Callejón sin salida

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Luis Rubio

/ Decía Einstein que hacer más de lo que no está funcionando no va a mejorar el resultado. El gobierno ha intentado varias avenidas para salir del atolladero -de hecho, varios atolladeros diferentes- en que se encuentra, pero ninguna logra su cometido. ¿No será tiempo de cambiar el camino?

En poco más de año y medio, la presidenta ha continuado las estrategias de su predecesor; ha intentado promover el crecimiento económico; ha ensayado con resolver la inseguridad que acosa a toda la población; ha cocinado un pleito con nuestro principal socio comercial y la superpotencia mundial, sin claridad sobre cómo acabará eso; y se ha rehusado a aparecer en eventos señeros, notablemente la inauguración del mundial, pero también cerca del presidente Trump. Los resultados no son encomiables en ninguno de esos frentes, por decir lo menos.

Lo mejor que se puede decir es que en todo este tiempo lo que ha cosechado es lo que realmente ha sembrado: divisiones, polarización, ausencia de inversiones, un notable desgaste en el frente fiscal, un creciente acoso desde el exterior y un deterioro en su popularidad. El gobierno, y por consiguiente el país, se encuentran en un callejón sin salida. Más de lo mismo no va a resolver los problemas del país, muchos de los cuales se apilan y crecen de manera amenazante.

No es casualidad que pulule la sensación de que el sexenio se encuentra en sus últimas fases en lugar de su primer tercio. Parte de ello se debe a esa absurda noción de continuidad respecto al gobierno anterior, pues, aunque eso le confiere legitimidad frente a sus bases clientelares, también le carga todos los errores, costos, animadversiones y consecuencias del predecesor.

Al gobierno le urge reinventarse. Procurar “más ser padres de nuestro porvenir, que hijos de nuestro pasado” como sentenció Unamuno, el inteligente filósofo español. Lo primero que parecería obvio es reconocer que el país no se encuentra en jauja, sino ante una crisis en ciernes que todavía podría ser conjurada. La polarización no conduce a nada bueno y la confrontación con los norteamericanos menos. Parecería obvio que es tiempo de repensar el camino para sumar y sembrar hacia el futuro. Abandonar la estrategia de división para representar a toda la ciudadanía y responder a las necesidades y demandas que caracterizan a una nación compleja, diversa y dispersa. Construir en lugar de seguir destruyendo. Apalancarnos con la potente economía del norte, en lugar de arriesgar la relación. En una palabra, reconocer que el camino seguido hasta ahora ya dio de sí y, de seguirlo, los rendimientos serían decrecientes.

México no es el primer país que enfrenta una situación similar. En los ochenta, Francois Mitterrand llegó a la presidencia francesa con el ímpetu del primer presidente socialista de la quinta república, sólo para encontrarse con que sus estrategias de nacionalización y expropiación ya no empataban con las circunstancias del momento en que le tocó gobernar. Poco a poco echó marcha atrás: un estadista que reconoció la cambiante realidad. En México, el presidente de la Madrid llegó al gobierno en medio de una tormenta, prometiendo que iba a “reducir el ritmo de crecimiento del gasto público,” es decir, que no iba a cambiar el camino, sólo a enfrentar la crisis. Dos años después había dado una vuelta completa y comenzaba a sentar las bases para un futuro distinto, abriéndole nuevas oportunidades al país.

El presidente Kennedy afirmó que “gobernar es elegir, pero gobernar bien es adaptarse.” Eso es justo lo que requiere el México de hoy: un gobierno que se adapta a las circunstancias que existen. Lo que cuenta son los resultados y es en eso en lo que debe invertir. Proseguir por las avenidas de polarización y división no rendirán los frutos deseados. En una de esas, ni siquiera producen los resultados electorales que Morena anticipa.

Dos son los vectores que, en el ámbito económico, requieren una nueva mirada. En primer lugar, las cuentas fiscales enfrentan un enorme desafío que, de no atenderse, podrían provocar el colapso del grado de inversión, escenario por demás pernicioso para todos. Por otro lado, está la parálisis en la inversión, tanto pública como privada. La inversión pública ha declinado por la estrechez fiscal. La inversión privada no crece por las medidas político-legales que el propio gobierno ha promovido en materia judicial, eliminando a ese poder como contrapeso. No hay salida fácil para ninguno de estos retos, pero comenzar por reconocer que hay un problema y que la solución requiere de la participación de todos los actores clave de la sociedad sería un buen principio.

Con Estados Unidos es crucial reestablecer la comunicación directa y no a través de los medios. La geografía determina la cercanía y la dependencia mutua. Ambas naciones tienen intereses legítimos y para los estadounidenses la inestabilidad e inseguridad que caracterizan a México son asuntos de seguridad nacional. En lugar de reconocerlo, la retórica empleada ha llevado a identificar al gobierno mexicano con la corrupción, criminalidad e impunidad: el peor de todos los mundos.

Tanto en el frente interno como en el externo, el gobierno tiene que recapacitar antes de que sea demasiado tarde.

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