Rubén Beltrán
/ La guerra en Ucrania está herida de muerte y su agonía está siendo muy larga. Kiev y Moscú saben que esta guerra tan prolongada no será ganada por la vía militar. Sin embargo, el conflicto se resiste a morir: en septiembre de 2026 se cumplieron 4 años y medio de una guerra que continuará, al menos, durante buena parte de 2027, y tal vez más allá.
Desde la perspectiva rusa, esta guerra puede verse como un conflicto con Occidente originado por la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia el este; para Ucrania, representa la continuación del proceso violento que llevó a la anexión de Crimea en 2014, y Europa la observa con la certidumbre de que Rusia no se detendrá en Ucrania. Para la mayoría del Sur global, este conflicto se percibe como una guerra lejana cuyas repercusiones se ven lejanas. Sin embargo, el mundo se equivoca.
Esta es una guerra que comenzó con una invasión que atentó contra la soberanía y la integridad territorial de un país; México y muchos países en todo el mundo conocen este tipo de agresiones. Nuestra historia nos obliga a condenar la agresión, pero, además, esta guerra está desarrollando una peligrosa tendencia a aglutinar y contaminar conflictos. La guerra en Ucrania tiene el potencial de desencadenar una hecatombe mundial.
La guerra a nuestro alcance
Todo cambió. Por empatía y solidaridad, por temor o por curiosidad histórica, observamos esta guerra con una profundidad inédita que hoy está a nuestro alcance. De observadores comunes pasamos a ser “expertos” en análisis táctico: veíamos todo, o eso pensábamos.
Comencé a escribir sobre esta guerra antes de que las negociaciones y las amenazas quedaran reducidas a gestos retóricos e intercambios estériles que, tras su fracaso, dieron paso a la invasión a gran escala de Rusia en febrero de 2022. Hacia finales de 2021, mis apuntes ya daban cuenta de la acumulación masiva de tropas y tanques rusos en la frontera con Ucrania desde el último cuatrimestre de ese año. No era yo: éramos miles los observadores.
Toda guerra trae consigo una andanada de información y contrargumentos de las partes involucradas. Esta guerra trajo consigo el destape y la vulgarización de la inteligencia de código abierto. Fotografías satelitales que antes eran material de estudio de analistas de inteligencia aparecieron reproducidas en diarios y noticieros; mapas e imágenes que otrora habrían sido considerados sensibles salieron del dominio de instituciones como el Instituto para el Estudio de la Guerra o el Instituto Real de Servicios Unidos y llegaron al consumidor ordinario. Éramos una multitud.
A los pocos meses de iniciada la guerra, comencé la construcción de un repositorio de documentos, artículos, reportes y ensayos provenientes de las más diversas fuentes. Lo titulé “Guerra y fatiga”; hoy contiene cerca de quinientos documentos agrupados en quince volúmenes cronológicos.
Ya en 2023 me percaté de que gran parte de lo que consideraba signos de fatiga iba más allá del desgaste bélico o del agotamiento de recursos estratégicos. Era algo más orgánico, que englobaba a la economía, la sociedad, las instituciones, el gobierno y los partidos políticos. Ese fenómeno también afectaba las posibilidades, los deseos o las capacidades de los países aliados para suministrar durante años apoyo financiero, material y equipo de guerra a su protegido.
¿Cómo no van a tener un impacto en gobernantes y gobernados la acogida de millones de refugiados ucranianos y la erogación de más de 220 000 millones de euros en ayuda durante 5 años? La fatiga, el desgaste y la disponibilidad para renovar recursos económicos y humanos, medidos en función de una línea de tiempo inevitable, se convierten en indicadores de erosión.
Consideremos por un momento la erosión
La erosión es un fenómeno transversal que puede apreciarse a lo largo de una línea de tiempo y que proporciona indicadores del deterioro progresivo al que están sometidos los elementos que dan vitalidad a un grupo de países, una alianza militar o un país en lo individual. Estos elementos inciden en su economía y su sociedad, así como en sus limitantes demográficas, su respaldo político, su capacidad de innovación y su resiliencia, y terminan por restringir su capacidad operativa en los conflictos en los que se involucran.
