/ Héctor Cárdenas, presidente de COMEXI, habla en entrevista con Leonardo Curzio sobre el *Council of Councils*, un encuentro que se realiza dos veces al año y reúne a think tanks de distintas partes del mundo para analizar la coyuntura internacional y los retos del multilateralismo. Este año, COMEXI es anfitrión de esta conferencia, que promueve el diálogo y el intercambio de perspectivas sobre los principales desafíos globales.
/ ¿Qué ocurre cuando una fuerza irresistible se topa con un objetivo inamovible? Los gobernantes y los políticos administran y articulan proyectos de la más diversa índole, pero al final del día están constreñidos por el contexto tanto nacional como internacional en el que existen. Hoy México enfrenta una serie de dilemas que no están en el radar, pero que van a transformar al país, independientemente de lo que el gobierno o los políticos quieran o decidan.
Hay dilemas profundos y trascendentes y otros coyunturales, pero ambos se acumulan en la medida en que no se encaran. El dilema más obvio se deriva del cambio tecnológico que en los últimos años dejó de ser lineal para convertirse en exponencial. Los debates que tienen lugar en el mundo respecto a la inteligencia artificial muestran la velocidad del cambio que sobrecoge a todas las funciones y actividades económicas y sociales. México no está “pensando” en términos del cambio que ya está aquí y para el cuál no se está desarrollando la infraestructura necesaria.
Un segundo dilema radica en el cambio demográfico que ya nos rebasó. Hace tiempo que el país comenzó a envejecer, pero ahora la encuesta intercensal lo confirma: la tasa de natalidad ha declinado, colocándose por debajo de la tasa de reemplazo. La supuesta gran oportunidad de transformarse a través del llamado “bono demográfico” fue dilapidada porque nunca se construyó la capacidad educativa y de salud para sustentar ese optimismo. En vez de una economía altamente productiva que compense la circunstancia demográfica, lo que crece es la economía informal porque ahí se concentran las clientelas políticas. El tsunami que viene será brutal.
La educación es otro caso desperdiciado, en acelerado deterioro. No se requiere demasiada ciencia para comprender la vinculación entre los dos dilemas anteriores: el acceso a la tecnología y la urgencia de elevar la productividad. México corre el riesgo de acabar siendo un país viejo y pobre, la peor combinación imaginable. Y tampoco sorprenderá a nadie que la única forma de aminorar el riesgo de que esto ocurra depende de la formalización de la economía y su transformación en una plataforma que eleve la productividad de manera deliberada, para lo cual los factores cruciales son la educación, la infraestructura y la salud, tres de las lacras presupuestales (y conceptuales) de los últimos años.
A los dilemas “estructurales” antes mencionados se suman los más coyunturales que conforman el panorama nacional. Dos me parecen especialmente prominentes por su propensión a impactar la vida cotidiana en el futuro mediato. Uno es la cada vez más compleja relación con Estados Unidos; la otra son las crecientes fisuras políticas que caracterizan a todo el aparato político, los partidos y, en general, a la sociedad mexicana.
Por lo que toca a nuestro vecino del norte, México pasó de ser percibido como la esperanza y la oportunidad de convertirse en una nación desarrollada en los noventa (con la asistencia norteamericana a través del TLC), a una nación prácticamente fallida en el presente. Si bien su gobierno actual se caracteriza por una inusual estridencia, su perspectiva es representativa de buena parte del establishment estadounidense.
Para México -el gobierno así lo reconoce- es evidente la trascendencia del tratado comercial, al cual han dedicado vastos recursos humanos, regulatorios y retóricos (no siempre útiles…). Sin embargo, sigue sin entenderse que los objetivos, conceptos y valores que animaron la cercanía hace cuatro décadas ya no están vigentes. Como dice Arturo Sarukhan, México requiere comprender y adoptar el marco conceptual, y su consecuente nuevo lenguaje, que empate el paradigma de seguridad que hoy domina la visión norteamericana, así como aceptar que el contubernio con el crimen organizado es un obstáculo infranqueable. Sin eso, el TMEC será historia.
Finalmente, uno debería preguntarse si es factible encarar desafíos y dilemas tan profundos, trascendentes y fundamentales dado el panorama político que nos caracteriza. México está polarizado y dividido no sólo por diferencias en el desempeño económico y social, sino sobre todo como resultado de una estrategia expresamente concebida para ello. Esa estrategia permitió dos triunfos electorales para el partido hoy en el gobierno, pero constituye una plataforma por demás pobre para lo que viene.
