/ La Asamblea General de este año eligió una consigna casi provocadora: restaurar la confianza entre los Estados en un mundo tan lastimado y fragmentado. Lo es porque llega a un salón donde cada gobierno se presenta con su propia versión de la verdad. António Guterres, en su último debate general como secretario general, habló de guerras, desigualdad, clima e inteligencia artificial. Después comenzó el desfile de líderes, cada uno dispuesto a salvar al mundo siempre que la solución no altere sus prioridades.
Trump llevó al podio sus amenazas contra Irán y su defensa de la soberanía estadounidense, mientras Lula reclamó superar la parálisis del Consejo de Seguridad. Zelenski volvió a pedir protección para Ucrania, y Mahmoud Abbas tuvo que dirigirse a la Asamblea mediante un mensaje grabado, después de que Estados Unidos negara los visados a la delegación palestina. Una sala abierta a casi todas las voces, donde incluso la posibilidad de hablar puede convertirse en disputa.
Los países africanos reclamaron un asiento permanente en el Consejo de Seguridad. Tienen razón al preguntar por qué un continente entero debe seguir esperando permiso para participar en decisiones que le afectan, mientras cinco potencias conservan un veto capaz de detenerlas. Los pequeños Estados insulares insistieron en la urgencia climática, ya que, para ellos, el aumento del mar no es un tema que pueda posponerse.
La Asamblea permite ver las prioridades de cada gobierno, aunque esa transparencia no siempre sea tranquilizadora, considerando que todos invocan el derecho internacional; las diferencias aparecen cuando hay que aplicarlo a un aliado, renunciar a una ventaja o aceptar que la seguridad ajena importa tanto como la propia. La retórica del bien común convive sin vergüenza con el cálculo nacional, y los discursos encuentran salida más rápido que las personas atrapadas en las guerras.
¿Sigue vigente la ONU? Sí, porque ninguna potencia puede resolver por sí sola los conflictos, la crisis climática o las reglas de la inteligencia artificial, y porque prescindir de un foro común no haría más generosos a sus miembros. Pero su relevancia ya no puede medirse por la cantidad de líderes que ocupan el podio, sino que debe ser por lo que estén dispuestos a hacer cuando regresen a sus capitales, lejos de las cámaras y de los aplausos.
La ONU sigue siendo necesaria, pero ningún discurso puede devolverle la credibilidad que sus miembros le niegan con sus actos. Cuando se apaguen las cámaras de Nueva York, ¿estarán dispuestos a defender para otros las mismas reglas que exigen para sí mismos para encontrar el bien común y la paz para la humanidad?
/ Señala que la reciente edición de la Asamblea General de la ONU estuvo marcada por los posicionamientos de distintos líderes respecto a las guerras y conflictos activos, el llamado de África a contar con representación en el Consejo de Seguridad, la sucesión de António Guterres y el desdibujamiento de América Latina.
/ Pensemos en una empresa familiar mediana en cualquier corredor industrial del país. Puede fabricar envases para la agroindustria, componentes electrónicos, insumos químicos o prendas para una marca que exporta. Durante años su relación con el comercio exterior fue mayormente indirecta: vendía a un cliente que exportaba, y era ese cliente quien se ocupaba de las reglas de origen. Hoy esa empresa está en el centro de dos negociaciones simultáneas.
La primera es la que México sostiene consigo mismo. El Plan México se propone que al menos la mitad del contenido de lo que compra el gobierno federal sea de origen nacional, elevar en 15 % el contenido nacional en cadenas globales de valor y ampliar el acceso a financiamiento de las PYMES. Para esa empresa, el Plan México es una oportunidad concreta de crecer: sustituir insumos que hoy se importan, venderle al Estado y acceder a crédito y a estímulos a la inversión.
La segunda ocurre en la mesa trilateral. El 1 de julio, la revisión conjunta del artículo 34.7 del TMEC concluyó sin que las Partes confirmaran la prórroga del tratado; el acuerdo sigue vigente hasta 2036, pero sujeto a revisiones anuales, con una negociación orientada hacia reglas de origen más estrictas y mayor contenido estadounidense en sectores clave.
Ambas agendas llegan a la misma planta con una exigencia común. El cliente exportador, que certifica el origen conforme al articulado del Tratado vigente y responde ante una verificación del mismo, debe demostrar que cada mercancía cumple la regla del capítulo 4, sea un cambio de clasificación arancelaria o un valor de contenido regional. Para lograrlo pedirá a toda la cadena de suministro (sus proveedores) expedientes de origen, trazabilidad de insumos y evidencia de cumplimiento laboral conforme al capítulo 23. Son requisitos que presuponen un gobierno corporativo que muchas empresas familiares todavía no tienen, y esa misma carencia es la que le cierra el acceso al crédito y a los beneficios que el Plan México busca otorgar.
Por eso el Plan México se ejecutará en la medida en que cada actor asuma la parte que le corresponde. Al gobierno le toca coordinar sus instrumentos con el capítulo 25 del TMEC, dedicado a las PYMES, hasta ahora poco aprovechado, y vincular el financiamiento a la institucionalización de las empresas. La banca puede reconocer el cumplimiento documentado como un criterio de crédito, y las grandes exportadoras tienen más que ganar acompañando a sus proveedores nacionales que sustituyéndolos ante el primer requerimiento. Quienes asesoramos a empresas tenemos la tarea de traducir las reglas del tratado en procesos que una empresa mediana pueda sostener. La propia PYME, por su parte, encontrará en el orden documental su mejor carta comercial. Si esas piezas se alinean, la revisión anual del TMEC dejará de leerse como amenaza y las PYMES podrán demostrar, con papeles en regla, que lo que produce está hecho en México y aprovechar realmente el Plan México.
