Atorados

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Luis Rubio / Parafraseando a Albert Camus, “Indudablemente cada gobierno se cree destinado a rehacer el mundo.” Camus hablaba de su generación, pero el principio es aplicable a los gobiernos que llegan a hacer tabla rasa de la historia, como si todo lo que les precedió hubiese sido erróneo, equivocado o, en todo caso, malicioso. Si bien Morena no inventó esta manera de conducirse, ese ha sido su script. Sin embargo, en contraste con muchos de los predecesores a los que denuestan, su desempeño no ha sido particularmente exitoso. ¿Dónde se atoró el país?

El primer gran éxito económico del país ocurrió a mediados del siglo pasado, el llamado “desarrollo estabilizador,” que logró elevadas tasas de crecimiento económico con baja inflación y, sobre todo, una acelerada movilidad social. No es casualidad que muchos políticos, comenzando por el propio AMLO, solían referirse a esa era en términos nostálgicos: todo parecía funcionar. Aquel momento terminó cuando resultó que las anclas que lo sustentaban dejaron de funcionar.

No sería exagerado afirmar que, a partir de entonces, México ha vivido repetidos y diversos esfuerzos por recobrar esa capacidad de crecimiento. Algunos gobiernos lo intentaron con gasto público (y su concomitante endeudamiento), otros buscando apalancase en la promesa de elevados precios del petróleo. Ambos acabaron sumiendo al país en severas y costosas crisis. Luego vino la era de recapacitación financiera, la liberalización económica y la búsqueda de incorporación a los circuitos industriales del resto del mundo. Cada uno de los gobiernos que siguió, de dos partidos distintos, sostuvieron la iniciativa, pero nunca se logró consolidar una estrategia integral, incluyente, que beneficiara de manera directa a la mayoría de la población. Peor, en el proceso se debilitaron las capacidades del viejo sistema político y no se desarrolló un sistema de seguridad efectivo para la población. No es difícil explicar la llegada de un candidato que comenzó por evidenciar las carencias que existían, que no eran pocas.

El problema de fondo no es difícil de diagnosticar. La liberalización de la economía, la privatización de empresas y la llamada transición democrática -procesos que se retroalimentaron mutuamente- requerían una gran claridad de visión y articulación, pero sobre todo de conducción porque implicaban una redefinición radical no sólo de la estructura de la economía, sino de todo el sistema político. Hubo en el camino el sueño (porque no podía ser otra cosa) de que se podía liberalizar la economía sin afectar la demanda de participación política. Al final, la liberalización se llevó a cabo sin plan ni organización de la planta productiva, dejando que cada agente decidiera cómo adaptarse o incorporarse. Muchos tuvieron un liderazgo excepcional que hoy podemos apreciar en innumerables medidas de éxito. Otros, la mayoría en términos numéricos, si bien no en participación económica, han batallado a contracorriente. Mientras que en Canadá el gobierno creó programas para que todo mundo tuviera la oportunidad de ser exitoso, en México todo se dejó al garete.

En este contexto, no es casualidad que hayamos acabado en una situación tan compleja como la que describirían afirmaciones contrastantes como las que siguen: “una potencia exportadora,” “crecimiento a ritmo asiático,” “patético nivel de crecimiento por veinte años,” “incontenible violencia,” “dos Méxicos.” En unos cuantos años, México pasó a ser todo esto: un país exitoso y un país rezagado; un país pobre y uno rico; un país democrático y un país de muertos y desaparecidos; un país que elige a sus gobernantes y un gobierno incompetente. Por donde uno le busque, el país requería una aguda, lúcida, inteligente y clarividente conducción, pero todo lo que obtuvo fue una creciente rijosidad política que comenzó mucho antes de que llegara Morena.

En realidad, hubo dos factores que hicieron posible que dominara -y persista- la desidia, displicencia y negligencia que han caracterizado a muchos de esos gobiernos y gobernantes porque hicieron posible evadir la tarea que era realmente trascendente, importante y urgente. Además, paradójicamente, esos dos factores son también los que nos tienen confrontados con el actual presidente estadounidense, con las consecuencias que eso pudiera entrañar.

Un factor fue el de la migración y el otro las exportaciones. La migración eliminó, o al menos disminuyó la presión social por empleo y oportunidades, lo que facilitó que se obviara la urgencia de construir infraestructura, transformar al sistema educativo y desarrollar un sistema funcional de gobierno. Fue más fácil ceder ante sindicatos abusivos, evitar negociaciones complicadas y depender de monopolios improductivos que construir el país que aquellas reformas prometían y requerían.

Por su lado, las exportaciones resolvieron el cuello de botella más grave y recurrente que enfrentó el país a lo largo de las décadas. De pronto, las divisas que provenían del comercio exterior (a lo que habría que sumar la adicción a las remesas que produjo la migración) hicieron creer que no importaba que los chiapanecos se rezagaran, pues el promedio parecía funcionar. Eso hasta que la realidad llamó a la puerta.

Como escribió Arnold Toynbee, “las civilizaciones mueren por suicidio, no por asesinato.”

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