Rechazo electoral: ¿por ideología o por insatisfacción?
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José Carreño
/ La derrota del autocrático Viktor Orbán y su partido Fidesz en Hungría bien podría ser una señal de que el péndulo político del mundo comienza a regresar de la derecha donde ahora se encuentra a algo distinto, quizá hasta de izquierda.
Pero algunos creemos que simplemente es la victoria de votantes insatisfechos, cansados de promesas no cumplidas, corruptelas o modos autoritarios.
/ Por primera vez en más de tres décadas, Israel y Líbano retomaron contactos con la vista puesta en una posible negociación formal. El encuentro preliminar en Washington, con la mediación del jefe de la diplomacia estadounidense, Marco Rubio, pone sobre la mesa exigencias urgentes: Beirut reclama un alto el fuego -anuciado por Trump este jueves-, el regreso de los desplazados y medidas humanitarias; Israel, por su parte, exige garantías de seguridad y la retirada de Hezbolá del sur del país. ¿Se abre realmente el camino hacia una negociación duradera? El Embajador Jorge Álvarez Fuentes analiza esta situación.
No hay duda de que el Papa es una persona bien informada, por decir lo menos. Su vasta infraestructura diplomática y el acceso a múltiples fuentes humanas le ha permitido en el pasado tener bien calibrado el termómetro de la política internacional, así como su rol en los asuntos globales más apremiantes.
Aun así, no deja de llamar la atención el giro que ha tenido la diplomacia vaticana en las últimas semanas. En particular, el Papa León XIV ha adoptado una postura en contra de la guerra que asombra lo mismo por su serenidad que por su firmeza.
/ La victoria de Péter Magyar en las elecciones parlamentarias del 12 de abril de 2026 no es un giro menor ni un simple cambio de tono: es una transformación política de primer orden. Con más de dos tercios del Parlamento bajo control del partido Tisza, Magyar obtiene una supermayoría que le permite gobernar sin coaliciones y, si lo considera necesario, modificar la propia Constitución húngara. La era Orbán, con todo lo que implicó para la política europea y para Ucrania en particular, ha sufrido una derrota contundente y ha entrado claramente en su fase final.
Para Ucrania, esto importa de manera directa. Durante años, Budapest fue uno de los principales focos de bloqueo dentro de la Unión Europea, con un gobierno dispuesto a utilizar el veto como instrumento de presión, frenar consensos sensibles y mantener vínculos incómodos con Moscú. Ese patrón ha quedado políticamente cuestionado y probablemente comenzará a revertirse. Magyar ha prometido una política exterior más alineada con la UE y la OTAN y ha planteado convocar un referéndum sobre el apoyo a la adhesión de Ucrania. Eso no elimina toda incertidumbre, pero sí revela una disposición política distinta a la de Orbán y un cambio claro en la atmósfera política europea.
Los matices, sin embargo, siguen siendo necesarios. El primero es institucional. Magyar tiene el mandato, pero los tiempos del gobierno no son los tiempos de la campaña. Aunque el resultado electoral ya modificó el panorama político, su llegada formal al poder no será inmediata, pues todavía depende de los tiempos parlamentarios y de la conformación del nuevo gobierno. Los efectos concretos en la política europea de Hungría no serán automáticos, aunque la dirección general del cambio parece ya definida.
El segundo es político-doméstico. La supermayoría es real, pero también lo es la heterogeneidad del respaldo que la hizo posible. Magyar logró articular un espectro amplio, cohesionado ante todo por el rechazo a Orbán. Mantener esa cohesión cuando haya que tomar decisiones sensibles, costosas o impopulares será un reto distinto al de la campaña. No todos los votantes de Tisza comparten el mismo grado de apertura hacia Ucrania ni necesariamente respaldarán sin reservas un acercamiento incondicional.
El tercer matiz es el referéndum. Que Magyar haya propuesto consultar a la ciudadanía sobre la adhesión de Ucrania a la UE es una señal de apertura democrática, pero también una admisión de que el resultado no será necesariamente el ideal. La opinión pública húngara ha estado expuesta durante años a una narrativa crítica hacia Kiev. Modificar esa percepción tomará más tiempo y ese factor social puede convertirse en un límite real para cualquier reposicionamiento estratégico.
