/ El Cáucaso inicia 2026 con transita de un “conflicto congelado” a una competencia geopolítica con un corredor comercial transcontinental. La influencia regional se desplaza de Moscú a Washington y Ankara. La estabilidad de Georgia y las elecciones armenias de junio presentan riesgos significativos.
Resultado de la reunión en Washington de agosto de 2025, la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional (TRIPP) —buscando renacer al “Corredor Medio”— marginó a Rusia y provocó indignación iraní. Presencia de la UE por 99 años en TRIPP, que con medianía pretende impulsar el comercio Este-Oeste, corre el riesgo de acción militar de Irán y sabotaje híbrido por Rusia.
Importante riesgo político son las elecciones armenias en junio. Serán prueba crítica para el primer ministro Pashinyan, cuya “Cuarta República” y sus compromisos post- Segunda Guerra de Karabakh con Azerbaiyán (eliminar referencias constitucionales al territorio azerbaiyano de Nagorno-Karabakh) han generado amplia oposición, incluyendo a la iglesia armenia y facciones nacionalistas, que califican las concesiones como traición a la identidad nacional. Toda irregularidad electoral e imposibilidad de un referéndum constitucional podría colapsar el proceso de paz y reanudar escaramuzas fronterizas. Pese al giro pro-occidental de Armenia , depende de energía rusa y la ruta comercial del Alto Lars. Moscú ha mostrado disposición a cierres fronterizos y aumentos del precio de energía como apariciones de influencia política. Rusia podría utilizarlos para influir en el electorado armenio o penalizar a Azerbaiyán por acercarse a Washington.
Georgia está sumida en crisis política tras las elecciones de 2024 y el aplazamiento de su adhesión a la UE hasta 2028. El partido “Sueño Georgiano” consolida poder, rompiendo con Bruselas. Para enero de 2026, EUA y el Reino Unido sancionaron a más de 200 funcionarios georgianos. El giro del gobierno hacia una “modernización autoritaria”—financiada progresivamente con capital chino para eludir las sanciones occidentales —ha generado un profundo cisma social, con manifestaciones al estilo Maidán en Tbilisi— peligro persistente para la estabilidad. Un “estado de protesta congelado” en Tbilisi podría derivar en enfrentamientos violentos.
Azerbaiyán requiere equilibrar su alianza estratégica con Washington con la necesidad de gestionar el descontento de Moscú. El derribo en 2024 de un avión azerbaiyano por sistemas rusos sigue siendo fuente de tensión.
La posición militar de Irán en el río Aras es de grave preocupación. Realizó ejercicios a gran escala en frontera con Armenia en 2025 con el objetivo explícito de disuadir al “eje turco” (Turquía y Azerbaiyán). La seguridad de la infraestructura energética es prioridad regional. Los oleoductos Bakú-Tbilisi-Ceyhan (BTC) y del Cáucaso Sur (SCP) son vulnerables a sabotaje y ataques asimétricos. En clima de alta tensión geopolítica, estas arterias energéticas son objetivos para cualquiera que busque ejercer presión económica sobre Europa y Turquía.
El presunto deterioro de la salud (necrosis pancreática) del líder checheno Ramzan Kadyrov a principios de 2026 representa la mayor amenaza para la seguridad en el sur de Rusia. Un vacío de poder en Grozni —sin aparente delfín— sumado a operaciones de inteligencia ucranianas y propaganda yihadista, amenaza con desestabilizar el desarrollo socioeconómico del Cáucaso. Abjasia y Osetia del Sur continúan anómalas, pero críticas. Una base rusa en la costa de Abjasia en 2025 incrementó la presencia naval rusa en el Mar Negro.
La arquitectura de seguridad liderada por Rusia fenecido en el Cáucaso. La disolución oficial del Grupo de Minsk de la OSCE en 2025 y la suspensión de la membresía de Armenia en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO) provocaron vacíos que EUA aborda. TRIPP y la “paz armada” entre Bakú y Ereván —con riesgos de escaramuzas por “corrección fronteriza”—pusieron fin a décadas de mediación rusa.
La incursión estadounidense enfrenta a la oposición rusa, pero igual de Irán y Turquía, quienes pese a su rivalidad son recelosos. Irán percibe a TRIPP como “tijera geopolítica” de 43 kilómetros diseñada para cortar sus rutas comerciales hacia Europa y Rusia. La actual inestabilidad interna en Teherán (con estimaciones de decenas de millas de muertos en días recientes) agravada por su conflicto con Israel en 2025 le vuelve propenso a escaladas en “zonas grises” en el Cáucaso.
El “ Corredor Medio ” (Ruta de Transporte Internacional Transcaspiana)—que evita a Rusia e Irán —es el principal escenario de competencia geopolítica.
En 2026 la infraestructura para la paz (ferrocarriles, oleoductos, cables de fibra óptica) se unirá a la región o fungirá como nueva fricción entre potencias.
/ Después de una década de negociaciones y de acuerdo con declaraciones oficiales, México y la Unión Europea (UE) están listos para firmar el Acuerdo Global modernizado, un instrumento jurídico que promete, entre otras cosas, transformar las relaciones comerciales entre ambos actores que ya tienen una trayectoria de intercambios importante.
El acuerdo llega en un momento propicio porque, mientras el mundo se enfrenta a guerras comerciales y el proteccionismo gana terreno, ambos actores apuestan por diversificar, aunque sea ligeramente, sus mercados y fortalecer sus relaciones económicas más allá de sus socios tradicionales. ¿Qué gana México? Primero, se extiende la liberalización a casi todos los productos agropecuarios que ahora entrarán al mercado europeo. Segundo, las empresas europeas tendrán acceso a las licitaciones públicas mexicanas, lo que podría incentivar la inversión. Tercero, los productos agrícolas emblemáticos recibirán protección reforzada contra la imitación. Cuarto, las PyMEs mexicanas contarán con procedimientos simplificados para exportar a la UE. Finalmente, la UE garantizará el acceso justo a materias primas críticas.
Sin embargo, el Acuerdo enfrenta retos significativos. La UE insiste en estándares ambientales rigurosos que generan fricción, como sucede con el Mercosur. La política energética de México prioriza la energía estatal sobre las renovables y esto preocupa a Bruselas. Además, el gobierno mexicano deberá adaptar muchas regulaciones para alinearse con las normas europeas, lo que requiere capacidades institucionales aún en desarrollo. Las PyMEs necesitarán apoyo financiero y técnico para cumplir con los estándares que demanda el mercado europeo.
