Luis Rubio
/ En su libro Los testamentos traicionados, Milan Kundera trata la naturaleza de la historia. El hombre camina en medio de la niebla. Va avanzando, a veces dando traspiés, creando su propio sendero. Cuando voltea, puede ver la senda, pero ya no puede ver la niebla. Todo parece haber sido inevitable.
Así parecen haber evolucionado los últimos días de la política mexicana. Pero lo que en ocasiones parece inevitable también puede convertirse en oportunidad.
La especulación respecto a lo ocurrido en torno al retorno y renovación de la licencia de Rocha Moya es inagotable, pero lo que ya alteró de la política nacional es irretractable. De héroe de Morena pasó a villano en un santiamén. Quienes lo apoyaron ahora se encuentran a la defensiva, en tanto que quienes lo identificaban con la corrupción y el narcotráfico se sienten reivindicados. El entorno ha cambiado, lo que cierra un capítulo, abriendo nuevas querellas y no pocas dudas.
La faena también entraña excepcionales oportunidades. Súbitamente se evaporaron los viejos amarres y pretendidas obligaciones, creando circunstancias que quizá permitan convertir el suceso en un gran hito transformador. Y en política, lo que importa es lo que se percibe y ahí todo el mundo político está observando.
La presidenta restauró el orden, pero no se salió con la suya con el nombramiento del reemplazo, sugiriendo que la situación es fluida y que la oportunidad no ha sido asida, si es que todavía está presente. El otrora héroe era intocable, pero el villano es fácil sujeto de negociación. La pregunta es con quién y, sobre todo, para qué.
La respuesta quizá radique en una evaluación del momento político. La presidenta ha logrado acumular vastos espacios de poder, pero su capacidad para explotarlos parece reducida. La paradoja no es excepcional tanto por la naturaleza misma del poder como por la forma de ser y operar de Morena y sus intrincadas tribus e intereses.
El poder entendido como la capacidad de que otro haga lo que uno quiere entraña como lindero el requerimiento de legitimidad, que implica confianza en la naturaleza (y límites) de las decisiones que quien ostenta el poder pudiera tomar. Es decir, por mucho que se concentre el poder, éste tiene límites. Esto último quedó evidenciado tanto en el devenir de la telenovela sinaloense como en la evolución reciente de la economía.
Pero aceptar límites cuando existen oportunidades de ampliarlos constituiría una afrenta al sentido común y un desperdicio del momento tal vez histórico.
La restauración del orden en la gubernatura de Sinaloa fue efectiva y contundente, pero no alcanzó para mejorar el statu quo. El poder del estado sigue en manos de la misma persona, ahora nuevamente actuando tras bambalinas. Pero esas bambalinas experimentaron una severa devaluación, que constituye una excepcional oportunidad para la presidenta. Lo que no es obvio es su disposición a hacerla valer.
Me pregunto si la torpeza inherente al retorno del doblemente exgobernador le abre márgenes de libertad a la presidenta para reestructurar sus relaciones de poder hacia adentro de Morena y con el gobierno estadounidense, quizá apalancando uno para lograr lo otro y viceversa.
La ausencia de información y transparencia respecto a lo ocurrido y a quienes participaron y por qué lo hicieron hace imposible especular respecto a lo que se jugó en esa gesta y las lógicas que animaron a los que ahí participaron. Sin embargo, lo que no parece estar en duda es que unos ganaron y otros perdieron, aunque al final, con el nombramiento de la nueva gobernadora interina, es posible que la balanza regresó al centro. Con todo, como argumenta inteligentemente Dulce María Sauri, el haber recurrido a una nueva licencia en lugar de renuncia o desaparición de poderes deja un margen de excesiva discrecionalidad que puede regresar los momios al inicio.
Por eso es que es esencial asir la oportunidad no sólo para cerrar este absurdo capítulo, sino para afianzar el poder, pero, sobre todo, la legitimidad de la presidenta. La oportunidad es única y no debe desaprovecharse. El costo podría ser inmenso.
Esta afirmación no es gratuita. Quien haya observado la evolución de la política brasileña en las últimas décadas no podrá dejar de apreciar algunas similitudes que invitan a extrema cautela. Dilma Rousseff sucedió a Lula como presidenta, heredando de él el manto del poder, la popularidad y, en particular, el beneficio de los programas sociales que su antecesor había creado. Sin embargo, tras tres periodos de un mismo partido en el gobierno -dos de Lula y uno de Dilma- el desgaste crecía, la economía dejó de responder y los escándalos de corrupción proliferaban. La popularidad se desplomó de súbito y la presidenta acabó depuesta y en la cárcel.
La anécdota no pretende equiparar circunstancias ni a personas, pero los paralelos son suficientes, así fuesen una farsa en el sentido de Marx, para aprovechar la extraordinaria oportunidad que el momento ofrece para reestructurar el poder a favor de la estabilidad y el desarrollo del país.
“Hay algunas cosas, escribió Hemingway, que no pueden aprenderse con rapidez, y el tiempo, que es todo lo que tenemos, debe pagarse a un alto precio para adquirirlas.” El dilema es obvio, pero también la oportunidad.













