentación del orden internacional, la erosión del multilateralismo y la creciente integración entre economía, seguridad y tecnología han transformado la lógica del intercambio. Las cadenas globales de valor se reconfiguran no sólo por eficiencia, sino por criterios de confianza, afinidad regulatoria y alineamiento político. En este entorno, la dependencia excesiva deja de ser una ventaja comparativa y se convierte en una vulnerabilidad estructural.
Desde esta perspectiva, el Acuerdo Global Modernizado (AGM) no busca sustituir la relación con Estados Unidos, sino introducir redundancia estratégica. Diversificar no es cambiar de dependencia, sino evitar que una sola relación concentre riesgos económicos, regulatorios y políticos. La Unión Europea aporta atributos cada vez más escasos: estabilidad institucional, previsibilidad normativa y una lógica de comercio basada en reglas. En tiempos de volatilidad, estos elementos adquieren un valor estratégico propio.
El acuerdo también apunta a la calidad de la inserción internacional. El comercio con Europa se concentra en sectores intensivos en conocimiento, tecnología y capital humano, justamente aquellos que definen la competitividad de largo plazo. El AGM refuerza un patrón de integración más sofisticado, alineado con estándares elevados en industria avanzada, transición energética y servicios digitales. No se trata solo de vender más, sino de integrarse mejor.
Conviene, sin embargo, evitar lecturas complacientes. El acuerdo no transforma estructuras productivas por sí mismo. Es una plataforma, no un resultado. Su función es reducir incertidumbre, bajar costos regulatorios y ofrecer un marco creíble para inversiones de largo plazo. En el actual proceso de nearshoring, esta diferencia es crucial, los países que capturan valor no son los más baratos, sino los más confiables.
El impacto del AGM es también normativo y político. Los compromisos en desarrollo sostenible, derechos laborales y combate a la corrupción no son concesiones marginales, sino mecanismos de convergencia regulatoria. En la economía política contemporánea, los estándares operan como filtros de acceso a mercados, financiamiento y tecnología.
Nada de esto se materializa de manera automática. La implementación del acuerdo exigirá una diplomacia económica activa y profesional, capaz de identificar oportunidades concretas, anticipar fricciones regulatorias y sostener la credibilidad de México como socio confiable. En un sistema internacional donde la incertidumbre ya no es coyuntural sino estructural, diversificar no es una consigna ideológica, sino una estrategia de protección y de poder. El AGM no promete resultados inmediatos, pero sí ofrece algo cada vez más escaso en la política internacional contemporánea, margen de maniobra frente a un mundo crecientemente volátil.
Participación en El Sol de México
Del orden liberal a la defensa civilizatoria
Héctor Cárdenas / Durante casi 3 décadas, luego del fin de la Guerra Fría, la política exterior de Estados Unidos descansó sobre una premisa tan poderosa como aparentemente incuestionable: la seguridad estadounidense se veía reforzada en la medida en que se expandía un orden liberal internacional, basado en reglas, mercados abiertos, alianzas estables y valores democráticos compartidos. Los gobiernos podían discrepar en los instrumentos, en los costos aceptables o en la secuencia de prioridades,
Héctor Cárdenas / Durante casi 3 décadas, luego del fin de la Guerra Fría, la política exterior de Estados Unidos descansó sobre una premisa tan poderosa como aparentemente incuestionable: la seguridad estadounidense se veía reforzada en la medida en que se expandía un orden liberal internacional, basado en reglas, mercados abiertos, alianzas estables y valores democráticos compartidos. Los gobiernos podían discrepar en los instrumentos, en los costos aceptables o en la secuencia de prioridades, pero no en la idea central de que ese orden era deseable, sostenible y funcional a los intereses de Estados Unidos. Esa premisa ya no estructura la política exterior estadounidense.
De ahí la importancia de realizar un análisis comparativo del contenido de las Estrategias de Seguridad Nacional (NSS) publicadas por los gobiernos de los presidentes George W. Bush en 2006, Barack Obama en 2010 y 2015, Donald Trump en 2017, Joseph R. Biden en 2022 y Trump 2.0 en diciembre de 2025. La evolución de dichas NSS revela algo más profundo que un ajuste táctico o una simple corrección de rumbo. Lo que emerge es una transformación sustantiva en la manera en que Estados Unidos concibe el sistema internacional, redefine sus prioridades y entiende su propio lugar en el mundo. La NSS de 2025, emitida en el segundo gobierno de Trump, representa el punto de ruptura más claro hasta ahora: no solo abandona la aspiración de hegemonía liberal, sino que reorganiza la política exterior estadounidense en torno a una narrativa civilizatoria, en la que la identidad cultural, la ansiedad demográfica y la idea de decadencia moral pasan a formar parte explícita del concepto de seguridad nacional.
Este giro tiene también una dimensión geográfica inequívoca. A diferencia de estrategias anteriores —que alternaron entre el compromiso internacional y el repliegue selectivo—, la NSS de 2025 señala una recentralización deliberada de la estrategia estadounidense en el hemisferio occidental, resucitando la Doctrina Monroe bajo un nuevo “Corolario Trump”. En ningún espacio esta reorientación resulta tan visible y tan cargada de implicaciones como en Latinoamérica y, de manera particular, en México, el único país mencionado de forma reiterada y sustantiva en el documento.
