Anna Karla Uribe Escalante
/ Durante décadas, Occidente aprendió a imaginar África como una postal. La sabana infinita, el atardecer naranja, los animales majestuosos y una mujer blanca que descubre su destino en un paisaje que nunca termina de pertenecerle. Memorias de África, primero novela de Karen Blixen y después película de Sydney Pollack, no inventó esa mirada, pero la volvió inolvidable.
La película consolidó una forma de ver al continente como escenario de una historia europea. África aparecía bella, inmensa, disponible, muda. Esa mirada todavía pesa cuando se reduce al continente a pobreza, guerra, selva, hambre, tribus, enfermedad o ayuda humanitaria. Duele cuando se habla de África como si fuera un país y no un sistema de mundos con más de mil 500 millones de habitantes.
Por eso importa volver a África después del 25 de mayo, Día de África. La fecha recuerda la fundación, en Addis Abeba, de la Organización para la Unidad Africana en 1963, antecedente de la actual Unión Africana integrada por 55 Estados miembros. Aquel acto condensó una exigencia profunda; África debía dejar de ser repartida, administrada y narrada desde fuera. Debía recuperar el derecho a decirse a sí misma. El escritor Alex Perry lo formula con crudeza en La gran grieta. El despertar de África, al advertir que defender África ha terminado demasiadas veces en hablar por África y decidir cuáles son sus intereses.
Ese reclamo sigue abierto. En la Conferencia de Berlín de 1884 y 1885, las potencias europeas trazaron buena parte del mapa africano sin presencia africana. Primero se dibujó la frontera y después se obligó a los pueblos a vivir dentro de ella. Europa no solo controló territorio. También controló espacio, lenguaje, memoria y mirada. Nombró a África como atraso para justificar el saqueo. Inventó jerarquías raciales para convertir cuerpos en mercancía. Hizo de la palabra “negro” una categoría útil para borrar pueblos, lenguas, culturas e historias.
Chimamanda Ngozi Adichie lo ha explicado al hablar del peligro de la historia única. El problema del estereotipo no siempre es que sea falso, sino que está incompleto. África tiene pobreza, guerras y crisis humanitarias. Negarlo sería irresponsable. Pero África no es solo eso. También es el continente más joven del planeta. Cerca de 60% de su población tiene menos de 25 años. Para 2050, podría alcanzar 2 mil 500 millones de habitantes. Esa juventud no es una amenaza demográfica. Es una potencia humana, cultural, laboral y política.
La África que no nos contaron también es Lagos, Nairobi, Johannesburgo, Dakar, Kigali y Accra. Es innovación tecnológica, telemedicina, Inteligencia Artificial aplicada a problemas concretos, emprendimiento popular y creatividad como supervivencia. Es Nollywood, una de las industrias cinematográficas más grandes del mundo por volumen de producción. Es Afrobeat, Amapiano, literatura, moda, ciencia, diseño, agricultura, diásporas, memoria y futuro.
También es clave para la transición energética. En su territorio se concentran minerales estratégicos como cobalto, litio, manganeso, uranio, coltán y grafito natural, indispensables para baterías, tecnologías digitales y energías renovables. Además, posee tierra cultivable, biodiversidad y ecosistemas fundamentales para la estabilidad climática global. La pregunta ya no es si África importa. La pregunta es quién decidirá sobre esa importancia. Sus pueblos o los viejos y nuevos poderes que vuelven a verla como botín.
Desde México, mirar África no debería ser un gesto distante. Nuestra América conoce bien esa historia. También hemos vivido el mapa impuesto, el extractivismo, el racismo, la deuda, la promesa incumplida del desarrollo y la costumbre de que otros nos expliquen quiénes somos. Por eso, hablar de África desde el sur no puede repetir la lástima del norte. Tiene que ser un acto de reconocimiento político.
África no pide caridad. Pide agencia. No pide ser salvada. Exige ser escuchada. No es una postal de sufrimiento ni una reserva de recursos para la comodidad de otros. Es pensamiento, juventud, literatura, cine, música, ciencia, emprendimiento, memoria y disputa geopolítica. También es una advertencia para el mundo. No habrá transición energética justa si se reproduce el colonialismo con paneles solares, autos eléctricos y lenguaje verde.
Durante siglos se preguntó qué haría el mundo con África. La pregunta correcta es otra. Qué hará el mundo cuando África hable con voz propia. Desde México, desde Nuestra América, la respuesta debería ser clara. Escuchar, aprender y caminar de sur a sur.














