Rubén Beltrán
/ "En 1972, China era un país débil y pobre pero asertivo; hoy es rico, muy poderoso y asertivo. Desde entonces, el desafío es saber cómo competir con China sin provocar un holocausto".
Henry Kissinger.
Noviembre de 2021, declaraciones a CNN
Escribo desde Europa en la mañana del lunes veintiuno y trato de ordenar el calendario. Mañana martes, según el programa, Donald Trump hablará ante la Asamblea General de la ONU; el miércoles llegará Xi Jinping a Washington y el jueves habrá reunión bilateral y cena de Estado en la Casa Blanca. Xi no irá a Nueva York. Si la prensa estadounidense acierta, repetirá lo que hizo en 2020 y se dirigirá a la Asamblea por video. Tres días, entonces, para que los dos hombres que más pesan en la agenda global se den un apretón de manos, la foto que todos veremos, y se reúnan en privado y con sus delegaciones. Después, cada uno desde su podio ante la Asamblea General de las Naciones Unidas dirá lo que no se dijeron el uno al otro a la cara. Se vale.
La lectura más repetida en estas horas es que Xi llega fortalecido y que Trump se dispone a recibirlo con honores de socio. Hay quienes sostienen lo contrario: que Trump llega con el arsenal más nutrido de su mandato y Xi con una economía en su peor momento en décadas. Ambas cosas son ciertas y ninguna explica la cumbre. No creo que sea la cumbre del deshielo, tampoco la de la ruptura. Será, me parece, una reunión de poses y gestos, una obra de teatro Jingju.
La cumbre ocupa un espacio en la carátula de un reloj. La tregua comercial de Busan vence el 10 de noviembre, las elecciones intermedias en Estados Unidos son el 3, y en Shenzhen, el 18 y 19, si hacemos caso al Kremlin, volverían a coincidir Xi y Trump, esta vez quizá con Putin.
Cada parte viene a comprar tiempo, y comprar tiempo es una forma de negociar que casi nunca aparece en los comunicados.
Para leer lo que viene tomo dos parámetros: la cumbre de mayo de este año en Pekín y las cinco líneas del frente que Trump ha reforzado en la última semana.
Mayo, o la forma es fondo
A mediados de mayo Trump fue recibido en el Gran Salón del Pueblo, recorrió el Templo del Cielo y cerró la visita paseando con Xi por Zhongnanhai, el recinto amurallado donde vive la cúpula china y al que casi no entran extranjeros. En un intercambio que grabó la prensa estadounidense, Trump preguntó si Xi llevaba ahí seguido a jefes de Estado; Xi respondió que muy rara vez y agregó, con una risa: por ejemplo, Putin ha estado aquí. El episodio se ha narrado como anécdota simpática, yo la leo como lo que es. En una sola frase el anfitrión le dijo al invitado que era distinguido, que no era único y que había invitado a otro líder a la casa. Alta diplomacia sin una sola cláusula.
El fondo llegó con un nombre más bien acartonado, estabilidad estratégica constructiva. Xi la describió con cuatro adjetivos (positiva, sana, constante, duradera) y le puso un horizonte: los próximos tres años y más allá, que resultaron ser, casualmente, lo que le restaba a Trump en el cargo. El resumen chino asegura que Trump aceptó la fórmula; el de la Casa Blanca ni la menciona, aunque Rubio dijo poco después en NBC que en eso coincidían. En 2013 Xi le ofreció a Obama un "nuevo modelo de relaciones entre grandes potencias" y Obama lo declinó, porque exigía respetar los intereses centrales de China, empezando por Taiwán. Trump no objetó y colmó de elogios a su anfitrión. Lo tangible fue poco (200 aviones Boeing como compromiso inicial y compras agrícolas que Beijing nunca confirmó); lo intangible, más: Xi advirtió que Taiwán podía llevar a "choques e incluso conflictos" y Trump, en público, no dijo nada.
Ahora es el anfitrión. AP cuenta que mandó preparar un helipuerto en el jardín sur de la Casa Blanca y que lamenta que su salón de baile no esté listo. Un helipuerto se improvisa, una simetría no. En diplomacia se aprende pronto que el orden de los asientos habla más que los brindis, y la lista de invitados a la cena, con Sam Altman y Tim Cook entre otros, ya dice de qué quiere hablar Washington. ¿Emulará Trump el tapete rojo de Pekín o intentará apabullar al visitante con listados de proyectos y con el recital de sus cinco frentes?
