/ El próximo 3 de noviembre, Estados Unidos renovará los 435 escaños de su Cámara de Representantes y alrededor de un tercio del Senado. Es un proceso enteramente interno y así conviene tratarlo. Sin embargo, pocas elecciones ajenas se sienten tan cercanas en México, y vale la pena explicar por qué.
Nuestra relación con el vecino del norte no es un expediente más de política exterior, sino el marco cotidiano en el que viven millones de personas, alrededor de 40 millones de origen mexicano. Comercio, seguridad, agua, energía y familias en ambos lados de una frontera de más de tres mil kilómetros. Cuando en EUA cambia la aritmética legislativa, en México se requieren importantes conversaciones.
Si bien el proceso electoral en Estados Unidos suele generar debate en nuestro país, y no en pocas ocasiones preocupación, es importante entender que durante las temporadas electorales los temas más relevantes tienden a politizarse. La migración y la seguridad, que en la práctica son fenómenos compartidos y complejos, se reducen a consignas de campaña. Eso genera ruido, y a veces el ruido se confunde con la política real. En este caso conviene mirar más a fondo: independientemente de los procesos electorales propios de las democracias, ambas naciones se mantienen operando una maquinaria de cooperación que rara vez llega a los titulares.
Un ejemplo lo ilustra. En agosto se celebró la 40.ª Conferencia Internacional para el Control de Drogas, organizada por Argentina y la DEA, con delegaciones de más de cien países. Ahí el titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana expuso los resultados de la estrategia mexicana y planteó una fórmula que vale la pena subrayar: responsabilidad compartida, reciprocidad, confianza mutua y pleno respeto. La agencia antidrogas estadounidense lo describió públicamente como un socio de confianza.
Detrás del gesto hay algo más sustantivo: información que fluye con mayor rapidez y contacto cotidiano entre autoridades. Eso es cooperación operativa; cuando se sostiene en el tiempo y sobre principios explícitos, se vuelve cooperación estratégica. Y no aparece en ninguna boleta electoral.
El T-MEC, por su parte, entra en un ciclo de revisiones anuales: menos certeza de largo plazo y más necesidad de trabajo técnico y paciente. Justo lo contrario de lo que produce una campaña.
De ahí mi convicción. La mejor estrategia frente a noviembre no consiste en apostar por un resultado, sino en ser un socio confiable, profesional y orientado a resultados, con interlocutores en ambos partidos y en los estados, no sólo en Washington D. C.
El 4 de noviembre amaneceremos con el mismo mapa. La geografía no se vota.
/ El pasado 22 de septiembre inició el 81 perIodo de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York. En la primera semana de labores participaron representantes de los 193 Estados miembros de la ONU en el debate general para señalar sus prioridades y propuestas enfocadas en los desafíos actuales en los tres pilares de la organización: paz y seguridad internacionales, cooperación internacional y respeto de los derechos humanos.
Los Jefes de Estado y de Gobierno que hicieron uso de la palabra se centraron, entre otros temas, en la necesidad de continuar con el proceso de reforma de las Naciones Unidas para fortalecer al sistema multilateral, incluida la revisión de la composición y métodos de trabajo del Consejo de Seguridad, para superar los obstáculos que impiden llegar a soluciones acordadas en los conflictos en Gaza, Ucrania, Sudán, y disminuir las tensiones derivadas de enfrentamientos bélicos en otras regiones del mundo.
Sin embargo, fueron pocos los oradores que mencionaron la necesidad de llevar a cabo acciones para avanzar el proceso del desarme y fortalecer al régimen internacional de no proliferación de armas de destrucción en masa, a pesar de la fabricación y empleo de nuevos armamentos con tecnología industrial de última generación.
Según datos de SIPRI (2025), existen aproximadamente 12, 240 armas nucleares, pero la falta de transparencia en los arsenales de Estados que no son Parte del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) como Israel, Corea del Norte, India y Pakistán dificulta tener una precisión más clara. La amenaza a la sobrevivencia de la raza humana se ve aumentada por el enfrentamiento entre Estados Unidos, Israel e Irán debido al desarrollo del programa nuclear de éste último. Esta situación se ve agravada por la falta de cooperación del gobierno iraní con el Organismo Internacional de Energía Atómica para la supervisión de las actividades realizadas a fin de no contravenir los compromisos adquiridos como un Estado no poseedor de armas nucleares cuando ratificó el TNP.
