/ El gobierno siempre optó por minimizar la probabilidad de que el T-MEC no se extendería. Ebrard sostenía con optimismo que siempre quedaba la posibilidad de ampliar mercados y socios como China y otros países asiáticos. El secretario de Economía basó gran parte de su estrategia negociadora en que conocía muy bien a Trump y que “sabía manejarlo”. La realidad es que ni Sheinbaum ni Ebrard supieron cómo enfrentar la indiferencia y hostilidad de Trump hacia el acuerdo comercial. Faltó experiencia y pericia negociadora.
/ Jürgen Klinsmann deslizó sin querer el dilema de México en el mundial de fútbol. Calidad permanente o apostar por la excepción. El triunfo mexicano ante Sudáfrica, Corea del Sur y la República Checa —sin recibir ni un gol— hizo reaccionar al campeón de Italia 1990 y ex entrenador de la selección alemana. Consideró al resultado “scary perfect”, da miedo y es perfecto. ¿Qué sigue después?. El suabo deseó al equipo mantener el “momentum” y continuar así. Lo que sucedió frente a Ecuador.
Luego, el hijo del panadero de Stuttgart apuntó algo familiar y dramático: triunfos extraordinarios y grandes personalidades —el conflicto de las potencias en ascenso como la mexicana—. Reconoció la virtud del portero Guillermo Ochoa. Sobre el joven Gilberto Mora afirmó: "Por mi experiencia, en México hay un riesgo. Es parte de su cultura, que se exceden con un chico”. Espero que su familia y entrenador lo mantengan con los pies en la tierra (después de la copa).
Esta disyuntiva del fútbol cimbra a las potencias medias. Lo vemos desde su desarrollo económico y presencia internacional, hasta su innovación tecnológica, educación y forma de promover el deporte. Uno de sus escaparates es el grupo conocido como G20, las principales economías del globo, donde conviven con sus contendientes de olimpiadas y campeonatos de la FIFA.
En 2026, los tres anfitriones son miembros del G20, incluida la primer potencia: Estados Unidos, Canadá y México. De esta edición, Alemania, Francia, Reino Unido, Japón, Corea del Sur, Brasil, Argentina y Sudáfrica, pertenecen al grupo y además han sido sede mundialista. Arabia Saudita acogerá la celebración en 2034. Aún, por su masa crítica (población, capacidades materiales y voluntad) su mérito parece natural, estas naciones deberían competir a un alto nivel y llegar al mundial de fútbol sin considerarse un “logro extraordinario”. Siempre hay salvedades, como las de China, Rusia e India, potencias no presentes, mas muy competitivas en otras disciplinas deportivas.
Asimismo concursa la tradición futbolista europea. El contingente comunitario es representativo e incluye a España, Países Bajos, Bélgica, Portugal, Suecia, Noruega, Austria, República Checa y Croacia. La cultura del deporte es profunda entre los miembros de la Unión Europea y refleja su calidad de vida. Por ejemplo, 62% de los europeos realiza algún deporte. Resalta una mejora entre los españoles, 82% realiza una actividad física por lo menos una vez a la semana.
En 2026, la excepcionalidad la simboliza la selección de Irán. El conflicto en el Estrecho de Ormuz ha mostrado a una nación con un juego geopolítico capaz de inmovilizar a Estados Unidos, sus aliados occidentales y de Medio Oriente. Los futbolistas iraníes han sufrido las represalias y “pagado el pato,” jugando en la Unión Americana y siendo obligados a cruzar la frontera para pernoctar en Tijuana. Han peloteado en condiciones adversas, un esfuerzo admirable.
Como parte del espectáculo y la naturaleza del deporte de alto rendimiento, los grandes exponentes de fútbol se mantendrán como personajes extraordinarios. Hay portugueses, franceses, noruegos y ahora mexicanos. Pero la lección de 2026 es que los paradigmas cambian y eso incluye a la formación de nuevas generaciones de deportistas. Como México constata con sus nuevos jugadores, la calidad deportiva puede ser permanente. Niños y jóvenes competitivos y disciplinados pueden dejar de ser la excepción y convertirse en la regla.
/ Para México, no existe un entorno externo más relevante que Estados Unidos. Sin embargo, pocas veces ha habido un momento en que Estados Unidos haya sido tan difícil de interpretar.
