/ Georgia, la joya del Cáucaso del sur localizada estratégicamente en la ruta de la seda entre Europa y Asia, es el país de la ex Unión Soviética que a su disolución fue el más rápido en crear alianzas estratégicas tanto con Europa como con los Estados Unidos.
/ Históricamente, México ha defendido la existencia de un sistema internacional basado en reglas e instituciones que garanticen paz, seguridad y desarrollo en el mundo. Por ello, no es sorpresa que, mientras la Organización de las Naciones Unidas atraviesa su proceso de reformas más profundo desde su fundación, México esté en la batalla por el futuro de la organización.
/ De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales
Desde su llegada al poder en enero de 2025, el ejecutivo federal estadounidense ha emprendido un desmantelamiento sistemático de la arquitectura institucional democrática. La velocidad y la profundidad de estos cambios sugieren que, aun si en los próximos años se produjeran alternancias políticas, el daño podría ser irreversible. En el frente cultural, la ofensiva ha sido particularmente feroz: bajo la bandera de combatir la llamada “cultura woke” —un término tan estirado por sus críticos que ha quedado vacío de contenido— se han erosionado las iniciativas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) y diversas protecciones legales fundamentales para la población afroestadounidense, establecidas durante el gobierno de Lyndon B. Johnson y posteriormente reforzadas y ampliadas por gobiernos sucesivos. Se trata, en conjunto, de un retroceso profundo frente a décadas de avances orientados a desmontar la segregación racial, inscrita de manera estructural en el tejido social estadounidense desde su fundación.
La exclusión social y sus efectos en las comunidades afroestadounidenses El racismo contra las poblaciones afroestadounidenses se entretejió durante siglos en las estructuras sociales y políticas del país. Como señala Annette Gordon-Reed en Foreign Affairs (vol., 97 núm. 1), la Constitución de 1787 contabilizó a las personas esclavizadas como tres quintas partes para efectos de representación en la Cámara de Representantes y postergó la discusión sobre la abolición del comercio de esclavos hasta 1808. Si bien las Enmiendas Constitucionales de la Reconstrucción, tras la Guerra Civil, abolieron formalmente la esclavitud y prohibieron la discriminación en el voto, la falta de mecanismos efectivos permitió la consolidación de la segregación durante la era Jim Crow. El bloqueo en el Congreso frenó los avances durante décadas, hasta la aprobación de las grandes leyes de derechos civiles durante el mandato de Johnson en la década de 1960, como documenta Robert Caro en Master of the Senate (2003). En paralelo, como ilustra Richard Rothstein en The Color of Law (2017), la segregación racial ha sido un factor angular en el desarrollo urbano a nivel nacional desde la Guerra Civil, codificada en el propio código genético de las ciudades mediante políticas públicas como la vivienda segregada y la zonificación excluyente.
Los efectos de este aparato de segregación se manifiestan en múltiples dimensiones. Un estudio de 2019 del Laboratorio de Oportunidades de la Universidad de Harvard analiza datos de casi toda la población entre 1989 y 2015, vinculando censos, impuestos y encuestas de hogares para seguir a 20 millones de niños nacidos entre 1978 y 1983. Los resultados muestran que en 99% de los barrios los niños afroestadounidenses tienen menores ingresos en la adultez que sus pares blancos, incluso cuando crecen en la misma calle, lo cual no se observa entre las niñas. Como ilustra la gráfica 1, esta desigualdad persiste por generaciones.
Gráfica 1: Ingresos de los hijos vs. ingresos de los padres, para hombres afroestadounidenses y blancos
Fuente: Chetty, R., Hendren, N, et al. Race and economic opportunity in the United States: An intergenerational perspective, Laboratorio de Oportunidades, 2018. Nota: Las etiquetas de la figura se presentan en inglés para mantenerse fieles al artículo original. En la traducción al español, corresponden a lo siguiente: percentil promedio de ingreso individual de los hijos; percentiles de ingreso del hogar de los padres; blancos; negros, y hombres.
