/ La geografía obliga a los países a desarrollar ciertas habilidades; algunas de estas se traducen en influencia, otras en resistencia.
Vivir entre potencias no enseña la misma lección a todos. Türkiye y Georgia representan ambas caras de una misma realidad. Una realidad que no se trata solo de construir alianzas, sino de entender cuándo acercarse, cuándo tomar distancia y cómo preservar un espacio propio.
Türkiye parece sentirse cómoda en la ambigüedad. Su ubicación la coloca en la intersección entre Europa, Asia y el Mediterráneo Oriental. No es casualidad que un día pueda hablar con Moscú y recibir a líderes europeos al siguiente; o formar parte de la OTAN y mantener una postura firme en defensa de Palestina. Entendiendo su entorno, Türkiye ha construido parte de su influencia a partir de la capacidad de dialogar con distintos actores y mantener abiertas varias puertas al mismo tiempo. Contradictorio para algunos, sí, pero Ankara parece haber entendido que su valor agregado radica precisamente en eso: en no pertenecer por completo a un solo espacio.
A diferencia de Türkiye, la posición geográfica de Georgia no le ha permitido moverse con el mismo margen de libertad. El país ha tenido que navegar el difícil y pesado equilibrio de convivir con un vecino mucho más poderoso mientras se intenta consolidar un proyecto europeo. Pero precisamente esa condición la ha llevado a desarrollar otra habilidad: la capacidad de mantener un rumbo propio incluso cuando las condiciones externas intentan definirlo. Conservar espacio para respirar y defender su autonomía es también una forma de poder.
Mientras muchos países apenas están aprendiendo a navegar un mundo más fragmentado, Türkiye y Georgia llevan décadas haciéndolo. Quizá por eso vale la pena observar a quienes nunca dejaron de vivir bajo esta lógica. Sus historias y luchas nos recuerdan que un mapa no es solamente un mapa, es también un archivo y resultado de procesos históricos, desafíos, decisiones y experiencias que sigue moldeando la forma en que los países entienden su lugar en el mundo.
Al final, los países que viven entre potencias saben que la estabilidad rara vez es permanente y que las decisiones pocas veces ocurren en escenarios ideales. Cada cambio en el equilibrio internacional modifica las oportunidades disponibles, pero también abre nuevos espacios de adaptación. Así que quizá esa sea la lección más grande de quienes han vivido durante años entre gigantes, que no siempre se trata de controlar el entorno, sino de aprender a moverse dentro de él sin perder la capacidad de decidir hacia dónde ir.
/ Las guerras no solo se pierden en el campo de batalla. La derrota más profunda llega después, cuando los aliados dejan de creer que merece la pena permanecer al lado de quien fuera su líder histórico. Eso es precisamente lo que está ocurriendo hoy en el espacio postsoviético de Europa Oriental, Cáucaso y Asia Central.
Durante décadas, Rusia construyó su influencia sobre una premisa aparentemente incuestionable: Moscú era el garante de la seguridad de las antiguas repúblicas soviéticas. Armenia fue uno de los ejemplos más claros. Bases militares rusas, pertenencia a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) y una estrecha dependencia económica convertían al país en uno de los socios más incondicionales, dependientes y leales al Kremlin.
Sin embargo, la guerra de Nagorno Karabaj ha cambiado esa percepción de forma irreversible.
Cuando Azerbaiyán recuperó militarmente el control del enclave, Armenia esperaba que Rusia cumpliera el papel que durante años había prometido desempeñar. La ayuda nunca llegó. Moscú, absorbido por la guerra en Ucrania y decidido a no enfrentarse directamente con Bakú, permaneció prácticamente al margen mientras más de cien mil armenios abandonaban Nagorno Karabaj y dejaban atrás su anhelo territorial.
Para Ereván, el mensaje fue devastador: la alianza con Rusia ya no garantizaba la supervivencia nacional.