/ La guerra en Ucrania está herida de muerte y su agonía está siendo muy larga. Kiev y Moscú saben que esta guerra tan prolongada no será ganada por la vía militar. Sin embargo, el conflicto se resiste a morir: en septiembre de 2026 se cumplieron 4 años y medio de una guerra que continuará, al menos, durante buena parte de 2027, y tal vez más allá.
Desde la perspectiva rusa, esta guerra puede verse como un conflicto con Occidente originado por la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia el este; para Ucrania, representa la continuación del proceso violento que llevó a la anexión de Crimea en 2014, y Europa la observa con la certidumbre de que Rusia no se detendrá en Ucrania. Para la mayoría del Sur global, este conflicto se percibe como una guerra lejana cuyas repercusiones se ven lejanas. Sin embargo, el mundo se equivoca.
Esta es una guerra que comenzó con una invasión que atentó contra la soberanía y la integridad territorial de un país; México y muchos países en todo el mundo conocen este tipo de agresiones. Nuestra historia nos obliga a condenar la agresión, pero, además, esta guerra está desarrollando una peligrosa tendencia a aglutinar y contaminar conflictos. La guerra en Ucrania tiene el potencial de desencadenar una hecatombe mundial.
La guerra a nuestro alcance
Todo cambió. Por empatía y solidaridad, por temor o por curiosidad histórica, observamos esta guerra con una profundidad inédita que hoy está a nuestro alcance. De observadores comunes pasamos a ser “expertos” en análisis táctico: veíamos todo, o eso pensábamos.
Comencé a escribir sobre esta guerra antes de que las negociaciones y las amenazas quedaran reducidas a gestos retóricos e intercambios estériles que, tras su fracaso, dieron paso a la invasión a gran escala de Rusia en febrero de 2022. Hacia finales de 2021, mis apuntes ya daban cuenta de la acumulación masiva de tropas y tanques rusos en la frontera con Ucrania desde el último cuatrimestre de ese año. No era yo: éramos miles los observadores.
Toda guerra trae consigo una andanada de información y contrargumentos de las partes involucradas. Esta guerra trajo consigo el destape y la vulgarización de la inteligencia de código abierto. Fotografías satelitales que antes eran material de estudio de analistas de inteligencia aparecieron reproducidas en diarios y noticieros; mapas e imágenes que otrora habrían sido considerados sensibles salieron del dominio de instituciones como el Instituto para el Estudio de la Guerra o el Instituto Real de Servicios Unidos y llegaron al consumidor ordinario. Éramos una multitud.
A los pocos meses de iniciada la guerra, comencé la construcción de un repositorio de documentos, artículos, reportes y ensayos provenientes de las más diversas fuentes. Lo titulé “Guerra y fatiga”; hoy contiene cerca de quinientos documentos agrupados en quince volúmenes cronológicos.
Ya en 2023 me percaté de que gran parte de lo que consideraba signos de fatiga iba más allá del desgaste bélico o del agotamiento de recursos estratégicos. Era algo más orgánico, que englobaba a la economía, la sociedad, las instituciones, el gobierno y los partidos políticos. Ese fenómeno también afectaba las posibilidades, los deseos o las capacidades de los países aliados para suministrar durante años apoyo financiero, material y equipo de guerra a su protegido.
¿Cómo no van a tener un impacto en gobernantes y gobernados la acogida de millones de refugiados ucranianos y la erogación de más de 220 000 millones de euros en ayuda durante 5 años? La fatiga, el desgaste y la disponibilidad para renovar recursos económicos y humanos, medidos en función de una línea de tiempo inevitable, se convierten en indicadores de erosión.
Consideremos por un momento la erosión
La erosión es un fenómeno transversal que puede apreciarse a lo largo de una línea de tiempo y que proporciona indicadores del deterioro progresivo al que están sometidos los elementos que dan vitalidad a un grupo de países, una alianza militar o un país en lo individual. Estos elementos inciden en su economía y su sociedad, así como en sus limitantes demográficas, su respaldo político, su capacidad de innovación y su resiliencia, y terminan por restringir su capacidad operativa en los conflictos en los que se involucran.
Los líderes políticos llevan un control del gasto militar y de los avances y retrocesos en el frente, pero no siempre son conscientes del proceso de erosión, que no se revierte con meras decisiones políticas. Algún líder ha terminado irremediablemente en un búnker o asesinado por una multitud porque ignoró el impacto de un proceso erosivo que no se gestó en semanas y cuyos signos quizá ignoró durante años.
La guerra que ya no puede ganarse
La afirmación de que la guerra no será ganada por la vía militar no significa que Rusia esté derrotada. Tampoco significa que Ucrania haya alcanzado una victoria. Captó mi atención la expresión utilizada por un analista de Euronews: “Rusia no puede ganar esta guerra, pero tampoco la va a perder”.
Hoy, la relación entre las capacidades disponibles y los objetivos que ambos actores se trazaron ha comenzado a distanciarse de tal manera que una victoria militar decisiva parece cada vez menos compatible con el curso real de la guerra. La diferencia entre los objetivos de guerra y el estado de la guerra es fundamental.
Durante los primeros meses de la invasión, la asimetría aparente hacía posible imaginar que una de las partes podría obtener una victoria militar capaz de modificar sustancialmente la situación. Rusia apostó precisamente por ello, y su valoración de la asimetría de fuerzas llevó a la conclusión de que esta debía conducir a una victoria contundente en un plazo breve. Ello no ocurrió. La invasión encontró una resistencia que Rusia había calculado mal, y el error no fue solamente militar: fue, antes que nada, un error de inteligencia, porque no bastaba con conocer cuántos tanques y soldados tenía el enemigo; había que medir cuánto estaba dispuesto a resistir.
