/ Guyana, un pequeño país de Sudamérica, ha experimentado el mayor crecimiento del producto interno bruto (PIB) per cápita del mundo en la última década. En 2020, Guyana comenzó a extraer petróleo. Entre 2020 y 2023, la producción petrolera del país creció un 425%, convirtiéndose en un contribuyente clave al aumento de la oferta mundial de crudo. Guyana ha registrado tasas de crecimiento cercanas al 47% anual desde 2022, lo que la convierte en la economía de mayor expansión del mundo mientras el mundo busca alcanzar el 2%. Sin embargo, ¿qué ocurrió? La respuesta se encuentra a unos 190 kilómetros de su costa atlántica. En 2015, un consorcio liderado por ExxonMobil descubrió enormes reservas petroleras en aguas profundas del bloque Stabroek.
/ Hace unos días, México, Belice y Guatemala celebraron el aniversario de la creación del corredor biocultural que los une, parte de la memoria regional. Faltan pocos meses para la revisión bianual de los compromisos globales en el campo de la biodiversidad. En la zona arqueológica de Caracol en Belice, se reunieron en ocasión del primer aniversario del Corredor Biocultural de la Gran Selva Maya (BSGM), uno de los más importantes en la región latinoamericana y caribeña. Organizadores y comunidades de los tres países recordaron la importancia de los compromisos trilaterales para la conservación de este patrimonio natural y biocultural.
/ Analiza que la situación actual en la Franja de Gaza no representa una negociación de paz consolidada, sino un intento de Estados Unidos por destrabar un diálogo estancado en una pregunta fundamental: ¿quién debe dar el primer paso?. Washington, a través de su enviado especial Jared Kushner, busca poner en marcha un plan gradual que contempla la desmilitarización del enclave, el desarme de Hamás y el retiro de las fuerzas israelíes.
/ Las guerras siempre han producido conocimiento: cada conflicto deja nuevas tácticas, tecnologías y formas de combatir que después circulan mucho más allá del campo de batalla.
Ucrania muestra con especial claridad este fenómeno. En pocos años, el uso de drones comerciales adaptados, sistemas FPV, reconocimiento aéreo y guerra electrónica ha evolucionado a una velocidad extraordinaria. Esto abre una preocupación que toca directamente a México: ¿qué sucede cuando parte de ese aprendizaje llega a manos del crimen organizado?
/ Confieso que no acabo de entender si la decisión estadounidense de cancelar la visa a "Andy" López es un delito de lesa majestad que merece el rechazo nacional, una medida de presión política o una lesión autoinfligida.
/ Hace 28 años recorrí Cuba junto con mi padre. De aquel viaje conservo muchas imágenes, pero ninguna tan clara como la noche en que escuchamos a Silvio Rodríguez y Luis Eduardo Aute en el Teatro Karl Marx. La Habana parecía un museo viviente: automóviles de los años cincuenta, fachadas que respiraban otra época y una sociedad que, pese a las carencias, todavía transmitía una sensación de “esperanza”. Todo parecía congelado en el tiempo; el sistema, al parecer, aún sobrevivía.
Tres décadas después, la pregunta resulta inevitable: ¿qué fue lo que pasó con Cuba?
Sería un enfoque parcial atribuir toda la responsabilidad al embargo estadounidense. Ha sido un factor determinante durante décadas y ha limitado seriamente el acceso de la isla a financiamiento, inversión y comercio. Pero también sería ingenuo ignorar que buena parte de la tragedia cubana nació desde dentro. Ningún embargo explica por sí solo la ausencia de productividad, la asfixia de la iniciativa privada, la centralización absoluta de las decisiones económicas ni la incapacidad del Estado para corregir sus propios errores.
Un pensador cubano que conocí en aquella ocasión resumía esa contradicción con una frase contundente: "Fidel hablaba de comunismo, pero firmaba sus documentos con Montblanc." En pocas palabras, retrata el problema esencial de muchos proyectos revolucionarios: el sacrificio siempre fue para la población; los privilegios, para quienes ejercían el poder.
Durante décadas, el modelo sobrevivió gracias a subsidios externos. Primero fue la Unión Soviética; después, la Venezuela de Chávez y Maduro. Cuando ambos soportes desaparecieron o se debilitaron, quedó al descubierto una economía incapaz de sostenerse por sí misma.
Las cifras son contundentes. La economía cubana acumula cinco años consecutivos de contracción o estancamiento y todavía permanece alrededor de 10% por debajo de su tamaño en 2019. Sectores como la agricultura y la industria han perdido más de la mitad de su capacidad productiva; la manufactura continúa en retroceso y el ingreso de divisas ha caído drásticamente.
El deterioro cotidiano resulta todavía más dramático. Los apagones de hasta veinte horas diarias se han convertido en parte de la normalidad en numerosas provincias; la escasez de alimentos y medicamentos obligó incluso al gobierno a solicitar apoyo alimentario internacional, mientras que cientos de miles de cubanos han abandonado la isla en la mayor ola migratoria de su historia reciente. Entre 2021 y 2023, la población disminuyó cerca de un 10%, principalmente por la emigración. Cuando una nación exporta más talento que productos, pierde más población que inversión y ofrece a sus jóvenes como principal proyecto de vida la emigración, el fracaso ya no admite eufemismos.