Nada de esto invalida la magnitud del cambio. Lo ocurrido el 12 de abril es una de las mejores noticias que Ucrania ha recibido en mucho tiempo. El obstáculo más duro y consistente que enfrentaba en Bruselas ha comenzado a desvanecerse y, en su lugar, emerge un gobierno con incentivos concretos para normalizar su relación con Europa y reducir una fuente persistente de fricción interna.
La cautela sigue siendo válida, pero ha cambiado de signo. Ya no se trata de advertir contra un optimismo infundado, sino de reconocer un avance real y entender que traducirlo en resultados para Ucrania requerirá tiempo, gestión política y una sociedad húngara que también procese este giro a su propio ritmo.
La señal es positiva y, esta vez, también es sólida. Lo que falta no es confirmar el cambio, sino dar tiempo a que produzca efectos reales.
/ El T-MEC se someterá a la primera revisión a partir de julio de 2026, un componente novedoso en acuerdos de libre comercio, que se formalizó su incorporación en el artículo 34 sección 7.
Aunque ya se ha iniciado la primera ronda formal de conversaciones entre Estados Unidos y México, lo que prima desde el inicio del segundo mandato del presidente Donald Trump -en materia de política comercial- es la incertidumbre y los efectos que ésta ha producido en las decisiones de inversión y relocalización de la producción en los tres países.
Si en el pasado los acuerdos de libre comercio proporcionaban acceso seguro y estable al mercado de Estados Unidos; el día D la liberación de aranceles recíprocos -el 2 de abril de 2025-, la política comercial del taco y la estrategia de negociación de retirarse si no se cumplen las expectativas, al tiempo de presionar para obtener el mejor acuerdo posible hacen un efecto de deja vú en las negociaciones comerciales de Estados Unidos.
Históricamente, la política comercial no es solo un instrumento para acceder a mercados y facilitar negocios e inversiones para empresas estadounidense, también es uno de los diversos instrumentos de su política exterior. Determinar qué países se convierten o mantienen como socios comerciales es ante todo una decisión de política doméstica. Esta es la característica de los acuerdos recíprocos y los acuerdos marco negociados en este periodo; áreas de negociación futura, que permiten construir una tregua temporal arancelaria, con posibilidad de convertirse en acuerdos recíprocos definitivos.
Entonces si las potenciales ganancias comerciales no son suficientes para justificar este tipo de acuerdos, son los intereses políticos y geoestratégicos los que juegan un papel importante en determinar la probabilidad de acceso a su mercado, en gran medida incentivados por los vínculos en las alianzas políticas en diversos frentes. Solo lo que va de esta segunda administración -como lo establece el documento de la Oficina Comercial de Estados Unidos (USTR) Política Comercial de 2026 y Reporte Anual 2025 - diversos países han manifestado su interés en negociar ART- se han firmado acuerdos comerciales con Argentina, Bangladés, Camboya, El Salvador, Guatemala, Indonesia, Malasia y Taiwán, y se han anunciado acuerdos marco con Ecuador, India, Japón, Macedonia del Norte, Corea del Sur, Suiza y Liechtenstein, Tailandia y Vietnam.
A pesar de lo anterior, llevar a cabo la revisión del T-MEC ocupa un lugar especial dentro de las seis áreas fundamentales para seguir profundizando la estrategia de política comercial Estados Unidos primero en 2026, y que permea otras áreas relevantes de su política, como velar por la aplicación rigurosa de los ART, otros acuerdos comerciales y de las leyes comerciales; garantizar las cadenas de suministro y diversificarlas, sobre todo, en minerales y sectores críticos y, gestionar el comercio con China en aras de la reciprocidad y el equilibrio y reducir -como se ha logrado durante 2025- las importaciones chinas en las cadenas de suministro estadunidense, y es precisamente ahí donde México tienen un gran valor estratégico al convertirse en uno de los dos primeros socios comerciales.
