Cuba: la revolución fallida

Cuba: la revolución fallida


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Carlos M. López Portillo Maltos

/ Hace 28 años recorrí Cuba junto con mi padre. De aquel viaje conservo muchas imágenes, pero ninguna tan clara como la noche en que escuchamos a Silvio Rodríguez y Luis Eduardo Aute en el Teatro Karl Marx. La Habana parecía un museo viviente: automóviles de los años cincuenta, fachadas que respiraban otra época y una sociedad que, pese a las carencias, todavía transmitía una sensación de “esperanza”. Todo parecía congelado en el tiempo; el sistema, al parecer, aún sobrevivía. 

Tres décadas después, la pregunta resulta inevitable: ¿qué fue lo que pasó con Cuba? 

Sería un enfoque parcial atribuir toda la responsabilidad al embargo estadounidense. Ha sido un factor determinante durante décadas y ha limitado seriamente el acceso de la isla a financiamiento, inversión y comercio. Pero también sería ingenuo ignorar que buena parte de la tragedia cubana nació desde dentro. Ningún embargo explica por sí solo la ausencia de productividad, la asfixia de la iniciativa privada, la centralización absoluta de las decisiones económicas ni la incapacidad del Estado para corregir sus propios errores. 

Un pensador cubano que conocí en aquella ocasión resumía esa contradicción con una frase contundente: "Fidel hablaba de comunismo, pero firmaba sus documentos con Montblanc." En pocas palabras, retrata el problema esencial de muchos proyectos revolucionarios: el sacrificio siempre fue para la población; los privilegios, para quienes ejercían el poder.

Durante décadas, el modelo sobrevivió gracias a subsidios externos. Primero fue la Unión Soviética; después, la Venezuela de Chávez y Maduro. Cuando ambos soportes desaparecieron o se debilitaron, quedó al descubierto una economía incapaz de sostenerse por sí misma. 

Las cifras son contundentes. La economía cubana acumula cinco años consecutivos de contracción o estancamiento y todavía permanece alrededor de 10% por debajo de su tamaño en 2019. Sectores como la agricultura y la industria han perdido más de la mitad de su capacidad productiva; la manufactura continúa en retroceso y el ingreso de divisas ha caído drásticamente. 

El deterioro cotidiano resulta todavía más dramático. Los apagones de hasta veinte horas diarias se han convertido en parte de la normalidad en numerosas provincias; la escasez de alimentos y medicamentos obligó incluso al gobierno a solicitar apoyo alimentario internacional, mientras que cientos de miles de cubanos han abandonado la isla en la mayor ola migratoria de su historia reciente. Entre 2021 y 2023, la población disminuyó cerca de un 10%, principalmente por la emigración. Cuando una nación exporta más talento que productos, pierde más población que inversión y ofrece a sus jóvenes como principal proyecto de vida la emigración, el fracaso ya no admite eufemismos. 

La historia de Cuba no debería utilizarse para alimentar trincheras ideológicas, sino para recordar que ningún modelo político está por encima de la realidad. Las ideas pueden inspirar revoluciones; la economía, en cambio, exige resultados. Cuando el poder sustituye la libertad por el control, el mercado por la miseria y la crítica por el silencio, las consecuencias terminan pagándolas millones de personas. 

Las ideologías radicales suelen enamorar por sus promesas, pero con demasiada frecuencia terminan justificando el sufrimiento en nombre de un futuro que nunca llega. Cuba es quizá el ejemplo más doloroso de esa contradicción. Una revolución que prometía dignidad terminó administrando escasez; un proyecto que hablaba de igualdad produjo privilegios; un sueño de justicia concluyó en resignación. 

Las revoluciones pueden cambiar gobiernos. Lo verdaderamente difícil es construir un país donde la libertad y la prosperidad caminen de la mano.

Cuba: la revolución fallida
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