No obstante, aunque lejos de nivelar plenamente las oportunidades, se observan avances importantes en generaciones recientes. Un estudio posterior de 2024 del mismo Laboratorio de Oportunidades muestra que, entre quienes nacieron en 1992 y quienes nacieron en 1978, la diferencia en ingresos promedio entre hogares afroestadounidenses y blancos de bajos recursos se redujo 27%, de 12 994 a 9521 dólares. El estudio destaca que las mejoras en la movilidad económica están determinadas principalmente por las condiciones comunitarias —más que por características familiares individuales—, y subraya el papel central del capital social y de las interacciones comunitarias, incluidas las interraciales, en este proceso.
Dichas mejoras en las comunidades pueden vincularse con políticas con enfoque racial impulsadas en las últimas 3 décadas. Durante el gobierno de William Clinton, se reforzó la aplicación de normas antidiscriminatorias en programas federales, se redujeron las barreras al voto mediante la Ley Nacional de Registro de Votantes de 1993 y se implementó el programa de desegregación urbana Mudarse a la Oportunidad, con efectos positivos para las familias beneficiarias. Por su parte, durante el mandato de George W. Bush, aunque hubo retrocesos, como señala Goodwin Liu, la política educativa Que Ningún Niño se Quede Atrás impulsó avances al exigir la desagregación de datos por raza y la atención a las brechas en el desempeño académico entre las minorías y el alumnado en general. Aunque se opuso a la acción afirmativa en las admisiones, Bush instó a promover una mayor diversidad en la educación superior.
Con Barack Obama, como documenta Andra Gillespie, se incrementó el financiamiento de agencias clave en la lucha contra la discriminación laboral, y la División de Derechos Civiles del Departamento de Justicia amplió su personal. La promulgación de la Ley de Cuidado de Salud Asequible en 2009 resultó particularmente sensible a las vulnerabilidades de las personas afroestadounidenses, dado que cerca de 17% de ellas carecía de seguro médico en 2008. En 2014, Obama lanzó la iniciativa Hermanos Guardianes, orientada a mejorar las trayectorias de vida de jóvenes de minorías. Posteriormente, en 2021, el presidente Joseph R. Biden emitió la Orden Ejecutiva 13985 —Promoción de la Equidad Racial y Apoyo a las Comunidades Desatendidas a través del Gobierno Federal—, institucionalizando la incorporación de la equidad racial en la acción pública al exigir a las agencias federales que identifiquen y corrijan brechas en sus políticas y programas.
Los ataques contra el DEI Avances de décadas en equidad de oportunidades se han revertido durante el actual gobierno de Donald Trump. Entre sus primeras medidas, se desmanteló la Orden Ejecutiva 13985 y eliminó iniciativas y criterios de DEI en el gobierno federal. Además, la mayoría conservadora en la Suprema Corte —consolidada durante su primer mandato— fue clave en el fallo de 2023 que prohibió la acción afirmativa en las admisiones universitarias. En este contexto, en 2025, el Departamento de Educación instruyó a las instituciones a evitar el uso indirecto de la raza y a no recurrir a terceros para eludir dichas prohibiciones, bajo el riesgo de perder el financiamiento federal. Asimismo, se anticipa una decisión que podría debilitar la sección 2 de la Ley de Derecho al Voto de 1965, revirtiendo décadas de jurisprudencia que han permitido considerar la raza en la delimitación de distritos para proteger la representación electoral de las poblaciones afroestadounidenses, históricamente vulnerada.
El racismo contra las poblaciones afroestadounidenses se entretejió durante siglos en las estructuras sociales y políticas del país. Los efectos de las políticas lascivas en la educación superior ya resultan evidentes. Un estudio de 2026 de James S. Murphy, basado en más de 3000 instituciones, muestra que, tras la decisión de la Suprema Corte en 2023, la proporción de estudiantes afroestadounidenses de nuevo ingreso en centros selectivos disminuyó significativamente: 25.5% en las más selectivas (incluidas las Ivy League) y 16.3% en aquellas con tasas de admisión de hasta 25%. En paralelo, se observa un desplazamiento hacia instituciones menos selectivas —sin tasas de admisión—, donde la matrícula aumentó 14.2%. El Departamento de Educación también ha amenazado con recortar el financiamiento federal a varias universidades, algunas de las cuales han suscrito acuerdos —monetarios y no monetarios— con el gobierno federal.
