“VECINOS DISTANTES” DE ALAN RIDING: 40 AÑOS DESPUÉS
Lunes 20 de octubre | 10:00 am Modalidad: Presencial Lugar: Universidad Anáhuac Campus Norte
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Modalidad: Presencial
Lugar: Universidad Anáhuac Campus Norte
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Aribel Contreras Se ha logrado avanzar en un plan de paz para Gaza ante 24 meses de debacle profunda entre Hamás e Israel gracias al involucramiento y presión directa de Estados Unidos, pero también gracias a la mediación de Egipto, Turquía y Qatar. Tres países árabes sin los cuales, ni Israel ni Estados Unidos hubieran logrado alcanzar el acuerdo. Aún quedan dudas e incógnitas sobre si será o no una paz duradera, pero al menos hay un tanque de oxígeno de buenas noticias. Ahora bien, se resuel
Aribel Contreras
Se ha logrado avanzar en un plan de paz para Gaza ante 24 meses de debacle profunda entre Hamás e Israel gracias al involucramiento y presión directa de Estados Unidos, pero también gracias a la mediación de Egipto, Turquía y Qatar. Tres países árabes sin los cuales, ni Israel ni Estados Unidos hubieran logrado alcanzar el acuerdo. Aún quedan dudas e incógnitas sobre si será o no una paz duradera, pero al menos hay un tanque de oxígeno de buenas noticias.
Ahora bien, se resuelve un conflicto, pero siguen otros donde algunos son más visibles que otros. Sin embargo, esto no es precisamente la paz a nivel internacional, es más ni siquiera estoy segura de que haya paz a nivel regional en Medio Oriente. Amplificando la imagen de un mapa de Europa, pongamos la mirada en Ucrania.
Hace veinte meses escribí sobre el “vulcanismo PUTINiano” ante la invasión rusa en Ucrania ya que la guerra avanzaba sin que se hiciera caso a las fumarolas lanzadas por Kyiv intentando poner a la conversación que dicha agresión no solo se trataba de un solo país sino de una erupción volcánica que flagela la paz y la seguridad internacionales. También he puesto a la conversación mediática de que Ucrania se encuentra entre el neocolonismo de dos neopopulistas y neoimperialistas, refiriéndome a Trump y Putin. Pero el calendario avanza y el tiempo no se detiene. Todo esto me lleva a pensar que estamos en una especie de demencia internacional con la guerra Rusia-Ucrania.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud la demencia es un término que engloba varias enfermedades afectando a la memoria, el pensamiento y la capacidad para realizar actividades cotidianas y consta de siete etapas. Me preocupa profundamente que se ha llegado a la última fase en un abrir y cerrar de ojos y no vemos la paz por ningún lado ni siquiera con un pestañeo. El pueblo ucraniano tiene muchas dudas de cómo sí se ha logrado un acuerdo de paz en Medio Oriente, pero en su país no. Mi reflexión es porque no ha sido suficiente la voluntad y la determinación de alguna de las partes.
Las etapas de la agresión rusa en territorio ucraniano se asimilan a las de la demencia.
Etapa 1: No hay deterioro cognitivo.
“Se diagnostica” a partir del siglo IX cuando Kyiv (la actual capital ucraniana) era el epicentro del primer Estado eslavo, creado por un grupo de escandinavos que se hacían llamar Rus. Este Estado medieval -que los historiadores llaman Kyivan Rus- fue el origen tanto de Rusia como de Ucrania.
Fase 2: Deterioro cognitivo muy leve.
La República Socialista Soviética de Ucrania se convirtió en miembro fundador de la Unión Soviética en 1922.
Fase 3: Deterioro cognitivo leve.
Ucrania occidental fue tomada finalmente por el líder soviético Iósif Stalin de Polonia al final de la Segunda Guerra Mundial.
Fase 4: Declive cognitivo moderado.
Desintegración de la Unión Soviética en 15 repúblicas. Ucrania logra su independencia en 1991.
Estadio 5: Deterioro cognitivo moderadamente grave.
Antes del 2014, todo parecía que podía existir una cohabitación de ideologías políticas opuestas en Ucrania y Rusia pero este último país decidió de manera unilateral anexarse Crimea.
Estadio 6: Deterioro cognitivo grave.
