¿Habrá límites?

¿Habrá límites?


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Luis Rubio

/ Llegaron al gobierno seguros de que suyo es el futuro, que su auto imagen de pureza transformaría al país, atendiendo todas las lacras y carencias, las inmediatas y las históricas. No es que estuvieran descubriendo -o inventando- el agua tibia; más bien, como cuando arribo Fox y luego Peña, suponían que jamás podrían acabar siendo como sus predecesores. Pero siete años en el poder son reveladores no solo de la falsedad de sus premisas, sino también de la gravedad en que se encuentra el país. Paradójicamente, gracias a acciones de sus denostados “neoliberales” (especialmente el TLC), los costos de su mala gestión no les han explotado en la cara (como ejemplifica el tipo de cambio peso-dólar), pero eso no les ha impedido desafiar el destino todos los días. 

Hay cinco factores que sugieren que la permanencia de Morena en el poder es más precaria de lo que pretenden sus integrantes, por más reformas electorales que emprendan o controles que impongan sobre el acontecer cotidiano. Cada uno de éstos erosiona no sólo su capacidad de acción, sino sobre todo ese halo de legitimidad con que llegaron y que pretenden es eterno y eso sin contar con la inseguridad que, si bien no comenzó con Morena, ciertamente fue exacerbada el sexenio pasado. 

El primer factor es la corrupción. Como demostró el gobierno de Peña, nada deteriora tanto la credibilidad de un gobierno como esta lacra histórica. El país vive niveles nunca vistos de flagrante corrupción, pero ésta es distinta a la del pasado. La corrupción de antaño era como un popote que extraía rentas, pero no impedía el crecimiento de la economía. Hoy sólo prosperan quienes son parte integral de Morena o sus empresarios aliados. Todos los demás están excluidos, lo que explica la parálisis generalizada. Otra diferencia crucial es su absoluta impunidad (peor, purificada legitimidad), en buena medida porque los críticos de antaño, por ejemplo, de la era del zenit de la corrupción con Peña, están callados (o acallados) por su cercanía a Morena. 

El segundo factor es la insostenible pirámide fiscal: es imposible preservar el nivel de transferencias sociales, clave para la estrategia política de Morena, sin crecimiento económico. El gobierno no tiene dinero (excepto lo que derivaba del petróleo), todo el resto proviene de los impuestos y, tarde o temprano, su crecimiento se agota en ausencia de actividad económica, en mucho consecuencia de la estrategia político-económica del propio gobierno. 

Tercero, por más que el gobierno lo minimice, la tumultuosa redefinición institucional que emprendió a lo largo de su primer año (y lo que venga) tiene consecuencias que no se podrá quitar de encima. Todo en el país se ha visto y se verá impactado, de maneras distintas en cada ámbito de la vida y actividad, pero no hay forma de esquivar las implicaciones de la creciente concentración del poder, vigilancia digital, persecución política, ausencia de recursos legales y, sobre todo, impredecibilidad, todo lo cual conduce a una permanente incertidumbre. 

Cuarto, las fracturas dentro de Morena son incontenibles y no pueden más que crecer y no hay posibilidad alguna de revertirlas, excepto si AMLO retornara de manera activa y permanente. 

Finalmente, quizá la mayor de las lacras que limita el futuro de Morena es su congénita cerrazón para contemplar cualquier idea o posibilidad de error en sus postulados o a escuchar visiones alternativas. Saturados de dogmas y mitos, están estructuralmente impedidos para observar el panorama como es. La gran virtud de las democracias es precisamente la ausencia de verdades oficiales o mitos absolutos. La destrucción de la democracia mexicana tiene consecuencias… 

Morena avanza, empuja y prosigue como si el único límite fuese el de su propia voluntad. Sin embargo, paso a paso va abonando el terreno para su eventual declive. Quizá no sobre recordar la forma en que Peña impuso su agenda sin el menor sustento popular, rebasando los límites de lo que entonces parecía aceptable, precipitando su estrepitosa caída. Sí, la presidenta es muy popular, pero esa popularidad se fundamenta en lo que Edna Jaime llamó “los beneficios visibles superan a los costos difusos,” es decir, las transferencias sociales. La popularidad es un gran activo, pero no ha impedido que millones de decisiones cotidianas preserven el estancamiento, que, tarde o temprano, cobrará su factura. 

En el catálogo de Morena no está la posibilidad de perder el poder (casi como si reviviera Fidel Velázquez con aquello de que "por las armas llegamos y sólo por las armas nos quitarán"), pero, como dice Luis Farías Mackey, la presidenta se cura en salud cuando afirma que eso no va a pasar en México, “desdoblando su inconsciente [cuando]nadie le estaba preguntando eso.” 

El gobierno actúa como si los recursos con que cuenta -financieros, políticos, institucionales- son ilimitados. Sin embargo, paso a paso va encontrando que, efectivamente, no hay tal cosa, y eso sin contar el embate que viene del norte. 

Max Weber afirmó que la “política sin responsabilidad” conlleva consecuencias caóticas no intencionadas porque prioriza las intenciones y los ideales por encima de los resultados, que son lo único que, a final de cuentas, le importa a la ciudadanía. Por ahí vamos.

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