Esta es la paradoja que se encuentra en el centro del desafío estratégico que enfrenta México hoy. Conocemos a Estados Unidos de cerca, quizás más que a cualquier otro país del mundo. Nuestras economías están profundamente integradas. Nuestras sociedades están entrelazadas a través de la migración, los vínculos familiares, los negocios, la educación, la cultura y la vida cotidiana transfronteriza. Nuestro futuro en materia de seguridad, energía, comercio, empleo e industria está determinado, de una u otra forma, por decisiones que se toman en Washington, Austin, Sacramento, Phoenix, Chicago y muchos otros centros de poder político y económico estadounidenses.
/ Un viejo chiste soviético decía que una persona fue a su nosocomio a preguntar por un doctor especialista en ojos y oídos. La recepcionista le dijo que no tenían ningún médico con esas características, que solo tenían especialistas en ojos o especialistas en oídos, nariz y garganta, pero no en ambas. El paciente respondió que él necesita a alguien que le explique por qué lo que ve no coincide con lo que oye.
En el México de hoy, esa contradicción reaparece en la forma en que ahora se conducen los asuntos públicos. Se pretende que vivimos en una democracia, que toda la población adora al gobierno, que la economía se mueve como un ferrocarril, que el sistema de salud ya (casi) imita al de Dinamarca y que la seguridad es ya una realidad para las familias mexicanas. Eso es lo que se oye.
Lo que se ve es muy distinto: un gobierno cada vez más poderoso, menos tolerante y más autoritario; una economía que se deteriora, finanzas públicas cada vez más endeudadas y subsidios interminables a hoyos negros como Pemex; un sistema de salud que carece de suministros; y niveles de inseguridad quizá menores en algunas regiones en materia de homicidios, pero la extorsión sigue viento en popa. Y para colmo, en pleito con nuestro principal socio.
El régimen político claramente ha cambiado, pero no en la forma en que pretende el discurso político, orientado siempre a exaltar altos niveles de popularidad como prueba de una pujante democracia. Eso es lo que se oye. Sin embargo, la pretensión de ir avanzando hacia la democracia como se entiende en el mundo occidental (elecciones libres, libertad de expresión, rendición de cuentas, contrapesos frente al poder) ha desaparecido en la medida en que el gobierno concentra el poder al eliminar todo vestigio de contrapesos y recursos independientes frente al poder, sea en la forma de un poder judicial cooptado o en la desaparición de órganos autónomos con capacidad de acción frente al poder. Eso es lo que se ve.
El país ha experimentado un cambio de régimen que, en muchos sentidos intenta recrear al viejo sistema político del siglo XX, pero en lo único que realmente se parece es en la existencia de una presidencia fuerte o, al menos, exaltada. Todo lo demás es distinto porque el gobierno actual, y el partido político que lo sustenta, en nada se parecen a los gobiernos de antaño, donde la clave residía en una presidencia institucionalizada, no personalista e ilimitada como la que observamos en el sexenio anterior que, además retiene mucho de su influencia.
Lo peor del “nuevo” régimen no es que se parezca mucho al viejo régimen del siglo pasado, aunque ciertamente parece un pobre intento por recrearlo, sino que entraña el retorno de todo un conjunto de vicios, mentiras, fantasmas, encubrimientos, calumnias, falsificaciones, engaños, corrupción y abusos que caracterizaron a aquella etapa negra de nuestra historia, pero sin las capacidades, el profesionalismo y sentido de Estado del viejo sistema. A nadie debería sorprender que su efectividad en cuanto a avanzar el progreso económico sea tanto menor.
El “viejo” régimen nació para resolver el gran entuerto que había dejado irresuelto el fin de la guerra revolucionaria: la ausencia de una estructura política. Paso a paso, primero Plutarco Elías Calles y luego Lázaro Cárdenas, fue cobrando forma un nuevo sistema político dentro, pero al lado, de la estructura formal del poder. En el corazón de aquel sistema radicaba el partido que fue la antítesis de Morena porque, primero, contaba con estructuras verticales de control; segundo, tenía por objeto el desarrollo económico del país, para lo cual el partido fue el factor clave de estabilidad política; tercero, desarrolló un cuerpo de políticos profesionales que tuvieron la habilidad de gobernar y la flexibilidad para adecuarse a un mundo cambiante; y, cuarto, encarnaba un sentido de Estado que, a pesar de la corrupción que le acompañó, entrañaba reglas del juego, reconocimiento (casi siempre) de los resultados electorales y una estructura institucional que impedía los excesos más extremos, a la vez que contribuía a restablecer la estabilidad cuando se presentaban situaciones de crisis. Morena no cuenta con nada que se le asemeje.