El panorama se complica por el contexto geopolítico. Los Estados Unidos impusieron aranceles a productos mexicanos, creando incertidumbre comercial. Aunque esto podría favorecer el acuerdo con la UE como vía de escape, también significa que México debe mantener buenas relaciones con EU mientras abre o refuerza nuevos mercados. Del lado mexicano, tiene sentido la diversificación, pero desde la perspectiva de ciertos sectores internos, el Acuerdo podría implicar la competencia con productores europeos más consolidados.
En la UE el proceso es más complicado. Aunque la parte comercial del Acuerdo sólo necesita la aprobación del Consejo y el Parlamento Europeo para entrar en vigor, la dimensión política y de cooperación requiere además unanimidad de los 27 parlamentos nacionales y de algunos parlamentos locales. Esto abre la puerta a vetos inesperados, especialmente de países escépticos sobre ciertos temas sensibles.
Pero ¿este acuerdo es bueno para México? La respuesta es matizada. Lo es para grandes empresas exportadoras y para la diversificación económica en un contexto de incertidumbre global. Pero también exige que México asuma compromisos serios y fortalezca sus instituciones para obtener beneficios tangibles. No es un regalo de la UE a México ni viceversa; es una apuesta mutua.
Se trata de una estrategia ganar-ganar, pero sólo si se implementa con seriedad y un compromiso político genuino más allá de la coyuntura.
/ “La historia no se detiene por nadie.” La frase suena a consuelo, pero hoy funciona más como advertencia: estamos dejando atrás una época diseñada —política, económica e institucionalmente— para domesticar la incertidumbre. En el último cuarto de siglo, las sociedades y los Estados apostaron por un “orden basado en reglas” que prometía previsibilidad; no paz absoluta, porque la paz mundial siempre fue elusiva, pero sí una gramática compartida que redujera el margen de sorpresa. Ese andamiaje se está desgastando. Y el desgaste no se expresa solo como crisis coyunturales —una guerra aquí, una intervención allá—, sino como una policrisis estructural: una reconfiguración profunda de las bases históricas sobre las que se construyó el mundo que dábamos por sentado.
La palabra “policrisis” se usa a menudo como sinónimo elegante de caos. Es un error. La policrisis no son muchos problemas acumulados; es la coexistencia de transformaciones que se retroalimentan y que, juntas, cambian el sistema completo. Por eso el vértigo contemporáneo no viene solo de “lo que pasa”, sino de la sensación de que ya no sabemos “cómo funciona” el mundo. Ese desajuste entre expectativas y oportunidades —una de las versiones de lo que la teoría social ha llamado privación relativa— es el combustible emocional de nuestro tiempo: el sentimiento de que “el sistema nos quedó a deber”, que las promesas de ascenso, seguridad y dignidad fueron aplazadas indefinidamente para mayorías cada vez más impacientes.
Cuatro tiempos a la vez
Parte del desconcierto proviene de que vivimos en cuatro bandas temporales simultáneas: 1) en la larga duración se mueven estructuras civilizatorias, como formas de producción, organización social, tecnologías generales, incluso ideas de autoridad y legitimidad; 2) en la mediana duración ocurre el relevo de hegemonías, como potencias que ceden capacidad de ordenar y otras que ganan margen para disputar; 3) en la corta duración operan los ciclos políticos, económicos y tecnológicos que se notan en elecciones, recesiones, auges de inversión o estallidos sociales, y 4) la inmediatez —producto histórico del avance tecnológico y de la ubicuidad mediática— comprime la experiencia, es decir, todo sucede “en vivo”, todo parece definitivo, todo exige reacción inmediata, aunque sus causas sean lentas y sus consecuencias aún más lentas.
La confusión aparece cuando intentamos explicar procesos de larga duración con lenguaje de coyuntura o cuando confundimos la espuma de la inmediatez con el oleaje profundo. Un enfrentamiento fronterizo o incluso una pandemia pueden ser eventos enormes, pero su relevancia histórica se mide con otra vara: si aceleran o revelan cambios estructurales que ya venían en marcha.
Ese es el marco para entender el periodo que va del fin de la Guerra Fría hasta hoy: una secuencia de golpes que no solo dañaron piezas del sistema, sino que erosionaron la fe en el sistema mismo. Tras la caída del muro de Berlín, con la disolución de la Unión Soviética y el ocaso del orden traído por la certeza de una tensión permanente y conocida, una serie de conflictos sacudieron al mundo que celebraba “el final de la historia”. De entre ellos destaca la guerra del Golfo, no solo porque fue la primera guerra del mundo posterior a la Guerra Fría, sino porque fue el laboratorio donde se volvió visible una nueva forma de hacer guerra: la de la información, la de las narrativas, la de las mentes. La imagen de periodistas embebidos en unidades operativas, transmitiendo en tiempo real, no fue solo un recurso mediático: fue una señal estratégica. A partir de ahí, todas las potencias —o quienes aspiraban a serlo— comenzaron a comprender una nueva dimensión de batalla: la esfera cognitiva, donde la percepción antecede a la decisión, y la decisión antecede a la acción.
El 11-S fracturó la sensación de invulnerabilidad de la superpotencia y dio paso a la “guerra contra el terrorismo”, una era de securitización mundial, expansión de aparatos de vigilancia y guerras prolongadas con resultados estratégicamente ambiguos. La invasión rusa a Georgia en 2008 —frecuentemente tratada como un episodio regional— fue en realidad otro aviso temprano: mostró que la fuerza podía reabrir fronteras políticas en el espacio postsoviético y anticipó el tipo de revisionismo que más tarde veríamos con mayor escala. La crisis financiera de 2008 no fue solo un colapso de mercados: fue un colapso de credibilidad. La narrativa de eficiencia y mérito que acompañó al capitalismo globalizado se vio contradicha por rescates, precarización y desigualdad. Después vinieron los síntomas sociales: Occupy Wall Street y su 99% vs. 1%; los chalecos amarillos en Francia; oleadas contra el poder establecido de distinta ideología; el ascenso de retóricas de agravio y pertenencia —MAGA (“Make America Great Again”), pero también Black Lives Matter— que, aunque divergentes, comparten un diagnóstico emocional: “esto no funciona para mí”.
