TLC: antes y ahora

TLC: antes y ahora


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Luis Rubio

/ En el México de hoy, no hay nada -excepto el Tri cuando gana- que goce de tanta legitimidad como el TMEC, instrumento que todos los mexicanos reconocen como factor central de estabilidad y funcionalidad económica. Al mismo tiempo, como en tantas otras facetas de la política nacional, no hay consenso sobre qué es o cuál debería ser su futuro.

El TLC fue concebido como un mecanismo para conferirle certidumbre a los inversionistas y empresarios. México venía de un momento de conflicto, no muy distinto al de hoy, y el tratado con los dos vecinos de Norteamérica permitió adoptar reglas del juego claras y confiables, libres de las vicisitudes y carencias políticas y legales que nos caracterizan y que se acentúan de nuevo. En los años subsecuentes a su inauguración en 1994, se intentó construir un entramado institucional que fortaleciera las fuentes de certidumbre, pero todo eso es historia luego de la desaparición de los organismos autónomos y, más recientemente, con la reforma judicial.

El tratado ha sido tan exitoso, que se le suelen atribuir características casi míticas, que llevan a esperar soluciones a problemas ancestrales y estructurales como el de la pobreza, la distribución del ingreso y el desarrollo mismo, objetivos legítimos, pero para los cuales este instrumento no es el idóneo. El documento que lo ampara no es otra cosa que una serie de reglas para la interacción entre las tres naciones en materia económica, comercial y de inversión. Su trascendencia radica en que ese conjunto de reglas hizo posible que México se convirtiera en una potencia manufacturera, con todos los beneficios que de eso se derivan, comenzando por el de haberse constituido en el principal motor de la economía mexicana a través de las exportaciones. Pero, repito, es tan solo un instrumento y no la solución a todos los problemas nacionales.

En esta era en que la característica central del TLC es la impredecibilidad de nuestro principal socio comercial, la pregunta que los mexicanos deberíamos hacernos es qué hacer para, primero, preservar lo posible de este acuerdo comercial y, segundo, construir una plataforma orientada a, efectivamente, enfrentar el reto de un desarrollo integral y sostenible para el beneficio de toda la población. El gobierno está haciendo lo posible para atender el primer objetivo, pero no parece haber ni el más mínimo reconocimiento de la urgencia del segundo.

En realidad, por más que las circunstancias políticas actuales de Estados Unidos hagan tan complejo este momento, el éxito del país siempre ha dependido de lo que se haga en México, no del devenir de un instrumento, así sea uno tan trascendente como el TMEC. El tratado sigue siendo crucial, pero no es, ni nunca pudo ser, la fuente del desarrollo integral que todos quisiéramos alcanzar. Lo que el TLC sí logró fue obligar a que los mexicanos nos enfocáramos hacia el futuro, pero, visto en retrospectiva, ese logro duró muy poco y fue muy limitado. El reto sigue siendo el mismo y que se puede resumir en palabras y conceptos que no por trillados han dejado de ser críticos: energía, infraestructura, educación, logística y un largo etcétera. En ausencia de una estrategia enfocada a encarar estos desafíos acabaremos siendo un país perpetuamente dependiente de bajos salarios. Triste corolario para un mecanismo tan visionario y exitoso como ha probado ser el TLC.

Entonces, ¿qué es lo que se debería hacer? La respuesta es obvia: entender qué es lo que ha hecho exitoso al TLC, cuáles son sus carencias, limitaciones y retos y construir sobre ese aprendizaje. Muy rápido resultará obvio que la inversión asociada al tratado ha venido al país por la existencia de reglas que norman el intercambio comercial pero que, al mismo tiempo, ésta está limitada por la incertidumbre respecto a la disponibilidad de fluido eléctrico, personal altamente capacitado, inseguridad para el personal e infraestructura confiable y de la calidad requerida. El gran desafío es atender estas carencias y limitaciones, que nada tienen que ver con nuestros socios comerciales sino con el actuar de nuestro propio gobierno: la energía se entiende como una pieza de museo; la educación como un medio de control y adoctrinamiento político; la inseguridad como un mito; y la infraestructura como un lujo. Difícil imaginar un país desarrollado cuando se gobierna con estos velos políticos e ideológicos.

El TLC permitió despolitizar las decisiones de inversión en el país, contribuyendo al desarrollo de empresas e industrias de clase y competitividad internacionales. El reconocimiento de que goza entre la población no es producto de la casualidad, sino de la evidencia de que se trata de una de las pocas, si no es que la única ancla de funcionalidad económica. La tragedia es que, a más de treinta años de su inauguración, se sigue esperando que el TLC resuelva problemas para los que no fue creado, en lugar de adoptar medidas y decisiones que permitan generalizar sus beneficios, comenzando por los elementales, como la certidumbre para el empresario y la seguridad física de la población.

El éxito del TLC -y del país- no depende de los humores de nuestro vecino, sino de las capacidades que logremos desarrollar en México. Cuando aceptemos y asumamos -todos- este principio fundamental, México cambiará de manera radical.

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