Las divisiones y grietas no son sólo retóricas. Las nominaciones de candidatos de Morena exhibieron las fracturas que lo caracterizan, así como sus propias limitaciones. El desprestigio y pobre liderazgo de los partidos de oposición no contribuyen a mejorar el escenario. Las debilidades son mucho mayores que las fortalezas, en todos los planos, y no hay liderazgo susceptible de sumar. Los frentes abiertos se multiplican sin acción y, sobre todo, sin capacidad de reacción.
Esta no es la primera vez que el país enfrenta dilemas trascendentes, pero es sin duda la primera vez en la era que nos ha tocado vivir en que se conjuntan las debilidades políticas con la aceleración del cambio tanto interno como externo. Como dice Edmundo O’Gorman, “Desde la independencia, nuestra historia se ha debatido en un dilema que recuerda el de Hamlet: querer ser de un modo y no querer serlo cabalmente.”
/ Un "meme" lanzado por el presidente argentino Javier Milei la semana pasada muestra a la presidenta Claudia Sheinbaum sentada sola en una mesa redonda bajo el título Foro de Sao Paulo, un organismo internacional que aglutina grupos de izquierda, y un mensaje: "Estamos limpiando el continente".
Al confrontar a Canadá, Trump escoge la batalla incorrecta; amenazas no son creíbles
Si se hiciera un análisis objetivo de cuál es el país más confiable del mundo, Canadá estaría en la parte más alta de la lista. Estados Unidos (en los tumultuosos días de Donald Trump) mucho más abajo. Suena un tanto risible que su presidente sostenga que las negociaciones con su socio del norte fracasaron porque los canadienses no son confiables para negociar. En sus propias palabras, escribió en redes ayer: “they are among the worst Nations in the World to deal with. They feel entitled, and yet, WE DON’T NEED CANADA, THEY NEED US!” (Son una de las peores naciones en el mundo con quien negociar. Sienten que tienen derechos y, sin embargo, NO NECESITAMOS A CANADÁ, ¡ELLOS NOS NECESITAN!)
Esta reacción visceral de la Casa Blanca y la amenaza de nuevos aranceles de 50 por ciento a automóviles, camiones, autopartes y acero a partir de enero 2027 responde al reciente fracaso de las negociaciones para lograr un acuerdo que disminuyere aranceles que Estados Unidos ha impuesto ilegalmente y para los que Canadá ha respondido, de manera muy parcial y modesta, con aranceles compensatorios a las exportaciones estadounidenses.
Merece la pena recordar la cronología para tratar de dilucidar en qué puede terminar todo esto. Cuando Trump llegó a la Casa Blanca por primera vez en 2017 encontró tres obstáculos legales para imponer sus amados aranceles: uno, son un impuesto y por lo tanto requieren de autorización del Congreso en iniciativas que surjan de la Cámara de Representantes. Dos, Estados Unidos tiene aranceles consolidados cercanos a tres por ciento promedio en la Organización Mundial de Comercio (OMC) y aplicados de casi el mismo nivel, por lo que los aranceles no pueden incrementarse sin violar compromisos multilaterales (ver propuesta de reforma a la OMC para superar este problema). Tres, para ciertos países, sobre todo Canadá y México, Estados Unidos está comprometido a cobrar cero aranceles para todos los productos que cumplan con la regla de origen del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) primero y luego del Tratado México, Estados Unidos Canadá (T-MEC).
Peter Navarro, su asesor comercial, le explicó que la única manera de hacerlo era apelar a las excepciones de seguridad nacional que contemplan la ley de Estados Unidos y todos sus tratados. La excepción de seguridad nacional fue diseñada para que los países pudieren desviarse de sus compromisos internacionales en casos de emergencia nacional, de guerra, ataques nucleares y eventos similares. Abusar de esta excepción la pervierte.