En este punto suele decirse que “la democracia está muriendo”. La frase captura ansiedad, pero oscurece el fenómeno. Lo que vemos es más estructural: un desplazamiento en la forma en que las sociedades producen legitimidad, autoridad y obediencia. La democracia liberal —como combinación de representación, partidos, prensa, pesos y contrapesos, y un horizonte de progreso material— floreció y se amplió mientras funcionó relativamente bien, mientras pudo prometer movilidad social, construir clases medias y sostener un consenso mínimo sobre lo “normal”. Cuando el rendimiento de ese arreglo se estanca, la democracia no desaparece de inmediato; cambia de textura. Además, pierde capacidad de articular futuro y se vuelve, cada vez más, un procedimiento para administrar agravios presentes.
Ese cambio de textura es clave para entender por qué la erosión democrática no debe leerse como obituario, sino como síntoma de reacomodo de época. En transiciones históricas, las instituciones y formas no “mueren” porque sí: dejan de encajar con el tipo de sociedad, economía y ecología informativa que las rodea. Hoy, la economía precariza, la desigualdad se normaliza, la movilidad social se encoge y la identidad compite con el interés material como eje de la política. En ese entorno, el conflicto se intensifica y la democracia se vuelve campo de batalla donde se disputa qué cuenta como verdad, qué cuenta como pueblo y qué cuenta como pertenencia.
Estados Unidos: del arquitecto de reglas al actor de fuerza
La pérdida relativa de poder de Estados Unidos no es un derrumbe repentino; es un desgaste sostenido que se arrastra desde finales del siglo XX y que se acelera cuando el resto del mundo ya no concede legitimidad automática a reglas escritas desde Washington. El orden liberal se apoyaba en una promesa: apertura económica, expansión de derechos, instituciones multilaterales y democracia como horizonte. Esa promesa se ha agotado por dos vías. Primero, porque produjo ganadores y perdedores dentro de las sociedades, y los perdedores aprendieron a votar, protestar y bloquear. Segundo, porque el mismo sistema que decía universalizar reglas terminó viéndose como mecanismo de asimetrías: sanciones para unos, excepciones para otros; derechos humanos invocados selectivamente; mercados abiertos en el discurso y proteccionismo en la práctica.
En ese contexto, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 marca algo más que alternancia política: institucionaliza una lectura del mundo donde las reglas son instrumento, no marco; donde la certidumbre se sustituye por la ventaja, y donde la fuerza —económica, tecnológica, militar— vuelve a presentarse como fundamento último del orden. Es tentador reducir el fenómeno a personalidad o estilo, dejando de lado lo estructural. En sociedades saturadas de privación relativa, la promesa de “romper todo” deja de ser un escándalo y se convierte en oferta política; la destrucción de normas se vende como justicia correctiva.
La paradoja es que, al mismo tiempo que la superpotencia se muestra menos dispuesta a sostener el andamiaje multilateral, el mundo enfrenta problemas que solo pueden administrarse con coordinación: cadenas de suministro, pandemias, ciberseguridad, clima, migración. La pandemia fue un espejo brutal: evidenció capacidad científica, pero también un reflejo geopolítico primario —cada quien se salva a sí mismo— que debilitó la ilusión de comunidad internacional y aceleró el “sálvese quien pueda” como ética práctica.
China, Rusia y la India: multipolaridad sin manual y categorías mentales obsoletas
La policrisis también es un problema de percepción. Occidente tiende a pensar el poder con categorías creadas por Occidente: hegemonía, reglas, instituciones, democracia liberal como estándar. Pero el ascenso de China obliga a reconocer que el mundo puede ordenarse con lógicas distintas. Beijing es ya potencia económica y tecnológica, y la disputa por semiconductores e inteligencia artificial (IA) es, en realidad, disputa por la infraestructura del porvenir inmediato: quien controle esas plataformas controlará la productividad, la capacidad militar, la vigilancia y el ritmo de innovación. La pregunta no es solo si China remplazará a Estados Unidos, sino qué papel busca: ¿arquitecto alternativo de reglas, líder civilizatorio, o gran potencia pragmática que asegura márgenes sin cargar con costos de hegemonía? Incluso, ¿qué conceptos y categorías debemos utilizar para ponderar este futuro?
Rusia, por su parte, empuja explícitamente por un mundo multipolar en el que Estados Unidos ya no dicte las reglas del juego. La invasión a Ucrania —y la manera en que reconfiguró sanciones, gasto militar europeo, mercados energéticos y alineamientos— fue también un mensaje sistémico: el territorio como argumento sobre las fracturas en el “orden” establecido. Y, sin embargo, Moscú no ofrece un “modelo” de orden; ofrece una fuerza de fricción: puede impedir, complicar, castigar. Así puede lograr y mantener un lugar importante en la mesa. En un sistema fatigado, el actor que puede romper es tan relevante como el que puede construir.
La India añade otra capa: economía en crecimiento, ambición tecnológica y una base demográfica que ya rebasó a China, un dato con implicaciones de largo plazo para mercado laboral, consumo, poder militar potencial y proyección regional. Nueva Delhi podría ser uno de los grandes ganadores estructurales del reordenamiento, pero su papel internacional aún está en construcción: equilibra autonomía estratégica, rivalidad con China, relación con Estados Unidos y liderazgo del Sur global sin asumir costos de “policía” internacional.
La multipolaridad, así, no es un concierto armónico de potencias: es una redistribución de margen de maniobra. Y, crucialmente, no debemos asumir que “multipolaridad” significa lo mismo para todos: es muy probable que cada actor relevante (China, Estados Unidos, la India, Rusia, Europa o las potencias regionales) tenga una visión distinta —e incluso divergente— de qué implica y cómo debería verse ese arreglo. El resultado es un mundo más negociado, pero también más propenso al choque, porque la capacidad de imponer disciplina disminuye mientras aumentan las oportunidades de desafiar: incertidumbre sobre orden.
Clima, energía, tecnología y migración: las fuerzas transversales que vuelven todo más difícil
Hay fuerzas que no respetan fronteras y que están rediseñando la política mundial desde abajo. El cambio climático avanza más rápido que las respuestas políticas. Multiplica problemas: inflación alimentaria, desastres, estrés hídrico, presión fiscal y migraciones que ya no serán solo económicas o por violencia, sino por habitabilidad. Y, sin embargo, la acción climática pierde prioridad real cuando las potencias compiten por seguridad energética y ventaja industrial. La hipocresía energética no es moral; es estructural: el petróleo barato sigue siendo un factor central de alianzas y de estabilidad interna.