Cómo ha cambiado la visión de Estados Unidos sobre el mundo
Bush: hegemonía liberal y misión democrática
La NSS de 2006 de Bush representa el punto más alto de confianza ideológica del periodo posterior a la Guerra Fría. Redactada a la sombra del 11-S, definía la seguridad estadounidense como inseparable de una lucha internacional contra una “nueva forma de totalitarismo”, y sostenía que la expansión de la democracia era, a la vez, un imperativo moral y una necesidad estratégica.
En esta visión, las amenazas provenían de Estados fallidos, regímenes autoritarios y redes extremistas. La respuesta era expansiva: cambio de régimen cuando fuera necesario, promoción de la democracia siempre que fuera posible, y consolidación de un orden internacional liderado por Estados Unidos y sustentado en valores universales. La globalización se asumía como benigna e inevitable; el liderazgo estadounidense, como estabilizador y, en última instancia, bienvenido.
Más que un documento de balance de poder, la NSS de Bush era una teoría de la historia, basada en la idea de una convergencia inevitable hacia la democracia liberal y en la convicción de que Estados Unidos debía acelerar ese proceso.
Obama: internacionalismo liberal bajo restricciones
Las NSS de Obama, de 2010 y 2015, introdujeron una dosis de realismo sin abandonar el marco liberal. El mundo que describían era más complejo, interdependiente y menos susceptible de transformaciones rápidas. El poder se estaba dispersando; las amenazas —cambio climático, pandemias, ciberseguridad— eran crecientemente transnacionales y no podían resolverse mediante el uso de la fuerza militar.
Obama puso el acento en las instituciones, las alianzas y la legitimidad derivada de la contención. La democracia y los derechos humanos siguieron siendo valores centrales, pero dejaron de presentarse como modelos universalmente exportables. Estados Unidos debía liderar, sí, pero hacerlo mediante coaliciones y reglas, no mediante imposiciones. Se trataba de un liberalismo sin triunfalismo: normativo y mundial, pero consciente de sus límites.
Trump 1.0: soberanía, competencia y rechazo del universalismo liberal
La NSS de 2017 de Trump marcó una ruptura clara. Rechazó la idea de que la globalización y las instituciones liberales sirvieran automáticamente a los intereses de Estados Unidos y redefinió la política internacional como un ámbito de competencia entre grandes potencias soberanas.
En este marco, las alianzas se volvieron transaccionales; las instituciones multilaterales, sospechosas, y la política económica, un componente central de la seguridad nacional. China y Rusia aparecieron como potencias revisionistas. Los déficits comerciales, la dependencia energética y la pérdida de capacidad industrial fueron reinterpretados como vulnerabilidades estratégicas.
Aun así, Trump 1.0 operaba fundamentalmente dentro de un marco materialista: poder, competencia, soberanía y reciprocidad. Los valores importaban, pero, sobre todo, como rasgos de identidad nacional, no como compromisos universales.
Biden: el orden liberal en un contexto de rivalidad sistémica
La NSS de 2022 de Biden intentó recuperar el lenguaje del orden liberal, pero lo hizo en un contexto mucho más adverso. El documento presentó el sistema internacional como un espacio de competencia entre modelos democráticos y autoritarios, con China como el principal desafío estructural y Rusia como un factor de disrupción inmediata.
Al mismo tiempo, Biden reconoció que amenazas transnacionales —clima, salud mundial y estabilidad económica— se habían convertido en ejes centrales de la seguridad nacional, incluso en medio de la rivalidad geopolítica. La cooperación con adversarios dejaba de ser opcional.
La estrategia de Biden combinó claridad ideológica con pragmatismo: la democracia seguía importando, pero la interdependencia debía gestionarse. No se trataba de expandir el orden liberal, sino de defenderlo en condiciones de erosión.
Trump 2.0: del nacionalismo estratégico a la defensa civilizatoria
La NSS de 2025 representa un cambio cualitativo respecto de sus predecesoras. En apariencia, se trata de un documento centrado en intereses: define de manera estricta la seguridad nacional, cuestiona los compromisos internacionales de largo alcance y enfatiza instrumentos como los aranceles, la política industrial y el control territorial del entorno inmediato. Sin embargo, bajo esa superficie emerge una transformación más profunda: un desplazamiento desde el realismo estratégico hacia una política exterior articulada en clave civilizatoria.
El lenguaje del documento sobre Europa resulta particularmente revelador. La NSS de Trump 2.0 advierte sobre la “erosión civilizatoria”, la decadencia cultural y el debilitamiento de la identidad occidental como consecuencia de la migración, el secularismo y las agendas progresistas. Estos fenómenos no son presentados como debates internos de las sociedades democráticas, sino como amenazas estratégicas que ponen en riesgo la continuidad de Occidente.
La NSS de 2025 no solo redefine la relación de Estados Unidos con el mundo, sino también la forma en que ese mundo es conceptualizado.
Al mismo tiempo, el hemisferio occidental aparece ya no como un espacio de cooperación o integración, sino como una zona de responsabilidad primaria y dominación estratégica de Estados Unidos. En este marco, la migración, el narcotráfico, la deslocalización cercana (nearshoring) y la presencia de potencias extrahemisféricas se integran en una narrativa de seguridad interna ampliada. Esta concepción deja abierta una pregunta crucial: ¿Latinoamérica —y particularmente México— forma parte del Occidente que el gobierno de Trump dice querer preservar o es simplemente un espacio que debe ser disciplinado y controlado?