Desde entonces, el Gobierno de Pashinyan ha acelerado un acercamiento que hace apenas unos años habría parecido impensable. La Unión Europea y Estados Unidos han pasado de ser actores secundarios para convertirse en socios estratégicos cada vez más relevantes. No porque Occidente ofrezca garantías absolutas, sino porque Rusia ha dejado de ofrecerlas.
Armenia sigue necesitando mantener relaciones con Moscú. Su dependencia energética y comercial continúa siendo fundamental y la geografía no puede modificarse. Pero la confianza, una vez perdida, rara vez se recupera.
Lo verdaderamente significativo es que Armenia no representa un caso aislado.
Kazajistán, probablemente el socio más importante de Rusia en Asia Central, también lleva varios años marcando distancias con el Kremlin. El presidente Tokayev se ha negado a reconocer las anexiones rusas de territorios ucranianos, ha defendido el principio de integridad territorial y ha intensificado las relaciones con la Unión Europea, Estados Unidos, Turquía y China. Recientemente exhortó públicamente a Putin a cesar las hostilidades y buscar la paz con Ucrania.
No se trata de una ruptura con Rusia. Sería una interpretación simplista. Se trata de algo mucho más profundo: una política exterior basada en la diversificación. Astaná ha comprendido que depender exclusivamente de una potencia representa hoy un riesgo estratégico demasiado elevado.
La misma lógica comienza a observarse en otros países de la antigua Unión Soviética. Moldavia acelera su integración europea; Azerbaiyán defiende su tradicional política de neutralidad apoyada en sus extensos recursos energéticos. Uzbekistán desarrolla una diplomacia cada vez más autónoma. Todos buscan ampliar su margen de maniobra en un mundo donde el equilibrio de poder cambia rápidamente.
Paradójicamente, la guerra de Ucrania, concebida por el Kremlin para reforzar su influencia regional, está produciendo el efecto contrario. La combinación entre el enorme coste económico y social del conflicto y la incapacidad para proteger a un aliado histórico como Armenia ha sembrado dudas donde antes existían certezas.
Rusia seguirá siendo un país de referencia en Eurasia. Su peso geográfico, militar y energético continuará condicionando las decisiones de sus vecinos durante muchos años. Pero el monopolio político que ejerció sobre buena parte del espacio postsoviético se ha resquebrajado en favor de una diversificación de relaciones con China, Turquía, países del golfo, Europa y EUA.
*Integrante de la UER sobre Mediterráneo Oriental, Cáucaso y Asia Central
/ El domingo 19 de julio terminó el Mundial 2026 de futbol. La cifra final: 20 mil millones de visualizaciones de video en todas sus plataformas y casi siete millones de espectadores en los estadios.
Es decir, por un mes cerca de 30 millones de personas dirigieron su atención hacia el mismo lugar; sin embargo, los mundiales son mucho más interesantes cuando terminan, porque una vez que se apagan los reflectores aparece una pregunta incómoda: ¿qué nos dice todo esto sobre la forma en que construimos nuestras sociedades?
Tendemos a pensar que el futbol es únicamente entretenimiento. Sin embargo, basta observar lo que ocurrió durante las últimas semanas para descubrir que también funciona como un espejo. En él aparecen reflejadas nuestras esperanzas, prejuicios, anhelos colectivos y miedos. El Mundial no inventó el racismo, la xenofobia ni el clasismo que vimos circular en redes sociales, tampoco creó la solidaridad, la alegría o la capacidad de emocionarnos junto a personas que jamás habíamos visto. Lo que hizo fue amplificar todo aquello que ya existía.
Y quizá sea precisamente ahí donde se encuentra una de las lecciones políticas más importantes de nuestro tiempo. Vivimos en sociedades que parecen cada vez más organizadas alrededor del miedo. Miedo a quien piensa diferente, a quien viene de otro país, a quien tiene otra religión, otra orientación sexual, otro color de piel o simplemente otra manera de entender el mundo.
El miedo se ha convertido en uno de los recursos políticos más rentables del siglo XXI, y no es una casualidad porque simplifica realidades complejas. Convierte problemas estructurales en relatos fáciles de consumir. Siempre ofrece culpables perfectamente identificables. Si algo no funciona, la responsabilidad recae en “los otros”: los migrantes, los pobres, las minorías, los extranjeros o cualquier grupo que pueda transformarse en amenaza.