Conclusión En Estados Unidos, como señala Gordon-Reed, el racismo contra la población afroestadounidense se entretejió durante siglos en las estructuras sociales y políticas del país, configurando una sociedad basada en la segregación racial que comenzó a transformarse apenas en la década de 1960. Si bien desde entonces se han ampliado las oportunidades —especialmente en las últimas 3 décadas—, ese legado persiste y las brechas se manifiestan en casi todos los ámbitos.
Este reconocimiento histórico debería constituir el punto de partida para discutir los méritos de una política de DEI. Ello exige considerar tanto las posibles inequidades asociadas a políticas de acción afirmativa basadas en la raza como los riesgos de adoptar una retórica racial divisoria, así como explorar vías para avanzar en la desegregación urbana y ampliar el acceso a oportunidades sin que estas políticas se perciban como de “suma cero”, en las que el avance de unas poblaciones implique el retroceso de otras. Sin embargo, este tipo de análisis matizado dista mucho de la forma en que los ataques contra el DEI y la llamada “cultura woke” —conceptos elásticos, vaciados de contenido— han sido utilizados como herramientas políticas por el gobierno actual para promover una agenda que ignora e invisibiliza siglos de segregación racial y sus efectos acumulados sobre la distribución de oportunidades.
En pocos países como en Alemania puede identificarse tan claramente un punto de inflexión política como el anunciado el 24 de febrero de 2022 por Olaf Scholz en su discurso sobre la Zeitenwende, (cambio de era), un día después de la invasión rusa a Ucrania. El entonces canciller --que no consiguió terminar su mandato conforme a lo establecido-- decretó ese cambio que su sucesor Friedrich Merz mantiene y profundiza. La transformación del país lo traslada de una “superpotencia del poder blando” o “potencia civil” a uno que privilegia el pragmatismo, con énfasis en la reactivación económica y fortalecimiento de sus capacidades militares.
El anuncio fue significativo, incluso más allá de sus fronteras, particularmente por lo que ha venido después: a la invasión rusa de Ucrania se han sumado factores que transforman a Alemania, al continente europeo (poniendo en juego a la Unión Europea) y al mundo en su conjunto. El segundo mandato de Donald Trump como presidente de Estados Unidos ha profundizado la incertidumbre. Las tensiones en la relación transatlántica, incluida la amenaza de anexión contra Groenlandia, han desestabilizado a Europa y reavivado el debate sobre su autonomía en materia de defensa, además de cuestionar la estabilidad e incluso continuidad de la OTAN.
Al ese escenario de por sí complejo se suma la desestabilización en Medio Oriente. La situación en Gaza, desencadenada por los ataques de Hamás en Israel en 2023; su consecuente escalada regional, y, desde este febrero, la decisión de Trump de intervenir en Irán sin el consenso con, apoyo de o aviso a sus socios transatlánticos ha generado diferencias evidentes entre los miembros de la UE, con consecuencias que se sufren globalmente. Alemania ha apostado por mantener una posición ambivalente: respaldo a sus aliados, insistiendo en la necesidad de evitar una escalada mayor y abogando por canales diplomáticos, pero buscando no romper su canal privilegiado con EE. UU. Entretanto, como el resto, se enfrenta a disrupciones en cadenas de suministro y la volatilidad de los precios energéticos. Todos estos factores han contribuido a la reconfiguración de rivalidades y alineamientos internacionales, al debilitamiento del multilateralismo y a la pérdida de la estabilidad y certidumbre que se atribuían al libre comercio.
Los últimos años han implicado cambios profundos en el sistema internacional que tendrán efectos duraderos. La Zeitenwende global no se gestó en febrero de 2022 ni fue decretada por Alemania, pero los cambios que vivimos no son --ni deben ser– ajenos a México. En el pasado, nuestro país ha sido capaz de marcar diferencias y defender su posición ante terceros. Eso no tiene que cambiar. Hacerlo exige un análisis fino y la formulación de estrategias y políticas de acercamiento con otros países que consideren las redefiniciones de nuestros socios más “naturales o históricos”.