Qué revela la NSS de 2025 sobre las prioridades y los instrumentos de Estados Unidos
La NSS de 2025 redefine el interés nacional de una manera que trasciende el realismo clásico. A los componentes tradicionales de poder —territorio, economía y capacidad militar— se suman ahora elementos vinculados a la identidad cultural, la cohesión social y el control demográfico. La seguridad deja de ser solo una cuestión externa y pasa a concebirse como una prolongación de los conflictos internos de la sociedad estadounidense.
En este marco, la migración adquiere un lugar central. Ya no es tratada como un fenómeno estructural ligado al desarrollo desigual o a crisis regionales, sino como una vulnerabilidad estratégica que debe ser contenida, externalizada y, en la medida de lo posible, neutralizada más allá de las fronteras estadounidenses. La política exterior se convierte así en una herramienta directa de gestión de la frontera.
La resurrección explícita de la Doctrina Monroe, acompañada del llamado Corolario Trump, cristaliza esta lógica. Estados Unidos declara que no tolerará la penetración estratégica de China o Rusia en el hemisferio occidental, reinterpretando decisiones soberanas de los países latinoamericanos —en infraestructura, energía, telecomunicaciones o financiamiento— como variables de una competencia geopolítica definida en Washington.
México ocupa una posición singular en este esquema, precisamente porque la NSS de 2025 rompe con una continuidad que se había mantenido, con matices, desde Bush hasta Biden. Durante ese periodo, México fue concebido como un vecino integrado al espacio norteamericano, cuyos problemas —comercio, seguridad fronteriza, crimen organizado o migración— se entendían como desafíos compartidos que requerían cooperación institucional y gestión conjunta de la interdependencia. Con Bush, México era casi invisible porque se asumía alineado al orden liberal; con Obama, emergió como socio clave de la competitividad y la gobernanza de Norteamérica; con Trump, en su primer mandato, fue tratado de forma más transaccional y securitizada, pero aún como un interlocutor necesario, y con Biden, volvió a ser presentado como un socio indispensable para administrar riesgos regionales.
La NSS de 2025 rompe esa lógica: México aparece como un actor de primera línea en materia migratoria, de seguridad y de cadenas productivas, pero ya no como un socio estratégico en pie de igualdad. Resulta particularmente llamativa la ausencia de una visión de Norteamérica como bloque, pese a la centralidad del Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) y de la integración productiva. La estrategia privilegia una lógica funcional y jerárquica: México como plataforma manufacturera y amortiguador de riesgos, más que como coprotagonista de una estrategia continental compartida.
Implicaciones para socios y aliados
Para los aliados tradicionales de Estados Unidos en Asia y Europa, la NSS de 2025 introduce un elemento nuevo y perturbador: a los criterios materiales de contribución y capacidad se suman ahora juicios implícitos sobre orientación cultural e identidad política. La pertenencia al “Occidente” deja de definirse exclusivamente en términos institucionales o normativos y pasa a estar mediada por percepciones sobre cohesión social, valores tradicionales y resistencia al cambio cultural.
En Latinoamérica, el impacto adopta una forma distinta, pero no menos profunda. Los países de la región no son concebidos como parte de una comunidad civilizatoria compartida ni como aliados ideológicos en una competencia mundial entre democracia y autoritarismo. Tampoco aparecen como socios estratégicos con capacidad de codiseñar el orden regional. Son, ante todo, espacio estratégico: fuente de riesgos que deben ser contenidos, de oportunidades económicas que deben ser aprovechadas y de posibles aperturas para la influencia de potencias rivales.
Esta mirada tiene consecuencias prácticas. Las relaciones tienden a securitizarse: la migración, el crimen organizado, la energía o la deslocalización cercana se abordan prioritariamente desde la óptica del control y la prevención de amenazas, más que desde la cooperación para el desarrollo o la integración de largo plazo. Para países como Brasil, Colombia o los Estados centroamericanos, esto implica una relación más asimétrica y condicionada.
Para México, la paradoja es especialmente aguda. Es indispensable para la seguridad y la competitividad de Estados Unidos, pero rara vez es tratado como un socio estratégico pleno. Está dentro del perímetro de seguridad estadounidense, pero fuera de su imaginario político y civilizatorio. Esta ambigüedad erosiona la posibilidad de una relación verdaderamente estratégica y refuerza una lógica de dependencia funcional.
Implicaciones para los competidores estratégicos
Para China, la NSS de 2025 establece límites más claros a su presencia en el hemisferio occidental. Latinoamérica deja de ser un espacio relativamente abierto para la diplomacia económica y pasa a ser un terreno crecientemente vigilado, en el que las inversiones, los proyectos de infraestructura y los acuerdos tecnológicos son evaluados a la luz de criterios de seguridad definidos por Washington.
Sin embargo, la estrategia estadounidense presenta una contradicción: al no ofrecer una visión positiva y creíble de desarrollo compartido para la región, corre el riesgo de contener sin sustituir. Esto puede encarecer la presencia china, pero no necesariamente eliminarla, especialmente en países que perciben escasos beneficios de una relación asimétrica con Estados Unidos.
Rusia, por su parte, se beneficia indirectamente del debilitamiento del consenso occidental y del abandono del lenguaje normativo. Aunque su capacidad económica en Latinoamérica es limitada, conserva margen para la disrupción política, la cooperación simbólica y el aprovechamiento de resentimientos históricos frente a Estados Unidos. La fragmentación del concepto de Occidente juega a su favor, incluso sin una presencia material significativa.
Qué resultados cabe esperar en el corto y mediano plazo
En el corto plazo, es previsible un aumento sostenido de la presión estadounidense sobre México en materia migratoria, de control del narcotráfico y de limitación de la presencia china. La relación bilateral tenderá a profundizar su carácter securitario, con menos espacio para una agenda positiva de integración política o institucional.