La guerra en Ucrania mostró esa tensión: sanciones, pero también rutas alternativas. China y la India se volvieron compradores cruciales de crudo ruso en distintos momentos. En un mundo de policrisis, la moralidad compite con la factura de energía.
La revolución tecnológica agrava el cuadro. La combinación de IA aplicada, automatización y control de semiconductores acelera la posibilidad de sustituir trabajo humano a escala, no solo en manufactura sino en servicios, logística, análisis e incluso tareas cognitivas. Esto tiene una implicación política explosiva: grandes porciones de población —ya vulnerables— pueden volverse “prescindibles” para la creación de valor, aumentando presión para programas asistencialistas justo cuando muchas pirámides demográficas se invierten y los Estados envejecen. La desigualdad deja de ser un subproducto incómodo y se convierte en motor de inestabilidad.
Pero hay una dimensión adicional, menos discutida y cada vez más influyente: los idearios de la élite tecnológica mundial. En torno a la élite empresarial del sector tecnológico (tech-bros), a ciertos círculos de capital de riesgo y a quienes controlan plataformas, infraestructura digital y narrativas de innovación, circula una visión del futuro que no es neutra. Suele mezclar promesas emancipadoras —eficiencia, progreso, “soluciones” tecnológicas— con un trasfondo marcadamente elitista: la idea de que el rumbo correcto lo define una minoría “capaz” y que las fricciones sociales son obstáculos a optimizar, más que comunidades a representar. En esa lógica, la desigualdad aparece como precio aceptable del avance, o incluso como filtro natural; la política se ve como estorbo y la democracia como un sistema demasiado lento para un mundo que debe acelerarse.
Esa mentalidad importa porque no se queda en discursos: influye en diseño de plataformas, en gobernanza algorítmica, en concentración de datos, en relaciones con Estados y, sobre todo, en la manera en que se concibe quién cuenta en la economía del mañana. Si la automatización vuelve prescindibles a millones y, al mismo tiempo, los idearios dominantes en el sector que produce esa automatización tienden a naturalizar la exclusión, la promesa de “prosperidad para todos” se vuelve más frágil. El resultado es una incompatibilidad creciente entre los aparentes reclamos de mayorías —ya de por sí excluidas— y los proyectos implícitos de una élite que imagina el futuro como un espacio de selectos, hiperproductivos y altamente conectados.
El reto estratégico, entonces, no es “predecir” el nuevo orden con exactitud —no podemos—, sino aprender a navegar la incertidumbre sin paralizarnos.
Aquí aparece una tensión y divergencia que puede moldear lo que venga: por un lado, sociedades que exigen dignidad, redistribución y protección ante el desplazamiento tecnológico; por el otro, una constelación de actores tecnológicos con recursos, influencia cultural y capacidad de “hacer mundo” por medio de infraestructura digital, muchas veces empujando por desregulación, excepción y poder privado. Esa fricción no es secundaria: puede traducirse en populismos antitecnología, en regulaciones abruptas, en capturas regulatorias silenciosas o en nuevos pactos sociales. En cualquier caso, añade otra capa a la policrisis, porque amplía el conflicto central de nuestro tiempo: quién decide las reglas —y para quién— en un orden que ya no logra producir certidumbre compartida.
La movilidad humana completa el triángulo. Migrar es histórico y natural, pero hoy choca con fronteras rígidas y discursos nativistas que se endurecen mientras las causas de migración se multiplican. La idea de Estado-nación —histórica, no eterna— se defiende con dureza precisamente cuando su capacidad de encausar flujos y economías se reduce.
Y, como telón de fondo, la polarización: política, por crisis de consensos; económica, por desigualdad persistente que se replica en casi todas las sociedades. La polarización no es ruido, es señal de que las viejas coaliciones sociales que sostenían el contrato político se están rompiendo.
Varios países ofrecen este espejo: el impulso mundial de “desmontar” instituciones como respuesta al agravio social. Más allá de simpatías partidistas, el punto estratégico es otro: cuando la estabilidad institucional deja de ser valor central, la incertidumbre se institucionaliza. Reglas menos claras, decisiones más centralizadas.
Pero incluso aquí conviene leer el fenómeno en clave de transición, no de tragedia lineal. No es un “apagón” repentino; es una recomposición del vínculo entre Estado y sociedad cuando cambian las condiciones materiales, informativas y demográficas. En un mundo de incertidumbre estructural, las mayorías demandan protección inmediata —seguridad, precio de la vida, empleo, pertenencia, inclusión—, y los sistemas representativos, diseñados para deliberar y procesar diferencias, quedan tensados. Eso empuja a soluciones de concentración de poder que prometen eficacia, aunque su costo sea la fragilización de contrapesos.
Esto conecta con una idea clave para entender el siglo XXI: la “necesidad de caos”. Una parte de la población apoya destruir el sistema establecido aun sin claridad sobre qué vendrá después, porque siente que el sistema “merece ser derribado”. Es un fenómeno que resuena con el brexit, Trump, los chalecos amarillos, los virajes a derechas extremas y múltiples expresiones de hartazgo internacional.
Gaza, Ucrania y el regreso del realismo, pero con un mundo distinto
Las guerras recientes —Ucrania y Gaza— se leen a menudo como eventos aislados, y ahí está el peligro intelectual. Son también síntomas del debilitamiento del “orden basado en reglas”: la dificultad de disuasión, la fragmentación diplomática, el uso instrumental del Derecho Internacional y la incapacidad de producir salidas estables. No es que las reglas hayan desaparecido; es que su capacidad de obligar se redujo y su legitimidad se volvió objeto de disputa.
En este escenario, muchos celebran un “regreso al realismo”: intereses, poder, zonas de influencia. Pero si concluimos que el futuro será una simple repetición del pasado, erramos. El tablero ya no es el de 1945 ni el de 1991. La diferencia decisiva es la multiplicación de actores no estatales —lícitos e ilícitos— con capacidad real de alterar resultados: plataformas tecnológicas, redes criminales trasnacionales, fondos, milicias, cadenas logísticas privadas, comunidades digitales capaces de movilizar o desestabilizar, y de la diversificación de los ámbitos de acción humana. En campos como el tecnológico, estos actores llevan ventaja sobre los Estados. El resultado podría ser, incluso, el inicio del fin del Estado-nación tal como lo conocimos: no porque desaparezca de un día para otro, sino porque su monopolio de soberanía efectiva se erosiona.