/ Todos los días y a todas horas la información nos llega por todos lados, vivimos conectados a redes sociales como WhatsApp, TikTok, Instagram o X, y justo por eso estamos más expuestos que nunca a la desinformación, a esas noticias falsas que parecen ciertas pero que, si rascas un poco, descubriremos cuenta de que hay más fake news circulando en las redes de lo que pensamos.
A este fenómeno se le llama falta de alfabetización mediática e informacional, un nombre larguísimo para algo muy sencillo, que no sabemos distinguir lo real de lo falso en el mundo digital. Y no es culpa nuestra, porque nos enseñaron matemáticas, lengua, historia… pero nadie nos explicó cómo funciona un algoritmo, por qué una noticia se vuelve viral o cómo detectar una imagen hecha con inteligencia artificial.
Y ojo, que esto no es un problema menor, porque la desinformación ya no es solo que te creas que una celebridad ha fallecido, sino que ahora afecta a decisiones reales, tales como cuando una persona deja de vacunarse por las noticias falsas que circulan en cadenas de audio, ciudadanos que votan por algún político convencidos de datos falsos, o familias que pierden sus ahorros por una estafa bien contada en un grupo de Telegram.
Hablando de cifras, el impacto es enorme porque la desinformación le cuesta a la economía mundial casi 500 mil millones de dólares al año según la consultora Sopra Steria, y eso solo en pérdidas directas sin contar el daño social que genera.
Además, los deepfakes están empeorando todo porque cualquiera puede crear un discurso falso del presidente, una foto de una explosión que nunca ocurrió o un testimonio desgarrador de alguien que no existe. De hecho, Reporteros Sin Fronteras (RSF) documentó al menos cien periodistas víctimas de deepfakes en 27 países distintos entre diciembre de 2023 y diciembre de 2025.
Entonces, ¿Qué se debe hacer?
La solución no es volverse paranoico ni vivir con miedo, es aprender a dudar de forma inteligente, es como tener un radar interno que te avisa: “Oye, esto huele raro, mejor verificarlo antes de compartirlo”.
Hay trucos muy simples que se pueden aplicar:
- Revisar la fuente, ¿es un medio conocido? ¿tiene fecha? ¿el autor existe? - Sospechar de los titulares muy fuertes o amarillistas, si algo te parece increíble quizá lo sea - Buscar en Google una parte de la noticia entre comillas y verás si otros medios confiables la publicaron - Fijarse en la calidad de la imagen, ¿tiene bordes raros? ¿las manos tienen seis dedos? eso delata mucho a la IA actual - Por último, si no tiene certeza de si es verdad, mejor no compartir En Finlandia, por ejemplo, llevan décadas enseñando a los niños a detectar las noticias falsas y les funciona porque son uno de los países europeos más resistentes a la desinformación, no porque sean más listos sino porque se les inculca la duda desde pequeños.
En el caso de México, se sigue pensando que esto es cosa de expertos o de periodistas, y no, la alfabetización mediática es tan básica hoy como aprender a leer y escribir, porque si no la enseñamos en colegios, institutos y también en casas se estará educando generaciones enteras que creerán cualquier cosa que vean en una pantalla.
En este orden de ideas, urge incorporar una asignatura, o al menos talleres o conferencias en las escuelas, sobre cómo funciona internet, qué son los algoritmos, por qué nos muestran ciertos contenidos y no otros, y cómo verificar la información. No es complicado ni requiere una reforma imposible; solo necesita voluntad política y entender que, hoy, saber navegar el mundo digital es tan básico como leer y escribir. Porque una sociedad que no sabe distinguir entre información y manipulación es también una sociedad más vulnerable.
Mientras tanto, se puede empezar por nosotros mismos, así que la próxima vez que le llegue un audio de alguna noticia escandalosa, una foto sospechosa o un mensaje que diga “comparte para que se sepa”, haz una pausa, respira y pregúntate: ¿esto es real? y si no lo sabes, no hay que compartirlo.