En Latinoamérica en general, es probable que se intensifique una dinámica de equilibrio precario: los gobiernos buscarán evitar una confrontación directa con Estados Unidos sin renunciar del todo a márgenes de autonomía frente a China u otros actores. Esta estrategia de cobertura (hedging) será cada vez más difícil de sostener.
En el mediano plazo, el riesgo es la consolidación de un orden hemisférico más jerárquico y menos cooperativo, en el que la proximidad geográfica no se traduzca en inclusión estratégica. La ausencia de una narrativa de integración —particularmente en Norteamérica— puede limitar el potencial de las cadenas productivas regionales y generar tensiones políticas crecientes.
Para México, el desafío será evitar quedar atrapado en el papel de zona tampón: absorber los costos de la seguridad, la migración y la deslocalización cercana sin acceder a una influencia proporcional en la definición de las reglas del juego.
Un giro civilizatorio con consecuencias hemisféricas
La NSS de 2025 no solo redefine la relación de Estados Unidos con el mundo, sino también la forma en que ese mundo es conceptualizado. Reduce la ambición internacional, recentra el hemisferio y redefine Occidente en términos culturales, más que políticos.
Para Europa, esto plantea interrogantes profundos sobre pertenencia y alineamiento. Para Latinoamérica —y de manera particularmente aguda para México— plantea una pregunta aún más incómoda: si la cercanía geográfica implicará integración estratégica o simplemente subordinación funcional.
Si Estados Unidos aspira a dominar su entorno inmediato sin integrarlo de manera genuina, corre el riesgo de reproducir las inseguridades que dice querer erradicar. Para México, navegar esta nueva etapa exigirá una diplomacia más estratégica, capaz de afirmar su centralidad sin aceptar pasivamente una relación definida exclusivamente en términos de contención y control.
Participación en Foreign Affairs Latinoamérica
La modernización del Acuerdo México–Unión Europea
Alejandra López de Alba / En las próximas semanas, el COMEXI dará a conocer el análisis “La modernización del Acuerdo Global México–Unión Europea”. Llega en un momento en el que México tiene una oportunidad clara: ampliar su horizonte internacional con una alianza que combina acceso a mercado, cooperación tecnológica y convergencia con las grandes transformaciones productivas del siglo XXI. El Acuerdo Global Modernizado con la Unión Europea ha de interiorizarse como una herramienta para constr
Alejandra López de Alba / En las próximas semanas, el COMEXI dará a conocer el análisis “La modernización del Acuerdo Global México–Unión Europea”. Llega en un momento en el que México tiene una oportunidad clara: ampliar su horizonte internacional con una alianza que combina acceso a mercado, cooperación tecnológica y convergencia con las grandes transformaciones productivas del siglo XXI.
El Acuerdo Global Modernizado con la Unión Europea ha de interiorizarse como una herramienta para construir capacidades nacionales. Su valor no está solo en el comercio, sino en lo que habilita: inversión con mayor certidumbre, colaboración en innovación, estándares que elevan productividad y una plataforma para que empresas mexicanas —incluidas pymes— se inserten mejor en cadenas globales de valor. En un entorno geopolítico más complejo, diversificar vínculos es, ante todo, una estrategia de fortalecimiento: sumar opciones para que México avance con más estabilidad y más autonomía de decisión.
Europa, además, está acelerando la transición verde y digital. Esto abre un espacio concreto para México: atraer proyectos en energías renovables, manufactura avanzada, economía circular, digitalización industrial y servicios basados en conocimiento. Con el acuerdo modernizado, el país puede convertir esa ventana en una ruta de crecimiento sostenido, conectando su base manufacturera con nuevas demandas europeas y elevando el contenido tecnológico de lo que producimos y exportamos.
La clave es aprovechar el acuerdo como palanca de política pública. Ratificarlo con celeridad y preparar su implementación con visión de resultados permitiría traducirlo en empleo formal, productividad y mayor sofisticación exportadora. Para ello conviene impulsar un paquete de implementación: acompañamiento a pymes para cumplir estándares y certificaciones; financiamiento y herramientas de inteligencia de mercado para su internacionalización; coordinación entre diplomacia económica y política industrial para atraer inversiones estratégicas; y una agenda de cooperación enfocada en talento, innovación y transición energética.
El análisis del COMEXI ayuda a colocar estas prioridades en la conversación pública: cómo convertir un instrumento internacional en una estrategia nacional. Si se ejecuta con ambición, el Acuerdo Global Modernizado puede ser más que un tratado: puede ser un puente hacia nuevas oportunidades globales, un impulsor de competitividad y un ancla de largo plazo para el México que queremos construir en un mundo cambiante.
Apostar por una relación más profunda con la Unión Europea no significa elegir entre socios; significa sumar capacidades. En esa lógica, la modernización del Acuerdo Global es una decisión con visión de Estado: suma capacidades, diversifica oportunidades y fortalece el presente y el porvenir de México.
Participación en El Sol de México
Por qué México no puede postergar su apuesta estratégica con Europa
Héctor Cárdenas / A pocas semanas de que el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales presente un nuevo análisis sobre la modernización del Acuerdo Global entre México y la Unión Europea, vale la pena detenernos a reflexionar por qué este instrumento —negociado con paciencia durante casi una década— es hoy más relevante que nunca para la estrategia internacional y de desarrollo de México. El momento no es casual. México se encuentra en un entorno internacional marcado por una creciente fragme
Héctor Cárdenas / A pocas semanas de que el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales presente un nuevo análisis sobre la modernización del Acuerdo Global entre México y la Unión Europea, vale la pena detenernos a reflexionar por qué este instrumento —negociado con paciencia durante casi una década— es hoy más relevante que nunca para la estrategia internacional y de desarrollo de México.
