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Yu Chen

/ Todos los días y a todas horas la información nos llega por todos lados, vivimos conectados a redes sociales como WhatsApp, TikTok, Instagram o X, y justo por eso estamos más expuestos que nunca a la desinformación, a esas noticias falsas que parecen ciertas pero que, si rascas un poco, descubriremos cuenta de que hay más fake news circulando en las redes de lo que pensamos.

A este fenómeno se le llama falta de alfabetización mediática e informacional, un nombre larguísimo para algo muy sencillo, que no sabemos distinguir lo real de lo falso en el mundo digital. Y no es culpa nuestra, porque nos enseñaron matemáticas, lengua, historia… pero nadie nos explicó cómo funciona un algoritmo, por qué una noticia se vuelve viral o cómo detectar una imagen hecha con inteligencia artificial.

Y ojo, que esto no es un problema menor, porque la desinformación ya no es solo que te creas que una celebridad ha fallecido, sino que ahora afecta a decisiones reales, tales como cuando una persona deja de vacunarse por las noticias falsas que circulan en cadenas de audio, ciudadanos que votan por algún político convencidos de datos falsos, o familias que pierden sus ahorros por una estafa bien contada en un grupo de Telegram.

Hablando de cifras, el impacto es enorme porque la desinformación le cuesta a la economía mundial casi 500 mil millones de dólares al año según la consultora Sopra Steria, y eso solo en pérdidas directas sin contar el daño social que genera.

Además, los deepfakes están empeorando todo porque cualquiera puede crear un discurso falso del presidente, una foto de una explosión que nunca ocurrió o un testimonio desgarrador de alguien que no existe. De hecho, Reporteros Sin Fronteras (RSF) documentó al menos cien periodistas víctimas de deepfakes en 27 países distintos entre diciembre de 2023 y diciembre de 2025.

Entonces, ¿Qué se debe hacer?

La solución no es volverse paranoico ni vivir con miedo, es aprender a dudar de forma inteligente, es como tener un radar interno que te avisa: “Oye, esto huele raro, mejor verificarlo antes de compartirlo”.

Hay trucos muy simples que se pueden aplicar:

- Revisar la fuente, ¿es un medio conocido? ¿tiene fecha? ¿el autor existe?
- Sospechar de los titulares muy fuertes o amarillistas, si algo te parece increíble quizá lo sea
- Buscar en Google una parte de la noticia entre comillas y verás si otros medios confiables la publicaron
- Fijarse en la calidad de la imagen, ¿tiene bordes raros? ¿las manos tienen seis dedos? eso delata mucho a la IA actual
- Por último, si no tiene certeza de si es verdad, mejor no compartir
En Finlandia, por ejemplo, llevan décadas enseñando a los niños a detectar las noticias falsas y les funciona porque son uno de los países europeos más resistentes a la desinformación, no porque sean más listos sino porque se les inculca la duda desde pequeños.

En el caso de México, se sigue pensando que esto es cosa de expertos o de periodistas, y no, la alfabetización mediática es tan básica hoy como aprender a leer y escribir, porque si no la enseñamos en colegios, institutos y también en casas se estará educando generaciones enteras que creerán cualquier cosa que vean en una pantalla.

En este orden de ideas, urge incorporar una asignatura, o al menos talleres o conferencias en las escuelas, sobre cómo funciona internet, qué son los algoritmos, por qué nos muestran ciertos contenidos y no otros, y cómo verificar la información. No es complicado ni requiere una reforma imposible; solo necesita voluntad política y entender que, hoy, saber navegar el mundo digital es tan básico como leer y escribir. Porque una sociedad que no sabe distinguir entre información y manipulación es también una sociedad más vulnerable.

Mientras tanto, se puede empezar por nosotros mismos, así que la próxima vez que le llegue un audio de alguna noticia escandalosa, una foto sospechosa o un mensaje que diga “comparte para que se sepa”, haz una pausa, respira y pregúntate: ¿esto es real? y si no lo sabes, no hay que compartirlo.

La alfabetización mediática e informacional no consiste solo en aprender a usar redes sociales o distinguir una noticia verdadera de una falsa. De acuerdo con la UNESCO, se trata de un conjunto de competencias y actitudes que permite a las personas acceder, evaluar, utilizar y también producir información de manera crítica y responsable, especialmente en entornos digitales. En otras palabras, no es un conocimiento accesorio, sino una habilidad básica para la vida contemporánea, porque ayuda a entender cómo circula la información, quién la produce, con qué intención y qué efectos puede tener en la sociedad.

Debe entenderse como una competencia ciudadana esencial, no limitada al consumo de noticias, sino orientada a formar personas capaces de pensar críticamente, contrastar fuentes y participar de manera responsable en la vida pública. En un entorno donde la desinformación circula con rapidez y los algoritmos condicionan buena parte de lo que vemos, esta formación deja de ser un complemento educativo y se convierte en una necesidad democrática.

Porque no se trata de no creer en nada, sino de creer mejor, ya que en la era digital la mejor defensa no es un antivirus, sino tu propio criterio.

Alguna vez, ¿usted compartió alguna noticia falsa?

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