La alfabetización mediática e informacional no consiste solo en aprender a usar redes sociales o distinguir una noticia verdadera de una falsa. De acuerdo con la UNESCO, se trata de un conjunto de competencias y actitudes que permite a las personas acceder, evaluar, utilizar y también producir información de manera crítica y responsable, especialmente en entornos digitales. En otras palabras, no es un conocimiento accesorio, sino una habilidad básica para la vida contemporánea, porque ayuda a entender cómo circula la información, quién la produce, con qué intención y qué efectos puede tener en la sociedad.
Debe entenderse como una competencia ciudadana esencial, no limitada al consumo de noticias, sino orientada a formar personas capaces de pensar críticamente, contrastar fuentes y participar de manera responsable en la vida pública. En un entorno donde la desinformación circula con rapidez y los algoritmos condicionan buena parte de lo que vemos, esta formación deja de ser un complemento educativo y se convierte en una necesidad democrática.
Porque no se trata de no creer en nada, sino de creer mejor, ya que en la era digital la mejor defensa no es un antivirus, sino tu propio criterio.
/ La victoria de Péter Magyar en las elecciones parlamentarias del 12 de abril de 2026 no es un giro menor ni un simple cambio de tono: es una transformación política de primer orden. Con más de dos tercios del Parlamento bajo control del partido Tisza, Magyar obtiene una supermayoría que le permite gobernar sin coaliciones y, si lo considera necesario, modificar la propia Constitución húngara. La era Orbán, con todo lo que implicó para la política europea y para Ucrania en particular, ha sufrido una derrota contundente y ha entrado claramente en su fase final.
Para Ucrania, esto importa de manera directa. Durante años, Budapest fue uno de los principales focos de bloqueo dentro de la Unión Europea, con un gobierno dispuesto a utilizar el veto como instrumento de presión, frenar consensos sensibles y mantener vínculos incómodos con Moscú. Ese patrón ha quedado políticamente cuestionado y probablemente comenzará a revertirse. Magyar ha prometido una política exterior más alineada con la UE y la OTAN y ha planteado convocar un referéndum sobre el apoyo a la adhesión de Ucrania. Eso no elimina toda incertidumbre, pero sí revela una disposición política distinta a la de Orbán y un cambio claro en la atmósfera política europea.
Los matices, sin embargo, siguen siendo necesarios. El primero es institucional. Magyar tiene el mandato, pero los tiempos del gobierno no son los tiempos de la campaña. Aunque el resultado electoral ya modificó el panorama político, su llegada formal al poder no será inmediata, pues todavía depende de los tiempos parlamentarios y de la conformación del nuevo gobierno. Los efectos concretos en la política europea de Hungría no serán automáticos, aunque la dirección general del cambio parece ya definida.
El segundo es político-doméstico. La supermayoría es real, pero también lo es la heterogeneidad del respaldo que la hizo posible. Magyar logró articular un espectro amplio, cohesionado ante todo por el rechazo a Orbán. Mantener esa cohesión cuando haya que tomar decisiones sensibles, costosas o impopulares será un reto distinto al de la campaña. No todos los votantes de Tisza comparten el mismo grado de apertura hacia Ucrania ni necesariamente respaldarán sin reservas un acercamiento incondicional.
El tercer matiz es el referéndum. Que Magyar haya propuesto consultar a la ciudadanía sobre la adhesión de Ucrania a la UE es una señal de apertura democrática, pero también una admisión de que el resultado no será necesariamente el ideal. La opinión pública húngara ha estado expuesta durante años a una narrativa crítica hacia Kiev. Modificar esa percepción tomará más tiempo y ese factor social puede convertirse en un límite real para cualquier reposicionamiento estratégico.
Nada de esto invalida la magnitud del cambio. Lo ocurrido el 12 de abril es una de las mejores noticias que Ucrania ha recibido en mucho tiempo. El obstáculo más duro y consistente que enfrentaba en Bruselas ha comenzado a desvanecerse y, en su lugar, emerge un gobierno con incentivos concretos para normalizar su relación con Europa y reducir una fuente persistente de fricción interna.