Los líderes políticos llevan un control del gasto militar y de los avances y retrocesos en el frente, pero no siempre son conscientes del proceso de erosión, que no se revierte con meras decisiones políticas. Algún líder ha terminado irremediablemente en un búnker o asesinado por una multitud porque ignoró el impacto de un proceso erosivo que no se gestó en semanas y cuyos signos quizá ignoró durante años.
La guerra que ya no puede ganarse
La afirmación de que la guerra no será ganada por la vía militar no significa que Rusia esté derrotada. Tampoco significa que Ucrania haya alcanzado una victoria. Captó mi atención la expresión utilizada por un analista de Euronews: “Rusia no puede ganar esta guerra, pero tampoco la va a perder”.
Hoy, la relación entre las capacidades disponibles y los objetivos que ambos actores se trazaron ha comenzado a distanciarse de tal manera que una victoria militar decisiva parece cada vez menos compatible con el curso real de la guerra. La diferencia entre los objetivos de guerra y el estado de la guerra es fundamental.
Durante los primeros meses de la invasión, la asimetría aparente hacía posible imaginar que una de las partes podría obtener una victoria militar capaz de modificar sustancialmente la situación. Rusia apostó precisamente por ello, y su valoración de la asimetría de fuerzas llevó a la conclusión de que esta debía conducir a una victoria contundente en un plazo breve. Ello no ocurrió. La invasión encontró una resistencia que Rusia había calculado mal, y el error no fue solamente militar: fue, antes que nada, un error de inteligencia, porque no bastaba con conocer cuántos tanques y soldados tenía el enemigo; había que medir cuánto estaba dispuesto a resistir.
La oportunidad que trae la inteligencia
El filósofo polaco Alfred Korzybski desarrolló un aforismo que, en su parte medular, “el mapa no es el territorio”, debería convertirse en el principio rector de cualquier apreciación de inteligencia que preceda a una decisión de calibre geoestratégico.
Una frontera puede aparecer débilmente defendida y, sin embargo, detrás de ella puede encontrarse una sociedad dispuesta a resistir. Un ejército puede parecer inferior en números y ser capaz de compensar esa inferioridad mediante innovación, adaptación y voluntad política. Ese mismo país puede ser evaluado por su peso militar, pero a esa potencia debe agregarse el valor estratégico del apoyo de sus vecinos y aliados. La inteligencia que no consigue observar esas variables, o las menosprecia, construye un mapa equivocado, y un mapa equivocado conduce a un plan de guerra equivocado.
Paso a mezclar peras con manzanas. Un líder pudo haber llegado al poder gracias al impulso de haber sido una estrella de Hollywood, como Ronald Reagan, o un exitoso actor de televisión, como Volodimir Zelenski, y, no obstante, desarrollar un alter ego como Jefe de Estado. Un país puede tener menos recursos y, no obstante, convertir su desventaja material en una ventaja temporal si consigue que el agresor consuma sus propias capacidades a mayor velocidad de la prevista, como Irán, desarrollar la capacidad de innovar para contratacar, como Ucrania, o contar con el apoyo de aliados poderosos capaces de suministrar recursos materiales, financieros y de inteligencia para resistir el embate del agresor e incluso nivelar el teatro de guerra; sí, otra vez, Ucrania.
Esta guerra trajo consigo el destape y la vulgarización de la inteligencia de código abierto.
Rusia tuvo, además, un segundo problema: la valoración de sus propias capacidades. La victoria no podía producirse mediante lo que parecía un mero desfile de blindados hacia la capital, ni podía sojuzgarse a Ucrania únicamente mediante la evidencia numérica de la superioridad rusa. El cálculo inicial falló, y cuando un ataque diseñado para obtener una victoria rápida fracasa, se abre una ventana particularmente importante para la negociación. Esa ventana puede ser breve. Rusia debió haber negociado la paz en la primavera de 2022. Todo parece indicar que no tendrá un mejor acuerdo que el que pudo arrancar de Ucrania en ese momento. Las ciudades de Bucha y Bakhmut, así como la sobrevaloración de sus propias capacidades se lo impidieron.