La oportunidad que trae la inteligencia
El filósofo polaco Alfred Korzybski desarrolló un aforismo que, en su parte medular, “el mapa no es el territorio”, debería convertirse en el principio rector de cualquier apreciación de inteligencia que preceda a una decisión de calibre geoestratégico.
Una frontera puede aparecer débilmente defendida y, sin embargo, detrás de ella puede encontrarse una sociedad dispuesta a resistir. Un ejército puede parecer inferior en números y ser capaz de compensar esa inferioridad mediante innovación, adaptación y voluntad política. Ese mismo país puede ser evaluado por su peso militar, pero a esa potencia debe agregarse el valor estratégico del apoyo de sus vecinos y aliados. La inteligencia que no consigue observar esas variables, o las menosprecia, construye un mapa equivocado, y un mapa equivocado conduce a un plan de guerra equivocado.
Paso a mezclar peras con manzanas. Un líder pudo haber llegado al poder gracias al impulso de haber sido una estrella de Hollywood, como Ronald Reagan, o un exitoso actor de televisión, como Volodimir Zelenski, y, no obstante, desarrollar un alter ego como Jefe de Estado. Un país puede tener menos recursos y, no obstante, convertir su desventaja material en una ventaja temporal si consigue que el agresor consuma sus propias capacidades a mayor velocidad de la prevista, como Irán, desarrollar la capacidad de innovar para contratacar, como Ucrania, o contar con el apoyo de aliados poderosos capaces de suministrar recursos materiales, financieros y de inteligencia para resistir el embate del agresor e incluso nivelar el teatro de guerra; sí, otra vez, Ucrania.
Esta guerra trajo consigo el destape y la vulgarización de la inteligencia de código abierto.
Rusia tuvo, además, un segundo problema: la valoración de sus propias capacidades. La victoria no podía producirse mediante lo que parecía un mero desfile de blindados hacia la capital, ni podía sojuzgarse a Ucrania únicamente mediante la evidencia numérica de la superioridad rusa. El cálculo inicial falló, y cuando un ataque diseñado para obtener una victoria rápida fracasa, se abre una ventana particularmente importante para la negociación. Esa ventana puede ser breve. Rusia debió haber negociado la paz en la primavera de 2022. Todo parece indicar que no tendrá un mejor acuerdo que el que pudo arrancar de Ucrania en ese momento. Las ciudades de Bucha y Bakhmut, así como la sobrevaloración de sus propias capacidades se lo impidieron.
El tiempo no solo ha pasado; también ha cambiado la naturaleza del conflicto. Hoy, la innovación y la inteligencia militar desplegadas por Ucrania, con el auxilio de Europa y Estados Unidos, han creado una situación de tablas que parece definitiva. La erosión militar, política, económica y social que enfrenta Rusia está detrás de ese estancamiento, que no se refiere solo a un frente inmóvil. Hoy existe un segundo frente, uno más profundo: el de los drones.
El segundo frente
La guerra que comenzó con grandes columnas blindadas ha convertido el campo de batalla en un espacio mucho más difícil de atravesar. La descripción que en agosto de 2026 hizo Dara Massicot, tras visitar Ucrania, resulta reveladora: ambos lados se encuentran altamente calibrados entre sí. Aunque no describió un estancamiento generalizado, sí utilizó la palabra stalemate para referirse a la maniobra blindada, porque los tanques ya no pueden emplearse como antes.
El ambiente se ha vuelto demasiado complejo por la saturación de drones y municiones FPV. El resultado es una combinación de guerra posicional y guerra de desgaste. La llamada zona de destrucción (kill zone) se ha ampliado; Massicot la describió con un radio de entre 20 y 30 kilómetros a partir de la línea de contacto. Moverse es difícil. Reabastecer las posiciones es muy complejo. “Rusia intenta ataques todos los días y experimenta con asaltos mecanizados mayores, pero cuando concentra fuerzas, esas concentraciones pueden ser detectadas y atacadas”, relata la investigadora.
La guerra se hace más lenta precisamente porque la tecnología permite ver y atacar con mayor rapidez. Es una paradoja que revive el desgaste de la guerra de posiciones de la Primera Guerra Mundial. En esta guerra, el frente se congela mientras el conflicto armado se profundiza. Hay un frente visible, que se mide en kilómetros, y otro profundo, que da cuenta de los drones, los interceptores, los misiles, la infraestructura energética, las capacidades industriales, la población disponible, el tiempo y la voluntad política. La erosión de las capacidades reales podría imaginarse como un barro espeso que inmoviliza a los ejércitos, mientras la voluntad política y social de resistir abre paso al ingenio. Eso es lo que la experiencia ucraniana permite observar.
De la fatiga a la erosión
Durante mucho tiempo llamé fatiga a aquello que observaba: muertos, éxodo, destrucción, agotamiento, recursos consumidos, economías sometidas al esfuerzo de guerra. Pero esa palabra resultó insuficiente. La fatiga puede ser temporal. La erosión es un proceso: acumulativo, multidimensional y, con frecuencia, imperceptible.
Un ejército puede seguir combatiendo mientras pierde capacidad para regenerar sus fuerzas. Una economía puede crecer mientras su estructura productiva se orienta progresivamente hacia las necesidades militares. Un gobierno puede mantener el control mientras disminuye su capacidad para corregir errores. La erosión no es una derrota, ni una crisis, ni el colapso ni una negociación. Puede contribuir a cualquiera de esos resultados, pero no es ninguno de ellos.
La erosión aparece cuando presiones de distinto tipo se superponen, se refuerzan y reducen progresivamente la capacidad de adaptación del actor afectado. Una pérdida militar aislada no constituye necesariamente erosión; tampoco lo son una sanción o una caída de los ingresos fiscales. Lo que interesa es la acumulación: si esos daños comienzan a alterar de forma persistente la relación entre objetivos, recursos y tiempo disponible.