Vemos, además, un auge de nuevas formas de acción estratégica, como “la guerra híbrida”, no como sustituto de la guerra física —que persistirá por control de territorio y recursos tangibles—, sino como expansión natural hacia otros campos, especialmente el cognitivo. La batalla por las mentes, por la influencia convertida en acción, se ha vuelto notable. Y aquí aparece una paradoja central: si bien observamos el agotamiento de la democracia, también vemos el uso de mecanismos democráticos —elecciones, opinión pública, movilización de mayorías— como vehículo de erosión democrática. La influencia sobre mayorías alcanzadas por narrativas que cuestionan los marcos referenciales les ofrece una falsa sensación de comprensión y esperanza: comprensión, porque simplifica el mundo en relatos totales; esperanza, porque promete salvación vía exclusión, castigo o ruptura. Así, se logra la erosión más efectiva de la democracia porque se hace desde adentro, por medio de sus propios mecanismos.
Vale subrayar que esto también es histórico: cada gran cambio de periodo trae consigo una crisis de mediación. En los tiempos más recientes, cuando se transforma la tecnología de la comunicación —como ocurrió con la imprenta, la radio o la televisión— se reordenan los equilibrios de autoridad y la manera en que una sociedad decide qué es real. Hoy, la economía de la atención, las redes sociales, el contenido curado y la IA han alterado esa mediación a una escala inédita y con una velocidad que desborda a las instituciones. La democracia liberal se construyó sobre mediadores relativamente estables (partidos, sindicatos, prensa, academias, burocracias profesionales). Al debilitarse esos puentes, la legitimidad busca rutas alternativas: liderazgos directos, plebiscitarios, identidades duras, comunidades cerradas. No es “el fin” de la política democrática; es su metamorfosis bajo nuevas condiciones de comunicación y desigualdad.
Ese proceso, a su vez, alimenta dos dinámicas que se refuerzan. Primero, facilita a los elitistas —incluida parte de la élite tecnológica— el argumento de que solo minorías “capaces” deberían poder tomar decisiones, porque “las masas” serían demasiado manipulables o demasiado impulsivas. Segundo, produce una cámara de eco permanente en la que el “99%” se mantiene en tensión con el “1%”: no como metáfora política puntual, sino como estructura emocional que recircula la privación relativa y aumenta la presión sobre la idea de que “el sistema debe morir”.
Y aquí aparece la conexión más fina con la transición histórica: la erosión democrática no ocurre pese al “orden basado en reglas”, sino porque ese orden dependía del respaldo de un tipo de gobiernos nacionales y ciudadanía, y de un tipo de confianza social que hoy ya no se reproducen automáticamente. En la era liberal, la promesa era que reglas compartidas —dentro y entre Estados— generarían estabilidad y, con ella, prosperidad suficiente para sostener acuerdos (tanto así que países democráticos estuvieron dispuestos a ir a la guerra para asegurar que otros países se volvieran democráticos). Cuando la prosperidad se concentra, cuando la seguridad se vuelve desigual y cuando la información se convierte en un campo de batalla permanente, las reglas dejan de percibirse como garantías y empiezan a verse como candados: mecanismos que protegen a quienes “ya llegaron” y excluyen a quienes “siguen esperando”. En ese punto, la democracia liberal deja de ser el idioma incuestionado del futuro y se vuelve uno de varios dialectos disponibles para organizar la vida colectiva. Si se le agrega un alza cínica de la transaccionalidad, del poder entendido como derivado solamente de recursos, y no sustentado también en valores, tenemos la explosiva combinación del hoy.
Durante un tiempo, persistirá la idea de que, si logramos recomponer pactos internos —reducir la desigualdad, reconstruir la confianza y actualizar las instituciones a la nueva ecología informativa—, también podremos recuperar parte del “rumbo” colectivo, no como regreso intacto a un pasado, sino como rearticulación de una promesa mínima de convivencia bajo reglas compartidas. Lo decisivo es entender qué forma democrática —con qué mediaciones, qué límites al poder y qué nuevos equilibrios entre lo público y lo privado— puede emerger y sostener certidumbre en una época distinta. Las mentes y el espacio cognitivo ya han sido modificadas. La plasticidad cerebral —a punta de redes sociales, contenido curado, IA y economías de la atención— sembró la idea de un mundo diferente del actual, que para muchos no funciona ni cumple promesas. ¿Cuál es ese mundo? Todavía no lo sabemos. Hay miles de versiones posibles de ese nuevo mundo circulando al mismo tiempo, compitiendo por adhesión, identidad y acción. Y, en gran medida, estamos viviendo esa guerra por sentido que añade otro punto de incertidumbre a esta transición histórica.
Ahí aparece la intuición más incómoda de nuestra época: sabemos que el mundo del que venimos se está acabando, pero no tenemos forma de saber con certeza qué viene. La transición histórica no tiene manual. A diferencia de los siglos posteriores, nosotros no gozamos de retrospectiva. No podemos ver el “corte” que, dentro de 500 años, usarán para nombrar esta etapa. ¿Ya ocurrió? ¿Aún está por venir? ¿Se definirá por 2008, por 2014, por 2020, por 2022, por 2025? Nadie lo sabe. Y, sin embargo, el impulso de buscar patrones —la industria completa de gestión de riesgo, previsión, cumplimiento normativo, análisis— sigue vivo porque fue construido para cerrar la brecha de incertidumbre. Hoy intenta hacerlo con herramientas diseñadas para un mundo más estable.
No hay vuelta atrás: repensar la supervivencia
En tiempos históricos, la nostalgia es una trampa. No hay vuelta al orden liberal “clásico” como marco indiscutido. No significa que desaparezca por completo, pero lo que manda es la tendencia de redistribución del poder, agotamiento ideológico, competencia tecnológica, crisis climática, presión migratoria y polarización.