Aunque no hubo una declaración de guerra de Rusia contra Ucrania y bajo el paraguas de que la región de Donbás se identificaba más con la cultura rusa, el inquilino del Palacio del Kremlin decidió violar el derecho internacional al invadir el territorio ucraniano. Aquel 24 de febrero del 2022 quedará plasmada con sangre en todos los libros de las relaciones internacionales.
Estadio 7: Deterioro cognitivo muy grave.
La guerra puede terminar mucho peor de lo imaginable.
¿Será que veamos que la diplomacia hacia este conflicto ha fracasado como si fuera una enfermedad neurodegenerativa, es decir, que empeora con el paso del tiempo?
Participación en El Economista
Fecha: Friday, October 17th Hora: 9:00am San Diego /10:00am CDMX/12:00pm ET Formato: Abierto a todo público
Fecha: Friday, October 17th
Hora: 9:00am San Diego /10:00am CDMX/12:00pm ET
Formato: Abierto a todo público
Andrea Navarro De La Rosa América Latina atraviesa una crisis educativa silenciosa, pero devastadora. Según la ONU, más de 234 millones de niños en el mundo no reciben educación de calidad, y una gran parte pertenece a nuestra región. En México, tres de cada diez personas aún viven en condiciones de pobreza (El País, 2025), y el IMCO advierte que la falta de salud, educación y nutrición suficientes limita el desarrollo humano de toda una generación. A cinco años de la pandemia, los efectos sig
Andrea Navarro De La Rosa
América Latina atraviesa una crisis educativa silenciosa, pero devastadora. Según la ONU, más de 234 millones de niños en el mundo no reciben educación de calidad, y una gran parte pertenece a nuestra región. En México, tres de cada diez personas aún viven en condiciones de pobreza (El País, 2025), y el IMCO advierte que la falta de salud, educación y nutrición suficientes limita el desarrollo humano de toda una generación.
A cinco años de la pandemia, los efectos siguen presentes: aulas que no se digitalizaron, programas obsoletos, docentes mal remunerados y estudiantes desmotivados. La OCDE señala que los jóvenes mexicanos no superan el nivel educativo de sus padres, rompiendo con la promesa del progreso intergeneracional. En un contexto donde la revolución tecnológica redefine el trabajo, millones de niños y adolescentes crecen sin las habilidades que el futuro exige: pensamiento crítico, competencias digitales y empatía.
Paradójicamente, mientras el mundo habla de la revolución tech 5.0, buena parte de los estudiantes latinoamericanos no tiene conexión estable a internet, ni acceso a dispositivos, ni espacios seguros para aprender. La brecha digital se ha vuelto una brecha social y emocional. Formamos jóvenes hiperconectados, pero sin dirección; rodeados de pantallas, pero con menos horizontes reales.
Sin embargo, entre los escombros surgen ejemplos luminosos. La escuela mexicana A Favor del Niño, ganadora del World’s Best School Prize 2025, demostró que una educación integral —basada en comunidad, salud, nutrición y acompañamiento familiar— puede romper ciclos de pobreza. En Brasil, la Escola Estadual Parque dos Sonhos transformó la violencia en convivencia y la desesperanza en participación. Ambos modelos prueban que la innovación educativa no siempre nace de la tecnología, sino de la empatía y el trabajo colectivo.
Frente a esta realidad, tres rutas son urgentes:
Reinvertir con visión de futuro: priorizar presupuestos en infraestructura, bienestar docente y conectividad.
Actualizar los contenidos: formar en habilidades humanas y tecnológicas sin caer en el culto al algoritmo.
Integrar comunidad y salud mental: porque ningún aprendizaje florece en entornos rotos.
Educar ya no puede ser solo instruir. Educar hoy es sanar, conectar y preparar a una generación que no solo sepa usar la tecnología, sino también entender su propósito.
Participación en El Sol de México
Alejandra López de Alba De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales Una guerra larga suele contarse con mapas y flechas, pero detrás late otra historia: fábricas encendidas a tres turnos, talleres que convierten materiales viejos en vectores para drones y una burocracia que aprieta tornillos a golpe de decreto. En Rusia, esa maquinaria —económica, industrial y humana— se ha vuelto protagonista silenciosa del conflicto en Ucrania. Aquí se propone una fotogr
Alejandra López de Alba
De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales
Una guerra larga suele contarse con mapas y flechas, pero detrás late otra historia: fábricas encendidas a tres turnos, talleres que convierten materiales viejos en vectores para drones y una burocracia que aprieta tornillos a golpe de decreto. En Rusia, esa maquinaria —económica, industrial y humana— se ha vuelto protagonista silenciosa del conflicto en Ucrania. Aquí se propone una fotografía del estado actual de la industria militar y de la fuerza rusa, capturada a partir de tres miradas occidentales seleccionadas. Se reconoce, desde el inicio, el sesgo potencial de ese encuadre; aun así, se sostiene que comprenderlo es clave para anticipar los movimientos que pueden afectar el campo de batalla en los próximos meses. No se promete una verdad definitiva, sino una guía de lectura operativa.