Pero como en toda estrategia de negociación comercial, las partes pueden producir incertidumbre para obtener el mejor acuerdo posible; ejemplo de ello -que no será el único- fue la semana pasada, cuando el representante de (USTR), Jamieson Greer, en un evento en el Instituto Hudson, señaló que el presidente Trump no estaba contento con los resultados del T-MEC y añadió que no creía posible resolver todos los temas de revisión antes del 1 de julio. ¿Por qué importa? Porque de acuerdo con la legislación de la política comercial de Estados Unidos, el USTR debe informar al Congreso del país sus planes respecto al T-MEC y parece que no tenemos planes claros, deja vú de la incertidumbre, al menos en el discurso actual.
A tiempos convulsos, estrategia clara y escenarios posibles, lo único no incierto es que México se identifica como un socio prioritario, necesario para la estrategia de la política comercial de Estados Unidos y eso, hay que hacerlo patente en los próximos meses para tener otros años de acceso seguro y estable al mercado más importante para México, el de Estados Unidos.
/ En 2007, el psicólogo y ganador del premio Nobel de Economía por sus estudios sobre cómo las emociones influyen en la toma de decisiones, Daniel Kahneman, escribió en un artículo: “Los responsables de política exterior estadounidenses probablemente verían con gran escepticismo cualquier concesión hecha por el régimen de Teherán”.
La fecha importa porque para 2007, las cosas pintaban mal en Medio Oriente. La invasión a Irak había ya colapsado en guerra civil. No poder explicar los objetivos de la guerra, más el escándalo por el centro de tortura Abu Ghraib provocaron, pocos meses antes, que los Demócratas ganaran la elección intermedia por primera vez en 12 años y la renuncia del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. No obstante, e ignorando las recomendaciones y advertencias de la comisión bipartidista, Grupo de Estudio de Irak, en enero de 2007, el presidente Bush decide doblar las apuestas con la famosa escalada, o ‘the surge’, enviando más de 20 mil tropas.
Cuando Kahneman publica su artículo “Por qué los Halcones Ganan”, EU llevaba ya cinco años abogando por una guerra sobre tesis erróneas: no había armas de destrucción masiva, ni un vínculo de Sadam Hussein con Al-Qaeda, ni una sociedad que iba a recibir al ejército estadounidense con brazos abiertos. Ya se repetía la frase de Rumsfeld de 2002: "No puedo decirles si el uso de la fuerza en Irak hoy durará cinco días, cinco semanas o cinco meses, pero desde luego no va a durar más que eso."
El texto de Kahneman fue importante porque explicaba cómo y por qué los líderes privilegiaban las posturas de intervención militar (halcones) frente a las que abogaban por la negociación (palomas). Los sesgos sobre los que el autor advertía: aversión al riesgo, exceso de confianza, o errores de atribución, no eran abstracciones; constituían parte del optimismo de militares y políticos que atribuían la gravedad de la situación a todo menos a la intervención que ellos mismos habían creado.
Kahneman no argumentaba que en toda ocasión las posturas de los halcones fueran erróneas, sino solo por qué éstas tenían una recepción desproporcionada frente a las de las palomas y sus soluciones diplomáticas. Por ejemplo, el sesgo de exceso de confianza llevaba a los políticos a sobreestimar las probabilidades de éxito de la fuerza militar, mientras que el sesgo de atribución los hacía creer que la hostilidad del adversario era intrínseca, en vez de reactiva o contextual.
A pesar de que los trabajos de Kahneman tienen ya dos décadas, los sesgos también hacen creer que nuestras circunstancias se conforman por excepciones y hoy se desdeñan las advertencias sobre cómo estamos mal equipados para entender la conducta de nuestros adversarios: Las partes tienden a racionalizar su conducta como una reacción hacia acciones provocativas de la otra parte. El autor advertía particularmente cómo el sesgo de ‘ilusión de control’ conduce a exagerar nuestra influencia sobre los resultados que son importantes para nosotros; un sesgo que el psicólogo relaciona con las decisiones de iniciar las guerras posteriores a 9/11 al asumir que las victorias serían rápidas y sencillas.