Todo esto arroja dos elementos que debe uno tener en cuenta para contemplar el futuro. Primero, donde sin duda hay una similitud entre el viejo y el nuevo régimen es en su naturaleza autoritaria. Una vieja medida de democracia afirma que en las dictaduras los políticos se burlan de los ciudadanos, en tanto que en las democracias son los ciudadanos los que se ríen de los políticos. En esto, los dos momentos son casi indistinguibles, rompiendo una tendencia de tres décadas en que parecía que avanzábamos hacia una democracia liberal.
Los actores clave del nuevo régimen están seguros de que avanzan en todos los terrenos y que la historia los absolverá, pero su incapacidad para hacer compatible lo que se ve y lo que se oye los ciega respecto a lo que ocurre debajo de la superficie -el otro elemento, este duro- y que puede acabar llevando al país a que se dé contra la pared. No deberían perder de vista la advertencia implícita que encuadra la famosa frase de Ernest Hemingway: ¿Cómo llegaste a la quiebra? De dos maneras; primero poco a poco y luego de golpe.
/ El 30 de junio, Jamieson Greer, representante comercial de Estados Unidos, anunció que Washington no prorrogará automáticamente el TMEC por 16 años y que optará, en cambio, por el mecanismo de revisiones anuales previsto en el propio tratado. Marcelo Ebrard aclaró de inmediato que no se activó ninguna cláusula de salida y que el acuerdo sigue plenamente vigente hasta 2036.
/ La entrega anterior terminó con una reflexión sobre la fe y la duda. “¿Todo bien en casa?”, me preguntaron, con sentido del humor, un par de amigos entrañables. Respondí que la cosa iba por otro lado. Fue una amiga quien me compartió que ese Discanto le había recordado un artículo de junio de 2013 de Malcolm Gladwell para la revista The New Yorker.
/ La intención del gobierno mexicano de usar vías judiciales para abordar las muertes de mexicanos por agentes migratorios estadounidenses puede tropezar con un patrón de impunidad que denuncian también legisladores y grupos de derechos humanos.
/ La Organización de las Naciones Unidas (ONU) se encuentra en proceso de elegir a la próxima persona que ocupará la Secretaría General. Tras 10 años en el cargo, António Guterres concluirá su mandato el 31 de diciembre de 2026 y entregará a su sucesor (o sucesora) una institución con serios desafíos por delante. Quien resulte electo enfrentará una crisis de legitimidad, un déficit de confianza y un rezago financiero que exigen un liderazgo firme, pragmático y creativo.
El proceso de elección Hasta hoy, seis perfiles compiten por el cargo. Aunque deberán obtener el respaldo de la mayoría de la Asamblea General, el verdadero desafío consiste en superar el filtro previo del Consejo de Seguridad, que debe recomendar formalmente la candidatura. Las implicaciones son profundas: los miembros permanentes del Consejo tienen la facultad de vetar a cualquier aspirante que no se ajuste a su visión sobre el futuro de la ONU o que consideren excesivamente cercano a los intereses de otra potencia con derecho de veto.
Para esta elección en particular, se anticipa que la persona electa provenga de Latinoamérica, en apego al principio de rotación geográfica, una práctica consolidada, aunque no formalmente establecida en las reglas de la Organización. Asimismo, ha cobrado fuerza la posibilidad de que, por primera vez, una mujer ocupe la Secretaría General. Sin embargo, esta no es una posición consensuada. Mientras China, Francia y el Reino Unido se han mostrado favorables a esa posibilidad, Estados Unidos y Rusia sostienen que la designación debe recaer en la candidatura más sólida, independientemente de su género.
Los perfiles de los candidatos La chilena Michelle Bachelet fue propuesta originalmente por Brasil, México y su propio país. Su candidatura es una de las más sólidas, respaldada tanto por el apoyo de las dos mayores potencias latinoamericanas como por una amplia trayectoria política y multilateral. Además de haber sido Presidenta de Chile en dos ocasiones, fue Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y directora ejecutiva de ONU Mujeres.
Aunque el nuevo gobierno chileno decidió retirar su respaldo, Brasil y México mantienen su apoyo a Bachelet, quien encarna una visión progresista de la izquierda latinoamericana y cuenta con una reconocida experiencia en materia de gobernanza internacional.