Trump utilizó la sección 232 de su legislación comercial para imponer aranceles en acero y aluminio, en 2018. México y Canadá interpretaron, correctamente, que los aranceles de seguridad nacional eran una salvaguardia disfrazada, basados en múltiples declaraciones de Trump que los justificaban en términos de empleo e inversión y en el testimonio del Departamento de Defensa de que el acero y aluminio comerciados con México y Canadá (y algunos otros países) no representaban un riesgo de seguridad nacional al ser países amigos y confiables. Con base en el capítulo ocho del TLCAN, México y Canadá impusieron aranceles contra exportaciones de Estados Unidos para compensar la pérdida de acceso. La compensación funcionó; en algunos meses la Casa Blanca retiró los aranceles para sus socios de América del Norte y se eliminaron también las represalias.
Poco tiempo después, se terminó la negociación del T-MEC y en ella permaneció la facultad de compensación inmediata en caso de salvaguardias, ahora en el capítulo diez.
La llegada de Trump II en 2025 fue mucho más agresiva: impuso primero aranceles bajo la International Emergency Economic Powers Act (IEEPA) a todos los países, aunque las exportaciones canadienses y mexicanas quedaran exentas si cumplían con las reglas de origen del T-MEC. Posteriormente impuso aranceles de seguridad nacional sectorial bajo la sección 232 a acero y derivados, aluminio y derivados, vehículos (al contenido no estadounidense los que cumplan con la regla de origen del T-MEC), autopartes (las que cumplan con la regla de origen del T-MEC exentas), cobre y algunos derivados y madera. A diferencia de 2018, México prefirió no usar su derecho compensatorio y los dejó pasar. Canadá, por su lado, sí ejerció ese derecho de forma moderada, pero ello bastó para tensar la relación con Estados Unidos. Tanto, que el primer ministro Trudeau perdió su puesto. El resto de los países del mundo prefirió no tomar represalias a pesar de la arbitrariedad de Estados Unidos.
Trump inspiraba temor y se optó por llevar la fiesta en paz. De haberse tomado represalias generalizadas, es posible que hoy ya no hubiere aranceles, pero el hubiera no existe.
A inicios de 2026, la Suprema Corte de Estados Unidos declaró ilegales los aranceles impuestos mediante IEEPA. Trump los sustituyó con aranceles de diez por ciento bajo la sección 122 para enfrentar desequilibrios en la balanza de pagos (México y Canadá exentos si se cumplía con la regla de origen del T-MEC), que expiraron el 24 de julio sin la necesaria extensión por parte del Congreso (imposible que Trump consiguiera los votos). Ahora está en proceso de imponer nuevos aranceles bajo la sección 301 con los pretextos de falta de control de importaciones de bienes con trabajo forzado y exceso de capacidad instalada. Finalmente, Trump amenazó a Canadá con aranceles considerados en la sección 338 (que requiere mostrar discriminación contra Estados Unidos) para que se retiraran los aranceles de compensación parcial que el gobierno canadiense impuso como respuesta a algunos, pocos, de los aranceles de la sección 232.
El fracaso del fin de semana implica el cumplimiento con la amenaza de la sección 338 que se iba a desactivar de haberse acordado una reducción significativa de los aranceles bajo la sección 232. El primer ministro canadiense Mark Carney explicó que Estados Unidos demandó concesiones adicionales inaceptables sin ofrecer nada a cambio y prometió sí compensar los aranceles ahora impuestos, pero a partir del ocho de septiembre.
En este contexto, Trump acaba de volver a amenazar con aranceles de hasta 50 por ciento a automóviles, camiones, autopartes y acero canadienses a partir de enero de 2027. Esta amenaza no es creíble. Las principales compañías perdedoras son estadounidenses. Por el contrario, en caso de que el conflicto con Canadá se agudice puede iniciar un proceso de fuerte oposición doméstica en contra de su política comercial. Ése sería, sin duda, el sentir del Congreso, cuyo Senado ha votado ya dos veces en contra de aranceles para con Canadá. Puede tener un impacto en las elecciones de noviembre, en el medio oeste y en los estados vecinos de Canadá.
Finalmente, y esto es lo más importante, puede orillar a las empresas de Estados Unidos a pronunciarse con mucho mayor énfasis en contra de aranceles arbitrarios y a litigar la ilegalidad no sólo de los impuestos bajo la sección 122, sino también bajo la 338 y la 301, pero, sobre todo, bajo la sección 232. Claramente la Casa Blanca ha abusado de sus facultades al usar estas secciones, invadido una esfera exclusiva del Congreso, violado compromisos internacionales y comprometido la reputación de Estados Unidos como país confiable.