Una historiadora escribió: “Estamos peleando una guerra en Asia por un objetivo que nadie puede definir (…) El control de la guerra y de la política que la perpetúa está en manos de un presidente que se ha encerrado en un rumbo fijo y que, ya sea por orgullo personal o por incapacidad para comprender lo que está ocurriendo, se niega a desviarse, ajustarse o cambiar de dirección." La frase es de 1978. La autora, Barabara Tuchman, hacía una crítica a la guerra de Vietnam.
/ La guerra de agresión de Rusia a Ucrania se encuentra en un momento crítico. En el frente diplomático las reuniones en Abu Dabi y Washington celebradas este mes se han convertido en verdaderos laboratorios de ingeniería militar y financiera. Al menos eso es lo que pretende Washington.
Ciertamente no podemos culpar a la administración Trump de no experimentar con formas imaginativas de diplomacia.
El gobierno de Estados Unidos ha puesto al 30 de junio como la fecha límite para lograr que Moscú y Kyiv logren un acuerdo, seguramente con la cabeza puesta en las elecciones intermedias a celebrarse en noviembre.
El proceso de negociaciones que inició a principios del año pasado ha tenido como principal obstáculo la renuencia de Putin para aceptar una salida a un conflicto que su gobierno inició.
En cuanto a los mecanismos que se han discutido se encuentran la puesta en marcha de un Fideicomiso de Reconstrucción. Se trata de un fondo gestionado por Estados Unidos y empresas privadas para reconstruir el Donbás, condicionado a que las empresas estadounidenses tengan prioridad en la explotación de litio y titanio en la región. Lo cual nos habla de que la prioridad del gobierno de Trump es la explotación de recursos naturales de Ucrania.
Otra propuesta en el mismo sentido es la instalación de un Cuerpo de Paz Empresarial. De acuerdo con este esquema la seguridad en las zonas en disputa no sería mantenida por ejércitos, sino por contratistas de seguridad privada financiados por Europa, reduciendo el riesgo de un choque directo entre la OTAN y Rusia. Sería curioso que los asesores de Trump no hayan leído los escritos de Maquiavelo sobre el gran inconveniente de contratar mercenarios en lugar de ejércitos regulares.
Habrá que destacar la inclusión en las negociaciones del tecnoempresario, Elon Musk, quien ha participado como asesor técnico y ha propuesto un sistema de monitoreo satelital para supervisar la zona desmilitarizada. La idea es que esto sustituya a los observadores de la ONU, algo que Rusia parece aprobar pero que Ucrania teme sea un sistema susceptible a posibles sabotajes.
Todo esto parece al mismo tiempo fantástico y extraordinario. El problema que enfrentan estas formulaciones es su carácter conjetural y quizás utópico si pensamos la realidad sobre el terreno.
A pesar de esas propuestas que parecen sacadas del libro más famoso de Trump - The Art of the Deal - hoy existen tres “líneas rojas” que impiden un acuerdo final:
Por un lado, el problema de lo que se conoce como la Cláusula de Retorno Automático o Snapback. Se trata de un sistema favorecido por el gobierno de Zelenski para que, en caso de que Rusia vuelve a atacar, las sanciones de Estados Unidos y el suministro de armas masivo se reactiven automáticamente. Putin, por supuesto, se niega absolutamente y más bien exige el levantamiento total y permanente de las sanciones como condición previa.
El segundo punto tiene que ver con la cuestión de la soberanía ucraniana. El plan de Trump propone que Ucrania mantenga la soberanía teórica sobre el Donbás, pero que Rusia tenga la administración civil y militar por 20 años. Zelenski sostiene que esto es una anexión encubierta y que es políticamente suicida aceptarlo ante su población.
Finalmente se encuentra el futuro estatus de la OTAN. Aunque Trump está dispuesto a sacrificar la entrada de Ucrania a la OTAN, el Congreso de Estados Unidos y los aliados del flanco este - como Polonia y los países Bálticos - están bloqueando cualquier acuerdo que no incluya una garantía de defensa robusta para Ucrania.
Mientras se concretan estos acuerdos, la guerra por Ucrania continúa, con su mensaje de la muerte.