Por eso, la erosión debe observarse como un proceso transversal, capaz de afectar simultáneamente la demografía, la economía, las finanzas públicas, la capacidad militar, la calidad institucional, la cohesión social, la legitimidad política y la credibilidad internacional. Ninguna de estas dimensiones evoluciona necesariamente al mismo ritmo. Un Estado puede preservar su capacidad militar mientras pierde población; sostener una economía de guerra mientras reduce su inversión civil; mantener la estabilidad política mientras disminuye su margen de maniobra diplomático.
Por eso, la erosión no puede inferirse de un solo indicador ni medirse como una línea descendente. Hay erosiones que coexisten con fortalecimientos: una guerra puede destruir infraestructura y, simultáneamente, acelerar la innovación militar. Esta es precisamente una de las dificultades del concepto.
Erosión latente
Una primera categoría es la de la erosión latente: el deterioro objetivo que todavía no ha sido reconocido plenamente por quienes dirigen un actor político, por sus élites o por sus observadores externos. Durante esta fase, los indicadores visibles de poder pueden conservarse: un Estado puede mantener un ejército operativo, una economía puede incluso crecer por efecto del gasto militar y un gobierno puede exhibir estabilidad. Pero, debajo de esas apariencias, pueden estar deteriorándose el capital humano, la productividad civil o las instituciones. También una economía en crecimiento puede estar acumulando peligrosos desequilibrios en indicadores básicos, como el PIB, el déficit fiscal y la deuda pública.
La importancia de esta categoría radica en distinguir entre continuidad formal y viabilidad sustantiva. Que una estructura política siga funcionando no demuestra que conserve intacta su capacidad de recuperación. La erosión latente no es una predicción de colapso: es una advertencia metodológica.
Rusia ofrece un caso particularmente interesante. Su escala territorial, económica y demográfica, la centralización de su sistema político y la reorientación de recursos hacia la defensa le han proporcionado instrumentos para absorber costos que Ucrania no posee en la misma medida. Eso debe ser reconocido: la erosión no equivale a incapacidad inmediata. Un actor puede experimentar deterioros estructurales y, al mismo tiempo, aumentar temporalmente su producción militar o mantener una apariencia de estabilidad. Confundir erosión con inminencia de colapso sería uno de los principales errores que la propia teoría debe evitar.
Resulta ilustrativo observar las cifras del presupuesto ruso destinado a la guerra. El Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo estimó que el gasto militar ruso alcanzó alrededor de 16 billones de rublos en 2025, unos 205 000 millones de dólares, cerca de 40% del gasto anual total. El proyecto de presupuesto para 2026 contempló inicialmente una reducción, pero la realidad de la guerra obligó a un ajuste que lo llevó a 180 billones de rublos, 244 000 millones, entre 46% y 50% del gasto total, un incremento neto de unos 50 000 millones de dólares respecto de 2025. Las estimaciones del presupuesto para 2027 lo colocan nuevamente en torno a 40% del gasto público total.
La trampa de la economía de guerra
Conforme a lo señalado por el Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad, Rusia habría entrado en una suerte de camino sin retorno: el gasto militar, al dirigirse a mantener el aparato de guerra, junto con salarios y compensaciones, sostiene el PIB. Si Moscú decidiera hacer recortes drásticos al presupuesto de guerra en 2027, la economía rusa entraría de inmediato en una profunda recesión estructural.
Estos datos no prueban que Rusia se encuentre próxima a un umbral de colapso. Indican la escala de la reasignación de recursos. La pregunta relevante no es si Rusia puede continuar la guerra en el corto plazo, sino si la prolongación de ese esfuerzo altera progresivamente la relación entre sus objetivos estratégicos y las capacidades que podrá sostener en el futuro. Rusia puede estar, en suma, en una situación de erosión latente. La opacidad de los datos y la centralización del poder exigen prudencia. No autorizan pronósticos de derrumbe, pero tampoco permiten equiparar continuidad operativa con sostenibilidad estructural.
Erosión reconocida
La erosión reconocida aparece cuando las élites políticas, militares, económicas o sociales admiten que determinados recursos o fuentes de legitimidad se encuentran bajo presión. El reconocimiento puede adoptar distintas formas: ajustes de objetivos, reformas, movilizaciones adicionales o intentos de negociación. Pero reconocer la erosión no implica necesariamente corregirla. Rusia intentó iniciar una corrección presupuestaria en su proyecto de 2026; la inercia del gasto militar y el estado de la guerra dieron al traste con ese intento.
Aquí aparece una de las cuestiones centrales de la guerra. La percepción del dirigente no necesariamente coincide con la realidad del sistema que dirige, sobre todo en sistemas de poder altamente concentrados, donde la centralización permite tomar decisiones rápidas, pero también limita la circulación de información. Esta situación no es exclusiva de las autocracias: también puede presentarse en democracias, donde distintos grupos sociales asignan pesos completamente diferentes a un mismo costo.
La erosión, por tanto, tiene una dimensión objetiva y otra perceptiva, y la distancia entre ambas puede ser decisiva.
El umbral erosivo
El umbral erosivo se alcanza cuando los daños acumulados modifican significativamente la viabilidad futura de un actor. No es un punto de colapso ni una línea que pueda establecerse con exactitud matemática. Es el momento a partir del cual recuperar las capacidades anteriores exige costos extraordinarios, plazos prolongados y condiciones políticas difíciles de reconstruir.
Una sociedad puede sobrevivir al umbral erosivo. Un Estado puede preservarse. Lo que ya no puede suponerse es el retorno automático a la situación previa. Las fechas de la victoria y de la derrota tienen caducidad: una estrategia puede haber sido viable en 2022 y dejar de serlo en 2026. La erosión modifica el valor del tiempo. El tiempo no es neutral: puede trabajar a favor de un actor, en contra de otro o, simultáneamente, en direcciones distintas.