Cinco frentes en una semana
Los refuerzos llegaron casi todos en siete días y no creo que sea casualidad. A Trump lo describieron en Pekín, y no solo sus críticos, como un presidente deferente; un líder que percibe que proyecta debilidad tiende a compensarla, y en la compensación anida el riesgo de pasarse de la raya. Lo llamé hace ya más de cuatro años el síndrome de Chamberlain: el temor a parecer débil es, en un líder, su mayor falencia.
El primer frente son las sanciones. El viernes 18 Trump firmó la ley que lo faculta para imponer aranceles de hasta 100% a los cinco mayores compradores de petróleo y gas rusos, y que sanciona a funcionarios, bancos y a la flota fantasma de petroleros. Subrayo una palabra: faculta. Es una pistola sobre la mesa, no en la mano, y trae cláusulas de excepción para quienes compran poco y reducen sus compras. Hace un año, en esta columna, escribí que Trump ensayaba sanciones indirectas a Rusia castigando a China y a la India; hoy tiene el instrumento legal. Falta saber si lo usará contra el país al que recibirá el jueves con cena de Estado, y China tiene poco margen: según Al Jazeera, sus importaciones de crudo cayeron de unos 12 millones de barriles diarios antes de la guerra con Irán a poco más de 8 en el segundo trimestre, y Rusia es hoy su primer proveedor, con cerca de una quinta parte.
El segundo es el espacio. La semana pasada el secretario de la Fuerza Aérea, Troy Meink, reconoció por primera vez que Estados Unidos ha desplegado en órbita armas de control espacial "capaces de defender a la fuerza conjunta". No dijo cuáles. Mis notas preguntan por ojivas nucleares; nada de lo dicho lo sugiere, y el Tratado del Espacio de 1967 prohíbe poner armas nucleares en órbita, no otras. Ahí queda la rendija. Inter arma silent leges.
El tercero es Groenlandia y el Ártico, y aquí hay que ser claros: Trump retrocedió. Tras meses de hablar de compra y de anexión, anunció a fines de la semana pasada un acuerdo con Dinamarca por el cual la isla sigue siendo danesa y Estados Unidos obtiene lo que llama "control permanente" de su seguridad, con vetos a bases o inversiones de países ajenos a la OTAN. Se firmaría esta semana, en el marco de la Asamblea General de la ONU. Sí, es cierto, no es anexión, pero en abril de 2025 escribí que Groenlandia era el objetivo ideal de un apetito que busca una franja dentro del Círculo Polar Ártico. El apetito cambió de forma, no de dirección. Y queda la pregunta de mis notas: cuando Washington reclama territorios y bases en su periferia, ¿no le da un argumento a Moscú en su flanco occidental y a Beijing en el estrecho? ¿Cuándo, si no ahora, con Estados Unidos sobreextendido en una guerra con Irán que ya cumplió más de seis meses?
El cuarto es el arancel, el arma que Trump considera invencible y que en 2025 no lo fue. Xi respondió arancel con arancel y con tierras raras, y la tregua de Busan se firmó como se firman las tablas. China cerró el año pasado con un superávit comercial global de 1.2 billones de dólares y con sus autos eléctricos socavando a la industria de Alemania, Japón y Corea. No sabemos si África, Asia y Europa compensarían una pérdida real del mercado estadunidense, ni cuándo empezará el boicot occidental a los modelos chinos de IA, acusados de malas prácticas. Sabemos que la sanción a Rusia y el arancel a China ya no son dos frentes sino uno, y que Rusia queda en medio.
El quinto es la inteligencia artificial. Según el NYT de ayer, China da saltos en IA mientras su economía atraviesa lo peor en décadas, con desempleo juvenil de 18.9% y deflación; en las redes chinas ya hablan de un "Gran Salto Adelante de la IA". Trump, por su lado, sostiene que quien frene la IA le ayuda a China. Y sin embargo, el domingo, Bessent y He Lifeng se sentaron ocho horas en Nueva York y Washington propuso un mecanismo de notificación de incidentes de IA que afecten la seguridad nacional. Hace una semana escribí sobre el llamado de Amodei a acompasar el ritmo de extensión de la frontera de la IA: detener es casi imposible, acompasar es imaginable. Si hay un tema donde aun un gesto, así sea de lip service, parece plausible, es este. Un canal para avisar incidentes sería a la IA lo que el teléfono rojo fue a los misiles.
