Después de Bogotá: ¿puede la CELAC construir un futuro común?

Después de Bogotá: ¿puede la CELAC construir un futuro común?


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Anna Karla Uribe

/ En la secuencia final de El gran dictador (1940), Charles Chaplin lanza una advertencia que hoy tiene una vigencia absoluta: "Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad". En un escenario global bajo el peso de conflictos armados y la erosión de las instituciones multilaterales, la integración regional ya no es un gesto diplomático; es la estrategia política para enfrentar la incertidumbre.

La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) nació de la herencia del proyecto bolivariano de una Patria Grande. Es el espacio para que Nuestra América articule una voz propia ante los desafíos globales. Sin embargo, esa voz hoy es débil. Las derechas radicales ganan votantes y demuestran que el miedo comunica con más eficacia que la unión. Así se explica el desgaste de foros donde la fobia ideológica entre mandatarios bloquea acuerdos mínimos. La región requiere urgencias horizontales, como la infancia o una educación mínima común; temas con la fuerza para sentar a un neofascista y a un poblado indígena en la misma mesa por pura necesidad estratégica.

Pero esa mesa de diálogo es inútil si la ciudadanía ni siquiera sabe que existe. Aquí aparece el síntoma más grave: la desconexión con la calle. La X Cumbre de la CELAC, celebrada en marzo en Bogotá, fue un evento invisible para las mayorías. Su transmisión oficial apenas tuvo 3,572 visualizaciones en YouTube, cifra dramática frente a los más de 120 millones de personas que sintonizaron el Super Bowl. No es una comparación frívola; es la prueba de que la ciudadanía no percibe un impacto de estos foros en su cotidianidad. Sin una pedagogía que traduzca la integración al lenguaje cotidiano, la CELAC será un espacio sin sentido.


A pesar de esto, hubo destellos de lo posible. El foro CELAC-África y el mensaje de China sobre el futuro compartido recordaron que el poder se desplaza hacia el Sur Global. Gustavo Petro fue enfático: necesitamos una identidad propia ante el mundo, o seremos un eco de las narrativas de Washington. La representación de Santa Lucía aportó la pieza clave: enfrentamos una dependencia cognitiva silenciosa. Cuando sistemas externos definen qué conocimiento es válido, también dictan los marcos de nuestra acción. Validar el conocimiento en nuestros propios términos es el único camino hacia un futuro que sea, de verdad, nuestro.

La ausencia de los jefes de Estado en Bogotá es una señal de alerta: la integración no es prioridad en las agendas reales de poder. Sostener la unión en tiempos de guerra es un acto político radical. Es hora de un frente como Zona de Paz ante los profetas del rencor que incendian la convivencia con muros y exclusiones. Chaplin pedía mirar hacia arriba para encontrar la esperanza. El llamado hoy es el mismo. Si la palabra colectiva no recupera su peso frente al misil, el destino de la región quedará en manos de quienes redactan la historia en un idioma ajeno. La utopía de la unidad no es un sueño; es el único escudo contra la barbarie que acecha.

Después de Bogotá: ¿puede la CELAC construir un futuro común?
La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños es el espacio para que Nuestra América articule una voz propia ante los desafíos globales, sin embargo, esa voz hoy es débil. | Anna Karla Uribe Escalante*

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