Edith Montes Incin: Consultora de la Dirección General de Diplomacia Deportiva, Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE).
Paola Suárez Ávila: Senior Fellow de la UER Mexicanos en el Exterior, COMEXI.
Xavier Medina Vidal: Profesor asociado de Ciencias Políticas, Universidad de Texas en Arlington.
Moderación:
Mariana Aparicio Ramírez: Profesora del Centro de Relaciones Internacionales, FCPyS-UNAM
El Mundial 2026 debe entenderse como un fenómeno multidimensional, con implicaciones que van más allá del deporte e incluyen temas de seguridad, migración, género, comercio, economía y relaciones internacionales.
Aunque se trata de una Copa del Mundo organizada por México, Estados Unidos y Canadá, el torneo no ha logrado consolidarse como un proyecto de integración regional, sino que opera más como un evento con sedes compartidas.
Los impactos económicos del Mundial serán diferenciados, con efectos relevantes para el comercio local y las economías anfitrionas, particularmente en México, donde se espera una contribución más visible a nivel nacional.
La migración será uno de los temas más sensibles del torneo. Las políticas migratorias, la situación de las ciudades santuario y los posibles cambios en las decisiones del gobierno estadounidense podrían influir en la experiencia y movilidad de aficionados.
/ ¿Qué tienen en común un automóvil eléctrico, un teléfono celular, un panel solar y un dron? Que todos dependen de minerales que hasta hace poco parecían asuntos de estudio de geólogos o de empresas mineras. Hoy, el acceso de los países al litio, el cobre, el grafito, el níquel, cobalto y las tierras raras definen su posición y supervivencia en un mundo en franca transformación. Las tierras raras son un grupo de 17 elementos químicos con propiedades magnéticas y electrónicas únicas para fabricar tecnologías de alto rendimiento. Estos minerales constituyen piezas centrales de la economía y la seguridad internacional.
En el siglo XX, el poder mundial giró alrededor del petróleo y en estos años la competencia se desplaza hacia componentes imprescindibles para fabricar baterías, semiconductores, redes eléctricas y sistemas de defensa. Sin embargo, el verdadero poder no reside en poseer los yacimientos. La ventaja se encuentra en el control de toda la cadena, es decir, en la exploración, la extracción, la refinación, el procesamiento, la fabricación de componentes y el desarrollo tecnológico. Un país puede tener minerales y seguir dependiendo del exterior si carece de infraestructura y capacidad industrial.
China hizo una lectura clave hace décadas, ya que invirtió en refinación, manufactura e investigación y, hoy se ubica con una posición de poder en la refinación de estos minerales a nivel mundial. Ahora, los Estados Unidos, la Unión Europea y otras potencias, buscan reducir estas vulnerabilidades y asegurar proveedores confiables.
Los países del G7 acordaron recientemente disminuir la dependencia de un solo proveedor de minerales críticos y fortalecer las cadenas de suministro y, al mismo tiempo, China impuso restricciones a la exportación de determinadas tierras raras colocando una presión internacional muy significativa.
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) destacó el mes pasado que el comercio de minerales críticos está dejando de responder exclusivamente a criterios económicos, ya que los países utilizan controles de exportación, subsidios, restricciones comerciales y políticas industriales, para proteger recursos considerados esenciales para su seguridad y competitividad.
Los minerales críticos se han convertido en instrumentos de política exterior al restringir su venta o procesamiento, para presionar industrias enteras. Las nuevas estrategias de presión pasan por subsidios, controles de exportación y acuerdos de reservas estratégicas. México firmó a principios de este año con los Estados Unidos, un Plan de Acción sobre minerales críticos para fortalecer la relación bilateral, asegurar cadenas de suministro e impulsar el desarrollo de materiales indispensables para diversas industrias.
Para México, representa una oportunidad, sin embargo, el reto se encuentra en atraer inversión para procesar los minerales, impulsar la investigación nacional, formar especialistas y desarrollar proveedores nacionales. La minería puede generar empleo y crecimiento, pero provocar al mismo tiempo una presión sustancial en los recursos hídricos y medioambientales.
El control de los minerales otorga una ventaja decisiva en la nueva competencia geopolítica y pasa por conocer, transformar, innovar y negociar. México debe establecer una ruta crítica para construir tecnología industrial, formar capital humano altamente especializado, generar investigación científica y conocimiento, o quedarse como proveedor de recursos.
/ Analiza la nueva ofensiva de Estados Unidos contra Irán y la creciente incertidumbre en torno al Estrecho de Ormuz, un paso estratégico para la economía mundial. En este contexto, el alza en los precios del petróleo, los riesgos para el suministro de fertilizantes y las afectaciones al comercio marítimo global colocan a los mercados internacionales en una situación de alta vulnerabilidad. Todo ello ocurre en medio de una profunda crisis del multilateralismo, en la que ningún organismo internacional ha logrado intervenir de manera efectiva para contener la escalada del conflicto.