Eso obliga a replantear la estrategia, sobre todo para potencias medias y países que no dictan reglas, pero que sí pueden ampliar o reducir su vulnerabilidad. La primera tarea es pensar en dos horizontes al mismo tiempo: existencia inmediata y de largo plazo. En el corto plazo, se trata de resiliencia: blindar infraestructura, profesionalizar inteligencia y gestión de crisis, y sostener cohesión social mínima; en situación ideal, además, diversificar dependencias críticas (energía, alimentos, tecnología). En el largo plazo, se trata de apuestas: posicionarse en cadenas de valor del siglo XXI (semiconductores, IA aplicada, transición energética), construir autonomía estratégica sin autarquía, y diseñar políticas demográficas, educativas y de innovación que permitan navegar el remplazo tecnológico del trabajo y acomodar los movimientos naturales humanos naturales y creados por la presión de los tiempos.
La segunda tarea es intelectual: no confundir tácticas heredadas con diagnósticos correctos. Las zonas de influencia, por ejemplo, pueden reaparecer como práctica de poder; pero creer que explican todo conduce a errores, porque hoy compiten con redes, datos, plataformas y mercados que no obedecen fronteras.
La tercera tarea es política: sostener instituciones que produzcan previsibilidad sin caer en el fetiche institucional. Las instituciones importan no por ser “buenas” moralmente, sino porque reducen arbitrariedad y permiten coordinar expectativas. Cuando se destruyen, la incertidumbre no se elimina, se privatiza, se vuelve costo social y se paga con inestabilidad.
El mundo que viene —si es que “viene”, porque en realidad ya está aquí— no será necesariamente mejor ni peor; será distinto. Y ese es el punto central. Estamos entrando en una época donde la certidumbre deja de ser bien público garantizado por un centro hegemónico y se convierte en un recurso escaso que cada actor buscará producir para sí mismo, por la buena o por la mala. Eso reordena alianzas, economías y políticas nacionales. También reordena mentalidades. Quizá el mensaje final sea el más difícil de aceptar: no se trata de esperar a que pase la tormenta para volver a lo de antes. Lo de antes era una fase histórica, y está terminando. El reto estratégico, entonces, no es “predecir” el nuevo orden con exactitud —no podemos—, sino aprender a navegar la incertidumbre sin paralizarnos, entendiendo que la policrisis no es una suma de crisis coyunturales, sino el cambio lento, pero sostenido, de la estructura total del mundo.
• Durante el fin de semana, un grupo de senadores de ambos partidos negoció un acuerdo que representa el primer paso para reanudar las actividades gubernamentales después de un cierre parcial que ayer alcanzó su cuadragésimo día. Como parte del acuerdo, el Pleno del Senado aprobó anoche, por una mayoría calificada de 60 votos a favor (52 R y 8 D) y 40 en contra (1 R y 39 D), la resolución que garantiza fondos temporales para la reapertura hasta el día 21 de este mes. Hoy podría aprobarse un paquete complementario que después deberá ser validado por la Cámara de Representantes. La negociación bipartidista en sí misma fue un avance importante, tomando en cuenta que, al pasar el tiempo, es mayor el impacto negativo de la suspensión de actividades gubernamentales. Para detalles adicionales, ver el apartado de “Agenda legislativa”.
• Antes del desenlace de anoche, durante el fin de semana, Donald Trump abordó en Truth Social varios temas relacionados con el cierre del gobierno federal. Por una parte, presionó a la bancada republicana del Senado con varios mensajes para cambiar las reglas del procedimiento legislativo, a fin de que la resolución para reanudar actividades fuera aprobada por mayoría simple y no calificada. Por otro lado, atacó la insistencia de los demócratas de incluir los subsidios al programa de salud conocido como Obamacare para la reapertura del gobierno, al considerar que, en los hechos, equivale a un respaldo a las compañías de seguros médicos.
• A partir de una apelación del Departamento de Justicia, la Suprema Corte autorizó al gobierno federal retener, por ahora, la entrega de 4 mil millones de dólares del programa de asistencia para alimentación y nutrición conocido como SNAP, que otorga el Departamento de Agricultura a 43 millones de beneficiarios, en tanto se resuelve otro litigio sobre el tema en un tribunal inferior. Hubo cobertura en medios como Reuters, AP, The New York Times, Fox News, NBC News, Time, Scoutsblog, Roll Call, Daily Caller y The Washington Post.
• En respuesta a la autorización de la Suprema Corte, el Departamento de Agricultura pidió a los gobiernos estatales suspender cualquier acción que hayan emprendido para proporcionar ayudas del programa SNAP. Sobre este tema, publicaron notas AP, NBC News, NPR y The Washington Post.
• Donald Trump se reúne hoy en la Casa Blanca con Ahmed al-Sharaa, presidente de Siria, quien anteriormente fue yihadista. Esta es la primera ocasión en la que un mandatario sirio es recibido en la Casa Blanca. Para contexto, hay cobertura en The New York Times, Fox News, NBC News y The Washington Post.
• El viernes, Trump se reunió en la Casa Blanca con Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, uno de los mandatarios en funciones más cercanos al presidente estadounidense. Trump se refirió a su invitado como “un gran líder”. En la sesión de preguntas y respuestas previa a su reunión privada, evitó confirmar si habrá sanciones contra Hungría en caso de que continúe con la compra de petróleo ruso, considerando el anuncio de medidas similares para otros países. Tras el encuentro, el Departamento de Estado dio a conocer los principales acuerdos para fortalecer la relación bilateral. Hubo cobertura en The New York Times, ABC News, Politico y The Hill.
• En declaraciones a AP desde Atenas, Grecia, Chris Wright, secretario de Energía, calificó la trigésima Conferencia de las Partes de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP-30) como un “engaño” y una “organización deshonesta que no busca mejorar la calidad de las vidas humanas”. Este planteamiento se suma a la ausencia de una delegación oficial de alto nivel de Estados Unidos en la COP-30, que se celebra en Belém, Brasil, y que ha generado críticas de líderes internacionales, dado que Estados Unidos es el mayor emisor histórico de gases de efecto invernadero. Axios informó sobre estas críticas, mientras que Reuters señaló que la ausencia no implica que Washington no envíe algún tipo de representación para influir en los acuerdos.
• La delegación de Estados Unidos no se presentó a la sesión del grupo de trabajo de la ONU programada en Ginebra, Suiza, para examinar la situación del país en materia de derechos humanos, conforme al Mecanismo de Examen Periódico Universal (MEPU). El Consejo de Derechos Humanos de la ONU lamentó la ausencia, llamó a Estados Unidos a reanudar su cooperación y anunció que la sesión será reprogramada en 2026. Hubo cobertura en comunicados oficiales y en medios como AP y Reuters.
