Héctor Cárdenas / Durante casi 3 décadas, luego del fin de la Guerra Fría, la política exterior de Estados Unidos descansó sobre una premisa tan poderosa como aparentemente incuestionable: la seguridad estadounidense se veía reforzada en la medida en que se expandía un orden liberal internacional, basado en reglas, mercados abiertos, alianzas estables y valores democráticos compartidos. Los gobiernos podían discrepar en los instrumentos, en los costos aceptables o en la secuencia de prioridades, pero no en la idea central de que ese orden era deseable, sostenible y funcional a los intereses de Estados Unidos. Esa premisa ya no estructura la política exterior estadounidense.
De ahí la importancia de realizar un análisis comparativo del contenido de las Estrategias de Seguridad Nacional (NSS) publicadas por los gobiernos de los presidentes George W. Bush en 2006, Barack Obama en 2010 y 2015, Donald Trump en 2017, Joseph R. Biden en 2022 y Trump 2.0 en diciembre de 2025. La evolución de dichas NSS revela algo más profundo que un ajuste táctico o una simple corrección de rumbo. Lo que emerge es una transformación sustantiva en la manera en que Estados Unidos concibe el sistema internacional, redefine sus prioridades y entiende su propio lugar en el mundo. La NSS de 2025, emitida en el segundo gobierno de Trump, representa el punto de ruptura más claro hasta ahora: no solo abandona la aspiración de hegemonía liberal, sino que reorganiza la política exterior estadounidense en torno a una narrativa civilizatoria, en la que la identidad cultural, la ansiedad demográfica y la idea de decadencia moral pasan a formar parte explícita del concepto de seguridad nacional.
Este giro tiene también una dimensión geográfica inequívoca. A diferencia de estrategias anteriores —que alternaron entre el compromiso internacional y el repliegue selectivo—, la NSS de 2025 señala una recentralización deliberada de la estrategia estadounidense en el hemisferio occidental, resucitando la Doctrina Monroe bajo un nuevo “Corolario Trump”. En ningún espacio esta reorientación resulta tan visible y tan cargada de implicaciones como en Latinoamérica y, de manera particular, en México, el único país mencionado de forma reiterada y sustantiva en el documento.
Cómo ha cambiado la visión de Estados Unidos sobre el mundo
Bush: hegemonía liberal y misión democrática
La NSS de 2006 de Bush representa el punto más alto de confianza ideológica del periodo posterior a la Guerra Fría. Redactada a la sombra del 11-S, definía la seguridad estadounidense como inseparable de una lucha internacional contra una “nueva forma de totalitarismo”, y sostenía que la expansión de la democracia era, a la vez, un imperativo moral y una necesidad estratégica.
En esta visión, las amenazas provenían de Estados fallidos, regímenes autoritarios y redes extremistas. La respuesta era expansiva: cambio de régimen cuando fuera necesario, promoción de la democracia siempre que fuera posible, y consolidación de un orden internacional liderado por Estados Unidos y sustentado en valores universales. La globalización se asumía como benigna e inevitable; el liderazgo estadounidense, como estabilizador y, en última instancia, bienvenido.
Más que un documento de balance de poder, la NSS de Bush era una teoría de la historia, basada en la idea de una convergencia inevitable hacia la democracia liberal y en la convicción de que Estados Unidos debía acelerar ese proceso.
Obama: internacionalismo liberal bajo restricciones
Las NSS de Obama, de 2010 y 2015, introdujeron una dosis de realismo sin abandonar el marco liberal. El mundo que describían era más complejo, interdependiente y menos susceptible de transformaciones rápidas. El poder se estaba dispersando; las amenazas —cambio climático, pandemias, ciberseguridad— eran crecientemente transnacionales y no podían resolverse mediante el uso de la fuerza militar.
Obama puso el acento en las instituciones, las alianzas y la legitimidad derivada de la contención. La democracia y los derechos humanos siguieron siendo valores centrales, pero dejaron de presentarse como modelos universalmente exportables. Estados Unidos debía liderar, sí, pero hacerlo mediante coaliciones y reglas, no mediante imposiciones. Se trataba de un liberalismo sin triunfalismo: normativo y mundial, pero consciente de sus límites.
Trump 1.0: soberanía, competencia y rechazo del universalismo liberal
La NSS de 2017 de Trump marcó una ruptura clara. Rechazó la idea de que la globalización y las instituciones liberales sirvieran automáticamente a los intereses de Estados Unidos y redefinió la política internacional como un ámbito de competencia entre grandes potencias soberanas.
En este marco, las alianzas se volvieron transaccionales; las instituciones multilaterales, sospechosas, y la política económica, un componente central de la seguridad nacional. China y Rusia aparecieron como potencias revisionistas. Los déficits comerciales, la dependencia energética y la pérdida de capacidad industrial fueron reinterpretados como vulnerabilidades estratégicas.
Aun así, Trump 1.0 operaba fundamentalmente dentro de un marco materialista: poder, competencia, soberanía y reciprocidad. Los valores importaban, pero, sobre todo, como rasgos de identidad nacional, no como compromisos universales.