El momento no es casual. México se encuentra en un entorno internacional marcado por una creciente fragmentación geopolítica, tensiones comerciales recurrentes y un grado de incertidumbre inédito en su relación con Estados Unidos, su principal socio económico. En este contexto, avanzar con rapidez en la ratificación e implementación del Acuerdo Global Modernizado con la Unión Europea no es solo una buena noticia comercial: es una decisión estratégica de primer orden para diversificar riesgos, fortalecer alianzas y ampliar el margen de maniobra internacional del país.
El análisis que COMEXI dará a conocer pone el acento en un punto central: la modernización del Acuerdo Global no debe entenderse como una mera actualización técnica de un tratado vigente desde el año 2000, sino como una herramienta integral de política exterior y desarrollo económico. El nuevo acuerdo articula de manera más ambiciosa sus tres pilares —diálogo político, cooperación y comercio— incorporando compromisos en sostenibilidad, transición energética, digitalización, inversión, derechos laborales y cooperación tecnológica, en línea con los grandes ejes de transformación de la economía global.
Desde la perspectiva mexicana, los beneficios potenciales son significativos. El acceso ampliado y modernizado al mercado europeo —el mayor bloque económico del mundo—, la eliminación progresiva de aranceles para una proporción sustantiva de bienes agroalimentarios e industriales, la apertura de oportunidades en compras públicas y el fortalecimiento de la protección a las inversiones crean condiciones favorables para una inserción más sofisticada de México en cadenas globales de valor. Estas oportunidades son particularmente relevantes en sectores estratégicos como energías renovables, manufactura avanzada, digitalización industrial, biotecnología y economía circular, donde Europa busca socios confiables y de largo plazo.
Pero el análisis de COMEXI es claro en subrayar que el verdadero valor del Acuerdo Global Modernizado va más allá de las cifras comerciales. En un contexto de tensiones geoeconómicas, el acuerdo refuerza la proyección internacional de México como un actor comprometido con el multilateralismo, el Estado de derecho, el comercio basado en reglas y el desarrollo sostenible. Al profundizar su relación con la Unión Europea, México envía una señal inequívoca de diversificación estratégica y de apuesta por alianzas equilibradas con distintos centros de poder, sin abandonar —pero sí complementando— su estrecha integración con América del Norte.
Esta dimensión estratégica cobra especial relevancia ante la volatilidad que caracteriza hoy la relación México–Estados Unidos. Sin caer en lecturas dramáticas ni en falsas disyuntivas, el análisis señala que reducir vulnerabilidades externas pasa necesariamente por ampliar y consolidar otros vínculos de alta densidad económica y política. La Unión Europea aparece, en este sentido, como un socio natural y subutilizado, con el que México comparte valores, intereses de largo plazo y una historia de cooperación que cumple ya 25 años bajo el marco del Acuerdo Global.
Ahora bien, el documento también advierte sobre los riesgos de la inacción. El proceso de ratificación —complejo por la naturaleza mixta del acuerdo en el ámbito europeo— exige una estrategia diplomática activa y coordinada. Otros países de América Latina han avanzado con mayor rapidez en sus acuerdos con la Unión Europea, lo que incrementa la competencia por inversiones, proyectos estratégicos y acceso preferencial al mercado europeo. Para México, postergar decisiones o minimizar la importancia política del proceso implicaría perder una ventana de oportunidad difícil de recuperar.
De ahí que uno de los mensajes centrales del análisis sea la necesidad de actuar con sentido de urgencia. Acelerar la ratificación en el Senado mexicano, fortalecer las capacidades institucionales para la implementación, acompañar a las pymes en su proceso de internacionalización y articular mejor la diplomacia económica con una política industrial moderna son condiciones indispensables para traducir el acuerdo en resultados tangibles. Sin estos esfuerzos, el Acuerdo Global Modernizado corre el riesgo de quedarse en el papel.
En este contexto, la decisión de COMEXI de elaborar y difundir este análisis adquiere una relevancia particular. Fiel a su vocación como espacio plural, independiente y de reflexión estratégica, COMEXI busca colocar el debate sobre la relación México–Unión Europea en el centro de la agenda pública y de la toma de decisiones. Este documento no solo sintetiza los beneficios y desafíos del acuerdo, sino que propone líneas de acción concretas para maximizar su impacto en la economía y la proyección internacional de México.
En las próximas semanas, COMEXI estará difundiendo ampliamente este análisis entre actores clave: responsables de política pública, legisladores, sector empresarial, academia y aliados internacionales. La intención es clara: contribuir con evidencia, análisis riguroso y visión de largo plazo a una discusión que será determinante para el futuro posicionamiento de México en el mundo.
La modernización del Acuerdo Global con la Unión Europea representa una oportunidad estratégica que México no puede darse el lujo de postergar. En un entorno internacional incierto, apostar por alianzas sólidas, diversificadas y basadas en valores compartidos es una señal de madurez y de visi��n de Estado. Con este nuevo análisis, COMEXI reafirma su compromiso de seguir impulsando la reflexión estratégica sobre los grandes temas de la política exterior mexicana y de aportar insumos útiles para la toma de decisiones en un momento clave para el país.
