Ángel Jaramillo
/ La guerra de agresión de Rusia a Ucrania se encuentra en un momento crítico. En el frente diplomático las reuniones en Abu Dabi y Washington celebradas este mes se han convertido en verdaderos laboratorios de ingeniería militar y financiera. Al menos eso es lo que pretende Washington.
Ciertamente no podemos culpar a la administración Trump de no experimentar con formas imaginativas de diplomacia.
El gobierno de Estados Unidos ha puesto al 30 de junio como la fecha límite para lograr que Moscú y Kyiv logren un acuerdo, seguramente con la cabeza puesta en las elecciones intermedias a celebrarse en noviembre.
El proceso de negociaciones que inició a principios del año pasado ha tenido como principal obstáculo la renuencia de Putin para aceptar una salida a un conflicto que su gobierno inició.
En cuanto a los mecanismos que se han discutido se encuentran la puesta en marcha de un Fideicomiso de Reconstrucción. Se trata de un fondo gestionado por Estados Unidos y empresas privadas para reconstruir el Donbás, condicionado a que las empresas estadounidenses tengan prioridad en la explotación de litio y titanio en la región. Lo cual nos habla de que la prioridad del gobierno de Trump es la explotación de recursos naturales de Ucrania.
Otra propuesta en el mismo sentido es la instalación de un Cuerpo de Paz Empresarial. De acuerdo con este esquema la seguridad en las zonas en disputa no sería mantenida por ejércitos, sino por contratistas de seguridad privada financiados por Europa, reduciendo el riesgo de un choque directo entre la OTAN y Rusia. Sería curioso que los asesores de Trump no hayan leído los escritos de Maquiavelo sobre el gran inconveniente de contratar mercenarios en lugar de ejércitos regulares.
Habrá que destacar la inclusión en las negociaciones del tecnoempresario, Elon Musk, quien ha participado como asesor técnico y ha propuesto un sistema de monitoreo satelital para supervisar la zona desmilitarizada. La idea es que esto sustituya a los observadores de la ONU, algo que Rusia parece aprobar pero que Ucrania teme sea un sistema susceptible a posibles sabotajes.
Todo esto parece al mismo tiempo fantástico y extraordinario. El problema que enfrentan estas formulaciones es su carácter conjetural y quizás utópico si pensamos la realidad sobre el terreno.
A pesar de esas propuestas que parecen sacadas del libro más famoso de Trump - The Art of the Deal - hoy existen tres “líneas rojas” que impiden un acuerdo final:
Por un lado, el problema de lo que se conoce como la Cláusula de Retorno Automático o Snapback. Se trata de un sistema favorecido por el gobierno de Zelenski para que, en caso de que Rusia vuelve a atacar, las sanciones de Estados Unidos y el suministro de armas masivo se reactiven automáticamente. Putin, por supuesto, se niega absolutamente y más bien exige el levantamiento total y permanente de las sanciones como condición previa.
El segundo punto tiene que ver con la cuestión de la soberanía ucraniana. El plan de Trump propone que Ucrania mantenga la soberanía teórica sobre el Donbás, pero que Rusia tenga la administración civil y militar por 20 años. Zelenski sostiene que esto es una anexión encubierta y que es políticamente suicida aceptarlo ante su población.
Finalmente se encuentra el futuro estatus de la OTAN. Aunque Trump está dispuesto a sacrificar la entrada de Ucrania a la OTAN, el Congreso de Estados Unidos y los aliados del flanco este - como Polonia y los países Bálticos - están bloqueando cualquier acuerdo que no incluya una garantía de defensa robusta para Ucrania.
Mientras se concretan estos acuerdos, la guerra por Ucrania continúa, con su mensaje de la muerte.
Participación en El Sol de México