Pero en esta contienda, cualquier antecedente puede ser tanto una fortaleza como una vulnerabilidad. En octubre de 2025, antes de anunciar formalmente su candidatura, Bachelet fue recibida en Beijing por el Ministro de Relaciones Exteriores. Tras el encuentro, la Cancillería china emitió un comunicado inusual en el que la describió como “una estadista de renombre mundial y una vieja amiga del pueblo chino”, entre otros elogios. Este aparente respaldo se reiteró durante una visita reciente a China, lo que despertó interrogantes entre algunos analistas, ya que uno de los últimos actos de Bachelet como Alta Comisionada para los Derechos Humanos fue la publicación de un controvertido informe sobre la situación en Xinjiang, un tema especialmente sensible para Beijing.
Su candidatura tampoco ha encontrado el mismo nivel de receptividad en Washington. El representante estadounidense ante la ONU, Mike Waltz, ha expresado reservas sobre su postulación. Entre otras críticas, señaló que Bachelet evitó calificar como genocidio las acciones de China contra la minoría uigur y cuestionó su defensa del acceso al aborto como un derecho humano. Dado que estas objeciones provienen de un miembro permanente del Consejo de Seguridad, no puede descartarse que se anticipe un eventual veto a su candidatura.
Otra de las mujeres latinoamericanas con una sólida trayectoria es la costarricense Rebeca Grynspan. Hasta hace poco fungió como Secretaria General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. Desde esa posición encabezó los esfuerzos de la ONU para mitigar los efectos humanitarios de la guerra entre Rusia y Ucrania, al facilitar la Iniciativa de Granos del Mar Negro, que permitió reanudar la exportación de 33 millones de toneladas de cereales desde puertos ucranianos y contribuyó a evitar una crisis alimentaria mundial.
Su capacidad para dialogar con todas las partes, incluso en un contexto de conflicto armado, le ganó el respeto de numerosos Estados miembros. Además, se ha desempeñado como Secretaria General Adjunta de las Naciones Unidas, Directora Regional para América Latina y el Caribe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y Vicepresidenta de Costa Rica.
Quien resulte electo enfrentará una crisis de legitimidad, un déficit de confianza y un rezago financiero que exigen un liderazgo firme, pragmático y creativo. Grynspan cuenta con el respaldo de su propio país, a diferencia de Bachelet. Aunque no es un requisito formal, se trata de una ventaja política relevante. Otro punto a su favor es que ha sido la única candidata que ocupaba un cargo dentro de la ONU en acatar la solicitud de la Asamblea General de separarse temporalmente de sus funciones durante la campaña. Esta decisión fue interpretada como una muestra de respeto a la voluntad de los Estados miembros y de compromiso con la rendición de cuentas, una cualidad esencial para quien aspire a encabezar la Organización.
Rompiendo con la expectativa de que la próxima Secretaría General recaiga en una mujer, Argentina presentó la candidatura de Rafael Grossi. El actual Director General del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) cuenta con una amplia trayectoria diplomática y experiencia en organismos vinculados a la seguridad internacional y el desarme, entre ellos el propio OIEA y la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas.
Respaldado por el gobierno de Javier Milei, Grossi es percibido como una candidatura asociada a los sectores más conservadores de la región y potencialmente más cercana a Estados Unidos. Su experiencia técnica y su perfil en materia de no proliferación nuclear podrían resultar atractivos para varios miembros permanentes del Consejo de Seguridad.
A diferencia de Grynspan, Grossi se mantiene en su cargo al frente del OIEA. Ha argumentado que la naturaleza de sus responsabilidades y las exigencias de su puesto hacen inviable una separación temporal. Un eventual éxito de su candidatura dependerá, en buena medida, de su capacidad para proyectar liderazgo en momentos de crisis. En ese sentido, ha logrado navegar escenarios complejos relacionados tanto con la invasión rusa de Ucrania como con el avance del programa nuclear iraní.
La candidatura más accidentada hasta la fecha ha sido la de Macky Sall, quien gobernó Senegal durante 12 años y fue postulado por Burundi. Cuando anunció su candidatura, Burundi intentó aprovechar su posición como presidente de la Unión Africana para presentarla como una candidatura respaldada por el continente. No fue así. Por ello, propuso a los miembros de la Unión avalarla mediante un “procedimiento de silencio”. Es decir, la candidatura sería considerada africana siempre que ningún Estado miembro expresara objeciones. Sin embargo, varios países del bloque se opusieron de inmediato. A pesar de ello, Burundi mantuvo su apoyo a Sall, aunque únicamente a título nacional.