Participación en La Silla Rota
México 2026: futuro, energía y nación
Javier Jileta-Okholm / El Mundial de 2026 es la mayor oportunidad en décadas para que México muestre al mundo una nueva identidad: un país que sabe planear, ejecutar y gobernar con visión. No es un torneo: es un acto de Estado que permitirá exhibir instituciones sólidas, cohesión social y un renovado sentido de identidad nacional, más allá de las marcas país. Bajo el liderazgo de la primera presidenta, este momento puede elevar la autoestima colectiva y proyectar un México que apuesta por la jus
Javier Jileta-Okholm / El Mundial de 2026 es la mayor oportunidad en décadas para que México muestre al mundo una nueva identidad: un país que sabe planear, ejecutar y gobernar con visión. No es un torneo: es un acto de Estado que permitirá exhibir instituciones sólidas, cohesión social y un renovado sentido de identidad nacional, más allá de las marcas país. Bajo el liderazgo de la primera presidenta, este momento puede elevar la autoestima colectiva y proyectar un México que apuesta por la justicia, la igualdad y la presencia decisiva de las mujeres en la vida pública. Hay que recordar que, en décadas, no hemos tenido un gobierno con tal legitimidad emanado del sufragio popular. Si bien hay quienes se oponen, la legitimidad del gobierno también les beneficia para posicionarse en su quehacer diario y, sobre todo, en el hacer negocios, lo que suma al relato del nuevo México con Justicia.
Esta vitrina global coincide con otra transformación profunda: el replanteamiento energético. México llega a 2026 con un sistema energético que se está reconfigurando y que ha replanteado su objetivo más allá de la maximización de utilidades. Fukuyama lo dice claramente: el modelo neoliberal casi mató a la democracia liberal. Distanciarnos es señal de salud mental.
Los ejes de soberanía, seguridad y justicia energéticas se equiparan a las visiones y planeaciones de largo plazo de países como el Reino Unido, Francia e incluso China. Ante todo cambio de paradigma, existen procesos de ajuste. Los inversionistas y actores lo saben, lo viven a diario en múltiples países y jurisdicciones. Estratégicamente, es conveniente cuestionar todo, sin embargo, es momento de encontrar el punto medio donde se reconozca la planeación vinculante y la visión de Estado.
La visión que interpreto de la 4T se enfoca en apostar por replantear la energía en términos de justicia y prioridad. No es lo mismo un MW gastado en una actividad que tiene efectos multiplicadores en la creación de riqueza, que uno estéril virtual. Esto habla de una visión donde regresamos a la planeación de largo plazo que, en realidad, se perdió incluso antes de la reforma de 2013.
Durante este Mundial, tener acciones clave simbólicas, desde el Juego de Pelota en eventos colectivos masivos y llamativos globalmente, hasta ejercicios de civismo nacionales para quienes nos visitan, permite presentar nuestro México, el de todos, con un rostro unido. En otras palabras, la visión presidencial tiene una oportunidad irrepetible de condensar en mensajes clave que reviertan opiniones y sumen a escépticos hacia la nación que emanó del voto popular legítimo el año pasado.
Se trata de mostrar al mundo nuestra esencia cultural a través de todas las herramientas que tenemos para consolidar una posición que se ha visto reducida globalmente. No porque México deje de hacer esfuerzos, sino porque muchos otros países han desplegado campañas culturales y diplomáticas coordinadas, altamente efectivas, para posicionarse en el imaginario global. Sin estos procesos de generación de símbolos, narrativas y discursos, habremos perdido la oportunidad de consolidar todo el apoyo global que necesita nuestro país para sacar adelante los ambiciosos planes de transformación y delinear nuestra soberana y exuberante esencia cultural.
México llega a 2026 con una identidad renovada, una presidenta que redefine prioridades nacionales y diseña un sistema productivo justo. Es momento de codificarlo como hacían nuestros ancestros: en la multiplicidad de códices que realizaban para, así, garantizar el legado mexicano en el imaginario de la colectividad global.
El mundial es más que un evento multitudinario de alegría y compañerismo global: es un faro que proyecta la luz de prosperidad y la nueva mexicaneidad.
Participación en El Economista
STARTUPS EN ECONOMÍAS EMERGENTES COMO MÉXICO
Kenjiro Juárez Las startups verdes (ClimaTech) integran la sostenibilidad en sus modelos. Los sectores clave que dominan este espacio incluyen la energía, la gestión de residuos y la agroalimentación. La innovación a menudo depende de tecnologías complejas o “tecnologías duras”, especialmente en el sector energético, como robótica, sensores, tecnologías de energía limpia y biotecnología, que requieren inversiones intensivas en investigación y desarrollo (I+D). Sin embargo, la innovación tambi
Kenjiro Juárez
Las startups verdes (ClimaTech) integran la sostenibilidad en sus modelos. Los sectores clave que dominan este espacio incluyen la energía, la gestión de residuos y la agroalimentación.
La innovación a menudo depende de tecnologías complejas o “tecnologías duras”, especialmente en el sector energético, como robótica, sensores, tecnologías de energía limpia y biotecnología, que requieren inversiones intensivas en investigación y desarrollo (I+D).
Sin embargo, la innovación también es cada vez más digital. Tecnologías digitales como la Inteligencia Artificial (IA), blockchain y el Internet de las Cosas (IoT) son componentes críticos de la “doble transición” necesaria para la acción climática, optimizando la eficiencia, garantizando la transparencia en la cadena de suministro y promoviendo resultados sostenibles. A pesar de su enorme potencial, las startups verdes enfrentan obstáculos significativos. Los altos costos iniciales de capital para I+D y la infraestructura ecológica representan una barrera importante. Muchas caen en el “valle de la muerte”, la brecha crítica entre la investigación inicial y la comercialización, donde las limitaciones de financiación provocan el fracaso de muchas empresas.