¿Ahora sí, una nueva guerra fría?
La analogía tienta. Del Sputnik al Apolo, de la carrera de misiles a la Guerra de las Galaxias, la rivalidad con la URSS se midió en quién llegaba primero al espacio; hoy hay armas en órbita, una carrera por la IA y un estrecho que hace las veces de Berlín. Conviene recordar que el tratado sobre el espacio se firmó en plena carrera, en 1967, y que en mayo de 1972 Nixon firmó en Moscú el SALT I, tres meses después de su viaje a Pekín. La distensión se hacía en dos capitales a la vez.
Con todo, la analogía cojea. La URSS y Estados Unidos apenas comerciaban; China es el primer socio comercial de medio planeta. Y aquel fue un mundo bipolar. Sin duda vivimos hoy en un mundo multipolar, pero con una diferencia que importa: no es, por ahora, un mundo multipolar de fuerzas que se anulan entre sí, un suma cero, sino un mundo claramente multipolar que atraviesa un momento unipolar, marcado por la pulsión expansiva y de dominación del hegemón. Una pulsión que se ha vuelto un vector multidireccional al que todos reaccionan; Trump pone la agenda. En enero, a propósito de Venezuela, escribí que había en nuestro continente un hegemón que aprieta el paso para consolidar su presencia desde Alaska hasta la Antártida, hoy la pulsión rebasa el continente. Ese impulso ha puesto a Europa en una crisis definitoria y a la vez se va resolviendo hacia un nuevo equilibrio por el ascenso de otro hegemón, China. El momento actual ha dado luz, además, a un pragmatismo nuevo: potencias medias que tejen alianzas y lealtades acotadas por región o por tema, sin elegir bando ni conceder lealtades absolutas. Canadá y la Unión Europea, el pacto que firmaron en agosto Arabia Saudita, Pakistán y Turquía, el acercamiento que ensayan China y la India. Tal vez lo que asoma no sea una nueva guerra fría, sino una guerra fría sin bloques.
Taiwán: la ficha y la memoria
Sobre Taiwán no basta preguntar si habrá anexión o no, hay que saber primero de dónde viene la pregunta. En febrero de 1972 el Comunicado de Shanghai se armó en tres pistas: párrafos comunes de cooperación y dos banderas unilaterales. En la suya, China dijo que Taiwán es una provincia y que su liberación es un asunto interno; en la suya, Estados Unidos "reconoció" que los chinos de ambos lados del estrecho sostienen que hay una sola China y no puso en duda esa posición. Kissinger le llamó ambigüedad constructiva, y en 2022 escribí que esa fórmula tenía una fecha de caducidad no muy lejana. En 1979, con la normalización, el Congreso condicionó en la Ley de Relaciones con Taiwán aquella decisión a la expectativa de que el futuro de la isla se resolviera por medios pacíficos y se comprometió a proveerla de armas defensivas. En 1982, mientras se cerraba un tercer comunicado, Reagan entregó a Taipei las Seis Garantías, entre ellas la de no consultar a Pekín sobre las ventas de armas a la isla.
Ahora, la ficha. En mayo Trump calificó su decisión de congelar el paquete de 14 mil millones de dólares en armas para Taiwán como "un muy buen chip de negociación" y dijo que lo tenía "suspendido" y que "dependería de China". El paquete, según Euronews, estaba preaprobado desde enero pero nunca se notificó formalmente, probablemente para no incomodar la cumbre. Sí, Taiwán es línea roja para ambos. Por eso creo que el riesgo mayor no es una invasión en septiembre. Es el desvanecimiento: un Taiwán al que se deja de armar sin que nadie lo anuncie, y una ambigüedad que se disuelve por erosión y no por decreto.