Gobernar desde el miedo tiene una enorme ventaja para quienes ejercen el poder: evita que hagamos preguntas difíciles. Mientras discutimos entre nosotros, dejamos de preguntarnos por qué persisten las desigualdades, quién se beneficia de ellas o por qué ciertas formas de exclusión siguen reproduciéndose generación tras generación.
El problema es que el miedo poco a poco reduce nuestra capacidad de imaginar futuros compartidos, nos convence de que la competencia es más importante que la cooperación y que la desconfianza es más segura que la solidaridad.
Las plataformas digitales han aprendido perfectamente esta lógica. Hoy no siempre triunfa el contenido más verdadero o más útil, con frecuencia es el que provoca más indignación. Mientras más enojo genera una publicación, más interacción produce y más tiempo permanecemos frente a la pantalla. Y mientras estamos ahí, más rentables nos volvemos, porque el conflicto se ha convertido en un modelo de negocio.
Frente a ello, hablar de alegría quizá sea una de las discusiones más urgentes de nuestro tiempo. No me refiero a una alegría superficial, diseñada para ignorar los problemas o fingir que todo está bien, hablo de la alegría entendida como decisión colectiva, como la capacidad de construir comunidad incluso en contextos difíciles.
Los momentos más memorables del Mundial no fueron únicamente los goles o las ceremonias espectaculares, fueron también las historias de cooperación, pertenencia y encuentro que aparecieron a lo largo del torneo. Vimos a Shakira compartiendo escenario con los Ghetto Kids de Uganda, unos niños que crecieron en contextos de pobreza extrema y que encontraron en el arte una posibilidad para cambiar su historia. Verlos bailar frente a millones de personas fue un recordatorio de que el deporte también puede abrir espacios donde normalmente no los hay. A ello se suma que Burna Boy, la estrella nigeriana y ganador del Grammy, se ha vuelto viral al cantar junto a Shakira la canción oficial del Mundial 2026: “Dai Dai”, lo cual lleva al afrobeat al mundo.
Por eso vale la pena preguntarnos qué tipo de sociedades queremos construir ¿queremos comunidades organizadas alrededor de enemigos permanentes o comunidades capaces de imaginar proyectos comunes? ¿queremos ciudadanos movilizados por el resentimiento o por la posibilidad de transformar su realidad? ¿queremos gobernar desde el miedo o aprender a vivir desde la alegría?
La diferencia es más importante de lo que parece. Una sociedad gobernada por el miedo levanta muros y ve peligro en todas partes, una que apuesta por la alegría construye puentes encuentra su fuerza en la cooperación y no ignora los problemas, pero tampoco permite que éstos definan completamente su horizonte y sus historias.
Quizá por eso la pregunta más relevante que dejó el Mundial 2026 no tiene que ver con quién levantó la Copa, si le íbamos a España o a Argentina, tiene que ver con el tipo de emociones que moldean nuestra vida pública. Porque las emociones también organizan sociedades, distribuyen poder y determinan qué futuro consideramos posible.
Y hoy, cuando la indignación parece dominar la conversación pública, defender la alegría puede convertirse en un acto profundamente político y urgente. No porque resuelva mágicamente nuestros problemas, sino porque la historia demuestra que las sociedades avanzan cuando son capaces de imaginar algo mejor. Y para imaginar un futuro distinto hace falta algo que el miedo nunca podrá ofrecer: esperanza. Construyamos la gozosa rebeldía de la alegría.
