El rumbo de la gobernanza internacional: el caso de Ucrania
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Rosy Arlene Ramírez Uresti
/ El rumbo de la gobernanza internacional en 2026 se encuentra profundamente condicionado por la persistencia y transformación de la guerra entre Rusia y Ucrania, conflicto que ha dejado de ser únicamente un enfrentamiento militar regional para convertirse en un caso paradigmático de las tensiones estructurales que atraviesa el sistema internacional contemporáneo. A casi cuatro años del inicio de la invasión rusa a gran escala, Ucrania se sitúa en el centro de un entramado de dinámicas geopolíticas, geoeconómicas y normativas que revelan tanto los límites como las mutaciones de la gobernanza global en un entorno marcado por la fragmentación del poder, la competencia estratégica y la erosión de consensos multilaterales.
/ La victoria de Péter Magyar en las elecciones parlamentarias del 12 de abril de 2026 no es un giro menor ni un simple cambio de tono: es una transformación política de primer orden. Con más de dos tercios del Parlamento bajo control del partido Tisza, Magyar obtiene una supermayoría que le permite gobernar sin coaliciones y, si lo considera necesario, modificar la propia Constitución húngara. La era Orbán, con todo lo que implicó para la política europea y para Ucrania en particular, ha sufrido una derrota contundente y ha entrado claramente en su fase final.
Para Ucrania, esto importa de manera directa. Durante años, Budapest fue uno de los principales focos de bloqueo dentro de la Unión Europea, con un gobierno dispuesto a utilizar el veto como instrumento de presión, frenar consensos sensibles y mantener vínculos incómodos con Moscú. Ese patrón ha quedado políticamente cuestionado y probablemente comenzará a revertirse. Magyar ha prometido una política exterior más alineada con la UE y la OTAN y ha planteado convocar un referéndum sobre el apoyo a la adhesión de Ucrania. Eso no elimina toda incertidumbre, pero sí revela una disposición política distinta a la de Orbán y un cambio claro en la atmósfera política europea.
Los matices, sin embargo, siguen siendo necesarios. El primero es institucional. Magyar tiene el mandato, pero los tiempos del gobierno no son los tiempos de la campaña. Aunque el resultado electoral ya modificó el panorama político, su llegada formal al poder no será inmediata, pues todavía depende de los tiempos parlamentarios y de la conformación del nuevo gobierno. Los efectos concretos en la política europea de Hungría no serán automáticos, aunque la dirección general del cambio parece ya definida.
El segundo es político-doméstico. La supermayoría es real, pero también lo es la heterogeneidad del respaldo que la hizo posible. Magyar logró articular un espectro amplio, cohesionado ante todo por el rechazo a Orbán. Mantener esa cohesión cuando haya que tomar decisiones sensibles, costosas o impopulares será un reto distinto al de la campaña. No todos los votantes de Tisza comparten el mismo grado de apertura hacia Ucrania ni necesariamente respaldarán sin reservas un acercamiento incondicional.
El tercer matiz es el referéndum. Que Magyar haya propuesto consultar a la ciudadanía sobre la adhesión de Ucrania a la UE es una señal de apertura democrática, pero también una admisión de que el resultado no será necesariamente el ideal. La opinión pública húngara ha estado expuesta durante años a una narrativa crítica hacia Kiev. Modificar esa percepción tomará más tiempo y ese factor social puede convertirse en un límite real para cualquier reposicionamiento estratégico.
Nada de esto invalida la magnitud del cambio. Lo ocurrido el 12 de abril es una de las mejores noticias que Ucrania ha recibido en mucho tiempo. El obstáculo más duro y consistente que enfrentaba en Bruselas ha comenzado a desvanecerse y, en su lugar, emerge un gobierno con incentivos concretos para normalizar su relación con Europa y reducir una fuente persistente de fricción interna.
La cautela sigue siendo válida, pero ha cambiado de signo. Ya no se trata de advertir contra un optimismo infundado, sino de reconocer un avance real y entender que traducirlo en resultados para Ucrania requerirá tiempo, gestión política y una sociedad húngara que también procese este giro a su propio ritmo.
La señal es positiva y, esta vez, también es sólida. Lo que falta no es confirmar el cambio, sino dar tiempo a que produzca efectos reales.
/ El T-MEC se someterá a la primera revisión a partir de julio de 2026, un componente novedoso en acuerdos de libre comercio, que se formalizó su incorporación en el artículo 34 sección 7.
Aunque ya se ha iniciado la primera ronda formal de conversaciones entre Estados Unidos y México, lo que prima desde el inicio del segundo mandato del presidente Donald Trump -en materia de política comercial- es la incertidumbre y los efectos que ésta ha producido en las decisiones de inversión y relocalización de la producción en los tres países.
