¿Sueñan los androides con llorar?

¿Sueñan los androides con llorar?


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Alejandro Ramos Cardoso

/ Nunca he entendido la fascinación con los robots. O, mejor dicho, puedo entenderla, pero no la comparto. Para mí son, en esencia, simulacro o imitación, unas veces mejor lograda que otras, de la vida. Cuanto más humanos parecen, más conscientes somos de todo aquello que nos separa.

¿Sueñan los androides con llorar?
Nunca he entendido la fascinación con los robots. O, mejor dicho, puedo entenderla, pero no la comparto. Para mí son, en esencia, simulacro o imitación, unas veces mejor lograda que otras, de la vida. Cuanto más humanos parecen, más conscientes somos de todo aquello que nos separa. Pero sí tuve un robot al que le tuve mucho cariño. Era un 2-XL: un juguete interactivo con una voz hipnótica. Ni me acuerdo cómo llegó a mi casa. Habrá sido un regalo de Navidad o de Santa Claus. 2-XL formulaba preguntas sobre temas determinados: ciencia, cultura, cine, etc., y uno tenía que adivinar la respuesta utilizando los botones. Después te decía si habías acertado o no. Muchas horas pasé “conviviendo” y aprendiendo con ese robot de cuerpo cuboide, de ojos rojos demasiado separados que se prendían y apagaban, y con una ranura por boca donde se insertaban los cartuchos. Domo arigato, Mr. Roboto. Crecí en los años 80, esa década caracterizada por el vértigo tecnológico que supuso el tránsito de lo analógico a lo digital. Pasé buena parte de mi niñez oyendo casettes en mi walkman y grabando canciones del radio (compramos nuestro primer reproductor de CDs por ahí de 1988, pero era de uso casi exclusivo para los adultos). Recuerdo ir los viernes al videocentro a alquilar películas en VHS que luego había que rebobinar antes de devolver. Crecí jugando Mario Bros en mi primer Nintendo (ese que incluía una pistola para el juego de cazar patos, aunque tristemente mi versión no venía con el tapete). De vuelta al futuro, hoy somos nosotros quienes hacemos preguntas a las máquinas, aunque Siri y Alexa no son robots con un cuerpo físico. De modo creciente, incorporamos los modelos de lenguaje a gran escala (LLM, por sus siglas en inglés) a nuestras tareas cotidianas: desde escribir mensajes, hasta traducir y resumir documentos, y editar imágenes. Como resultado, todo tiende ahora a una homogeneización de estilo bastante deslustrada y a una pauperización del lenguaje, amén de señalar los sesgos lingüísticos y el impacto que este fenómeno está teniendo en la creatividad de los usuarios y la profundización de las brechas digitales. Una revolución se está fraguando bajo nuestras narices que tornará un gran número de habilidades obsoletas de la noche a la mañana. Y no sólo las más obvias. Incluso las industrias creativas (la música, la literatura, el diseño) se están viendo afectadas. Por eso creo atisbar ciertas semejanzas entre la ansiedad que nos causaba el avance de la informática y la automatización industrial en los 80 y la que hoy nos genera la inteligencia artificial e, in extremis, el escenario apocalíptico que entraña la singularidad tecnológica: aquel según el cual la IA alcanzará un desarrollo tal que será capaz de automejorarse, de eclipsar nuestra capacidad intelectual y de asumir el control de la humanidad. Comúnmente se piensa que quien domine el lenguaje dominará el mundo. Yuval Noah Harari afirmó recientemente en el World Economic Forum de Davos, que el lenguaje es nuestro superpoder como especie, pues a través del uso de las palabras, la ideología, los mitos, la historia y la religión, durante siglos logramos organizar a las masas; logramos construir y moldear el imaginario colectivo. Que muy pronto la IA sea capaz de rebasar nuestra capacidad intelectual se revela como una prueba existencial, una afrenta a nuestra propia identidad como especie humana. Por su parte, Sam Altman, CEO y creador de OpenAI (ChatGPT), aseveró recientemente también que ningún niño nacido