Una vez más, los Estados miembros de la ONU, en el seno de la Primera Comisión que es el foro de la Asamblea General donde se negocian y aprueban resoluciones sobre temas de desarme y seguridad internacional, inician sus trabajos esta semana para hacer frente a los desafíos derivados de la carrera armamentista que también abarca al espacio ultraterrestre, al espacio marítimo y a las tecnologías digitales con aplicaciones de la inteligencia artificial en el campo militar.
Las doctrinas de defensa y seguridad nacional de las principales potencias, así como las rivalidades geopolíticas de distintos bloques de poder son factores principales en la falta de voluntad política para llegar a acuerdos globales. Un ejemplo son las resoluciones sobre armas nucleares que cada año son aprobadas en su mayoría mediante una votación ante la imposibilidad de generar un consenso.
Frente a la falta de interés de Estados Unidos, Rusia y China, entre otros, para avanzar el proceso de desarme y no proliferación, se espera que potencias medias como México, Nueva Zelandia, Noruega, Canadá, Suecia, Indonesia y Sudáfrica continúen con esfuerzos conjuntos para llegar a un mundo libre de armas nucleares, y disuadir a otros Estados a desarrollar o adquirir este tipo de armamento.
Desde esta perspectiva, se espera que México amplíe, a través de negociaciones en Naciones Unidas, el apoyo a la resolución que presentó por primera vez hace un año sobre los Posibles riesgos de la integración de la inteligencia artificial en los sistemas de mando, control y comunicaciones de las armas nucleares. Este documento fue adoptado en 2025 como la resolución 80/23, con 118 votos a favor (México incluido), 9 en contra (Argentina, Burundi, República Centroafricana, Corea del Norte, Francia, Israel, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos) y 44 abstenciones (China incluida).
Esta resolución exige que mientras se llega al desarme nuclear, se mantengan el control y supervisión humanos para evitar que la inteligencia artificial inicie de forma autónoma decisiones sobre el empleo de armas nucleares. El seguimiento a los debates sobre este tema en los trabajos de la Primera Comisión durante el mes de octubre permitirá conocer los avances o retrocesos en el campo del desarme y la no proliferación.
/ ¡China, China, China! El país está en boca de todos, tanto de sus admiradores, como de sus rivales, socios y detractores. Es, para unos, sinónimo de oportunidad al tiempo que para otros representa una amenaza. Para América Latina se ha convertido en un socio clave. En buena parte de Sudamérica dejó hace tiempo de ser un socio emergente. Es el principal socio comercial de Brasil, Chile y Uruguay, y ocupa un lugar central en las relaciones económicas de otros países de la región. En Brasil, 28% de las exportaciones se dirigieron a China en 2024; en Chile, China concentró 33% del comercio de bienes en 2025; y en Uruguay absorbió 26% de las exportaciones. ¿Y para México, qué representa China?
Esta columna inaugura una nueva etapa de colaboración entre COMEXI y EL UNIVERSAL para explorar algunos de los grandes temas internacionales que afectan a México. En ésta participarán asociados de COMEXI e integrantes de nuestro Programa de Jóvenes COMEXI. El propósito es acercar al público discusiones que con demasiada frecuencia quedan confinadas a círculos especializados: explicar qué está cambiando en el mundo, por qué importa para México y qué margen tiene nuestro país para influir en esos cambios. La relación con China ofrece un buen punto de partida.
La presencia china en América Latina ya rebasa ampliamente el muy significativo comercio de materias primas. Empresas del país asiático participan en energía, construcción, infraestructura de transporte, telecomunicaciones, vehículos eléctricos, almacenamiento de energía y manufactura avanzada. China sigue muy por detrás de Estados Unidos como fuente de inversión extranjera directa en la región: en 2024, Estados Unidos representó 38% de la IED recibida por América Latina y el Caribe y China apenas 2%. Pero, como señala la CEPAL, esas cifras subestiman la presencia económica china: una parte importante de su participación en la región adopta la forma de contratos de construcción, concesiones, financiamiento de infraestructura o inversiones canalizadas a través de terceros países, modalidades que no siempre aparecen como IED en la balanza de pagos.