La historia de Cuba no debería utilizarse para alimentar trincheras ideológicas, sino para recordar que ningún modelo político está por encima de la realidad. Las ideas pueden inspirar revoluciones; la economía, en cambio, exige resultados. Cuando el poder sustituye la libertad por el control, el mercado por la miseria y la crítica por el silencio, las consecuencias terminan pagándolas millones de personas.
Las ideologías radicales suelen enamorar por sus promesas, pero con demasiada frecuencia terminan justificando el sufrimiento en nombre de un futuro que nunca llega. Cuba es quizá el ejemplo más doloroso de esa contradicción. Una revolución que prometía dignidad terminó administrando escasez; un proyecto que hablaba de igualdad produjo privilegios; un sueño de justicia concluyó en resignación.
Las revoluciones pueden cambiar gobiernos. Lo verdaderamente difícil es construir un país donde la libertad y la prosperidad caminen de la mano.
/ Probablemente la ironía más grande del sexenio lópezobradorista –y de los gobiernos de Morena– fue el enorme interés en preservar el tratado comercial con Estados Unidos y Canadá. El acuerdo fue concebido por El Innombrable mientras era vituperado por la izquierda en general, y por López Obrador y Claudia Sheinbaum en particular. Sin embargo, mientras hoy la izquierda populista se aferra al tratado, destruye sus pocos cimientos nacionales en un entorno estadounidense más amenazador aún.
El fin de la Guerra Fría prometió “un nuevo orden mundial” en el que las naciones se unirían en torno a “las aspiraciones universales de la humanidad: paz y seguridad, libertad y el imperio de la ley”, según el expresidente estadounidense George H.W. Bush. Fue en ese contexto que Estados Unidos decidió firmar el acuerdo comercial más ambicioso hasta entonces. Pero, por otra parte, la visión de Carlos Salinas de Gortari fue enorme: atraer inversión al país mediante la firma del tratado, en un contexto de creciente competencia ante la integración de numerosos países europeos en el mercado mundial. Como México era pobre y no tenía un estado de derecho que pudiera atraer inversiones, recurriríamos al “outsourcing” jurisdiccional mediante arbitrajes y acceso a la jurisdicción estadounidense.
El resultado ha sido evidente: México pasó de ser un país exportador de materias primas a uno de manufacturas (¿qué habría sucedido bajo López Obrador con cuantiosas reservas de petróleo y una economía petrolizada?). El gran problema, empero, fue que México no acompañó su entrada al TLCAN con un programa de fortalecimiento estatal. Un área gubernamental que quedó en la misma condición maltrecha fue, precisamente, el estado de derecho. Hicimos el “outsourcing” jurisdiccional y, por consiguiente, seguimos arrastrando problemas mayúsculos en toda la cadena de cumplimiento de la ley: policías que investiguen, fiscalías que integren casos, juzgadores que impartan justicia y cárceles que separen y reinserten.
El futuro nos ha alcanzado. En cierta medida, la llegada de la extrema derecha a la Casa Blanca obedeció a la desconfianza de los estadounidenses hacia el libre comercio. Si antes todo presidente estadounidense dejaba como parte de su legado la firma de acuerdos comerciales, desde la primera presidencia de Trump no se ha vuelto a firmar tratado comercial alguno. El representante comercial en la primera presidencia de Trump, Roberto Lighthizer, vio nuestra debilidad y actuó en consecuencia: como parte del TMEC debilitó diversos mecanismos jurídicos de protección a las inversiones estadounidenses en México. Es el TLCAN, pero al revés: desincentivar la llegada de inversiones al país. “Si nosotros respaldamos la inversión, estamos inclinando la balanza y alentándolo a trasladar su planta allá”, declaró en una comparecencia ante el Congreso en marzo de 2018. Se refería a México.
La llegada de la izquierda populista al poder en México ha complicado aún más la situación. Porque destruyeron los organismos autónomos, mientras continuamos con una epidemia de inseguridad. Porque cada vez queda más en evidencia la colusión entre el poder político y el poder criminal, mientras se capturó al Poder Judicial. La salida fácil que representaba el TMEC se nos está acabando, mientras seguimos debilitando aún más nuestro estado de derecho y el Estado mexicano en general. Y por ello la economía no arranca, y no arrancará.
/ Hace una semana falleció Don Miguel Mancera a los casi 94 años. Dejó una huella indiscutible en la historia económica y financiera del país. Su legado más importante fue haber tenido la visión de transformar al Banco de México en una institución autónoma. Se caracterizó por ser un economista riguroso, banquero central comprometido, siempre institucional, con firmeza en sus convicciones, visionario para formar cuadros y respetuoso, pero exigente con el personal. Le tocó lidiar con las peores crisis financieras del país, la de 1982, la de fines de 1994 y, en 1987, con la inflación de tres dígitos.