El daño de lo apolítico: ¿quién decide si mereces votar?

El daño de lo apolítico: ¿quién decide si mereces votar?


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Marcelo García Suástegui 

/ Hay una frase que escucho constantemente y que me parece una de las más peligrosas del vocabulario cotidiano: “a mí la política no me interesa”. Se dice con orgullo, como si fuera una forma de madurez o de sensatez. Pero no ser político es, en sí mismo, una postura política. Y sus consecuencias las pagamos todos, aunque no lo sepamos.

Déjame explicarte algo que está pasando hoy mismo en México.
En 2027, hay elecciones donde se eligen 17 gubernaturas, dos mil 478 ayuntamientos, congresos locales y los 500 diputados federales. Según la Constitución, el voto es “universal, libre, secreto, directo, personal e intransferible”. Sin embargo, durante el último mes, algunos influencers afirmaron en esos típicos podcasts controversiales que “no todos deberían votar”, planteando que el acceso al sufragio debería condicionarse a aprobar un examen de conocimientos cívicos ante el INE. A los pocos días, un afiliado del PAN fue más lejos: propuso el voto por casa, es decir, que un integrante del núcleo familiar, generalmente el jefe del hogar, emita un solo sufragio en representación de todos los demás. En la práctica, el esposo vota. La esposa, no. Claro, las declaraciones se volvieron virales. En cuestión de días, miles de personas en redes sociales debatían si el sufragio universal era realmente una buena idea.

Eso no es una discusión filosófica inocente. Es propaganda, y hay que llamarla por su nombre.
Ambas propuestas son clasistas y machistas. La primera asume que hay ciudadanos que “merecen” decidir y otros que no, una lógica que históricamente se ha utilizado para excluir a los pobres, a las comunidades indígenas, a las mujeres, a cualquiera que el poder de turno considerara “no apto”. La segunda simplemente le quita el voto a la mitad de la población adulta del país con una sonrisa y el lenguaje de “fortalecer a la familia”. No son ideas nuevas ni valientes. Son las mismas que el Porfiriato utilizó para justificar que “el pueblo no estaba listo para la democracia”, y que los sectores más conservadores de Estados Unidos promueven hoy bajo el nombre de “Family Voting”. Han pasado más de cien años y aquí estamos de nuevo, con mejores cámaras y más seguidores.

Lo más preocupante no es que un influencer o un diputado hayan dicho algo regresivo. Lo preocupante es el mecanismo. Estas ideas no llegan como propuestas formales de ley, donde podrían ser debatidas, rechazadas o exhibidas con toda su crudeza. Llegan disfrazadas de preguntas incómodas que alguien “tenía que hacer”. Llegan con el lenguaje de la reflexión crítica para sonar valientes y contracorriente. Y funcionan precisamente porque cuando uno ha decidido que la política no le compete, un video de cinco minutos con datos a medias puede parecer una revelación. La discusión deja de ser cómo fortalecer la democracia para convertirse en quién merece ejercerla. Eso ya es una victoria para quienes buscan mover la frontera de lo aceptable.

Es exactamente la misma estrategia que la derecha critica de Morena: populismo de manual. El “ellos” son los ignorantes que votan mal. El “nosotros” somos los que sabemos. La lógica exige construir un enemigo interior, alguien que no merece pertenecer a la conversación, porque sin ese enemigo el argumento se derrumba. Y el resultado, sin importar de qué lado del espectro venga, es siempre el mismo: una narrativa que erosiona instituciones, polariza a la sociedad y no propone absolutamente nada concreto para mejorar la vida de nadie.

El sufragio universal no es un derecho porque la gente siempre vote perfectamente informada. Es un derecho porque ningún ser humano debería tener el poder de decidir si otro merece influir en el mundo en el que vive. Esa conquista le costó a este país décadas de lucha, fraudes electorales y sangre. No es una pregunta interesante para el debate. Es un piso mínimo de la democracia, no un privilegio negociable.

Todo este mecanismo, la propaganda disfrazada de reflexión, el enemigo construido, las instituciones erosionadas desde adentro, funciona porque hay un espacio vacío donde deberían estar ciudadanos informados. Ese espacio lo crea la apatía. Cuando decides que la política no va contigo, no desapareces del juego. Solo dejas de tener voz en él. Y en ese vacío entran quienes sí hablan, con micrófonos grandes y argumentos simples, a moldear lo que se considera sentido común. El daño no está en que existan estas opiniones. El daño está en que una persona que no ha pensado en política desde la última elección las escucha, asiente y las repite.

La pregunta no es si la política te interesa. La pregunta es si te importa quién decide por ti cuando tú no lo haces.

El daño de lo apolítico: ¿quién decide si mereces votar? - El Sol de México
Columnistas y analistas examinan la política, la economía y los temas que definen a México.

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