/ En entrevista con Leonardo Curzio, Miguel Ruiz Cabañas analiza el proceso para elegir a la próxima persona que presidirá la Secretaría General de la ONU. Destaca que, hasta el momento, ninguna candidatura ha logrado el consenso necesario y que, de cara al plazo del 10 de diciembre, aún podría haber nuevas postulaciones. También aborda la expectativa de que el cargo sea ocupado por una mujer latinoamericana.
/ Hay una frase que escucho constantemente y que me parece una de las más peligrosas del vocabulario cotidiano: “a mí la política no me interesa”. Se dice con orgullo, como si fuera una forma de madurez o de sensatez. Pero no ser político es, en sí mismo, una postura política. Y sus consecuencias las pagamos todos, aunque no lo sepamos.
Déjame explicarte algo que está pasando hoy mismo en México. En 2027, hay elecciones donde se eligen 17 gubernaturas, dos mil 478 ayuntamientos, congresos locales y los 500 diputados federales. Según la Constitución, el voto es “universal, libre, secreto, directo, personal e intransferible”. Sin embargo, durante el último mes, algunos influencers afirmaron en esos típicos podcasts controversiales que “no todos deberían votar”, planteando que el acceso al sufragio debería condicionarse a aprobar un examen de conocimientos cívicos ante el INE. A los pocos días, un afiliado del PAN fue más lejos: propuso el voto por casa, es decir, que un integrante del núcleo familiar, generalmente el jefe del hogar, emita un solo sufragio en representación de todos los demás. En la práctica, el esposo vota. La esposa, no. Claro, las declaraciones se volvieron virales. En cuestión de días, miles de personas en redes sociales debatían si el sufragio universal era realmente una buena idea.
Eso no es una discusión filosófica inocente. Es propaganda, y hay que llamarla por su nombre. Ambas propuestas son clasistas y machistas. La primera asume que hay ciudadanos que “merecen” decidir y otros que no, una lógica que históricamente se ha utilizado para excluir a los pobres, a las comunidades indígenas, a las mujeres, a cualquiera que el poder de turno considerara “no apto”. La segunda simplemente le quita el voto a la mitad de la población adulta del país con una sonrisa y el lenguaje de “fortalecer a la familia”. No son ideas nuevas ni valientes. Son las mismas que el Porfiriato utilizó para justificar que “el pueblo no estaba listo para la democracia”, y que los sectores más conservadores de Estados Unidos promueven hoy bajo el nombre de “Family Voting”. Han pasado más de cien años y aquí estamos de nuevo, con mejores cámaras y más seguidores.
Lo más preocupante no es que un influencer o un diputado hayan dicho algo regresivo. Lo preocupante es el mecanismo. Estas ideas no llegan como propuestas formales de ley, donde podrían ser debatidas, rechazadas o exhibidas con toda su crudeza. Llegan disfrazadas de preguntas incómodas que alguien “tenía que hacer”. Llegan con el lenguaje de la reflexión crítica para sonar valientes y contracorriente. Y funcionan precisamente porque cuando uno ha decidido que la política no le compete, un video de cinco minutos con datos a medias puede parecer una revelación. La discusión deja de ser cómo fortalecer la democracia para convertirse en quién merece ejercerla. Eso ya es una victoria para quienes buscan mover la frontera de lo aceptable.
Es exactamente la misma estrategia que la derecha critica de Morena: populismo de manual. El “ellos” son los ignorantes que votan mal. El “nosotros” somos los que sabemos. La lógica exige construir un enemigo interior, alguien que no merece pertenecer a la conversación, porque sin ese enemigo el argumento se derrumba. Y el resultado, sin importar de qué lado del espectro venga, es siempre el mismo: una narrativa que erosiona instituciones, polariza a la sociedad y no propone absolutamente nada concreto para mejorar la vida de nadie.
El sufragio universal no es un derecho porque la gente siempre vote perfectamente informada. Es un derecho porque ningún ser humano debería tener el poder de decidir si otro merece influir en el mundo en el que vive. Esa conquista le costó a este país décadas de lucha, fraudes electorales y sangre. No es una pregunta interesante para el debate. Es un piso mínimo de la democracia, no un privilegio negociable.
Todo este mecanismo, la propaganda disfrazada de reflexión, el enemigo construido, las instituciones erosionadas desde adentro, funciona porque hay un espacio vacío donde deberían estar ciudadanos informados. Ese espacio lo crea la apatía. Cuando decides que la política no va contigo, no desapareces del juego. Solo dejas de tener voz en él. Y en ese vacío entran quienes sí hablan, con micrófonos grandes y argumentos simples, a moldear lo que se considera sentido común. El daño no está en que existan estas opiniones. El daño está en que una persona que no ha pensado en política desde la última elección las escucha, asiente y las repite.