• Estados Unidos no enviará representación oficial a la reunión de líderes del G20, que se realizará los días 22 y 23 de este mes en Johannesburgo, Sudáfrica, según informó Donald Trump en sus redes sociales. Explicó que la decisión responde a la supuesta matanza de afrikáners y la confiscación de tierras agrícolas, hechos desmentidos por el gobierno sudafricano. Dado que Estados Unidos será sede del G20 el próximo año, su ausencia implica que no participará en las actividades de traspaso de la presidencia. El tema fue cubierto por AP, Reuters, Fox News y The Washington Post.
• El Departamento de Estado recordó en un mensaje en la plataforma X la política de “cero tolerancia” del gobierno de Donald Trump contra los “narcoterroristas que envenenan al país” y se refirió a los ataques armados contra embarcaciones que presuntamente transportan drogas en aguas internacionales del mar Caribe y el océano Pacífico. En paralelo, la “Declaración Conjunta de la Cumbre CELAC-UE 2025”, aprobada en Santa Marta, Colombia, destacó la importancia de la seguridad marítima y la estabilidad regional, así como la cooperación internacional y el respeto al derecho internacional en la lucha contra el crimen organizado transnacional y el tráfico de drogas. Sin embargo, el texto no incluye una referencia explícita ni una condena a los 17 ataques militares de Estados Unidos, en los que han muerto 70 personas, según una cronología de InSight Crime.
• Christopher Landau, subsecretario de Estado, encabezó la delegación estadounidense que asistió a la toma de posesión de Rodrigo Paz como nuevo presidente de Bolivia. Ambos sostuvieron una reunión en la que acordaron relanzar las relaciones bilaterales y anunciaron los primeros acuerdos en materia de promoción económica, cooperación en seguridad pública y ciudadana, y fortalecimiento de los vínculos entre ambos pueblos.
• Después de registrar un aumento en el respaldo a Donald Trump en 2024 en el electorado latino de Nueva Jersey y Virginia, Washington Post analiza su comportamiento en los comicios de la semana pasada. En esta ocasión, nuevamente favoreció a las candidaturas demócratas de forma significativa por encima de las republicanas. De acuerdo con varias encuestas, el cambio de postura respondió a las afectaciones en la economía y a la política de deportación de migrantes de Trump. Varios analistas consideran que este tipo de cambio no se registrará necesariamente entre los votantes latinos del sur de Texas y de Florida.
• NBC News informa en exclusiva que el gobierno de Donald Trump planea adquirir grandes bodegas cercanas a aeropuertos para convertirlos en centros de detención de migrantes a fin de alojarlos allí antes de ser deportados por la vía aérea. De este modo, la capacidad para tener bajo su custodia a migrantes se incrementará.
• Durante el fin de semana, un grupo bipartidista de senadores negoció un acuerdo que llevará eventualmente a la reapertura del gobierno federal. Por ello, ocho senadores demócratas se sumaron anoche a la mayoría republicana para la aprobación calificada de la resolución temporal que garantiza el financiamiento de las actividades de las dependencias federales hasta el día 21 del mes, como lo estableció el texto validado en septiembre por la Cámara de Representantes. A la luz de la inminencia de esta fecha y como parte del acuerdo, hoy se podría considerar un paquete complementario que contempla un nuevo plazo para la asignación de fondos temporales del gobierno hasta el 30 de enero, la autorización del presupuesto del año fiscal en curso para varias dependencias, la garantía de la cobertura del programa de alimentación y nutrición SNAP, el pago de salarios que no se hayan cubierto durante el cierre de gobierno y la cancelación de despidos que se hayan anunciado después del 1 de octubre. Por otra parte, en diciembre se considerará en el Pleno otra iniciativa para cubrir los apoyos a los seguros médicos incluidos en el programa Obamacare. La votación de anoche en el Senado puso en evidencia una división al interior de la bancada demócrata y fue objeto de críticas por parte de legisladores de ese partido de la cámara baja. Cobertura del tema en AP, NYT, CBS News, NBC News, NPR, Axios, Politico, The Hill, NOTUS, Roll Call, Government Executive, Daily Caller y Washington Post.
• El liderazgo republicano de la Cámara de Representantes anunció el viernes la continuación por octava semana de la suspensión de actividades del Pleno hasta el 16 de noviembre. Desde el receso por Rosh Hashaná de una semana que comenzó el 22 de septiembre, la cámara baja no ha sesionado por decisión del presidente Mike Johnson (R-Luisiana). La última jornada de trabajo con votaciones del Pleno fue el 19 de septiembre. Sin embargo, a la luz del acuerdo en el Senado, el Pleno de esta instancia tendrá que volver a reunirse esta semana.
• Brooke Rollins, secretaria de Agricultura, se refirió a los compromisos de México y Estados Unidos contemplados en el Tratado de Aguas de 1944. Comentó que abordó el tema en la reunión que tuvo con Claudia Sheinbaum la semana pasada y señaló que está pendiente que México cubra la totalidad de la cuota quinquenal de agua de la cuenca del río Bravo que se debe transferir a Texas. Por ello, indicó que buscará que México entregue la cantidad faltante.
• Por su parte, los senadores texanos Ted Cruz (R) y John Cornyn (R) presentaron una iniciativa de ley a fin de obligar al gobierno de Estados Unidos a responder en los casos de incumplimiento en la entrega quinquenal de agua del río Bravo por parte de México al sur de Texas, de acuerdo con los términos identificados en dicho tratado. La propuesta refleja el malestar en Texas por los retrasos recurrentes en la entrega de agua desde México. Sobre el tema, comunicado de la oficina de Cruz y nota de Texas Tribune.
• Varios medios, entre ellos Border Report, El Universal y La Silla Rota, informaron sobre dos incidentes en los que hubo disparos desde Ciudad Juárez, Chihuahua, que estaban supuestamente dirigidos en contra de agentes de la Patrulla Fronteriza ubicados en territorio estadounidense sin que se hubieran reportado víctimas. Las autoridades de ambos países investigan los hechos.