La cautela sigue siendo válida, pero ha cambiado de signo. Ya no se trata de advertir contra un optimismo infundado, sino de reconocer un avance real y entender que traducirlo en resultados para Ucrania requerirá tiempo, gestión política y una sociedad húngara que también procese este giro a su propio ritmo.
La señal es positiva y, esta vez, también es sólida. Lo que falta no es confirmar el cambio, sino dar tiempo a que produzca efectos reales.
/ El T-MEC se someterá a la primera revisión a partir de julio de 2026, un componente novedoso en acuerdos de libre comercio, que se formalizó su incorporación en el artículo 34 sección 7.
Aunque ya se ha iniciado la primera ronda formal de conversaciones entre Estados Unidos y México, lo que prima desde el inicio del segundo mandato del presidente Donald Trump -en materia de política comercial- es la incertidumbre y los efectos que ésta ha producido en las decisiones de inversión y relocalización de la producción en los tres países.
Si en el pasado los acuerdos de libre comercio proporcionaban acceso seguro y estable al mercado de Estados Unidos; el día D la liberación de aranceles recíprocos -el 2 de abril de 2025-, la política comercial del taco y la estrategia de negociación de retirarse si no se cumplen las expectativas, al tiempo de presionar para obtener el mejor acuerdo posible hacen un efecto de deja vú en las negociaciones comerciales de Estados Unidos.
Históricamente, la política comercial no es solo un instrumento para acceder a mercados y facilitar negocios e inversiones para empresas estadounidense, también es uno de los diversos instrumentos de su política exterior. Determinar qué países se convierten o mantienen como socios comerciales es ante todo una decisión de política doméstica. Esta es la característica de los acuerdos recíprocos y los acuerdos marco negociados en este periodo; áreas de negociación futura, que permiten construir una tregua temporal arancelaria, con posibilidad de convertirse en acuerdos recíprocos definitivos.
Entonces si las potenciales ganancias comerciales no son suficientes para justificar este tipo de acuerdos, son los intereses políticos y geoestratégicos los que juegan un papel importante en determinar la probabilidad de acceso a su mercado, en gran medida incentivados por los vínculos en las alianzas políticas en diversos frentes. Solo lo que va de esta segunda administración -como lo establece el documento de la Oficina Comercial de Estados Unidos (USTR) Política Comercial de 2026 y Reporte Anual 2025 - diversos países han manifestado su interés en negociar ART- se han firmado acuerdos comerciales con Argentina, Bangladés, Camboya, El Salvador, Guatemala, Indonesia, Malasia y Taiwán, y se han anunciado acuerdos marco con Ecuador, India, Japón, Macedonia del Norte, Corea del Sur, Suiza y Liechtenstein, Tailandia y Vietnam.
A pesar de lo anterior, llevar a cabo la revisión del T-MEC ocupa un lugar especial dentro de las seis áreas fundamentales para seguir profundizando la estrategia de política comercial Estados Unidos primero en 2026, y que permea otras áreas relevantes de su política, como velar por la aplicación rigurosa de los ART, otros acuerdos comerciales y de las leyes comerciales; garantizar las cadenas de suministro y diversificarlas, sobre todo, en minerales y sectores críticos y, gestionar el comercio con China en aras de la reciprocidad y el equilibrio y reducir -como se ha logrado durante 2025- las importaciones chinas en las cadenas de suministro estadunidense, y es precisamente ahí donde México tienen un gran valor estratégico al convertirse en uno de los dos primeros socios comerciales.
Pero como en toda estrategia de negociación comercial, las partes pueden producir incertidumbre para obtener el mejor acuerdo posible; ejemplo de ello -que no será el único- fue la semana pasada, cuando el representante de (USTR), Jamieson Greer, en un evento en el Instituto Hudson, señaló que el presidente Trump no estaba contento con los resultados del T-MEC y añadió que no creía posible resolver todos los temas de revisión antes del 1 de julio. ¿Por qué importa? Porque de acuerdo con la legislación de la política comercial de Estados Unidos, el USTR debe informar al Congreso del país sus planes respecto al T-MEC y parece que no tenemos planes claros, deja vú de la incertidumbre, al menos en el discurso actual.
