José Antonio Reyes
/ Hay algo extraño ocurriendo en América Latina. Todo parece indicar que la democracia sigue viva, pero cada vez más gente la mira con el cansancio con el que se mira una fila interminable en una oficina pública, bajo un foco parpadeante y un ventilador que apenas mueve el aire. Nadie necesariamente quiere destruirla. Simplemente dejaron de esperar demasiado de ella.
El nuevo Informe del PNUD (2026), Democracias bajo presión: Reimaginar los futuros de la democracia y el desarrollo en América Latina y el Caribe describe esa sensación con bastante claridad. América Latina sigue siendo la región en desarrollo más democrática del mundo, pero también una región profundamente frustrada con el funcionamiento de sus instituciones. Más del 70% de las personas percibe que los gobiernos responden a intereses particulares y no al ciudadano común. La democracia permanece, sí, pero muchas veces como un cascarón fatigado que organiza elecciones mientras pierde capacidad para resolver la vida cotidiana.
Y en esa grieta aparece algo peligroso. Ahora que medio planeta empieza a hablar en clave de Mundial, quizá la metáfora futbolera viene sola: nos estamos acostumbrando a políticos que juegan con las reglas democráticas como quien juega fútbol callejero, moviendo la portería cuando el partido no les favorece. El fenómeno no es exclusivo de América Latina. Estados Unidos normalizó durante años un lenguaje político que antes habría escandalizado incluso a sectores conservadores. Rusia convirtió el cinismo en método de gobierno. China ofrece al mundo una mezcla incómoda de eficiencia tecnológica y control político que seduce a gobiernos cansados de la lentitud democrática. Poco a poco, la idea de que “las democracias son demasiado torpes para resolver problemas” empieza a sonar razonable para mucha gente.
Ese clima global también se siente en México. Se escucha en conversaciones de sobremesa que terminan tensas antes del café, en grupos familiares de WhatsApp donde cualquier discusión política acaba pareciendo una pequeña guerra civil doméstica, y en esa irritación permanente que invade redes sociales de madrugada, cuando alguien todavía sigue peleándose con desconocidos a las dos de la mañana. El informe del PNUD identifica precisamente esas presiones: polarización, desinformación digital, debilitamiento de partidos, desconfianza institucional y expansión del crimen organizado. El problema es que ninguno de esos fenómenos llega solo. Se mezclan, se alimentan y terminan desgastando la capacidad de las democracias para procesar el conflicto sin romperse.
México ocupa una posición peculiar dentro de ese tablero. Mientras buena parte de América Latina alterna entre gobiernos atrapados en crisis permanentes, presidentes desaforados o sistemas políticos que sobreviven apenas administrando desgaste, el país todavía conserva algo cada vez menos frecuente en la región: legitimidad electoral, peso geopolítico y margen de maniobra frente a presiones externas. En medio del ruido continental, resulta llamativo que un gobierno identificado con posiciones de izquierda haya logrado navegar las embestidas de Washington con más pragmatismo que ruptura, evitando tanto la subordinación automática como la confrontación estéril. Pero ese equilibrio depende de una estabilidad que no necesariamente está garantizada para siempre.
Y ahí aparece la contradicción incómoda. Mientras México gana relevancia internacional y es observado con cautela desde Washington, Pekín o Bruselas, hacia dentro se ha instalado una disputa constante sobre la legitimidad del propio proyecto político. Los programas sociales son quizá el mejor ejemplo. Para millones representan una red mínima de dignidad: el dinero para medicamentos, la transferencia que evita que el refrigerador quede vacío el día 25 del mes. Para otros son mecanismos clientelares diseñados para concentrar poder político. Y quizá el problema más mexicano de todos es que intentar decir que ambas percepciones pueden convivir suele bastar para que alguien quiera aventarte una silla virtual en cualquier plataforma de redes sociales.
El problema es que la región lleva años atrapada en discusiones binarias. Democracia o autoritarismo. Mercado o Estado. Pueblo o élite. El informe insiste en algo más útil: la democracia no sobrevive sola. Necesita resultados concretos. Necesita seguridad, movilidad social, instituciones funcionales y un Estado capaz de hacer cumplir reglas incluso donde mandan economías cooptadas por elites o por criminales, o por elites criminales. Cuando eso falla, la gente empieza a aceptar soluciones rápidas, aunque vengan envueltas en discursos agresivos o líderes que desprecian límites institucionales.
Y aquí aparece una de las preguntas más delicadas para México. ¿Puede construirse un Estado más fuerte sin caer en tentaciones hipercentralizadoras? Porque América Latina tiene memoria. Sabe cómo empiezan algunos proyectos políticos que prometen eficacia absoluta. Empiezan arreglando carreteras, disciplinando burocracias y hablando en nombre del pueblo. Después vienen los ataques a órganos autónomos, la presión sobre la prensa y la idea de que disentir es casi una traición moral.
El informe del PNUD propone renovar la democracia, no reemplazarla. Suena obvio, pero no lo es. Renovarla implica reconstruir confianza en partidos políticos que hoy parecen marcas vacías; regular ecosistemas digitales que convierten la mentira en espectáculo rentable; reducir desigualdades que vuelven abstracta cualquier conversación sobre libertades; y recuperar la capacidad del Estado para garantizar seguridad sin militarizar indefinidamente la vida pública.
¿Puede México hacerlo? Tal vez parcialmente. Tiene capacidades institucionales más robustas que muchos vecinos y una posición económica estratégica difícil de ignorar. Pero también carga con un desgaste social profundo. Basta recorrer ciertas carreteras del país al anochecer para entender que hay regiones donde el Estado aparece solo en campañas electorales o retenes militares.
Quizá la gran advertencia del informe es otra: las democracias no suelen morir de golpe. Se vacían lentamente. Primero dejan de entusiasmar. Luego dejan de resolver. Después la gente empieza a pensar que cualquier cosa podría funcionar mejor, especialmente en un mundo donde la discordia política, el desprecio por las instituciones y la promesa del “hombre fuerte” se exportan con la misma facilidad que las series de Netflix. Y cuando eso ocurre, incluso las sociedades más democráticas pueden terminar extrañando aquello que dejaron deteriorarse entre gritos, memes y cansancio.