Pete Hegseth, secretario de Guerra, viajó a la ciudad de Panamá en la semana. Entre otras actividades, dirigió un mensaje a los representantes de 19 países de América Latina y el Caribe que participaron en el foro de la “Coalición de las Américas contra los Cárteles (A3C),” iniciativa conocida también como el “Escudo de las Américas,” que confirma el alineamiento de la mayoría de los países latinoamericanos y caribeños con la visión del gobierno de Donald Trump sobre el uso de la fuerza militar para combatir a los grupos delictivos transnacionales. Con la adhesión de Colombia en la ciudad de Panamá a la A3C, formalizada por Hegseth y Jorge Mora, ministro de Defensa de ese país, los más grandes ausentes de ese mecanismo militar regional lidereado por Estados Unidos son México, Brasil y Venezuela. Esta reunión se dio a las dos semanas del anuncio del Comando Sur de Estados Unidos para reorientar a la fuerza de trabajo denominada “Espada del Sur” (JTF 84-2), creada en 2025 para interrumpir el flujo de drogas que transportan las “organizaciones terroristas extranjeras,” por una que abarcará con ese mismo propósito a todo el Hemisferio Occidental (JTF-WHEM). Una de las principales funciones de “Espada del Sur” ha sido dirigir los ataques de las fuerzas militares de Estados Unidos a embarcaciones en el mar Caribe y el océano Pacífico que presuntamente transportaban drogas. Ante este panorama de recomposición, conviene hacer una recapitulación sobre el origen de A3C, analizar el discurso de Hegseth en Panamá e identificar las perspectivas para México.
¿Qué es A3C?
El 5 de marzo se llevó a cabo en Doral, Florida la primera reunión de la A3C. Pete Hegseth, secretario de Guerra, encabezó este encuentro con representantes de las fuerzas armadas de 17 países. Los participantes aprobaron una declaración conjunta en la que se comprometieron a ampliar la cooperación bilateral y multilateral para mejorar la seguridad en el Hemisferio Occidental y a formar una coalición para combatir al “narcoterrorismo.” En esa ocasión, Hegseth reiteró la vigencia de la doctrina Monroe y resaltó la voluntad de Trump de reestablecerla mediante el corolario que lleva su nombre. Subrayó además el compromiso del gobierno de Trump para proteger las fronteras de Estados Unidos como una prioridad de la defensa nacional y para llevar a cabo acciones ofensivas en contra de los “narcoterroristas.” Llamó a los países de América Latina y el Caribe a hacer más para luchar contra el “narcoterrorismo” por medio de la fuerza militar y para invertir en su seguridad. En caso de no hacerlo, dijo que Estados Unidos actuará por su cuenta. En la conferencia también participó Stephen Miller, consejero de Seguridad Interna de la Casa Blanca, quien sostuvo que los carteles en la región son el equivalente del Estado Islámico (ISIS) y Al Qaeda por lo que deben ser tratados despiadadamente por medio de la fuerza militar. Consideró que el enfoque legalista para combatir al narcotráfico ha resultado un fracaso.
Dos días después, Donald Trump presidió en Miami, Florida, una reunión con líderes afines de 12 países de América Latina y el Caribe. En el evento, denominado cumbre para el “Escudo de las Américas”, se refirió a la amenaza que representan para la región los carteles de las drogas identificada por la A3C e instó a los participantes a utilizar la fuerza militar para erradicarlos. En su intervención Trump dijo que México es el epicentro de la violencia generada por los carteles. Si bien reconoció su buena relación con Claudia Sheinbaum, en tono irónico se refirió a las ocasiones en las que ha negado el envío de apoyo militar estadounidense para erradicar a los carteles.
Hegseth en Panamá
Entre otros mensajes, en su discurso en la reunión de la A3C que se llevó a cabo en la ciudad de Panamá, Pete Hegseth reconoció los avances de la agrupación en la lucha conjunta contra “narcoterroristas,” pandilleros y traficantes de personas que identificó como el ISIS y Al Qaeda del Hemisferio Occidental. Resaltó los logros de la operación “Espada del Sur” para matar a “narcoterroristas” que se encuentran en las embarcaciones que presuntamente transportan drogas. También subrayó los éxitos para acabar con las ideologías del socialismo radical y el comunismo en la región y con todo lo que apoyan. Por ello, hizo un llamado a todos los países pertenecientes a la A3C a abandonar la Corte Penal Internacional por carecer de una base legítima y a rechazar sus intentos para limitar su soberanía. Consideró que las acciones que llevan a cabo las fuerzas militares de Estados Unidos en la región se apegan en su totalidad al derecho de los conflictos armados.
