Marcelo García Suástegui
/ La presidenta Sheinbaum presentó un decreto para que las plataformas digitales sean espacios seguros para niñas, niños y adolescentes. En él se plantea que las plataformas deberán retirar contenido que promueva violencia, abuso sexual, suicidio o trastornos alimenticios y reportarlo a las autoridades. La mayoría de la gente que leyó esa noticia probablemente la pasó por alto. Suena técnico, lejano, cosa de gobierno. Ahí es donde está el problema.
Tengo 26 años. En este momento no estoy pensando en tener hijos, pero me asusta el mundo al que podrían llegar. No es un mundo en abstracto, sino al concreto; el que ya existe hoy en México, que ningún decreto resuelve por sí solo.
El problema de las plataformas no está solo en el contenido. TikTok, Instagram y YouTube retienen a los adolescentes porque hacer que dejarlo sea difícil forma parte de su diseño: scroll infinito, autoplay, algoritmos que aprenden tus puntos de quiebre, notificaciones que simulan ansiedad social si no respondes. Un decreto que depende de la "voluntad de las plataformas" no afecta ese mecanismo.
Encima del diseño adictivo está el contenido: influencers que enseñan que la dominancia es masculinidad, que los estándares de belleza imposibles son aspiracionales, que la identidad vale lo que valen tus seguidores. Ninguno de ellos tiene responsabilidad legal por lo que le pasa al adolescente que los consume durante cuatro horas al día. Las plataformas tampoco.
Los números son contundentes. Según el análisis de UNICEF México 2026, 14 millones de niños viven en pobreza. La tasa de violencia sexual contra menores se duplicó entre 2018 y 2023. Los niños y adolescentes desaparecidos aumentaron en un 30.3% entre 2023 y 2024. La inversión pública destinada a la infancia cayó del 26.5% al 15.8% del gasto social. Cada uno de esos números empeoró el año pasado.
"Proteger a los niños" lleva años siendo una de las frases más rentables en política. Se usa para repudiar libros, películas y series, para vetar leyes de identidad de género, para ganar ciclos de noticias e hilar una conversación falaz. Rara vez aparece cuando hay que financiar trabajadoras sociales, mantener líneas de crisis abiertas o legislar la responsabilidad de una plataforma que recomienda contenido violento a un adolescente a las dos de la mañana.
El decreto de esta semana es un primer paso real. Tiene intención legítima y, si se convierte en legislación con dientes, podría cambiar algo. Pero hoy le falta lo esencial: sanciones para plataformas que no cumplan y un mandato que obligue a rediseñar la experiencia de usuario para menores; cambiar el mecanismo que los engancha, no solo retirar el contenido que genera más quejas.
La pregunta que nadie hace en los ciclos de noticias sobre decretos y plataformas es quién, en México, cuida a los niños en serio. La respuesta incómoda es que como sociedad hemos decidido no mirarlo de frente.
Ese es el daño de lo apolítico: no que las infancias en México no te importen, sino que nos hemos acostumbrado a que “proteger a los niños” sea una frase y no una política. En esa distancia viven y mueren millones de ellos.
Posdata: No me sorprende que los mexicanos estemos dejando de tener hijos. Y no, no es solo por el “woke”; es porque no sabemos si al país le importan lo suficiente las infancias para que crezcan libres y seguros.


