/ La muerte de “El Mencho” es, sin duda, un evento de alto impacto. En México, la neutralización de liderazgos criminales ha sido durante años una de las principales apuestas de política de seguridad. La llamada estrategia kingpin parte de una lógica intuitiva: si se elimina a la cabeza de una organización, esta debería debilitarse o desaparecer y, en el (muy) corto plazo, esto suele cumplirse.
El problema es lo que ocurre después. Si algo ha mostrado la experiencia en México es que descabezar organizaciones sin desmantelar sus estructuras sostiene y reproduce ciclos de captura, violencia y atomización. Abre procesos de reacomodo con disputas internas, fragmentación territorial o, en algunos casos, reconfiguración bajo nuevas formas más flexibles y difíciles de contener.
El propio CJNG es resultado de esa dinámica. Su crecimiento se dio en un entorno marcado por la captura o muerte de líderes rivales, que generaron vacíos de poder que la organización supo aprovechar, consolidando con el tiempo un modelo basado en la diversificación de actividades ilícitas y una rápida acumulación de poder territorial y financiero. Es decir, la estrategia diseñada para debilitar a los cárteles ha terminado por facilitar su expansión. Y desde hace décadas, esta misma estrategia ha sido motor para seguir reproduciendo exactamente el tipo de violencia que busca contener.
Esto desplaza el foco analítico: la pregunta no es si habrá un reemplazo, sino quién ocupará ese espacio y bajo qué lógica de violencia. El problema no es únicamente quién lidera una organización, sino la estructura que permite que estas surjan, crezcan y se reproduzcan. Dentro de sistemas y entornos donde convergen una alta demanda internacional de drogas, flujos transfronterizos de armas, economías locales con alta informalidad y una persistente debilidad institucional.
Los escenarios posibles no son nuevos. Puede haber fragmentación interna y disputas por control territorial; intentos de expansión de grupos rivales; o una sucesión interna que mantenga la cohesión. Ninguno de estos escenarios de adaptación implica, por sí mismo, una reducción automática de la violencia. De hecho, los periodos de transición suelen ser los más inestables.
La estrategia kingpin genera impactos visibles y políticamente rentables pero sus efectos estructurales son limitados si no se acompañan de intervenciones sobre redes financieras, circuitos de lavado, así como políticas orientadas a reducir desigualdades, fortalecer el acceso a derechos y reconstruir capacidades institucionales.
La muerte de un líder puede cerrar una etapa. Pero no cambia, por sí sola, el sistema que hizo posible su ascenso en un mercado ilícito rentable y altamente dinámico.
/ En el marco del 25 aniversario del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI), convocamos a un ejercicio poco común pero profundamente necesario: sentar en una misma mesa a quienes, en distintos momentos, han sido responsables de conducir la política exterior de México.
Reunimos a cinco ex-Cancilleres de México de distintos períodos: Bernardo Sepúlveda Amor, José Ángel Gurría, Jorge G. Castañeda, Patricia Espinosa y Claudia Ruiz Massieu.
El valor de este encuentro no radicó únicamente en la experiencia acumulada de sus participantes, sino en la posibilidad de observar, en perspectiva, la evolución del pensamiento estratégico de México frente al mundo. Lo que surgió no fue una narrativa uniforme, sino un conjunto de coincidencias, matices y tensiones que reflejan con claridad los dilemas estructurales que enfrenta el país.
El primero de ellos es conceptual, pero profundamente práctico: la relación entre principios e intereses. México ha construido, a lo largo de décadas, una política exterior anclada en principios que le han permitido navegar un sistema internacional marcado por asimetrías de poder. Sin embargo, la discusión dejó claro que estos principios no operan en el vacío. Su aplicación exige interpretación, y en ocasiones, decisiones difíciles cuando entran en tensión entre sí o con intereses concretos del Estado.
El segundo gran tema fue el diagnóstico sobre la posición actual de México en el mundo. Aquí hubo una preocupación compartida: una percepción de menor presencia, menor iniciativa y menor peso en espacios multilaterales. Pero este diagnóstico no fue simplista. También hubo un reconocimiento explícito del contexto extraordinariamente complejo en el que opera el gobierno actual: una relación particularmente exigente con Estados Unidos, presiones crecientes en migración y seguridad, y un entorno internacional cada vez más volátil.
Este matiz es importante. La política exterior no se diseña en el vacío, sino bajo restricciones reales.
Sin embargo, incluso considerando estas restricciones, el debate llegó a una conclusión central: México necesita recuperar la capacidad estratégica.