Sobreextensión erosiva
La sobreextensión erosiva se produce cuando los objetivos estratégicos de un actor exceden las capacidades que conserva tras un proceso acumulado de deterioro. Es una desconexión creciente entre fines y medios: se vuelve erosiva cuando su prosecución obliga al actor a consumir recursos esenciales más rápido de lo que puede regenerarlos.
No se mide por la magnitud de la meta, sino por la relación entre la meta y los recursos disponibles para sostenerla. En la guerra en Ucrania, esta relación puede observarse en ambos lados. Rusia conserva recursos muy superiores en determinados ámbitos, pero eso no significa que todos sus objetivos sean igualmente sostenibles. El análisis no puede limitarse a preguntar quién tiene más; debe preguntar quién puede regenerar aquello que consume y, sobre todo, quién está dispuesto a cambiar sus objetivos cuando cambian sus capacidades.
La asimetría perceptiva
La asimetría perceptiva de la erosión constituye quizá el mecanismo que mejor explica por qué actores sometidos a presiones semejantes adoptan conductas radicalmente distintas. Es la distancia entre el deterioro objetivo que experimenta un actor y la importancia política que le atribuye. Un sistema político que penaliza la crítica puede impedir que los datos adversos se conviertan en reconocimiento político. Un sistema democrático puede disponer de información abundante y, sin embargo, distribuirla entre grupos que la interpretan de manera diferente. Aquí vuelve a aparecer el problema de inteligencia: no basta con conocer los datos, hay que entender el territorio que representan.
Ucrania: erosión y resiliencia
Ucrania ofrece el ejemplo más directo de erosión material en un conflicto prolongado. La destrucción de vivienda e infraestructura, las pérdidas humanas, el desplazamiento de población y la presión sobre las finanzas públicas constituyen factores acumulativos que afectan su capacidad futura de recuperación.
Pero Ucrania también muestra la otra cara del proceso: la erosión no elimina necesariamente la resiliencia. La destrucción puede estimular la innovación y la presión puede acelerar la adaptación. La guerra de drones es la manifestación más visible de ello: Kiev ha desarrollado la capacidad de atacar en profundidad el territorio ruso y convertir la infraestructura logística en un nuevo espacio de combate.
El caso de Wildberries es significativo. A principios de agosto de 2026, Ucrania realizó un ataque con más de seiscientos drones contra dieciséis regiones rusas, con impactos en Saratov, Engels y Samara. Una estimación de Data Insight citada por Forbes Rusia calculaba que entre 17% y 22% de la superficie logística total de la empresa había resultado dañada. Kiev sostiene que esos depósitos son utilizados para adquirir componentes de drones; Zelenski defendió la campaña como una forma de devolver la guerra a Rusia.
Como sucede comúnmente con los conflictos prolongados, la guerra de desgaste dejó atrás, desde hace tiempo, los blancos estrictamente militares como único objetivo. La capacidad ucraniana de realizar ataques en profundidad busca ahora dañar la economía rusa en sectores estratégicos y sembrar una sensación de dolor y temor entre su población. No es una simetría de capacidades, sino de vulnerabilidades: la parte que no puede derrotar militarmente a la otra puede intentar elevar el costo de continuar la guerra hasta modificar su cálculo.
Rusia: erosión y adaptación
Rusia no está derrotada. Decirlo sería confundir la existencia de un proceso erosivo con un desenlace que todavía no conocemos. Rusia ha demostrado una capacidad de adaptación considerable: la economía de guerra, la movilización industrial y la centralización política permiten absorber costos que, en otro sistema, generarían respuestas políticas más inmediatas.
La pregunta es cuánto puede durar esa adaptación y cuál será su costo. El crecimiento generado por el esfuerzo militar puede ocultar parte de la erosión: los indicadores inmediatos muestran actividad mientras la estructura profunda pierde capacidad de recuperación. Andrew S. Weiss, en la conversación publicada por el Fondo Carnegie para la Paz Internacional en agosto de 2026, advertía sobre la tendencia occidental a recurrir al determinismo económico cuando faltan otras herramientas: “No se puede suponer que (Vladimir) Putin abre por la mañana un periódico financiero y decide la guerra en función de los mercados”. El sistema ruso tiene oportunidades para redistribuir recursos internos, y eso debe tomarse en serio. Pero la capacidad de continuar una guerra no equivale a la capacidad de alcanzar los objetivos para los cuales se inició.
El problema de la información dentro de Rusia
Massicot señalaba que parte del problema para comprender la persistencia de la estrategia rusa radica en la información que llega hasta Putin: si un dirigente recibe la impresión de que sus fuerzas están a cuatro kilómetros de una ciudad fortificada cuando, en realidad, están a quince, las decisiones que adopta pueden ser radicalmente diferentes. La información falsa puede sostener una estrategia que los hechos ya no sostienen. El sistema puede estar experimentando erosión y la información puede mostrarla, pero, si el sistema de decisión no la reconoce, la erosión permanece latente y el actor puede seguir consumiendo recursos en una estrategia que ya no produce resultados.
Esta es la razón por la que el análisis de la erosión debe incorporar la inteligencia: no solo para conocer las posiciones enemigas, sino para conocer la distancia entre la realidad y la percepción de quienes toman las decisiones. Incluyamos también a la inteligencia humana, que se convierte en un factor fundamental para detectar, desde dentro, decisiones, tendencias y vulnerabilidades.
La vida útil de una guerra
Toda guerra tiene una fecha de caducidad. El problema es que no la conocemos. Puede continuar después de que sus objetivos originales hayan dejado de ser alcanzables, porque ningún dirigente encuentra políticamente posible reconocerlo o porque cada actor espera que algo cambie: en el campo de batalla, en Washington, en Europa; una crisis del adversario, un invierno duro, una fractura interna, una sucesión.