Biden: el orden liberal en un contexto de rivalidad sistémica
La NSS de 2022 de Biden intentó recuperar el lenguaje del orden liberal, pero lo hizo en un contexto mucho más adverso. El documento presentó el sistema internacional como un espacio de competencia entre modelos democráticos y autoritarios, con China como el principal desafío estructural y Rusia como un factor de disrupción inmediata.
Al mismo tiempo, Biden reconoció que amenazas transnacionales —clima, salud mundial y estabilidad económica— se habían convertido en ejes centrales de la seguridad nacional, incluso en medio de la rivalidad geopolítica. La cooperación con adversarios dejaba de ser opcional.
La estrategia de Biden combinó claridad ideológica con pragmatismo: la democracia seguía importando, pero la interdependencia debía gestionarse. No se trataba de expandir el orden liberal, sino de defenderlo en condiciones de erosión.
Trump 2.0: del nacionalismo estratégico a la defensa civilizatoria
La NSS de 2025 representa un cambio cualitativo respecto de sus predecesoras. En apariencia, se trata de un documento centrado en intereses: define de manera estricta la seguridad nacional, cuestiona los compromisos internacionales de largo alcance y enfatiza instrumentos como los aranceles, la política industrial y el control territorial del entorno inmediato. Sin embargo, bajo esa superficie emerge una transformación más profunda: un desplazamiento desde el realismo estratégico hacia una política exterior articulada en clave civilizatoria.
El lenguaje del documento sobre Europa resulta particularmente revelador. La NSS de Trump 2.0 advierte sobre la “erosión civilizatoria”, la decadencia cultural y el debilitamiento de la identidad occidental como consecuencia de la migración, el secularismo y las agendas progresistas. Estos fenómenos no son presentados como debates internos de las sociedades democráticas, sino como amenazas estratégicas que ponen en riesgo la continuidad de Occidente.
La NSS de 2025 no solo redefine la relación de Estados Unidos con el mundo, sino también la forma en que ese mundo es conceptualizado.
Al mismo tiempo, el hemisferio occidental aparece ya no como un espacio de cooperación o integración, sino como una zona de responsabilidad primaria y dominación estratégica de Estados Unidos. En este marco, la migración, el narcotráfico, la deslocalización cercana (nearshoring) y la presencia de potencias extrahemisféricas se integran en una narrativa de seguridad interna ampliada. Esta concepción deja abierta una pregunta crucial: ¿Latinoamérica —y particularmente México— forma parte del Occidente que el gobierno de Trump dice querer preservar o es simplemente un espacio que debe ser disciplinado y controlado?
Qué revela la NSS de 2025 sobre las prioridades y los instrumentos de Estados Unidos
La NSS de 2025 redefine el interés nacional de una manera que trasciende el realismo clásico. A los componentes tradicionales de poder —territorio, economía y capacidad militar— se suman ahora elementos vinculados a la identidad cultural, la cohesión social y el control demográfico. La seguridad deja de ser solo una cuestión externa y pasa a concebirse como una prolongación de los conflictos internos de la sociedad estadounidense.
En este marco, la migración adquiere un lugar central. Ya no es tratada como un fenómeno estructural ligado al desarrollo desigual o a crisis regionales, sino como una vulnerabilidad estratégica que debe ser contenida, externalizada y, en la medida de lo posible, neutralizada más allá de las fronteras estadounidenses. La política exterior se convierte así en una herramienta directa de gestión de la frontera.
La resurrección explícita de la Doctrina Monroe, acompañada del llamado Corolario Trump, cristaliza esta lógica. Estados Unidos declara que no tolerará la penetración estratégica de China o Rusia en el hemisferio occidental, reinterpretando decisiones soberanas de los países latinoamericanos —en infraestructura, energía, telecomunicaciones o financiamiento— como variables de una competencia geopolítica definida en Washington.
México ocupa una posición singular en este esquema, precisamente porque la NSS de 2025 rompe con una continuidad que se había mantenido, con matices, desde Bush hasta Biden. Durante ese periodo, México fue concebido como un vecino integrado al espacio norteamericano, cuyos problemas —comercio, seguridad fronteriza, crimen organizado o migración— se entendían como desafíos compartidos que requerían cooperación institucional y gestión conjunta de la interdependencia. Con Bush, México era casi invisible porque se asumía alineado al orden liberal; con Obama, emergió como socio clave de la competitividad y la gobernanza de Norteamérica; con Trump, en su primer mandato, fue tratado de forma más transaccional y securitizada, pero aún como un interlocutor necesario, y con Biden, volvió a ser presentado como un socio indispensable para administrar riesgos regionales.
La NSS de 2025 rompe esa lógica: México aparece como un actor de primera línea en materia migratoria, de seguridad y de cadenas productivas, pero ya no como un socio estratégico en pie de igualdad. Resulta particularmente llamativa la ausencia de una visión de Norteamérica como bloque, pese a la centralidad del Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) y de la integración productiva. La estrategia privilegia una lógica funcional y jerárquica: México como plataforma manufacturera y amortiguador de riesgos, más que como coprotagonista de una estrategia continental compartida.
