Guillermo García Alcocer
/ Llevamos años negando el valor estratégico del gas.
El avance tecnológico de la perforación horizontal y el fracturamiento hidráulico, a finales de la primera década del siglo XXI, fue promisorio. La Agencia Internacional de Energía se preguntaba en 2011 si entrábamos en una “era dorada del gas natural”.
El siglo del gas duró solo unos años. Durante la década siguiente fue relegado de nuevo a combustible de transición, por la reducción en los costos de las energías renovables y el impulso a la electrificación.
Hoy vemos que la transición energética no será tan rápida como se preveía hace cinco años y que se relegaron inversiones en gas para privilegiar las renovables. La geopolítica, con Rusia reduciendo el flujo de gas a Europa y las disrupciones de 2026 en el GNL por el estrecho de Ormuz, ha recordado el valor estratégico de este insumo.
En México, el precio del gas proveniente de Estados Unidos ha permanecido relativamente estable. Tenemos acceso a uno de los precios más bajos del mundo por nuestra integración por ducto. El Henry Hub rondaba 2.9 dólares por millón de BTU a principios de septiembre de 2026, frente a precios considerablemente mayores del GNL internacional.
En cuanto al abasto, importamos alrededor de 75% del gas que consumimos desde Estados Unidos. El suministro ha sido constante, salvo excepciones críticas. En febrero de 2021, la tormenta Uri congeló pozos y equipos de producción y procesamiento y restringió el suministro hacia México. Los apagones asociados afectaron a usuarios en 17 estados.
Y ahí vienen dos preguntas.
Primero. ¿Cuánto tardará en reducirse la brecha entre el precio del gas en Norteamérica y los precios internacionales? La capacidad de exportación de GNL de Estados Unidos sigue creciendo. En el primer semestre de 2026 sus exportaciones aumentaron 23% respecto de 2025 y se prevé que sigan creciendo en 2027. Una mayor conexión con los mercados internacionales puede presionar los precios del gas continental.
Segundo. ¿Tendremos resiliencia ante un mercado presionado y con interrupciones internacionales? La experiencia de 2021 mostró que una interrupción desde Texas puede traducirse rápidamente en apagones en amplias regiones del país.
¿Qué podemos hacer?
En mi opinión, reducir la dependencia del gas norteamericano. Aprovechar los recursos prospectivos de shale gas. Hoy existe mayor apertura en el gobierno para aprovechar este recurso. Mi recomendación es buscar que esté asociado a petróleo y con ello financiar su extracción. El gas no asociado o seco enfrenta una desventaja económica frente al importado a los precios actuales.
Otra iniciativa es el almacenamiento estratégico. En México no existe prácticamente almacenamiento fuera del que proporciona el ducto. El empaque permite almacenar algo de gas aumentando la presión, pero es limitado. Se requieren instalaciones para responder a disrupciones climáticas o de mercado y mantener la base de generación eléctrica.
La paradoja es que México ya diagnosticó el problema. En 2018 se estableció que el Centro Nacional de Control del Gas Natural (CENAGAS) debería constituir para 2026 un inventario estratégico de al menos 45 mil millones de pies cúbicos, equivalente aproximadamente a cinco días de demanda. La fecha llegó, pero el almacenamiento estratégico sigue pendiente.
En conclusión, el gas barato de Estados Unidos ha sido una enorme ventaja para México, pero no debemos confundir una ventaja económica con una garantía de seguridad energética. Ni su precio ni su disponibilidad son inamovibles.
La respuesta no es renunciar al gas norteamericano, sino diversificar el riesgo: aprovechar nuestros recursos cuando sean competitivos, desarrollar almacenamiento estratégico y fortalecer la infraestructura para responder a interrupciones. México necesita, finalmente, la estrategia de gas natural que lleva años pendiente.