La conversación regional, sin embargo, está entrando en una etapa nueva. Muchos países latinoamericanos quieren conservar y ampliar sus vínculos con China, pero esperan obtener mucho más de ellos. Quieren que las inversiones desarrollen proveedores locales, generen capacidades tecnológicas y de ingeniería, formen talento y produzcan beneficios más visibles para las comunidades donde operan. En minerales críticos, por ejemplo, existe un interés creciente en procesar y refinar localmente en lugar de limitarse a exportar la materia prima. En ciencia y tecnología, la aspiración es pasar de la compra de equipos a proyectos conjuntos, intercambios académicos y desarrollo de conocimiento.
Ese reclamo no debe interpretarse como un distanciamiento de China. Es, más bien, una señal de madurez de la relación y del cambio paulatino del rol de China en la economía global. El país ha pasado de ser una economía emergente para convertirse en la segunda economía del mundo, no sólo por el volumen de lo que produce, sino por la creciente sofisticación y liderazgo tecnológico. A medida que China asume un papel destacado como líder económico y político global, aumenta también la exigencia de sus socios de que la relación contribuya más claramente al desarrollo local.
Todo esto ocurre mientras se intensifica la competencia entre Estados Unidos y China. Washington observa con creciente atención – por no decir preocupación – la participación china en infraestructura estratégica, telecomunicaciones, puertos, minerales críticos y cadenas tecnológicas. La propia administración Trump ha denominado su política hemisférica un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe y su Estrategia de Seguridad Nacional plantea explícitamente recuperar la preeminencia estadounidense en el hemisferio y limitar el control de activos estratégicos por competidores extrarregionales – entiéndase, China.
Para México, la cuestión es especialmente compleja. Ningún otro país latinoamericano está tan profundamente integrado a la economía estadounidense. Las cadenas de producción, la inversión, la logística y las empresas de ambos países constituyen una realidad económica norteamericana determinante para las economías de México, Estados Unidos y Canadá. Pero China tampoco es ya una relación que México pueda considerar marginal. Más de una quinta parte de nuestras importaciones de mercancías provienen de China y gran parte de ellas son maquinaria, componentes y bienes intermedios utilizados por la propia industria mexicana. China compite con la manufactura nacional y también contribuye a su competitividad.
Esto combinación de geopolítica y realidades económicas profundamente arraigadas crea lo que podríamos llamar un triángulo de hierro entre Estados Unidos, China y México que estructura y limita las relaciones entre los tres países. El riesgo está en que su geometría sea definida desde Washington o Beijing. México no puede formular su relación con China como si Estados Unidos no existiera; la integración norteamericana es demasiado profunda y valiosa. Pero tampoco puede limitar su estrategia a traducir automáticamente las preferencias estadounidenses en política mexicana. La rivalidad entre ambas potencias abarca ya semiconductores, inteligencia artificial, baterías, automóviles eléctricos, telecomunicaciones, datos, minerales críticos e inversión; todas ellas áreas prioritarias para México.
México necesita, por tanto, hacer su propio cálculo. ¿Qué inversiones chinas conviene atraer? ¿En qué sectores existen oportunidades reales de aprendizaje tecnológico? ¿Dónde deben establecerse salvaguardas por razones de seguridad económica? ¿Qué actividades pueden poner en riesgo nuestra integración con América del Norte? ¿Qué deberíamos pedir a cambio de un acceso mayor al mercado mexicano? Las respuestas no pueden surgir de una presunción general a favor o en contra de China. Requieren entender con mucha mayor precisión qué fortalece las capacidades mexicanas y qué puede debilitarlas.
En los próximos días COMEXI publicará Las claves de la estrategia de México ante China, un análisis con propuestas concretas que busca contribuir a esa discusión. El estudio forma parte de un trabajo más amplio que COMEXI ha realizado desde su fundación, hace 25 años: identificar el interés nacional mexicano ante los grandes cambios internacionales y traducir ese análisis en propuestas concretas de política pública.
Ese mismo propósito anima esta nueva etapa de colaboración con EL UNIVERSAL. Queremos ampliar la conversación sobre política exterior, incorporar las voces de distintas generaciones de COMEXI y mostrar que los asuntos internacionales no ocurren en un espacio distante de la vida nacional. Afectan nuestra prosperidad, nuestra seguridad y nuestras posibilidades de desarrollo. México también puede contribuir a moldearlos. Para hacerlo, primero necesita entenderlos y decidir con claridad qué intereses quiere defender.
