México 2026: futuro, energía y nación

México 2026: futuro, energía y nación


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Javier Jileta-Okholm / El Mundial de 2026 es la mayor oportunidad en décadas para que México muestre al mundo una nueva identidad: un país que sabe planear, ejecutar y gobernar con visión. No es un torneo: es un acto de Estado que permitirá exhibir instituciones sólidas, cohesión social y un renovado sentido de identidad nacional, más allá de las marcas país. Bajo el liderazgo de la primera presidenta, este momento puede elevar la autoestima colectiva y proyectar un México que apuesta por la justicia, la igualdad y la presencia decisiva de las mujeres en la vida pública. 

Hay que recordar que, en décadas, no hemos tenido un gobierno con tal legitimidad emanado del sufragio popular. Si bien hay quienes se oponen, la legitimidad del gobierno también les beneficia para posicionarse en su quehacer diario y, sobre todo, en el hacer negocios, lo que suma al relato del nuevo México con Justicia.

Esta vitrina global coincide con otra transformación profunda: el replanteamiento energético. México llega a 2026 con un sistema energético que se está reconfigurando y que ha replanteado su objetivo más allá de la maximización de utilidades. Fukuyama lo dice claramente: el modelo neoliberal casi mató a la democracia liberal. Distanciarnos es señal de salud mental.

Los ejes de soberanía, seguridad y justicia energéticas se equiparan a las visiones y planeaciones de largo plazo de países como el Reino Unido, Francia e incluso China. Ante todo cambio de paradigma, existen procesos de ajuste. Los inversionistas y actores lo saben, lo viven a diario en múltiples países y jurisdicciones. Estratégicamente, es conveniente cuestionar todo, sin embargo, es momento de encontrar el punto medio donde se reconozca la planeación vinculante y la visión de Estado.

La visión que interpreto de la 4T se enfoca en apostar por replantear la energía en términos de justicia y prioridad. No es lo mismo un MW gastado en una actividad que tiene efectos multiplicadores en la creación de riqueza, que uno estéril virtual. Esto habla de una visión donde regresamos a la planeación de largo plazo que, en realidad, se perdió incluso antes de la reforma de 2013.

Durante este Mundial, tener acciones clave simbólicas, desde el Juego de Pelota en eventos colectivos masivos y llamativos globalmente, hasta ejercicios de civismo nacionales para quienes nos visitan, permite presentar nuestro México, el de todos, con un rostro unido. En otras palabras, la visión presidencial tiene una oportunidad irrepetible de condensar en mensajes clave que reviertan opiniones y sumen a escépticos hacia la nación que emanó del voto popular legítimo el año pasado.

Se trata de mostrar al mundo nuestra esencia cultural a través de todas las herramientas que tenemos para consolidar una posición que se ha visto reducida globalmente. No porque México deje de hacer esfuerzos, sino porque muchos otros países han desplegado campañas culturales y diplomáticas coordinadas, altamente efectivas, para posicionarse en el imaginario global. Sin estos procesos de generación de símbolos, narrativas y discursos, habremos perdido la oportunidad de consolidar todo el apoyo global que necesita nuestro país para sacar adelante los ambiciosos planes de transformación y delinear nuestra soberana y exuberante esencia cultural.

México llega a 2026 con una identidad renovada, una presidenta que redefine prioridades nacionales y diseña un sistema productivo justo. Es momento de codificarlo como hacían nuestros ancestros: en la multiplicidad de códices que realizaban para, así, garantizar el legado mexicano en el imaginario de la colectividad global.

El mundial es más que un evento multitudinario de alegría y compañerismo global: es un faro que proyecta la luz de prosperidad y la nueva mexicaneidad.

Participación en El Economista

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