La guerra puede sobrevivir a la razón original que la hizo posible. Esta es la agonía. No es todavía la muerte. Es la prolongación de una vida que ya no tiene las mismas condiciones de existencia.
Carnegie: no hay final a la vista
La conversación de Carnegie de agosto de 2026, sostenida por Aaron David Miller con Massicot y Weiss, aporta una fotografía útil de esta agonía. Massicot, quien apenas regresaba de una visita a Ucrania, no veía en un horizonte de 6 meses ningún elemento capaz de resolver el problema central del campo de batalla: los rusos atacan todos los días y experimentan con asaltos mecanizados mayores, pero, en cuanto concentran fuerzas, estas son detectadas y neutralizadas.
Weiss describía, al mismo tiempo, un cambio importante: Rusia está fuera de balance como consecuencia de los ataques ucranianos contra su logística y contra su infraestructura energética e industrial. Putin ha creado, en palabras de Weiss, un problema estratégico para sí mismo: una Ucrania que continuará expandiéndose e innovando y frente a la cual Rusia tendrá que responder durante largo tiempo; un avispero para el que el Kremlin carece de solución porque la victoria total quedó fuera de la mesa.
Esta guerra no solo involucra a Kiev y Moscú; la libran, también, quienes la financian, quienes la arman y quienes la observan y aprenden de ella.
Lo que todo ello dibuja, coincidían ambos analistas, es una guerra más prolongada. No hay indicios de que Putin esté dispuesto a replegar sus ambiciones; es más probable que apueste a que su aparente, y tal vez sobrevalorada, cercanía con Donald Trump le permita presionar a Zelenski, o a que algo, en algún momento, incline la balanza a su favor. Massicot añadió un matiz importante: el sufrimiento de la guerra no se reparte por igual dentro de Rusia. En Crimea, la campaña de ataques de alcance intermedio ha comenzado a producir escasez real de alimentos, agua y electricidad para la población civil, mientras el aparato militar asegura primero sus propias necesidades. Ese dolor todavía no llega hasta Moscú, en buena medida porque la cadena de mando sigue reportando hacia arriba una versión de la guerra más favorable que la que ocurre en el terreno. El pueblo ruso, recordaba Weiss, no vota, y la estrategia del Kremlin ha consistido en mantenerlo atomizado políticamente y pasivo. No hay, hasta ahora, grietas visibles de movilización política amplia, y menos aún una fractura entre las élites.
La erosión no es el estancamiento mutuamente doloroso
La literatura sobre resolución de conflictos ha prestado considerable atención al momento en que los contendientes concluyen que continuar la guerra resulta más costoso que negociar. I. William Zartman llamó a esa situación estancamiento mutuamente doloroso (mutually hurting stalemate, MHS). El concepto no se refiere simplemente a una guerra costosa, sino a un estancamiento doloroso que las partes reconocen como tal y en el que existe una salida política aceptable. Es un punto de inflexión.
La teoría de la erosión, propongo, analiza otra cosa: el proceso que puede conducir hasta ese momento. La erosión estudia trayectorias; el MHS estudia decisiones. La erosión analiza transformaciones; el MHS estudia puntos de inflexión. La erosión observa lo que ocurre dentro de los actores antes de que estos reconozcan, si alguna vez lo hacen, que la continuación de la guerra ya no mejora su posición.
Por eso, la erosión no remplaza a Zartman; lo complementa. Una guerra puede ser extraordinariamente costosa y no producir un MHS. Las partes pueden estar erosionándose y, sin embargo, creer que el tiempo juega a su favor. Eso parece estar ocurriendo en Ucrania. Rusia puede calcular que el tiempo, su superioridad relativa de recursos o la fatiga de los apoyos occidentales terminarán mejorando su posición. Ucrania puede considerar que una negociación sin garantías de seguridad adecuadas implica un costo existencial superior al de continuar la resistencia. Ambos pueden estar sometidos a procesos erosivos significativos y, sin embargo, no converger hacia un estancamiento mutuamente reconocido como doloroso. La erosión no conduce inevitablemente a una negociación.
Rusia y Ucrania acusan los síntomas de una erosión que no ha llegado a ser causal de un desenlace precipitado. Los límites funcionales de esta guerra, aunque desgastados, no se recuperan con decretos, amenazas, discursos o golpes quirúrgicos. Nadie ganará la guerra. Alguien tendrá una mejor posición para negociar.
Esta guerra no solo involucra a Kiev y Moscú; la libran, también, quienes la financian, quienes la arman y quienes la observan y aprenden de ella. Esta guerra la libra también la opinión pública y las élites de ambos países, que empiezan a hacer sus propias cuentas.
¿Cómo termina algo que ya no puede ganarse? ¿Quiénes deciden, o intentan decidir, el desenlace? Eso lo trataremos de responder en una segunda parte.
/ ¿Qué necesita un gobierno para convencer a una sociedad de aceptar medidas que, en otras circunstancias, se considerarían inadmisibles? Un enemigo.
Donald Trump lo encontró en las personas migrantes. Durante años, ha construido un relato en el que la migración aparece asociada con invasión, criminalidad y pérdida de control. La eficacia de esta narrativa no depende de explicar las causas de la movilidad humana ni de ofrecer alternativas a un fenómeno complejo. Radica en mantener viva una sensación de amenaza que le permita presentarse como el único líder capaz de salvar a una nación en decadencia.
Sin embargo, los enemigos políticos no surgen de la nada: hay que construirlos. Y las palabras son fundamentales para ello. Trump ha sido especialmente hábil para utilizarlas en un entorno donde las emociones pesan más que los hechos. Las redes sociales y la industria de la desinformación le ofrecen un terreno ideal para alimentar una cultura del miedo. Vincular una y otra vez a las personas migrantes con el terrorismo, el crimen organizado o la inseguridad transforma la manera en que se interpreta la realidad.