El tiempo no solo ha pasado; también ha cambiado la naturaleza del conflicto. Hoy, la innovación y la inteligencia militar desplegadas por Ucrania, con el auxilio de Europa y Estados Unidos, han creado una situación de tablas que parece definitiva. La erosión militar, política, económica y social que enfrenta Rusia está detrás de ese estancamiento, que no se refiere solo a un frente inmóvil. Hoy existe un segundo frente, uno más profundo: el de los drones.
El segundo frente
La guerra que comenzó con grandes columnas blindadas ha convertido el campo de batalla en un espacio mucho más difícil de atravesar. La descripción que en agosto de 2026 hizo Dara Massicot, tras visitar Ucrania, resulta reveladora: ambos lados se encuentran altamente calibrados entre sí. Aunque no describió un estancamiento generalizado, sí utilizó la palabra stalemate para referirse a la maniobra blindada, porque los tanques ya no pueden emplearse como antes.
El ambiente se ha vuelto demasiado complejo por la saturación de drones y municiones FPV. El resultado es una combinación de guerra posicional y guerra de desgaste. La llamada zona de destrucción (kill zone) se ha ampliado; Massicot la describió con un radio de entre 20 y 30 kilómetros a partir de la línea de contacto. Moverse es difícil. Reabastecer las posiciones es muy complejo. “Rusia intenta ataques todos los días y experimenta con asaltos mecanizados mayores, pero cuando concentra fuerzas, esas concentraciones pueden ser detectadas y atacadas”, relata la investigadora.
La guerra se hace más lenta precisamente porque la tecnología permite ver y atacar con mayor rapidez. Es una paradoja que revive el desgaste de la guerra de posiciones de la Primera Guerra Mundial. En esta guerra, el frente se congela mientras el conflicto armado se profundiza. Hay un frente visible, que se mide en kilómetros, y otro profundo, que da cuenta de los drones, los interceptores, los misiles, la infraestructura energética, las capacidades industriales, la población disponible, el tiempo y la voluntad política. La erosión de las capacidades reales podría imaginarse como un barro espeso que inmoviliza a los ejércitos, mientras la voluntad política y social de resistir abre paso al ingenio. Eso es lo que la experiencia ucraniana permite observar.
De la fatiga a la erosión
Durante mucho tiempo llamé fatiga a aquello que observaba: muertos, éxodo, destrucción, agotamiento, recursos consumidos, economías sometidas al esfuerzo de guerra. Pero esa palabra resultó insuficiente. La fatiga puede ser temporal. La erosión es un proceso: acumulativo, multidimensional y, con frecuencia, imperceptible.
Un ejército puede seguir combatiendo mientras pierde capacidad para regenerar sus fuerzas. Una economía puede crecer mientras su estructura productiva se orienta progresivamente hacia las necesidades militares. Un gobierno puede mantener el control mientras disminuye su capacidad para corregir errores. La erosión no es una derrota, ni una crisis, ni el colapso ni una negociación. Puede contribuir a cualquiera de esos resultados, pero no es ninguno de ellos.
La erosión aparece cuando presiones de distinto tipo se superponen, se refuerzan y reducen progresivamente la capacidad de adaptación del actor afectado. Una pérdida militar aislada no constituye necesariamente erosión; tampoco lo son una sanción o una caída de los ingresos fiscales. Lo que interesa es la acumulación: si esos daños comienzan a alterar de forma persistente la relación entre objetivos, recursos y tiempo disponible.
Por eso, la erosión debe observarse como un proceso transversal, capaz de afectar simultáneamente la demografía, la economía, las finanzas públicas, la capacidad militar, la calidad institucional, la cohesión social, la legitimidad política y la credibilidad internacional. Ninguna de estas dimensiones evoluciona necesariamente al mismo ritmo. Un Estado puede preservar su capacidad militar mientras pierde población; sostener una economía de guerra mientras reduce su inversión civil; mantener la estabilidad política mientras disminuye su margen de maniobra diplomático.