Los análisis sugieren que las startups verdes tienen menos probabilidades de obtener financiación de capital de riesgo (VC) en la etapa inicial en comparación con sus pares no verdes. Sin embargo, en general, son más propensas a obtener financiación de VC y significativamente más propensas a recibir fondos de subvenciones. Los instrumentos de apoyo público, como las subvenciones, son especialmente efectivos para promover la innovación enfocada en el medio ambiente, ya que atraen más inversión privada. Crear un ecosistema favorable requiere esfuerzos coordinados de inversores, gobiernos y organizaciones internacionales de desarrollo para reducir riesgos e incentivar el crecimiento.
En este dinámico panorama global, las economías emergentes de América Latina (LATAM) están dando un paso adelante. México es el segundo mercado de startups más grande de América Latina, sólo por detrás de Brasil. La innovación que ocurre aquí es crucial, ya que representa una solución poderosa para los desafíos que enfrenta el país. El centro principal de México, la Ciudad de México, es un centro de innovación en rápida expansión, que combina una rica energía cultural con un creciente talento tecnológico. Se encuentra en el rango #31-40 del Ranking de Ecosistemas de Startups Emergentes 2025 y ocupa la posición #2 en América Latina en factores clave de éxito: financiación, talento y experiencia, y desempeño. El ecosistema de startups de México muestra fortalezas sectoriales específicas que se alinean estrechamente con la transición global hacia la sostenibilidad:
Agtech y nuevos alimentos: La Ciudad de México es un centro de Agtech. En 2024, las startups del sector recaudaron $600 millones, utilizando IA, IoT y blockchain para la eficiencia de la cadena de suministro.
Fintech: En 2024, las fintechs mexicanas recaudaron $2.2 mil millones, lo que representa el 74% de la financiación de VC del país. Aproximadamente el 68% de estas fintechs utilizan IA.
Cadena de suministro y logística: El mercado de carga y logística de México alcanzó $116.9 mil millones en 2024. Proyectos como la expansión del Puerto de Manzanillo por $3.07 mil millones fortalecen el papel logístico clave de México.
Estas fortalezas sectoriales se ven reforzadas por ventajas geopolíticas significativas. La ubicación estratégica de México en el corazón de las Américas, combinada con acuerdos comerciales favorables como el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), proporciona a las empresas extranjeras un acceso preferencial a los mercados globales. Además, México obtuvo la primera posición entre los mercados latinoamericanos en disponibilidad de talento calificado en el Ranking Mundial de Talento IMD 2024.
El ecosistema de startups de México, marcado por fuertes resultados de innovación y una posición estratégica en sectores alineados con la sostenibilidad como Agtech y logística, está preparado para desempeñar un papel vital en la transición verde global. El apoyo continuo de políticas específicas, mejoras institucionales e inversiones dedicadas es clave para garantizar que este mercado emergente alcance su máximo potencial como motor de crecimiento económico sostenible.
Participación en El Sol de México
CHINA GANÓ LA PARTIDA... POR AHORA
Héctor Cárdenas El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Corea del Sur marcó una pausa, no una paz. El llamado acuerdo marco alcanzado en octubre busca reducir tensiones después de meses de amenazas de nuevos aranceles, controles de exportación y restricciones sobre tierras raras. Pero más que un pacto sustantivo, es una tregua táctica: una forma de comprar tiempo. Y, en esta jugada, China ha demostrado una vez más su capacidad de maniobra frente a un Estados Unidos que parece más react
Héctor Cárdenas
El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Corea del Sur marcó una pausa, no una paz. El llamado acuerdo marco alcanzado en octubre busca reducir tensiones después de meses de amenazas de nuevos aranceles, controles de exportación y restricciones sobre tierras raras.
Pero más que un pacto sustantivo, es una tregua táctica: una forma de comprar tiempo. Y, en esta jugada, China ha demostrado una vez más su capacidad de maniobra frente a un Estados Unidos que parece más reactivo que estratégico.
Beijing ofreció lo mínimo indispensable —suspender por un año sus amenazas de restringir exportaciones de minerales críticos y aumentar compras de productos agrícolas estadounidenses— a cambio de concesiones significativas de Washington: una reducción de aranceles, la suspensión de nuevas sanciones tecnológicas y el congelamiento de investigaciones comerciales. Todo esto sin tocar los temas de fondo: el apoyo chino a Rusia, el exceso de capacidad industrial, ni el control de TikTok.
Es decir, Xi ganó una desescalada sin ceder terreno estructural. Aseguró acceso a mercados y tiempo para reorganizar sus cadenas de valor mientras mantiene su influencia en los sectores críticos —energía, minerales, tecnología— donde Estados Unidos depende de insumos chinos. En cambio, Trump obtuvo alivio temporal en los precios agrícolas y un titular favorable para su base electoral, pero no una victoria estratégica.
China llega a esta tregua con fortalezas notables:
Una economía aún en expansión, capaz de dirigir inversión estatal hacia sectores tecnológicos clave.
Control casi monopólico en el procesamiento de minerales críticos.
Capacidad diplomática para dividir a sus adversarios, ofreciendo acceso preferencial o inversión selectiva en Asia, África y América Latina.