Esta reinterpretación, sin duda, tiene consecuencias. Cuando una sociedad se siente amenazada, cambia también lo que está dispuesta a aceptar para protegerse. Redadas, personas esposadas, infancias enjauladas y deportaciones masivas aparecen una y otra vez ante nuestra mirada, hasta correr el riesgo de convertirse en lugares comunes. No hace falta aprobar cada una de estas escenas. Basta con que dejen de sorprender.
La política de Trump puede fracasar ante la complejidad migratoria, pero aun así ser eficaz para proyectar la imagen de un gobierno que tiene el control y conseguir apoyo electoral. Primero construye el peligro, después gobierna en su nombre. El muro fronterizo es uno de los ejemplos más evidentes de esta lógica. No logra frenar la migración, pero para muchos estadounidenses representa una promesa de seguridad. Lo mismo ocurre con las detenciones y las deportaciones masivas, que funcionan como demostraciones públicas de castigo.
Para que esta forma de gobernar siga funcionando, el miedo no puede agotarse. Siempre puede aparecer una nueva caravana, una crisis en la frontera o una imagen de caos convertida en espectáculo mediático para confirmar que la amenaza sigue latente. Y mientras la atención permanece puesta sobre el “enemigo”, la desigualdad, el deterioro económico o la incapacidad de los gobiernos para responder al descontento social dejan de ocupar el centro de la discusión.
Lo que está en juego, entonces, va mucho más allá de la política migratoria. La democracia se debilita cuando se normaliza que los derechos de las personas migrantes sean vulnerados simplemente porque han sido señaladas como la causa del deterioro nacional. En ese contexto, incluso la solidaridad empieza a resquebrajarse. Una persona puede conmoverse al ver a un niño separado de sus padres y, al mismo tiempo, sentir que el dolor de las familias migrantes compite con sus propias preocupaciones. Ahí está una de las trampas más eficaces de estas narrativas: hacer que el sufrimiento ajeno parezca incompatible con el propio.
Sin embargo, romper esa lógica exige algo más que desmentir noticias falsas. Implica cuestionar quién define al enemigo, qué gana al hacerlo y por qué ciertas explicaciones resultan tan cómodas cuando una sociedad atraviesa momentos de incertidumbre. No se trata de negar los desafíos que acompañan a la migración, sino de impedir que sean utilizados para justificar el rechazo y la deshumanización.
Transformar estas narrativas nos invita a recuperar algo que se ha ido perdiendo en el camino: la posibilidad de mirar a quienes migran como personas y no únicamente como símbolos de amenaza. Porque detrás de cada imagen en la frontera hay historias y proyectos de vida que rara vez caben en los discursos políticos.
Reconocerlo no exige idealizar la migración ni ignorar los desafíos que la rodean. Exige algo mucho más sencillo y, quizá por eso, más difícil: reconocer plenamente la humanidad del otro. Porque cuando una sociedad deja de ver personas y empieza a ver enemigos, pone en riesgo la vida de quienes migran e incluso la calidad de su propia democracia.
/ En unos días más se cumplirán tres años del fatídico ataque de Hamás contra Israel y del inicio de una desproporcionada respuesta por parte de Tel Aviv contra la población civil palestina tanto en Gaza como en Cisjordania, investigada por la Corte Internacional de Justicia como presunto genocidio. En marzo, si la situación sigue su curso, en un mundo que resulta cada vez más imprevisible, la guerra iniciada por Rusia tras la invasión a Ucrania de 2022 entrará en su sexto año y el conflicto civil sudanés, en el que están involucrados muchos más países de los que públicamente se reconoce, cumplirá casi un lustro de devastar a la nación africana y de llevar a su población al borde de la inanición.
Un escenario de constante confrontación que se replica en otros rincones del orbe y en el cual tanto el derecho internacional como las convenciones y normas que lo rigen son cada vez más vulnerados, sin que medie nada, hasta el momento, para evitarlo. Las consecuencias de esta barbarie legal son múltiples y afectan a todos por igual, de Estados grandes y poderosos a naciones pequeñas e indefensas. El incumplimiento de las convenciones y normas internacionales que con tanto esfuerzo tejió la diplomacia al final de las guerras mundiales del siglo pasado para garantizar un futuro de paz y convivencia, amenazan el presente de toda la humanidad, incluido nuestro patrimonio compartido.
La Convención de 1954 para la Protección de los Bienes Culturales en caso de Conflicto Armado de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), establece que “la conservación del patrimonio cultural presenta una gran importancia para todos los pueblos del mundo” y requiere de protección internacional, pues su daño implica un menoscabo para toda la humanidad. Un menoscabo que, sin embargo, en fecha reciente, atestiguamos en todos los frentes con impotencia: los budas del siglo V labrados sobre las montañas afganas de Bamiyán, el puente medieval construido por los otomanos en Mostar, los tesoros arqueológicos de la antigua Palmira romana, la ciudad fenicia de Tiro, el enramado de callejuelas del centro histórico de Mosul, el palacio persa de Golestán, las milenarias oliveras de las colinas y valles jerosolimitanos. La vulnerabilidad del Patrimonio Mundial es más evidente que nunca en la historia contemporánea, y frente a ello en América Latina no podemos ni debemos quedarnos de brazos cruzados.
El pasado mes de julio en la ciudad surcoreana de Busan en ocasión de la 48ª sesión del Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO se adoptó la decisión de incorporar a la lista del Patrimonio Mundial la red de castillos del Monte Amel en el sur del Líbano y el sitio arqueológico de Sebastia-Samaria en la provincia palestina de Naplusa, siguiendo el protocolo de emergencia de la organización establecido para casos como los del Líbano, Ucrania y Palestina, el cual permite la incorporación de forma inmediata a la lista de sitios patrimoniales amenazados por conflictos bélicos, a fin de blindar su protección internacional.