/ México y Estados Unidos parecen haber regresado a una época marcada por la necesidad de una convivencia obligada por la geografía, la economía y la geopolítica, pero también por acusaciones contra los pecados del otro, para consumo local.
/ Del escenario futbolero a la politización de la Copa Mundial 2026. Así fue como, incluso antes del 11 de junio —día de la inauguración—, comenzó una edición más del evento deportivo más esperado a nivel internacional.
Recordemos que la Copa Mundial 2026 no es un evento deportivo cualquiera. Es un espacio donde convergen la política, las alianzas internacionales, el derecho deportivo, la economía, la diplomacia, el marketing deportivo y muchas otras disciplinas. Esta edición se caracterizó por celebrarse, por primera vez, en tres países, desarrollarse en medio de dos guerras de gran relevancia y disputarse bajo una agenda cuyo balón estuvo cargado de geopolítica.
En ediciones anteriores habíamos visto a la diplomacia deportiva meter goles. En esta ocasión, la FIFA fue más visible por este evento que la propia ONU frente a los conflictos bélicos. Sin embargo, también sufrió un profundo desgaste en su imagen al ponerse de rodillas cuando el presidente Gianni Infantino creó un supuesto premio por la paz para entregárselo al inquilino de la Casa Blanca. El reconocimiento llegó en un momento en el que se buscaba congraciarse con él, tras el fracaso de su aspiración al Premio Nobel de la Paz, y tenderle una alfombra roja futbolera. Más tarde, la eliminación de una tarjeta roja a un jugador de la selección de Estados Unidos para que pudiera disputar el partido contra Bélgica provocó fuertes críticas hacia la FIFA.
El presidente de Estados Unidos actuó como si presidiera el Comité de Árbitros de la FIFA al influir, de facto, en qué selecciones podían ingresar y competir en su país. Esto ocurrió por el tema de las visas, las amenazas de redadas del ICE y, principalmente, por el caso de la selección de Irán. Hubo voces que incluso propusieron que no participara y que su lugar fuera ocupado por la selección de Italia. Ante ello, la diplomacia deportiva iraní se concentró en resolver el problema y, en lugar de establecer su base de operaciones en Arizona, tuvo que instalarla en Tijuana para trasladarse desde allí a sus partidos en Estados Unidos. La guerra pareció trasladarse del campo militar al terreno de juego. Las reglas de la cancha también parecieron jugar bajo la lógica de la geopolítica global.
Este Mundial pasará a la historia más por las barreras y los límites que impuso que por la derrama económica que generó. Una sucesión de penaltis diplomáticos ensombreció el mayor evento deportivo internacional. Del balón a la geopolítica; del silbatazo a las medidas extremas de seguridad; de las gradas a las expresiones sociales marcadas por confrontaciones y rivalidades geopolíticas: así transcurrió esta edición de la Copa Mundial 2026. La Copa de Oro dejó de simbolizar únicamente el triunfo deportivo para convertirse, según esta lectura, en el brindis de unos cuantos que celebraron intereses personales previamente definidos.
Y, por si fuera poco, no debe olvidarse el caso empresarial que quiso jugar fuera de lugar y que atrapó la atención de las redes sociales. Se trató del jersey de edición especial alusivo a la selección mexicana. Adidas fungió como portero y la empresa Someone Somewhere como delantero, tras acordar que las prendas fueran bordadas a mano por una comunidad de Naupan, Puebla. Sin embargo, diversos señalamientos apuntaron a que ese trabajo se realizó bajo condiciones laborales presuntamente violatorias de la Ley Federal del Trabajo y de convenios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de los que México forma parte. Por ello, el escándalo corporativo probablemente continuará aun después del Mundial.
La polarización político-social fue uno de los temas que más acaparó los titulares de los medios de comunicación, tanto dentro como fuera de la cancha. Las expresiones fueron diversas: desde portar la bandera de un país o exhibir pancartas hasta mostrar tarjetas amarillas o rojas simbólicas a empresas patrocinadoras o al gobierno anfitrión por asuntos de política interna o internacional.
El Mundial se llevó la ilusión de millones de aficionados por sus selecciones, la confianza en la gobernanza del futbol y la percepción de transparencia en muchos de los partidos disputados. Además de la basura acumulada en los estadios y de las playeras que permanecieron sin vender, quedaron sentimientos encontrados. Quien conquistó el corazón de los aficionados y de las redes sociales fue la selección de México, por avanzar con entrega y determinación. También destacó la selección de Noruega, considerada la revelación de la Copa Mundial 2026, pues, como dijo uno de sus jugadores, “pusimos a Noruega en el mapa”, mientras que su peculiar porra, remando en las tribunas, dio un sello distintivo a sus encuentros.
Por todo ello, esta historia va mucho más allá de la expresión coloquial “lo que el viento se llevó”, en alusión a la célebre película. Lo que el Mundial se llevó fue la confianza de muchos en la neutralidad de la FIFA y en la legitimidad del triunfo del equipo campeón. Quedará la duda de si ganó únicamente por sus propios méritos o también por lo que terminó dictando el árbitro global de la Copa Mundial 2026.