/ En la primera parte de este artículo planteé la erosión como un fenómeno transversal que explica el estado actual de la guerra en Ucrania: el desgaste progresivo, no siempre visible, que afecta la economía, la sociedad, el respaldo político y la capacidad de sostener un esfuerzo bélico a lo largo de una línea de tiempo. Identifiqué ahí la erosión latente y la erosión reconocida, así como un umbral a partir del cual el desgaste deja de ser tolerable para quien lo sufre.
/ El debate general de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (AGONU) constituye, por excelencia, el escenario donde los liderazgos mundiales exponen intereses, metas y posturas sobre los dilemas de la coyuntura internacional.
En su 81 periodo de sesiones, celebrado del 18 al 28 de septiembre de 2026, las participaciones se concentraron, entre otras cosas, en asuntos como el desarrollo de la Inteligencia Artificial, Ucrania, Gaza y la confrontación directa entre Estados Unidos e Irán. Todo lo expuesto en este espacio pasa por un minucioso análisis mediático y político. En esta ocasión el contraste entre los mensajes pronunciados y la realidad de los acontecimientos resulta considerable y, por fortuna, favorable.
Durante su intervención en la AGONU, el presidente de Estados Unidos adoptó una postura directa e incluso bélica. Entre otras cosas, confirmó que evaluaba dos caminos sobre Irán, atacar o darle la oportunidad de reconstruirse. Pese a tales advertencias, matizó su postura al proyectar un acuerdo luego de la celebración de las elecciones intermedias de noviembre en su país.
Asimismo, el presidente de Irán asumió una posición similar, y acusó a Estados Unidos e Israel de ser provocar inestabilidad internacional y calificó sus ataques como ilegales por estar dirigidos contra la población civil y la infraestructura iranies. Cabe señalar que, de acuerdo con The New York Times, la participación del mandatario iraní resulta ser histórica, pues ningún país en conflicto activo con Estados Unidos había comparecido en persona en la AGONU.
Esta confrontación verbal, podría proyectar que las posiciones de ambos países mantienen con pocas posibilidades alcanzar una resolución al conflicto. No obstante, contrastan con la realidad política. Mientras las declaraciones públicas sugerían un endurecimiento de las posiciones, de manera paralela, los canales diplomáticos registraron señales en un sentido contario.
El 22 de septiembre, dos funcionarios de alto nivel de Estados Unidos sostuvieron un encuentro indirecto de tres horas en Nueva York con el ministro de Asuntos Exteriores de Irán mediante la intermediación de representantes cataríes. Este acercamiento representó la primera gestión formal desde la ruptura del Memorando de Entendimiento suscrito en junio, el cual colapsó semanas después a raíz de nuevos ataques militares.
Lejos del tono bélico de los discursos oficiales, las partes reconocieron la importancia del encuentro. El ministro iraní definió la sesión como productiva y confirmó la continuidad en el flujo de notas oficiales. El secretario de Estado estadounidense describió el acercamiento como positivo y significativo, en tanto que el presidente de Estados Unidos reconoció una reunión muy buena.
Incluso, en ese marco, Irán presentó una propuesta de siete días que retoma postulados del acuerdo previo. Dicho esquema contempla, bajo condiciones precisas, la reapertura del estrecho de Ormuz hacia el término de ese plazo, con la meta de restablecer las negociaciones formales. Aunque finalmente no fue aceptada, supone otra muestra del interés por finalizar con el conflicto actual.
Para Estados Unidos la prolongación del estado de guerra supone un desgaste militar considerable, además de repercusiones económicas por la alteración del tránsito energético mundial y el descontento del electorado inconforme por el nuevo frente bélico previo a las votaciones de noviembre. Para el gobierno iraní, el cese del fuego resulta indispensable frente al daño sobre su infraestructura estratégica, el sufrimiento de la sociedad civil y el aislamiento comercial.
En suma, la urgencia compartida de detener el enfrentamiento se impone sobre los mensajes de los mandatarios de los dos países. Aunque la AGONU permanece como un referente ineludible del debate internacional, este caso muestra que los discursos de las y los jefes de Estado y de Gobierno en algunas ocasiones pueden no ser compatibles del todo con la realidad.
En ciertos momentos, buscan impactar en el electorado base o en demostrar al rival una cara muchos menos amable que en privado. Fuera de la tribuna, la necesidad recíproca de alcanzar un entendimiento guía la actuación y posiciones reales. Concluir la guerra constituye un objetivo en común de ambos países, más allá de la disonancia de sus respectivos discursos en la AGONU.
