Parodia

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Luis Rubio

/ Un viejo chiste soviético decía que una persona fue a su nosocomio a preguntar por un doctor especialista en ojos y oídos. La recepcionista le dijo que no tenían ningún médico con esas características, que solo tenían especialistas en ojos o especialistas en oídos, nariz y garganta, pero no en ambas. El paciente respondió que él necesita a alguien que le explique por qué lo que ve no coincide con lo que oye.

En el México de hoy, esa contradicción reaparece en la forma en que ahora se conducen los asuntos públicos. Se pretende que vivimos en una democracia, que toda la población adora al gobierno, que la economía se mueve como un ferrocarril, que el sistema de salud ya (casi) imita al de Dinamarca y que la seguridad es ya una realidad para las familias mexicanas. Eso es lo que se oye.

Lo que se ve es muy distinto: un gobierno cada vez más poderoso, menos tolerante y más autoritario; una economía que se deteriora, finanzas públicas cada vez más endeudadas y subsidios interminables a hoyos negros como Pemex; un sistema de salud que carece de suministros; y niveles de inseguridad quizá menores en algunas regiones en materia de homicidios, pero la extorsión sigue viento en popa. Y para colmo, en pleito con nuestro principal socio.

El régimen político claramente ha cambiado, pero no en la forma en que pretende el discurso político, orientado siempre a exaltar altos niveles de popularidad como prueba de una pujante democracia. Eso es lo que se oye. Sin embargo, la pretensión de ir avanzando hacia la democracia como se entiende en el mundo occidental (elecciones libres, libertad de expresión, rendición de cuentas, contrapesos frente al poder) ha desaparecido en la medida en que el gobierno concentra el poder al eliminar todo vestigio de contrapesos y recursos independientes frente al poder, sea en la forma de un poder judicial cooptado o en la desaparición de órganos autónomos con capacidad de acción frente al poder. Eso es lo que se ve.

El país ha experimentado un cambio de régimen que, en muchos sentidos intenta recrear al viejo sistema político del siglo XX, pero en lo único que realmente se parece es en la existencia de una presidencia fuerte o, al menos, exaltada. Todo lo demás es distinto porque el gobierno actual, y el partido político que lo sustenta, en nada se parecen a los gobiernos de antaño, donde la clave residía en una presidencia institucionalizada, no personalista e ilimitada como la que observamos en el sexenio anterior que, además retiene mucho de su influencia.

Lo peor del “nuevo” régimen no es que se parezca mucho al viejo régimen del siglo pasado, aunque ciertamente parece un pobre intento por recrearlo, sino que entraña el retorno de todo un conjunto de vicios, mentiras, fantasmas, encubrimientos, calumnias, falsificaciones, engaños, corrupción y abusos que caracterizaron a aquella etapa negra de nuestra historia, pero sin las capacidades, el profesionalismo y sentido de Estado del viejo sistema. A nadie debería sorprender que su efectividad en cuanto a avanzar el progreso económico sea tanto menor.

El “viejo” régimen nació para resolver el gran entuerto que había dejado irresuelto el fin de la guerra revolucionaria: la ausencia de una estructura política. Paso a paso, primero Plutarco Elías Calles y luego Lázaro Cárdenas, fue cobrando forma un nuevo sistema político dentro, pero al lado, de la estructura formal del poder. En el corazón de aquel sistema radicaba el partido que fue la antítesis de Morena porque, primero, contaba con estructuras verticales de control; segundo, tenía por objeto el desarrollo económico del país, para lo cual el partido fue el factor clave de estabilidad política; tercero, desarrolló un cuerpo de políticos profesionales que tuvieron la habilidad de gobernar y la flexibilidad para adecuarse a un mundo cambiante; y, cuarto, encarnaba un sentido de Estado que, a pesar de la corrupción que le acompañó, entrañaba reglas del juego, reconocimiento (casi siempre) de los resultados electorales y una estructura institucional que impedía los excesos más extremos, a la vez que contribuía a restablecer la estabilidad cuando se presentaban situaciones de crisis. Morena no cuenta con nada que se le asemeje.

Todo esto arroja dos elementos que debe uno tener en cuenta para contemplar el futuro. Primero, donde sin duda hay una similitud entre el viejo y el nuevo régimen es en su naturaleza autoritaria. Una vieja medida de democracia afirma que en las dictaduras los políticos se burlan de los ciudadanos, en tanto que en las democracias son los ciudadanos los que se ríen de los políticos. En esto, los dos momentos son casi indistinguibles, rompiendo una tendencia de tres décadas en que parecía que avanzábamos hacia una democracia liberal.

Los actores clave del nuevo régimen están seguros de que avanzan en todos los terrenos y que la historia los absolverá, pero su incapacidad para hacer compatible lo que se ve y lo que se oye los ciega respecto a lo que ocurre debajo de la superficie -el otro elemento, este duro- y que puede acabar llevando al país a que se dé contra la pared. No deberían perder de vista la advertencia implícita que encuadra la famosa frase de Ernest Hemingway: ¿Cómo llegaste a la quiebra? De dos maneras; primero poco a poco y luego de golpe.

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