A tiempos convulsos, estrategia clara y escenarios posibles, lo único no incierto es que México se identifica como un socio prioritario, necesario para la estrategia de la política comercial de Estados Unidos y eso, hay que hacerlo patente en los próximos meses para tener otros años de acceso seguro y estable al mercado más importante para México, el de Estados Unidos.
/ En 2007, el psicólogo y ganador del premio Nobel de Economía por sus estudios sobre cómo las emociones influyen en la toma de decisiones, Daniel Kahneman, escribió en un artículo: “Los responsables de política exterior estadounidenses probablemente verían con gran escepticismo cualquier concesión hecha por el régimen de Teherán”.
La fecha importa porque para 2007, las cosas pintaban mal en Medio Oriente. La invasión a Irak había ya colapsado en guerra civil. No poder explicar los objetivos de la guerra, más el escándalo por el centro de tortura Abu Ghraib provocaron, pocos meses antes, que los Demócratas ganaran la elección intermedia por primera vez en 12 años y la renuncia del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. No obstante, e ignorando las recomendaciones y advertencias de la comisión bipartidista, Grupo de Estudio de Irak, en enero de 2007, el presidente Bush decide doblar las apuestas con la famosa escalada, o ‘the surge’, enviando más de 20 mil tropas.
Cuando Kahneman publica su artículo “Por qué los Halcones Ganan”, EU llevaba ya cinco años abogando por una guerra sobre tesis erróneas: no había armas de destrucción masiva, ni un vínculo de Sadam Hussein con Al-Qaeda, ni una sociedad que iba a recibir al ejército estadounidense con brazos abiertos. Ya se repetía la frase de Rumsfeld de 2002: "No puedo decirles si el uso de la fuerza en Irak hoy durará cinco días, cinco semanas o cinco meses, pero desde luego no va a durar más que eso."
El texto de Kahneman fue importante porque explicaba cómo y por qué los líderes privilegiaban las posturas de intervención militar (halcones) frente a las que abogaban por la negociación (palomas). Los sesgos sobre los que el autor advertía: aversión al riesgo, exceso de confianza, o errores de atribución, no eran abstracciones; constituían parte del optimismo de militares y políticos que atribuían la gravedad de la situación a todo menos a la intervención que ellos mismos habían creado.
Kahneman no argumentaba que en toda ocasión las posturas de los halcones fueran erróneas, sino solo por qué éstas tenían una recepción desproporcionada frente a las de las palomas y sus soluciones diplomáticas. Por ejemplo, el sesgo de exceso de confianza llevaba a los políticos a sobreestimar las probabilidades de éxito de la fuerza militar, mientras que el sesgo de atribución los hacía creer que la hostilidad del adversario era intrínseca, en vez de reactiva o contextual.
A pesar de que los trabajos de Kahneman tienen ya dos décadas, los sesgos también hacen creer que nuestras circunstancias se conforman por excepciones y hoy se desdeñan las advertencias sobre cómo estamos mal equipados para entender la conducta de nuestros adversarios: Las partes tienden a racionalizar su conducta como una reacción hacia acciones provocativas de la otra parte. El autor advertía particularmente cómo el sesgo de ‘ilusión de control’ conduce a exagerar nuestra influencia sobre los resultados que son importantes para nosotros; un sesgo que el psicólogo relaciona con las decisiones de iniciar las guerras posteriores a 9/11 al asumir que las victorias serían rápidas y sencillas.
Una historiadora escribió: “Estamos peleando una guerra en Asia por un objetivo que nadie puede definir (…) El control de la guerra y de la política que la perpetúa está en manos de un presidente que se ha encerrado en un rumbo fijo y que, ya sea por orgullo personal o por incapacidad para comprender lo que está ocurriendo, se niega a desviarse, ajustarse o cambiar de dirección." La frase es de 1978. La autora, Barabara Tuchman, hacía una crítica a la guerra de Vietnam.