La relación con Estados Unidos seguirá siendo la prioridad estructural. Negarlo sería desconocer la realidad geográfica, económica y política del país. Pero asumir esta prioridad no implica renunciar a la dependencia. Por el contrario, una política activa de diversificación —hacia Europa, América Latina, Asia y otros socios afines— puede fortalecer la posición negociadora de México frente a su principal socio.
En este contexto, uno de los temas más relevantes fue el de las herramientas. La política exterior no es solo discurso ni posicionamiento; es, sobre todo, capacidad de ejecución.
Aquí el diagnóstico fue claro: la Cancillería ha perdido capacidades, tanto en recursos como en peso político. La política exterior requiere una institución capaz de coordinar al Estado en su conjunto, de anticipar escenarios y de articular estrategias de largo plazo. Sin ello, el país queda condenado a reaccionar, no a incidir.
La red consular ofrece un buen ejemplo de este dilema. México ha utilizado intensamente sus consulados para proteger a sus ciudadanos en el exterior, particularmente en Estados Unidos, en un entorno cada vez más adverso. Este esfuerzo ha sido no solo necesario, sino eficaz.
Pero esa misma roja tiene un potencial mucho mayor. Puede ser —y en muchos casos debería ser— una herramienta de inteligencia política y económica, de construcción de alianzas a nivel estatal y local, y de promoción activa de los intereses de México. La transición de una red reactiva a una red también proactiva es una de las tareas pendientes más evidentes.
El fortalecimiento del Servicio Exterior, la recuperación de capacidades analíticas y la articulación de una estrategia de Estado son, en este sentido, condiciones indispensables.
Finalmente, el encuentro dejó una reflexión más amplia: el mundo está cambiando. El orden basado en reglas que México supo aprovechar está siendo reemplazado, en parte, por dinámicas de poder más crudas. En este nuevo entorno, la pasividad tiene costos más altos.
México sigue siendo una potencia media. Tiene los recursos, la posición geográfica y el peso económico para ser un actor relevante. La pregunta no es si puede serlo, sino si está dispuesto a actuar como tal.
A 25 años de su fundación, COMEXI reafirma su vocación como espacio de reflexión estratégica. Pero más allá de este aniversario, la conversación deja una lección clara: la política exterior no puede ser improvisada ni reactivada. Requiere visión, capacidades y, sobre todo, una noción compartida de interés nacional.
Ese es, quizás, el desafío más importante hacia adelante.
/ En el 2024 fueron elegidos Claudia Sheinbaum y Donald Trump como presidentes de dos países que comparten una historia bastante complicada. La intranquilidad efectiva entre México y EE.UU. extiende desde la Invasión Norteamericana y la plantación de la bandera estadounidense en Palacio Nacional, actos que inauguraron a la relación binacional con violencia, hasta la actual dinámica de tensión en temas de seguridad, narcotráfico y comercio binacional.
A medida que las relaciones se han degenerado en años recientes, ambos mandatarios también han fomentado las divisiones políticas y sociales en sus países. ¿Será posible que las retóricas populistas de Trump y la derecha sintetizado como “MAGA” (Make America Great Again – Hacer que Estados Unidos vuelva a tener grandeza) y su contraparte mexicana de Sheinbaum y la izquierda conocido como la 4T sean los motores que nos llevarán a una mejor relación binacional?
Desde que lanzó su primera campaña para presidente declarando que los migrantes mexicanos son unos asesinos y violadores,pero se imaginó que entre ellos tal vez hay gente buena, Donald Trump ha buscado posicionarse como el mandatario estadounidense más condescendiente hacia México. Pronto, y desde entonces ha buscado apelar a lo peor de la ideología conservadora en su país, fenómeno que lo llevó a dos triunfos electorales. Siempre y cuando su base de apoyo ha rehuido sus responsabilidades por la violencia y la drogadicción en su país, este tipo de retórica le ha servido. El proteccionismo de “America First” (Primero Estados Unidos), al parecer no discrimina entre países socios o enemigos, pero golpea la relación México-EE. UU. de manera contundente, arrebatando décadas de avances y éxitos en el tema del libre comercio en América del Norte. Sin embargo, su llamamiento populista en contra de México y los mexicanos migrantes ha sido un ingrediente importante de sus campañas.
