Gobernar desde el miedo o vivir desde la alegría

Gobernar desde el miedo o vivir desde la alegría


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Anna Karla Uribe Escalante

/ El domingo 19 de julio terminó el Mundial 2026 de futbol. La cifra final: 20 mil millones de visualizaciones de video en todas sus plataformas y casi siete millones de espectadores en los estadios. 

Es decir, por un mes cerca de 30 millones de personas dirigieron su atención hacia el mismo lugar; sin embargo, los mundiales son mucho más interesantes cuando terminan, porque una vez que se apagan los reflectores aparece una pregunta incómoda: ¿qué nos dice todo esto sobre la forma en que construimos nuestras sociedades? 

Tendemos a pensar que el futbol es únicamente entretenimiento. Sin embargo, basta observar lo que ocurrió durante las últimas semanas para descubrir que también funciona como un espejo. En él aparecen reflejadas nuestras esperanzas, prejuicios, anhelos colectivos y miedos. El Mundial no inventó el racismo, la xenofobia ni el clasismo que vimos circular en redes sociales, tampoco creó la solidaridad, la alegría o la capacidad de emocionarnos junto a personas que jamás habíamos visto. Lo que hizo fue amplificar todo aquello que ya existía. 

Y quizá sea precisamente ahí donde se encuentra una de las lecciones políticas más importantes de nuestro tiempo. Vivimos en sociedades que parecen cada vez más organizadas alrededor del miedo. Miedo a quien piensa diferente, a quien viene de otro país, a quien tiene otra religión, otra orientación sexual, otro color de piel o simplemente otra manera de entender el mundo. 

El miedo se ha convertido en uno de los recursos políticos más rentables del siglo XXI, y no es una casualidad porque simplifica realidades complejas. Convierte problemas estructurales en relatos fáciles de consumir. Siempre ofrece culpables perfectamente identificables. Si algo no funciona, la responsabilidad recae en “los otros”: los migrantes, los pobres, las minorías, los extranjeros o cualquier grupo que pueda transformarse en amenaza. 

Gobernar desde el miedo tiene una enorme ventaja para quienes ejercen el poder: evita que hagamos preguntas difíciles. Mientras discutimos entre nosotros, dejamos de preguntarnos por qué persisten las desigualdades, quién se beneficia de ellas o por qué ciertas formas de exclusión siguen reproduciéndose generación tras generación. 

El problema es que el miedo poco a poco reduce nuestra capacidad de imaginar futuros compartidos, nos convence de que la competencia es más importante que la cooperación y que la desconfianza es más segura que la solidaridad. 

Las plataformas digitales han aprendido perfectamente esta lógica. Hoy no siempre triunfa el contenido más verdadero o más útil, con frecuencia es el que provoca más indignación. Mientras más enojo genera una publicación, más interacción produce y más tiempo permanecemos frente a la pantalla. Y mientras estamos ahí, más rentables nos volvemos, porque el conflicto se ha convertido en un modelo de negocio. 

Frente a ello, hablar de alegría quizá sea una de las discusiones más urgentes de nuestro tiempo. No me refiero a una alegría superficial, diseñada para ignorar los problemas o fingir que todo está bien, hablo de la alegría entendida como decisión colectiva, como la capacidad de construir comunidad incluso en contextos difíciles. 

Los momentos más memorables del Mundial no fueron únicamente los goles o las ceremonias espectaculares, fueron también las historias de cooperación, pertenencia y encuentro que aparecieron a lo largo del torneo. Vimos a Shakira compartiendo escenario con los Ghetto Kids de Uganda, unos niños que crecieron en contextos de pobreza extrema y que encontraron en el arte una posibilidad para cambiar su historia. Verlos bailar frente a millones de personas fue un recordatorio de que el deporte también puede abrir espacios donde normalmente no los hay. A ello se suma que Burna Boy, la estrella nigeriana y ganador del Grammy, se ha vuelto viral al cantar junto a Shakira la canción oficial del Mundial 2026: “Dai Dai”, lo cual lleva al afrobeat al mundo. 

Por eso vale la pena preguntarnos qué tipo de sociedades queremos construir ¿queremos comunidades organizadas alrededor de enemigos permanentes o comunidades capaces de imaginar proyectos comunes? ¿queremos ciudadanos movilizados por el resentimiento o por la posibilidad de transformar su realidad? ¿queremos gobernar desde el miedo o aprender a vivir desde la alegría? 

La diferencia es más importante de lo que parece. Una sociedad gobernada por el miedo levanta muros y ve peligro en todas partes, una que apuesta por la alegría construye puentes encuentra su fuerza en la cooperación y no ignora los problemas, pero tampoco permite que éstos definan completamente su horizonte y sus historias. 

Quizá por eso la pregunta más relevante que dejó el Mundial 2026 no tiene que ver con quién levantó la Copa, si le íbamos a España o a Argentina, tiene que ver con el tipo de emociones que moldean nuestra vida pública. Porque las emociones también organizan sociedades, distribuyen poder y determinan qué futuro consideramos posible. 

Y hoy, cuando la indignación parece dominar la conversación pública, defender la alegría puede convertirse en un acto profundamente político y urgente. No porque resuelva mágicamente nuestros problemas, sino porque la historia demuestra que las sociedades avanzan cuando son capaces de imaginar algo mejor. Y para imaginar un futuro distinto hace falta algo que el miedo nunca podrá ofrecer: esperanza. Construyamos la gozosa rebeldía de la alegría.

Gobernar desde el miedo o vivir desde la alegría - El Sol de México
Columnistas y analistas examinan la política, la economía y los temas que definen a México.

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