Ahora o nunca
Guillermo Ordorica / Como nunca, es necesario avanzar hacia un estadio que permita al género humano vivir en paz y con arreglo a normas de aceptación universal. Sin embargo, no hay certeza acerca de los acuerdos y componentes que debería tener ese orden alternativo. En ese proceso, ineludible pero estancado, tienen un papel crucial los nacionalismos y los esencialismos culturales. En efecto, la presunción de líderes políticos y élites intelectuales, de que la nación ofrece una amalgama de cuali
Guillermo Ordorica
/ Como nunca, es necesario avanzar hacia un estadio que permita al género humano vivir en paz y con arreglo a normas de aceptación universal. Sin embargo, no hay certeza acerca de los acuerdos y componentes que debería tener ese orden alternativo. En ese proceso, ineludible pero estancado, tienen un papel crucial los nacionalismos y los esencialismos culturales. En efecto, la presunción de líderes políticos y élites intelectuales, de que la nación ofrece una amalgama de cualidades identitarias que les permite reivindicar su presunto derecho étnico-nacional a tomar distancia de las grandes tendencias y transformaciones internacionales, opera en sentido contrario a la esperada renovación de la arquitectura liberal que rige desde 1945. Debido a ello, se incuba la tendencia de algunos Estados a encerrarse y no rendir cuentas a la comunidad mundial sobre sus acciones y omisiones en capítulos sensibles como Derechos Humanos, Estado de Derecho y gobernanza democrática. Esa errónea presunción reafirma el rancio nacionalismo del modelo estatal westfaliano; asimismo, erosiona la habilidad de la diplomacia multilateral para avanzar hacia un sistema de convivencia mundial transcultural, que vaya más allá de antiguos y nuevos colonialismos e imperialismos. El tema es doblemente complejo porque esos nacionalismos cerrados actuan como agentes anti occidentales y, a la vez, cuestionan las raíces mismas de la cultura política democrática consolidada a escala global. Como resultado, se fracturan los consensos que permiten la cohabitación de pueblos y culturas distintas alrededor de tradiciones jurídicas y políticas comunmente aceptadas, que han probado ser útiles para limar asperezas y buscar que impere el ideal tomista del bien común.