De qué se parte
Este artículo se apoya en tres textos occidentales: el análisis de 2018 de Miguel Campos en el Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI); el estudio de julio de 2025 de Mathieu Boulègue para Chatham House, y la crónica analítica de Mariya Omelicheva en War on the Rocks, publicada en agosto de 2025. A partir de esas miradas —cada una con sus lentes y énfasis—, se ofrece una fotografía parcial, pero útil, del estado de la industria militar rusa y de sus capacidades de fuerza, con un objetivo práctico: entender cómo esas condiciones pueden traducirse en lo operativo y en los cambios sobre el teatro de guerra en Ucrania. No se pretende cerrar un debate, sino ordenar evidencias y trazar líneas de tendencia que ayuden a leer mejor un conflicto que sigue en movimiento.
Desde el comienzo, conviene precisar la metodología: no se improvisan datos propios ni insights de pasillo; se emplean interpretaciones consolidadas en tres fuentes que dialogan, a veces, desde posiciones distintas, dentro del mismo campo occidental, que ofrece una línea de base previa a la invasión; Boulègue actualiza el tablero bajo sanciones y economía de guerra, mientras que Omelicheva ilumina la arquitectura —cada vez menos excepcional— de las fuerzas irregulares normalizadas para sostener una guerra larga. Sobre esa triada se monta la fotografía, a sabiendas de que es solo un recorte del cuadro completo.
Industria y economía de guerra: una fábrica bajo “control manual”
La modernización militar de la década de 2010 se apoyó en el Programa Estatal de Armamentos 2011-2020: más adquisiciones, actualización de plataformas heredadas y una apuesta por la investigación y desarrollo que, vista desde los números, seguía por debajo de pares de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. El diagnóstico de Campos, en 2018, ya anticipaba dos vulnerabilidades estructurales que serían determinantes más tarde: la dependencia de insumos extranjeros —en particular microelectrónica y maquinaria‑herramienta— y la fragilidad de la sustitución de importaciones tras 2014. El programa estatal de armamentos compró equipamiento y tiempo; no compró autonomía tecnológica.
Tras 2022, el complejo militar‑industrial se recentralizó por medio de la Comisión Militar‑Industrial y se consolidó alrededor de conglomerados como Rostec: menos competencia y transparencia, y más “control manual” del Kremlin en decisiones críticas. La fábrica funciona a tres turnos, pero la productividad no crece al ritmo del gasto. La fijación rígida de precios, la baja rentabilidad crónica, la deuda y la cautela bancaria dibujan un ecosistema capaz de producir más, no necesariamente mejor.
La Rusia que se asoma en esta foto ampliada es una potencia que ha demostrado resiliencia para sostener la guerra por desgaste.
La “conversión” hacia líneas civiles o de uso dual —bandera de modernización antes de 2022— quedó, en los hechos, en suspenso. El complejo militar industrial se alimenta de la urgencia bélica, pero reduce sus espacios para innovar con calma y transferir tecnología al resto de la economía. El resultado es un sobrecalentamiento visible en algunos segmentos (munición, reparación, drones) y un techo tecnológico que persiste en los eslabones finos —sensores, chips, motores, máquinas‑herramienta— donde las sanciones y la dependencia histórica pesan más. En pocas palabras: la industria resiste y escala por volumen; la innovación estructural se empantana.
En la economía política de guerra, el balance macro puede lucir “sano” por el tirón del gasto público, pero debajo laten inflación, presión salarial y falta de mano de obra calificada. Las plantas añaden turnos; entrenar y retener técnicos, ingenieros y operadores de calidad es otra historia. Las soluciones de corto plazo —remplazos de piezas, circuitos de importación grises, reconversión expedita de talleres— agregan resiliencia, pero también variabilidad en la calidad y en el ciclo de vida de equipos que luego deben operar en condiciones extremas.
