Propuesta para una política mexicana de compatibilidad para atraer inversión, proteger la integración norteamericana y gestionar la relación con China.
Octubre 2026
El Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI) presenta el documento: Las claves de la estrategia de México ante China: Propuesta para una política mexicana de compatibilidad para atraer inversión, proteger la integración norteamericana y gestionar la relación con China, un trabajo que plantea cómo conducir esta relación desde los intereses y las condiciones particulares de México.
La publicación surge del interés sostenido de los asociados y de diversas iniciativas del Consejo. Se inscribe en una reflexión sobre las decisiones que México necesita tomar ante los cambios en las relaciones de poder, las reglas de la economía mundial y la competencia entre Estados Unidos y China.
Estados Unidos sigue siendo el principal socio económico de México, y la integración norteamericana constituye uno de los fundamentos de su desarrollo. China ocupa un lugar central en la economía mundial y en industrias y tecnologías decisivas para las próximas décadas, como las baterías, la energía, las telecomunicaciones, la robótica, la manufactura avanzada y la inteligencia artificial. México está estrechamente vinculado a una potencia y crecientemente expuesto a la otra, mientras ambas compiten y siguen dependiendo una de otra.
Esta posición exige criterios propios y una visión de largo plazo. El documento propone una política mexicana de compatibilidad que permita evaluar oportunidades de inversión, comercio, tecnología y cooperación con China, considerando sus beneficios, costos y riesgos para México y sus implicaciones para la integración productiva y económica en América del Norte.
La propuesta plantea criterios transparentes y previsibles para distinguir los proyectos benéficos de aquellos que podrían generar vulnerabilidades, afectar sectores estratégicos o crear tensiones con los compromisos norteamericanos. Busca así aprovechar oportunidades y proteger activos y relaciones esenciales para el desarrollo del país.
Las decisiones sobre inversión, cadenas productivas e inserción internacional tendrán efectos más allá de la coyuntura. Con este trabajo, COMEXI busca contribuir a la conversación pública y a la toma de decisiones, y fortalecer la capacidad de México para definir y defender sus intereses en un entorno cada vez menos predecible.
/ A la habitual incertidumbre a la que tiene acostumbrado al mundo el presidente Donald Trump con sus incontables estropicios, ahora se suma el nerviosismo por cómo puede reaccionar ante la muy probable derrota de su partido en las elecciones intermedias.
En democracias, perder poder no debería ser una amenaza; sin embargo, los gobiernos que corrompen el sistema que los encumbró suelen caer en un círculo vicioso en el que la debilidad y el desgaste político (natural) pasan de una preocupación electoral a un riesgo personal que los aferra aún más al poder.
Gradualmente, Trump cada vez necesita menos su poder para gobernar y más para protegerse a sí mismo y a los suyos; entonces, de forma extraña, empieza a preocupar que quien abusó de su poder comience a perderlo y a sentirse acorralado. Y por eso se escuchan temores como: ¿qué se va a atrever a hacer?, ¿qué va a hacer con México, Irán o tal o cual país?
Las predicciones sobre estas elecciones intermedias son secuela de la realidad que Trump siempre decidió ignorar: las tarifas son un impuesto. Estimaciones recientes indican que las tarifas de su administración le han costado a una familia promedio alrededor de mil 100 dólares al año. A esto hay que sumarle el aumento de la deuda pública, la cual, al comienzo de su administración, representaba para cada ciudadano unos 107 mil dólares, y hoy es de alrededor de 120 mil.
El movimiento de Trump, MAGA, fue hábil en capitalizar el hartazgo y la torpeza con que se manejaron las “guerras interminables” en Medio Oriente por parte de administraciones pasadas, pero su desprecio por cualquier promesa, incluidas las suyas, lo ha llevado a doblar las apuestas en Irán, convirtiendo el aumento de los precios de los combustibles y los alimentos en una prioridad para los votantes.
No tiene sentido pronosticar las acciones de un presidente que presume de ser impredecible y errático, y cada vez más paranoico ante la posibilidad de que la victoria legislativa del partido demócrata se traduzca en investigaciones por los múltiples casos de corrupción que lo rodean.
No obstante, sí vale la pena recordar precedentes y patrones en las decisiones de presidentes que, tras perder las elecciones intermedias y al ver acotadas sus posibilidades de maniobra en política doméstica, ven en las zonas grises legales de la política exterior un refugio para seguir actuando con menor deferencia hacia el Congreso.
Los malos resultados en las intermedias normalmente llevan a los presidentes a apoyarse en poderes ejecutivos que les permiten actuar en política exterior con mayor margen que en política doméstica, una reacción que les permite tratar de conseguir logros que, además, apuestan, definirán su legado.
Richard Nixon, tras perder su mayoría en las elecciones de 1970, no tardó en extender la guerra de Vietnam a Laos, anunciar su famosa visita a China y firmar, en 1972, importantes acuerdos de control de armas con la Unión Soviética.
Poco después, Jimmy Carter, tras los malos resultados de 1978, priorizó el establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular China y cortó las relaciones con Taiwán. Continuaba la Guerra Fría y Ronald Reagan, después de las elecciones de 1982, autorizó la invasión de Granada y se concentró en firmar tratados sobre armas nucleares con Mijaíl Gorbachov mientras intentaba hacer un control de daños por el escándalo Irán-Contra.