Los eventos en Irán y en el estrecho de Ormuz, la errática política con respecto a Ucrania, la presión del mercado de bonos de gobierno, las elecciones en noviembre y ahora el enfrentamiento con Canadá, terminarán debilitando a Trump en el ámbito político y económico interno. De todos ellos, el menos importante es el de Canadá, pero puede volverse la gota que derrame el vaso.
Es tiempo que el Poder Judicial, el Congreso y el sector privado de Estados Unidos asuman su responsabilidad histórica. Aunque no pueden esperar a que otros países les resuelvan su problema, Mark Carney, quizá después otros más, les muestra el camino.
Lo único bueno que puede decirse de Trump es que obliga a los países a asumir sus responsabilidades: Europa a apoyar a Ucrania e invertir en defensa, México a abandonar abrazos y no balazos, Canadá a buscar ser competitiva y diversificada. Pero también obliga a sus actores domésticos a actuar; van tarde.
/ El nombre que China se da a sí misma lo dice todo: Zhongguó, “el país del medio”, el reino que durante milenios se consideró el centro del mundo civilizado, rodeado de pueblos periféricos. Durante la mayor parte del último milenio, China fue la economía más grande del planeta. Angus Maddison estimó que a principios del siglo XIX China representaba el 30 por ciento del PIB mundial, más que Europa occidental en su conjunto (The World Economy: A Millennial Perspective. París: OECD Development Centre, 2001).
Ciudad de México, marzo 11, 2026. En el marco de su 25° aniversario, el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI) celebró el primero de sus eventos conmemorativos con un conversatorio con excancilleres, un espacio de diálogo y reflexión sobre los retos y oportunidades de la política exterior mexicana en un orden cambiante.
El encuentro contó con la participación de las y los excancilleres: Bernardo Sepúlveda, José Ángel Gurría, Jorge Castañeda, Patricia Espinosa (en línea) y Claudia Ruiz-Massieu, y fue moderado por Héctor Cárdenas, presidente de COMEXI.
Durante el evento, las y los ponentes compartieron sus experiencias al frente de la política exterior mexicana y reflexionaron sobre la vigencia de los principios constitucionales que históricamente han guiado la política exterior de México. En este sentido, destacaron que el ejercicio de la diplomacia implica equilibrar principios e intereses, así como interpretarlos de manera dinámica frente a los cambios del entorno internacional.
Las y los participantes también enfatizaron la relevancia de que México mantenga una presencia activa en el ámbito multilateral, participando en cumbres internacionales y fortaleciendo su interlocución con otros países, especialmente en un contexto internacional caracterizado por la incertidumbre y por un sistema internacional en transformación.
Asimismo, señalaron que México cuenta con oportunidades para impulsar una política exterior más activa, revitalizar su participación en foros y consolidar alianzas estratégicas —como con la Unión Europea— que permitan ampliar su margen de acción internacional.
Dentro de las prioridades inmediatas se destacó la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), así como la necesidad de garantizar certeza jurídica para la inversión extranjera. También se subrayó la importancia de fortalecer la relación con Norteamérica, y particularmente con Estados Unidos, mediante una estrategia más proactiva —y no meramente reactiva—, además de impulsar la diversificación no solo en el ámbito comercial, sino también a través de la reapertura del diálogo en temas estratégicos.
Finalmente, las y los excancilleres compartieron sus principales aportaciones a la diplomacia mexicana, así como reflexiones sobre lo que les hubiera gustado impulsar y lo que, en retrospectiva, pudo haberse hecho mejor. Entre aspiraciones, memorias y testimonios destacaron temas como la diversificación del comercio exterior, la recuperación de espacios de influencia en distintas regiones, la organización de cumbres internacionales y el fortalecimiento del Servicio Exterior Mexicano, entre otros.
Para más información escribe a: comunicacion@consejomexicano.org
/ Quizá una de las consecuencias más directas, pero menos pensadas del libro Ni Venganza Ni Perdón de Julio Scherer es que pareció confirmar mucho de lo que se decía ya dentro y fuera del país acerca del gobierno fundador de la llamada Cuarta Transformación.
Los señalamientos sobre problemas de legalidad están ahí, significados menos por las que hubieran sido quizá debatibles, pero justificables decisiones de corregir abusos previos que por el deseo de imponer determinaciones basadas más en el deseo personal, en el "yo creo" o en la simpatìa ideológica que en capacidades.