/ Este mes, en Nueva Delhi, Xi Jinping, Narendra Modi y Vladimir Putin posaron tomados de la mano. Dos meses antes, Washington se negó a extender el T-MEC por otros 16 años y lo dejó sujeto a revisiones anuales. México debería leer ambas escenas juntas. Una muestra un mundo que busca nuevos centros de poder; la otra recuerda quién todavía puede detener camiones, inversiones y empleos al norte del Río Bravo.
El T-MEC y los BRICS no son alternativas equivalentes. El primero organiza cadenas productivas que cruzan la frontera todos los días. Más de 81% de las exportaciones mexicanas termina en Estados Unidos. Los BRICS, en cambio, son un foro político y económico, sin tratado comercial común y con intereses que a menudo chocan. México no puede mudarse de una geografía a otra. Sí puede evitar que su geografía decida toda su política exterior.
En 2024 advertí que la ampliación de los BRICS podía dar mayor voz a países relegados, pero también diluir las decisiones del grupo y ampliar la influencia china. La cumbre de Nueva Delhi este año confirmó ambas tendencias. India consiguió una declaración conjunta pese a las diferencias entre Irán y Emiratos Árabes Unidos. China, mientras tanto, marcó buena parte de la agenda económica y propuso una zona BRICS de inteligencia artificial de código abierto.
La moneda común puede esperar. El bloque trabaja ahora en algo menos vistoso y bastante más útil: pagos transfronterizos más rápidos y operaciones en monedas nacionales. También busca ampliar el financiamiento del Nuevo Banco de Desarrollo. Son avances modestos, pero concretos. BRICS empieza a colocar tuberías debajo de su discurso sobre un mundo multipolar.
Para México, la oportunidad no está en solicitar una membresía. Está en usar esas nuevas conexiones para ampliar mercados, financiamiento y conocimiento. Dicho sin diplomacia: diversificar no es importar más productos chinos. Es conseguir que empresas mexicanas vendan en India o Brasil y que la cooperación extranjera deje laboratorios, infraestructura y personal capacitado en el país.
El reciente acuerdo científico entre México y China será una prueba. Ambos gobiernos acordaron colaborar en inteligencia artificial, supercómputo, robótica, electromovilidad y formación de investigadores. La coincidencia con la agenda tecnológica de BRICS difícilmente pasará inadvertida en Washington, que ya exige reglas de origen más estrictas para impedir que China utilice a México como puerta trasera al mercado estadounidense.
Como sostuve al analizar la posición latinoamericana frente a los gigantes de la inteligencia artificial, la ciencia puede cruzar fronteras que la geopolítica levanta. Pero el valor de esa cooperación dependerá de lo que quede de este lado. Me refiero a los investigadores mexicanos con acceso al cómputo, propiedad intelectual compartida, protección de datos y libertad para trabajar con más de un proveedor. Ensamblar servidores mientras otros controlan los chips, los modelos y la nube no es soberanía tecnológica.
México debe conservar al T-MEC como centro de su estrategia económica. También necesita relaciones más densas con Brasil, India, China y otras economías emergentes. Esa combinación exige reglas claras en sectores sensibles y cooperación abierta en investigación civil. La autonomía no consiste en mantener la misma distancia entre Washington y Pekín. Consiste en tener más de una puerta y conservar las llaves.
/ El Embajador José Ignacio Piña analiza el escenario electoral en Brasil y señala que se perfila una contienda reñida y polarizada. Destaca que, en los últimos 20 años, ningún candidato ha logrado obtener la victoria en primera vuelta, por lo que se prevé una segunda ronda. Asimismo, resalta la solidez de las instituciones electorales brasileñas y el uso de urnas electrónicas, que permiten agilizar el conteo y la difusión de los resultados.
/ En Eurasia gradualmente surge un espacio estratégico que vincula Asia Central, el Mar Caspio y el Cáucaso. Deriva de creciente interdependencia impulsada por transporte, energía, inversiones, seguridad y nuevas instituciones de cooperación.