Fuerza y empleo del poder: un ejército híbrido
Del lado de la fuerza, el patrón acompaña a la fábrica: volumen y resiliencia, con costos de coherencia. Se documenta la creciente institucionalización de lo irregular —empresas militares privadas, batallones regionales “voluntarios”, unidades penales de asalto como Storm‑Z, cosacos y reservas como BARS— como componente estructural del esfuerzo bélico. En distintos momentos, estas formaciones habrían representado una fracción relevante de las fuerzas terrestres en operaciones. El incentivo político se entiende: sostener el número sin convocatorias masivas y repartir costos internos; el costo militar también: líneas de mando superpuestas, entrenamiento desigual, disciplina irregular y fricciones en armas combinadas.
La institucionalización de ese mosaico avanza con mecanismos como el Dobrokor (Cuerpo de Voluntarios), que canaliza reclutamiento, contratos y prestaciones. Pero la formalización organizativa no borra de un plumazo la heterogeneidad táctica ni las lealtades cruzadas con patrocinadores regionales, empresas estatales u operadores de seguridad. En términos operativos, esto produce una fuerza capaz de sostener el desgaste y rotar personal en frentes de alta intensidad, a la vez que erosiona la profesionalización necesaria para maniobras complejas y operaciones profundas que requieren sincronicidad, confianza y doctrina compartida.
No todo es déficit. El dispositivo irregular, combinado con reservas regulares y herramientas de control interno, genera una elasticidad demográfica y política funcional en guerras largas. Bien encuadrado, produce unidades con experiencia valiosa en combate urbano, sabotaje y drones. Si esa experiencia se proyecta fuera del frente ucraniano, alimenta un repertorio de operaciones grises para las que la legislación y la disuasión occidentales todavía no ofrecen respuestas del todo afinadas.
Tecnología y aprendizaje: drones, guerra electrónica y “modularidad improvisada”
El vector tecnológico no se detuvo, pero se reorientó. En lugar de imaginar “superarmas”, se observa una secuencia de mejoras incrementales aplicadas con pragmatismo: proliferación de vehículos aéreos no tripulados (UAVs) de reconocimiento y ataque, expansión y sofisticación de la guerra electrónica, y ajustes finos en los sistemas de comando, control, comunicaciones, computadoras, inteligencia, vigilancia y reconocimiento (C4ISR) para negar capacidades enemigas. La apuesta consiste en conectar sensores relativamente baratos con tiradores cada vez más precisos a nivel táctico, bajo la cobertura de inhibidores, perturbadores y herramientas de suplantación de identidad (spoofing).
Ese ecosistema requiere menos laboratorios y más talleres con ingenio. Rusia —por herencia soviética, por necesidad y por redes de proveedores semiclandestinos— ha mostrado capacidad para una “modularidad improvisada”: adaptar cascos, blindajes, miras, antenas y enlaces de datos para tareas concretas en sectores concretos del frente, incluso si la plataforma base es vieja. El problema aparece un escalón más arriba, donde hacen falta saltos tecnológicos que requieren cadenas de valor más puras y estables: microelectrónica resistente, motores de nueva generación, sistemas ópticos avanzados, maquinaria de precisión. Ahí el tope persiste.
El efecto combinado de drones y guerra electrónica ha sido claro: el cielo táctico está “sucio” y densamente observado; la artillería actúa cada vez más como un servicio de precisión guiado por ojos baratos, y la maniobra a campo abierto pagado en cuotas. Ese ambiente favorece la defensa en profundidad y las operaciones de desgaste; penaliza, en cambio, las rupturas rápidas y las explotaciones profundas sin cobertura aérea sólida. Para un aparato que ha priorizado cantidad por sobre calidad en la generación de fuerza, esto ofrece una ventaja relativa, pero no un cheque en blanco.
Qué cambia en el frente ucraniano
Interpretar la fotografía industrial y organizativa en clave operativa permite señalar tres implicaciones:
Resiliencia de largo aliento
Con escalamiento selectivo de munición, reparación y drones, más una unidad irregular que alimenta las líneas, Rusia puede sostener una guerra de atrición a costos políticamente administrables. Esta resiliencia no se apoya en plataformas deslumbrantes, sino en la capacidad de recomponer pérdidas y mantener la presión a ritmo constante.
Calidad sin salto
Cuanto más dependa de fuerzas irregulares y de remplazos acelerados, más difícil será recomponer la coherencia doctrinal y la competencia de armas combinadas necesarias para operaciones que rompan la defensa enemiga y la exploten en profundidad. En un entorno saturado de sensores y drones, los errores se pagan rápido; la disincronía entre infantería, blindados y fuegos de apoyo suele ser más costosa que la ausencia de un “sistema estrella”.
