En colaboración con la UER de Sociedades del conocimiento y educación.
El conversatorio virtual, reunió a expertos de diversos grupos de compromiso del G20, destacando la importancia de México en temas de gobernanza y política global. Héctor Cárdenas Suárez, representante del T20, resaltó el rol de este grupo en ofrecer recomendaciones para combatir la desigualdad, impulsar la acción climática, reformar la arquitectura financiera y fortalecer el multilateralismo.
/ Las guerras no solo se pierden en el campo de batalla. La derrota más profunda llega después, cuando los aliados dejan de creer que merece la pena permanecer al lado de quien fuera su líder histórico. Eso es precisamente lo que está ocurriendo hoy en el espacio postsoviético de Europa Oriental, Cáucaso y Asia Central.
Durante décadas, Rusia construyó su influencia sobre una premisa aparentemente incuestionable: Moscú era el garante de la seguridad de las antiguas repúblicas soviéticas. Armenia fue uno de los ejemplos más claros. Bases militares rusas, pertenencia a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) y una estrecha dependencia económica convertían al país en uno de los socios más incondicionales, dependientes y leales al Kremlin.
Sin embargo, la guerra de Nagorno Karabaj ha cambiado esa percepción de forma irreversible.
Cuando Azerbaiyán recuperó militarmente el control del enclave, Armenia esperaba que Rusia cumpliera el papel que durante años había prometido desempeñar. La ayuda nunca llegó. Moscú, absorbido por la guerra en Ucrania y decidido a no enfrentarse directamente con Bakú, permaneció prácticamente al margen mientras más de cien mil armenios abandonaban Nagorno Karabaj y dejaban atrás su anhelo territorial.
Para Ereván, el mensaje fue devastador: la alianza con Rusia ya no garantizaba la supervivencia nacional.
Desde entonces, el Gobierno de Pashinyan ha acelerado un acercamiento que hace apenas unos años habría parecido impensable. La Unión Europea y Estados Unidos han pasado de ser actores secundarios para convertirse en socios estratégicos cada vez más relevantes. No porque Occidente ofrezca garantías absolutas, sino porque Rusia ha dejado de ofrecerlas.
Armenia sigue necesitando mantener relaciones con Moscú. Su dependencia energética y comercial continúa siendo fundamental y la geografía no puede modificarse. Pero la confianza, una vez perdida, rara vez se recupera.
Lo verdaderamente significativo es que Armenia no representa un caso aislado.
Kazajistán, probablemente el socio más importante de Rusia en Asia Central, también lleva varios años marcando distancias con el Kremlin. El presidente Tokayev se ha negado a reconocer las anexiones rusas de territorios ucranianos, ha defendido el principio de integridad territorial y ha intensificado las relaciones con la Unión Europea, Estados Unidos, Turquía y China. Recientemente exhortó públicamente a Putin a cesar las hostilidades y buscar la paz con Ucrania.
No se trata de una ruptura con Rusia. Sería una interpretación simplista. Se trata de algo mucho más profundo: una política exterior basada en la diversificación. Astaná ha comprendido que depender exclusivamente de una potencia representa hoy un riesgo estratégico demasiado elevado.
La misma lógica comienza a observarse en otros países de la antigua Unión Soviética. Moldavia acelera su integración europea; Azerbaiyán defiende su tradicional política de neutralidad apoyada en sus extensos recursos energéticos. Uzbekistán desarrolla una diplomacia cada vez más autónoma. Todos buscan ampliar su margen de maniobra en un mundo donde el equilibrio de poder cambia rápidamente.
Paradójicamente, la guerra de Ucrania, concebida por el Kremlin para reforzar su influencia regional, está produciendo el efecto contrario. La combinación entre el enorme coste económico y social del conflicto y la incapacidad para proteger a un aliado histórico como Armenia ha sembrado dudas donde antes existían certezas.
Rusia seguirá siendo un país de referencia en Eurasia. Su peso geográfico, militar y energético continuará condicionando las decisiones de sus vecinos durante muchos años. Pero el monopolio político que ejerció sobre buena parte del espacio postsoviético se ha resquebrajado en favor de una diversificación de relaciones con China, Turquía, países del golfo, Europa y EUA.
*Integrante de la UER sobre Mediterráneo Oriental, Cáucaso y Asia Central
/ La geografía obliga a los países a desarrollar ciertas habilidades; algunas de estas se traducen en influencia, otras en resistencia.
Vivir entre potencias no enseña la misma lección a todos. Türkiye y Georgia representan ambas caras de una misma realidad. Una realidad que no se trata solo de construir alianzas, sino de entender cuándo acercarse, cuándo tomar distancia y cómo preservar un espacio propio.