• Eventos:
o “Simposio anual de integración” organizado por Texas Mexico Center de la Universidad Metodista del Sur (SMU) (Ciudad de México; 11 de noviembre, 08:00-14:00 CST; enlace para registro en evento presencial).
o Conferencia organizada por Chicago Council on Global Affairs sobre “TMEC 2026: la renegociación del futuro económico de América del Norte” (13 de noviembre, 17:30 CST; enlace para evento mixto).
o Conversación organizada por el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI), el Centro México Estados Unidos de la Universidad de California en San Diego y el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Harvard sobre “Revisión del TMEC: América del Norte en vilo” (14 de noviembre, 11:00 CST; enlace para Zoom).
o Webinario organizado por Quincy Institute sobre “Ante la revisión del TMEC ¿Cuál es el futuro de la integración de América del Norte?” (14 de noviembre, 13:00 CST; enlace para Zoom).
/ La talla de un gobierno -y especialmente de sus políticas- se mide por su eficacia y no por sus intenciones o las emociones que su actuar pudiera generar. En un discurso más o menos reciente, Tony Blair, el ex primer ministro británico, abundó sobre este punto de manera por demás lúcida: “después de diez años de ser primer ministro y quince de experiencia trabajando con gobiernos de todo el mundo, he aprendido una cosa: todo es sobre resultados (delivery)… El reto es eficacia.” Los discursos en Davos generaron mucho debate y desataron emociones encontradas, pero lo que cuenta al final del día son los resultados y, en eso, la presidenta Sheinbaum va adelante.
El mundo lleva varios años convulsionado por el choque de expectativas frente a las realidades y desajustes que la tecnología, la era de la información y la creciente integración económica a lo largo y ancho del mundo han generado. El primer gobierno del presidente Trump ya presagiaba un abandono de las premisas que habían sustentado la interacción entre las naciones luego de la segunda guerra mundial y, particularmente, a partir del fin de la Unión Soviética, pero este segundo periodo se ha caracterizado por un embate sistemático contra todos los sustentos del llamado viejo “orden mundial.” Virtualmente no hay país del mundo que no haya experimentado presiones de uno u otro tipo, pero, inexorablemente, los dos vecinos y socios del TMEC se han visto particularmente vulnerables.
Canadá y México han actuado de maneras muy distintas. Los canadienses guardan una relación que se remite a la independencia norteamericana y su cercanía ha sido históricamente insuperable. Los ataques, sobre todo verbales, que han sufrido dese que fue electo Trump por segunda ocasión tuvieron un impacto dramático sobre la sociedad canadiense, que los percibió como una traición y una ofensa inconmensurable. Eso explica en buena medida la forma en que ha respondido a partir de entonces, el triunfo de Carney como primer ministro y la popularidad de su búsqueda por lograr una diversificación económica y política respecto a Estados Unidos.
La relación de México con el coloso del norte es muy distinta. La historia es otra: la turbulencia de la vecindad se remite a la guerra de 1847, a la que siguieron otras invasiones menores. Para los mexicanos, tanto a nivel de personas como del país en su conjunto, la relación es transaccional, por lo que el golpeteo reciente constituye no más que otra faceta de una larga interacción llena de altibajos. Por primera vez, México es la nación que goza del privilegio de evaluar la relación con frialdad.
Es en este contexto que pienso que debe inscribirse el elocuente y extraordinario discurso de Mark Carney en Davos. Un discurso emotivo y bien estructurado que tocó fibras sensibles porque expresó con gran clarividencia el enojo y resentimiento que el presidente norteamericano ha desatado en todo el mundo. Me pregunto, sin embargo, si su postura es realista y, por lo tanto, relevante. La pregunta no es ociosa, porque de la respuesta depende la diferencia en la eficacia de la estrategia seguida por los gobiernos canadiense y mexicano, respectivamente.
La afirmación del primer ministro de que “si no estás sentado en la mesa eres parte del menú” caló fuerte en México porque muchos le atribuyen subordinación a la presidenta frente a la actitud combativa y principista del canadiense. Hasta hoy, antes de este discurso, los dos países habían seguido estrategias contrastantes, pero con casi idénticos resultados prácticos. Dada la volubilidad del presidente norteamericano, no me es claro que así vaya a continuar, pues no es inconcebible que intentara penalizar al canadiense por su “insubordinación.” Ir a las patadas con Sansón no parece una estrategia razonable cuando la asimetría de poder real es tan brutal como la que caracteriza a estos dos países (y a casi todo el mundo) frente a Estados Unidos. Por otro lado, es posible que la Suprema Corte estadounidense tumbe la estrategia arancelaria del presidente Trump, pero eso no le retiraría todos los instrumentos a su alcance para afectar los intereses de otras naciones. El futuro es incierto de cualquier manera, pero no parece sensato patear al pesebre…
Las dos economías están íntimamente conectadas con la estadounidense y el grado de integración es tan profundo que el motor principal de crecimiento de ambas es el mismo: la economía norteamericana. Por otra parte, siempre ha habido fuerzas políticas en ambos países que preferirían distanciarse de Estados Unidos, Morena siendo un perfecto ejemplo de ello. Y, sin embargo, las obvias ventajas y trascendencia de la vinculación económica han superado cualquier preferencia ideológica.
En este contexto, uno debería preguntarse ¿cuál ha sido la mejor estrategia, la de la presidenta Sheinbaum o la del primer ministro Carney? La historia de la relación con el presidente Trump todavía está lejos de haber sido escrita, pero una cosa resulta obvia: la constancia y consistencia que ha caracterizado a la presidenta en sus interacciones con Trump han permitido mantener las cosas en alguna semblanza de orden, independientemente de los enormes problemas de seguridad y gobernanza que son inocultables. Nada garantiza éxito, pero, por ahora, ahí vamos…
/ El Reporte de Riesgos Globales 2026, del Foro Económico Mundial (WEF), refleja lo que ya hace tiempo Jennifer Welsh llamó “El Regreso de la Historia”. La confrontación geoeconómica emerge como el principal riesgo para 2026, seguido del conflicto armado interestatal.
En este contexto, los minerales críticos se han convertido crecientemente en factor de riesgo, ya que en estos recursos estratégicos convergen actualmente la seguridad económica, la transición energética y la rivalidad geopolítica a nivel global.
/ Una encuesta nacional profundamente negativa para el presidente Donald Trump y el resultado de dos elecciones especiales celebradas el sábado pasado en Texas fortalecieron el optimismo de los demócratas. El optimismo puede ser temporal, pero el hecho es que, al iniciarse el año 2026, de elecciones legislativas, la visión de sus conciudadanos sobre el polémico mandatario es más negativa que nunca, de acuerdo con una muestra hecha por el Centro Pew a fines de enero.