Fernando de la Mora Salcedo
/ El periodo de António Guterres como secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) culminará a finales de este año. Michelle Bachelet, Rebeca Grynspan, Ma. Fernanda Espinosa, Mariano Grossi y Macky Sall se encuentran en la contienda para encabezar la ONU en medio de la peor crisis en su historia.
En primera instancia, enfrenta una crisis de liquidez ante la falta de pagos de sus mayores contribuyentes. Se trata de una reducción en el presupuesto regular de 7.1%. La ONU ya ha eliminado 2,900 puestos y ha trasladado al menos a otros 700 de Nueva York y Ginebra a sedes con menores costos, como Nairobi. Los recortes se dan al tiempo que la ONU es llamada a instrumentar más de 40 mil proyectos mandatados.
A su vez, quien lidere el secretariado dará la cara ante una crisis de legitimidad. La conflictividad ha aumentado en el mundo, mientras que el Consejo de Seguridad, órgano garante de la paz y seguridad internacionales, permanece dividido y —en casos apremiantes— paralizado por las tensiones geopolíticas. Esta situación alimenta la incertidumbre en torno al orden internacional basado en reglas, al registrarse una mayor inversión en capacidades militares, en detrimento de la asistencia humanitaria y el apoyo al desarrollo.
Los pasados 20 y 21 de abril, las entonces cuatro personas aspirantes al puesto participaron en una de las entrevistas de trabajo más difíciles del mundo. Ante los 193 Estados miembros de la Asamblea General y una nutrida participación de sociedad civil, expusieron sus visiones y contestaron preguntas sobre sus proyectos. En todos los casos, reconocieron que el reto por delante es mayúsculo.
Más allá de generar simpatías entre los 193 miembros de la Asamblea General, la persona candidata tiene que obtener la no objeción de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Es decir, hay que entusiasmar a 188 capitales, pero no tanto como para incomodar o cruzar alguna línea roja de las otras 5, resultando en un veto a su candidatura.
El proceso se vislumbra complejo, y lo es. Pero el verdadero reto para la persona encargada del secretariado comenzará cuando asuma funciones en enero. La ONU no es una empresa donde el CEO pueda tomar decisiones y dar dirección estratégica libremente. En todo momento debe contar con el apoyo de los Estados miembros para poder materializar los proyectos más grandes. La labor comienza por ganarse la confianza. Y la confianza se gana a pulso, con resultados.
Quien encabece la ONU deberá tener una presencia constante en el terreno. Habrá de relacionarse con todos los actores en un número creciente de conflictos. Incluso cuando haya una parálisis en el Consejo de Seguridad, su trabajo sine qua non será asegurar un diálogo permanente y fluido. A su vez, tendrá que fungir como recaudador de fondos y exigir el pago de las cuotas a los Estados miembros. Será quizás, la primera persona titular de la ONU que opere bajo un esquema de austeridad republicana.
Si algo quedó claro de los diálogos interactivos celebrados el mes pasado, es que todas y todos los candidatos reconocen la magnitud del reto por delante. Quien ocupe la secretaría general de la ONU tendrá una enorme responsabilidad —no solo de hacer más con menos— sino de demostrar, por la vía de los hechos, que el multilateralismo y la solución pacífica de las controversias son la mejor vía para atender los desafíos comunes.