Türkiye parece sentirse cómoda en la ambigüedad. Su ubicación la coloca en la intersección entre Europa, Asia y el Mediterráneo Oriental. No es casualidad que un día pueda hablar con Moscú y recibir a líderes europeos al siguiente; o formar parte de la OTAN y mantener una postura firme en defensa de Palestina. Entendiendo su entorno, Türkiye ha construido parte de su influencia a partir de la capacidad de dialogar con distintos actores y mantener abiertas varias puertas al mismo tiempo. Contradictorio para algunos, sí, pero Ankara parece haber entendido que su valor agregado radica precisamente en eso: en no pertenecer por completo a un solo espacio.
A diferencia de Türkiye, la posición geográfica de Georgia no le ha permitido moverse con el mismo margen de libertad. El país ha tenido que navegar el difícil y pesado equilibrio de convivir con un vecino mucho más poderoso mientras se intenta consolidar un proyecto europeo. Pero precisamente esa condición la ha llevado a desarrollar otra habilidad: la capacidad de mantener un rumbo propio incluso cuando las condiciones externas intentan definirlo. Conservar espacio para respirar y defender su autonomía es también una forma de poder.
Mientras muchos países apenas están aprendiendo a navegar un mundo más fragmentado, Türkiye y Georgia llevan décadas haciéndolo. Quizá por eso vale la pena observar a quienes nunca dejaron de vivir bajo esta lógica. Sus historias y luchas nos recuerdan que un mapa no es solamente un mapa, es también un archivo y resultado de procesos históricos, desafíos, decisiones y experiencias que sigue moldeando la forma en que los países entienden su lugar en el mundo.
Al final, los países que viven entre potencias saben que la estabilidad rara vez es permanente y que las decisiones pocas veces ocurren en escenarios ideales. Cada cambio en el equilibrio internacional modifica las oportunidades disponibles, pero también abre nuevos espacios de adaptación. Así que quizá esa sea la lección más grande de quienes han vivido durante años entre gigantes, que no siempre se trata de controlar el entorno, sino de aprender a moverse dentro de él sin perder la capacidad de decidir hacia dónde ir.
/ Mexico’s maritime trade is already operating under many of the rules of the global shipping transition. What Mexico has not yet done is fully align with them and capture the health and commercial benefits that alignment could bring.
The visit to Mexico by International Maritime Organization Secretary-General Arsenio Dominguez comes at a consequential moment. Mexico is modernizing its ports and positioning itself for new marine fuels. Yet, it remains outside MARPOL Annex VI, the IMO framework governing air pollution, energy efficiency and greenhouse gas emissions from ships.
/ El debate alrededor de la contratación de una especialista en relaciones públicas en Washington por el senador Alejandro "Alito" Moreno refleja más ignorancia y conveniencia política doméstica que comprensión o interés en el juego político en la capital estadounidense.
No se trata de alianzas, no se trata de convicciones, sino pura y llanamente de un servicio que bien podría considerarse como de “abrepuertas” en la capital estadounidense: si usted necesita buscar contactos e influencia en un gobierno republicano, contrata personas con vínculos republicanos; si lo que necesita son ligas con los demócratas, contrata demócratas.
/ Del fin de la Guerra Fría a la Segunda Guerra Fría 3.0 hay un país que ha visto y vivido de todo desde las entrañas: Ucrania. De formar parte de la entonces Unión Soviética y lograr su independencia de dicho país pasó a ser agredido brutalmente por la actual Federación de Rusia. De tener lazos históricos y familiares entre ambas fronteras, Ucrania ha sido presa de intereses geopolíticos y geoeconómicos. De ser simbolizada con la hoz, el martillo y la estrella roja con borde amarillo sobre fondo rojo evolucionó al tridente amarillo en fondo azul. De los colores rojo y amarillo del pasado, floreció al azul con amarillo en su presente y su futuro.
/ Europa lleva cuatro años intentando sostener una frontera delicadísima, ayudar a Ucrania sin convertirse directamente en parte del conflicto; Leipzig demuestra hasta qué punto esa frontera puede ser tensionada. El 4 de agosto, un dron cargado con explosivos fue localizado en el aeropuerto Leipzig/Halle, uno de los principales nodos logísticos de Alemania; atribuye el intento de ataque a Rusia, Moscú lo niega.
El incidente importa por algo más profundo que la autoría; revela hasta dónde puede extenderse la confrontación sin una declaración formal de guerra. Kaja Kallas lo calificó como terrorismo patrocinado por un Estado, Ursula von der Leyen advirtió que estas acciones podrían convertirse en una nueva normalidad y habló de una nueva era para la seguridad europea ante crecientes amenazas híbridas, Bruselas empieza a tratar sabotajes, drones, ciberataques e interferencias como instrumentos de presión estratégica.