Más adelante, Hegseth se refirió a los avances concretos de la agrupación. Felicitó a Ecuador por ser el primer país de la A3C en participar junto con Estados Unidos en operaciones kinésicas en contra de “narcoterroristas.” Agradeció además a Guatemala y a Honduras por invitar a fuerzas estadounidenses a operaciones combinadas para combatir a organizaciones delictivas en su territorio y a Jamaica por formar una nueva asociación militar con el Departamento de Guerra para atacar a esos grupos en el mar Caribe. Adicionalmente, anunció la adhesión de Colombia a la A3C y dijo que el nuevo gobierno de ese país autorizó operaciones militares conjuntas con Estados Unidos para combatir a grupos delictivos.
Después de describir esos avances, Hegseth hizo referencia otra vez al corolario Trump de la doctrina Monroe y a la defensa de las naciones del Hemisferio Occidental de las amenazas externas que provengan del “narcoterrorismo” o de actores malignos. También hizo un llamado para que los gobiernos de la coalición aumenten el gasto militar para la defensa común, siguiendo el ejemplo que Estados Unidos ha impulsado con sus aliados de la OTAN. Recalcó que el objetivo de la A3C es desmantelar a los carteles para dar seguridad a la ciudadanía de cada país y en última instancia, como naciones occidentales y cristianas, defender una herencia civilizatoria común. Para concluir, declaró que el lema de A3C, “el nuevo sheriff de la localidad,” debe ser “Hacemos cosas malas a personas malas.”
Perspectivas para México
Conforme se han incorporado más socios, el aislamiento de México de la coalición de naciones que coinciden con los objetivos de Estados Unidos en la lucha contra los carteles es cada vez más claro. En el caso de un eventual triunfo de Flávio Bolsonaro en las elecciones presidenciales de octubre, sin duda Brasil se acercará a la A3C. Claudia Sheinbaum ha reiterado en numerosas ocasiones el rechazo a las operaciones conjuntas en el territorio nacional para enfrentar a grupos delictivos mientras que uno a uno, los países de la región han aceptado ese tipo de intervención o la van a iniciar.
Sheinbaum no se ha referido todavía a la reciente reunión de la A3C. Sin embargo, a pregunta expresa sobre la decisión del Comando Sur de Estados Unidos de establecer la Fuerza de Trabajo para el Hemisferio Occidental, la presidenta recordó el 7 de agosto que normalmente, las fuerzas armadas de México se coordinan con el Comando Norte. De hecho, esta semana hubo un importante ejercicio simultáneo de fuerzas de seguridad de ambos países en Ciudad Juárez y El Paso. Al darle Estados Unidos más atribuciones al Comando Sur, Sheinbaum agregó que en lo que corresponda, la coordinación se hará con esa instancia sobre la base de los principios establecidos para la cooperación en materia de seguridad, en particular el de “defensa de la territorialidad” y el de la “colaboración sin pérdida de la soberanía.”
Sin embargo, en la medida en que las organizaciones delictivas mexicanas sean vistas ya no solo por Estados Unidos sino por los países de la región como el epicentro de la violencia generada por los carteles, como lo ha planteado Trump, la presión sobre el gobierno de México para aceptar operaciones conjuntas crecerá.
/ El progreso o fracaso de la izquierda demócrata en la selección de candidatos al congreso ha centrado la atención pública, pero la verdadera historia política está en lo que parece una base de votantes demócratas e independientes determinados a frenar o echar atrás a lo que muchos ven como la revolución derechista encabezada por el presidente Donald Trump.
/ Europa llega al final del verano con algo más que temperaturas extremas, llega con una advertencia: el calor empieza a dejar de ser un episodio excepcional para convertirse en una variable que condiciona la economía, las infraestructuras y la capacidad de los Estados para responder.