Por eso, la erosión no puede inferirse de un solo indicador ni medirse como una línea descendente. Hay erosiones que coexisten con fortalecimientos: una guerra puede destruir infraestructura y, simultáneamente, acelerar la innovación militar. Esta es precisamente una de las dificultades del concepto.
Erosión latente
Una primera categoría es la de la erosión latente: el deterioro objetivo que todavía no ha sido reconocido plenamente por quienes dirigen un actor político, por sus élites o por sus observadores externos. Durante esta fase, los indicadores visibles de poder pueden conservarse: un Estado puede mantener un ejército operativo, una economía puede incluso crecer por efecto del gasto militar y un gobierno puede exhibir estabilidad. Pero, debajo de esas apariencias, pueden estar deteriorándose el capital humano, la productividad civil o las instituciones. También una economía en crecimiento puede estar acumulando peligrosos desequilibrios en indicadores básicos, como el PIB, el déficit fiscal y la deuda pública.
La importancia de esta categoría radica en distinguir entre continuidad formal y viabilidad sustantiva. Que una estructura política siga funcionando no demuestra que conserve intacta su capacidad de recuperación. La erosión latente no es una predicción de colapso: es una advertencia metodológica.
Rusia ofrece un caso particularmente interesante. Su escala territorial, económica y demográfica, la centralización de su sistema político y la reorientación de recursos hacia la defensa le han proporcionado instrumentos para absorber costos que Ucrania no posee en la misma medida. Eso debe ser reconocido: la erosión no equivale a incapacidad inmediata. Un actor puede experimentar deterioros estructurales y, al mismo tiempo, aumentar temporalmente su producción militar o mantener una apariencia de estabilidad. Confundir erosión con inminencia de colapso sería uno de los principales errores que la propia teoría debe evitar.
Resulta ilustrativo observar las cifras del presupuesto ruso destinado a la guerra. El Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo estimó que el gasto militar ruso alcanzó alrededor de 16 billones de rublos en 2025, unos 205 000 millones de dólares, cerca de 40% del gasto anual total. El proyecto de presupuesto para 2026 contempló inicialmente una reducción, pero la realidad de la guerra obligó a un ajuste que lo llevó a 180 billones de rublos, 244 000 millones, entre 46% y 50% del gasto total, un incremento neto de unos 50 000 millones de dólares respecto de 2025. Las estimaciones del presupuesto para 2027 lo colocan nuevamente en torno a 40% del gasto público total.
La trampa de la economía de guerra
Conforme a lo señalado por el Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad, Rusia habría entrado en una suerte de camino sin retorno: el gasto militar, al dirigirse a mantener el aparato de guerra, junto con salarios y compensaciones, sostiene el PIB. Si Moscú decidiera hacer recortes drásticos al presupuesto de guerra en 2027, la economía rusa entraría de inmediato en una profunda recesión estructural.
Estos datos no prueban que Rusia se encuentre próxima a un umbral de colapso. Indican la escala de la reasignación de recursos. La pregunta relevante no es si Rusia puede continuar la guerra en el corto plazo, sino si la prolongación de ese esfuerzo altera progresivamente la relación entre sus objetivos estratégicos y las capacidades que podrá sostener en el futuro. Rusia puede estar, en suma, en una situación de erosión latente. La opacidad de los datos y la centralización del poder exigen prudencia. No autorizan pronósticos de derrumbe, pero tampoco permiten equiparar continuidad operativa con sostenibilidad estructural.
Erosión reconocida
La erosión reconocida aparece cuando las élites políticas, militares, económicas o sociales admiten que determinados recursos o fuentes de legitimidad se encuentran bajo presión. El reconocimiento puede adoptar distintas formas: ajustes de objetivos, reformas, movilizaciones adicionales o intentos de negociación. Pero reconocer la erosión no implica necesariamente corregirla. Rusia intentó iniciar una corrección presupuestaria en su proyecto de 2026; la inercia del gasto militar y el estado de la guerra dieron al traste con ese intento.
