Francisco García
/ Según Alexander Hamilton: “El mayor servicio que puede prestarse a cualquier país es aumentar su riqueza”.
México lleva años creciendo a un ritmo mediocre. En la última década, el crecimiento acumulado ha sido de apenas 12% en términos reales, según el INEGI. Muy por debajo de los países emergentes.
China e India, en cambio, han registrado tasas de crecimiento superiores al 70% en el mismo periodo. La diferencia es abismal con el paso del tiempo.
Un país que crece al 3% duplica su tamaño en 24 años; uno que crece al 2% lo hace en 35 años, mientras que a un ritmo del 1% requiere 72 años.
Ante este panorama, ¿qué explica el rezago económico de México y qué se puede hacer para revertir esta tendencia?
En el último siglo, distintos gobiernos han prometido el inicio de una nueva era económica. Sin embargo, la historia muestra la dificultad del país para mantener tasas de crecimiento.
Durante el llamado “Milagro Mexicano”, entre 1940 y 1970, México logró crecer al 6.41% anual, impulsado por la industrialización y estabilidad macroeconómica. Pero el modelo mostró sus límites. La dependencia del petróleo, el aumento del gasto y el mayor endeudamiento desencadenaron crisis macroeconómicas recurrentes, como las de 1976 y 1982.
Si bien las reformas estructurales de finales de los ochenta, con la apertura comercial, propiciaron un manejo macroeconómico más prudente, el crecimiento se acercó al 2% anual. La gran tragedia es que, una vez que llegó la 4T al poder en 2018, ya ni siquiera alcanzamos ese magro crecimiento y las finanzas públicas están vapuleadas.
Ahora bien, ¿cuáles son los motivos de esto?
La primera causa es la inversión insuficiente. La formación bruta de capital fijo se ha mantenido en torno a una quinta parte del PIB, por debajo del 25%, que suele señalarse como necesario para crecer de forma sostenida, y tanto la pública como la privada han perdido impulso.
Además, la inversión pública ha sido errática al concentrarse en proyectos de dudoso impacto productivo, como el Tren Maya o la Refinería de Dos Bocas.
La inversión privada, por su parte, no ha contado con señales claras, reglas estables ni un entorno de certidumbre jurídica que se ha deteriorado. Como ejemplo, para el periodo 1990-2024 se registró una caída promedio de 0.51% en la productividad.
Sin aumentos de productividad, que generan mayores niveles de eficiencia, no hay crecimiento. Así de simple.
La segunda causa es la economía informal. El INEGI evidencia que en México el 55% de los trabajadores se encuentran en la informalidad laboral. Es decir, 32.6 millones de personas trabajan sin seguridad social ni protección laboral alguna.
Esto perpetúa un círculo vicioso: baja productividad, escaso financiamiento, empresas que no crecen y una base tributaria erosionada.
No sorprende que, según el INEGI, el 98% de las unidades económicas del país sean PYMES y no puedan crecer por falta de crédito. A la par, miles de mexicanos trabajan sin ningún tipo de protección social, poniendo en riesgo su integridad.
El tercer motivo es el accionar del propio gobierno en temas como la corrupción, la inseguridad y la falta de certeza jurídica, males que se han agravado durante el gobierno de la 4T. Tan solo la violencia le costó al país el equivalente al 11% del PIB en 2025, de acuerdo con el Índice de Paz México del IEP.
Garantizar el Estado de derecho es la principal tarea del Estado y sigue sin atenderse. Peor aún, cambios como la Reforma Judicial ahuyentaron la inversión en detrimento del empleo.
¿Cómo revertir esta tendencia?
Más allá de los diagnósticos que elabora cada administración, lo que se requiere es un cambio radical. Esto implica generar condiciones para propiciar mayor inversión con reglas claras, el Estado de derecho y la construcción de infraestructura de calidad.
Una de las prioridades del gobierno debería ser la competencia económica en sectores estratégicos como el energético y el de telecomunicaciones. La participación privada en Pemex y CFE es indispensable para el futuro del país.
Nada de esto es factible sin inversión en educación de calidad ni sin instituciones sólidas. De igual manera, se debe enfrentar la seguridad de manera focalizada y con una lógica de abajo (ayuntamiento) hacia arriba (federación).
El problema es que nada de eso resulta políticamente rentable a corto plazo. Pero, para bien o para mal, es la única forma de alcanzar niveles más altos de bienestar. No hay atajos.
Como decía la célebre frase de Bill Clinton: “¡Es la economía, estúpido!”.
México no necesita una promesa de transformación. Necesita crecer.














