/ Las relaciones entre Estados Unidos y México parecen ahora en un pozo donde el gobierno mexicano ve con sospecha las acusaciones estadounidenses contra miembros del Movimiento de Regeneración Nacional, Morena, y las denuncia como intentos de intervención y de injerencia política.
/ Keiko Fujimori y Roberto Sánchez se disputan en las urnas la presidencia de Perú. El ganador será el décimo mandatario del país desde 2016, una década de constante inestabilidad política que pone a prueba la viabilidad de la joven democracia andina. Entre el hastío y la desidia, los peruanos aguardan el resultado.
/ La derecha mexicana parece salir de su largo coma político. Después de haber encabezado la oposición partidista, liderado la transición democrática y estado al mando de dos presidencias, el panismo ha estado en franca retirada, gobernando solo cuatro estados, perdiendo importantes bastiones municipales y a numerosos votantes de clase media. Y, sin embargo, en fechas recientes ha recibido un paradójico estímulo del oficialismo, una bocanada de aire fresco para todos aquellos que, entendiblemente, están preocupados por el camino que ha tomado el país.
El norte mexicano — y Chihuahua en particular — vuelve a ser el escenario de resistencias políticas plenamente justificadas. En la década de los ochenta, fue “El Gran Estado” el epicentro de movimientos cívicos y de la oposición partidista, con figuras como Francisco Barrio y Luis H. Álvarez (otro de ellos era el entonces joven Javier Corral, quien muy probablemente acabará en el noveno círculo del Infierno de Dante). Pero, de manera más general, el norte mexicano ha sido el escenario de algunas de las revueltas políticas más significativas del país, desde la Reforma (Vidaurri, Escobedo, Zaragoza), pasando por la Revolución (Madero, Carranza, Obregón) y hasta la penúltima década del siglo pasado. Y aunque es cierto que la votación para el oficialismo se incrementó en la región norteña del país en 2018 y 2024, también hubo una clara tendencia a ubicarse entre los estados con menor votación.
Las clases medias mexicanas llevaron al poder al morenismo, y resulta muy probable que sean esas mismas clases medias de donde provenga la oposición en el país. En Brasil, fueron los estados más ricos del sur y del sureste los que cambiaron el sentido de su voto para otorgarle la victoria al izquierdismo brasileño en 2002. Pero también fueron esos mismos estados donde comenzaron las mayores pérdidas de votos para el PT a partir de 2006, culminando en votaciones abrumadoras para Bolsonaro en 2018. Para las clases medias brasileñas, los programas sociales no eran suficientes en un entorno de recesión económica y de sucesivos escándalos de corrupción. Las clases medias y medias-altas mexicanas votaron en su mayoría por López Obrador e incluso por Claudia Sheinbaum. Sin embargo, la pregunta que surge es si podrán retener a esa parte del electorado mexicano en 2027 y, más aún, en 2030.
Tres puntos comenzarán a jugar a favor de la derecha mexicana. El primero es la economía, donde existe un entorno de enorme incertidumbre ante las reformas políticas de Morena y las crecientes exigencias de Estados Unidos, lo que está afectando negativamente el crecimiento económico, el empleo, la inversión y la recaudación, mientras la deuda continúa aumentando. El segundo es la corrupción, con continuos escándalos que revelan la profunda podredumbre del partido gobernante, gracias, lamentablemente, a las investigaciones que lleva a cabo — no la Fiscalía General de la República — sino Estados Unidos. Y tercero, la bandera política: la derecha, por fin, encontró una causa de unidad en los narcopolíticos del régimen, un tema que combina los problemas de inseguridad y corrupción — entre las principales preocupaciones de la población — y en el que se encuentra reprobada la presidenta.
De esperarse que el morenismo haya incluido un concepto tan vago y sujeto a tanta discrecionalidad como el de “intervención extranjera” para anular las elecciones. Su discurso se endurece, azuzando aún más la súper polarización para unificar al morenismo mientras divide al país. Sin democracia y con un Estado sumamente débil, urge una oposición con banderas políticas claras y diferenciadas del oficialismo.
/ Durante décadas, Occidente aprendió a imaginar África como una postal. La sabana infinita, el atardecer naranja, los animales majestuosos y una mujer blanca que descubre su destino en un paisaje que nunca termina de pertenecerle. Memorias de África, primero novela de Karen Blixen y después película de Sydney Pollack, no inventó esa mirada, pero la volvió inolvidable.