Aquí aparece una de las cuestiones centrales de la guerra. La percepción del dirigente no necesariamente coincide con la realidad del sistema que dirige, sobre todo en sistemas de poder altamente concentrados, donde la centralización permite tomar decisiones rápidas, pero también limita la circulación de información. Esta situación no es exclusiva de las autocracias: también puede presentarse en democracias, donde distintos grupos sociales asignan pesos completamente diferentes a un mismo costo.
La erosión, por tanto, tiene una dimensión objetiva y otra perceptiva, y la distancia entre ambas puede ser decisiva.
El umbral erosivo
El umbral erosivo se alcanza cuando los daños acumulados modifican significativamente la viabilidad futura de un actor. No es un punto de colapso ni una línea que pueda establecerse con exactitud matemática. Es el momento a partir del cual recuperar las capacidades anteriores exige costos extraordinarios, plazos prolongados y condiciones políticas difíciles de reconstruir.
Una sociedad puede sobrevivir al umbral erosivo. Un Estado puede preservarse. Lo que ya no puede suponerse es el retorno automático a la situación previa. Las fechas de la victoria y de la derrota tienen caducidad: una estrategia puede haber sido viable en 2022 y dejar de serlo en 2026. La erosión modifica el valor del tiempo. El tiempo no es neutral: puede trabajar a favor de un actor, en contra de otro o, simultáneamente, en direcciones distintas.
Sobreextensión erosiva
La sobreextensión erosiva se produce cuando los objetivos estratégicos de un actor exceden las capacidades que conserva tras un proceso acumulado de deterioro. Es una desconexión creciente entre fines y medios: se vuelve erosiva cuando su prosecución obliga al actor a consumir recursos esenciales más rápido de lo que puede regenerarlos.
No se mide por la magnitud de la meta, sino por la relación entre la meta y los recursos disponibles para sostenerla. En la guerra en Ucrania, esta relación puede observarse en ambos lados. Rusia conserva recursos muy superiores en determinados ámbitos, pero eso no significa que todos sus objetivos sean igualmente sostenibles. El análisis no puede limitarse a preguntar quién tiene más; debe preguntar quién puede regenerar aquello que consume y, sobre todo, quién está dispuesto a cambiar sus objetivos cuando cambian sus capacidades.
La asimetría perceptiva
La asimetría perceptiva de la erosión constituye quizá el mecanismo que mejor explica por qué actores sometidos a presiones semejantes adoptan conductas radicalmente distintas. Es la distancia entre el deterioro objetivo que experimenta un actor y la importancia política que le atribuye. Un sistema político que penaliza la crítica puede impedir que los datos adversos se conviertan en reconocimiento político. Un sistema democrático puede disponer de información abundante y, sin embargo, distribuirla entre grupos que la interpretan de manera diferente. Aquí vuelve a aparecer el problema de inteligencia: no basta con conocer los datos, hay que entender el territorio que representan.
Ucrania: erosión y resiliencia
Ucrania ofrece el ejemplo más directo de erosión material en un conflicto prolongado. La destrucción de vivienda e infraestructura, las pérdidas humanas, el desplazamiento de población y la presión sobre las finanzas públicas constituyen factores acumulativos que afectan su capacidad futura de recuperación.
Pero Ucrania también muestra la otra cara del proceso: la erosión no elimina necesariamente la resiliencia. La destrucción puede estimular la innovación y la presión puede acelerar la adaptación. La guerra de drones es la manifestación más visible de ello: Kiev ha desarrollado la capacidad de atacar en profundidad el territorio ruso y convertir la infraestructura logística en un nuevo espacio de combate.
El caso de Wildberries es significativo. A principios de agosto de 2026, Ucrania realizó un ataque con más de seiscientos drones contra dieciséis regiones rusas, con impactos en Saratov, Engels y Samara. Una estimación de Data Insight citada por Forbes Rusia calculaba que entre 17% y 22% de la superficie logística total de la empresa había resultado dañada. Kiev sostiene que esos depósitos son utilizados para adquirir componentes de drones; Zelenski defendió la campaña como una forma de devolver la guerra a Rusia.