Innovación táctica y barreras estratégicas
La ventaja —cuando aparece— se ancla en la adaptación táctica acumulada y en la integración fina de drones y guerra electrónica en escalas locales, no en “milagros” tecnológicos. Se anticipa un futuro de ciclos acelerados de innovación‑contrainnovación a nivel táctico, con avances que se erosionan conforme el rival aprende. El desafío consiste en traducir esa agilidad táctica en coherencia operacional sin la infraestructura tecnológica que suele sostenerla.
Para los adversarios, la lectura empuja a insistir en dos líneas: la explotación de fisuras en mando y control mediante operaciones que fuercen coordinación compleja en el rival, y la negación de áreas fuertes —artillería de precisión guiada por UAVs y guerra electrónica— mediante dispersión, engaño, movilidad y redundancia de enlaces. Para los aliados, se vuelve clave sostener flujos de munición y capacidades propias de guerra electrónica, así como acelerar el entrenamiento en armas combinadas que permita aprovechar ventanas de coordinación.
El tablero no se agota en Ucrania. La normalización de redes irregulares con experiencia urbana, de sabotaje y de drones, abre la puerta a un empleo externo más sistemático bajo coberturas “voluntarias” o comerciales. Más que un Wagner 2.0, se perfila un patrón: externalizar costos, diluir responsabilidades y operar en la penumbra de la atribución. A nivel regional e internacional, eso presiona marcos jurídicos y mecanismos de disuasión, y amplía la franja de grises donde la fricción puede crecer sin titularlo “guerra”.
Lo que conviene observar
Cuellos tecnológicos críticos
¿Se estabilizan cadenas de microelectrónica, óptica y maquinaria‑herramienta con calidad militar? Más allá del volumen, ahí se disputa la confiabilidad de sistemas que deben durar en el frente.
Finanzas del complejo industrial militar
¿Se alivian los balances de deuda y la estrechez de crédito, o el Estado debe cubrir más huecos con mecanismos adecuados? La respuesta dirá mucho sobre productividad y sobre el costo de la posguerra.
Arquitectura de fuerza
¿Dobrokor y BARS profundizan la integración de irregulares bajo cadenas de mando claras, o se multiplica la fragmentación? Menos fricción interna equivale a mayor capacidad de maniobra.
Ritmos de aprendizaje
¿Quién innova más rápido a nivel táctico —drones, EW, contramedidas— y, sobre todo, quién transforma esa innovación en efectos operacionales sostenidos?
Sesgos, relatos y método: leer con cuidado (y aun así leer)
Las fuentes consultadas son occidentales. Esto no invalida sus hallazgos, pero exige cautela. Puede haber sesgos de selección —qué se mira y qué no—, sesgos de énfasis —qué se subraya y qué se minimiza— y, en un contexto de guerra, agendas de comunicación estratégica que pueden colorear narrativas. La literatura sobre narrativas estratégicas recuerda que los actores compiten para definir “la” realidad y orientar conductas: lo que parece una descripción neutra no siempre lo es. Por eso aquí se habla de una fotografía parcial: válida, informativa y, al mismo tiempo, solo una parcialidad. La forma de reducir ese margen de error es triangular evidencia con peritajes técnicos, materiales forenses y, cuando sea posible, fuentes rusas no propagandísticas, para no confundir vidrio con espejos.
Con todo, la advertencia metodológica no debe llevar a la parálisis. Incluso con sesgos, estas tres lecturas ayudan a entender un escenario que, por su capacidad de arrastre, puede afectar la dinámica operativa en Ucrania: del ritmo de reposición de equipos al diseño de ofensivas; del papel de los drones al de la guerra electrónica, y de la elasticidad demográfica al gobierno de la fuerza. En política y en guerra, decidir con fotografías imperfectas es mejor que decidir a ciegas.
La Rusia que se asoma en esta foto ampliada es una potencia que ha demostrado resiliencia para sostener la guerra por desgaste: un complejo militar‑industrial que produce más sin resolver sus techos tecnológicos; una fuerza que ganó músculo numérico institucionalizando lo irregular al precio de su cohesión doctrinal, y una burocracia que centraliza para decidir rápido, pero que, al hacerlo, asfixia competencia e incentivos a innovar. La combinación rinde para resistir y erosionar, no necesariamente para romper y explotar con la contundencia que requieren las victorias operacionales decisivas. En el frente, eso se traduce en defensas profundas, ciclos acelerados de innovación táctica y un entorno enrarecido por drones y disturbios electromagnéticos; fuera del frente, en un menú más amplio de coerción externalizada y zonas grises.