No hay una fecha límite para la presentación de candidaturas. Por ello, no sorprendió que, meses después de que surgieran las primeras postulaciones, la ecuatoriana María Fernanda Espinosa fuera nominada por Antigua y Barbuda, mientras que la embajadora Carolyn Rodrigues-Birkett fue postulada por Guyana.
Espinosa es una figura ampliamente reconocida en los círculos multilaterales. Fue la primera mujer latinoamericana en presidir la Asamblea General de las Naciones Unidas y se desempeñó como Ministra de Relaciones Exteriores y Ministra de Defensa de Ecuador. Por su parte, Rodrigues-Birkett es la actual Representante Permanente de Guyana ante la ONU y, anteriormente, ocupó los cargos de Ministra de Relaciones Exteriores y Ministra de Asuntos Amerindios de su país.
Los diálogos interactivos de la Asamblea General: un vistazo al futuro Con el propósito de renovar los procesos de la Organización, los Estados miembros acordaron que esta fuera la elección de secretario general más transparente e incluyente en la historia de la ONU. Para ello, establecieron diálogos interactivos convocados por la presidencia de la Asamblea General, en los que las personas candidatas se someten a audiencias públicas y responden preguntas de los Estados miembros y de organizaciones de la sociedad civil sobre sus prioridades y propuestas para la institución.
Aunque este mecanismo no es jurídicamente vinculante, ha contribuido a incrementar el interés en las candidaturas, fortalecer el escrutinio público y promover una mayor transparencia en el proceso de selección.
Durante las audiencias públicas, que se extendieron por cerca de 3 horas para cada candidatura, los Estados miembros y los representantes de la sociedad civil buscaron esclarecer una cuestión fundamental: ¿cuál es la visión de cada aspirante para el futuro de la Organización y cómo utilizaría el cargo para hacerla realidad? Las respuestas dejaron en evidencia que las diferencias entre las candidaturas no son meramente de estilo o trayectoria, sino que reflejan concepciones distintas sobre las prioridades y el papel de la ONU.
Por un lado, Bachelet y Grynspan coincidieron en la necesidad de atender la crisis de legitimidad que enfrenta la institución y de profundizar el actual proceso de reformas bajo los principios de eficacia, modernización y transparencia. Sin embargo, al examinar sus propuestas con mayor detalle, emergen diferencias relevantes. Bachelet otorgó mayor peso a la preservación del sistema internacional basado en instituciones, al proponer la renovación de la autoridad moral de la ONU, una mayor presencia sobre el terreno y una reforma del Consejo de Seguridad. Grynspan, en cambio, puso el acento en el papel de la Secretaría General como instancia de liderazgo y gestión, subrayando que cualquier transformación sustantiva requiere del respaldo y la voluntad política de los Estados miembros.
Una visión distinta sobre el futuro de la ONU puede apreciarse en las propuestas de Grossi y Sall. Grossi centró buena parte de su intervención en la agenda de desarrollo y aprovechó el espacio para destacar sus logros en materia de gestión y liderazgo al frente del OIEA. Sall, por su parte, puso el énfasis en la interrelación entre desarrollo y paz. Subrayó la importancia de las operaciones de mantenimiento de la paz, el uso de la diplomacia preventiva para evitar nuevos conflictos y la necesidad de fortalecer la cooperación con las instituciones de Bretton Woods y el sector privado para impulsar esta agenda.
A pesar de su tardía postulación, Espinosa sí tuvo la oportunidad de participar en el diálogo interactivo. Ahí presentó una visión distinta a las anteriores, comenzando por una concepción del desarrollo impulsada desde la soberanía nacional y no desde Nueva York. También defendió que los resultados de la ONU deben medirse por el número de vidas salvadas y abogó por poner fin a los diagnósticos excesivos. En materia de seguridad, afirmó que priorizaría la diplomacia preventiva mediante los buenos oficios de la organización para facilitar la gestión de conflictos y avanzar en discusiones clave, como la reforma del Consejo de Seguridad.
Las diferencias entre las candidaturas son profundas, desde sus afinidades ideológicas y la relación que mantienen con algunos miembros permanentes del Consejo de Seguridad hasta la visión con la que conducirían la Organización. Sin embargo, conviene recordar que la elección requiere el consenso de los cinco miembros permanentes y que no hay una fecha límite para la presentación de candidaturas. Por ello, no resulta descabellado considerar que la persona que finalmente obtenga el cargo aún no haya sido postulada y que emerja como una opción capaz de conciliar los intereses de las grandes potencias antes de la votación de la Asamblea General prevista para antes de noviembre.