Del C5 al C6 Particularmente significativa fue la incorporación de Azerbaiyán al mecanismo consultivo de los cinco Estados centroasiáticos. La reunión de Cholpon-Ata en Kirguistán (31JUL2026) consolidó una fórmula política (C5+1 o C6) y el surgimiento de la “Región del Gran Caspio” o “Cauc-Asia” para explicar la creciente integración funcional entre Cáucaso y Asia Central. El Caspio no es más separación geográfica; comienza a operar como vínculo.
La infraestructura material de transformación es el Corredor Medio o Trans-Caspian International Transport Route. Asia Central (Kazakhstán, Kirguistán, Tajikistán, Turkmenistán y Uzbekistán) junto con Azerbaiyán buscan diversificar lazos comerciales y no depender de rutas septentrionales (rusas). Uzbekistán ejemplifica mediante proyectos relacionados con Poti, Anaklia, Aktau, Turkmenbashi, Bakú, Nakchiván y TRIPP. De seguir progresando, Asia Central podría evolucionar de una condición landlocked (sin acceso a mares) hacia una posición land-linked (vinculados por tierra). China tampoco pierde, pues sigue enviando mercancías a Europa.
No obstante, los proyectos nacionales aún compiten entre sí y carecen de suficiente coordinación regional. Mayor infraestructura no significa automáticamente mayor integración política—pero pueden evidenciar un diálogo constante que fructifique.
Azerbaiyán ocupa una posición central dentro de esta nueva arquitectura como nodo articulador. Bakú conecta redes centroasiáticas con Georgia, Türkiye y, finalmente, los mercados europeos. Su acercamiento a Asia Central y su relación con Uzbekistán demuestra que la cooperación trasciende actualmente los vínculos culturales y lingüísticos. Incluye inversiones, industria, transporte, energía renovable, coordinación institucional y proyectos conjuntos de conectividad. En paralelo, su cooperación con Kazakhstán profundiza conexiones energéticas y logísticas transcaspianas. El resultado previsible será un eje Bakú-Astana-Tashkent con creciente relevancia regional—aún lejos de una alianza trilateral institucionalizada.
Georgia continúa siendo indispensable para la salida occidental del Corredor Medio mediante su infraestructura ferroviaria y portuaria. Su puerto de Anaklia reforzará considerablemente esto, en especial mediante inversiones vinculadas a actores asiáticos y centroasiáticos. No obstante, la polarización política georgiana y sus complejas relaciones con Rusia y Occidente introducen incertidumbre estratégica. Armenia podría adquirir igualmente una nueva función geoeconómica si normalizara con Azerbaiyán y la eventual implementación de TRIPP. Una conexión Azerbaiyán-Armenia-Nakchiván-Türkiye modificaría significativamente la geografía del transporte regional.
El mundo reacciona. Moscú parece acercarse a Yereván, pero no hay quien le crea y Yereván diversifica progresivamente sus relaciones exteriores. Estos procesos no significan la desaparición de Rusia como potencia regional. Lo que ha disminuido es su anterior exclusividad estructural sobre determinadas conexiones políticas, económicas y logísticas euroasiáticas. China, Türkiye, la Unión Europea y EUA ofrecen crecientes alternativas de inversión, comercio y cooperación. Otros actores, incluida Corea del Sur, profundizan su presencia.
El Caspio: conectividad, seguridad y medio ambiente La importancia estratégica del Caspio aumenta a la par que crecen sus vulnerabilidades. La guerra ruso-ucraniana ha producido efectos sobre infraestructura energética y marítima vinculada al Caspio (ataques a plataformas petroleras rusas, naves rusas bajo sanciones y al oleoducto ruso-kazajo Caspian Pipeline Consortium). El Caspio ya no puede analizarse exclusivamente mediante energía, delimitación marítima o cooperación ambiental. Su seguridad está crecientemente vinculada con conflictos desarrollados fuera de la propia región.
El desecamiento del Mar Caspio y el descenso de su nivel amenazan puertos, navegación, infraestructura, pesca y ecosistemas. Surge así una paradoja fundamental: el valor geopolítico del Caspio aumenta precisamente cuando su estabilidad ambiental disminuye.
Estamos frente a una transformación regional con un espacio geopolítico emergente (La Región del Gran Caspio) y una nueva geografía estratégica (Cauc-Asia). El C6 es su incipiente expresión política, con el Corredor Medio como su infraestructura principal. Aún no existe un bloque regional integrado, sino un sistema regional transcaspiano caracterizado por creciente interdependencia estratégica sin integración supranacional.