Pero también con vulnerabilidades: un mercado interno que desacelera, tensiones demográficas y la necesidad de sostener el empleo industrial y la confianza del Partido Comunista en medio de un entorno global más hostil. Aun así, Xi ha convertido esas debilidades en incentivos para diversificar mercados y fortalecer la autosuficiencia tecnológica.
Estados Unidos, en cambio, se muestra no solo sensible sino vulnerable. Su dependencia de las cadenas de suministro chinas sigue siendo alta, y su política exterior se ha vuelto cada vez más transaccional. La obsesión de Trump con los aranceles y su maltrato a aliados tradicionales —desde Europa hasta Japón, México y Canadá— y países que se han resistido a entrar en la órbita de Beijing —India y Brasil— han debilitado la red de alianzas que históricamente le dio a Washington ventaja frente a cualquier rival.
El acuerdo en Corea del Sur no resuelve esa fragilidad; apenas la disimula. Sin embargo, sería un error considerar que Estados Unidos está acabado. Si la próxima administración —o incluso Trump mismo, si logra recalibrarse— reorienta su energía hacia la reconstrucción de alianzas, la inversión en innovación y la coherencia estratégica, el poder estadounidense puede renovarse. La historia reciente muestra que su capacidad de recuperación es extraordinaria.
En resumen, el encuentro Trump-Xi no redefine el equilibrio global; solo lo pospone. China ha ganado el primer asalto de esta nueva guerra de posiciones. Pero la partida sigue abierta, y dependerá de si Estados Unidos logra recordar que su mayor fuente de poder nunca fueron los aranceles, sino las alianzas.
Participación en El Sol de México
IMAGEN DE MÉXICO COMO PAÍS DESLEAL
Horacio Saveedra En la Unión Americana se extendió la idea de que sus socios traicionaron y burlaron su confianza. Ya no son el buen vecino o aliados comerciales. Quizá los más cercanos han sido los más confundidos y los más obtusos en reaccionar. México ha sido presentado como un compañero desleal en la opinión pública de EU. La queja vibra en Washington y los 50 estados de la Unión, si bien no es absoluta. Apela a abusos comerciales, tráfico de drogas, irresponsabilidad en seguridad, visas d
Horacio Saveedra
En la Unión Americana se extendió la idea de que sus socios traicionaron y burlaron su confianza. Ya no son el buen vecino o aliados comerciales. Quizá los más cercanos han sido los más confundidos y los más obtusos en reaccionar. México ha sido presentado como un compañero desleal en la opinión pública de EU.
La queja vibra en Washington y los 50 estados de la Unión, si bien no es absoluta. Apela a abusos comerciales, tráfico de drogas, irresponsabilidad en seguridad, visas de trabajo y hasta becas mal usadas. “Muerte hecha en México: traficantes van con fentanilo”, reflejó un titular del periódico Los Angeles Times a finales de 2019. “Europa es disfuncional hoy” apreció el Vicepresidente J.D. Vance.
Compañeros históricos han sido hostigados con aranceles comerciales. Canadá, México y la Unión Europea son los más visibles. Los canadienses fueron sancionados con un 10% en energía y 35% en todos los productos fuera del T-MEC, por el supuesto cruce de estupefacientes químicos. Los mexicanos recibieron 25% en todo lo que no está contemplado en el acuerdo trilateral. El Presidente Trump anunció que “tarifa (tariff) es la palabra más bella del diccionario”.
La Unión Europea y la OTAN han sido acusadas de abusar del financiamiento estadounidense en seguridad. A mediados de 2025, la UE obtuvo un 15% de aranceles en la mayoría de sus exportaciones a Estados Unidos, además la Casa Blanca afirmó que mantendría cargas del 50% en acero, aluminio y cobre europeos.
Uno de los errores de los socios más cercanos de EU es suponer que el conyugue que tenían tras la segunda Guerra Mundial es el mismo. Sus intereses e identidades cambiaron. La Unión Americana tiene hoy otro perfil demográfico, económico y político, que no es necesariamente el de la democracia liberal de antaño.
Se suele pensar que las únicas preocupaciones acerca de la nación mexicana son materiales, empleos, migración o violencia, mas hay un gran contenido emocional. Los mexicanos no ayudan al sueño o “sentimiento americano de negocios”. México sería desleal porque genera pobreza en lugar de un crecimiento de Norteamérica. Canadá debiera ayudar también.
En los tres frentes, falta la empatía cultural de los años 90. Tras un cuarto de siglo del TCLAN, la población mexicana no ha acelerado su capacidad para comunicarse en inglés, una herramienta que le facilitaría el día a día con EU. Se ha demostrado, los migrantes anglohablantes comenten menos errores, infracciones y regularizan más rápido su residencia.
De este lado, sólo cerca del 5% de los mexicanos es angloparlante, lo que genera afectaciones reales. Este octubre, 5,000 choferes de transporte -que manejan entre México y EU- fueron suspendidos y perdieron la licencia porque no dominan el idioma, según la Cámara Nacional del Autotransporte de Carga.
Estados Unidos es una gran economía, con problemas internos y según su sentir, espera ayuda de sus socios. ¿Cómo atender eso sin afectar el interés nacional propio? Urge difundir internacionalmente la “idea debilitada” de una Norteamérica de 3 países y de ventajas comunes. Para acercarse a la nueva sociedad norteamericana y sus miembros también importa hacerlo en inglés, sea con Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York o Vivek Ramaswamy, excandidato presidencial de origen indio.
Participación en El Economista
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