en la actualidad será más inteligente que la IA; de aquí en adelante, estaremos condenados a ser más lentos, menos capaces y eficientes que las máquinas. Y sí, el futuro se antoja apocalíptico y produce una enorme ansiedad. Nos aterra que una entidad creada por el ser humano pueda igualar o hasta superar nuestra capacidad de articular palabras, procesar información y concatenar ideas. De ser cierto lo que plantea Harari, en el sentido de que el lenguaje es en efecto nuestro superpoder, la irrupción de sistemas capaces de generar lenguaje, con más rapidez y precisión que nosotros, nos obliga a replantearnos la cuestión de qué es lo que nos hace realmente humanos. ¿Qué podemos aportar en un mundo donde ese superpoder nos ha sido arrebatado por una entidad no humana? Por otro lado, si atribuimos razón a Altman cuando afirma que ninguna persona nacida hoy será más inteligente que la IA, entonces quizá lo que hemos errado es el marco mismo de la pregunta, pues, a fin de cuentas, la inteligencia nunca ha sido la sola expresión ni medida de nuestra condición humana. La tradición occidental nos ha contado el cuento de que somos homo sapiens, homo faber y hasta homo ludens: es decir, animales racionales, constructores de herramientas (finalmente, la IA es un constructo humano), y criaturas que jugamos. No obstante, con el advenimiento de la era de la IA cabe considerar otra facultad quizá menos heroica: somos también homo lacrimans, la especie que llora, la única especie en la tierra capaz de derramar lágrimas por dolor sicológico, de llorar la pérdida de un ser querido, de emocionarse con una canción, o de angustiarse ante la certeza de la muerte (la propia y la de los otros). En Terminator II, El día del juicio (James Cameron, 1991) el cíborg le confiesa a John Connor momentos antes de ser engullido por la lava: “ahora entiendo por qué lloras, aunque nunca seré capaz de hacerlo”. De igual modo en Blade Runner (Ridley Scott, 1982), instantes antes de morir, el personaje de Batty, el más fuerte de los cuatro androides, profiere la célebre frase, que no es otra cosa más que una meditación sobre la muerte: “Todos estos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”. La comparación no parece caprichosa: en Terminator, la máquina aprende sobre la experiencia humana, pero se reconoce incapaz de reproducirla; en contraste, las réplicas en Blade Runner son vulnerables, capaces de sentir y recordar, de empatizar y llorar. Anhelan ser humanos. Y, más revelador aún, tienen una noción de finitud y son capaces de sufrir angustia ante la muerte. La inteligencia humana no es un concepto abstracto, construido en el vacío. Es un fenómeno encarnado. Pensamos con el cerebro, pero también sentimos con el cerebro, del mismo modo como sentimos y pensamos con el cuerpo. Nos da hambre, calor, vergüenza; sentimos pesadumbre, cansancio y dolor. Nuestra conciencia es producto de esa experiencia corporal, de ese estar en el mundo. Nuestras heridas y cicatrices, tanto las físicas como las sicológicas y emocionales, son lo que dota de sentido a nuestro aprendizaje, a nuestro paso por la tierra, a nuestra existencia. Ningún robot, por mucho que se nos parezca, es capaz de sentir ni experimentar nada de eso en carne propia. Vuelvo al viejo 2-XL de mi niñez. Durante horas me hizo preguntas sobre ciencia, geografía, cultura. Las máquinas de hoy están programadas para responder y están llenas de respuestas. Y, sin embargo, le seguiremos dando vuelta a las mismas preguntas: qué sentido tiene amar, encontrarse en el otro, sufrir y perdonar, nacer y morir. Por eso quizás nos siguen fascinando los robots, no porque se asemejen o no a nosotros, sino porque nos hacen cuestionarnos quiénes somos. En un futuro no muy lejano, los androides aprenderán a leernos y entendernos cada vez mejor, a interpretar nuestros deseos e intenciones. Lo que todavía no sabemos es si alguna vez soñarán con llorar. [ C ]

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