La conclusión práctica, por ahora, es modesta pero exigente: si se busca anticipar mejor el movimiento del conflicto, conviene dejar de perseguir “momentos Sputnik” y concentrarse en la interacción entre una fábrica que sube el volumen con cuellos de botella, y una fuerza que compensa la falta de salto cualitativo con elasticidad organizativa y aprendizaje táctico. Ese pulso —más que los titulares— marca el ritmo de la guerra y orienta la próxima fotografía.
Escrito por: Alejandra López de Alba
Participación en Foreign Affairs Latinoamerica
Diego Gómez Pickering Con casi 1,400 kilómetros de longitud, la frontera entre Sudán y Chad es una de las más extensas en ese rincón del continente africano, una de las más áridas y por ende de las más pobres, aunque también, contradictoriamente, una de las más ricas, en minerales de alto valor mercantil como el oro y el cobalto, particularmente en torno a la región sudanesa de Darfur. Una frontera, sobre todo, invisible al resto del mundo, en donde se desarrolla la más grave crisis humanitaria
Diego Gómez Pickering
Con casi 1,400 kilómetros de longitud, la frontera entre Sudán y Chad es una de las más extensas en ese rincón del continente africano, una de las más áridas y por ende de las más pobres, aunque también, contradictoriamente, una de las más ricas, en minerales de alto valor mercantil como el oro y el cobalto, particularmente en torno a la región sudanesa de Darfur. Una frontera, sobre todo, invisible al resto del mundo, en donde se desarrolla la más grave crisis humanitaria de la actualidad, de acuerdo con la Organización de Naciones Unidas
Desde abril de 2023, como resultado de los sangrientos enfrentamientos entre el ejército regular sudanés y los paramilitares de las Fuerzas de Apoyo Rápido, o RSF, por sus siglas en inglés, la nación africana está enfrascada en una interminable guerra que se ha saldado, con particular saña, con la población civil del país. Según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, 4 millones de sudaneses han huido de Sudán para escapar de la espiral de violencia, alrededor de 1 millón de ellos, en su abrumante mayoría mujeres y menores de edad, la han hecho al vecino Chad.
Con un producto interno bruto de cerca de 20 mil millones de dólares, de acuerdo a estimaciones del Banco Mundial, Chad es, junto a Níger y la República Centroafricana, ambos dos también vecinos, uno de los países más pobres del continente. La llegada masiva de refugiados sudaneses a sus tradicionalmente paupérrimas y abandonadas provincias orientales ha generado a lo largo del último año y medio una creciente presión social, económica y política en la antigua colonia francesa.
Un informe dado a conocer en abril de este año por parte del reconocido centro de investigación geopolítica International Crisis Group al respecto de la situación en la frontera entre Chad y Sudán, indica que la población de la provincia chadiana de Ouaddaï, vecina a Sudán, se ha incrementado en cerca de 60% durante los últimos dos años a raíz del inesperado arribo de cientos de miles de refugiados sudaneses. La ONU afirma que, en promedio, 1,400 sudaneses cruzan la frontera entre ambos países diariamente. Una situación que está llevando al Chad, un país con recursos sumamente escasos, al límite, generando enfrentamientos entre la población local y la población refugiada y aumentando peligrosamente la presión sobre el delicado acceso al agua, al alimento y al combustible en la región.
La frontera entre Chad y Sudán es la protagonista de la mayor crisis humanitaria de nuestros días, una de las crisis quizá más ignoradas e invisibles para el mundo y, sin embargo, una de las que más requiere de su inmediata acción y asistencia. Ante los abrumantes recortes presupuestales que sufren las principales organizaciones humanitarias del orbe como resultado de la política aislacionista y beligerante de países donantes como Estados Unidos, es más necesario que nunca que desde México y América Latina tendamos la mano al África que más lo necesita.
Por Diego Gómez Pickering
Participación en El Heraldo México
30 de septiembre | 8:15 a.m. Evento presencial en Hyatt Polanco, Ciudad de México
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Friday, september 19th 11:00 am (CDMX), 10:00 am (San Diego) Virtual event
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