La pregunta no es si la política te interesa. La pregunta es si te importa quién decide por ti cuando tú no lo haces.
/ La desinformación no es un fenómeno nuevo. Lo que ha cambiado radicalmente es su escala. Las plataformas digitales han multiplicado el alcance, la velocidad y la precisión con que actores estatales y no estatales intentan manipular la opinión pública. En un entorno informativo marcado por la erosión de la confianza en los medios de comunicación tradicionales, cambios en los patrones de consumo de noticias y una sobrecarga informativa que dificulta discernir entre información genuina y falsa, el terreno para el engaño y la manipulación es particularmente fértil.
La inteligencia artificial (IA) y su uso malicioso añaden una nueva dimensión. La capacidad de producir, en cuestión de segundos y a costos mínimos, textos, imágenes, audios y videos de creciente sofisticación permite generar contenidos engañosos hechos a la medida, y a una escala hasta hace poco inconcebible. La IA generativa ha reducido drásticamente las barreras de acceso a capacidades que antaño requerían recursos técnicos, financieros y humanos considerables.
El reto, por tanto, no es solo combatir la desinformación, sino además preservar las condiciones que permitan distinguir entre información fidedigna y contenido fabricado, sin que ello socave la libertad de expresión. Esto obliga a preguntarse cómo podemos gobernar una tecnología cuyo desarrollo avanza más rápido que nuestra capacidad de acción colectiva.
Ante este fenómeno, la respuesta internacional comienza a tomar forma: la UNESCO, la ONU, la OCDE, y foros multilaterales como el G7 y el G20, entre otros, han avanzado en principios y marcos orientados a conciliar innovación, derechos humanos, democracia y uso responsable y ético de las tecnologías emergentes. Pero ello dista mucho aún de una gobernanza efectiva.
Entre los desafíos que enfrenta la gobernanza de la IA están la fragmentación regulatoria y la disparidad de enfoques: desde el modelo europeo, basado en riesgos y más restrictivo, hasta el estadunidense, más flexible y orientado al mercado; el avance tecnológico, que supera la capacidad regulatoria de los gobiernos; la brecha digital, que afecta sobre todo a las economías en desarrollo y genera nuevas dependencias tecnológicas, y la ausencia de mecanismos efectivos de fiscalización. Otro reto es garantizar una participación sustantiva del “Sur global” en la definición de las reglas de gobernanza. A ello se suma una de las asignaturas pendientes más sensibles: regular el uso de IA en la industria militar.
Avanzar requerirá, por tanto, algo más que reproducir declaraciones de buenas intenciones. Se necesitan mecanismos de cooperación que faciliten la armonización regulatoria; refuercen la transparencia y trazabilidad de los contenidos creados con IA; definan responsabilidades para el desarrollo y uso de esta tecnología, y reduzcan las brechas de capacidades. En suma, se trata de construir marcos que minimicen los riesgos y los efectos perniciosos de la IA y que, a la vez, garanticen el respeto a la dignidad humana, la inclusión y la protección de los derechos humanos.
Ante el cambio constante y vertiginoso que supone la revolución tecnológica, gobernar la IA exige lidiar con la incertidumbre sin que esta se traduzca en parálisis: construir como si la arena fuese piedra. Gobernar la IA antes de que sus efectos terminen por gobernar nuestras sociedades es quizá el gran desafío político y democrático de nuestra era.
/ Más allá de la natural renuencia de un partido político a perder sus mayorías en las cámaras del Congreso Federal estadounidense, los republicanos luchan también por evitar una serie de juicios políticos que pueden perseguirlos por décadas.
/ Es época de celebraciones en ocasión de la conmemoración de las independencias de México, varios países de América Central y de otras partes de América Latina y el Caribe. También es un período en el que se acercan aquellos momentos del año en los que, tanto en la sede de Naciones Unidas como en Ginebra, aumentan las interacciones de alto nivel por lo que se refiere a la política internacional, pero también sobre otros asuntos de mayor importancia, como lo son los relacionados de manera amplia con los derechos humanos y su relación con el derecho al desarrollo.
/ Mónica Laborda analiza la Cumbre de BRICS, que reúne a 11 países, y destaca cómo este encuentro refleja la transformación del orden internacional: más allá del comercio y el financiamiento, muestra un mundo cada vez más complejo y un centro de gravedad global que se desplaza.
/ Recientemente participé en un diálogo sobre los efectos geopolíticos derivados de las transformaciones que vive el Asia Pacífico y el reordenamiento mundial, organizado por la UDLAP y el IMEESDN, que se emparejó con la presentación de publicación de mi reciente libro sobre la Política de Desarrollo de Japón en América Latina en el Instituto de Estudios Diplomáticos Matías Romero de la Cancillería.