Guillermo Ordorica
En un contexto internacional peligroso, se desdibuja el diseño multilateral de paz y seguridad previsto en el Capítulo VII de la Carta de la ONU. Ahora, cuando hay confusión porque la globalización es una quimera y flaquean el orden y la justicia, la única certeza es que el poder se enseñorea en la misma proporción en que los valores y las instituciones liberales pierden vitalidad. Esta faceta trágica de la política mundial acredita que atrás está quedando la meta de emancipación solidaria visualizada en San Francisco en 1945. Confirma también que, en lo inmediato, aumenta la tendencia de los Estados nacionales a conducirse de forma oportunista y a alinearse en función de coyunturas, en detrimento de la anhelada congruencia principista. El momento es delicado porque, cuando se creía que finalmente el realismo Estado-céntrico se transformaría en beneficio de la liberación humana, en los hechos se retorna al estatismo y pierden prioridad la persona y sus derechos. Así las cosas, se erosiona la confianza entre democracias, se resquebrajan los espacios de cooperación entre el Norte y el Sur y toma fuerza la galopante anarquía global. Cierto, el diagnóstico es pesimista y da la razón al realismo político de Tucídides, Maquiavelo, Hobbes y Morgenthau, al tiempo que echa por tierra el normativismo racional de Locke, Grocio y Kant. En este caos, la paz y la seguridad pierden su carácter codependiente, se acrecienta la competencia desleal entre viejas y nuevas hegemonías y se diluyen los acuerdos que sustentan la idea de comunidad mundial. En consecuencia, la agenda se tensa porque los países se alejan de la concertación y destinan más recursos a la vigilancia y al armamentismo.
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