Bill Clinton, igualmente, se enfocó después de 1994 en su legado en política exterior al reemplazar el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) por la Organización Mundial del Comercio, utilizar el Fondo de Estabilización como apoyo a México aun tras el rechazo del Congreso, normalizar las relaciones con Vietnam y poner fin a la guerra de Bosnia mediante los Acuerdos de Dayton.
La tendencia continúa. El Partido Republicano pierde las intermedias de 2006 debido al hartazgo y la falta de resultados en la guerra de Irak. No obstante, la administración Bush aprobó en enero de 2007, contradiciendo a los grupos de estudio sobre el tema que había formado el Congreso sobre la guerra, el envío adicional de 20,000 tropas, a cargo del general David Petraeus, en una guerra que cada vez contaba con más recursos para conseguir objetivos cada vez más confusos.
La administración Obama, de igual forma, se concentró en la segunda mitad de su mandato en restablecer relaciones con la dictadura cubana, ordenar bombardeos en Libia, negociar el acuerdo sobre el cambio climático de París, el acuerdo nuclear con Irán y anunciar que EE. UU. haría, por fin, un “giro hacia Asia”.
No es una tendencia que excluya a Donald Trump. Durante su primera administración, los demócratas ganaron la Cámara Baja en 2018 y, poco después, firmó el TMEC y anunció el retiro de tropas de Siria, lo que provocó la renuncia de su secretario de Defensa, Jim Mattis. En enero de 2019, reconoció a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela y anunció la retirada de EE. UU. del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio.
El Partido Demócrata probablemente cuente con la oportunidad de revertir, investigar y sancionar algunos de los peores estragos de MAGA. Quizá la diferencia en el contexto actual esté en la soledad de Trump: al distanciamiento natural con el Congreso se suman candidatos republicanos que comienzan a alejarse del presidente con la popularidad más baja antes de unas elecciones intermedias. Sigue el aislamiento que genera posicionarse como un facilitador del régimen de Putin en la guerra de Ucrania, que repudia a Europa, Canadá, Corea del Sur o a cualquier aliado histórico de EE. UU. Se viene una soledad combinada con persecución, paranoia, debilidad y más corrupción. No es buena combinación.
/ Casi podría decirse que, junto con las cada vez más frecuentes malas noticias electorales para el presidente Donald Trump y el partido republicano, crecen también los temores de que él mandatario trate de intervenir en los comicios del tres de noviembre o incluso declarar una emergencia nacional y anularlos por una posibilidad de que haya votos de no-ciudadanos.
De acuerdo con las encuestas, los aspirantes del Partido Demócrata, ya sea a la reelección o a puestos actualmente ocupados por los republicanos, están en buena posición, y es posible, dicen los expertos, que logren 20 o más curules en la cámara baja, media docena en el Senado, y tal vez cinco gubernaturas en el proceso.
/ De acuerdo con todas las medidas posibles, los demócratas parecen encaminarse a una sólida victoria en las elecciones de medio término, el próximo tres de noviembre, y a mayorías en las dos cámaras del Congreso federal y tal vez incluso algunas gubernaturas.
Sophia Huett / En México solemos discutir la seguridad cuando el daño ya está hecho: cuando una empresa cerró por extorsión, cuando una obra pública se detuvo por amenazas o cuando una región quedó atrapada en el control de facto de grupos criminales. Rara vez revisamos el momento anterior, el menos visible pero quizá el más decisivo: la forma en que se diseñó la inversión.
Son tiempos complicados para los dos grandes partidos políticos estadounidenses, en proceso ahora de reorganizarse y prepararse a nuevas batallas electorales, las legislativas de 2026 y las Presidenciales de 2028.
Y sobre todo, como ocurre después de cada período electoral, mantener a sus militantes y crear nuevas coaliciones de votantes. Pero esta vez, después de las brutales derrotas sufridas por los republicanos en las recientes elecciones, cuando perdieron dos gubernaturas y la alcaldía de Nueva York, las cosas parecen distintas.
El 11 de noviembre, a un día de la inauguración oficial de la COP30 en Belém, Brasil, la ciudad que hoy se presenta como símbolo de la lucha climática vivió una escena que reveló sus contradicciones. Cientos de pueblos indígenas del Bajo Tapajós y movimientos sociales salieron a marchar por la salud, la vida y el clima. Al terminar la caminata, un grupo se dirigió hacia la Zona Azul, el área más restringida de la cumbre, donde se desarrollan las negociaciones oficiales entre países, y la ocuparon brevemente en protesta. Hubo tensión, empujones y objetos confiscados.
Para entender el contexto, la Zona Azul es la parte “oficial” de las COP: solo entran delegaciones acreditadas de gobiernos, organismos internacionales y medios registrados. A unos metros está la Zona Verde, abierta al público, donde hay conferencias, arte, exposiciones y espacios de diálogo ciudadano. En teoría, ambos mundos deberían conectarse. Pero lo que ocurrió ese día mostró la distancia que aún separa la diplomacia climática de la realidad.