Implicaciones para socios y aliados
Para los aliados tradicionales de Estados Unidos en Asia y Europa, la NSS de 2025 introduce un elemento nuevo y perturbador: a los criterios materiales de contribución y capacidad se suman ahora juicios implícitos sobre orientación cultural e identidad política. La pertenencia al “Occidente” deja de definirse exclusivamente en términos institucionales o normativos y pasa a estar mediada por percepciones sobre cohesión social, valores tradicionales y resistencia al cambio cultural.
En Latinoamérica, el impacto adopta una forma distinta, pero no menos profunda. Los países de la región no son concebidos como parte de una comunidad civilizatoria compartida ni como aliados ideológicos en una competencia mundial entre democracia y autoritarismo. Tampoco aparecen como socios estratégicos con capacidad de codiseñar el orden regional. Son, ante todo, espacio estratégico: fuente de riesgos que deben ser contenidos, de oportunidades económicas que deben ser aprovechadas y de posibles aperturas para la influencia de potencias rivales.
Esta mirada tiene consecuencias prácticas. Las relaciones tienden a securitizarse: la migración, el crimen organizado, la energía o la deslocalización cercana se abordan prioritariamente desde la óptica del control y la prevención de amenazas, más que desde la cooperación para el desarrollo o la integración de largo plazo. Para países como Brasil, Colombia o los Estados centroamericanos, esto implica una relación más asimétrica y condicionada.
Para México, la paradoja es especialmente aguda. Es indispensable para la seguridad y la competitividad de Estados Unidos, pero rara vez es tratado como un socio estratégico pleno. Está dentro del perímetro de seguridad estadounidense, pero fuera de su imaginario político y civilizatorio. Esta ambigüedad erosiona la posibilidad de una relación verdaderamente estratégica y refuerza una lógica de dependencia funcional.
Implicaciones para los competidores estratégicos
Para China, la NSS de 2025 establece límites más claros a su presencia en el hemisferio occidental. Latinoamérica deja de ser un espacio relativamente abierto para la diplomacia económica y pasa a ser un terreno crecientemente vigilado, en el que las inversiones, los proyectos de infraestructura y los acuerdos tecnológicos son evaluados a la luz de criterios de seguridad definidos por Washington.
Sin embargo, la estrategia estadounidense presenta una contradicción: al no ofrecer una visión positiva y creíble de desarrollo compartido para la región, corre el riesgo de contener sin sustituir. Esto puede encarecer la presencia china, pero no necesariamente eliminarla, especialmente en países que perciben escasos beneficios de una relación asimétrica con Estados Unidos.
Rusia, por su parte, se beneficia indirectamente del debilitamiento del consenso occidental y del abandono del lenguaje normativo. Aunque su capacidad económica en Latinoamérica es limitada, conserva margen para la disrupción política, la cooperación simbólica y el aprovechamiento de resentimientos históricos frente a Estados Unidos. La fragmentación del concepto de Occidente juega a su favor, incluso sin una presencia material significativa.
Qué resultados cabe esperar en el corto y mediano plazo
En el corto plazo, es previsible un aumento sostenido de la presión estadounidense sobre México en materia migratoria, de control del narcotráfico y de limitación de la presencia china. La relación bilateral tenderá a profundizar su carácter securitario, con menos espacio para una agenda positiva de integración política o institucional.
En Latinoamérica en general, es probable que se intensifique una dinámica de equilibrio precario: los gobiernos buscarán evitar una confrontación directa con Estados Unidos sin renunciar del todo a márgenes de autonomía frente a China u otros actores. Esta estrategia de cobertura (hedging) será cada vez más difícil de sostener.
En el mediano plazo, el riesgo es la consolidación de un orden hemisférico más jerárquico y menos cooperativo, en el que la proximidad geográfica no se traduzca en inclusión estratégica. La ausencia de una narrativa de integración —particularmente en Norteamérica— puede limitar el potencial de las cadenas productivas regionales y generar tensiones políticas crecientes.
Para México, el desafío será evitar quedar atrapado en el papel de zona tampón: absorber los costos de la seguridad, la migración y la deslocalización cercana sin acceder a una influencia proporcional en la definición de las reglas del juego.
Un giro civilizatorio con consecuencias hemisféricas
La NSS de 2025 no solo redefine la relación de Estados Unidos con el mundo, sino también la forma en que ese mundo es conceptualizado. Reduce la ambición internacional, recentra el hemisferio y redefine Occidente en términos culturales, más que políticos.
Para Europa, esto plantea interrogantes profundos sobre pertenencia y alineamiento. Para Latinoamérica —y de manera particularmente aguda para México— plantea una pregunta aún más incómoda: si la cercanía geográfica implicará integración estratégica o simplemente subordinación funcional.
Si Estados Unidos aspira a dominar su entorno inmediato sin integrarlo de manera genuina, corre el riesgo de reproducir las inseguridades que dice querer erradicar. Para México, navegar esta nueva etapa exigirá una diplomacia más estratégica, capaz de afirmar su centralidad sin aceptar pasivamente una relación definida exclusivamente en términos de contención y control.
Participación en Foreign Affairs Latinoamérica