Davos y el costo de no adaptarse

Davos y el costo de no adaptarse


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Andrea Navarro de la Rosa

/ En el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) celebrado recientemente en Davos, Suiza, el mensaje fue consistente entre líderes económicos, empresas tecnológicas, organismos multilaterales y gobiernos: el mundo ha entrado en una nueva fase de quiebre estructural.

Las economías están siendo rediseñadas por la tecnología, la ciencia y una presión social que avanza más rápido que nuestra capacidad de adaptación colectiva.

No se trata de una transición gradual, sino de un cambio profundo que redefine cómo trabajamos, cómo aprendemos y cómo se construye la prosperidad. El costo de no adaptarse será especialmente alto para las economías emergentes, y América Latina se encuentra en una posición particularmente vulnerable.

Desde el propio WEF, el diagnóstico es claro y medible. El Global Risks Report 2025 advierte que 52% de los expertos anticipa un escenario global inestable en los próximos dos años, mientras que 62% proyecta una década turbulenta o tormentosa. A ello se suma un entorno geopolítico frágil, donde los conflictos armados entre Estados y la erosión de la confianza pública asociada a la desinformación y al aumento de brechas socioeconómicas figuran entre los principales riesgos para el crecimiento económico.

En ese contexto, Davos colocó una pregunta crítica en el centro del debate… ¿Estamos formando a las personas que esta nueva economía necesita para sostener productividad, bienestar y cohesión social?

Para las juventudes en América Latina, el desafío se expresa con claridad en tres ejes.

1. Los trabajos del futuro.

De acuerdo con el Future of Jobs Report 2025 del WEF, hacia 2030 se crearán alrededor de 170 millones de empleos, pero también se desplazarán 92 millones. Aunque el saldo parece positivo, tendrá un impacto profundamente desigual. Además, 39% de las habilidades clave requeridas en el mercado laboral cambiará antes de que termine la década. Los sectores asociados a datos, tecnología, transición energética, ciberseguridad, logística avanzada, salud digital y economía verde crecen más rápido que la capacidad de los sistemas educativos para formar talento compatible. Es decir, el problema ya no es solo la falta de empleo, sino la escasez de habilidades adecuadas.

2. Educación que no se adapta: rezago estructural.

En Davos se subrayó que los sistemas educativos tradicionales siguen formando profesionistas para economías que ya no existen. La economía del conocimiento exige formación permanente, pensamiento crítico, ética y comprensión del impacto social de la tecnología. Sin embargo, en América Latina persisten modelos educativos y laborales rígidos, poco compatibles con la innovación, la movilidad y la interdisciplina que demanda la ciencia contemporánea; lo que sin duda limitará la empleabilidad individual y reducirá la capacidad de los países para absorber los grandes choques tecnológicos y demográficos que, incluso, ya están sucediendo en la región.

3. El costo del rezago.

Organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), señalan que, en los resultados de la prueba educativa PISA 2022, América Latina y el Caribe se ubicó por debajo de la media global en lectura, matemáticas y ciencias, con una brecha equivalente a cinco años de escolaridad frente a los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Mientras que el Banco Mundial advierte que 4 de cada 5 niñas y niños en la región no comprenden un texto sencillo.

Lo anterior evidencia el claro rezago educativo en la región, que tiene un impacto económico directo en la productividad laboral, afectando el crecimiento, la sostenibilidad fiscal y la capacidad de financiar sistemas de salud y protección social desde los gobiernos.

Es indiscutible que la inacción global y regional tendrá un costo económico y social sin precedentes. Pero para América Latina, invertir en educación alineada al futuro del trabajo puede significar la mejor estrategia económica y de salud pública que permita asegurar el bienestar y la calidad de vida de las presentes y futuras generaciones.

Para lograrlo, es urgente tomarse en serio la digitalización, fortalecer la educación superior y el posgrado, impulsar trayectorias híbridas entre ciencia, tecnología y humanidades, y construir alianzas reales entre gobiernos, empresas y academia.

Davos no habló del futuro como una promesa, sino como una advertencia. Para América Latina y el Caribe aún hay esperanza. El reto es si la región tendrá la voluntad política y social para virar a tiempo, evitando que las nuevas generaciones paguen el costo de un sistema que ya no responde a lo que el mundo necesita.

Participación en El Sol de México

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