La película consolidó una forma de ver al continente como escenario de una historia europea. África aparecía bella, inmensa, disponible, muda. Esa mirada todavía pesa cuando se reduce al continente a pobreza, guerra, selva, hambre, tribus, enfermedad o ayuda humanitaria. Duele cuando se habla de África como si fuera un país y no un sistema de mundos con más de mil 500 millones de habitantes.
Por eso importa volver a África después del 25 de mayo, Día de África. La fecha recuerda la fundación, en Addis Abeba, de la Organización para la Unidad Africana en 1963, antecedente de la actual Unión Africana integrada por 55 Estados miembros. Aquel acto condensó una exigencia profunda; África debía dejar de ser repartida, administrada y narrada desde fuera. Debía recuperar el derecho a decirse a sí misma. El escritor Alex Perry lo formula con crudeza en La gran grieta. El despertar de África, al advertir que defender África ha terminado demasiadas veces en hablar por África y decidir cuáles son sus intereses.
Ese reclamo sigue abierto. En la Conferencia de Berlín de 1884 y 1885, las potencias europeas trazaron buena parte del mapa africano sin presencia africana. Primero se dibujó la frontera y después se obligó a los pueblos a vivir dentro de ella. Europa no solo controló territorio. También controló espacio, lenguaje, memoria y mirada. Nombró a África como atraso para justificar el saqueo. Inventó jerarquías raciales para convertir cuerpos en mercancía. Hizo de la palabra “negro” una categoría útil para borrar pueblos, lenguas, culturas e historias.
Chimamanda Ngozi Adichie lo ha explicado al hablar del peligro de la historia única. El problema del estereotipo no siempre es que sea falso, sino que está incompleto. África tiene pobreza, guerras y crisis humanitarias. Negarlo sería irresponsable. Pero África no es solo eso. También es el continente más joven del planeta. Cerca de 60% de su población tiene menos de 25 años. Para 2050, podría alcanzar 2 mil 500 millones de habitantes. Esa juventud no es una amenaza demográfica. Es una potencia humana, cultural, laboral y política.
La África que no nos contaron también es Lagos, Nairobi, Johannesburgo, Dakar, Kigali y Accra. Es innovación tecnológica, telemedicina, Inteligencia Artificial aplicada a problemas concretos, emprendimiento popular y creatividad como supervivencia. Es Nollywood, una de las industrias cinematográficas más grandes del mundo por volumen de producción. Es Afrobeat, Amapiano, literatura, moda, ciencia, diseño, agricultura, diásporas, memoria y futuro.
También es clave para la transición energética. En su territorio se concentran minerales estratégicos como cobalto, litio, manganeso, uranio, coltán y grafito natural, indispensables para baterías, tecnologías digitales y energías renovables. Además, posee tierra cultivable, biodiversidad y ecosistemas fundamentales para la estabilidad climática global. La pregunta ya no es si África importa. La pregunta es quién decidirá sobre esa importancia. Sus pueblos o los viejos y nuevos poderes que vuelven a verla como botín.
Desde México, mirar África no debería ser un gesto distante. Nuestra América conoce bien esa historia. También hemos vivido el mapa impuesto, el extractivismo, el racismo, la deuda, la promesa incumplida del desarrollo y la costumbre de que otros nos expliquen quiénes somos. Por eso, hablar de África desde el sur no puede repetir la lástima del norte. Tiene que ser un acto de reconocimiento político.
África no pide caridad. Pide agencia. No pide ser salvada. Exige ser escuchada. No es una postal de sufrimiento ni una reserva de recursos para la comodidad de otros. Es pensamiento, juventud, literatura, cine, música, ciencia, emprendimiento, memoria y disputa geopolítica. También es una advertencia para el mundo. No habrá transición energética justa si se reproduce el colonialismo con paneles solares, autos eléctricos y lenguaje verde.
Durante siglos se preguntó qué haría el mundo con África. La pregunta correcta es otra. Qué hará el mundo cuando África hable con voz propia. Desde México, desde Nuestra América, la respuesta debería ser clara. Escuchar, aprender y caminar de sur a sur.