Francisco Suárez Dávila
/ Se han presentado distintas nuevas circunstancias que hacen imperativo para México conformar una sólida alianza estratégica con Canadá. La principal justificación es la súbita explosión de una guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá, propiciada por las agresivas exigencias y acciones del presidente Donald Trump, que pone en entredicho dos vértices fundamentales del T-MEC: avanzar hacia la integración de América del Norte y lograrlo vía un sistema de libre comercio de carácter trilateral.
Un marco propiciatorio es la recientemente anunciada doctrina Carney, que propone conformar alianzas estratégicas de potencias medias con intereses comunes para hacer frente a las amenazas de ruptura del orden económico internacional. Ésta tiene aplicación trascendental y elocuente con la histórica nueva alianza con la Unión Europea que puede culminar en que Canadá se convierta en su primer “miembro asociado”. Ello provocó airada respuesta de Trump, que puede significar el colapso del carácter trilateral del T-MEC, con importantes consecuencias para México. Eso hace todavía más apremiante conformar nuestra Alianza Bilateral, que se suma al acuerdo reciente con la UE.
Me permito citar también, en apoyo de este imperativo, las tesis esgrimidas por un amigo canadiense, Colin Robertson, internacionalista, diplomático y uno de los líderes de un prestigioso think tank, el Canadian Global Affairs Institute, publicado recientemente en un artículo del Policy Magazine, titulado apropiadamente: “El pivote México Canadá: de aliados de conveniencia a verdaderos socios [partners]”.
“El colapso de las negociaciones tarifarias Canadá-EU le da una adicional urgencia al argumento que los canadienses debían ya entender: no importa qué pase con el T-MEC, Canadá requiere una relación fortalecida con México: ‘El peligro es que Washington convierta dos negociaciones paralelas en una competencia entre qué socio concede más’. Un enfoque coordinado no significa posiciones idénticas, sino coordinarse cuando los intereses coinciden”. Recomienda:
1) “Canadá y México requieren una coordinación política más estrecha. Norteamérica es más que un acuerdo de libre comercio. Es una plataforma continua de producción construida sobre infraestructura, capacidades y reglas predecibles. Ottawa y México deben en forma rutinaria intercambiar inteligencia política, y consultar antes, no después de negociaciones fundamentales con EU.
2) “Construir una estrategia económica continental que implica, por ejemplo, un Convenio en minerales críticos y energía, con cadenas de producción integradas. Reforzar la cooperación multilateral en foros como CPTPP, APEC, WTO.
3) “Invertir en la infraestructura humana de la relación”. Destaca el éxito del programa de trabajadores agrícolas temporales. Postula que “debe haber más movilidad profesional, por ejemplo, enfermeras, ingenieros; intercambio de estudiantes y universidades”.
4) “La seguridad debe ser una parte más importante de la relación, cooperación policial, aduanera, ciberseguridad, lavado de dinero, crimen organizado” (ya hubo entre los poderes judiciales).
5) “Las instituciones importan”. Deben establecer canales de comunicación eficaces entre los líderes, ampliar los grupos de trabajo, las relaciones provincias-estados.
“Ottawa ha visto a México a través del prisma americano. Debemos tener una mirada directa. Debe elevar a México a su primera línea de política exterior... Nuestra relación consiste muy seguido en “brotes” de diplomacia activa, seguido de “olvido estratégico”. Así ocurre cuando “Washington amenaza el T-MEC y luego va a la deriva cuando pasó la crisis”. “Debe reconocerse a México, no sólo como un socio de T-MEC, sino como un aliado estratégico permanente para construir una Norteamérica más fuerte”.
Han habido algunos avances. El primer ministro canadiense Mark Carney hizo una invitación excepcional a nuestra presidenta para acudir a la Cumbre del G-7 en Toronto; después realizó visita oficial a México en septiembre de 2025. Se estableció una Alianza Estratégica Integral y un Plan de Acción 2025-2028. En febrero, una Misión Comercial Canadiense histórica con representantes de 240 empresas nos visitó. En mayo el secretario de Economía Marcelo Ebrard visitó Toronto y Montreal, también con 240 negocios; en ambas, se lograron muchos acuerdos concretos. El 20 de agosto nuestra presidenta se comunicó con Carney sobre las negociaciones del T-MEC.
Nuestro gobierno, a través de su política exterior y económica comercial, debe darle a la relación con Canadá, muy desaprovechada, un carácter prioritario. No rutas paralelas disconexas. Por supuesto, esta relación debe ir más allá de las negociaciones del libre comercio, como una alianza de interés común entre potencias medias, como contrapeso a las locuras de Trump, que incluya, como lo recomienda Robertson: “Estrechar las relaciones tecnológicas y educativas, acuerdos de mano de obra, un capítulo de seguridad”. Probablemente se requiera un acuerdo especial sobre el sector automotriz y la relación con China. Canadá debe incorporarse al Banco de Desarrollo de América del Norte. Se debe intentar rescatar el carácter trilateral del T-MEC, pero con los eventos recientes puede desdoblarse, al menos mientras dura Trump, en dos acuerdos diferentes. El canciller debe ir a Ottawa y preparar una gran visita de Estado de la presidenta. Fortalecer nuestra débil representación diplomática. Si fracasara el T-MEC, es más imperativo lograr esa amplia Alianza Estratégica con Canadá. No desaprovechemos la oportunidad. Como lo demuestra Carney, la soberanía se ejerce con acciones, no con declaraciones retóricas.