Como sucede comúnmente con los conflictos prolongados, la guerra de desgaste dejó atrás, desde hace tiempo, los blancos estrictamente militares como único objetivo. La capacidad ucraniana de realizar ataques en profundidad busca ahora dañar la economía rusa en sectores estratégicos y sembrar una sensación de dolor y temor entre su población. No es una simetría de capacidades, sino de vulnerabilidades: la parte que no puede derrotar militarmente a la otra puede intentar elevar el costo de continuar la guerra hasta modificar su cálculo.
Rusia: erosión y adaptación
Rusia no está derrotada. Decirlo sería confundir la existencia de un proceso erosivo con un desenlace que todavía no conocemos. Rusia ha demostrado una capacidad de adaptación considerable: la economía de guerra, la movilización industrial y la centralización política permiten absorber costos que, en otro sistema, generarían respuestas políticas más inmediatas.
La pregunta es cuánto puede durar esa adaptación y cuál será su costo. El crecimiento generado por el esfuerzo militar puede ocultar parte de la erosión: los indicadores inmediatos muestran actividad mientras la estructura profunda pierde capacidad de recuperación. Andrew S. Weiss, en la conversación publicada por el Fondo Carnegie para la Paz Internacional en agosto de 2026, advertía sobre la tendencia occidental a recurrir al determinismo económico cuando faltan otras herramientas: “No se puede suponer que (Vladimir) Putin abre por la mañana un periódico financiero y decide la guerra en función de los mercados”. El sistema ruso tiene oportunidades para redistribuir recursos internos, y eso debe tomarse en serio. Pero la capacidad de continuar una guerra no equivale a la capacidad de alcanzar los objetivos para los cuales se inició.
El problema de la información dentro de Rusia
Massicot señalaba que parte del problema para comprender la persistencia de la estrategia rusa radica en la información que llega hasta Putin: si un dirigente recibe la impresión de que sus fuerzas están a cuatro kilómetros de una ciudad fortificada cuando, en realidad, están a quince, las decisiones que adopta pueden ser radicalmente diferentes. La información falsa puede sostener una estrategia que los hechos ya no sostienen. El sistema puede estar experimentando erosión y la información puede mostrarla, pero, si el sistema de decisión no la reconoce, la erosión permanece latente y el actor puede seguir consumiendo recursos en una estrategia que ya no produce resultados.
Esta es la razón por la que el análisis de la erosión debe incorporar la inteligencia: no solo para conocer las posiciones enemigas, sino para conocer la distancia entre la realidad y la percepción de quienes toman las decisiones. Incluyamos también a la inteligencia humana, que se convierte en un factor fundamental para detectar, desde dentro, decisiones, tendencias y vulnerabilidades.
La vida útil de una guerra
Toda guerra tiene una fecha de caducidad. El problema es que no la conocemos. Puede continuar después de que sus objetivos originales hayan dejado de ser alcanzables, porque ningún dirigente encuentra políticamente posible reconocerlo o porque cada actor espera que algo cambie: en el campo de batalla, en Washington, en Europa; una crisis del adversario, un invierno duro, una fractura interna, una sucesión.
La guerra puede sobrevivir a la razón original que la hizo posible. Esta es la agonía. No es todavía la muerte. Es la prolongación de una vida que ya no tiene las mismas condiciones de existencia.
Carnegie: no hay final a la vista
La conversación de Carnegie de agosto de 2026, sostenida por Aaron David Miller con Massicot y Weiss, aporta una fotografía útil de esta agonía. Massicot, quien apenas regresaba de una visita a Ucrania, no veía en un horizonte de 6 meses ningún elemento capaz de resolver el problema central del campo de batalla: los rusos atacan todos los días y experimentan con asaltos mecanizados mayores, pero, en cuanto concentran fuerzas, estas son detectadas y neutralizadas.