Como el país del continente americano con mayor número de sitios inscritos en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, México posee una posición privilegiada para erigirse como paladín del sistema legal que a través de las Convenciones en la materia aboga por la inalienabilidad de sitios patrimoniales durante los conflictos armados. Como países fundacionales de la UNESCO, el resto de las naciones latinoamericanas deben jugar un papel en la protección del orden jurídico de la organización y en la lucha contra la impunidad de los Estados que la vulneran. Frente a la elección del próximo o la próxima Secretario o Secretaria General de Naciones Unidas es más necesario que nunca que alcemos la voz para preservar el sistema que dio vida a la organización y que se erige como la única y más efectiva barrera frente a la barbarie.
/ En entrevista con Leonardo Curzio, Miguel Ruiz Cabañas analiza el proceso para elegir a la próxima persona que presidirá la Secretaría General de la ONU. Destaca que, hasta el momento, ninguna candidatura ha logrado el consenso necesario y que, de cara al plazo del 10 de diciembre, aún podría haber nuevas postulaciones. También aborda la expectativa de que el cargo sea ocupado por una mujer latinoamericana.
/ Hay una frase que escucho constantemente y que me parece una de las más peligrosas del vocabulario cotidiano: “a mí la política no me interesa”. Se dice con orgullo, como si fuera una forma de madurez o de sensatez. Pero no ser político es, en sí mismo, una postura política. Y sus consecuencias las pagamos todos, aunque no lo sepamos.
Déjame explicarte algo que está pasando hoy mismo en México. En 2027, hay elecciones donde se eligen 17 gubernaturas, dos mil 478 ayuntamientos, congresos locales y los 500 diputados federales. Según la Constitución, el voto es “universal, libre, secreto, directo, personal e intransferible”. Sin embargo, durante el último mes, algunos influencers afirmaron en esos típicos podcasts controversiales que “no todos deberían votar”, planteando que el acceso al sufragio debería condicionarse a aprobar un examen de conocimientos cívicos ante el INE. A los pocos días, un afiliado del PAN fue más lejos: propuso el voto por casa, es decir, que un integrante del núcleo familiar, generalmente el jefe del hogar, emita un solo sufragio en representación de todos los demás. En la práctica, el esposo vota. La esposa, no. Claro, las declaraciones se volvieron virales. En cuestión de días, miles de personas en redes sociales debatían si el sufragio universal era realmente una buena idea.
Eso no es una discusión filosófica inocente. Es propaganda, y hay que llamarla por su nombre. Ambas propuestas son clasistas y machistas. La primera asume que hay ciudadanos que “merecen” decidir y otros que no, una lógica que históricamente se ha utilizado para excluir a los pobres, a las comunidades indígenas, a las mujeres, a cualquiera que el poder de turno considerara “no apto”. La segunda simplemente le quita el voto a la mitad de la población adulta del país con una sonrisa y el lenguaje de “fortalecer a la familia”. No son ideas nuevas ni valientes. Son las mismas que el Porfiriato utilizó para justificar que “el pueblo no estaba listo para la democracia”, y que los sectores más conservadores de Estados Unidos promueven hoy bajo el nombre de “Family Voting”. Han pasado más de cien años y aquí estamos de nuevo, con mejores cámaras y más seguidores.
Lo más preocupante no es que un influencer o un diputado hayan dicho algo regresivo. Lo preocupante es el mecanismo. Estas ideas no llegan como propuestas formales de ley, donde podrían ser debatidas, rechazadas o exhibidas con toda su crudeza. Llegan disfrazadas de preguntas incómodas que alguien “tenía que hacer”. Llegan con el lenguaje de la reflexión crítica para sonar valientes y contracorriente. Y funcionan precisamente porque cuando uno ha decidido que la política no le compete, un video de cinco minutos con datos a medias puede parecer una revelación. La discusión deja de ser cómo fortalecer la democracia para convertirse en quién merece ejercerla. Eso ya es una victoria para quienes buscan mover la frontera de lo aceptable.
Es exactamente la misma estrategia que la derecha critica de Morena: populismo de manual. El “ellos” son los ignorantes que votan mal. El “nosotros” somos los que sabemos. La lógica exige construir un enemigo interior, alguien que no merece pertenecer a la conversación, porque sin ese enemigo el argumento se derrumba. Y el resultado, sin importar de qué lado del espectro venga, es siempre el mismo: una narrativa que erosiona instituciones, polariza a la sociedad y no propone absolutamente nada concreto para mejorar la vida de nadie.
El sufragio universal no es un derecho porque la gente siempre vote perfectamente informada. Es un derecho porque ningún ser humano debería tener el poder de decidir si otro merece influir en el mundo en el que vive. Esa conquista le costó a este país décadas de lucha, fraudes electorales y sangre. No es una pregunta interesante para el debate. Es un piso mínimo de la democracia, no un privilegio negociable.
Todo este mecanismo, la propaganda disfrazada de reflexión, el enemigo construido, las instituciones erosionadas desde adentro, funciona porque hay un espacio vacío donde deberían estar ciudadanos informados. Ese espacio lo crea la apatía. Cuando decides que la política no va contigo, no desapareces del juego. Solo dejas de tener voz en él. Y en ese vacío entran quienes sí hablan, con micrófonos grandes y argumentos simples, a moldear lo que se considera sentido común. El daño no está en que existan estas opiniones. El daño está en que una persona que no ha pensado en política desde la última elección las escucha, asiente y las repite.
La pregunta no es si la política te interesa. La pregunta es si te importa quién decide por ti cuando tú no lo haces.