La cuña y el petróleo
Dice mi nota E: ¿qué cuña intentará insertar Washington entre Moscú y Beijing? Nixon fue a Pekín porque China y la Unión Soviética se habían enfrentado a tiros en la frontera en 1969 y él supo aprovecharlo. Hoy Trump necesitaría lo inverso, ofrecerle a Rusia un paquete tan atractivo que la aleje de China, y Xi, en mayo, le recordó en Zhongnanhai que Putin es de la casa. Según Reuters, Bessent le dijo a su homólogo ruso en Asheville que nada es posible mientras dure la guerra, y Yuri Ushakov, asesor del Kremlin, admitió que se ha hablado de una reunión de Xi, Trump y Putin en Shenzhen. La ley aprobada el viernes complica la ecuación, porque castiga a los clientes de Rusia y el mayor es China. En 2023 analicé aquí el plan chino de doce puntos, cuyo décimo pedía suspender las sanciones unilaterales. Con la ley firmada, ese punto es un reclamo de agenda.
Falta Irán. La guerra que empezó el 28 de febrero mantiene bloqueado Ormuz y China es de los que más lo resienten. Sancionar su petróleo ruso, con el venezolano en entredicho, ¿será presión bastante o demasiada? Y con la tregua por vencer, ¿ofrecerá China cumplir plenamente con el abasto de tierras raras? Bessent y He Lifeng no anunciaron avances en ello, según Al Jazeera.
Dos discursos
Trump hará de su intervención ante la ONU el capítulo dos de la del año pasado. Alarde de dominio y de superioridad militar, aranceles como arsenal, Groenlandia y el Ártico, control hemisférico con Cuba, Venezuela y Panamá en el menú, otro recargón a Canadá y a Europa, el Escudo de las Américas y una economía inigualable. Xi, si habla por video, dirá lo que el Sur Global quiere oír: multilateralismo, reforma de la ONU, la elección del próximo secretario general como oportunidad, un llamado a terminar las guerras. El contraste, en la misma semana, es propaganda para Xi que Trump le construye solo.
La salida
Tregua con escenografía. Fotos, brindis y un comunicado más largo que sustancioso. Una extensión por unos meses de la tregua de Busan (Scott Kennedy, del CSIS, cree que Washington solo quiere alargarla para conservar palanca), compras de aviones y de productos agrícolas, quizá la rebaja arancelaria de unos 30 mil millones que Beijing espera, y un canal de comunicación sobre IA. Alguna versión de la estabilidad estratégica sobre el papel, y el paquete de Taiwán que seguiría congelado sin decir que se congela, tal vez sin decir nada. Tablas otra vez. En la agenda global ni Ucrania ni Irán se mueven; Europa, Japón y Taipei leen la escenografía con lupa y toman nota de que el paraguas cubre cada vez menos; Corea del Sur lo constató hace poco cuando, de manera inconsulta y a las doce menos cinco, Estados Unidos redujo drásticamente su participación en ejercicios militares conjuntos. La región observa con resquemor que Washington traslada activos militares del teatro del Indopacífico hacia el Medio Oriente. La conservadora Heritage Foundation, en sus reportes anuales, deplora el estado de las fuerzas armadas estadunidenses y viene repitiendo de manera categórica que el país no cuenta con los recursos para combatir en dos frentes a la vez. Pero en la cumbre, nadie pierde cara y ambos líderes cierran satisfechos y sonrientes por el despunte de un nuevo entendimiento. Una obra clásica de Jingju.
En sus declaraciones finales a la prensa, Trump hará gala de su arsenal y reiterará que está dispuesto a utilizarlo si China, la India y otros países incumplen con los acuerdos. Los demócratas que votaron contra la ley tenían razón. La ley otorga facultades demasiado amplias para utilizarla, pero no lo obliga a sancionar. El arma perfecta.
Es muy probable que en noviembre de este año se dé una nueva cumbre entre Xi y Trump en el marco de la Reunión de Líderes Económicos del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) que se llevará a cabo en Shenzhen, China. La incógnita sería ver si se trata de una cumbre tripartita con Putin también a la mesa.
Mi apuesta con fecha: el 10 de noviembre, cuando venza la tregua de Busan, sabremos si lo de esta semana fue estabilidad o solo tiempo comprado. Yo creo lo segundo. Al tiempo.
Texto publicado en: La Silla Rota