Luis Rubio
/ Las revoluciones, dice Simon Schama en Ciudadanos, pueden ser cruentas o pacíficas. Mientras que la revolución inglesa fue larga pero sin violencia, en la revolución francesa la violencia fue lo que hizo “revolucionaria la revolución.” Vista en términos históricos, la sucesión de reformas electorales que ha experimentado el país desde 1958, si bien no fueron revoluciones en forma, sin duda transformaron a la política mexicana y alteraron el orden establecido. Como la revolución francesa, dejaron instituciones enclenques y disputas irresueltas. Ahora que nos encontramos ante la primera contra reforma electoral, es indispensable reparar sobre lo que está de por medio.
Las reformas electorales que comenzaron con los “diputados de partido” fueron todas respuestas que el sistema político de entonces buscaba para adaptarse a las cambiantes realidades políticas que experimentaba el país. La liberalización política ocurrió de manera pausada pero, en retrospectiva, sistemática. Hubo circunstancias y eventos determinantes -notablemente el movimiento estudiantil de 1968 y el sismo de 1985- pero, paso a paso, el sistema se fue abriendo a la competencia, con frecuencia a regañadientes. Algunas de aquellas reformas se orientaron a satisfacer a la izquierda (especialmente la señera reforma de 1978 y, luego, la de 2014), en tanto que otras (como la de 1993) procuraron responder a la derecha. En contraste con la revolución inglesa que describe Schama, las reformas mexicanas en materia política acabaron arrojando innumerables agujeros que ahora se han convertido en la oportunidad que busca Morena para establecerse como el único movimiento legítimo en la política nacional.
Los mexicanos hemos dado por hecho que somos una nación democrática y republicana, pero los desajustes que ha experimentado el país en todas estas décadas sugieren que los déficits son enormes. Como sugiere John Hardman en su reciente libro La revolución francesa: una historia política, la abrumadora mayoría de la población de esa nación en 1789, cuando ocurrió la toma de la Bastilla, no tenía aspiración alguna por construir una democracia. Como máximo, dice el autor, la demanda era por contar con un gobierno constitucional, es decir, con contrapesos frente al poder absoluto del rey, especialmente en materia judicial y fiscal, a través de instituciones representativas. Morena, que se dice representativa del “México profundo,” insinúa que su mandato para llevar a cabo una contra reforma electoral responde a un principio similar.
Hardman concluye su estudio con una frase contundente: “La tragedia de la Revolución Francesa radica en que el reino de los abogados fracasó en construir un Estado de derecho.” En lugar de una democracia consolidada con instituciones eficaces y efectivas, dice Hardman, lo que emergió fue un estado policiaco que perseveró con las atrocidades de Robespierre. “Nadie entiende el arte de gobernar” es la frase lapidaria que Hardman le atribuye a Danton. ¿Qué tan diferente es el México actual en esa dimensión?
En México hemos observado transiciones pacíficas entre partidos en la presidencia, pero no un mejor sistema de gobierno. La economía se ha partido en dos, la vinculada a la región norteamericana y la que vive en permanente incertidumbre y bajo el reino del crimen organizado. En lugar de instituciones representativas y un poder judicial independiente, hemos visto una creciente centralización del poder, sin que se haya acrecentado la calidad de vida de la población o que las perspectivas del país hayan mejorado. Ciertamente, la política social del gobierno se ha traducido en un mayor poder adquisitivo, pero no en mejores prospectos para esas mismas familias. Por más que el gobierno se precie de sus logros, el sustento de largo plazo es por demás frágil. Desde esta perspectiva, es explicable que se busque una forma para permanecer en el poder aun cuando las circunstancias empeoren. En contraste con el viejo PRI al que tanto denuestan, los políticos del régimen apuestan por el corto plazo y en eso se parecen a Luis XV con su famoso “después de mí, el diluvio.”
A diferencia de la república francesa nacida de la guillotina, el régimen político mexicano, con todos sus cambios y ajustes, hasta ahora ha respondido a una lógica de estabilidad y permanencia. En cambio, la contra reforma que prepara el partido en el poder sería un gran paso en dirección contraria. Según Tocqueville en su libro sobre el viejo régimen, “la revolución radical… obscureció todo lo que no destruyó.” Como tantos otros gobiernos recientes en el mundo, el partido que llegó al poder por la vía democrática se apresta ahora a intentar preservarse en el poder sin necesidad de medirse bajo el mismo rasero democrático.
Cuenta la historia que Eric Hobsbawm, joven historiador, fue detenido cuando intentó sumarse al bando republicano en la guerra civil española. Interrogado y expulsado, fue lo más cerca en su vida que estuvo de una revolución, lo que no le impidió promoverla en su trabajo intelectual. Así parecen los autores de la reforma electoral que viene: distantes, desconocedores e ignorantes de lo que hace funcionar a un país. Al igual que muchos de los predecesores a los que denuestan, están sembrando las semillas de un futuro nada promisorio.