Pese a sus respectivos esfuerzos de dividir sus respectivas sociedades, solo Trump, con su retórica populista y xenofóbica, ha logrado mover la opinión pública de los estadounidenses en contra de México. Según datos de Pew Research, desde el 2017 durante el su primer mandato hasta el 2024, el porcentaje de estadounidenses con una opinión favorable de México ha bajado de 65% a 37%. Estos datos demuestran que México y los mexicanos siguen siendo un chivo expiatorio confiable para los norteamericanos. El hilo conductor de las numerosasdeclaraciones absurdas de Trump, sin olvidar menciones y posturas frente a los cárteles, el muro, o un vertedero de drogas y delincuencia, etc., es la indignación populista que promete que solo con sacar a los “de afuera” del país, se resuelven los problemas más críticos en el país.
En el caso de la 4T de López Obrador y la presidenta Sheinbaum, la polarización generada por varios elementos populistas del movimiento se ha convertido en arma para defender los intereses de Morena y la consolidación del poder. Cuando Trump ataca a México, los mexicanos y los migrantes, o amenaza con imponer aranceles, se activa la defensa de la soberanía mexicana. Sin embargo, los migrantes no suelen aparecer en los grandes discursos sobre la soberanía nacional. A la presidenta Sheinbaum se le viene más fácil canalizar la atención en arengas tratando de los buenos contra los malos o del pueblo contra la élite. Es cierto que en el caso de las políticas gobernando la migración en Estados Unidos, los estadounidenses son los soberanos. No obstante, si Sheinbaum y la 4T fueran verdaderamente incluyentes en defensa de la soberanía, estarían empleando al derecho internacional paradefender a sus paisanos agraviados en EE. UU. Este tipo de defensa no existe en la retórica populista de la 4T. En cambio, mientras que se grita desde Palacio Nacional que los migrantes mexicanos in EE. UU. son “héroes y heroínas de la patria” se susurra que ha habido grandes reducciones significativas a los presupuestos de la red consular bajo gobiernos de la 4T. Sólo en el 2025 el Gobierno de México redujo este presupuesto por 49%en nombre de la austeridad republicana, justo cuando la necesidad de protección para los connacionales en EE. UU. crecieron ante grandes campañas de redadas y deportaciones ordenadas por el gobierno de Trump. Así es como la 4T trata a sus héroes y heroínas.
Desgraciadamente, este patrón de conducta común señala una especie de unidad latente, un frente unido en contra de los migrantes mexicanos radicando en EE. UU. Así que la únicaesperanza para resguardar la dignidad de los mexicanos vive dentro de la nación de mexicanos radicados en ambos países. Son los ciudadanos mexicanos y mexicoamericanos promedio, aglutinados con una gran medida de coordinación encabezadapor la sociedad civil, quienes nos llevarán a un futuro más cooperativo y apegado para el beneficio de todos.
/ En su Reporte de Riesgos Globales 2023, el Foro Económico Global empleó por primera vez el término “policrisis” para describir una situación actual o futura en la que múltiples crisis –económicas, climáticas, geopolíticas, sociales y sanitarias– ocurren simultáneamente e interactúan entre sí. No obstante su utilidad para dimensionar la naturaleza sistémica de los riesgos globales y su impacto en países enteros, este concepto también se ha utilizado para justificar la falta de anticipación, prevención y, sobre todo, planeación a largo plazo.
/ La sucesión de Antonio Guterres en la Secretaría General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) fue puesta de cabeza el martes, cuando el gobierno chileno anunció el retiro de su respaldo a la candidatura de la expresidenta chilena, Michelle Bachelet, para conducir al organismo.
Y en ese sentido, la decisión de la exmandataria chilena de ir adelante con su candidatura, con respaldo de Brasil y México, parece un poco quijotesca, pero también simbólica de las divergencias y divisiones en América Latina.
/ La reciente flexibilización temporal de Trump a las sanciones al petróleo ruso no es un ajuste técnico, es una señal política de alto voltaje. Europa haría mal en leerla como una concesión menor. Lo que está en juego no es sólo el mercado energético, sino la credibilidad estratégica de Occidente frente a Putin en un momento en que el orden internacional se reconfigura a golpe de crisis superpuestas.
/ La revisión conjunta del T-MEC tiene como fecha ineludible el 1 de julio de 2026. Se trata de un compromiso bajo el artículo 34.7 del acuerdo, en el que Estados Unidos, México y Canadá evaluarán el desempeño del acuerdo para decidir si se prorroga por otros 16 años o se inicia un proceso de revisión anual hasta que se acuerde la prórroga por otros 16 años. De no lograrse la prórroga, el acuerdo terminará en 2036.