Weiss describía, al mismo tiempo, un cambio importante: Rusia está fuera de balance como consecuencia de los ataques ucranianos contra su logística y contra su infraestructura energética e industrial. Putin ha creado, en palabras de Weiss, un problema estratégico para sí mismo: una Ucrania que continuará expandiéndose e innovando y frente a la cual Rusia tendrá que responder durante largo tiempo; un avispero para el que el Kremlin carece de solución porque la victoria total quedó fuera de la mesa.
Esta guerra no solo involucra a Kiev y Moscú; la libran, también, quienes la financian, quienes la arman y quienes la observan y aprenden de ella.
Lo que todo ello dibuja, coincidían ambos analistas, es una guerra más prolongada. No hay indicios de que Putin esté dispuesto a replegar sus ambiciones; es más probable que apueste a que su aparente, y tal vez sobrevalorada, cercanía con Donald Trump le permita presionar a Zelenski, o a que algo, en algún momento, incline la balanza a su favor. Massicot añadió un matiz importante: el sufrimiento de la guerra no se reparte por igual dentro de Rusia. En Crimea, la campaña de ataques de alcance intermedio ha comenzado a producir escasez real de alimentos, agua y electricidad para la población civil, mientras el aparato militar asegura primero sus propias necesidades. Ese dolor todavía no llega hasta Moscú, en buena medida porque la cadena de mando sigue reportando hacia arriba una versión de la guerra más favorable que la que ocurre en el terreno. El pueblo ruso, recordaba Weiss, no vota, y la estrategia del Kremlin ha consistido en mantenerlo atomizado políticamente y pasivo. No hay, hasta ahora, grietas visibles de movilización política amplia, y menos aún una fractura entre las élites.
La erosión no es el estancamiento mutuamente doloroso
La literatura sobre resolución de conflictos ha prestado considerable atención al momento en que los contendientes concluyen que continuar la guerra resulta más costoso que negociar. I. William Zartman llamó a esa situación estancamiento mutuamente doloroso (mutually hurting stalemate, MHS). El concepto no se refiere simplemente a una guerra costosa, sino a un estancamiento doloroso que las partes reconocen como tal y en el que existe una salida política aceptable. Es un punto de inflexión.
La teoría de la erosión, propongo, analiza otra cosa: el proceso que puede conducir hasta ese momento. La erosión estudia trayectorias; el MHS estudia decisiones. La erosión analiza transformaciones; el MHS estudia puntos de inflexión. La erosión observa lo que ocurre dentro de los actores antes de que estos reconozcan, si alguna vez lo hacen, que la continuación de la guerra ya no mejora su posición.
Por eso, la erosión no remplaza a Zartman; lo complementa. Una guerra puede ser extraordinariamente costosa y no producir un MHS. Las partes pueden estar erosionándose y, sin embargo, creer que el tiempo juega a su favor. Eso parece estar ocurriendo en Ucrania. Rusia puede calcular que el tiempo, su superioridad relativa de recursos o la fatiga de los apoyos occidentales terminarán mejorando su posición. Ucrania puede considerar que una negociación sin garantías de seguridad adecuadas implica un costo existencial superior al de continuar la resistencia. Ambos pueden estar sometidos a procesos erosivos significativos y, sin embargo, no converger hacia un estancamiento mutuamente reconocido como doloroso. La erosión no conduce inevitablemente a una negociación.
Rusia y Ucrania acusan los síntomas de una erosión que no ha llegado a ser causal de un desenlace precipitado. Los límites funcionales de esta guerra, aunque desgastados, no se recuperan con decretos, amenazas, discursos o golpes quirúrgicos. Nadie ganará la guerra. Alguien tendrá una mejor posición para negociar.
Esta guerra no solo involucra a Kiev y Moscú; la libran, también, quienes la financian, quienes la arman y quienes la observan y aprenden de ella. Esta guerra la libra también la opinión pública y las élites de ambos países, que empiezan a hacer sus propias cuentas.
¿Cómo termina algo que ya no puede ganarse? ¿Quiénes deciden, o intentan decidir, el desenlace? Eso lo trataremos de responder en una segunda parte.