Si en el pasado los acuerdos de libre comercio proporcionaban acceso seguro y estable al mercado de Estados Unidos; el día D la liberación de aranceles recíprocos -el 2 de abril de 2025-, la política comercial del taco y la estrategia de negociación de retirarse si no se cumplen las expectativas, al tiempo de presionar para obtener el mejor acuerdo posible hacen un efecto de deja vú en las negociaciones comerciales de Estados Unidos.
Históricamente, la política comercial no es solo un instrumento para acceder a mercados y facilitar negocios e inversiones para empresas estadounidense, también es uno de los diversos instrumentos de su política exterior. Determinar qué países se convierten o mantienen como socios comerciales es ante todo una decisión de política doméstica. Esta es la característica de los acuerdos recíprocos y los acuerdos marco negociados en este periodo; áreas de negociación futura, que permiten construir una tregua temporal arancelaria, con posibilidad de convertirse en acuerdos recíprocos definitivos.
Entonces si las potenciales ganancias comerciales no son suficientes para justificar este tipo de acuerdos, son los intereses políticos y geoestratégicos los que juegan un papel importante en determinar la probabilidad de acceso a su mercado, en gran medida incentivados por los vínculos en las alianzas políticas en diversos frentes. Solo lo que va de esta segunda administración -como lo establece el documento de la Oficina Comercial de Estados Unidos (USTR) Política Comercial de 2026 y Reporte Anual 2025 - diversos países han manifestado su interés en negociar ART- se han firmado acuerdos comerciales con Argentina, Bangladés, Camboya, El Salvador, Guatemala, Indonesia, Malasia y Taiwán, y se han anunciado acuerdos marco con Ecuador, India, Japón, Macedonia del Norte, Corea del Sur, Suiza y Liechtenstein, Tailandia y Vietnam.
A pesar de lo anterior, llevar a cabo la revisión del T-MEC ocupa un lugar especial dentro de las seis áreas fundamentales para seguir profundizando la estrategia de política comercial Estados Unidos primero en 2026, y que permea otras áreas relevantes de su política, como velar por la aplicación rigurosa de los ART, otros acuerdos comerciales y de las leyes comerciales; garantizar las cadenas de suministro y diversificarlas, sobre todo, en minerales y sectores críticos y, gestionar el comercio con China en aras de la reciprocidad y el equilibrio y reducir -como se ha logrado durante 2025- las importaciones chinas en las cadenas de suministro estadunidense, y es precisamente ahí donde México tienen un gran valor estratégico al convertirse en uno de los dos primeros socios comerciales.
Pero como en toda estrategia de negociación comercial, las partes pueden producir incertidumbre para obtener el mejor acuerdo posible; ejemplo de ello -que no será el único- fue la semana pasada, cuando el representante de (USTR), Jamieson Greer, en un evento en el Instituto Hudson, señaló que el presidente Trump no estaba contento con los resultados del T-MEC y añadió que no creía posible resolver todos los temas de revisión antes del 1 de julio. ¿Por qué importa? Porque de acuerdo con la legislación de la política comercial de Estados Unidos, el USTR debe informar al Congreso del país sus planes respecto al T-MEC y parece que no tenemos planes claros, deja vú de la incertidumbre, al menos en el discurso actual.
A tiempos convulsos, estrategia clara y escenarios posibles, lo único no incierto es que México se identifica como un socio prioritario, necesario para la estrategia de la política comercial de Estados Unidos y eso, hay que hacerlo patente en los próximos meses para tener otros años de acceso seguro y estable al mercado más importante para México, el de Estados Unidos.
¿Y qué busca Josefa González Blanco Ortiz Mena? La exembajadora de México en Gran Bretaña, ambientalista y vástago de dos distinguidas familias –una, de enorme influencia política en Chiapas y el país; la otra, de renombre histórico en la economía mexicana– está en el centro de una polémica serie de mini-escándalos que ponen en entredicho muchos entendidos de la política mexicana.
/ Escribo esto antes de conocer lo que se trató el día de ayer en la reunión entre Claudia Sheinbaum y Jamieson Greer, el representante comercial del gobierno de Trump (USTR). La visita del funcionario estadounidense se da en el marco de la segunda ronda de conversaciones rumbo a la revisión del T-MEC.
/ Juan Arellanes analiza las declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre la posible extracción de recursos mediante fracking, y examina el debate que esto abre entre la dependencia energética, los riesgos ambientales y su viabilidad económica.
/ Durante la era de Instagram, la estética lo era todo. En los últimos 15 años, cada publicación tenía que estar sumamente curada: poses perfectas, viajes alucinantes, tips de maquillaje y frases inspiradoras. Pero con la llegada de la inteligencia artificial (IA) combinada con el hartazgo por la perfección, hay quienes incluso declaran que “internet ha muerto”. ¿Falta de autenticidad? ¿Lo feo es el nuevo lujo?